Capítulo 10 En los dos lados del charco
Ser novio de Albus no cambiaba mucho la relación que habían tenido hasta entonces; la única diferencia –y qué diferencia- era que podían besarse y abrazarse cuando tenían ganas, lo cual solía ser siempre. Los besos eran adictivos y pasaban un poco más de tiempo a solas que antes, pero Scorpius se dio cuenta de que, en cierta manera, habían sabido desde los primeros días de amistad que había algo especial entre ellos. Siempre había preferido estar con él antes que con cualquiera, siempre había pensado que era guapo y que tenía unos ojos de morirse, siempre había sentido que su presencia lo volvía todo un poco mejor.
Había tan pocos cambios que ni siquiera se sentaban juntos en más clases. Al contrario. Habían intentado sentarse juntos en Defensa, Pociones e Historia de la Magia, pero Zabini y Pinetree les habían separado a los cinco minutos porque decían que sólo se distraían mutuamente –lo cual Scorpius aceptaba de mala gana como cierto-, y Lynch y Vector siguieron el mismo camino, para desespero de ambos. Al final, habían conseguido que al menos les dejaran sentarse uno detrás del otro, como siempre, una posición que les permitía atender más sin tener que separarse del todo. Sólo en Historia de la Magia podían estar juntos como querían; a Binns le daba lo mismo que atendieran o no, con tal de que no armaran alboroto.
Pero lo que Scorpius sabía con total certeza era que se sentía feliz, más feliz de lo que nunca habría esperado sentirse tras la muerte de su madre. No había imaginado que pudiera emborracharse con besos y caricias, no había esperado que el amor fuera así, esa emoción explosiva que le hacía ir con la cabeza en las nubes y que le hacía pensar a todas horas en Albus y en las más terribles cursiladas.
-Te quiero, Al –murmuró una tarde, mientras depositaba besos en la línea de su mandíbula-. No te imaginas cuánto te quiero.
Estaban en el aula de música donde se habían escondido tantas veces, tirados sobre sus túnicas. Scorpius estaba sobre Albus, apoyado sobre sus codos para no cargar el peso sobre él. Los dos estaban duros, notaba la erección de Albus casi como la suya propia y sólo de pensarlo se sentía medio mareado.
-Yo también te quiero –dijo, con voz temblorosa, mientras sus dedos le acariciaban el pelo y la espalda.
-Eres tan guapo…–siguió, moviendo sus labios hasta la cálida piel de su cuello. Albus se removió un poco, como si le hiciera cosquillas, pero Scorpius siguió besándole mientras hablaba-. Tú y yo tenemos que estar juntos.
-Sí, es el destino.
-El destino –repitió Scorpius, encantado con la idea, antes de moverse hasta sus labios de nuevo.
Albus abrió la boca para recibirlo. Scorpius hizo un ruidito satisfecho al sentir la lengua contra la suya; había visto chicos que la usaban como si estuvieran batiendo huevos allá adentro, pero Albus la movía lentamente, lamiendo la suya, acariciándole el interior de la boca… Él prefería hacerlo así también, disfrutando de cada instante, sintiendo cómo crecía la excitación dentro de él. Las manos de Albus vagaban por su espalda, se metían por debajo de su camisa, buscando la piel y Scorpius gimió contra su boca, aumentando la intensidad del beso. Tenía calor, la carne le ardía bajo las capas de ropa y su erección era ya casi completa. Podía notar cómo su cuerpo escapaba cada vez más a su control y sin pensarlo, frotó la polla contra la de él un momento en busca de un alivio que parecía imposible. Albus soltó jadeo ahogado y sus caderas dieron un pequeño salto contra las suyas.
-Scorp…
-Espera… Espera...-Necesitaba unos segundos para recomponerse, para ser capaz de controlarlo, pero Albus no le dio esa oportunidad. Sus brazos le atrajeron hacia él de nuevo y su boca se acercó a la suya.
-No, no pares… -dijo, empezando a moverse debajo de él como Scorpius lo había hecho antes.
Merlín bendito, pensó, antes de ceder alegremente a la tentación. Aquello no lo habían hecho aún, lo normal era que terminaran las sesiones de besos cada uno en su cuarto, machacándosela pensando en el otro. Pero la perspectiva de llegar hasta el final, de hacerlo aunque sólo fuera un poco, le producía el mismo júbilo mezclado de terror que descender sobre la escoba en picado.
