Espero que lo disfruten mucho :

–Bella, es mamá. Se reúsa en ir al hospital– la voz nerviosa de mi hermano en el teléfono hablando de la mujer que me había dado la espalda no hizo ningún efecto en particular a mi persona, sin embargo por buena sangre de su sangre, no dije nada para intentar callarlo –. Llegué al rancho y no puede ni pararse sin estar en dolor, Isabella, alguien tiene que convencerla…

No aguanté más mi rencor.

–¿Y crees que la mejor persona para hacerlo seré yo?

–Tal vez si logrará saber qué ha sido de ti, te llegue a perdonar…

–¿Perdonarme? ¡A mí! – Lágrimas amargas quemaron mis ojos mientras cerraba la puerta del apartamento detrás de mí. Maldita sea la hora en que mi mamá decidió ponerse necia tan temprano en la mañana para yo poder llegar tarde a la junta de Ginger.

–Isabella no te pongas así…

–No, Gregory – advertí picándole con odio al botón del elevador –, fue ella la que nunca me pudo perdonar.

–Suficiente hecho para empezar a madurar, hermana– le gruñí y miré mi reflejo en el espejo del elevador. Mis ojos estaban a nada de dejar salir las lágrimas que retenían y que yo no quería dejar salir.

–Mira, Greg, llévala al hospital y avísame cualquier cosa, me interesa – suspiré saliendo del edificio y despidiéndome del guardia, en menos de lo que cantaba un gallo un taxi se detuvo frente a mí –. Simplemente no hablaré con ella, adiós.

Durante la media que duró la junta de Ginger mi cabeza se encontraba hecha un lío por lo que estuve distraída ocasionando el gran regaño de Rose obligándome a salir de la oficina a que me diera el aire. Sabía a donde quería ir, sin embargo, no tenía ni la menor idea de si fuera inteligente aparecerme e interrumpir su día.

Edward y yo nos habíamos intercambiado juguetones mensajes de texto y quedado en algunas ocasiones en la postrería u otro lugar para cenar en las últimas tres semanas, me impresionaba lo fácil que era seguirle el cuento y sentirme a gusto con él. Creo que nunca me había sentido tan libre ni relajada con una persona, ni antes de la operación ni mucho menos después.

Caminé las dos

cuadras para llegar a la Postrería sin importar si lo interrumpiría, mi cabeza estaba en otro mundo preocupada por la mujer que me había dado la vida, la espalda y ahora se encontraba tercamente enferma. Mi boca empezó a salivar ansiando algún sabor dulce que comer. Sabía que no debería… pero comer un pedazo de pastel de chocolate me vendría bien en estos momentos.

Edward no estaba detrás del mostrador, tampoco su hermana o madre, había una joven universitaria rubia atendiendo a los clientes siendo todas sonrisas.

–Te pediré una malteada de chocolate con una rebanada del pastel amargo– le di un billete de veinte y esperé que me diera el cambio para respirar profundo y obligar a mi lengua a soltar las palabras preguntando por Edward.

No salieron.

Me empecé a impacientar, la culpa nacía dentro de mí, sin embargo la tentación y el sabor imaginario en mi boca de aquellas delicias no tenían escape ahora. Mis ojos se empezaron a llenar de lágrimas, pero las retuve por mi propio bien.

Estará bien, Isabella, me dije, solo aumentarás una hora de ejercicio en la noche.

Edward salió justamente cuando yo iba a salir del local para comérmelos fuera de su lugar. La mirada que me dio me hizo suponer que se encontraba confundido por no dejarle saber que había venido a disfrutar una comida.

Quise decirle algo, pero la pena me carcomía.

–¿A dónde con tanta prisa, Belly? – Suspiré, evitando las lágrimas.

Así era como se sentía un mundo derribarse sobre mis hombros. Extrañaba a mi mamá, extrañaba el poder comer como quisiera, sin culpas, extrañaba mi fuerza de voluntad, extrañaba a mi hermano y sobretodo, extrañaba tener el control de mis propias decisiones.

