CAPÍTULO X

No podía decidir si ella realmente había dicho aquello o mis sentidos me jugaban una broma haciéndome oír lo que yo deseaba. Me quedé un instante analizando la situación, estudiando sus movimientos: el rápido subir y bajar de su pecho, el rubor que coloreaba escandalosamente su rostro, su respiración desacompasada… Estaba de pie en medio de su sala de estar, erguida e, incluso, sacando un poco el pecho, pero yo sabía que estaba aterrada. Y excitada. Tuve que recurrir a todo mi autocontrol para no lanzarme sobre ella y besar el labio que mantenía apresado entre sus dientes, para no despojarla violentamente de su ropa con la plena intención de admirar su cuerpo, de estrecharlo contra el mío en un abrazo infinito. Pero no, no se merecía que la usara de ese modo. Sabía que no podría satisfacer sus necesidades afectivas y que a ella no le bastaría con cubrir las corporales; no sabía cómo, pero lo sabía. La conocía.

- Veo que se encuentra en mejores condiciones ahora, pero aun así debo rechazar tu ofrecimiento.

Pude notar como la vergüenza la embargaba y me sentí apenado por ella, pero por mí también.

-¿Ofrecimiento? Por Dios, fue sólo una broma. Alcanzó a decir, sin convencerse si quiera a sí misma.

-Claro, disculpa que no haya entendido tu sentido del humor. En fin, espero que ya que hemos aclarado esta situación, regreses a mi aula. No me gustaría ser la razón por la que se frustren tus planes vacacionales.

-S-sí. Gracias por haber venido.

-De nada. Espero que tu inasistencia no haya provocado que olvides el horario de clases.

Miró confundida su reloj y luego a mí.

-La sesión empezará en media hora. No hay manera de que llegues a tiempo si vas en autobús. O si ese remedo de auto que vi aparcado enfrente es tuyo.

-Tiene razón. Tal vez deba de ir a la próxima. Así también me pongo al corriente.

-De ninguna manera. He venido porque de no asistir hoy me vería obligado a suspenderte por faltas, según el estatuto de la universidad. Veo que ya estabas lista para partir, así que te espero abajo.

Mientras descendía por las desvencijadas escaleras trataba de no darle importancia al hecho de que jamás me había tomado tantas molestias con una estudiante. Con esta, sería la segunda vez que la llevaría en mi auto, organicé una cena falsa sólo para no quedar como un tonto ante sus ojos, crucé media ciudad porque ver su asiento vacío me inquietaba. Era como si ella fuera algo más. Sacudí la cabeza en un vano intento por desechar esos pensamientos. Inútil, porque yo tenía la certeza de que con ella era diferente; incluso en mis enamoramientos juveniles había sido capaz de aislar mi corazón, de mantenerme ecuánime. Pero cuando la vi esa noche, indefensa, inocente, algo dentro se removió. No es como si en otras circunstancias me hubiese sobrepasado, pero seguramente no habría sentido tanta ternura de ser otra mujer. El sólo recordar el suave olor que desprendía, mezcla de su fragancia y del vino que saturaba su sistema, me perturbaba.

Habían pasado dos semanas desde entonces y la última palabra que crucé con ella —fuera del ámbito académico— había sido más un gruñido que otra cosa. Intentaba no mirarla demasiado en clase y era obvio que ella hacía lo mismo. Aún así, me había aficionado a tomar un escocés en las rocas cuando regresaba a casa después de verla. ¡Como si en el fondo de vaso encontrara paz! ¡Como si el líquido ambarino me librara del recuerdo de su rostro!