Scorpius apretó sus caderas contra las de Albus y le devolvió ansiosamente los besos, tratando de moverse al mismo ritmo que él, buscando la posición de más contacto entre ellos. La fricción enviaba oleadas de placer desde su entrepierna al resto de su cuerpo, parecido a masturbarse, pero mucho mejor porque era Albus, su Albus, quien gemía contra su boca, quien despertaba esa necesidad insoportable dentro de él.
-Al… Oh, Al…
Se movía ya casi por impulso, incapaz de besarlo porque de su boca escapaba un jadeo desesperado tras otro. Ya no habría podido parar, ya no podía pensar, sólo quería más. Y entonces se corrió, tensando el cuerpo sobre Albus, mordiéndose los labios para no gritar. Albus se corrió también casi a la vez que él y sus caderas se arquearon contra las suyas.
-Oh, Dios…
Scorpius se dejó caer sobre él y lo abrazó con las pocas fuerzas que le quedaban, sin importarle la humedad pegajosa de sus calzoncillos, ni el sudor que le pegaba la camisa al cuerpo por debajo del suéter. Era feliz y se sentía exhausto y ligeramente avergonzado. No era como si nunca se hubieran visto correrse, pero nunca se lo habían hecho el uno al otro. Y ahora… ahora se sentía aún más unido a él.
Podría haberse quedado allí eternamente, envuelto en los brazos de Albus, que le acariciaba la espalda con suavidad, pero al cabo de unos segundos, Albus le dio un pequeño empujón.
-Ay, déjame respirar
Scorpius sonrió y se movió, poniéndose a su lado. Después le cogió la mano y le besó los dedos.
-No me estarás llamando gordo, ¿verdad?
Albus también sonrió y le acarició el pelo; Scorpius sintió un ligero y agradable estremecimiento.
-Me ha gustado, ¿y a ti? –Sus mejillas estaban un poco rojas por el acaloramiento, pero Scorpius tuvo la sensación de que se oscurecían un poco más.
-También –asintió, sabiendo que posiblemente él tampoco había escapado al rubor-. Aunque ahora estoy todo pegajoso.
Albus soltó una risita.
-Y yo.-Entonces sacó su varita y se apuntó a la bragueta de los pantalones-. Inmaculatis.
Al momento, la mancha de humedad de sus pantalones, apenas visible porque éstos eran oscuros, desapareció del todo. Scorpius usó el mismo hechizo para limpiarse su propio desastre y después se apretó contra él, satisfecho. Era viernes, tenían todo el fin de semana para estar juntos y además aún faltaba media hora para la cena.
La vida era maravillosa.
Un rato después, Albus fue a sentarse en la mesa de Gryffindor para cenar, aunque su mente estaba aún muy, muy lejos de allí, reviviendo lo que había pasado con Scorpius. No lo había planeado, simplemente no había soportado la idea de detenerse como otras veces; por suerte Scorpius se había mostrado igual de dispuesto que él a llegar hasta el final. Si no, se habría muerto de la vergüenza y del dolor de huevos.
-Vaya cara traes, Albus –dijo Rose, meneando la cabeza con expresión divertida.
Albus sólo sonrió un poco más, aunque luego se controló un poco al ver la expresión enfurruñada de Camilla, que estaba algo enfadada desde que Scorpius y él se habían hecho novios. Rose decía que eran sólo celos y que ya se le pasaría, porque además todo el colegio lo había visto venir desde hacía meses. Nada, que se aguantara. Dora tampoco parecía muy feliz, aunque a ella se la veía más resignada y le seguía tratando igual.
-¿Qué habéis hecho? –le preguntó a Amal.
-Los deberes de Encantamientos y un par de cartas astrales –contestó. Amal iba a Adivinación y ya le había hecho la carta astral a medio Gryffindor. Gracias a él, Albus sabía que era ascendente Libra, que era más emocional que cerebral y que de viejo iba a tener problemas con los riñones. Fascinante. Amal le había contado más cosas, pero ya no se acordaba de más. Era verdad que la profesora Trelawney había emitido dos profecías auténticas a lo largo de su vida, pero a la mayoría de sus alumnos les parecía bastante inepta y casi todos los que escogían su asignatura lo hacían porque era la más fácil de aprobar.