–Oh, Isabella… – Sus ojos me miraron preocupados, yo sabía que él sabía que no me encontraba bien, pero no hice nada para buscar un consuelo.

Había pasado demasiado tiempo sola para depender de alguien.

–Tengo mucho trabajo, Edward, solo vine por mi almuerzo.

Levanté la caja azul que guardaba el pastel y llevé el popote de mi malteada a mi boca dándole un sorbo.

Mierda, esta cosa era buena.

–¿Qué sucede, Isabella? – Agarró mi codo prohibiendo mi huida, miré la caja azul en mi mano y no tuve más valor para retener mis lágrimas.

–Estoy hasta el cuello de papeleo…

–Mentirosa – me acusó. Sus dedos llegaron a mis mejillas húmedas y me obligó a mirarlo –, necesitamos privacidad.

Y como había dejado claro antes, por sentirme tan a gusto con él no tuvo importancia alguna a dónde me llevaría, solo quería comer mi pastel y salir del ojo público.

–Rhonda, Nadia y Adolfo están atrás para cualquier cosa – le dijo a la rubia mientras me dirigía por detrás del mostrador hacia unas puertas que daban a unas escaleras.

–¿Vives arriba de tu negocio? – mi pregunta sonó más despectiva de lo que en realidad quería darle a entender. Me entrecerró los ojos y se encogió de hombros en defensa.

–Es mucho más sencillo levantarme a las cinco o seis y solo bajar a empezar a hornear.

Me quedé callada por un buen rato después de que estuviera cómoda en su sofá y la malteada estuviera a la mitad, y un cuarto del pastel estuviera en mi estómago. Sus ojos nunca se despegaron de mí y mantuvo su distancia en el otro extremo del sillón rojo, con cuidado volví a colocar un pedazo de pastel en mi estómago, ya sintiendo las nauseas que sabía que me provocaría.

– Déjame te digo, Belly, me extraña que estés comiendo un pastel por tu voluntad, más la malteada.

Lo volteé a ver inquieta. De ninguna manera sabía que era una adicta a las calorías y una enemiga en toda palabra de los azúcares y carbohidratos, aunque algo en su mirada acusadora me dio a entender que él sospechaba más de lo que yo quería que supiera.

– Amo el chocolate – me defendí con la verdad, metiendo otro pedazo enorme en mi boca para demostrar mi punto.

Mi estómago no estuvo de acuerdo con eso ya que inmediatamente se me acalambró.

Cerré los ojos esperando que el dolor pasara a la vez que mi celular sonaba.

– ¿Estás bien?

No pude contestar y olvidándome del dolor agarré mi celular preocupada de cualquier noticia que Gregory tendría que decirme. Le di la espalda a Edward y contesté ansiosa.

–Gregory, ¿qué pasó?

–Mamá está en cirugía, Bella – su voz sonó amarga –, algo de su apéndice explotando. Qué ironía, ¿no crees? Está en las últimas etapas del cáncer y lo que la lleva a cirugía es su estúpido apéndice, deberías de estar aquí, Isabella.

Me pasé la mano por mi cara intentando tranquilizarme. Pude sentir el sillón moverse para luego sentir la respiración de Edward en mi cuello. Suspiré tranquila sintiéndome protegida.

–No, Gregory, estará bien ¿no? – insistí – Tiene que estar bien, no le digas que me dijiste, se volverá loca, sin embargo mantenme informada…

–Isabella, no puedes simplemente ser su ángel guardián.

–Para ella soy el ángel de la muerte, Greg.

–Eso no es cierto – dudó un segundo –, mira sé que tuvieron su etapa difícil, tú haciendo lo que querías, ignorando sus sentimientos y tu salud y ella ignorándote cuando lo necesitaste, lo entiendo, pero es tiempo de madurar.

–Yo no soy la que se reúsa a verla, Greg. Ella me cortó.

