HOLA A TODAS MIS QUERIDAS LECTOR S.
PIDO DISCULPA POR LA CONFUSIÓN DE AYER. CREO QUE EL CONTADOR DE LOS CAPÍTULO FUE EL CAUSANTE DE MI CONFUSIÓN. AGRADEZCO A SUS COMENTARIOS ASÍ SUBSANARE MI ERROR.
BUENO AQUÍ LES TRAJE EL CAPÍTULO QUE FALTAN
Capítulo 9
Elizabeth estaba haciendo recados el lunes por la mañana cuando empezaron a caer las primeras gotas. Pero mientras corría hacia el coche, empujando el cochecito de Brice, la primera página de un periódico llamó su atención. Era una fotografía en blanco y negro de Fitzwilliam, Brice y ella frente al edificio del ático.
Ella estaba tocando la cara de Fitzwilliam, tocando las cejas tan parecidas a las de su hijo, recordaba ahora, aunque la fotografía hacía que pareciese un gesto más íntimo.
El titular decía:
¿Otro heredero cuestionable para los Darcy? Esta vez, el vicepresidente de Pemberley City, S.A. no parece dispuesto a reclamarlo como hijo suyo.
Y su miedo aumentó al leer la primera parte del artículo. No sólo cuestionaba la paternidad de Brice y hacía insinuaciones sobre la personalidad de la madre, que vivía ahora en el ático de Fitzwilliam Darcy, sino que recordaba los horribles detalles del divorcio de Fitzwilliam y la dolorosa revelación de que Caden no era hijo suyo.
Elizabeth podía imaginar la reacción de Fitzwilliam al saber que su vida privada volvía a ser objeto de escándalo.
Después de pagar por el periódico lo guardó en la bolsa de los pañales y miró alrededor, buscando su coche. Tenía que hablar con Fitzwilliam, ofrecerle algo de consuelo.
Decidida, colocó a Brice en su silla de seguridad y se sentó frente al volante… pero el coche no arrancaba.
—¡No, hoy no! —exclamó, golpeándolo con el canto de la mano.
Fitzwilliam estaría en su oficina, pensó… tenía que encontrar un teléfono y llamarlo de inmediato. Desgraciadamente, no tenía móvil aún, pero lo tendría antes de que acabase el día, decidió. Recordaba haber pasado frente a una cabina telefónica un par de manzanas atrás.
Elizabeth salió del coche, volvió a meter a Brice en su cochecito y, después de tapar al niño con una manta, empezó a correr calle abajo.
Fitzwilliam estaba de mal humor cuando salió del ascensor. Normalmente llegaba a la oficina a las siete y media, pero había tenido un desayuno de trabajo, seguido de una reunión con el banco, y luego se había encontrado en medio de un atasco. Eran casi las diez y en menos de quince minutos tenía una conferencia transatlántica y una reunión con varios de sus jefes de departamento sobre el proyecto de expansión en Londres.
Lydia iba detrás de él, diciéndole quién le había llamado mientras se quitaba la chaqueta mojada. Estaba lloviendo y había empezado a tronar. Todo lo que decían de los lunes era verdad, decidió.
Y eso fue antes de ver el diario sensacionalista que su secretaria había dejado sobre los periódicos que leía cada día.
—Lo siento, señor Darcy, pero imaginé que querría verlo —se disculpó Lydia cuando Fitzwilliam soltó una palabrota.
No quería verlo, pero había leído el titular de todas formas.
—¡Ponme con mi abogado!
La joven asintió con la cabeza, pero se quedó en la puerta.
—¿Hay algo más?
—La señorita Bennet ha llamado por teléfono dos veces en la última hora. Imagino que también ella ha visto el periódico.
Fitzwilliam cerró los ojos mientras dejaba escapar un largo suspiro. Y pensar que había creído que todo aquello había terminado ya.
Pero ahora no sólo hablaban de su pasado, sino que arrastraban a Elizabeth y Brice por el barro. Y allí iban a rodar cabezas.
