10. Caos en el Teatro
El majestuoso Teatro del Caos de Industrias Graves, en cualquier ciudad del mundo, representaba la catedral del estilo y el epicentro del buen gusto musical entre los jóvenes de 17 a 28 años… o cuando menos eso decía el estudio que le habían entregado sus bien pagados mercadólogos a Wilfred Kafkensky.
En su tiempo de estar al mando, Gideon optaba menos por verlo como un frio escaparate de negocios y más como un laboratorio vivo y orgánico, donde podía experimentar con el entretenimiento y el espectáculo, ideando nuevas estrategias para dar gusto a las masas.
Si bien, el poner exclusivos clubes a lo largo de Estados Unidos y Canadá no era lo que había vuelto inmensamente rico a Gideon, si representaba una mejora estratégica para colocar sus otros productos, como a las bandas que representaba y a los locos inventos que promovía, desde bolsos con capacidad infinita hasta una aquella rara y muy nociva enfermedad emocional que utilizaba como un arma.
La sucursal de Toronto, por ejemplo, no era lo que aparentaba. Ubicada en la esquina de dos importantes calles, la fachada era la de un viejo edificio de corte conservador, una de esas joyas arquitectónicas de altos techos y llenas de ornamentos de estilo clásico.
Pero una vez cruzando las puertas dobles de cristal, que daban acceso a un pasillo amplio y elegante, se llegaba a un único elevador que solo podía ir hacia abajo. Fue justo en el cambio de turno de los guardias, aquellos sujetos de complexión gorilezca, todos calvos, todos malencarados vistiendo siempre la misma camisa, pantalones, y gafas para sol; por otros exactamente iguales, en que un par de intrusos lograron filtrarse al interior de la construcción.
Aprovechando el murmullo y la agitación momentánea, G7 y Kim bajaron de la colina que los ocultaba y, raudos como el viento, atravesaron la calle hasta la puerta, con el sigilo de una mariposa y un gato. Una pelirroja mariposa dominada por una furia letal, potenciada por la completa falta de remordimiento y una fuerza y violencia contenidas; y un gato metálico, pesado y destartalado moviéndose con la velocidad de un ninja en sobredosis de cafeína.
Avanzaron por el pasillo sin hacer mucho ruido. Solo los pasos metálicos del robot se escuchaban en la penumbra total del lugar, mientras que los pasos apagados de los zapatos de plástico de la chica eran prácticamente imperceptibles.
Ella venia equipada con su par de baquetas de acero reforzado para uso rudo. Por su parte, G7 había modificado la pieza de su espalda para poder sostener la afilada katana que había usado en contra del robot de Wilfred. Había llegado la hora de la batalla final.
Ambos se acercaron al elevador y el mesero metálico detuvo a Kim de presionar el botón de bajada.
—No, no usaremos el elevador. Hay cámaras ahí y es lo que Kafkensky espera.
—¿Entonces?
—Abriré las puertas por la fuerza y bajaremos descolgándonos por el cable que sostiene el elevador, para tener acceso al sistema de ventilación y llegar por él hasta el complejo, debajo del club… —comenzó a maquinar G7 desenvainando su espada y colocándola en la ranura entre ambas compuertas arrodillándose para tener mayor apoyo.
La delgada hoja de la espada crujió un poco y ante la creciente fuerza que el robot ejercía se dobló un instante antes de partirse por la mitad.
—En verdad eres el genio más estupido que he conocido… —observó Kim mirándolo —¡Eres un robot! ¿Por qué rayos no lo intentaste con tus propias manos?
—Esa es una observación muy útil ahora que se ha roto mi única arma —le devolvió la mirada el robot, dirigiendo luego su rostro inexpresivo hacia la media katana que aún tenía en la mano.
—No es una gran pérdida. De haber sido una Hattori Hanzo autentica no se habría roto en primer lugar.
—¿Una que…? —respondió el robot exasperado.
—¿Como que una qué? ¿Cuánto tiempo dices que llevas encerrado en el super espacio?