–Tenías veintidós años y problemas psicológicos.

Cerré los ojos intentando levantarme de donde estaba sentada, pero el calambre del estomago se volvió a hacer presente. En cambio, intenté separarme de Edward porque estaba casi segura que podría haber estado escuchando.

–No es cierto – sacudí la cabeza –, no fue psicológico, era problema social. Nadie aceptaba a una balle…

Me callé recordando que Edward estaba detrás de mí. Me senté rígida y aclaré mi garganta.

–Mira, Greg, no estoy de humor para discutir. Cuando ella me quiera ver, iré. Lo juro, sin embargo yo no daré el primer paso. El abandono y el rechazo no es algo con lo que me gustaría lidiar de nuevo.

–Isabella…

–No – lo corté –, háblame para saber como fue la cirugía. Sabes que, mejor mándame un mensaje, he tenido suficiente de tus reproches por toda la semana.

Colgué sin dejarlo contestar y, de nuevo, olvidando el calambre de mi estómago agarré mi malteada para darle un gran sorbo antes de voltearme a Edward.

–Siento que hayas tenido que presenciar eso– respiré hondo poniéndome de pie agarrando mis cosas –, te haré el cuento fácil y saldré…

–Siéntate en el sofá, Isabella – gruñó y se volvió a acercarse a mi con ojos tan hermosos que me fue imposible no aguantar besarlo.

Y eso fue lo que hice. Había tenido demasiado estrés por el día y todavía no llegábamos a medio día. Me apretó contra él y dejé que mis manos viajaran hacia su espeso cabello con mis dedos peinándolo. El calambre en mi estómago se volvió hacer presente obligándome a separarme de él encogiéndome un poco.

–¿Quieres hablar de ello?

–Esto es incómodo, ¿no? – le pregunté refiriéndome a que no llevábamos mucho tiempo saliendo y ya le había mostrado una cuarta parte de mi desastroso equipaje –. No tienes porque escuchar mis problemas, Edward.

–Me gustas, Isabella – me dijo serio –, y eso incluye problemas y todo.

–Mi madre… – me callé cuando volví a sentir el calambre en mi estómago. Miré lo que quedaba de mi pastel y la malteada y maldije mi suerte de no poder aguantar el subidón de azúcar.

Miré el reloj que tenía colgado en la pared frente a mí y abrí mis ojos como platos. Lo que me encantaba del horario de mi trabajo era que podía ir cuando quisiera con total de terminar mis deberes en el tiempo dado, sin embargo cuando tenía que asistir a las juntas a una hora predefinida llegar tarde no era aceptable.

Y justamente tenía una en quince minutos.

–Me tengo que ir– me levanté con cuidado de que mi estómago no devolviera todo el azúcar.

–Oh, no…

–Hay personas que tenemos horarios establecidos, Edward – agarré mi bolso junto con lo que sobraba del pastel y malteada. Busqué un basurero cercano para depositarlo dentro.

–Te acompaño – agarró un abrigo que se encontraba detrás de la puerta principal y se lo colocó –, pero tienes que venir para cenar. Te invito.

Me quedé mirando dentro de esos cálidos ojos que tanto se preocupaban por mí que no tuve más remedio que suspirar y acercar mi cara a la suya para darle un piquito en los labios.

Sonreí enternecida por su preocupación y entrelacé nuestros dedos. Sin hablar de nada en especial llegamos a SIMPLED prometiendo que le mandaría un mensaje para saber la hora que estaría en su hogar.

lllllllllllllllllllll*llllllllllllllll* lllllllllllllllllllll*llllllllllllllll* lllllllllllllllllllll*llllllllllllllll* lllllllllllllllllllll*llllllllllllllll*

Entré a la Postrería muchísimo más calmada que en la mañana. El ambiente estaba tranquilo aunque casi todas las mesas estaban ocupadas por parejas o grupos de universitarias. Por fortuna estaba Edward detrás del mostrador y al instante en que dejó de hablar con el cliente que tenía enfrente miró directo hacia mi dirección y sonrió. No pude evitar devolverle la sonrisa y caminar hacia él.

