10.

Atrapado.

"La luz titila esforzándose por mantenerse viva. La oscuridad lo ha consumido todo, no queda aire para respirar. Enfrentando el vacío, estiras una mano frente a ti pero no tocas nada pues no hay nada que tocar.

Tu sangre golpea tus tímpanos, esa sangre que hierve dentro de tus venas . ¿Será temor? Tragas un sabor amargo y notas que no hay diferencias entre abrir los ojos y mantenerlos cerrados, no hay nada que ver.

Es extraño intentar moverte sin saber a dónde ir. Pero el cuerpo no responde y te das cuenta de que estás atrapado. Eres sólo una idea, una compleja idea que se dispersa. No quedan más que palabras de lo que fuiste una vez."

Lo sabía todo, había dicho, todo sobre él, ¡que fiasco! Como si un expediente pudiera exponer la forma en la que los hechos lo habían moldeado. Como si sus páginas pudieran contener la frustración que experimentaba con cada revés y falla. Como si las palabras impresas fueran capaz de expresar el dolor que se experimentaba al perder a alguien. Como si las fotografías realmente mostraran en lo que se había convertido su vida. No, no había archivo que pudiera recopilar cada sacrificio, caída, pelea, miedo, felicidad, cada rencor.

—Con que lo sabes todo —habló cuando su frialdad se torció en acritud, una inquietante sonrisa presente, sus ojos llenos de desafío. Se inclinó hacia delante, todo lo que los brazos atados a la espalda le permitieron. Takeru no era consciente de que tan intimidante resultaba con aquella expresión en sus facciones—. Pues, ilustrame.

Ella no esperaba aquella reacción pero mantuvo la fachada impasible casi a la perfección. La sorpresa apenas y se asomó, pero Takeru fue capaz de notarla. Estaba justo ahí, reflejada sobre el tono esmeralda de sus ojos. Al mirar fugazmente hacia la puerta y de vuelta a él, se había ido.

—Takeru Takaishi. Nacido el veintitrés de abril del noventa —comenzó a citar de memoria—. Madre, Natsuko Takasihi, reportera del Times. Padre, Hiroake Ishida, director de programación en Fuji TV. Primera residencia, Nerima.

»El seis de mayo del noventa y cinco tuvo el primer contacto con los monstruos digitales, el gobierno japones lo catalogó como ataque terrorista. Sus padres se divorciaron en ese mismo año. Takaishi obtuvo su custodia completa mientras que Ishida se quedó con la custodia de su hermano, Yamato Ishida.

»Los Takaichi se mudaron varias veces en los siguientes seis años. Edogawa, Meguro y Minato fueron los distritos en los que vivieron por más tiempo. En el noventa y nueve, el primero de agosto, Takeru junto a otros seis chicos entran en terreno digital.

La joven mujer habló de su participación y la de los chicos en las crisis del digimundo. No sólo sobre los incidentes más escandalosos, como el ataque de Diaboromon, sino también sobre su regreso al digimundo para entregar el poder de los emblemas, las cosas que sucedieron cuando su madre y él se mudaron a Odaiba, su aventura con Wallace y los eventos que procedieron a la derrota de Ken. Todo hasta el regreso de Diaboromon. Detalles que sólo sus amigos más cercanos tenían.

Y había más.

—En el dos mil cinco le ofrecieron a Natsuko un puesto en el periódico New York Times. Aquel mismo año su madre realizó la adopción legal de Ryo Akiyama, quien se mudó con Natsuko y Takeru a New York. Estudió en la preparatoria privada de Hayhoe. Se graduó antes de tiempo, al cumplir con los créditos requeridos, e ingresó con una beca completa en deportes en una prestigiosa universidad privada en New Jersey. Estrella del equipo de baloncesto. Nombrado jugador del año en el dos mil diez y el MVP del último torneó relámpago.

»Sostiene una relación sentimental desde la preparatoria con la entrenadora francesa Catherine LeBlanc. Portador del emblema de la esperanza y líder del grupo de entrenadores renegados en América del norte. Escapó tras una redada en el hotel tres horas después de terminar el partido. Paradero desconocido —terminó cruzándose de brazos con suficiencia, pues ahora podía cambiar eso último.

Takeru tenía que reconocer que estaba realmente sorprendido. La joven no solo lo conocía, se sabía el archivo de memoria. Estaba inclinándose a considerar que la chica tenía memoria fotográfica porque de otra manera aquello era perturbador. ¿Por qué alguien se aprendería cada palabra de su expediente? Se trataba de alguna clase de devoción a su trabajo o de una obsesión con atraparlo. No lo sabía y se obligó a mantener la mueca de desdén.

—Sé que esto no refleja toda tu vida, pero me da un panorama bastante claro —continúo ella, ajena a su debate interno—. Verás, la primera vez que dijo tu nombre pensé que tal vez lo había imaginado. Digo, tenía temperatura, balbuceaba incoherencias, pero cuando lo repitió supe que no había errores. Así que leí tu perfil hasta que me aprendí cada palabra —se había acercado a él hasta quedar a unos cuantos centímetros de su rostro, como si tratara de no perderse su reacción—. Tenía que entender su fe en ti.

La sonrisa en el rostro del japonés se desvaneció. Se volvió a recargar en el respaldo y, mientras volvía a analizar lo que había dicho, frunció el ceño, escéptico. Inconscientemente, endureció la mirada y tensó cada músculo en su cuerpo. Si no hubiera sabido que el chico no podía moverse, la joven se hubiera preocupado por su seguridad. Takaishi parecía una criatura salvaje, dispuesta a atacar.

—¿Sabes de quién hablo? —Takeru realizó un seco asentimiento con la cabeza—. Entonces necesito que me escuches con atención.