—En primer lugar, es el subespacio, SUB, como en "debajo de" y segundo, no tengo porque estar al tanto de tus extrañas referencias a series de anime…
—¿Series de anime? ¿Piensas que solo por ser un nombre de origen japonés debe ser de una caricatura…?
Tan entretenidos estaban Kim y el robot en su acalorada conversación que casi no notaron que las puertas del elevador se abrieron y dentro, tres de los secuaces de Wilfred se sorprendieron de encontrarse con la peculiar escena de riña.
—No digo que toooodas las referencias a cultura japonesa tengan que ser de series de anime, pero no me puedes culpar por pensar que la mayoría lo sean…
—Se acabó. No pienso discutir contigo si te niegas a admitir que en eso te has equivocado…
Desconcertados, los tres gorilones miraron a un lado y a otro, pero antes de que siquiera alcanzaran a reaccionar, G7 y Kimberly soltaron cada uno un fuerte puñetazo en contra del primero de los guardias y antes de que los otros dos pudieran defenderse, fueron también neutralizados por el mesero y la baterista, quienes entraron en el elevador sacando del módulo a los inconscientes empleados del teatro.
—Excelente maniobra. ¿Quién diría que el viejo truco de la discusión falsa funcionaría? —observó G7 ya dentro del elevador mientras iniciaban el descenso hacia el club.
—¿Maniobra? No tengo idea de que hablas. Aun te golpearé por los comentarios que hiciste —le aclaró la pelirroja tranquilamente.
—¿Qué…? —atinó a decir el robot poco antes de que el descenso se acelerara el último tramo antes de detenerse suavemente.
La puerta del elevador se abrió y la luz que salía de dentro del módulo fue lo único que les permitió ver, pues el club entero estaba en tinieblas y sumido en un silencio de muerte.
Kim y G7 dieron un paso afuera del ascensor, y la única línea de luz que los iluminaba se fue volviendo angosta cuando las puertas se cerraron, hasta desaparecer.
Justo en ese momento, una luz se encendió. Era la de una poderosa lámpara que apuntaba directamente hacia ellos. Al mismo tiempo, otra luz se encendió al otro extremo del club, iluminando el escenario.
Era una plataforma alta y amplia, diseñada para albergar sobre si los más geniales conciertos de las bandas manejadas por Gideon, el ingenio musical de actualidad, pero, habiendo cerrado el Teatro, yacía descuidada e incluso varios paneles del fondo habían sido desprendidos y era posible ver las gruesas vigas de la estructura de hierro que sostenía y formaba el escenario.
Un mar de tinieblas separaba a los recién llegados de la plataforma del Teatro del Caos, en donde, con una sonrisa para nada disimulada, Wilfred Kafkensky se encontraba de pie, vistiendo su atuendo habitual y con toda su clásica actitud de villano estereotípico. Detrás de él, firmemente sujeta a un enorme panel circular a través de cintillos y muñequeras se encontraba Lisa Miller, que con la cabeza gacha y el cuerpo flojo se encontraba inconsciente.
Kim no lo notó en ese momento, pero sobre el rostro de su amiga rubia ya no lucían los anteojos de Gideon.
—Bienvenidos a mi Santuario del Renacimiento… —dijo el viejo con tono dramático extendiendo sus brazos con las palmas abiertas.
—¡Por todos los antros, Kafkensky! ¿No puedes ser más cliché? —la voz del robot se alzó en el silencio que reinaba en el sitio —Las luces, las ataduras de Lisa, tu actitud mal actuada y los sobrenombres estúpidos… eres una desgracia para el Gremio de Villanos.
—¡Silencio! Miserable pila de latas —atajó entonces Wilfred con malicia —¿Cómo te atreves a siquiera criticar mi estilo? Tú, que intentaste hacerte pasar por el gran Gideon "G-man" Graves. Debo reconocer que me diste un susto en aquel tejado, pero debí saber por el escáner de barrido de mi robot que no podías ser el verdadero G-man.
—Oh, por favor, apuesto a que ni siquiera sabes cómo funciona un escáner de barrido… —lo acusó G7 molesto.
