Notas del Autor: Con este capitulo estrenamos el rate M, quiza los proximos capitulos no lo sean pero algunos si seran demasiado violentos asi que hay que anticiparnos. Una disculpa por no haber actualizado en un rato y por este escrito tan largo.
Saludos.
Disclaimer: Hellsing no me pertenece
Atemorizada comenzó a padecer los estragos de su pérdida de sangre, se sentía algo débil y adormilada pero sobretodo comenzaba a caer víctima del viento helado que ahora sentía traspasarle los huesos. Tenía que ser fuerte, así debía de ser para poder cumplir su misión a pesar de tener miedo, volteó hacia atrás buscando a Integra y a los demás pero no pudo verlos ¿Se habían ido? No, No era posible que de un momento a otro se hubiese quedado completamente sola y sin que los hubiera escuchado; se puso de pie y aun con la mano en el cuello caminó con la intensión de adentrarse en la obscuridad del terreno boscoso. Tengo que estar loca para hacer esto –pensó – en otras circunstancias lo único que desearía es volver a casa, aunque… de verdad deseo volver a casa.
Alucard también parecía haberla dejado sola, pero confiaba en que cumpliría su promesa de no permitir que la dañaran. Ahí en aquel paisaje obscuro y siniestro donde solo la luz de la luna iluminaba tenuemente las copas de los arboles sus pensamientos parecían resonar hasta hacer eco en su cabeza: Había estado a punto de besar a su maestro, pudo recordar la calidez de su abrazo y la emoción que había sentido cuando sintió la primera caricia romántica que le había otorgado, porque esta vez no había sido encariñada como a una niña sino como a una mujer y en los ojos de su amo no había visto un cariño de aquel que se tiene a un miembro de tu familia sino un deseo apasionado como el que tiene un caballero por su dama.
¿Por qué se había detenido de besarlo? Esa era una buena pregunta que había hecho Integra en sus pensamientos, la razón era simple: Pudo ver dentro de la Hellsing las memorias de su amor por su maestro y sintió empatía con ella en ese mismo instante: su hermana sintió como el corazón se le iba del cuerpo cuando estuvo a punto de besarlo, esa sensación que solo podía comparar con la que ella sentía cada vez que los veía platicar a solas en el balcón, o cuando le vio escoltarle al coche, o incluso cuando presenció el gesto protector de Alucard al cobijar a su ama con su abrigo. En ese momento comprendió que ella sobraba en esa relación y que el verdadero amor de su amo era la mujer a la que consideraba su familiar y su guía. No tenía el derecho de romper algo tan hermoso solo por capricho.
En la tarde, cuando había escuchado los pensamientos de la reina de hielo había estado coqueteando con la idea de pedir su libertad a su maestro, pero ¿de qué serviría? No tenía ningún lugar al cual ir y estar lejos de Alucard la mataría de tristeza, se había prometido que después de esa misión le pediría que la liberara y saldría huyendo a otro lugar lejano para no tener que sufrir la melancolía de saber que era un estorbo para Integra y el profundo dolor de no saberse correspondida en su amor, pero ahora todo había cambiado al conocer que todo había sido un malentendido. Probablemente sus sentimientos por su maestro no se irían tan rápido pero ella habría de quedarse para cuidar de Integra y para conservar la única familia que había tenido desde que murieron sus padres, además no era la primera ni la última persona que sufría por amor, igual y debía darle una oportunidad al comandante Bernardotte.
Seguía caminando sin rumbo entre los árboles y el césped sola con sus pensamientos, quitó un poco la mano de su cuello solo para abrazarse a sí misma mientras se ponía de rodillas; probablemente era solo su imaginación pero podía oír el soplar del viento cada vez con más intensidad y juraría que se asomaban nubes de tormenta en el horizonte Oh, lo que me faltaba - se puso de pie y continuó su camino – No es suficiente con congelarme así, ahora también tendré que sufrir de la fría lluvia. ¿Era acaso que su maestro deseaba que ella muriera de verdad? , poco a poco fue cayendo presa del pánico y de la soledad, no podía escuchar ni el más mínimo sonido, era como si el bosque estuviera muerto o algo lo había vaciado por completo. Lo peor que podía hacer era dejarse caer en su propia trampa así que comenzó a evocar pensamientos amables. Aun tenía la sensación cosquillada de las manos de su amo sobre su cuerpo, aun podía sentir su cálida respiración cerca de ella, era como si el vampiro estuviera con ella abrazándola en silencio mientras caminaba, de pronto eso la hizo sentirse menos sola y dejar de tener frio; La mente humana sí que es poderosa – se dijo a sí misma – no tenía idea que con tan solo recordarlo me hiciera sentirlo tan vívidamente, casi como si fuera real, puedo sentirlo como si en este momento de verdad estuvieras conmigo.
Sentía que la observaban, probablemente estaban detrás de esos árboles esperando a que bajara la guardia. Estaba ensimismada en sus pensamientos esperando el momento en el que la horda de vampiros saltara sobre ella cuando sintió un escalofrío… alguien más la observaba, pero esta mirada no era igual a la de los demás sino que era muy pesada y estremecedora…
Chris había visto a aquella rubia caminar hacia su trampa, él y su grupo estaban a punto de atraparla y ¿por qué no? buscar a sus compañeros para comerlos también ya que todos estaban hambrientos; apenas hacia unas horas que había escuchado los primeros gritos de las personas afuera de su celda y después ese policía lo había mordido, si, todo había sido un desastre, casi una matanza como las que había solido hacer antes de que lo atraparan.