~ º ~

Takaisi Ryo estaba poseído por tal angustia y abatimiento que desmoralizaría a quien lo viera. Había tenido que mantener su posición mientras la gente de Mina trataba de averiguar un lugar que les sirviera para retener rehenes a la Coalisión. No imaginaba peor tortura que las tres largas horas que había pasado encerrado en aquel departamento pequeñito. Él era en japonés, había vivido en Tokio, sabía vivir en espacios pequeños, pero aquel lugar parecía estrecharse a medida que el tiempo pasaba. En definitiva, Ryo estaba volviéndose claustrofóbico mientras moría lentamente de calor y preocupación.

El japonés tenía la cabeza apoyada en sus brazos sobre la mesa del comedor-desayunador, sus ojos azules llevaban fijos en una pared de madera cerca de un cuarto de hora. Era una pared pintada de un color rojo oscuro que combinaba con el resto del lugar. La madera no había sido bien trabajada, se podían apreciar partes ásperas que evidenciaban que había faltado lijar con más concentración. Además, la pintura no presentaba un color uniforme lo que quizás significaba que no se le había aplicado suficiente sellador. También podía decir que la madera no era de buena calidad porque presentaba porosidades en algunas partes y... ¿qué importancia tenía todo aquello! Ninguna. Pero el reloj le indicaba que aún tenía que esperar otra hora para poder ir al punto de encuentro con el equipo uno. ¡Cómo odiaba no poder hacer nada! Suspiró y dejó que su frente cayera de golpe sobre la mesa.

—¡Auch!

—¿Dijiste algo?

El joven negó mientras se sobaba el lugar del impacto. Xing hacía tarea en la salita y parecía muy concentrado en lo que fuera que estuviera resolviendo. El moreno lo miró un segundo y apartó la vista con tedio.

Ryo jamás hubiera creído que diría algo semejante pero ¡extrañaba la escuela! Aquella rutina extraña de estudios y entrenamiento. Las largas horas aprendiendo cosas que no tenían nada que ver con ninguna crisis. La vida en su casa cerca al capus. La imagen se le vino a la cabeza: Wallace huyendo de una histérica Mimi —usando un delantal rosa y armada con una palita de cocina— quien le gritaba al americano que era un holgazán flojo y desordenado y lo amenazaba con castigos inimaginables si no limpiaba el lugar en ese mismo momento, ya que era su turno; Takeru, como de costumbre y por misterios que ninguno de sus otros dos amigos entendía, estaba en la cocina ayudando como esclavo a la castaña cocinando algo que él ni siquiera sabía pronunciar; mientras Ryo trataba de ponerse al corriente con un par de ensayos que, para la sorpresa de nadie, tenían que haber sido entregados ese mismo día... Sí, aquella había sido una buena vida mientras había durado.

—¿Vives solo, Xing? —preguntó, tratando de distraerse con una fuente externa que no le produjera melancolía, abatimiento o pesar.

—No, mi madre regresa ya muy noche... Sólo somos nosotros dos.

—¿Y tú padre? —añadió, sin pensar en que podía ser una pregunta incómoda para alguien que acaba de decir que solo vivía con su madre, y en efecto, lo era.

El muchacho se encogió de hombros antes de murmurar que no sabía. Anotó otro caracter en su libreta y siguió hablando sin despegar los ojos de su trabajo.

—Mamá nunca habla de él... Creo que le rompió el corazón.

Ryo desvió la mirada inmediatamente, sintiéndose mal por haber traído a colación aquel tema. Sin duda alguna, Wendee había tenido razón todas aquellas veces que le gritaba que era un cavernícola idiota y torpe, que era uno de los apodos favoritos que la británica amablemente había escogido para él.

—¿Y desde cuándo eres tamer?

—Desde los nueve años —Xing sonrió y el japonés se alegró de haber encontrado un tema más ameno—. Entre al digimundo por primera vez junto con Yuga y Lian. Pero después de lo que sucedió con los Hoi, muchos decidieron olvidarse del digimundo y sus habitantes, y mis amigas... —¡Por favor, no podía Ryo hablar de algo que no acongojara a Xing!—. Aún las veo en la escuela pero me temo que lo digimon son tema tabú por este lugar.

—En realidad, son tabú en todo el mundo.

Xing asintió y el japonés volvió a escuchar el sonido del lápiz rasgando el papel. Las cosas volvieron al sopor que había hecho suya la habitación minutos atrás y Ryo no tuvo más remedió que volver a recargarse sobre sus brazos y mirar a la pared de madera. Una gota de sudor resbaló lentamente y él se secó la frente con el brazo, deducía que el aire acondicionado no estaba encendido por cuestiones monetarias así que no se quejaría al respecto, aunque se estuviera cocinando vivo.

—Ryo, ¿puedo... puedo hacerte una pregunta?

Él arrugó el entrecejo, confundido, parecía que su mente únicamente funcionaba para una cosa a la vez con aquel calor.

—¿Es cierto que eres el fundador de los outsiders?

Hubo una larga pausa en la que Ryo dejó de moverse, porque creyó haber escuchado mal. Por un momento escuchó que Xing le preguntaba si él había fundado los outsiders... Ja, ridículo ¿por qué preguntaría eso?

Pero al darse la vuelta y mirarlo, comenzó a creer que no había escuchado mal. Xing estaba hincado en el sillón de estampado floreado y abrazaba el respaldo para poder verlo. Tenía la curiosidad dibujada en cada rasgo de la cara.

Los outsiders, bueno no era la primera vez que le preguntaban al respecto. Un par de semanas atrás, cuando estuvo en Corea, otros tamer habían querido saber sobre eso. Él había salido con una ingeniosa respuesta que, a decir verdad, no respondía nada. Aquel era uno de los pocos temas de los que no discutía abiertamente.

Ryo sonrió, dudando, por un momento, si debía hablar sobre aquel tema. Xing lucía tan joven que parecía inofensivo.

—Sí y no —contestó, con sinceridad, para sorpresa de ambos.

—Decídete —pidió el chico, cruzándose de brazos.

El japonés se rascó la nuca, mientras decidía cómo explicarse. Había algo en el chico que le recordaba a él mismo, años atrás. Sintió que quería contarle sobre aquel suceso que cambió nuevamente su vida, tal vez le serviría saber.

