Todo lo que reconozcáis (y más) pertenece a J.K. Rowling. El resto ya es cosa de mi imaginación.


10. Aprende de tu alrededor


"VICTORIA LOCAL EN EL DEBUT DE LOS DOS JÓVENES

Ayer, desde las cuatro de la tarde y durante la siguiente hora y cuarenta minutos, tuvo lugar el partido que enfrentaba a los New York Minotaurs contra los Boise Bats. El tercero contra el decimotercero de la temporada anterior, clasificación que ya auguraba el destino final del encuentro.

Y el abultado resultado no sorprendió a nadie: 280 a nada a favor de los Minotaurs. Y eso a pesar de que en su alineación faltaba una de sus estrellas, Jeffrey Allen, que con treintaidós años no tiene porqué jugar estos partidos superfluos. Tampoco estaba el guardián habitual, Jason Lane, que a pesar de ser cuestionado por su actuación en el último partido de la temporada pasada, en los tres partidos que ha jugado en la actual ha firmado buenas actuaciones. En sus lugares estaban los dos fichajes de los Minotaurs de este verano: Bruce Vaisey y Amanda Rivera, ambos de diecinueve años.

Rivera, la guardiana que la temporada pasada jugaba en los Mooncalfs, apenas fue exigida a lo largo de todo el partido. Walker y Tyson, cazadores de los Bats, no supusieron ni un solo problema para la guardiana de su misma edad, y solo Alex McCain, una de las últimas adquisiciones del equipo morado, dejó algunos detalles de calidad y un par de lanzamientos a los aros sin mucho peligro.

Mientras tanto, Vaisey, inglés que lleva apenas dos meses en Estados Unidos, tuvo tiempo de demostrar que no ha tenido problemas en adaptarse al quidditch americano en su primera temporada como profesional. Aunque el partido fue otra exhibición de Georgina Smith, a lo que nos tiene tan acostumbrados como a ver que durante largas fases del encuentro es incapaz de pasar la quaffle a sus compañeros, el debutante se metió al público en el bolsillo ya en los compases iniciales, cuando ejecutó un perfecto Sloth Grip Roll para evitar una bludger de los golpeadores rivales. También encandiló a los espectadores con movimientos rápidos, detalles técnicos perfectos y precisos pases de más de cincuenta metros, todo ello impropio de un jugador de su edad; pero cuando realmente levantó al público de sus asientos fue cuando llevó a cabo con total normalidad una espectacular finta de Porskov, y después de que la quaffle pasara por manos de Brian Rogers, la pelota volvió al jugador, que marcó a placer el que fue su primer gol con el equipo. Después de este marcó dos más, que sumados a los tres de Rogers, los siete de Smith y los 150 puntos que consiguió Elizabeth Hiat al atrapar la snitch en una plácida tarde para ella, resultaron en el abultado y esperado marcador final.

Así como están las cosas, podemos extraer dos conclusiones del partido de ayer. La primera es que los Bats necesitarán o mucha suerte o muchos entrenamientos para no quedar últimos este año. Y la segunda, es que los seguidores de los Minotaurs pueden estar tranquilos ante lo que se perfila como una inminente despedida de Jeffrey Allen: pueden estar seguros de que sus superiores han encontrado un excelente recambio en Bruce Vaisey."

—Deja de sonreír así de una vez, británico, o se te va a quedar esa cara de idiota para siempre… Y eso decepcionaría mucho a tus fans de Hechizadas—se burló Brian.

—Brian se pasó una semana entera paseando el periódico en el que hablaban de él por primera vez y enseñándoselo a todo el mundo. Estuvo a punto de mostrárselo hasta a los vecinos de enfrente—le confesó Jason al oído, pero lo suficientemente alto como para que Brian le oyera y frunciera el ceño.

Bruce rio y se encargó de separar el artículo del resto del periódico mientras Brian se hacía el ofendido. Hizo un encantamiento seccionador con cuidado y guardó el trozo de papel a buen recaudo antes de devolverle el periódico a Jason.

Era sábado por la mañana y se habían despertado tarde, ya que el día anterior se habían quedado hasta muy avanzada la noche celebrando la victoria en un bar muggle. Y habían estado tan ocupados celebrando el excelente partido y la gran actuación de Bruce que ni siquiera habían prestado atención a las chicas del lugar, algo que fue todo un alivio. Aquel día iban a dedicarlo a descansar, y por la tarde, decidieron ir a dar una vuelta por la Avenida Cero y visitar la tienda de Quidditch para todos.

Si la última vez que habían estado allí Bruce tenía la impresión de que algunas personas se les quedaban mirando, en esa ocasión parecía que todo el mundo les reconocía, o al menos, sabía que sus caras habían salido recientemente en televisión.

—Suele pasar después de que retransmitan un partido tuyo por televisor, pero no te agobies—le explicó Brian, saludando sonriente con la mano a un par de chicas que le miraban fijamente—. Al cabo de unos días se olvidan otra vez de ti. La gente tiene muy mala memoria.

Sin embargo, dentro de la tienda la situación fue más exagerada, ya que todas las personas sin excepción se acercaron a ellos nada más poner un pie en el interior, felicitándoles y pidiéndoles fotos y autógrafos. Al primero que le pidió uno a Bruce, un hombre alto y moreno que le tendía un bolígrafo acompañado de un papel arrancado de un cuaderno, no supo que responderle. Al final asintió bruscamente con la cabeza y firmó en el papel, lo que hizo que el hombre sonriera y le agradeciera repetidas veces su amabilidad.

Después de ese ya no fue tan extraño y pudo ser un poco más natural, pero con el paso de los minutos fue poniéndose tenso. Había demasiada gente en muy poco espacio a su alrededor, y muchos de ellos reclamando su atención… pero por suerte, al poco tiempo se acercaron unos cuantos empleados de la tienda, pidiendo a la gente que se dispersara. Uno de ellos era Mayer, el que parecía el hermano menor de Slughorn en opinión de Bruce, y uno de los mayores expertos de quidditch del país según Brian y Jason. El hombre calvo y regordete se frotó las manos tras apartar a los últimos curiosos y sonrió tras su enorme bigote de morsa.

—¡Vaya, pero si son mis estrellas favoritas! ¿Qué os trae por aquí hoy?—les saludó a la vez que les guiaba hacia un rincón un poco más privado de la tienda.