Lo recordaba con claridad: esa tarde se habían escuchado rumores de un asesinato a las afueras del pueblo, la información había llegado a él indirectamente ya que los policías andaban vueltos locos intentando reforzar la seguridad de la prisión y lo susurraban entre ellos, aparentemente la noticia había causado un shock profundo en esos guardias pero hasta ese momento no entendía con claridad el porqué ¿que tenia de novedoso la muerte de una persona? Creía que nada podía sorprenderlo pero se había equivocado: Una dama joven había sido asesinada brutalmente, aparentemente habían drenado toda su sangre de su cuerpo, su esposo la había encontrado tirada en la tierra fuera de su casa y asustado intentó en vano reanimarla pero era demasiado tarde, ya había muerto. Por lo que había escuchado el hombre había ido por unas cosas a Londres y había dejado a su mujer sola por unas horas; ellos vivían a las afueras del poblado cerca de donde se encontraban ahora, les gustaba la vida pacifica –creía él – y el aire poco contaminado del paisaje boscoso. Tenían un perro, eso habría sido de poca relevancia si no fuera porque fue parte de la razón por la cual supieron que un hombre la había matado y no un animal ya que le había roto el cuello para que no ladrara – suponía – nadie quiere tener algo que le estorbe.
El hombre había llevado a su mujer al pueblo donde le hicieron las pruebas necesarias para confirmar la causa de su muerte: aparte de algunos moretones en su cara y en sus brazos tenía dos marcas casi imperceptibles en el cuello, como incisiones hechas con puntas muy filosas, increíble pensar que por esos pequeños huecos se hubiera desangrado hasta morir, las moraduras se debían a que había luchado con su atacante por soltarse o al menos eso habían dicho los médicos forenses. Hasta ahí estaba todo normal, o relativamente normal; el problema llego casi al anochecer, mientras él estaba en su celda pasando monótonamente la noche, la muerta estaba haciendo un festín. Aparentemente, según gritaban por todas partes, la mujer se había levantado de la camilla donde la tenían en la morgue y había mordido y asesinado al médico que se encontraba ahí, lo demás es historia: todos corrieron hacia todas partes intentando huir, pero los muertos se levantaban casi tan pronto como caían, eran rápidos y parecían estar hambrientos.
Todos los del pueblo habían huido dejando a los presos a merced de los mounstros que habían aparecido de la nada, los muertos que se levantaban después de que la joven había resucitado milagrosamente y los había atacado a todos ¿Acaso eran vampiros? No había otra explicación más que esa, la leyenda decía que eran no muertos condenados a vagar por el mundo bebiendo sangre y eso era lo que estaba sucediendo. Un vampiro había llegado a la prisión, bebió la sangre de unos guardias y después salió huyendo mientras sus víctimas se levantaban del piso gruñendo y mostrando sus puntiagudos y horripilantes colmillos; recordó haber pensado que si lo mordían quizá sería más poderoso de lo que era ahora y podría hacerse del dominio de muchos, después de todo ¿Quién se atrevería a ponerse en contra de un vampiro? Él sería el mejor vampiro de todos. Así pues, con esa idea en mente había salido de su celda valiéndose de un trozo de alambre que tenia escondido debajo de su colchón y se puso en manos del policía que ahora no era más que un no muerto; la mordida había sido muy dolorosa y mientras extraían su corrupta sangre de su cuerpo sentía como su vida se escapaba de sus manos, dolía mucho… de pronto sintió como su corazón dejo de latir y murió.
Visitó el infierno pero no se quedo ahí, minutos después despertó burlándose de los demonios que estaban dispuestos a devorarlo peor de lo que lo había hecho el mounstro que le había regalado el don de la vida eterna. Siguió con su plan, todos sus compañeros de prisión mientras él había estado vivo lo habían servido fielmente debido al temor que les provocaba, pues bien, ellos serian la primera parte de su ejército que después se incrementaría, se sorprendió con la facilidad que arrancó los barrotes de sus puertas y los mordió uno a uno convirtiéndolos en lo que él era. Mas sin embargo no los dejo salir, los convirtió en sus esclavos y los obligó a servirle.
Ahora estaba ahí persiguiendo a su primera presa de la noche, no sabía cómo era pero el aroma de su sangre era insoportablemente delicioso más que cualquiera que hubiera probado en ese tan corto periodo de tiempo, cuando por fin la había encontrado en ese hermoso claro en medio de los arboles se le había antojado aun mas morderla, no solo por lo hermosa que era sino porque se veía tan indefensa y además estaba herida. Ordenó a sus subordinados a quedarse quietos y ellos habían aceptado a regañadientes ya que también estaban hambrientos, estaba a punto de moverse hacia ella cuando sintió un escalofrío muy fuerte recorrerle el cuerpo, fue casi tan horrible como los pocos segundos que había visitado el infierno: delante de ella estaba una niña muy linda de largos cabellos negros, vestía de blanco pero su tez era tan pálida que parecía no haber diferencia de color entre su ropa y su piel, si se les veía cuidadosamente la rubia era casi tan blanca como la niña solo que estaba sonrosada como muestra de la vida que corría por sus venas, la pequeña sin embargo no parecía ser de este mundo. Usaba un vestido blanco cubierto por un abrigo del mismo color, bufanda y un gorro ruso en su cabeza, si se le calculaba la edad probablemente tendría unos 14 años, no podía ver su rostro porque su cabello lo cubría.
La joven rubia también parecía sorprendida por la súbita aparición de la pequeña ya que aunque caminaba dificultosamente se acercó a ella y se inclinó para ver su rostro, parecía que su víctima estaba cerca de la muerte puesto que parecía no tener energías ni siquiera para moverse:
- Hola pequeña ¿Qué haces aquí tan sola a estas horas de la noche? – le preguntó con una voz muy dulce la mujer de ojos azules a la niña – es un lugar peligroso para estar.
- Me he perdido – fue la única respuesta que obtuvo de ella – llévame a casa.
Lo último no sonó como petición sino como una orden, la voz de la pequeña parecía no venir de ningún lado y a la vez de todos y eso le hizo sentir una ola de miedo recorrer su cuerpo ¿Qué demonios era ese monstruito? No era humano por supuesto, ella no era una niña y no era algo vivo, eso era algo salido de lo más profundo del infierno. Cuando su voz resonó por todo el claro la joven pareció perder control de ella misma, si, ahora se movía como una posesa: sus ojos carecían de brillo y sus movimientos eran muy mecánicos, tomó su mano solo contestando.