—Eso fue hace mucho... —suspiró, sofocado por el calor—. No es ningún secreto que viví en el digimundo un tiempo, pero muy pocos saben que eso pasó diez meses antes que todo esto comenzara.

El chico lo observó levantarse y caminar de la cocinita a la sala y de vuelta. Parecía considerar qué decir o cómo callarlo o simplemente se había perdido en el pasado por un momento. Uhm, podría ser cualquier cosa, Xing no era un experto descifrando a las personas, Mina se lo había dicho muchas veces, tenía que mejorar en ello.

—Mis padres murieron —susurró Ryo con cierta zozobra, luego se acercó a la ventana, incapaz de verlo—. Eran toda la familia que tenía, nada de hermanos ni tíos ni abuelos. Sólo ellos. Escuché como los amigos de mis padres hablaban sobre lo que sería de mí y comprendí que clase de futuro me esperaba… —se mordió un labio, como temiendo haber dicho demasiado o, tal vez, revivía un poco esa parte de su vida. Luego apresuró una amarga sonrisa y continuó—: Así que busqué lo más cercano que tenía a una familia.

—Tu compañero digimon —comprendió el chico de inmediato.

—Aquel mundo era mi refugio, luego algunas organizaciones comenzaron a reclutar tamers y todo cambio.

Ambos saltaron cuando alguien llamó a la puerta del apartamento contiguo. Los gritos de la chica —que era casi seguro que exigieran que se dieran prisa para abrirle— parecían estar en el mismo cuarto. El moreno rió, nervioso y avergonzado. Se retiró a sentar al sillón, al lado de Xing. El muchacho trató de no verlo porque le pareció grosero, pero en la periferia de su visión descubrió esa concentración en algún punto de su pasado, y dolor.

—Si quieres entender por qué algunos creen que yo fui el fundador de los outsiders tienes que entender qué sucedía en aquel tiempo —continuó narrando el elegido, recuperado de su episodio de tristeza—. Cuando su gobierno fue por los hermanos Hoi y otros chicos aquella madrugara del primero de enero, nadie sabía cómo proceder. Las familias de los chicos estaban amenazadas y ellos habían logrado escapar pero ya no tenían un hogar al cual volver. Tenían que elegir: renunciar a todo o trabajar para el gobierno. En ese momento no había tamer que hubiera accedido a ayudar a alguien a esclavizar a los digimons o buscar una manera de destruirlos. Así que los elegidos tenían en sus manos a un grupo de adolescentes y niños exiliados, los llevaron al digimundo, el único lugar en el que se sentían seguros. Los otros elegidos habían pasado todo el tiempo que habían podido estudiando el digimundo, pero nadie lo conocía tan bien como yo. Así que Taichi me asignó protegerlos y enseñarles a vivir allá hasta que les encontraran un hogar permanente.

»Para resumirte el caso, se creó DATS, comenzaron las alianzas, encontraron un hogar para los chicos pero ellos habían estado mes y medio en el digimundo y yo les había llenado la cabeza de ideas sobre cómo aquel era nuestro lugar. Para colmo de males, los Hoi convencieron a los demás de que los elegidos eran pasivos. No iban a obedecer las ordenes de nadie. La mayoría se quiso quedar. Hoi Kwan, el mayor de los hermanos, quería ponerme a cargo del grupo. Casi acepto. Casi.

Xing tenía los ojos abiertos de par en par, no había movido ni un músculo y apenas había parpadeado como si la acción le dificultara escuchar la historia de Ryo. Así que, cuando se quedó callado por espacio de unos segundos, no puedo evitar preguntar, para animar al elegido a continuar.

—¿Qué te impidió aceptar?

—Las ideas de Kwan eran demasiado radicales para mí. Yo quería pelear, pero tenía esta idea de un juego limpio, de no usar las características de los digimon para defendernos porque eso únicamente agarbaría la situación. El resto de los elegidos pensaba igual que yo y tomé mi decisión. Además, los chicos me ofrecieron algo que creí que jamás volvería a tener —contestó con una sonrisa—. Volví a mi mundo a defender a mi compañero de la manera correcta. Por un momento pareció que los outsiders no continuarían sin mí, pero veras, Kwan puede ser muy persuasivo y consiguió que algunos se quedaran. Y cuando otros gobiernos obligaron a más tamers a huir, también consiguió nuevos seguidores. Es sorprendente cómo el rencor puede unir a la gente —meditó—. No supe de ellos hasta mediados del dos mil cinco.

—¿Qué no fue en julio del dos mil cinco cuando los outsiders atacaron por primera vez?—recordó Xing. Ryo asintió.

—Había tenido problemas adaptándome a mi nueva... —pensó en decir familia, pero sólo compartía un tema complicado a la vez, así que escogió otra palabra— vida. Llegué a pensar que había sido un error. Un día, después de una fuerte pelea con mi he-amigo, fui al digimundo a enfriar mi cabeza. Los Hoi me encontraron. No recuerdo ya lo que dijeron, sólo que era lo mismo que había dicho todo ese tiempo sobre los gobiernos autoritarios aplastándolos sin razón y sobre los supuestos elegidos que se quedaban con los brazos cruzados. Estaban cansados de ocultarse, esperar y pretender. Sabía que estaba equivocado pero yo estaba enojado, frustrado y tenía mucha rabia dentro. Ahí fue cuando me uní a los outsiders, sin que Kwan me confiara todo su plan porque sabía que nunca lo hubiera apoyado. Eso fue un error que todavía no me he perdonado. Sin mi ayuda...

—Sin tu ayuda no lo hubieran escuchado tantos tamer —completó Xing.

—Bae, el menor de los hermanos Hoi, me contó la verdad minutos antes del ataque a Corea. No pudimos detenerlos, ni evitar lo que pasó. No se volvió a saber de uno de los Hoi, el segundo hermano, Seung, y de otros ocho tamers.

—¿Por ello Kwan renunció al mando de los outsiders?