—Suponemos que viste el partido de ayer—dijo Jason.

—En efecto, estuve en el estadio—asintió Mayer.

—Pues entonces sabrás que nuestro querido Bruce jugó su primer partido—tomó la palabra Brian—. Y hemos venido a que des tu veredicto.

Mayer sonrió y asintió con la cabeza, antes de sacar de un bolsillo de su túnica lo que parecía parte del America's Oracle del día y una fotografía. Mayer estudió los dos elementos detenidamente por unos segundos antes de levantar la mirada y hablar, con la mirada clavada en Bruce:

—Debo decir que me has impresionado, muchacho. Lo tuyo parece talento natural, y aún así, para ser tu primer partido con este equipo, y además tu primer partido oficial, mostraste más soltura de la que esperaba. Buenos movimientos, buenas jugadas de equipo, y un gran repertorio de pases, por no mencionar el gol desde tres cuartos de campo. Tengo la impresión de que has sido mejor fichaje de lo que nadie esperaba.

—Me alegra saber que piense eso. Jason y Brian me han dicho que sus opiniones sobre quidditch son muy respetadas en Estados Unidos.

—Oh, no es para tanto—le restó importancia Mayer, aunque sonrió con orgullo y guiñó el ojo a los otros dos jugadores—. Pero sí es cierto que viene bastante gente importante a preguntarme mi punto de vista sobre tal jugador o estrategia… Bueno, vamos a lo importante: tu foto firmada para la colección. Tomé unas cuantas fotografías en el partido de ayer, y al final me he decidido por esta. Fírmala y le buscaremos un hueco.

La fotografía en movimiento que Mayer le dio junto con una vistosa pluma que también extrajo de las profundidades de su bolsillo mostraba su tercer gol, el que había hecho desde una distancia de más de treinta metros. Mayer también sacó del bolsillo un botecito de tinta negra que abrió ceremoniosamente, y Bruce firmó en una esquina de la imagen. Inmediatamente, Mayer le arrebató la fotografía de las manos y tras echarle un rápido vistazo, empezó a dar vueltas por la tienda, buscando un hueco en las paredes donde colgarla, con los tres jóvenes siguiéndole. Un rato después, se detuvo frente a una de las paredes, entre una colección de túnicas de todos los equipos de quidditch y una estantería llena de libros sobre historia y tácticas.

—Creo que este es el lugar—comentó Mayer, sacando su varita para proceder a colgar la imagen.

Brian soltó un silbido sorprendido.

—¿Junto a Klaus Brüning? Es un buen sitio—comentó.

—¿Quién es Klaus Brunen?—preguntó Bruce, confundido.

Miró la fotografía que estaba al lado del hueco que le correspondía a él, pero no fue capaz de reconocer al hombre de cabello claro que marcaba un espectacular gol en la imagen en blanco y negro.

—Klaus Brüning—rectificó Jason—. Es probablemente el mejor extranjero que haya jugado nunca en la Liga de Quidditch estadounidense, o eso dicen todos los libros de historia.

—Fue un mago alemán, hijo de muggles, y cuya madre era judía. Brüning justo acababa de debutar en el quidditch profesional en Alemania y tenía un futuro prometedor por delante, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial de los muggles. Brüning y su familia se vieron obligados a huir del país ante la amenaza que suponía la guerra para ellos, y se instalaron aquí. Él se ganó un puesto inmediatamente en los Fitchburg Finches, y el resto es historia. Hasta entonces nadie le había prestado atención al quidditch, pero su juego era tan espectacular que lo cambió todo. Los estadios empezaron a llenarse solo para verle a él, los niños comenzaron a decir que querían ser estrellas de quidditch como él… En un país cuyo deporte rey siempre había sido el quodpot, su aparición trastocó todas las bases. Desde entonces, la popularidad del quidditch ha ido creciendo poco a poco, y esperamos ser capaces de ganar un mundial dentro de poco. Los ocho títulos mundiales de quodpot ya no nos bastan—le explicó Mayer, mientras seguía concentrado en su tarea.

Acabó pocos segundos después, y cuando Mayer se apartó, Bruce pudo ver la fotografía firmada perfectamente pegada a la pared. Ahí, justo al lado del mayor impulsor del quidditch en Estados Unidos. Era, como mínimo, intimidante.

Pero también era un gran reto. Poder igualar, o incluso superar, al mejor extranjero de toda la historia de la Liga…

—No te creas que va a ser algo fácil—bromeaba un rato después Brian, cuando ya andaban por la calle de regreso a casa—. Brüning ha sido el único extranjero en toda la historia que ha ganado el premio al Mejor Jugador de la liga.


La semana siguiente no fue tan relajada, sino todo lo contrario. A pesar del buen partido hecho, los nervios se podían palpar en el ambiente. Ese fin de semana jugaban contra los Sweetwater All-Stars fuera de casa, y todos, desde el entrenador hasta el encargado de las escobas, estaban especialmente tensos. Bruce no vio dormir bien a Jason ningún día de la semana, e incluso Elizabeth parecía estar en estado de alerta. No se había imaginado que la derrota en la temporada anterior les hubiera afectado tanto, pero así era. La esperanza de todos recaía en el hecho que los All-Stars tendrían que jugar cuatro días más tarde un partido del TIAQ contra los Moose Jaw Meteorites, equipo canadiense que era de los que estaban en mejor forma de todo el continente, y tal vez saldrían a jugar contra los Minotaurs con alguno de sus jugadores suplentes.

Y para la alegría de los Minotaurs y la preocupación para los aficionados de los All-Stars que poblaban las gradas del estadio ese sábado, el equipo local salió con sus tres suplentes: una cazadora, un buscador y una guardiana, que si bien eran buenos, no estaban al gran nivel de aquellos a los que sustituían. En la grada del equipo visitante, Johnson hizo crujir los nudillos al oír la alineación y se puso en pie, al parecer incapaz de aguantar sentado ni un instante más.

—Creo que a Johnson le falta poco para ir a buscar una escoba y quitarle el puesto a Elizabeth—le susurró al oído Amanda.

Bruce hizo lo posible para mantenerse serio, pero se le escapó una pequeña sonrisa que se apresuró a borrar. No creía que fuera lo más adecuado reaccionar, de cualquier forma imaginable, estando sentado al lado del entrenador.