- Si, como ordenes, te llevaré a donde sea que quieras ir.
La niña volteó a verlo, estaba escondido en la obscuridad de los arboles igual que todos sus sirvientes y aun así supo que ella lo veía, había levantado la mirada y había sonreído hacia él como si lo pudiera ver perfectamente no solo en las sombras sino dentro de sí mismo, como si pudiera ver su alma con esos horrendos ojos rojos que brillaban como si dentro de ella tuviera el mismísimo infierno ardiendo incesablemente, en su sonrisa pudo ver sus dientes puntiagudos y su expresión era dura y cruel como nunca había visto en toda su vida. Definitivamente la chica debía estar poseída como para acercársele porque él en vida no lo habría hecho ni por todo el oro del mundo, o quizá ese ser era el demonio en persona y venia por su alma. Pero la niña no parecía estar interesada en él sino en la joven rubia, y en cierto modo eso le hizo sentir mejor, como decían por ahí: "Es mejor estar con el diablo que en su camino". Podrían matarla entre todos – pensó – si podía darse el lujo de matarla entonces podría decir que era el vampiro más fuerte de todos ¿Era la niña una vampiresa? El era un vampiro y dada su reciente experiencia con ese tipo de no muertos podría decir que no, reunía solo la característica de los colmillos, quizá algunos vampiros tenían los ojos rojos pero no así, los ojos rojos de ellos no brillaban como lava ardiente y su presencia no era tan macabra, tan maldita.
¿Podía un vampiro poseer a una persona? No, no había oído de eso, quizá pudiera hipnotizarlos según lo que contaba la leyenda pero si alguien podía hacer eso era quizá aquel maldito conde que contaba la tradición, aquel que trajo el vampirismo al mundo, pero Dracula no existía, era solo un cuento de niños y además ella no parecía exactamente hipnotizada, parecía un paso mas allá; Si el Conde Dracula existiera probablemente sus poderes palidecieran ante la presencia de esa endemoniada pequeña. La joven rubia se llevo a la niña, tomándola de su mano regresando por el camino por el que había llegado, iban a paso lento, como si al pequeño monstruito no le causara la menor preocupación que un grupo de aproximadamente 200 vampiros anduvieran detrás de ella. No sabía porque pero se sentía obligado a seguirlas ¿era morbo? ¿Era acaso la necesidad ardiente de saber que haría la niña con la hermosa rubia? Se sentía afortunado de no estar en el lugar de la jovencita, quizá si el demonio que la guiaba deseaba atacarla podrían arremeter en su contra mientras estaba distraído y matarlo, esa era una idea excelente y se felicitó por haberla pensado.
Dejó que se adelantaran un poco y luego dio órdenes a sus seguidores quienes se negaban rotundamente a hacerlo, ellos habían sentido el peligro en la pequeña lo cual confirmaba que ella tenía un aura muy pesada y amenazadora. Con un simple "¡O los mata ella o los mato yo!" los convenció de ayudarle en su nuevo objetivo: Matar a la niña demonio.
Las siguieron hasta el final del terreno boscoso, la rubia cada vez se veía más débil y parecía que hacia un esfuerzo sobrehumano no solo para caminar sino para permanecer de pie, al final ya no pudo más y la vieron desplomarse en el frio césped. Era impresionante ver como aun en su lecho de muerte seguía tomando la mano de la pequeña como si se aferrara a ella como aferrarse a la vida misma, o mas allá como si la estuviera protegiendo ¿Quién protegería a un ser como ese?, se quedaron atrás intentando permanecer silenciosos para que la niña no los notara, escondidos entre los arboles sirviéndose de la obscuridad que reinaba en ese momento.
La jovencita estaba recostada boca arriba con una mano en su cuello aun cubriendo su herida y con la otra mano tomaba a la niña, la miraba como implorándole perdón por no seguir adelante a su lado ¿significaba eso que no estaba poseída? La niña solo le sonrió con malicia y se hincó a su lado respirando su aroma como quien disfruta de un delicioso perfume, ella también lo podía notar: La sangre de esa mujer debía saber delicioso puesto que parecía encantada con la fragancia. Le dijo algo al oído a la moribunda y ella contestó algo mas, sin embargo no pudo escucharlo a pesar de preciarse de tener excelente sentido del oído; después de eso sucedió algo inesperado: La niña se comenzó a transformar, crecía en tamaño y cambiaba de forma lenta pero totalmente perceptible a ellos, ahora ya no era una niña sino un joven. Un hombre bien parecido de unos 28 años que vestía formal pero pasado de época: llevaba chaleco y pantalón negros, y una camisa blanca de mangas largas, si algún rasgo compartía con su antigua forma de niña era su pelo negro que esta vez le llegaba hasta los hombros, su palidez y sus horrendos ojos rojos, sin contar que también llevaba guantes.
Parecía que el hombre - para su alivio - no había notado aun su presencia, seguía viendo a la jovencita como si estuviera mas hambriento que ellos incluso, aun con otra forma seguía causando el mismo impacto en ellos o quizá más. Debía tomar una decisión ahora que sabía que sus suposiciones estaban correctas y que esa no era una niña y dudaba mucho ahora que fuera un hombre: Quedarse e intentar matarlo ahora que estaba totalmente perdido en la joven rubia que le servía de víctima o salir huyendo. El sentido común le decía que debía largarse con su grupo de ahí lo más rápido posible antes de que los notara pero su soberbia creciente le decía que debía matarlo ahora que tenía la oportunidad, decidió hacerle caso a su soberbia puesto que nunca había sido un cobarde.
