Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

De nuevo, este capítulo ha sido beteado únicamente por MrsDarfoy, porque como MeriAnne Black lo deja todo para última hora, el karma intervino y le impidió abrir el documento xD


CÁRCEL DE ÓPALO

IX. Espiados

Hermione desayunó lenta y metódicamente, sin prestar demasiada atención a lo que hacía.

Tenía que salir de ese sitio como fuera, lo tenía decidido. Pero claro, no podía hacer magia, no tenía ni idea de dónde estaba y, por supuesto, una huida con ocho personas era considerablemente más difícil de ejecutar que una huida en solitario.

Mientras desayunaba, observó a Oreo. El gato, que normalmente era tranquilo y cariñoso, estaba bufando muy enfadado en dirección a una de las lámparas.

—¿Qué pasa, Oreo? —preguntó Hermione mientras mordía una galleta—. La lámpara es inofensiva, déjala ya.

El animal la ignoró y se dedicó a saltar delante de la lámpara, como si estuviera esperando a ser atacado –o a atacar– de un momento a otro.

—Oreo, ya vale —amonestó Hermione mientras se acercaba al lugar donde estaba el gatito y cogía la lámpara para ponerla en otra estantería.

Cuando la levantó, un amasijo de cables –que desde luego no tenía nada que ver con el cable delgado y finito que venía de la lámpara– apareció, y Hermione desconectó la lámpara y la apartó para investigar el resto de cables.

—¿De dónde viene esto? —murmuró, mientras Oreo, a sus espaldas, bufaba una última vez en dirección a la lámpara y después iba todo ufano a tumbarse en la cama.

Empezó a desenredar los cables y a separarlos, solo para ver que estaban todos unidos en algún punto detrás de la cómoda. Apartó el mueble de la pared y descubrió, oculto entre el amasijo de cables y enchufado a la pared, un pequeño micrófono negro, que zumbaba de manera casi inaudible para Hermione pero que debía de haber molestado a Oreo.

—No me lo puedo creer —dijo, desenchufando el micrófono y dejándolo en el suelo.

Buscó más micrófonos ocultos en la pared, pero como no había nada más, desconectó los cables, los apartó de la pared y volvió a poner todo en su sitio.

Cogió los cables y el micrófono y los tiró a la papelera que había debajo de su tocador. Supuso que ya habrían descubierto que el micrófono había sido desenchufado, así que no tenía sentido disimular.

Terminó de desayunar y se levantó. Ya estaba duchada, así que se vistió, se calzó y se peinó.

—Oreo —llamó. El gatito la miró, todavía tumbado en la cama—. Ven, vamos a dar un paseo.

Abrió la puerta y casi se dio de bruces contra Neville, que tenía levantada una mano para llamar a la puerta.

—Hola —dijo Hermione, mirándolo extrañada.

Él bajó la mano, sonrojado, y le sonrió.

—Buenos días, señorita. Me preguntaba si quería dar un paseo.

—¿A dónde ha ordenado Alexander que me lleves? —preguntó ella, apoyándose en el dintel de la puerta y alzando una ceja mientras Oreo, tras una ojeada al guardia, volvía a tumbarse en la cama.

—A ningún lado, lo prometo. Solo me ha dicho que la saque de su habitación y he pensado que podría mostrarle más este sitio. ¿Quiere venir?

—Sí, ¿por qué no? —Hermione cerró la puerta y se situó a su lado.

Le vendría bien conocer más a fondo su prisión.


Hermione empezó a fulminar a Alexander con la mirada nada más poner un pie en el comedor dorado.

El hombre, que ya estaba sentado y bebía una copa de vino tinto, sonrió divertido cuando la vio.

—Pero bueno, querida, no pongas esa cara. Solo fue una muerte de un guardia bastante inútil, tampoco fue para tanto. —Alexander dio un sorbo a su copa y después la usó para señalar a Hermione—. ¿No?

—Era una vida humana —protestó Hermione.

—Tienes todas las vidas humanas que quieras a tu disposición.

—¿Ah, sí?

—Las que tú quieras —prometió él.

Hermione, todavía de pie frente a la mesa, se cruzó de brazos con indignación.

—¡De eso nada! ¡Los seres humanos no somos objetos que se puedan poseer, dirigir o usar según el humor de uno! ¡Tenemos derechos y dignidad simplemente por existir, que lo sepas! ¡Me parece vergonzoso que pienses que…

—Hermione —dijo Alexander, alzando una ceja.

—… no puedes matar a alguien solo porque te ha apetecido! ¿Pero quién te crees que eres? ¡Me parece alucinante que …

—Hermione, cállate —repitió él, sorbiendo su vino.