La cena apareció delante de ellos y Albus se sirvió una chuleta de cordero y un poco de salsa, más que nada por comer algo. Cuando pasaba directamente de los brazos de Scorpius a la mesa nunca tenía hambre, y luego un par de horas después, en la Sala Común, se sentía capaz de comerse un buey. Por suerte siempre tenía un par de chocolatinas a mano con las que calmar un poco el vacío en el estómago.
-Eh, Albus, ¿Scorpius te ha dicho algo de Zabini? –le preguntó Bruce Kendrick.
-No, ¿por qué? –Su cabeza estaba en otro sitio. ¿Lo repetirían? Él quería repetirlo. A veces se sentía un poco como un obseso sexual, pero no podía evitarlo.
-Los de tercero dicen que se lo han cruzado por los pasillos y les ha quitado cinco puntos sin más.
-¿Ya estamos otra vez? –protestó Rose.
-No sé nada –dijo Albus, lanzando una mirada a la mesa de los profesores. A él normalmente le parecía que Zabini siempre tenía la misma expresión imperturbable (que algunos alumnos de Slytherin trataban de imitar con mayor o menor fortuna). Y esa era la misma cara que le veía ahora.
-Estará en esos días del mes –bromeó Amal.
Urien lo miró con incredulidad.
-¿Zabini es un hombre-lobo?
Albus estaba masticando en ese momento, pero se echó a reír a carcajadas y estuvo a punto de atragantarse con la comida. No era el único, todos los que le habían oído se estaban riendo también.
-Los otros días del mes, Urien –le explicó Rose, divertida-. Los de las chicas.
-Ah… Vale, no lo había pillado.
Todos terminaron de cenar entre bromas y risas y cuando se levantaron de las mesas, Albus fue a buscar a Scorpius para darle el último beso del día y despedirse de él hasta la mañana siguiente. Como apenas tenían tiempo y además estaban rodeados de gente, sólo fueron unas palabras y un beso rápido; después Albus echó a andar resignadamente hacia la Torre de Gryffindor, maldiciendo el cruel sistema de Casas por millonésima vez. Los Fundadores podían haber sido grandes magos, pero no sabían nada sobre amor adolescente.
Aquel sábado, Blaise se levantó definitivamente de mal humor. Era el día de la boda. Ahora era sólo cuestión de tiempo que el nuevo marido de su madre contrajera una repentina y fatal enfermedad o sufriera un incomprensible accidente durante una Aparición. Luego llegarían los titulares y el escándalo: la única esperanza que Blaise podía albergar era que sucediera bien lejos de allí, que no le salpicara. Pero su madre estaba furiosa con él por no haber acudido a la boda y bien podía acercarse al Reino Unido sólo para fastidiarle.
Si bien Blaise quería pretender que nada de eso le afectaba, no podía mentirse a sí mismo. Sabía que si se quedaba ese día en el castillo le iba a costar no darle vueltas al asunto, así que después de desayunar fue a su despacho para llamar a Theo por Red Flú y ver si podían almorzar juntos, pero el elfo de la mansión le dijo que él y Daphne se habían ido a pasar el fin de semana al norte de Francia. Blaise lo intentó entonces con Draco y tuvo más suerte.
Poco antes del mediodía, Blaise llegó a Malfoy manor. Antes de que pudiera llamar a la puerta, alguien gritó su nombre desde arriba. Blaise alzó la vista y vio a Draco, montando a la yegua. El animal comenzó a bajar rápidamente hacia él y poco después Draco desmontó y fue a estrecharle la mano.
-¿Qué tal?
-Tienes buen aspecto. –No mentía. Su mirada seguía siendo algo apática, pero había recuperado algo de peso.
Draco llamó a un elfo para que llevara a la yegua al establo y le quitara los arreos y los dos entraron en la mansión. Como Draco quería darse una ducha antes del almuerzo, lo dejó en manos de Narcissa, quien le presentó a madam Tereshkova y a su ayudante. La señora Tonks y Lupin estaban también por allí; Blaise seguía sin relacionarse mucho con el segundo y apenas conocía a la primera, pero salió bien del paso.
-¿Cómo está tu madre, Blaise? –le preguntó Narcissa tras preguntarle por los niños, sacando, sin saberlo, el tema del que él había estado huyendo.