Por poco tuve el impulso de apoyarme en la mesilla entre nosotros sobre mis manos para levantarme y darle un besito de saludo, pero me detuve. No sabía cómo se tomaría él las muestras de afecto en su misma tienda. En cambio de todo lo que quería hacerle, simplemente le dije un suave hola.

–Te ves más tranquila, Bella, ¿estás mejor? ¡Oh! Espera, ¿quieres algún pastel, comida? ¿Tu té?

Mi estómago se acalambró por la mención de pastel o una simple comida. Todavía sentía el pastel de la mañana y aunque picarle un poco al melón a la hora de la comida había tranquilizado mi ansiedad, todavía el pensar en comer hoy me afectaba un poco.

Sonreí y asentí. –Un té, por favor –. Hice el indicio de esculcar mi bolsa en busca de mi cartera pero sentí su mano en las mías.

Edward se encontraba inclinado sobre el mostrador sacudiendo con lentitud su cara. Iba a discutirle, en cambio señaló el final del mostrador donde se encontraba un puertita. Supuse que quería que entrara por lo que sin pensarlo, cumplí su petición.

Agarró mi mano y yo tuve la decencia de entrelazar nuestro dedos y ponerme de puntitas para alcanzar su mejilla. Planté un pequeño beso en ella.

Solo se alejó para preparar mi té.

–Vamos a la cocina, le diré a Nadia que esté al pendiente del frente y nos iremos arriba.

Me entregó el té y le di un sorbo tranquilizándome. Lo seguí sin estar nerviosa o aterrorizada de sobrepasar su cortesía. Era algo que se sentía bien y me gustaba poder decir que él también tenía el mismo sentimiento. Estar cerca de Edward se sentía simplemente correcto.

–Nadia – le dijo a su hermana que terminaba de guardar unas cosas en lo que supuse que sería el congelador –, me encontraré con Isabella arriba, cualquier emergencia házmela saber.

–¿Isabella? – preguntó con ironía mirándome toda sonrisas –¿Mamá no te enseñó modales, Ed?

Algo en su tono de voz de hizo saber que ya sabía quien era, sin embargo no le presté atención y di un paso adelante extendiendo mi mano para presentarme.

–Isabella Pen – su apretón no fue muy agradable, mas bien algo así como tosco. Entrecerré los ojos hacia ella, pero solo se encogió de hombros.

–Nadia Boada, hermana de ese glotón.

Reí un poco ante su apodo y juré que gruñó.

–Si, si dulce plática. Nadia, fuera – señaló la puerta y está hizo un pequeño berrinche antes de salir.

– El pastel de los Dorman está terminado, jefe – escuché una voz gruesa de algún lugar frente a mí. Levanté la vista buscando al dueño de la misteriosa voz y me encontré con un hombre de uno noventa y hombros anchos con un delantal manchado con todos los colores habidos y por haber.

–Está bien, Adolfo – dijo Edward –. Lo tenemos que entregar en menos de dos horas, solo ponlo en refrigeración y ayúdale a Nadia al frente. Estoy seguro que no tenemos pendientes.

Este asintió y me sonrió cuando pasó a un lado de mí.

Tomé otro sorbo y seguí a Edward mientras subíamos las escaleras para entrar en su departamento. El lugar seguía igual que en la mañana y al instante en que cerró la puerta, sus manos se apoderaron de mi cintura sobresaltándome, casi haciéndome tirar el té, y sus labios atascaron los míos.

¡Oh por Dios! Esté beso era posesivo y asombroso. Me costaba seguir el ritmo y tenía problemas en no derramar el té en su alfombra verdosa, sin embargo luché con todo lo que tuve para devolverle un buen beso.

Tuve que respirar después de varios minutos por lo que con suavidad me zafé de su agarre y acomodé mi frente contra la suya respirando el mismo aire de la boca del otro.