El mounstro se acercó al cuello de la rubia respirando aun su aroma, incitándola a permitirle acercarse un poco más, ella a cambio movió lentamente su cabeza hacia atrás abriendo así las puertas a su atacante para que obtuviera acceso a su garganta. Entrelazó su otra mano con la de él mientras con la que lo había tomado sujetaba su cabeza como acercándolo aun mas a ella, fue entonces cuando él comenzó a lamer lentamente la sangre de su cuello como si fuera el manjar mas delicioso que alguien hubiese probado, la doncella de ojos azules no parecía tener inconveniente alguno con los movimientos del mounstro ya que permanecía inmóvil aunque en su faz podía notarse que estaba muy sonrojada. No fue el único que notó esto último, también el demonio que la tenía puesto que estaba complacido con ello: estaba seduciéndola de una manera magistral y ella caía en su trampa irremediablemente, no se defendía ni intentaba alejarlo antes bien lo acercaba cada vez más a ella y peligrosamente a su cuello. De pronto después de varios minutos de cautivarla con sus miradas y de retirar el exceso de sangre de su garganta llego el momento que estaba esperando desde el principio: El demonio abrió la boca dejado al descubierto sus afilados colmillos y los clavó en ella; esperaba oírla gritar de dolor y desesperación como la que había sentido él cuando lo habían mordido hacia apenas unas horas pero ella no lo hizo, antes bien profirió otro sonido muy diferente: gimió de placer como si la mordida del vampiro – porque era un vampiro a pesar de ser un maldito demonio – le llevara a un éxtasis inimaginable, cerró su mano aun con más fuerza intentando aferrarse a él y la vio abrir los ojos: azules, luego rojos y al final rojos brillantes y ardientes muy parecidos a los suyos; su vampiresa – pensó totalmente perdido – ahora la joven es suya. Cuando por fin terminó de beber de ella, la levantó un poco y luego le vio posar sus labios suavemente sobre los de la joven, como un beso silencioso y sutil, casi como una caricia no tanto lujuriosa sino ¿amorosa?, la joven contestó acariciando su rostro para después caer inconsciente y para su sorpresa su cuerpo se convirtió en un polvo muy fino, casi parecido al humo que se disipó en el aire dejando al mounstro solo y sonriendo macabramente.
No supo cómo, pero estaba delante de él y no era precisamente porque el demonio se hubiera movido de lugar, aparentemente habían caminado – él y todos los demás – hacia al frente mientras presenciaban aquel espectáculo de elegante erotismo, aquel ser se puso de pie y paso su mirada encima de todos ellos. Su presencia imponía, ahora que estaba cerca su aura se sentía millones de veces más pesada que antes; se sentía frustrado y terriblemente asustado, no podía moverse ni una decima, intentaba no solo obligar a sus piernas a correr lejos sino tan solo emitir un movimiento pero ellas se negaban, sentía una presión muy fuerte en el pecho que le impedía respirar y que le causaba un dolor punzante casi como si también su corazón se hubiera acobardado y no deseara latir. Había cometido un error y estaba cerca de su muerte ¿Cómo era que la joven moribunda había soportado tal opresión? De cualquier manera ya no importaba, ella también había muerto ahora y no podría contestarle.
- Muy buenas noches tengan todos ustedes, caballeros – saludó el mounstro a él y sus compañeros, otra vez esa voz que resonaba en todas partes y parecía venir de ningún lugar lo acobardaba, solo que esta vez no era una voz infantil sino un barítono profundo – ¿a que debo el honor de su presencia? He notado que me han escoltado en mi camino y que me han acompañado en mi deliciosa cena, me habría gustado ser un poco más amable y compartir de mi exquisito manjar pero debo disculparme puesto que un banquete como ese lo reservo celosamente para mí.
Intentó hablar pero su boca no profirió palabra alguna, parecía tener un nudo en la garganta. Era aterrador que tan solo con su presencia pudiera congelarlos de tal manera a ellos que eran un grupo de vampiros malvados y que sobretodo le superaban en número, el vampiro estaba siendo amable pero no confiaba en él, su instinto le había advertido con anterioridad que debía huir y le había hecho caso a su soberbia, ahora debía hacerle caso por primera vez.
- ¿Qui Quien eres tú? - tartamudeó pero consiguió por fin que por lo menos saliera una palabra de su boca - ¿Qué eres tú?
- Soy un asesino – contesto él y aunque no lo hubiera dicho anticipadamente lo sabía.
Debían moverse rápido, no tenia intensiones de huir ahora aunque era una idea con la que estaba coqueteando secretamente; "Debemos matarlo" – pensó enfadado intentando encontrar una solución – "debemos hacerlo antes de que él nos mate a nosotros". Su instinto de supervivencia hablo por él, ya no se sentía tan pesado como antes era como si la adrenalina de sentirse a punto de morir estuviera actuando sobre de sí mismo:
- Mátenlo, mátenlo, mátenlo – gritaba con desesperación mientras los ex convictos que habían entendido perfectamente su motivación levantaban sus armas y corrían hacia él con intensiones de atacar.
En las expresiones de sus compañeros se veía el horror y la angustia que provocaba el mounstro, era como si no fuera él el único que había sentido que la mirada de ese ser lo traspasaba volviéndole transparente ante él, pero también ahora se veía en ellos la esperanza de poder destruirlo y vivir tranquilamente lejos de su espantosa vera; había algo en ese ser que los hacía sentirse asechados, como si los hubiera marcado y no les permitiera alejarse de su presencia. Corrieron hacia el mounstro y lo despedazaron como pudieron, rompiendo huesos y disparando con las pocas armas de fuego que tenían pero sorprendentemente el asesino no se movía ni se defendía, dejaba que lo maltrataran y lastimaran sin oponer resistencia; no sabía que pensar al respecto de esto porque era demasiado fácil, no podía ser tan fácil, alguien con la magnitud de sus poderes debía poder hacer más que solo eso.