Él y Amanda seguían yendo a entrenar casi cada tarde, y últimamente habían celebrado su reciente estreno con el equipo. Su relación seguía ganando confianza, algo por lo que Bruce se felicitaba internamente, a pesar de que la chica siguiera siendo bastante tímida cuando estaba con el resto del grupo delante.

—¿Preparados, chicos? Presiento que vamos a ver un buen partido—les habló Emily.

Emily era la única que en aquellos momentos en los que Johnson parecía a punto de explotar actuaba con total naturalidad. Y Emily era una Azul, por lo que no era idiota. Bruce suponía que si ella hacía comentarios por los que Johnson mataría a cualquier otro era porque los unía una larga relación de años de confianza y trabajo juntos.

Pero ese no era su caso, por lo que él y Amanda asintieron rápidamente con la cabeza y se volvieron hacia el campo, donde el encuentro estaba a punto de empezar.

Y Emily, como casi siempre, tuvo razón.

El partido fue rápido y vibrante desde el primer instante: los cazadores iban y venían de un lado a otro del campo a toda velocidad, y las bludgers volaban por todo el terreno de juego, desmontando jugadas e intimidando a todos los jugadores.

Exactamente treinta y cuatro minutos fueron los que Gina necesitó para inaugurar el marcador, tras un espectacular pase de Jeffrey. Poco después, el encuentro se detenía porque Fiona Hampton, la cazadora suplente de los All-Stars, se había roto la nariz gracias a una bludger que Robert le lanzó nada más entrar en el área de los postes. Después de que la chica se hubiera recuperado, fueron los All-Stars los que marcaron gol, y quince minutos más tarde se adelantaban en el marcador. Pasados unos cuantos minutos más, era Jason quien se rompía un brazo a causa de una bludger, y los All-Stars anotaron un gol más tras la reanudación mientras él aún se recuperaba. El siguiente en hacer pasar la quaffle por el aro fue Jeffrey, y el partido continuó.

La afición no se cansaba de las continuas idas y venidas, ni tampoco de las numerosas (aunque poco graves) lesiones que se fueron produciendo a medida que pasaban las horas. La snitch solo fue avistada una vez antes de que se produjera la jugada definitiva: los All-Stars iban ganando por 120 a 100 tras más de seis horas de juego, cuando los dos buscadores se lanzaron en picado a por la brillante pelotita dorada y todo el mundo contuvo la respiración. Bruce y el resto de la tribuna se apresuraron a levantarse de sus asientos y mirar hacia abajo, puesto que la jugada se estaba produciendo justo frente a ellos. Todo pareció detenerse en el estadio hasta que, tras unos interminables y angustiosos segundos, Elizabeth levantó el puño cerrado.

Los aficionados presentes en el estadio prorrumpieron en lamentos, a excepción de un pequeño grupo, vestido con camisetas y bufandas de los Minotaurs, que empezó a gritar de alegría. Por su parte, el resto de jugadores se reunieron inmediatamente en torno a Elizabeth, y todos abrazaron a la mujer celebrando el triunfo como si de la Liga se tratara.


Bruce empezó el domingo despidiendo junto a Jason a la chica de turno que había pasado la noche con Brian (quien, por lo visto, estaba aficionándose a las pelirrojas), y lo continuó con el resto del equipo en casa de Donald y Elizabeth, celebrando el cumpleaños número 28 de la joven (y debía recordar que el cumpleaños de Lily era en dos días. Tenía que comprarle algo). Su elfina doméstica, Weena, había preparado la comida y el enorme pastel de cumpleaños, pero dado que habían invitado a varios de sus vecinos muggles a la celebración, no era algo que pudieran admitir. Y dado lo mal que se le daba mentir a ambos miembros de la pareja, Robert no tardó en hacerse cargo de la situación y empezar a asegurar a todo el mundo que él se había hecho cargo de contratar todo el menú con una empresa. Casi inmediatamente, la hija mayor de los vecinos de enfrente se interesó en hablar con él y comentar su generosidad y buena planificación.

—Se acostó anoche con una y ya está intentando ligarse a otra—rio Jason señalando a Brian, en el otro extremo del gran salón, hablando con una de las vecinas de Donald y Elizabeth.

Bruce sonrió. Jason y él, cervezas en mano, se habían instalado en una de las esquinas de la habitación, desde la cual tenían un excelente ángulo para observar todo lo que sucedía a su alrededor. Brian y Robert estaban intentando ligar, cada uno por separado; Amanda y Gina se habían integrado en un grupo de vecinos, y charlaban cordialmente con ellos; Jeffrey y su mujer, Marie, vigilaban los juegos de sus dos hijos con unos cuantos de los niños del vecindario, mientras hablaban con los padres de los demás críos; Elizabeth y Donald se paseaban por la estancia saludando a todo el mundo y participando en las diferentes conversaciones.

—Parece muy desesperado—opinó Bruce, y Jason asintió sonriente—. Pero yo tenía entendido que tú ligabas bastante. Y no te he visto con una chica desde hace semanas. De hecho…

Bruce intentó recordar la última vez en la que había visto a Jason ligando con una chica, pero en esos momentos, su memoria no se encontraba en su mejor estado. Aún y así, hizo un esfuerzo. Pero la única noche de la que se acordaba era…

—… la noche del sorteo del calendario—acabó Jason por él, a lo que Bruce asintió.

—De eso hace casi dos meses.

—Ya lo sé.

Bruce no añadió nada más, pero levantó inquisitivamente una ceja. Él era un caso especial, y como sabía que Jason tenía una ligera idea sobre el tema, agradecía que no le preguntara al respecto. Pero no sabía de ningún problema amoroso de su amigo, por lo que le parecía extraño que, habiendo oído sus propios comentarios y los de Brian sobre el tema, le hubiera visto tan pocas veces con una chica.

Jason suspiró y lanzó una mirada a su alrededor, vigilando que no hubiera nadie cerca de ellos que pudiera escuchar su conversación. Al parecer se dio por satisfecho, porque se acercó un poco más a Bruce y preguntó:

—Bien, ¿recuerdas esa noche?

—Algo. Había una rubia y una morena. Y creo que tú te fuiste con…

—La rubia—le cortó una vez más Jason, antes de tomar aire y soltar a bocajarro—. Me fui con ella y nos hemos seguido viendo desde entonces. Estamos saliendo o algo así.