—Llámala por teléfono, haz el favor.
—Es que no ha dejado ningún número.
—¿No estaba en casa?
—No, llamaba desde una cabina —contestó Lydia—. No es que sea asunto mío, señor Darcy, ¿pero no cree que la señorita Bennet podría ser la fuente?
Fitzwilliam la miró, perplejo.
—¿Qué podría ganar Elizabeth convirtiéndose en el centro de un escándalo?
—No lo sé. Algunas personas disfrutan con ese tipo de notoriedad. La señorita Bennet apareció aquí estando de parto, entró en la sala de juntas cuando estaba usted en medio de una reunión… —Lydia tosió delicadamente—. Y ese tipo de historias se pagan bien.
—¿Crees que Elizabeth le vendió la historia a City Talk por dinero?
—Espero que no porque usted ya ha sufrido suficiente. Y si puedo ayudarle en algo, dígamelo. Pero me ha parecido que debía comentárselo, ya que muchas de las que cosas que han publicado son… información privada. ¿Quién más podría saber que la había dejado vivir en su ático aunque usted sospechaba que el niño no era hijo suyo?
—¿Qué quieres decir?
—Usted mismo contrató a un detective privado para investigar su pasado.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque yo misma me he encargado de la factura de Gil Rogers —explicó Lydia a toda prisa. De modo que también debía haber leído el informe del investigador. Fitzwilliam levantó una mano.
—No sigas, Lydia. Mucha gente podría saber esos detalles que, por cierto, no coinciden con la verdad. Por eso sé que Elizabeth no tiene nada que ver. En cuanto al dinero, la señorita Bennet es ahora mismo una mujer rica.
—¿Ah, sí?
—Pero estoy de acuerdo en que esta información tiene que haberla pasado alguien que está dentro de la organización y cuando descubra quién ha sido lo echaré a la calle. De hecho, lo mejor sería que esa persona se marchase ahora mismo, antes de que yo tenga que pedírselo.
Lydia palideció y Fitzwilliam tuvo la sensación de que había encontrado a su Judas.
—Señor Darcy…
—Si Elizabeth vuelve a llamar, pásamela inmediatamente.
—Pero la conferencia…
—Interrúmpeme si hace falta. Ella es más importante.
Cuando empezó la conferencia Fitzwilliam aún no sabía nada de Elizabeth y no le gustaba en absoluto. ¿Dónde estaba? ¿Habría leído el artículo? ¿Estaría siendo perseguida por reporteros? Desgraciadamente, no tenía más remedio que esperar.
Pero su humor no mejoró mientras el jefe del proyecto de expansión le hablaba sobre el incremento de los costes y un par de problemas con los que se había encontrado el equipo de construcción.
—¿De cuánto dinero estamos hablando?
La suma hizo que soltase una palabrota y, desde la puerta, Lydia se aclaró la garganta.
—Espera un minuto, John. ¿Ha llamado Elizabeth?
—Está aquí.
—Menos mal —suspiró Fitzwilliam—. Dale una taza de café… o té, lo que prefiera mientras termino. Dile que estaré con ella en cinco minutos.
Pero pasó casi media hora hasta que por fin pudo dar por terminada la llamada.
Le había costado trabajo concentrarse en la conversación teniendo a Elizabeth al otro lado de la puerta, especialmente cuando oyó que Brice empezaba a llorar.
Cuando por fin pudo colgar el teléfono y salir del despacho se quedó helado al verla.
—¡Dios mío! ¿Estás bien?
—Sí, sí, estoy bien —contestó ella. Pero no parecía estarlo. Tenía el pelo pegado a la cara, empapado como su ropa. El pobre Brice, mucho mejor gracias a la capota del cochecito, ahora estaba tomando el biberón, tan tranquilo.
—¿Qué ha pasado?
—Tenía que verte.
—Pero estás empapada.