Cuando por fin lo habían dejado como una masa de huesos sanguinolenta en el piso se alejaron de él tirando los palos, piedras y demás objetos con los que lo habían lastimado. Estaban hambrientos pero no se atrevieron a probar su sangre, tanto él como los demás sabían que ese liquido de delicioso aroma estaba peor que maldito así que lo dejaron de lado a pesar de que era tan atrayente como el de la hermosa rubia que anteriormente había estado con él, solo que esta vez era más embriagante y más poderoso. Suspiraron aliviados y le observaban mientras retrocedían, tenían el temor de que de pronto de levantara o se moviera, era horrible sentir esa zozobra ¿si ya estaba muerto porque aun sus espíritus no estaban tranquilos? ¿Por qué aun se sentían asechados? Si es que ese demonio iba a levantarse debían correr rápido, tan rápido que no pudiera alcanzarlos.
Se dieron la vuelta para entrar de nuevo al bosque cuando de pronto vieron el panorama un poco más sombrío, la luz de la luna brillaba sobre ellos pero parecía que se veía más opaca cada vez, algo se estaba comiendo la luminosidad del ambiente y ahora todo estaba empezando a carecer de brillo, el ambiente era no solamente frio sino gélido y causaba en ellos escalofríos. Miraron al cielo pero no había nubes que ocultaran la luna ¿Cómo era entonces que estaba cada vez más y más sombrío todo? No era neblina, eran sombras. Hubo un momento en el que volvieron a sentir el aire tan pesado que de nuevo tenían dificultad para respirar y ahí estaba de nuevo: Cada gota de sangre del mounstro se estaba levantando del piso al parecer elevadas por una fuerte ventisca, la luna no brillaba blanca y clara como usualmente lo hacía sino era roja, roja como la sangre y ardiente como los ojos del demonio, todo estaba cada vez más opaco y les impedía ver sus propias manos, a lo lejos podían escuchar chillidos de murciélagos que se comunicaban entre si y que parecían venir de todas partes pero no podían detectar exactamente de donde.
Comprendió que no podían escapar y que habían caído en su trampa, ellos los cazadores se habían convertido en presas, nunca debieron haber seguido a la rubia y mucho menos ir a presenciar la cena del mounstro ¿habrían tenido opción? Era muy probable que no, de alguna u otra manera había llegado al entendimiento que eran el objetivo final del autoproclamado asesino y que si no lo hubiera hecho de esa forma se habría inventado otra: estaban en sus manos y a él le gustaba jugar con ellos ¿Cuál era su motivación? Era obvio que demostrar su superioridad, la joven que lo había alimentado había sido un hecho circunstancial, una pobre victima de su maldad igual que ellos. Todo estaba conforme a su plan, cada movimiento había sido calculado por él, incluso el cómo lo atacarían, eran sus marionetas y no había nada que hacer ahora más que luchar en su contra con la mínima esperanza de salir invictos; ahora comprendía que no había nada que perder puesto que ya estaba todo perdido.
El demonio-vampiro estaba completamente regenerado y en esa obscuridad que ya los había cubierto por completo solo podían observar los brillantes y horrendos ojos de su verdugo y sus blanquísimos dientes que mostraban una sonrisa macabra. No podía haber nada peor, debía haberse quedado en su celda tranquilamente o haber corregido el rumbo cuando había podido pero ahora era demasiado tarde. Escucharon un aullido, estaba cerca podía sentirlo, definitivamente había algo debajo de ellos moviéndose por doquier a una velocidad increíble ¿el demonio se había movido? No, ahí estaba aun riendo con su estúpida sonrisa cruel en su dura expresión facial, por lo tanto era algo más ¿Qué era? ¿Era un lobo? y sobretodo ¿Qué estaba haciendo? Los olfateaba, estaba eligiendo a su presa de pronto no pudo evitar escuchar un grito fuertísimo y el crujir de unos huesos que estaban siendo despedazados, si eso era un lobo o un perro debía ser enorme y parecía que los estaba masticando.
Era frustrante no poder ver nada y sin embargo sentirlo todo, escucho la risa del monstruo resonar por todos lados y vio unos destellos acompañados de sonidos de disparos; el asesino tenía en su poder dos armas que accionaba con cada mano, gracias a la luz que producían las detonaciones pudo verlo: era un perro enorme color negro con ojos rojos, fácilmente tendría tres pares de ojos y unos dientes horribles y puntiagudos muy parecidos a los del vampiro, parecía tener y no tener cuerpo puesto que se ocultaba en la sombra y salía a placer para volver a atacar. Tuvo la desdicha de tenerlo frente a él pero no le atacó, atacó a alguien más de sus compañeros; casi los tragaba enteros y cuando abría su boca podía ver las llamas infernales en su interior y no solo eso también podía sentir su calor: el hocico de ese perro era la entrada al averno, ese demonio tenía bajo su control un cancerbero que actuaba como su guardián.
Por otro lado a los vampiros que mataba con sus pistolas parecían tener una muerte igual o peor que la que les proporcionaba el perro infernal, no les disparaba a matar sino que parecía complacerse con su desdicha lastimándoles y burlándose y hasta el último momento cuando ya estaba hasta cierto punto hastiado de humillarlos les regalaba el don morir incrustándoles una bala en el corazón. Los últimos sin embargo parecían estar siendo tragados literalmente por la tierra, podían sentir como las sombras que se encontraban bajo sus pies les acariciaban como si tuvieran vida propia y no les permitieran moverse a voluntad; estaba seguro que esas sombras los jalaban y los devoraban igual que el maldito perro pero eran más viscosas y ardientes que intangibles.
Gritos y alaridos desesperados se escuchaban por doquier, crujir de huesos y suplicas que no eran escuchadas martillaban sus oídos haciéndole pensar que estaba viviendo su condena en vida, no sabía si quería quedarse o imploraba porque el horroroso ser lo mandara a aquel lugar que había visitado unos momentos antes de renacer como vampiro, ese lugar donde los demonios querían hacerse de él parecía hasta cierto punto más soportable que lo que experimentaba ahora, quería que todo terminara y no estar con la angustia de lo que fuera a pasarle. De pronto lo vio, era un destello plateado en esa inmensa obscuridad: una hermosa espada estaba enterrada en el piso, se veía como su última esperanza, corrió como pudo, se arrastró incluso para atraparla.