Bruce no hizo ningún gesto de sorpresa, a pesar de que sí le sorprendió la noticia. ¿Estaba saliendo con esa chica? ¿Y ellos no se habían dado cuenta? Claro, que él pasaba más horas fuera con sus entrenamientos dobles… pero era cierto que Brian protestaba cada cierto tiempo por las desapariciones misteriosas de Jason. Y su reticencia a contar a dónde iba cuando insistía en que no quería que le acompañaran…

De acuerdo: si hubiera prestado un poco más de atención, probablemente se habría olido algo sobre el asunto.

—Vaya. No me lo esperaba—fue lo primero que comentó—. ¿Y lleváis ya casi dos meses juntos?

—No lo sé, es algo complicado. No estamos juntos exactamente, pero hacemos cosas, salimos y nos acostamos. Es fácil estar con ella, está buena y es lista, pero…

—Es una muggle.

—Sí—suspiró Jason—. No sería ningún problema para mí, si no fuera porque no podrá pasar mucho más tiempo hasta que empiece a notar algo extraño. Y tendría que acabar contándoselo… pero no creo que la relación tenga suficiente futuro como para involucrar el Estatuto del Secreto, no sé si me explico.

Bruce asintió, comprendiendo. El Estatuto del Secreto era algo serio, tanto en Inglaterra, como en Estados Unidos o cualquier otro lugar del mundo. La existencia de la magia no era algo que se pudiera revelar a cualquier muggle que se conociera. Y si como decía Jason, no estaba seguro de que la relación con la chica fuera lo suficientemente importante como para contarle un secreto de tal magnitud, la situación era complicada.

—¿Y qué vas a hacer?—le preguntó.

—De momento seguir como ahora. Me lo paso bien con ella y no tengo por qué prescindir de eso. Pero en cuanto empiece a hacer preguntas… no sé, supongo que tendré que dejarla.

Jason se acabó su cerveza de un solo trago y se quedó mirando hacia el frente, pensativo. Y por un instante, Bruce se alegró de tener todavía a Eve tan metida en la cabeza que era incapaz de fijarse en una chica, ya fuera bruja o muggle, y meterse en los problemas que tenía Jason.


Brian se enteró también a los pocos días de que Jason estaba saliendo con la chica muggle. Aunque hizo una representación teatral dramática digna de un premio quejándose de no haberlo sabido antes, cuando Jason la presentó oficialmente fue más educado de lo que Bruce le había visto nunca. La chica tenía veintidós años, se llamaba Dorothy (pero suplicó que la llamaran por su segundo nombre, Beth), y estaba estudiando derecho en la universidad. Comió en casa el jueves y también se quedó a cenar el domingo, y Jason decidió que intentaría que no volviera a comer con ellos. Cuando estaba con el grupo, Beth tenía tendencia a preguntar insistentemente por su trabajo, y a ellos ya se les estaban acabando las ideas para inventarse cómo funcionaba un equipo de golf.

Sin embargo, la semana libre de partidos no fue dedicada enteramente a entrenar y estrujarse el cerebro en busca de ideas para sostener su coartada ante Beth. En un paseo por la Avenida Cero, Bruce descubrió una pequeña tienda encajada entre dos edificios relativamente nuevos, que a pesar del brillante cartel que rezaba "We love muggles" pasaba bastante desapercibida. Allí se vendían los más variados objetos inventados por los muggles (acompañados de sus respectivos manuales de uso y una extensa explicación sobre su construcción, historia y uso) y una vasta colección de libros que explicaban toda la tecnología e innovaciones muggles, pensada para lectores que se introdujeran en el mundo muggle por primera vez. Bruce se hizo con la mitad de los títulos de la colección en la primera visita, dejando al dueño entre conmocionado y radiante de felicidad.

Y la semana siguiente, el partido era contra los Mooncalfs. Habían sido decimocuartos la temporada anterior, y en la actual no habían atrapado ni una snitch ni habían marcado más de diez goles en seis jornadas. Aún y así, Johnson insistió cada día en lo importante que era la concentración y la intensidad, para no tener posibilidades de perder el partido.

Aunque no hizo falta el discurso de Johnson: a pesar de que Amanda sustituyó a Jason y Bruce jugó en el lugar de Gina, el partido acabó con un plácido 370-10 tras poco más de tres horas de partido. De los veintidós goles, ocho fueron de Brian, ocho de Bruce y seis de Jeffrey, por lo que todos acabaron satisfechos.

La sorpresa mayúscula para Bruce vino la semana siguiente, cuando Johnson le puso de titular en el partido contra los Rocky Ford Erumpents. Habían sido décimos la temporada anterior, sí, pero no eran un equipo de novatos, e iba a ser la primera vez que jugara contra jugadores ya formados. Sustituyó a Jeffrey, ya que el rival de la semana siguiente sería más duro, y Johnson no quería arriesgarse a una lesión grave.

A pesar de que acababa de empezar noviembre y de que una lluvia fina pero persistente caía sobre el estadio, casi la mitad de los asientos estaban ocupados, lo que era una entrada bastante buena. Los aficionados, cubiertos por hechizos impermeabilizadores, animaron desde el primer minuto, y eso le dio la suficiente seguridad a Bruce como para saber que confiaban en él.

Jugar con Jason en la portería daba más confianza, y cuando a los cinco minutos Gina marcó el primer gol ante la impotencia de los jugadores rivales, Brian le guiñó un ojo. Había hecho un pase excelente, y el partido solo acababa de empezar.

La lluvia se fue intensificando, y aunque el juego se hizo menos fluido, no alteró el ritmo del partido. Los Erumpents no eran tan malos, y como Amanda le había explicado a lo largo de la semana, habían cambiado al guardián y un cazador, por lo que habían mejorado respecto a la temporada anterior. Incluso así, su nivel estaba muy por debajo del de los Minotaurs, y eso se hizo evidente pronto; hasta Bruce marcó antes de los Erumpents anotaran gol por primera vez. El partido duró casi siete horas y ganaron por una holgada diferencia de 250 puntos, a la que Bruce contribuyó con siete tantos.