—… vamos, es que yo no entiendo qué clase de educación has recibido, pero desde luego…

—Hermione —rugió el hombre, golpeando con un puño la mesa y haciéndola saltar—. ¡Cállate! ¡Soy un mafioso, no necesito lecciones morales de ningún tipo!

Hermione se mordió el labio.

—Perdón —murmuró, casi temerosa.

—Siéntate y cena conmigo —contestó el hombre.

Agitó una campanilla e inmediatamente entraron un par de sirvientes con bandejas de comida.

Hermione pensó en boicotear la cena y negarse a sentarse, pero decidió que eso no le serviría más que para hacer enfadar a Alexander.

Y eso, como ya había aprendido, no era una buena idea.

—¿Cómo vas de ropa? ¿Bien? ¿Necesitas algo más?

—No, no, todo está perfecto. Aún no he repetido ningún vestido, tengo un vestidor enorme —respondió Hermione con voz neutra.

—Bien, bien. Si necesitas o quieres algo –siempre dentro de unos estándares, claro, nada de cosas vulgares–, recuerda que solo tienes que pedirlo.

Hermione asintió una vez y bajó la vista a su plato.

Cenaron en silencio, sin más ruido que el de los cubiertos al cortar la comida, y cuando los mismos sirvientes de antes retiraron los platos para servir el postre, Alexander se recostó en su silla con aire satisfecho.

—He visto que ya has descubierto el micrófono. Bien hecho. Te ha costado menos de lo que pensaba.

Hermione alzó una ceja, sombría.

—¿Cuánto pensabas que me iba a costar?

—Al menos unos días más. Pero claro, no había contado con ese gatito tan listo que tienes.

La bruja suspiró.

—¿Cuánto llevaba ese micrófono en la pared y qué hacía ahí? —preguntó mientras miraba al hombre con atención.

—Llevaba apenas unas horas. Quería saber cómo estabas y cómo sobrellevabas la muerte del guardia. Veo que no muy bien, y eso que ya ha pasado tiempo.

—La muerte, y menos una tan violenta, no puede llevarse bien nunca —protestó ella.

—Al contrario. Cuanta más muerte veas, más fácil de ignorarla te resulta. Ya lo verás.

Casi parecía una amenaza, así que Hermione decidió cambiar de tema rápidamente y carraspeó.

—He estado pensando... —comenzó y se detuvo, pensando cómo formular la frase.

—¿Sí?—Alexander alzó una ceja.

—He estado pensando —repitió, tomó aire y siguió— que quiero reunirme con todos los gladiadores a la vez. Para hablar —añadió rápidamente cuando vio la diversión pintada en la cara del hombre.

—Ya —comentó él, con tono neutro.

—Lo digo en serio —protestó ella—. Me siento muy sola aquí, y me gustaría tener una conversación con ellos mientras, no sé, tomamos el té, por ejemplo. Estoy cansada de hablar con mi gato.

El hombre la contempló largamente en silencio. Parecía que estaba intentando averiguar cuánto de verdad había en sus palabras.

Pareció decidir que no mentía, porque asintió bruscamente con la cabeza una vez.

—De acuerdo. Mañana tomarás el té con todos los gladiadores.

—Sin micrófonos —exigió Hermione.

—Sin micrófonos —concedió Alexander.


—… y hay una escalera de servicio al lado del comedor donde bailamos.

—Esa fue la que usamos nosotros para llegar hasta allí y bailar contigo —replicó Blaise.

—No, esa no. Hablo de otra, que hay escondida detrás de un espejo.

Draco alzó una ceja.

—¿Detrás de un espejo? ¿Cómo la has descubierto?

Hermione se sonrojó.

—Tropezando con Oreo y dándome de bruces con la baldosa que al parecer activaba la puerta.

Sus palabras fueron acogidas con una carcajada general, y Hermione se hundió un poco en su asiento y tomó un sorbo de té, avergonzada.

—Pura habilidad, Granger —comentó Draco, burlón.

—Cállate —refunfuñó ella, lanzándole una mirada asesina y tirándole un bombón a la cabeza, que él atrapó sin pestañear.

—Pura elocuencia también, ya veo. —La apuntó con el bombón antes de metérselo en la boca con cara de felicidad.

Ella se cruzó de brazos, indignada.

—Ven aquí, gatito bonito. —Graham Montague, en lugar de escucharla describir la prisión en la que vivían, se había sentado en el suelo y alternaba el devorar pastelitos de limón con intentar entrenar a Oreo.

De momento, no le iba muy bien, pues Oreo había decidido que le apetecía más tumbarse en la alfombra que hacer caso al grandullón que intentaba hacerle dar vueltas sobre sí mismo.

—Gatito, gatito…

—Se llama Oreo —comentó Hermione, reprimiendo una sonrisa.

Graham la ignoró.

—Gatito, gatito…

—¿Oreo, dices? —comentó Terry—. Qué nombre más raro.