—No, pero sé que es la pantalla que hace un dibujo de bolitas a la derecha del panel de control de mi robot. Como sea, el verdadero Gideon no habría necesitado jamás escabullirse con una completa don nadie en su propio Teatro… de hecho, será cuestión de instantes para que el único y real G-man en persona, se nos una esta noche…
—Ahora si te condenaste viejo lastre… —gruñó Kim entre dientes.
—¡Patrañas! Acabaremos contigo antes de que puedas siquiera pensar en otro chiste malo —dio un paso adelante el mesero mecánico —Tu acto acaba aquí y ahora, Rat-kensky…
De pronto, el resto de las luces se encendieron revelando todo del espacio del club que se hallaba aun en tinieblas. Cuál no sería la sorpresa de Kim y G7 al ver que no se encontraban solos ahí con Kafkensky y Lisa, sino que un numeroso ejército de guaruras, todos calvos, forzudos y malhumorados, esperaban agazapados entre la plataforma y la entrada del elevador, donde ellos se encontraban.
—Tal vez hable muy pronto… —dijo el robot.
—No sería la primera vez —se puso en guardia la pelirroja poniendo en ristre sus baquetas.
Y se desató la batalla.
Con la agilidad de una gimnasta, Kimberly propinaba potentes golpes y patadas, noqueando casi al instante a todo oponente que lograba alcanzar y por más que se esforzaran, para los guardias del teatro era imposible poner siquiera una mano sobre la chica. Su cuerpo pequeño, delgado y ágil se movía entre ellos fácilmente y para los voluminosos gorilones era como tratar de atrapar la lluvia con las manos.
Por su parte, G7 estaba poniendo en práctica sus programas recién descargados de combate. Aunque pesado y algo lento, su cuerpo de robot le proporcionaba una resistencia y fortaleza sobrehumanas, y podía colocar los golpes de sus manos con una precisión y contundencia tal, que no había impacto en que no dejara fuera de combate a uno o dos adversarios.
El robot prefirió no usar su espada rota, dándole preferencia a sus manos y piernas de metal como armas contundentes.
El ejército de enemigos se agolpaba contra los dos intrusos como un embravecido mar de resplandecientes calvas que brillaban reflejando la luz de las potentes lámparas del Teatro del Caos.
Al cabo del tiempo Kim comenzaba a fatigarse, mientras que el cuerpo abollado y maltrecho de G7 ya empezaba a resentir el desgaste en sus anticuadas piezas.
—Tendrás que esforzarte más si quieres derrotarnos, Kafkensky, —gritó entonces el robot tomándose un respiro del combate mientras la siguiente línea de agresores se acercaba ya para atacarle. —la golpiza que le propinemos a tus esbirros en serie, no hará que la tuya tenga menor intensidad, ¿oíste…?
¡CRACK!
La frase de G7 quedó flotando en el aire interrumpida de pronto por el estridente sonido de metal rompiéndose y doblándose.
Al bajar su mirada, los inexpresivos ojos de vidrio del robot contemplaron la delgada y brillante hoja de una afilada katana saliéndole del pecho, donde le había atravesado haciéndole un agujero de lado a lado.
En un movimiento rapidísimo, la hoja se retiró del cuerpo del robot y volvió a caer sobre él, esta vez propinándole un veloz corte horizontal sobre el cuello, haciendo que su cabeza metálica se desprendiera dejando las piezas que la sostenían, sueltas, al aire, en un corte limpio.
La cabeza de G7 fue a rodar por el piso haciendo el sonido de una pesada lata de aluminio, mientras Kim observaba, inmóvil con los ojos muy abiertos, conteniendo el aliento, como la potente espada que había aniquilado a su compañero no se movía sola, sino que era empuñada por un joven, apuesto y elegante, recién llegado.
Su cabello impecable, su traje blanco y fino. Sobre su rostro un par de desgastadas y bien conocidas gafas…
Era Gideon.
—Se acabó el juego, poser… —dijo mientras contemplaba sonriente el cuerpo inerte del robot contra la luz reflejada en su brillante arma.