Y helada también porque estaba temblando. Fitzwilliam la ayudó a quitarse la chaqueta mojada y puso la suya sobre sus hombros, sentándose a su lado en el sofá de piel, el mismo en el que se había sentado cuando estaba de parto.
—Me ha pillado la lluvia y, además, mi coche se volvió a estropear.
—Ese cacharro es un peligro.
—Sí, desde luego. Creo que lo voy a mandar al cementerio de automóviles hoy mismo. Pero no es por eso por lo que estoy aquí. No sé cómo decirte esto, pero…
—Has visto el artículo en City Talk.
—¿Lo sabes?
—Sí, Lydia me ha traído un ejemplar del periódico —Fitzwilliam arrugó el ceño—.¿Por eso has venido corriendo?
—Te llamé desde una cabina, pero no lograba encontrarte y pensé que sería mejor decírtelo en persona. Lo siento muchísimo.
—No es culpa tuya. Brice y tú sois tan víctimas como yo. Más aún, en realidad. A ti te han arrastrado por tu relación con los Darcy.
—Es un apellido estupendo. Y uno por el que merece la pena luchar.
—Y pienso hacerlo —dijo Fitzwilliam—. Ya he hablado con mi abogado para demandar a ese periódico y cree que tenemos el caso ganado. Han publicado medias verdades y mentiras sin tomarse la molestia de verificar los hechos.
—Dímelo a mí. Me han convertido en una especie de… —Elizabeth sacudió la cabeza, dejando la frase a medias.
—Siento mucho que tengas que pasar por esto —se disculpó él.
—No importa, yo soy muy fuerte.
—Lo sé —murmuró Fitzwilliam. Pero ella no merecía lo que estaba pasando—.Bueno, vamos a casa para que puedas quitarte esa ropa mojada.
Elizabeth no esperaba que Fitzwilliam se quedase. Especialmente después de ver a un fotógrafo en la puerta. El conserje les había dicho, además, que un par de fotógrafos
habían intentado colarse en el portal.
Pero no se marchó. En lugar de eso se ofreció a cambiar al niño mientras ella se daba una ducha caliente.
Elizabeth lo hizo a toda velocidad, sujetándose el pelo mojado en una coleta y sin molestarse con el maquillaje. No quería hacerle esperar mucho rato porque imaginaba que tenía que volver a la oficina. Pero cuando se reunió con él en el salón, Brice estaba dormido y Fitzwilliam no parecía tener prisa por marcharse.
Estaba sentado en el sofá, con un pie sobre la mesa de café. Se había quitado la chaqueta y estaba subiéndose las mangas de la camisa.
—Es casi la hora de comer. ¿Tienes hambre?
—No, ¿y tú?
—No —contestó Elizabeth, sentándose a su lado. En realidad, sentía náuseas desde que vio el titular del periódico.
—He llamado a mis padres para contárselo, pero un vecino había visto el periódico esta mañana y ya les había dado la noticia.
—¿Y qué han dicho?
—Bueno, no les ha hecho mucha gracia, la verdad, pero estaban más preocupados por mí —Fitzwilliam sonrió—. Y por ti. Se alegran mucho de que te mudes a la casa de invitados. Brice y tú estaréis más cómodos allí. Mis padres se encargarán de ello.
—¿Pero si me mudo allí no habrá más especulaciones? Lo último que deseo es causarles problemas a tus padres. No quiero que haya reporteros alrededor de la casa por mi culpa.
—Y se les ha ocurrido una idea para impedir que eso ocurra. Quieren dar una rueda de prensa para evitar que siga habiendo especulaciones.
—¿Una rueda de prensa?
—Para contarle a todo el mundo que Brice es un Darcy. No quieren que parezca que están escondiendo nada o que están avergonzados de la situación, pero es tu decisión —dijo Fitzwilliam, levantando una mano para tocar su cara—. Si tú no quieres que lo hagan, no lo harán.