En cuanto la toco sintió como sus manos ardían y su piel se despegaba de ellas como si estuviera sufriendo una quemadura muy potente ¿De qué estaba hecha? A juzgar por el color y el brillo del metal parecía plata y si le quemaba tanto a él que era un vampiro debía haber estado bendita ¿significaba eso que alguien había intentado matarle antes? ¿Y si esa espada pertenecía a la rubia que había sido su víctima en primera instancia? Recordaba que tenía un corte en el cuello, ahora todo concordaba: probablemente la rubia había ido a matarle pero había fracasado en su tarea, ya que tenía previamente una herida en el cuello quizá de un enfrentamiento anterior. Tomarla representaría un dolor intenso y probablemente su muerte, pero también representaba la esperanza de que esa bendición matara al demonio que estaba aniquilando cruelmente a sus compañeros; Se iría al infierno probablemente a manos del monstruo pero se encargaría de llevárselo consigo.
Intentó dolorosamente sacarla del piso, no era que la espada estuviera muy pesada o encantada como Excalibur pero lo que le impedía hacerlo bien era que lo quemaba a cada intento, sentía como las yemas de sus dedos se desintegraban a su contacto, repentinamente dejo de escuchar ruido alguno: ya no había más llantos, ni suplicas, ni gritos solo escuchaba al perro masticar algo, como la ultima parte de una de sus víctimas; no pudo evitar girar a verlo, yacía ahí acostado en el piso como cualquier perro que juega con su hueso, el demonio lentamente caminó hacia ahí, se acerco a él y se agacho a acariciar su pelaje mientras le veía con esa horrenda mirada que parecía traspasarle hasta el alma:
- ¿De verdad quieres esa espada? – dijo dirigiéndose a él sin dejar de acariciar a su mascota - ¿Crees que con ella tienes una esperanza de deshacerte de mí? Entonces ¡sácala, anda y no tardes! Demuéstrame que eres digno de tomarla bajo tu poder, demuéstrame que eres digno de tenerla como digno fue su dueño – parecía tener no solo soberbia sino un dejo de orgullo al hablar de la persona anterior que la había usado - ¡Vamos! ¿o es que te darás por vencido solo porque hace un poco de daño?
- ¡No! – no pudo evitar gritarle, aunque estaba adolorido no iba a dejar que su ánimo decayera, la soberbia de ese ser seria su propia perdición - ¡No me daré por vencido! La sacaré aunque en eso se me vaya la vida, la sacaré y con eso terminare con tu existencia maldito demonio, aun si eso es mi ruina te hare un juramento: De seguro me iré al infierno, pero te llevare conmigo.
Intentó de nuevo, seguía quemando cada vez mas y mas, veía sus dedos desintegrarse; se quito la camisa y con ella cubrió sus manos intentando que esto aminorara el dolor de la bendición, logró hacerlo pero cuando salió ya no tenía manos con que sostenerla: se habían convertido en cenizas, gritó y chilló del dolor agudo que esto causaba e incluso cayó al suelo, pero ese macabro ser lo seguía observando ya no con interés sino con decepción:
- ¡Qué decepcionante eres! – se levantó y caminó hacia él con un gesto de rabia profunda – de verdad creí que serias la excepción y no como la demás escoria que acabo de aniquilar. No eres mejor que ellos y no mereces ni siquiera tocar la empuñadura de esta preciosa arma, la deshonras y deshonras a su dueño.
Tomó la espada del suelo, para su terrible sorpresa no le dañaba ni siquiera sacaba humo de sus manos como lo hacía con las de él:
- ¿Qué clase de demonio eres? – preguntó aterrado - ¿Qué eres tú?
- Soy un autentico vampiro – fueron las únicas palabras que dedicó a él antes de que sintiera como un liquido caliente salía de su pecho y ardía desintegrándose al contacto de la navaja bendita, hubo un dolor muy punzante y fuerte y de pronto todo terminó.
Sir Integra Fairbrook Wingates Hellsing vio como la obscuridad se disipaba y todo volvía a la normalidad lo cual significaba que Alucard había terminado su trabajo, era imperativo que volviera pronto: había una vampiresa que no se movía y que tenía totalmente asustados a sus subordinados. Seras Victoria había aparecido delante de ellos de una manera poco usual: unas motas de polvo habían llegado con el viento hasta donde ellos y se reunieron de pronto dejando salir de ellas a la draculina que en cuanto volvió a ser ella se desplomo en el piso como si estuviera desmayada o peor aún, muerta. Andrew Rumsfeld la había levantado y checado completamente, no se movía, no respiraba y su corazón no latía pero sobretodo estaba helada, habían intentado despertarla pero ella parecía no hacerles caso, ella misma había intentado ordenarle despertar pero sus palabras habían sido ignoradas: No pudo evitar sentir miedo de perderla.
De aquella bruma apareció el conde, tenía entre sus manos la espada de Seras y se acercaba lentamente a ellos sonriendo como usualmente lo hacía.
- Ven acá Alucard – gritó desesperada - ¿Qué demonios le hiciste a Seras? ¿Por qué no despierta?
- No le he hecho nada – contestó el convincentemente – debe estar durmiendo.
- Pero… no respira, su corazón no late, esta helada – fue lo único que pudo tartamudear debido a la impotencia que causaba verla así.
- Esta durmiendo Integra ¿Qué acaso nunca has visto a un vampiro dormir? – se burló de ella y no pudo evitar enfadarse con ese pedante vampiro que quería insultar a su inteligencia, lo vio quedarse de pie delante de Rumsfeld quien abrazaba cariñosamente el cuerpo de la draculina – Seras Victoria, despierta… no es hora de dormir, la noche acaba de empezar.