Las siguientes semanas pasaron muy rápido: no volvía a haber ningún fin de semana sin quidditch, lo que significaba que, habiendo pasado además su jornada libre, tenían un partido por semana hasta las vacaciones de navidad. Eso, sumado a que los días se iban haciendo más cortos, hizo que el tiempo pasara prácticamente volando para Bruce.

Los entrenamientos subieron más si cabe en intensidad, pero para compensarlo, se hicieron algo más breves. Bruce seguía yendo casi cada día a entrenar con Amanda por las tardes, pero con el paso del tiempo sustituyeron el entrenamiento del viernes por media hora de lanzamientos y carreras sobre las escobas, seguida por el resto de la tarde en un bar, tomando algo o simplemente dejando correr las horas. Al principio fueron visitando bares de la Avenida Cero, pero cuando Bruce notó que mucha más gente de lo normal se le quedaba mirando, sobre todo mujeres (lo que era debido a que había vuelto a aparecer en Hechizadas a raíz de su debut, según le contó Amanda), y le pedían más de una decena de autógrafos y fotografías por hora, decidieron que iban a continuar con los encuentros en la ciudad muggle. Y aunque Amanda protestó entre risas, diciendo que no quería decepcionar a las fans de Bruce (ni prescindir de las cervezas de mantequilla), estuvo de acuerdo con la decisión.

Ganaron el partido contra los Willmar Bears por 120 puntos (y Johnson les estuvo reprochando toda la semana la falta de concentración, incluso a los que no participaron), y a los Angels' Rockets por 170, en un partido que duró once horas el sábado y tres más el domingo. Tras la paliza de esa jornada, Jeffrey y Jason descansaron la semana siguiente, ya que jugaban contra los Omaha Bundimuns, últimos el año pasado y que en los diez partidos jugados, habían conseguido ganar una vez (algo que se celebró en la ciudad como si hubieran ganado la Liga, como se informó hasta en las noticias). Bruce, como él mismo sabía y Johnson había reconocido en contadas ocasiones, estaba ya casi a un nivel suficientemente bueno para ser titular en partidos más importantes, pero como el entrenador le había dicho, "no era su momento". De modo que se limitó a ofrecer un gran espectáculo junto a Gina y Brian frente a los Bundimuns. Los treinta y siete goles que marcaron en tres horas y veintitrés minutos pusieron en pie en incontables ocasiones a todos los aficionados que se habían acercado al estadio, que acabaron coreando el nombre de todos los jugadores en algún momento del partido.

También jugó el partido contra los Yellowstone Knarls, sustituyendo a Brian por primera vez en la temporada. Y a pesar de que el estadio de los Knarls era impresionante, rodeado de árboles más altos que la propia construcción, semienterrada en el suelo, el juego que desplegaron fue incluso más espectacular que el escenario: abundaron las fintas de Porskov y demás, pases perfectamente medidos a través de medio campo, combinaciones entre los cazadores con total precisión, un amago de Wronski que Elizabeth llevó a cabo impecablemente… y una abrumadora victoria por más de 250 puntos.

Sin embargo, la semana siguiente las cosas no salieron tan bien. Un tropiezo contra los Chicago Dugbogs hizo que perdieran por 80 puntos, lo que significó perder el primer puesto que compartían en la clasificación con los Sweetwater All-Stars. Y la semana siguiente, que era la última antes de las vacaciones de Navidad, fue la más tensa que Bruce recordaba en mucho tiempo. Johnson alargó los entrenamientos, ya de por sí duros debido al frío y las lluvias y nevadas, insistiendo en que debían ganar el último partido antes de descansar por tres semanas. Los jugadores asintieron a regañadientes, pero no protestaron mucho. Ellos también querían un buen puesto en la Liga. Si bien ganarla era un reto complicado, al menos aspiraban al segundo lugar que se les había escapado el año anterior.


—¿Ya sabes qué harás estas vacaciones, británico?—le preguntó Brian a través de su bufanda.

Bruce suspiró, y un vaho de vapor se escapó de entre sus labios. Se acomodó mejor la bufanda verde de Slytherin, que para nadie a su alrededor tenía significado alguno, antes de contestar:

—Al final me quedaré aquí.

—¿No volverás a Inglaterra ni unos días?—quiso saber Jason, y Bruce negó.

Esa tarde los tres paseaban por la ciudad muggle, tapados de arriba abajo con abrigos, bufandas, gorros y guantes para combatir el frío del invierno. La nevada del día anterior les había convencido definitivamente de que la Navidad estaba cerca, y que ya iba siendo hora de comprar algunos regalos. De modo que se armaron de valor y ropa de abrigo, y salieron al exterior dispuestos a realizar algunas compras.

Durante las últimas semanas habían hablado bastante de las vacaciones de Navidad. Tenían tres largas semanas sin partidos, por lo que había tiempo de sobra para ir a cualquier lado. Jason, Brian y también el resto del equipo volvían a sus casas a visitar a sus familias, al menos hasta Año Nuevo, pero Bruce no se había decidido hasta hacía poco.

No tenía ningún interés en ver a su padre, con el que no había cruzado más de una carta en todo ese tiempo, la que le mandó por su cumpleaños y su padre le respondió cortésmente. Le había preguntado a Tracey, Lily y Theodore si iban a estar disponibles, pero las chicas iban a dejar su piso compartido en Londres para volver a sus casas, y Theodore había pedido el doble de trabajo para esas fechas, con lo que los jefes en su nueva oficina estaban encantados. De modo que para aburrirse, prefería hacerlo en Nueva York y ahorrarse el viaje hasta Inglaterra.

Apretaron el paso ante el aumento de la intensidad del viento, con el objetivo de llegar cuanto antes a la siguiente tienda que tenían planeado visitar. Cuando por fin alcanzaron el lugar y una oleada de aire cálido les recibió nada más entrar, apenas pudieron contener el suspiro de alivio.

—Bruce, tengo una proposición para ti—le dijo Jason al cabo de un rato, paseando entre los estantes de la tienda.

Bruce le miró con curiosidad y asintió con la cabeza, instándole a continuar. Jason había pasado los últimos minutos más callado que de costumbre.

—En lugar de quedarte tú solo aquí en Nueva York en Navidades, ¿qué te parecería venir conmigo a mi casa? Es decir, no exactamente a casa. En vacaciones toda la familia va a la casa de mis abuelos: tienen una granja inmensa al sur de Missouri. Podrías venir, te lo pasarías mejor que estando aquí sin nada que hacer.