—Es que los detalles podrían hacer que pareciese un asunto sórdido.
—No hay que dar ningún detalle, sólo los hechos básicos. Brice es el hijo de Richard y tú has venido a Chicago para ponerte en contacto con su familia. No hayninguna vergüenza en eso.
—No, no la hay —murmuró ella.
Ser madre soltera ya no era una vergüenza para nadie, pero que todo Chicago se pusiera a discutir su situación mientras tomaba el café matinal tampoco era algo que le hiciera demasiada gracia.
—Ninguna.
Elizabeth se levantó para sacar a su hijo de la sillita y darle un beso en la frente.
—Voy a meterlo en la cuna.
Fitzwilliam seguía en el sofá cuando volvió.
—No tenemos que decir nada si no quieres. No le debes a nadie ninguna explicación. Mis padres lo entenderán.
—No, yo creo que debo hacerlo. Tus padres tienen razón —suspiró Elizabeth—.Si no conocen los hechos seguirán especulando como locos.
Él se levantó para poner las manos sobre sus hombros.
—¿Estás segura?
—Sí, estoy segura. Y no quiero que se especule sobre mi hijo.
Fitzwilliam la abrazó entonces. Quería que fuera un gesto de consuelo, pero se convirtió en algo más. Tener a Elizabeth entre sus brazos era perfecto, sus suaves curvas amoldándose a su cuerpo.
Giró un poco la cabeza para respirar el aroma de su pelo, una mezcla de limón y jabón, rozando sus sienes con los labios mientras acariciaba su espalda. Y, de repente, el deseo que había intentado esconder despertó a la vida.
—Elizabeth —murmuró—. Dios, cómo me gustaría… —tuvo que buscar sus labios para no decirlo en voz alta. Eran palabras demasiado aterradoras.
Ella levantó los brazos para sujetarse a sus hombros y cuando sintió que clavaba las uñas en su carne a través de la camisa supo que también lo deseaba. De modo que tomó todo lo que ella le ofrecía e incluso más. Nunca se había sentido tan egoísta o tan desesperado. Acarició su cara con manos ansiosas, la columna de su cuello… hasta encontrar los botones de su blusa. Mientras besaba su garganta desabrochó el primero y cuando por fin llegó al último y rozó el nacimiento de sus pechos fue recompensado con un gemido de placer.
—Estamos…
—Locos —terminó Elizabeth la frase por él, apartándose para abrochar la blusa a toda prisa. Tenía las mejillas rojas y algunos mechones se habían salido de su coleta.
Fitzwilliam estaba sin aliento. En realidad había sido embriagador, increíble.
—Yo… no podemos hacer esto.
Él estuvo a punto de discutir porque pensaba que sí podían hacerlo, muy bien y para satisfacción de ambos. Pero sabía que no era a eso a lo que Elizabeth se refería.
—¿No podemos fingir que no ha ocurrido? —preguntó ella.
Habían hecho eso después de besarse por primera vez y si entonces no había funcionado no iba a funcionar ahora.
—Si eso es lo que quieres…
—Creo que es lo mejor. Con todo lo que está pasando… sí, es lo mejor.
Fitzwilliam tomó su chaqueta. Aunque estaba ardiendo de deseo después de su breve encuentro se limitó a decir:
—No ha ocurrido nada.
Cuando se marchó, Elizabeth se dejó caer en el sofá. Se sentía mortificada por su comportamiento, por cómo lo había besado, por las cosas que había pensado en ese momento.
Recordarlas ahora hacía que se le pusiera la piel de gallina, que se le encogiera el corazón… y que sus ojos se llenaran de lágrimas.
Un año antes, confusa y de luto por la muerte de sus padres, había dejado que Richard la sedujera. En aquel momento estaba tan confusa como entonces, pero no era necesario que Fitzwilliam la sedujera. No estaba segura de cómo o cuándo había pasado, pero el hecho era irrefutable: se había enamorado de él.