La vampiresa inmediatamente abrió su par de ojos rojos y lentamente se incorporó estirando sus brazos como si hubiera sido víctima de un sopor intenso, respiró profundo y parecía olfatear algo que aparentemente era de su agrado. Giró a ver a Andrew mientras con sus delgados brazos se abrazaba a sí misma:
- Tengo mucho frio Andrew – le dijo con una voz extremadamente dulce – por favor, ayúdame, por favor
- Si señorita – contestó el mientras se quitaba la chamarra y se la entregaba.
- Abrázame – fue lo único que respondió mientras la cubría, él se puso muy rojo y no supo que decirle – abrázame, tengo miedo, estoy muriendo y tengo miedo
- No señorita, usted no morirá – contestó el tranquilizándola mientras se acercaba tímidamente – yo haría lo que fuera por salvar su vida.
- ¿Lo que fuera? – preguntó la draculina mientras sus hermosos ojos rojos relucieron de deseo - ¿Cualquier cosa?
- Daria mi vida por usted – la abrazó con lentitud y ella correspondió a su abrazo, acaricio su rostro con el de él obligándole a despejar su cuello.
- Entonces, dámela – el recluta se quedó inmóvil y parecía estar bajo los efectos de una droga muy fuerte puesto que no se movía, ella se acercó aun más y de pronto lo comprendió todo: La draculina tenía hambre y estaba reclamando al soldado como su cena.
Alucard le jaló del brazo con suavidad mientras cubría su boca con la otra mano haciéndola apoyar su espalda involuntariamente sobre su pecho inmovilizándola así:
- Recuerda mi amada sirviente – su voz sonaba condescendiente – no tenemos permitido comer a nuestros subordinados.
- Pero, amo… yo – ella había volteado a verlo de frente y lo abrazó con dulzura – yo estoy muriendo, amo ¿tú también quieres verme morir?
El conde sonrió a la jovencita y dejo salir una carcajada enorme
- No tienes idea de lo peligrosa e inofensiva que eres, draculina – contestó él aun sonando condescendiente – eres muy diferente a todas las vampiresas que he conocido, casi logras que este pobre diablo te regalara su sangre por su propia voluntad y estas intentando lo mismo conmigo. Si no fuera quien soy probablemente habría caído en tu trama. Pequeña, no estás muriendo… Yo te mate hace treinta años, ahora eres inmortal como yo, no puedes usar esa excusa conmigo.
- Maestro ¿por qué me mataste? – preguntó sinceramente aun con ese tono extremadamente dulce, tan dulce que podía llegar a hastiar. Alucard se quedó callado unos segundos antes de contestar, como meditando su respuesta.
- Bien, si no morías ¿Cómo habría de traerte conmigo? – parecía que la respuesta se había salido de sus labios sin pensarlo demasiado - ¿Acaso no te gusta acompañarme, Seras Victoria?
- Sí señor, es un placer acompañarle
La vampiresa estaba encariñando al conde, no parecía ser ella aun, más bien parecía que estaba intentando hacer lo mismo con el que con Rumsfeld: obtener alimento, nunca la había visto así, actuaba raro pero al menos no tan dañina como esa tarde. Alucard solo se reía de los intentos fallidos de la joven por embelesarlo para cumplir sus deseos.
- Sé que tienes hambre – dijo el príncipe a Seras – y también se que en parte es mi obligación proveerte de aquello de lo que yo mismo te he despojado. Anda pues, si quieres beber de mi no opondré ninguna resistencia. – desabrocho los primeros botones de su camisa permitiéndole así morderle.
Seras Victoria se sentía locamente atraída por el aroma de su maestro, moría de hambre y aquello prometía ser lo más delicioso que probaría en su existencia, no podía evitar sentir como su boca se deshacía por el antojo de probar por lo menos una gota de su sangre, cerró los ojos, abrió los labios justo para morder suavemente su piel pero un recuerdo y un sentimiento le golpearon lo suficiente como para traerla de nuevo al mundo real: Si bebía la sangre de Alucard seria libre, entonces ya no habría nada que la uniera a él ni a Hellsing, si bebía por lo menos un poco ya no podría verlo a él ni tampoco a Integra y eso dolía mucho ¿De verdad valía la pena intercambiar su sed por su vida? No sabía exactamente qué pasaba cuando una vampiresa bebía la sangre de su maestro ni cuáles eran las repercusiones que traería consigo semejante acción pero ella tenía mucho miedo, demasiado y no podía expresárselo a Alucard porque sabía que él se burlaría de ella y de sus sentimientos.
Se separó de él, ahora comprendía porque cuando la había herido parecía tener cara de dolor, era muy difícil alejarse del fruto deseado y aun mas cuando estas hambriento. Él la miró con sorpresa, parecía que no esperaba esa acción repentina de su parte, su expresión cambió de la sorpresa a la desaprobación y luego al enojo:
- No puedo creer que después de todos estos años no hayas cambiado ni un poco, draculina – su ira se reflejaba en su voz como si lo hubiera decepcionado profundamente – ¿prefieres morir de hambre a beber mi sangre? Pero que patética eres, eres tan patética como esos pobres diablos a los que acabo de enviar al infierno. Tienes tanto miedo de ser libre que prefieres vivir siempre bajo mi sombra ¿Acaso aun te aferras a esa humanidad que poseías? ¿Piensas que si bebes de mí ya no habrá vuelta atrás? Ya no hay vuelta atrás, renunciaste a eso desde el momento que tomaste mi mano aquella noche en que te convertí en mi sirviente. Ahora te muestras así porque sabes que no podrás andar por la noche sola, estoy decepcionado de ti: no eres digna de ser llamada mi draculina.