Tardó unos segundos en procesar el ofrecimiento de Jason. ¿Le estaba invitando a pasar las vacaciones con él de verdad? Eso podría significar que por fin, después de tantos años, podría volver a vivir unas verdaderas Navidades en familia. Aunque claro, no era su familia: eran un probable montón de desconocidos entre los cuales seguramente se sentiría algo incómodo… Pero la otra opción era pasar más de dos semanas solo, encerrado en el piso de Nueva York. Eso sería incluso más deprimente que todos los años anteriores pasados con su padre…

—No me gustaría ser un estorbo. No quiero ser el extraño en una reunión familiar…

—Oh, no te preocupes por eso. No serías el único. Mis primos más pequeños todavía estudian en Salem y han dicho que se traerán a unos amigos, y me imagino que los demás invitarán a más gente. Y a mi abuela le encanta la gente nueva.

Dudó. Sonaba demasiado bien para ser cierto. Y con lo que le había costado aprender a abrirse un poco más a la gente…

—¿Me das unos días para pensarlo?

—Claro—Jason asintió sonriente, y le mostró un marco para fotos que acababa de coger de la estantería—. ¿Qué te parece como regalo para mi madre?

Dos días más tarde le dijo que sí, y Jason empezó a soltar un nombre tras otro de todas las personas que podría conocer: sus abuelos, una tía abuela, sus padres, cuatro tíos con sus respectivas parejas, sus dos hermanas (incluyendo, por suerte, a Amelie, a quien al menos ya conocía) y nueve primos, y eso sin contar a los invitados que pudiera traer cada uno.

—Eso no es una casa, es un maldito hotel—masculló Bruce cuando Jason acabó de soltar una eterna retahíla de nombres, y el otro rio.

—Te dije que la granja es inmensa. Antiguamente fue una posada para una carretera que pasaba por allí, hasta que mis antepasados la compraron y empezaron la granja. Tiene más de veinte habitaciones, pero nunca las hemos usado todas a la vez.


Su partido de esa semana empezaba el domingo a la una en punto, y una espesa lluvia llevaba cayendo desde primera hora de la mañana en todo el estado. Al haber sido los Uros duodécimos la temporada anterior y no haber mejorado mucho en la casi media que llevaban, Bruce jugó el partido en sustitución de Jeffrey, que estaba más preocupado por el estado de salud de su mujer, a la que le faltaba poco más de un mes para dar a luz. Las túnicas amarillas de los Uros se veían perfectamente a través de la densa lluvia, pero a partir de la cuarta hora de partido y a pesar de las luces encendidas del estadio, empezó a hacerse difícil el distinguir las bludgers, por no hablar de la snitch. La roja quaffle todavía era fácilmente visible, lo que hizo que la anotación, al menos por parte de los Minotaurs, siguiera subiendo, pero tuvieron que detenerse varias veces para que pudieran atender a Brian y una para Gina, por culpa de las bludgers. Ninguno de ellos, a pesar de que se lo hubiera explicado varias veces, habían acabado de entender cómo hacía eso de identificar todo a su alrededor a partir de su sonido, y él ya no sabía cómo explicarlo de otro modo.

Las horas fueron pasando y la lluvia no cesó. Disminuyó un poco su intensidad, pero siguió cayendo con fuerza. Hicieron una pausa de veinte minutos a las siete para cenar algo en la tribuna, mientras Johnson, Emily, Paul y todos los que estaban por allí les daban numerosas órdenes y varios consejos. Elizabeth se lamentaba por la falta de visibilidad, pero Johnson insistió en que era primordial encontrar la snitch de una vez. La diferencia de puntos estaba en 160, pero cuanto antes acabara el partido mejor.

Sin embargo, tras el descanso las cosas siguieron igual. O en todo caso, empeoraron, ya que el cansancio, el frío y la humedad empezaban a hacer estragos. Los goles fueron espaciándose en el tiempo, y los aficionados cada vez animaban menos, ya cansados. A las once de la noche, con una visibilidad casi nula y una lluvia que había vuelto a caer con fuerza, el árbitro decidió pausar el partido hasta la mañana siguiente.

El lunes tanto Bruce como Jason y Brian se despertaron a las seis de la mañana. El partido se reanudaría a las ocho en punto, y debían estar allí como mínimo una hora antes. Mientras se vestía en su habitación, Bruce miró con anhelo la mochila preparada, en una esquina, con todas las cosas que se tenía que llevar a la casa de Jason. Deberían haberse ido la noche anterior, pero no contaban con que el partido se alargara tanto. Todos los músculos protestaban cuando se movía, y se reunió con sus soñolientos compañeros en la cocina. Ambos tomaban un café con los ojos casi cerrados, y Gilly, la elfina doméstica, acababa de dejar encima de la barra un enorme plato con salchichas y huevos fritos.

—Los amos deben alimentarse bien. Los amos juegan en menos de dos horas—dijo la elfina con voz estridente, a la vez que colocaba una tercera taza de café en las manos de Bruce.

—Buenos días—le saludó Jason entre bostezos.

—Buenos días—respondió él con la voz ronca.

—Quiero dormir. Quiero irme a mi casa y dormir una semana entera—se lamentó Brian, frotándose los ojos con cansancio.

—Pociones vigorizantes para los amos. Los amos deben estar listos en diez minutos—interrumpió de nuevo Gilly, poniendo unos tazones con un líquido espeso frente a ellos.

—Ojalá me hubiera dedicado al quodpot. Sus partidos son largos, pero nunca duran más de un día—se quejó Brian antes de tragarse rápidamente la poción.

Bruce se encogió de hombros, resignado. A pesar de lo mucho que disfrutaba sobre la escoba, estaba tan cansado que no sabía cómo iba a sostenerse las horas que hicieran falta. Jason le sonrió con empatía, y se bebieron las pociones antes de acabar rápidamente con el desayuno.