—Si, pero aún tiene mucha influencia. Los posteriores ataques del grupo no son culpa de Bae, son de Kwan. Bae no tiene el carácter para enfrentar con éxito a su hermano mayor. Es muy joven para estar al frente de esos chicos. Pero dice que mientras los tamers bajo su cuidado no quieran abandonar el digimundo, él tiene que protegerlos —comenzó a buscar el aparato que vibraba en la funda que tenía en cinturón—. Así que sí tuve parte en la creación de los outsider, pero no fui el —su terminal tenía una llamada entrante, el nombre en la pantalla parecía no ser el correcto— fundador —logró articular mientras apretaba el botón para contestar.

Se llevó el auricular al oído temiendo no escuchar al propietario del aparato. Xing vio como los tendones de su cuello y mano se tensaban al poner el auricular cerca de la oreja. Detuvo su respiración, pero no pudo pronunciar palabra.

Ryo, ¿estás...

—¡Tk! —exclamó, volviendo a respirar, era su voz, era la voz de su hermano—. ¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¿Escapaste? ¿Estás he...

¡Hermano! —el chico cerró la boca al momento, y el joven pudo explicarse—. Estoy bien.

—¿Qué pasa? Pensé que te habían secuestrado.

No, sólo me retuvieron para interrogarme —Ryo no era tonto, había algo más, pero no presionó—. Voy rumbo al aeropuerto, tenemos que salir de aquí en el primer vuelo. Te lo explicó todo cuando nos veamos. ¿Dónde estás?

—No estoy muy seguro. Es una larga historia —y miró al desconcertado chino que esperaba ansioso a que le explicara el porqué de tanto escándalo, ya que Xing no entendía el japonés—. Entonces, nos vemos en la entrada del aeropuerto.

Sí, yo ya casi estoy ahí.

—Voy para allá.

Al cortar la comunicación sintió que le habían quitado una presión en el pecho y la espalda, su cuerpo se relajó y comenzó a reír, sin razón.

—¿Tú amigo? —inquirió el chico al ver que Ryo no le explicaba nada.

—Sí, era él —y el alivio fluyó junto con su voz.

—Es un tipo con suerte.

—No tienes idea. Me tengo que ir —recordó de pronto, yendo a la mesa para recoger su chaqueta—. Gracias por todo Xing —se dirigió a la puerta, pero al tomar el pomo se detuvo y volteó para preguntar, apenado—: ¿Me podrías decir cómo llegar al aeropuerto? No tengo ni la menor idea de dónde estamos.

—Te llevo.

Al hablar ya estaba agarrando sus cosas, divertido por el súbito cambio de humor de su nuevo amigo y algo más relajado porque el otro elegido estuviera bien.

Ryo se despidió de Yuan Xing a una cuadra del aeropuerto, y de ahí el japonés corrió lo que le quedaba de camino. Takeru ya estaba allí, mirando distraídamente a la gente que pasaba a su lado. Físicamente se veía ileso. Ryo caminó los pasos que lo separaban y, al verlo, Takeru pareció tan aliviado de verlo bien como Ryo.

—¿Cómo...

—Ya te dije —lo interrumpió con las manos en los bolsillos, aún mirando a su alrededor—, querían interrogarme sobre lo que sucedió en el callejón. Al decirles que no pude ver quién cometió los crímenes, me dejaron ir —se encogió de hombros al decirlo, y lo miró.

Takeru decía la verdad, en parte. Los hombres que lo habían detenido habían sido reportados por su jefa por traer a un "inocente civil" a instalaciones secretas. Había escuchado los gritos en inglés a través de la puerta que lo separaba de sus captores. La americana les había dicho que era un indefenso turista holandés, les dijo que pensaran, el arma no estaba la escena así que el asesino se la había llevado consigo y él joven que tenían estaba desarmado. «¡Libérenlo, y por su bien, rueguen por que no presente una denuncia! ¿Qué creen que hagan las autoridades si se enteran de nuestras operaciones?».

—Vamos por nuestras cosas, tenemos un vuelo que abordar.

Ryo lo siguió, lleno de preguntas. No tenía sentido.

—Así que únicamente te interrogaron. ¿Me estás diciendo que no supieron quién eras?

—Hubo alguien que sí —Takeru pensó en las últimas palabras de la mujer. «Lindo reloj» había dicho con una acusadora sonrisa. Ella sabía—. Hermano, si no hubiera sido por ella... Se disculpó porque su gente me hubiera detenido sin motivo. Fueron muy amables.

—Apuesto a que si —le siguió la corriente Ryo. Hablarían cuando estuvieran a salvo.

Su vuelo salía en una hora, tiempo suficiente para que Takeru comiera algo y Ryo se encargara de un asunto. Cerca de las 3:55 pm ambos hermanos estaban recargados en un muro cerca de los teléfonos públicos, aparentemente matando el tiempo. Los ojos de Ryo divisaron a una hermosa joven a cierta distancia y la siguieron hasta que ella se detuvo frente a uno de los teléfonos comenzando a buscar monedas sin éxito aparente. La chica luego miró a todos lados y los hermosos ojos cafés de la chica encontraron los ojos azul oscuro del joven. Ella le sonrió al chico y luego miró al individuo al lado del moreno —quien le daba otra gran mordida a una indefensa hamburguesa—, al parecer el chico rubio no la había visto.

Ryo le dio un codazo a su hermano y Takeru encontró esa intensa mirada café llena de alivio. Él sonrió o esa fue su intención pero el gran bocado que tenía le arruinó el gesto. La chica se comenzó a reír por alguna razón —que tal vez tenía que ver con la lechuga que asomaba de los labios del rubio, tal vez—.

Era una alta joven morena de complexión delgada, una larga cascada de cabello oscuro y lacio caía por su espalda. Usaba unos jeans azules y una blusa sin mangas de un brillante color uva y, por equipaje, solo llevaba una mochila de un naranja mírame a fuerzas. Alzó el auricular sin marcar ningún número. Ryo escuchó el sonido de su voz en los audífonos que tenía puestos.