-Imagino que bien –contestó. La presencia de Tereshkova le animó a hablar, aunque esa no había sido su intención al ir a Malfoy manor. ¿No pretendía dejar claro que él no tenía nada que ver con los tejemanejes de su madre? Aquella era una oportunidad de oro, ¿qué mejor testigo de su desapego que alguien de la Confederación Internacional de Magos? Y Tereshkova conocería a su madre, Blaise estaba seguro; uno de sus difuntos maridos había sido un ruso-. Hoy se casa con un magnate argentino, Eduardo Montoro.
Narcissa arqueó las cejas en un ademán de contenida sorpresa.
-Vaya… No había oído nada.
-No creo que la noticia haya llegado aún a Inglaterra. Y allí fueron bastante discretos.
-Oh, ¿es usted el hijo de Chiara Zabini? –preguntó entonces madam Tereshkova, como si acabara de atar cabos.
-Así es.
Ella le lanzó una mirada penetrante.
-¿Y cómo es que no ha acudido a la boda?
Blaise no se dejó engañar, sabía lo que le estaba preguntando en realidad. Pero por suerte se había preparado para esa pregunta, consciente de que se la harían a menudo en cuanto se corriera la voz de ese nuevo matrimonio.
-Mi madre se ha casado demasiadas veces como para que sea realmente un momento especial y ahora mismo mis alumnos de Hogwarts me necesitan más que ella.
Ahí estaba, perfecto. No traicionaba a su madre, denunciando sin palabras que sus acciones eran inaceptables, pero demostraba que no tenía interés ni parte en esa boda.
Draco llegó en ese momento, ya vestido con una túnica negra, para variar; aparentemente había oído la última parte de la conversación.
-¿Tu madre se ha casado? –preguntó sorprendido.
-Se casa hoy a las doce, hora de Argentina.
Hubo una chispa de comprensión en los ojos de Draco, quien miró fugazmente a Tereshkova.
-¿Conoces siquiera a su nuevo marido?
-No, nunca le he visto ni he hablado con él. –Se giró hacia la enviada rusa-. Mi madre y yo llevamos vidas muy separadas.
Narcissa le colocó la mano en el brazo.
-Nosotros cuidaremos de ti, Blaise. Y ahora pasemos al salón, por favor. El almuerzo ya debe de estar servido.
Blaise se dejó conducir hasta el salón donde, efectivamente, ya estaba todo preparado. Narcissa y Andromeda se pusieron a hablar rápidamente del baile de Navidad, alejando el tema de su madre, cosa que él les agradeció; al fin y al cabo, se suponía que había ido allí para no pensar en ella. La comida, excelente como siempre, le distrajo; en Hogwarts se comía muy bien, pero de vez en cuando echaba de menos algo más sofisticado.
Después de comer, Draco le pidió que le acompañara a su laboratorio y Blaise bajó con él preguntándose si iban a hablar de pociones o había cambiado de idea y era una treta para follar. La habitación estaba tal y como él recordaba haberla visto la última vez que había ido allí, pero había una jaula con pequeños ratones blancos.
-¿Llegaste a ir a uno de esos sitios llenos de muggles?
-Sí. –A Blaise le dio la sensación de que iba a decir algo y luego cambiaba de opinión-. He ido un par de veces.
-Tienes más estómago que yo.
-Encuentro lo que estoy buscando, ni más ni menos –dijo, con indiferencia.
-¿Esos sitios son como tú pensabas? –preguntó, sintiendo curiosidad en medio de su aprensión.
-Más o menos, sí. En realidad se parecen a Vanity, pero con un cuarto donde la gente va a follar.
-No lo entiendo, ¿por qué no van a casa de uno de los dos?
Draco lo miró como si lo creyera tonto.
-Porque no se trata de eso, Blaise. –Meneó la cabeza-. Olvídalo, no te he pedido que bajaras aquí para hablar de esto. Además, si tanta curiosidad tienes sólo has de acompañarme la próxima vez que vaya.
-Me quedaré con la duda, gracias. ¿De qué querías hablarme?
Draco fue a por un pergamino y se lo tendió.
-Esta es la fórmula provisional del veneno que mató a Rookwood y al Parásito muggle que capturaron en Windfield. He conseguido averiguar que incluye dos conjuros en su fabricación. Pero tengo la sensación de que se me escapa algo. ¿Tú qué crees?
