Memoria perdida VIII. Segmento III.

Me desplomé sobre la litera y, con un ademán infantil, expresé el miedo que aún dominaba mi corazón con un silencioso llanto.

La oscuridad, insólita aliada en aquél episodio, resguardaba mi mente de aquéllas imágenes que buscaban reproducirse sobre las paredes del recinto. Sin embargo, el silencio había optado por copiar los murmullos amenazantes de aquéllas personas y, aún cuando era consciente que estaban demasiado lejos, ocasionalmente levantaba la cabeza en búsqueda de algún infectado en las cercanías. El corazón, curiosamente, latía a un ritmo innatural debido no sólo al esfuerzo físico que había realizado tras una carrera de trescientos metros sino también a ése pánico que acogió mi pecho y reaccionó en el momento adecuado.

¿Cómo era posible que los médicos abandonaran de ésa manera a la gente una vez que el estado de infección era demasiado avanzado? ¿Cómo era posible que la Junta no supiera del destino de quienes habitaban la sede? ¿Cómo era posible que nadie pregunte acerca de los cuerpos? Había escuchado al Almirante General Liszt en la última conferencia: «(...)Hemos tenido dificultades en el sector cuatro de la zona oeste. El enrejado cedió frente a una horda de cranks cuyo origen resultó la antigua ciudad de Oxford. Sin embargo, hemos intervenido a tiempo y logramos dispersarlos sin contratiempo alguno».

El Almirante conocía el estado de las instalaciones. Ergo, debía conocer aquél corredor. Ergo, a los infectados detrás de la salida de emergencia.

¿Por qué motivo no los había echado? ¿Por qué motivo, entonces, no había realizado una amonestación a los médicos? Parecía ilógico que la Junta ignorara aquél dato. Entonces, ¿por qué nosotros sí lo hacíamos? ¿No se suponía que la base era un sitio seguro y protegido de los cranks?

El sonido de pasos me obligó a fingir que dormía. Reposé la cabeza sobre la almohada y cerré los ojos con suavidad mientras los primeros asilados ingresaban en el hangar siete. Escuché la voz dulce de Sophie cuando picó mis mejillas al tiempo que me llamaba. El cuento. Había olvidado el bendito cuento. Momentáneamente, consideré la idea de voltearme, fingiendo somnolencia, para atender a su pedido; sin embargo, la niña, bastante astuta, ya se había colado a mi cama. Incluso en la oscuridad, advertí el brillo de sus ojos cuando recostó la cabeza contra mi pecho. Sentí vergüenza, oculta bajo el manto de parcial oscuridad, del hedor que emanaban las prendas que traía. No obstante, ella me sorprendió una vez más y sólo atinó a arrugar la nariz.

Casi solté una carcajada.

Olvidé a los cranks, a la Junta, a los médicos. Sophie, de alguna manera, me traía paz. Ése sosiego que necesitaba para seguir adelante. Quizás, se debía a que sólo la tenía a ella. Quizás, se debía a ésa actitud infantil. Una etapa que, aún en éste jodido mundo, me negaba a que la pequeña eluda.

Sobre todas las cosas, buscaba que Sophie no pierda ésa chispa. Nunca me perdonaría si lo hiciera.