Me enteré hace unos minutos —se escuchaba incrédula y aliviada—, ¿cómo?

—No encontraron evidencia en su contra, lo dejaron ir. Tu amigo dice que tiene mucha suerte... Siento haberte hecho movilizar a tu gente para nada.

No, no te disculpes. Quisiera que todas los pedidos por ayuda fueran así. Es bueno verte bien amigo —le dijo a Tk, quién también escuchaba la conversación.

—Escucha, Mina, Dien...

Lo sé, no tienes que decir nada. No es tu culpa, yo sé como es esto, Tk. Les agradezco que hayan tratado de salvarlo, eso es lo que cuenta —aseguró, escondiendo su tristeza—. Me tengo que ir. Aprovecharé para arreglar un par de cosas... ¿Les puedo pedir un favor? —pregunto con inusitada timidez—. Tengo algo para él, ¿se lo pueden dar?

—Claro, Mina. Le alegrará saber que te vimos y que estás bien.

La chica rió y terminaron la conversación. Les entregó una memoria al pasar a su lado. Luego siguió su camino para salir del aeropuerto, con las mejillas ligeramente sonrojadas. Los hermanos se dirigieron a registrarse para abordar su vuelo a casa.

El viaje fue demasiado silencioso. Takeru no tenía nada que decir y Ryo no sabía qué preguntar. Así que el viaje fue silencioso. El rubio pasó la mayor parte del tiempo viendo por la ventana, pensando. Tenía muchas cosas con las cuales distraerse. Cosas muy lejos de ese callejón donde...

Asesino.

La palabra reverberaba entre las paredes de su esencia. Se revolvió en el asiento y sacudió la cabeza empeñándose en ahuyentar aquel pensamiento como si se tratara de un bicho que había trepado por su brazo. Sin embargo, no pudo apartarse de aquella idea, así que trató de concentrarse en los hechos, no en el nudo de sentimientos que producían en él.

Sabía que la policía china estaba buscando al responsable de los asesinatos. ¿Lo culparían también de la muerte de Dien?, ¿cómo manejarían la investigación? Muchas preguntas se formulaban en su mente y él se concentró en ellas y en la plática que había tenido con la americana. Sobre todo en esto último. Pensar en las posibilidades que Erin había puesto a su alcance lo ayudaba a marginar otros asuntos. Cosas menos esperanzadoras. Asuntos más lúgubres. No obstante, en un momento del vuelo en el que vio sus manos, descubrió que aún tenía sangre entre las uñas. Fue como un centelleo de imágenes: la sangre, los disparos, los cuerpos en el suelo, la mirada sin vida de aquellos hombres.

—¿Estás bien?

—Sólo estoy mareado.

Sí, lo estaba, pero no era sólo eso. Sentía asco de sí mismo. Sentía repulsión por lo que era capaz de hacer. ¿Por qué era tan fácil extinguir una vida? Aquello no debería ser así. Algo tan preciado no debería ser tan frágil. Una bala de una nueve milímetros, sólo había necesitado eso. Una sola bala por cada vida. ¿Qué clase de personas habrían sido? Seguramente tendrían familias que estaba esperando inútilmente a que regresaran a casa. No, gracias a él ellos habían dejado de existir.

Asesino.

Su cuerpo tembló cuando volvió a escuchar el susurro que lo sentenciaba. Un aliado de la muerte, eso era. Aún después de conocer que significaba que te arrebataran una vida, se había convertido en eso. Sí, aún después de haber tenido que enfrentar lo desgarrador que podía ser una pérdida, porque él comprendía que implicaba una muerte demasiado bien para ser tan joven. El funeral de Phil Wilson era un recuerdo constante: los sollozos de Ashley, su madre, habían alimentado la voz de su fantasma personal. Un fantasma que se iba materializando poco a poco. Lo que había hecho le había dado forma. Lentamente, lo iba moldeando en una figura grotesca. Ese fantasma, Takeru sabía que esperaba por él, en los rincones de su mente, con la paciencia de alguien que acechaba a su presa.

—¿Seguro estás bien? —Takeru miró sin comprender al sujeto a su lado, lo que decía no tenía coherencia para él—. Estas muy pálido y tu frente...

Takeru se llevó la mano al lugar donde el joven señalaba con el dedo índice. Estaba mojada.

—Yo... —pero no podía explicarse.

Ryo lo miraba preocupado, tenía que tranquilizar a su hermano, él no tenía por que cargar con un peso que no le correspondía. No, eso sería egoísta, eran sus problemas. Él, no Ryo, había jalado el gatillo. Era su alma la que se había teñido de escarlata. Eran sus manos las que olían a sangre. Y no había forma de quitarse de encima la maldición que venía con esa clase de marca.

—¿Hermano?

—Sólo estoy mareado —y apresuró una sonrisa—. Sólo es eso, tantos vuelos... creo que me esta dando esa enfermedad del viajero. No te preocupes.

No era verdad, Ryo lo sabía, pero no iba a tocar el tema por el momento. No era el lugar y tal vez él no era la persona idónea para ayudarlo con su carga.

~ º ~

Aire fresco, únicamente necesitaba un poco de aire fresco. Prácticamente corrió desde las puertas del ascensor hasta la salida del edificio y se detuvo al sentir la suave y fresca brisa mientras cerraba los ojos. Estaba exhausta y tenía motivo.

Los días anteriores habían resultado abrumadores. Habían sido dos largos días sin dormir, simplemente, esperando sin poder hacer nada más que implorar porque no pasara lo peor. Pero eso no había sido lo desgastánte. Aunque su preocupación por su amiga era genuina, la simple angustia por ella jamás la habría afectado de esa manera. No, lo que realmente había impactado en ella había sido ver a su hermano tan frágil. No llegó a quebrarse pero era la primera vez, en su entera vida, que la necesitaba a ella para mantenerse en pie, para conservar el optimismo, para tener valor. Su mirada había destilado terror por perder a Sora mientras le oraba a todas las deidades conocidas y desconocidas, implorando por un milagro. Tal vez había sido escuchado.