Blaise la leyó con atención; aunque fuera un experto en Defensa, se había sacado un ÉXTASIS en Pociones con un Extraordinario. Pero después de leerla un par de veces también se dio cuenta de que no sabía lo suficiente. Nunca había visto una poción que requiriera hechizos de magia, aunque sabía que la que había preparado Draco para salvar a Scorpius había sido de ésas.
-Sería mejor que lo consultaras con Arcadia.
-Ya lo hago. Y ella ha estado hablando con el retrato de Snape también. Pero ninguno de los dos tiene más idea que yo.
-Si Snape no es capaz… E imagino que los especialistas de San Mungo y del ministerio también lo estarán investigando, ¿no?
Draco bufó desdeñosamente.
-Esos… Si por ellos fuera, Scorpius aún seguiría pareciendo un dementorizado. Vamos, Blaise, vuélvela a leer. ¿Hay algo que te resulte extraño o curioso?
-Es la primera fórmula que veo de una poción con hechizos, Draco. ¿Y para qué sirven, por cierto?
Draco empezó a explicarle todo lo que sabía de la poción. Blaise odiaba admitirlo, pero la mitad de las cosas le sonaban a chino. Y cuando Draco terminó de hablar, seguía sin tener nada claro.
-Mira, hay una docena de venenos capaces de causar la muerte horas después de haber sido ingeridos; hasta puedes calcular con relativa precisión el momento de la muerte según la dosis. ¿Para qué han escogido una fórmula tan complicada?
-Porque nadie conoce el antídoto.
-¿Seguro que es sólo eso?
-¿Crees que puede ser por algo más? –preguntó Draco, mirando especulativamente el pergamino.
-Sin los hechizos, sería igual de venenosa. ¿Para qué los necesitan?
-Posiblemente hacen que el veneno permanezca inactivo hasta que el envenenador quiera –dijo después de pensarlo, sin sonar convencido del todo.
Blaise no había incluido las pociones como medio de distraer su mente de la boda, pero sabía aprovechar una oportunidad cuando le veía.
-Venga, vamos a probar un par de cosas.
James recibió un ejemplar de Noticias Mágicas mientras estaba desayunando. En primera plana estaban hablando de la cumbre entre Estados Unidos, Canadá y México que se estaba realizando aquella semana. Pero no era la única noticia. En una pequeña columna se hablaba de un asesinato ocurrido cerca de Texas y en otra, del robo que había sufrido una de las tres tiendas de varitas que había en los Estados Unidos. Los ladrones se habían llevado al menos las doscientas varitas allí almacenadas, probablemente para revenderlas en el mercado negro.
-Venga, James, date prisa –dijo su amigo Clive.
-Tranquilo, que el pueblo no se va a ir a ningún sitio.
A diferencia de Hogwarts, los alumnos de tercero para arriba podían ir al pueblo vecino, Oakville, todos los sábados. A James le gustaba ir allí tanto como a los demás. Era más grande que Hogsmeade y tenía, entre otras cosas, tiendas de ropa, pastelerías, heladerías, una bolera y una pista de baloncesto, un deporte que James no había conocido hasta llegar a los Estados Unidos. Lo más emocionante de Oakville era su pequeño cine, situado a las afueras del pueblo. Su dueño era un squib llamado Frank Wilson, que elegía y proyectaba las películas que más le gustaban, no siempre nuevas. Los sábados por la mañana siempre hacía un pase al que solían acudir los alumnos de Salem, quienes habían visto allí películas antiguas de Tarzan, Casablanca, Los Inmortales, Gladiator, King Kong… Los sangremuggles se quejaban de que la mayoría eran muy viejas o estaban ya muy vistas, pero para los alumnos criados entre magos todas las películas eran una novedad.
James se marchó hacia Oakville con su actual novia, Meredith, su amigo Clive y la novia de éste, y otro chico de Indiana llamado TJ LeFeu. Había veinte minutos caminando y el frío de Massachusetts ya mordía con fuerza; en pleno invierno era habitual que las visitas de los sábados quedaran canceladas por culpa de alguna tormenta de nieve.