El estadio estaba muy vacío cuando el partido se reanudó: apenas serían unas cinco mil personas las que se repartían por las gradas. La lluvia había cesado esa noche, lo que era algo de agradecer, pero el ambiente seguía frío y un vendaval azotaba el campo. Eso dificultaba oírlo todo a su alrededor, pero con la práctica que había conseguido, solo necesitaba prestar algo más de atención. Les costó entrar en calor, y no fue hasta pasados cuarenta minutos que Gina marcó el primer gol del día: la comentarista del partido soltó tal grito que unos cuantos aficionados, que se habían quedado dormidos en sus asientos, pegaron un salto tan grande al despertarse de golpe que casi cayeron al campo.

A pesar de la poción que se había tomado en el desayuno, a Bruce le dolía todo. Cuando se metió en el área para intentar marcar, tuvo que acercarse más que en cualquier otra ocasión para asegurarse de que le bastarían las fuerzas y la puntería para colar la quaffle por el aro. Echó una ojeada a su alrededor: la guardiana era muy lenta, y Donald y Robert habían alejado cualquier bludger de él. Lanzó la pelota y entró por los pelos en el aro derecho, pero apenas lo celebró. Brian se acercó a felicitarle por encima de las débiles exclamaciones de alegría de los espectadores y él se limitó a seguir con la mirada a Elizabeth, que seguía sobrevolando el campo sin encontrar la snitch.

—Espero que esto acabe pronto—le dijo a Brian al oído.

—Y yo. Estoy a punto de dejarme golpear por una bludger para descansar un poco—le respondió el otro.

Resignado, sonrió. Por Merlín, ojalá la snitch apareciera pronto.

Tuvieron que pasar dos horas más hasta que por fin, Elizabeth sacó fuerzas de donde parecía imposible que quedaran y se lanzó tras el destello dorado que apareció en un extremo del campo. El buscador de los Uros reaccionó con demasiada lentitud: para cuando llegó a la altura de la mujer, ella ya había cerrado la mano entorno a la pequeña pelota. La diferencia final de puntos fue de 380.

Cinco horas más tarde caminaba con Jason por la Oficina de la Red Flu de la sede de la Avenida Cero, donde contaban con una vasta colección de chimeneas conectadas a la red interestatal. Como Jason le había estado contando, se necesitaba un permiso especial para poder conectar una chimenea particular por la red flu común a todo el país. Ellos, por su parte, solo tenían el permiso básico en el piso: la chimenea era tan pequeña que no permitía el paso de personas, por lo que solo podía entrar y salir correo a través de ella. Y en la granja de los abuelos de Jason tenían el permiso estatal, de modo que primero tendrían que viajar a la sede de Jefferson City, capital del estado de Missouri, y de allí a la granja.

—Probablemente seremos de los primeros en llegar, incluso habiéndonos retrasado un día—dijo Jason, mientras estaban sentados en la sala de espera de la oficina, esperando a que fuera su turno para poder usar una de las chimeneas—. Creo que casi todos los demás empiezan sus vacaciones el viernes, por lo que la casa estará bastante vacía los primeros días.

—¿Solo estarán tus abuelos?

—Ellos y mi tía abuela, y los tíos Alfred y Susan, que viven con ellos—aclaró Jason, justo antes de que una mujer entrara en la sala de espera y pronunciara sus nombres.

—Me suenan vuestros apellidos, pero no sé dónde los he oído—comentó la mujer casualmente, mientras les conducía a través de un corto pasillo.

Jason y Bruce se sonrieron disimuladamente. La mujer llevaba el periódico del día bajo el brazo, y como ellos lo habían leído poco después de comer, sabían que en la sección de deportes se les mencionaba varias veces, narrando el partido inconcluso del día anterior.

—A saber. Son apellidos comunes—dijo Jason, y la mujer asintió distraídamente abriendo una puerta tras pasar su varita por delante.

Una pequeña estancia se mostró frente a ellos, con un par de sillas, una alfombra vieja y una gran chimenea con un tarro de polvos flu encima como únicos elementos en todo el lugar.

—Ya sabéis como funciona. Echáis un puñado de polvos flu, decís el destino alto y claro y os metéis en la chimenea. Que tengáis un buen viaje—recitó la mujer, y se quedó de pie cerca de la puerta a la espera de que se marcharan.

Jason fue primero, y después Bruce le siguió repitiendo sus palabras. Aterrizaron en una sala prácticamente igual, donde un hombre les recibió y les condujo hacia la sala central de la oficina.

—Yo os conozco. Sois jugadores de los New York Minotaurs, ¿verdad?—les dijo el hombre.

—Sí, lo somos—admitió Jason.

Bruce miró con algo de curiosidad al hombre. Era extraño que estando tan lejos de Nueva York, alguien les hubiera reconocido. No le habría sorprendido tanto que hubieran reconocido a Jason, pues por algo estaba en su estado; pero el otro había hablado en plural, incluyéndole a él.

—Lo sabía. Soy seguidor de los Chicago Dugbogs y fui a ver el partido contra vosotros de la semana pasada. Buen partido.

—Gracias, aunque el resultado no nos fue muy favorable.

—A los Dugbogs nos gusta dar la sorpresa de vez en cuando—el hombre sonrió con orgullo—. Pero espero que ganéis vosotros la Liga este año. Estoy harto de que solo ganen los Finches, y los All-Stars me caen muy mal.

—Se hará lo que se pueda.

El hombre les dejó en el recibidor de la oficina y se despidió con un ademán de la cabeza. Ellos dos se dirigieron a un mostrador para solicitar el acceso a una de las chimeneas estatales, y rápidamente les atendieron y les mandaron a otra sala de espera. Diez minutos más tarde les volvían a conducir hasta otra chimenea, y Jason pronunció alto y claro:

—Granja de los Lane, condado de Butler.

Las llamas verdes le envolvieron, y después de que su amigo desapareciera, Bruce le imitó.

Lo primero que vio cuando aterrizó al otro lado de la chimenea fue un salón enorme de paredes de piedra y techo alto sostenido por vigas de madera. Lo siguiente fue que Jason estaba siendo envuelto en un asfixiante abrazo por una anciana regordeta y de cabello blanco, mientras el que debía ser su marido palmeaba la espalda del chico con cuidado.

—¡Oh, y este debe de ser el amigo del que nos has hablado!—exclamó la mujer, cuando después de unos largos segundos dejó de abrazar a Jason—Yo soy Pauline, la abuela de Jason. ¿Y tú cómo te llamas, cariño?

—Soy Bruce Vaisey—se presentó él tendiendo la mano, pero Pauline la ignoró y le envolvió en un abrazo con total naturalidad.