- ¿Es por eso que quieres deshacerte de mí? – le había hecho llegar al límite de su enojo, había estado triste pero con la humillación que estaba causándole ese sentimiento había cambiado tan pronto que no pudo notarlo – ¿Es por eso que no me quieres mas como tu sirviente, porque soy indigna? ¿Entonces porque me mordiste esa noche? ¡Debiste haberme dejado morir!... Tú, Tú eres el patético… tú lo eres más que yo porque por lo menos yo tengo un motivo que me lía a la existencia sin embargo, ¿Qué tienes tú? Quieres llamar a mi motivo humanidad, anda pues, soy humana y no me avergüenzo de ello.
- Si tienes un motivo para existir tal como lo dices – en el rostro de su maestro se reflejaba el enrojecimiento de sus mejillas a causa de la ira que sentía - ¿Qué te tiene aquí? Vete lejos, vete de aquí y persigue aquello que deseas
No pudo evitar reírse de él, que torpe era… ¿Qué la tenia ahí? ¿Qué no era obvio? ¿Necesitaba decírselo aun más simple, necesitaba gritárselo de viva voz para que lo viera?
- Me sorprende que tú siendo alguien que sabe más de 5 idiomas, que has leído miles de libros y que quizá no haya conocimiento que no puedas llegar a comprender y dominar seas tan ingenuo. Que aun tú que eres un hombre que ha caminado sobre esta tierra por siglos no conozca algo que yo sí que solo tengo escasas décadas de existencia.
- ¡Nadie nunca me había hablado así! - le gritó indignado mientras la tomaba con fuerza del cuello levantándola del piso - ¡Por menos que esto yo…!
- Tú – lo interrumpió puesto que sabía perfectamente lo que diría – tú, ¿Qué vas a hacerme?, no te tengo miedo, yo no te temo en lo absoluto… ¿Qué no lo comprendes? ¿No comprendes que no importa que tan cruel seas, que tantos errores cometas, ni cuánto me humilles si hay alguien que estará contigo acompañándote por el resto de la eternidad ese alguien soy yo?
- Tú… - él tartamudeó pero lo ignoró
- ¿Podrías guardar silencio por lo menos una vez? Estoy diciéndote algo importante, tan importante que probablemente nunca te lo vuelva a decir así que pon atención – estaba nerviosa y sentía que probablemente fuera a desmayarse, nunca se había atrevido a gritarle a su maestro y mucho menos de esa forma pero sobretodo no habría pensado que haría y diría lo que estaba a punto de hacer y decir – Me prometí que me quedaría contigo hasta que tú lo desearas… me quedo contigo porque... porque
No quería decirlo, no podía decirlo porque de verdad era una cobarde y porque probablemente a él no le importara, las palabras se agolparon en su garganta negándose a salir y ahora podía sentir como temblaba de miedo sin poder evitarlo, él sin embargo se había quedado inmóvil, totalmente sorprendido y parecía aun indignado por el regaño que había recibido de ella sin embargo obedeció su orden, lo cual era inverosímil.
- Yo, yo qui… - no pudo decirlo solo supo que un pensamiento escapó de su cabeza – Lo siento Integra
Le tomó del brazo y lo jaló hacia ella poniendo su mano sobre su nuca, tuvo que pararse de puntas para alcanzarlo. No supo cómo pasó ni de donde había obtenido el valor pero solo sintió como sus labios chocaban contra los de él fundiéndose en un cálido beso; quizá esta sería la única oportunidad que tendría así de debía hacerlo bien, nunca había besado a nadie, una vez Pip le había robado uno pero esta vez era diferente: esto era un regalo que trascendía el deseo, llevaba toda su alma y todo lo que sentía "No sé cómo decírtelo, no tengo manera de explicarlo" – pensaba mientras intentaba que él pudiera sintiera lo que ella – "Te amo… por favor no me hagas decírtelo que me moriría de pena". Aparentemente lo había tomado por sorpresa puesto que estaba inmóvil y con los brazos abiertos pero después de un segundo la abrazó con fuerza aferrándola hacía él y tomó el control del beso que ella intentaba regalarle: Era dulce, era suave pero también apasionado e intenso, era como él… delicioso, quizá estuviera a punto de morir - aunque fuera inmortal - y si había algún cielo para alguien condenado como ella ese era. Era íntimo, estaban hablándose el uno al otro aunque no hubieran palabras ni pensamientos de por medio, nadie más podría interferir en algo tan sublime como eso: no estaba sola besándolo, estaban juntos. Su calidez había alejado el frio que sentía, y la suavidad de sus labios había apagado su sed, deseaba que ese momento durara para siempre pero sabía que no era posible.
Se separó lentamente de él, sabiendo que lo que hacía estaba prohibido y que estaba traicionando a su hermana que en ese momento tenia la desdicha de observarlo todo. El conde se quejó un poco, como si tampoco él quisiera que lo separara de ella. Lo miró a los ojos y parecía aun sorprendido
- Te dije que me quedaría hasta que tú lo desearas – continuó – y creo que ese momento ha llegado… hasta luego maestro
Abrió sus labios mostrando sus afilados colmillos e intentó morder su cuello en busca de la sangre que habría de darle su libertad, pero no pudo. Alucard la había vuelto a tomar por el cuello y la había lanzado lejos de él hacia el piso, le dolió mucho puesto que él era muy fuerte
- No te lo permitiré, ha pasado tu oportunidad de ser libre – dijo él, parecía enfadado y confundido – no quisiste aceptarla en el momento en el que te lo ofrecí pues ahora tendrás que soportar la eternidad como mi sirviente y acatar mis órdenes, espero que ahora no te arrepientas no haber tomado una mala decisión. Ahora sirviente, te quiero fuera de mi vista ¡Vete a tu mazmorra y espera mis instrucciones!
Se levantó, tenía el corazón roto ¿Cómo había esperado que alguien como él pudiera sentir algo?, había algo mas adolorido y aun mas destrozado que su propio cuerpo dentro de ella.
- Como ordenes mi amo – se quito el moño del cuello y lo dejo ir en el viento mientras veía a Integra quien le regresaba una mirada triste, se convirtió en niebla y se alejo de él.