Al menos una vez al mes, James se encontraba allí con su tío Charlie y se tomaban algo juntos, pero ese no era uno de esos días. Lo primero que hicieron al llegar fue entrar al Trébol Afortunado para tomarse una cerveza de mantequilla y entrar un poco en calor; el sitio estaba abarrotado porque la mayoría de los estudiantes que habían salido aquella mañana habían tenido la misma idea, así que tardaron un poco en tener una jarra entre las manos. T.J., siempre nervioso e impaciente, ya estaba con ganas de salir de allí e ir a dar una vuelta por la tienda de artículos de quadpot.
Después de tomarse la cerveza fueron hacia allí, hablando del cursillo de Aparición y Desaparición que iban a dar la última semana de clase para todos aquellos que ya habían cumplido los diecisiete años. James era uno de ellos, por los pelos, y se alegraba mucho de no tener que esperar hasta final de curso para aprender a Aparecerse (aunque sus padres le habían dicho que en caso de ser necesario podría haberse examinado en Navidades, con un instructor particular).
-Dicen que hace unos años un chico perdió una pierna por la Aparición.
-Bah, no debe de ser tan difícil; conozco a un montón de idiotas que saben Aparecerse y nunca les ha pasado nada.
En la tienda, James se compró unos guantes nuevos para la escoba y observó el último modelo de escoba que había salido en Estados Unidos, la Galáctica. Después se fueron a la tienda de ropa que había al lado, donde también vendían vaqueros, zapatillas Nike y otras prendas de vestir muggle. James vio una camiseta azul que le gustó mucho y se la compró. La tercera parada fue en una tienda de música, donde escucharon un par de canciones de las Cuatro Damas, el grupo que estaba triunfando en los Estados Unidos. Allí apenas conocían a los Dementores Asesinos o a las Brujas de Macbeth. Clive, que tocaba el violín, se compró unas cuantas partituras y después se marcharon a por provisiones a la tienda de dulces, que estaba un poco más lejos. James saludó a un par de chicos con los que se cruzaron y se fijó al pasar en una mujer muy guapa, de ventipocos años, que llevaba a un niño de tres años de la mano. Un par de metros por detrás de ella caminaba un hombre alto cuyo rostro estaba medio envuelto en una bufanda negra; sólo se le veían los ojos, oscuros.
-¡Mira, James!
Meredith le estiró con fuerza del brazo derecho para acercarle al escaparate de la tienda. James dio un paso de lado para mantener el equilibrio y mientras tanto vio por el rabillo del ojo que el hombre alargaba la mano hacia él. Entonces notó otro tirón, pero en el brazo izquierdo. El hombre había agarrado la bolsa de papel que James sujetaba con la mano izquierda. Al instante, antes de que pudiera reaccionar, el hombre desapareció, llevándosela consigo.
-¡Eh! –exclamó James, más desconcertado que otra cosa.
Sus amigos se dieron cuenta de lo que había pasado.
-Joder, ¡te han robado!
-¿Ha sido ese tipo de la bufanda?
Pronto se armó un pequeño alboroto, pues eran muchos los que habían visto lo sucedido. Alguien llamó a un sheriff –en Estados Unidos llamaban así a los vigiles, aunque los aurores seguían siendo aurores- y James denunció el robo. El sheriff dijo que intentarían capturarlo, aunque no parecía muy esperanzado. James, al que nunca le había pasado algo así, estaba un poco fastidiado. Aún le quedaba bastante dinero del que le mandaban sus padres todos los meses, pero era una putada que le hubieran robado.
La noticia corrió rápidamente entre los alumnos de Salem que paseaban aquella mañana por Oakville y James acabó contando lo que había pasado una docena de veces. Sólo después de un rato empezó a pensar realmente en ello. El estirón de Meredith le había desequilibrado ligeramente, le había hecho desviar el cuerpo hacia la derecha, alejándose del ladrón justo cuando éste había alargado la mano hacia sus cosas. Pero… James no podía dejar de preguntarse de pronto si realmente esa había sido la intención de ese hombre. Si quizás era a él a quien había querido agarrar en un principio.
No sabía qué pensar. No tenía pruebas, sólo era una sensación. Y Estados Unidos no era Europa, donde todos conocían a su padre y sabían lo famoso que era. ¿Por qué iban a querer secuestrar a un alumno cualquiera de Salem? Si es que realmente había sido eso.
No estaba seguro de nada. A lo mejor sólo estaba siendo paranoico. James no llegó a contarle a nadie sus sospechas, pero decidió que tendría cuidado cuando fuera a Oakville.
Continuará