–Siento no tener la cena lista, me entretuve con un pedido. ¿Quieres ir a cenar? – me preguntó colocando un mechón de mi cabello detrás de mi oreja, le rodé los ojos separándome de él.

–No – sacudí la cabeza dando otro sorbo a mi vaso de té –, la verdad es que no tengo hambre.

Me dirigió una mirada dura que no supe interpretar, a lo que yo respondí con una sonrisa coqueta y palmeé la parte del sillón que estaba a mi lado. Me hizo caso y se sentó a mi lado. No nos tocábamos.

– ¿Quieres hablar de lo que pasó en la mañana? – Me tensé a su lado y me enderecé cruzando mis piernas lentamente. Lo volteé a ver con miedo a lo que podría salir de mi boca y me mordí mi labio con nervios.

–Edward… – Suspiré lentamente y enterré mi cara entre mis manos con la intención de aclarar mis pensamientos. Sentí su cálida mano en mi espalda acariciándome de arriba abajo tranquilizándome.

No iba a llorar, pero mis nervios estaban por todo el lugar y me tenía que calmar. Gregory no había vuelto a hablar con noticias de mamá, por lo que supuse que había salido todo muy bien, sin embargo algo dentro de mi quería borrar el pasado para que toda relación que tenía con mi madre estuviera intacta.

–No – sacudí la cabeza con entusiasmo –, estoy bien – con decisión me paré de un salto del sofá y le sonreí sobre mi hombro –. Necesito caminar, ¿me haces compañía?

Se posó sobre sus dos pies y asintió besando el tope de mi cabeza, respiré con tranquilidad y en un impulso fuera de lo común en mi persona, rodeé su cintura con mis brazos enterrando mi cara en el hueco de su cuello. Inmediatamente sentí como sus dos largos brazos se envolvían a mi alrededor.

No sé cuanto tiempo pasó, pero cuando nos encontrábamos de vuelta en la cocina, podía ver que solo se encontraban Adolfo y Nadia. Nuestros dedos estaban entrelazados y pude captar la sonrisilla de Nadia.

–Los cuates cumplen la próxima semana, Ed– canturreó –. Mamá me dijo que te acordara de su pastel.

–Será de vainilla con fresas, ya me lo exigió Amy – Edward hizo un gesto con su mano restándole importancia.

–También me ha preguntado si llevarás a tu nueva novia – me tensé cuando la sonrisilla simpática tomó un nuevo camino al lado oscuro.

Tragué con dificultado y sentí la mano de Edward apretar la mía.

Sabía quién era su madre y su hermana, sin embargo ir a un convivio donde toda la familia se reuniría no era algo que había estado contemplando en la última semana.

–Si, bueno, Nadia – dijo Edward –, no había tenido tiempo para invitarla, pero estoy seguro que apreciamos tu indiscreción.

Su hermana se carcajeó lentamente y él me lanzó fuera de la cocina todavía con nuestros dedos entrelazados. Duramos alrededor de cinco minutos callados en las frías calles del centro de Seattle, hasta que lo escuché aclararse la garganta.

–Sabes, mi hermana tiene un punto: espero que sea lo que estemos haciendo se incliné más a una relación seria que a solo pasar el rato, Belly – se rascó la nuca nervioso y nos detuvo frente a un semáforo en rojo para plantarnos frente a frente –. Me gustas mucho y por más pronto que sea, me encantaría que quisieras venir el próximo sábado a la celebración de los cuates.

Traté de evitar sus ojos al mirar mis pies, me mordí el labios nerviosa y suspiré dejando de pensar. Él me agradaba, entonces por que no empezar algo un poco más formal.

Me puse de puntitas y apreté mis labios contra los suyos en un beso que, esperaba, dejara claro que mis intenciones y sentimientos estaban en la misma páginas que las de él.

Cualquier comentario haganmelo saber, muchas gracias a todas por leerme. Un saludo

asof :)