—Encantada de conocerte, Bruce. Es un placer tenerte en casa—le sonrió la anciana—. Y este, por cierto, es mi marido, Fred.

Fred, alto, calvo y con unas grandes gafas, sí que le estrechó la mano cortésmente.

—¿Así que tú eres la nueva estrella del quidditch de Nueva York?—le preguntó Fred, colocándose bien las gafas para mirarle atentamente con curiosidad.

—No exactamente…—intentó decir Bruce, pero antes de acabar Jason le interrumpió:

—No aún, abuelo. Todavía es un novato, pero sí que va para estrella el año que viene. ¿No está la abuela?

—Estaba escribiendo en su habitación. Puedes ir a buscarla e intentar convencerla de que salga un poco de su cuarto. Lleva unas cuantas semanas encerrada "a punto" de acabar el libro—explicó Pauline, y soltó un leve suspiro cansado.

Jason asintió con la cabeza, y se dio la vuelta para cruzar el salón y desaparecer tras una puerta.

—Yo debería volver a la cocina, no queremos que se nos queme la cena. Fred puede irte enseñando la casa, ¿verdad?—comentó Pauline, y su marido asintió.

La mujer siguió los pasos de Jason para salir del salón, y Fred le hizo una señal para que le siguiera.

Salieron del enorme salón, amueblado con tres enormes sofás, una mullida alfombra que cubría casi todo el suelo, un gran televisor y la gigantesca chimenea con el fuego crepitante, para ir a dar a un pasillo estrecho y recubierto de madera por todos lados. Una vieja escalera subía al menos un piso más, pero antes Fred le mostró dos baños relucientes, la impecable cocina, un comedor con una mesa con capacidad para unas dieciséis personas y dos más sin usar en una esquina de la sala, además de una lavandería y un garaje en el que un gran y algo antiguo coche reposaba.

—En el primer piso tenemos las habitaciones principales—le explicó Fred mientras subían con calma las escaleras—. Una para mí y Pauline, otra para Rose, otra para Alfred y Susan, y la cuarta era y sigue siendo de Rudy, aunque ya no viva aquí.

Bruce asintió educadamente, aunque no tenía ni idea de quienes eran todas las personas que Fred mencionaba.

—En los otros tres están el resto de habitaciones. Durante la mayoría del año los pisos superiores están cerrados, pero los solemos abrir unos días antes de que empiece a llegar todo el mundo. Vosotros habéis sido los primeros en llegar, de modo que tendréis que ayudarnos un poco a acondicionar el tercer y cuarto piso—Fred sonrió con algo de culpabilidad—. Espero que no te suponga mucha molestia.

—En absoluto. Estoy muy agradecido de que me dejen pasar las Navidades aquí, así que ayudaré en todo lo que pueda—respondió Bruce formalmente, y Fred soltó una breve carcajada.

—No hay nada que agradecer, Bruce. Y por favor, no nos trates de usted. Pauline se disgustará mucho si eres tan formal con ella.

—De acuerdo… Fred.

Fred musitó un "Mejor", y abrió la primera puerta a su derecha en el amplio rellano del segundo piso.

Era una habitación con unas literas y una tercera cama separada. Un par de alfombras de vivos colores adornaba el suelo frente a cada cama, y la gran ventana rectangular con las cortinas abiertas solo dejaba ver la oscuridad del exterior. No era excesivamente grande, pero sí luminosa y acogedora.

—Mark llegará el viernes por la mañana. Vendrá solo, por lo que hemos pensado que estará mejor con vosotros que solo, o con Elliot y sus amigos. Puedes dejar tus cosas donde quieras y bajar al salón; Alfred y Susan deben estar a punto de llegar del trabajo y cenaremos en cuanto estén aquí.

Tampoco sabía quién era Mark, ni mucho menos Elliot. Alfred y Susan eran nombres que ya había oído unas cuantas veces. Si no se equivocaba, debían ser los tíos que vivían allí. Fred salió de la habitación y cerró la puerta, dejándole solo. Dejó la mochila y el grueso abrigo sobre la cama individual y se acercó a echar un vistazo por la ventana.

Solo se veía negrura en muchos metros a la redonda. Y al fondo, una serie de luces débiles y espaciadas, que debían iluminar alguna carretera. No corría el viento y apenas se oían ruidos más allá del flojo ulular de una lechuza, y se le ocurrió preguntarse si viviendo en el campo usarían lechuzas para comunicarse en lugar de usar la red flu. Ya tenía una pregunta que hacer.

Miró su reflejo en el cristal, y sus ojos castaños le devolvieron una escrutadora mirada. Se vio igual que medio año atrás, cuando le dio su último adiós a la que había sido su habitación en Hogwarts por ocho largos años.

Pero ya no se sentía igual. Había pasado el tiempo y estaba muy lejos de Hogwarts. Y aunque, como comenzaba a comprender, había cosas de su pasado que iban a dejar una marca indeleble en él, Bruce estaba listo para ser el protagonista de su propia historia. Estaba dando ya sus primeros pasos. Solo era cuestión de tiempo que el howler estallara.

Apartó la mirada del cristal, respiró hondo, abrió la puerta y dirigió sus pasos hacia el salón.


¡Hola otra vez!

Bueno, han pasado más de dos semanas de la última actualización y se supone que esa es mi frecuencia, pero me estoy acercando peligrosamente al final de los capítulos que ya tengo escritos, y no quiero llegar a ese punto. Y últimamente no he podido escribir mucho, pero pronto podré solucionar eso. Al menos, espero que el capítulo pueda compensar la espera: Bruce juega más partidos, se siguen desarrollando los personajes y sus relaciones, se descubre un secreto que Jason escondía, presento mi idea de cómo fue que el quidditch se fue haciendo más popular en Estados Unidos, y entre una cosa y otra ya es Navidad, y Bruce la va a pasar con la familia Lane, mi versión estadounidense de los Weasley.

Como siempre, millones de gracias a los que leéis, a todos los que seguís la historia, a los que le dais a follow y favoritos y en especial a los que comentáis, como Muselina Black, cuyos reviews son siempre geniales. A los demás, ya sabéis que os animo a dejar vuestra opinión.

En fin, que me despido por el momento y espero poder actualizar pronto.

¡Hasta la próxima!