—¿Raro? Es por las galletas —respondió Hermione, desviando la vista de su gato y centrándola en Terry.

—¿Qué galletas? —preguntó Blaise, que se había agenciado una bandeja de pastas vacía y la estaba llenando de galletas, tartaletas y pastelitos.

—Pues unas galletas de chocolate que tienen crema en medio. Son muy famosas. ¿No las conocéis? —Miró alrededor; todos los gladiadores sacaban cara de desconocimiento—. No, ya veo que no. Supongo que es porque son muggles.

—Ahora tiene sentido que no me sonaran —comentó Adrian, haciéndola sonreír.

Se quedaron en silencio hasta que Draco alzó de pronto la cabeza.

—Granger, ¿sabes algo nuevo sobre nuestro anfitrión?

—Calla, idiota, que nos están escuchando —siseó Cassius, que estaba sentado en el sillón más alejado de la puerta.

—No, le hice prometer que no habría micrófonos —respondió Hermione.

—Pero hay cámaras —señaló Adrian.

—Solo graban imágenes, no sonido. Al menos eso es lo que me dijo, claro.

Adrian asintió en silencio.

—Bueno, ¿qué? —insistió Draco—. ¿Has descubierto algo nuevo?

—Él no me ha dicho nada directamente —Obvió el comentario de Marcus, «A ti te lo va a decir»—, pero antes le he echado un poquito la bronca y me ha pedido que dejara de darle lecciones morales a un mafioso.

—¿Le has echado la bronca al tipo que nos tiene secuestrados? —preguntó Cassius, incrédulo—. ¿Eres suicida o qué te pasa?

—Es Hermione Granger. Si tiene que echarle la bronca a alguien, no se corta —replicó Draco—. Nunca —añadió, mirándola burlón.

Eso fue una vez —contestó Hermione, sonrojándose—. Y no tiene nada que ver con este tema.

—¿Qué pasó? —preguntó Adrian con curiosidad.

—Nada —respondió Hermione rápidamente—. Centrémonos en lo que estábamos.

—A ver, pongamos que es un mafioso como ha dicho —dijo Blaise—. ¿Mafioso de qué? ¿Trafica con personas, pociones, animales…?

—Drogas —lo corrigió Hermione—. Pociones no, drogas. Y podría traficar con armas o piedras preciosas, también.

—¿Y cómo sabes que son drogas y no pociones, Granger? Tiene que tener alguna relación con el Mundo Mágico, porque si no, ¿cómo sabría lo del ópalo rosa? O dónde estábamos, quiénes somos…

—Cierto —asintió Hermione, pensativa—. ¿Creéis que es un mago? —preguntó, mirando alrededor.

—No —respondió Draco—. Si lo fuera, no habría creado todo esto con cosas muggles.

—¿Y por qué no? Puede ser un mago hijo de muggles.

—¿Tú lo has visto usar la magia alguna vez?

—¿Cómo la va a usar si estamos rodeados de ópalo rosa? —preguntó Blaise con incredulidad.

—Por eso lo digo. Ningún mago en sus cabales se rodearía voluntariamente de ópalo rosa. No sé vosotros, pero yo sin la magia me siento a medias.

Todos asintieron, pensativos.

—¿Entonces qué crees que es? —preguntó Adrian—. ¿Un squib?

—Posiblemente.

—Podría ser también un muggle con algún familiar mago, porque lo cierto es que odia la magia —comentó Hermione.

—¿Y eso cómo lo sabes? —preguntó Terry.

—¿Es que el que nos impida hacerla no te parece motivo suficiente? —le espetó Cassius, que pese a estar alejado seguía la conversación atentamente.

En ese momento, la puerta del saloncito se abrió y Ron asomó la cabeza.

—Se ha acabado el tiempo. Gladiadores, de vuelta a las mazmorras.

Draco la miró alzando una ceja.

Tal vez las cámaras sí podían escuchar conversaciones.


Chan, chan, chan…. *redoble de tambores* ¿Qué os ha parecido? Ha sido un capítulo un poco transitorio porque no ha pasado gran cosa, pero después del batiburrillo de emociones del último capítulo tocaba algo más relajado, ¿no?

¡EL FIC YA TIENE CIEN REVIEWS! Es una locura el inmenso apoyo que estoy recibiendo, y de verdad que os agradezco desde el fondo de mi corazón que estéis ahí. Cien reviews en ocho capítulos y un prólogo de cuatrocientas palabras es INCREÍBLE, y me ha hecho enormemente feliz. Muchísimas gracias, en serio. Espero que sigáis acompañándome en esta aventura y me sigáis dejando vuestras opiniones porque sois geniales ;)

(Mención especial a los 58 favs y los 96 follows).

¡Nos vemos el próximo domingo!

LadyChocolateLover