Sora acababa de ser declarada fuera de peligro y había vuelto en sí. El alivio que sintieron no podía describirse con palabras, ya que por un momento habían perdido las esperanzas. Pero cuando los primeros arranques de alegría se habían mitigado, ella necesito salir de ahí. Sentía que habían roído toda su entereza. Ya no podía más, necesitaba aire.

Se llevó una mano al pecho, respirando hondamente, manteniendo los ojos fuertemente cerrados. Afuera, la noche estaba quieta y callada y la joven tuvo la impresión de que la misma noche esperaba algo. El aire tenía impregnado el aroma a sal y a hierba húmeda que tanto la deleitaban. Pero la quietud de aquella atmósfera no era suficiente para calmarla. Ella estaba inquieta y nerviosa, necesitaba caminar y apagar la voz en su cabeza, aunque solo fuera por unos minutos. Así que sacó el reproductor de música de uno de los bolsillos de su chaqueta color lila y se puso inmediatamente los audífonos en los oídos. La música reemplazó prontamente sus propios pensamientos.

No era la mejor de las canciones para recobrar el ánimo, aunque, al menos, desvió sus sentimientos a otros asuntos. La chica se concentró en cada palabra sin darse cuenta de a dónde la llevaban.

"¿Qué he perdido?"

La pregunta apareció en su mente de pronto, y la joven se llevó una mano al corazón, consciente del vació que había en cada latido. Pero, aún así, ese fuerte músculo se esforzaba por latir, a pesar de que los pesados recuerdos que lo oprimían le dificultaban la tarea.

Su mente siguió ese hilo de pensamientos mientras caminaba distraídamente por uno de los anchos paseos del parterre. Lo que no esperaba era que pensar en él lo invocaría. Únicamente tuvo que alzar la mirada para encontrarlo a unos pocos pasos de distancia y ella se detuvo en ese mismo instante, dudando.

Él estaba sentado sobre el respaldo de una banca con la mirada levantada hacia el cielo. Parecía ajeno a todo lo que lo rodeaba. No se había dado cuenta de que ya no estaba solo, tal vez ni siquiera había notado el grillo que había saltado a su hombro.

Lucía extraño, fue el único adjetivo que se le ocurrió al verlo. Su semblante, su expresión, todo. Estaba extraño. Normalmente emanaba de él una calma y serenidad que ella podía palpar. En ese momento causaba el efecto opuesto. Se preocupó de inmediato pero dudaba ¿debía irse? Tal vez su presencia no era lo mejor en ese momento pero no quería dejarlo solo, entonces ¿debía acercarse? No sabía qué hacer. Pero no tuvo que decidir. En cierto momento los ojos azules del chico ya estaban sosteniendo su mirada y, al instante, sus pies caminaron en su dirección.

—Hola —Takeru le sonrió con tristeza y ella tragó saliva, le dolía verlo así—. ¿Puedo sentarme?

Takeru asintió y se movió hacia un lado, con delicadeza, haciendo espacio para que la joven se sentara pero no le dijo nada más. El grillo se movió un poco pero siguió en su hombro, parecía cómodo donde estaba, y ella sonrió —acababa de darse cuenta de que él sí estaba consciente de que el insecto estaba allí—. Hiikari quería preguntar qué le sucedía, pero su voz no colaboraba, así que no dijo nada. Hablar no fue necesario, estar en esa situación, uno al lado del otro observando el cielo causaba el mismo efecto en ambos: paz —orquestada por el canto del animalillo en el hombro del joven—.

~ º ~

—Seguramente está bien —repetía la joven rubia por enésima ocasión, aunque nada parecía calmar los crispados nervios de su amigo, quien seguía tratando de contactar a Tk por... bueno, la francesa ya no podía contar cuántas veces Ryo había apretado el botón de llamar sin obtener respuesta.

—Catt, conducía una motocicleta que evitó que se estancara en el tráfico como yo. Nada esta bien, debió de haber llegado hace una media hora, al menos. Ese hermano mío no estaba en sus cinco sentidos ¿y si chocó?, ¿y si está en una cama en el hospital muriendo lentamente, completamente solo y...

Ryo recibió un golpe en el hombro que, para su sorpresa, le dolió . El japonés se sobó el golpe mirando a la francesa extrañado, ella no parecía tener tanta fuerza en su esbelto cuerpo.

—¡Ni siquiera lo pienses tonto! —la chica se abrazó, frotándose los antebrazos—. Lograste asustarme cabeza hueca...

—¿Y cómo crees que me siento yo?

La chica le arrebató el aparato que el japonés tenía en sus manos y trató de comunicarse con Tk ella misma obteniendo los mismos resultados que Ryo.

—¡Es un egoísta! —gritó, pateando el suelo.

Catherine comenzó a caminar vigorosamente hacia el estacionamiento, seguida por Ryo. Realmente el japonés había conseguido preocuparla. Sin embargo, ambos se detuvieron en seco al ver la motocicleta blanca en el estacionamiento. Sin pensarlo, regresaron con dirección al edificio B del Memorial, tenían que cruzar los jardines para llegar a la entrada pero no fue necesario, lo vieron a la distancia sentado en una banca, Hikari estaba a su lado.

—Catt, ve por él —sonaba molestó, decidió la francesa, pero no entendía la razón. Debería estar aliviado de que su hermano no hubiera sufrido ninguno de los destinos fatales que había imaginado momentos atrás—. Aléjalo de ella, Catt.

Ryo insistió y ella no tuvo opción. Realmente no quería acercarse y convertirse en una intrusa, pero la actitud de Ryo la obligó a hacerlo.

—Tk —creyó que nadie la había escuchado porque prácticamente había murmurado pero ambos, tanto Tk como Hikari, la voltearon a ver. Catt olvidó lo incómoda que se sintió en ese momento cuando distinguió la tristeza infinita en los ojos azules del joven—. ¿Estás bien?

Obtuvo una sonrisa por respuesta, luego el chico se puso de pie —cosa que ahuyentó al grillo—, le murmuró algo a Hikari y caminó hacia ella.

Hikari los vio marcharse juntos, se obligó a apartar la vista y la fijó nuevamente en el cielo. Hacia frío ahí afuera pero no quería regresar con sus amigos, así que permaneció ahí sentada, abrazándose a sí misma, aunque era muy poco probable que lograra menguar el frío que la carcomía desde el interior.

~ º ~

Los chicos caminaron sin ánimo hacia la salida. Ryo volteaba a ver frecuentemente a su hermano y Catt hacia lo mismo de vez en vez, cosa que estaba incomodando a Takeru, pero antes de que pudiera protestar, Ryo rompió el silencio.

—Creo que debes hablar con el superior Nagano...

—Ya lo hice, lo encontré a la entrada —el chico se revolvió el cabello, mirando a ambos lados del pasillo—. Le comenté brevemente lo que pasó —sintió la mirada inquisitiva de su hermano y aclaró que no le había comentado todo—. Creo que es mejor irnos, no quiero encontrarme con mi hermano ni con Taichi. Además, todos están aún con Sora.

Ambos chicos se sorprendieron de que Takeru se dirigiera al estacionamiento y se subiera a la motocicleta blanca que Nagano Kazuo le había prestado.

—Ahora es mía —aclaró, mientras se colocaba el casco blanco que hacia juego—. Hazme un favor, Ryo, dile a los chicos que los veo en el apartamento de los gemelos en hora y media, y también avísale a Koushiro.

—¿Seguro que quieres hablar con ellos ahora?

—¿Por qué retrasarlo?

—Está bien, yo me encargo... ¿Por qué te dio esa motocicleta? —preguntó de pronto, al no conseguir dominar la curiosidad.

—Dijo que ya estaba haciéndose viejo para esto y que conmigo estaría en buenas manos —contestó, con una sonrisa—. También mencionó algo acerca de que los chicos han recibido paga todo este tiempo y nosotros no... De hecho me preguntó si tú querías un auto, una casa o un lingote de oro pero le dije que tú estabas bien y no necesitabas nada.

—¡Takeru!

—Sabes que es broma, hermano, lo que sí me dijo fue que te dijera que hablaras con él antes de irte hoy —y, mirando a los pocos autos estacionados en lugar, añadió—: Suponiendo que no se ha marchado a casa.

Takeru le dio un casco a Catt y ella se lo puso y se sentó detrás del japonés abrazándolo con fuerza. A Takeru no se le escapó la mirada complacida de su hermano, ya hablaría con él al respecto.

—Bueno, te veo en un rato.

Ryo dio unos pasos hacia atrás y el chico prendió el motor y comenzó a conducir rumbó a la salida.

Como Catt sospechaba no se dirigieron inmediatamente a su apartamento.

—¡Tienes que conocer Odaiba de noche! —le gritó, desde la parte delantera del vehículo de dos ruedas—. ¡Sobre todo el puente Rainbow, es precioso!

El improvisado tour en motocicleta por Odaiba fue relajante para la francesa, ella se acordó inmediatamente de sus largos paseos por Paris, en la motocicleta de Michel Takaishi, o de los paseos en los alrededores de la universidad de Tk, en la motocicleta negra que su amigo cuidaba mejor que a sí mismo.

Catherine logró reconocer algunos lugares por los que pasaron, por ejemplo: el edificio de la televisora Fuji y el Palette Town. Aunque Tk sólo se detuvo un momento, al lado de la carretera, para que ella pudiera observar el famoso puente Rainbow con más detenimiento. Su amigo tenía razón, realmente la vista valía la pena.

Se quedaron un momento observando como el puente cambiaba sus colores cada cierto tiempo. Tk mantuvo silencio con determinación, sin atreverse a hacer lo que debía hacer. Sabía que lo que tenía que decirle la lastimaría y no soportaba la simple idea de hacerle daño. Pero debía hacerlo. Aquel parecía el momento perfecto para hablar. Sin embargo, ella se veía tan despreocupadamente feliz que él no pudo hacerlo. Postergó el asunto, no podría callar por mucho tiempo, tenía que hablar con ella esa misma noche.

Catt había notado que Takeru actuaba algo extrañó. Le había preguntado varias veces, desde que habían dejado el Memorial, qué le sucedía, pero él cambiaba el tema. Sin embargo, al entrar en el apartamento del joven, ella volvió a insistir en el porqué se veía tan abatido.

—¿Sucedió algo en Hong Kong?, ¿algo malo? —hablaba con serenidad, tratando de no atosigarlo, aunque quería hacer eso mismo, agárralo del cuello de la camisa y hacerlo confesar—. Puedes contármelo… Sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad?

—Lo sé, Cathy —el japonés se sentó en el sillón y miró al suelo—. La verdad sólo quisiera olvidar...

—Tk, me estás asustando —la chica se sentó a su lado, poniendo una de sus manos sobre su brazo, esto hizo que la mirara.

—Lo siento —murmuró con pesar.

—Es culpa ¿no es cierto?

Ambos dieron un brinco y voltearon en dirección de la voz. Encontraron a la joven británica recargada en el marco de la puerta de una de las habitaciones. Los chicos se preguntaron cuánto llevaba ahí, o si había estado en ese lugar desde que entraron. Wen tenía los brazos cruzados sobre el pecho y un pie recargado en la madera. Ryo apareció a su lado, con una sonrisa de disculpa.

—¿También te sientes sucio?

Catt no entendía, pero Takeru sabía que Ryo se había encargado de poner a Wen al tanto de lo que había hecho. Oh, Ryo debería cuidar su espalda de ahora en más, pensó Takeru, apretando los puños.

—Tienes que hablar, quedarse callado no te va a ayudar —fue la disculpa del moreno ante la dura mirada de reproche de su hermano.

Takeru miró nuevamente al suelo, evitando no gruñir como protesta. Si las chicas no hubieran estado presentes, su reacción hubiera sido menos civil.

—Yo tomé la decisión, fue inconsciente pero fue mi decisión —dijo, sin ver nadie.

—No creo que funcioné así, Tk —debatió Wen, calmada.

—¡Ja! No funciona así —repitió, sardónico—. No me digas que no fue tu decisión lo que hiciste en Styer o lo de...

—¡Suficiente! No me vas a juzgar Takaishi —estalló, caminado hacia él—. Sí, fue mi decisión y no me arrepiento. Esos tipos eran muy peligrosos, nos hubieran perseguido sin descanso porque temían por su propio pellejo si no nos entregaban. Era demasiado arriesgado, así que tomé una decisión.

—¿Y qué?, ¿tú no sientes culpa?, ¿no te sientes sucia?

Ella guardó silencio mientras apretaba los dientes, Takeru sonrió amargamente.

—Entonces Wen, ¿por qué me dices que no debería sentir lo mismo?

—Porque —dijo, tratando de recuperar su calma habitual— son decisiones de vida o muerte. Son ellos o somos nosotros. No es agradable pero estamos metidos en esto y hay veces que es lo única opción que tenemos.

Fue claro para los jóvenes que la escuchaban que su voz había delatado su culpa, y que en realidad no sonaba tan convencida de sus palabras como pretendía estarlo. Pero la tristeza que afloró de la, normalmente, inexpresiva joven impactó en todos. Takeru jamás había visto a Wen transparentando esa clase de sentimientos, nunca la había visto tan vulnerable. Ryo se acercó con cautela a la chica de cabello negro, solo colocó una mano en su hombro y ella se inclinó hasta recargarse en él.

—¿Qué sucedió, Tk? —hubo una doble intención en esta pregunta pues la francesa quería quitar la atención de Tk de su amiga.

Takeru escondió el rostro en su manos un momento. Sabía que si no hablaba con ellos, Ryo contactaría a Steve. No necesitaba que un psicólogo tratando de analizarlo, no tenía tiempo para eso. Así que inspiro profundamente y se recargó en el sillón para contestar la pregunta. Habló sobre lo que había hecho y cómo se sentía al respecto. Si bien, no fue capaz de volver a mirar nadie. Cuando terminó, Catt se acercó más a él. Tk al principio se resistió al contacto, pero al final dejó que lo consolara con ese abrazó y se afianzó con fuerza a Catherine.

—No eres un asesino —le hablaba casi al oído, su voz fluía con suavidad hasta su torturada mente—. Protegiste a Ryo, no hay nada de malo en proteger a tú familia. Te protegiste a ti mismo y no tienes ni idea de cuánto me alegra que estés bien, Tk.

—Pero los maté.

—Sí, nos entrenaron para eso y actuaste por reflejo. Si hubieras dudado estarías muerto al igual que Ryo.

—¡Wen! —la protesta del moreno fue malentendida. Para Ryo, la joven se había entrometido en una plática que, prácticamente, se había vuelto privada. Pero la británica creyó que el reclamo se debía a lo que había dicho.

—Mi punto es —aclaró, alejándose un poco del chico a su lado y acercándose a la pareja en el sillón— que ellos decidieron tratar de matarlos y tú decidiste no dejarlos. Takeru, ellos tomaron su decisión primero. No digo que no deberías sentir culpa, sino la sintieras habría algo mal en ti. Únicamente, no deberías torturarte de esta manera.

Takeru asintió y soltó a Catt.

Estaba hecho, Takeru había hablado, y Ryo esperaba que aquella plática lo ayudara a sanar, tomaría tiempo pero sabía que si no lo hubiera obligado a hablar, el daño terminaría siendo mayor.

—Falta media hora para que el resto de los chicos venga, así que podemos comer algo antes —Wen se llevó una frente a la cabeza murmurando algo que sonó como "tarado". Ryo lo había hecho tan bien hasta aquel momento.

—Creo que Tatum iba a cocinar algo... —recordó, mordiéndose el labio para no abofetearlo. Claro que para la americana cocinar significa poner en platos lo que había comprado, ni calentarlo era estrictamente necesario.

—Bueno, pues está decidido, vamos a comer a su apartamento —Ryo sonreía, pero era el único. Aún así, Wendee lo siguió a la salida. Se dieron la vuelta, esperando que la pareja en el sillón los siguiera, pero Takeru había retenido a Catt y les dijo que se adelantaran. Ni Ryo ni Wen protestaron, únicamente cerraron la puerta.

En unos minutos tendría que hablar con sus amigos, ya no podía postergar las cosas. Catherine merecía saber.

—Tengo algo que decirte, Catt. Algo que no querrás escuchar.


Está bien. Lo dejaré hasta aquí ahora porque, si no, quedaría un monstruo enorme. La otra parte ya está para subirse, un ajustito aquí y allá, pero bueno, no creo tardar en subirlo (y aclaremos que dos semanas es un record para mí en un buen tiempo).

Sobre el capítulo, recordaran a los Hoi, los tres hermanos enamorados de Hikari. Una disculpa por el montón de información, fechas, nombres. Creo que, en parte, debido al tiempo que llevo trabajando en esta historia ha hecho que sea tan compleja. No es ha propósito (T-T), es sólo que escribo y los detalles sólo aparecen, como lo de los Hoi, los ousiders (ah, ¿alguien sabe de dónde saqué este nombre? Bueno, siendo asidua lectora de los comics... No pude pensar en otro nombre, me pareció que les quedaba) y Ryo.

Espero que entendieran lo que sucede, cualquier error háganmelo saber. Y si se quedaron con cara de '¿Qué?', díganlo por favor, a veces no me doy cuenta cuando mencionó algo vagamente y no he hablado al respecto en ningún capítulo pasado, estuvo apunto de hacer eso mismo esta vez.

Gracias por seguir esta historia y por sus comentarios, mil gracias.

Modificado el 15/03/12. Parte de este capítulo era el nueve.