Disclaimer: Lo que está entre comillas es propiedad lucrativa de Suzanne Collins. Lo que no, es propiedad no lucrativa de mi fic.


Recordad: sin comentarios, no furulo (yo soy como el coche y la gasolina, xd). Así que ¿reviews? Aunque antes... ¡a leer!


CAPÍTULO 10. DISTRITO DESCONOCIDO.


El aire del incipiente amanecer se halla preñado de una gelidez que parece insinuar la caída próxima de una nevada en cualquier momento, y que me hace pensar que la mano calculadora de los vigilantes tiene mucho que ver en ello. "Seguro que, en estos momentos, la principal preocupación de varios tributos es cómo entrar en calor". Es más, quizás ese sea el motivo del tributo que ha prendido el fuego que estamos rastreando.

Y es que el traje elegido para la Arena de este año no es suficiente para pasar el frío. Si no tienes un cúmulo de "generosas provisiones", puedes llegar a pasarlas canutas. Por suerte, llevo una chaqueta de lana gruesa echada por encima. Bueno, todos los del grupo llevamos prendas similares de abrigo. La indumentaria de pardos colores en el que rebota el calor de mi propio cuerpo es para agradecer, realmente.

Corro a grandes zancadas junto a Cato, detrás de Marvel y Glimmer, pero la película de sudor que pronto recubre mi frente no es suficiente abrigo para que mi cuerpo haga caso omiso de las temperaturas que "han caído en picado" durante la noche que hemos pasado patrullando la Arena.

Echo un rápido vistazo por encima del hombro y compruebo que Mellark nos sigue, aunque a pasos más sosegados. Se ve que correr no es lo suyo. Y ser sigiloso tampoco, dicho sea de paso, aunque bueno, tal vez no sea yo precisamente la más indicada para señalar ese hecho.

Las ráfagas del aire aplastan el pelo de Peeta contra su hermoso semblante, lo cual dice mucho de lo que sopla, dado que el chico tiene los cabellos cortos. Los mechones de color "rubio pajizo" le azotan continuamente las mejillas y la frente. Vuelvo a mirar hacia el frente y deseo haber tenido el tiempo suficiente de poder ponerme una chaqueta de más antes de esconder bajo tierra las provisiones y empezar a patrullar, o que al menos la chaqueta de lana que llevo por encima del uniforme de la Arena sea más gruesa.

No deja de ser incómodo, correr de cara al viento, porque tengo que estar constantemente con una mano desenredando los pliegues de la chaqueta que se quedan atrapadas en las enredaderas de los árboles que nos salen al paso, mientras que con la otra mano tengo que asegurarme de que no se me deslice el arsenal de cuchillos. Fuera del rugido del viento al alzarse, de los chasquidos de las ramas que se agitan a su gélido paso, y de nuestras ruidosas zancadas, reina un silencio anormal en la Arena. Los animales nocturnos parecen haberse esfumado ante nuestra estampida.

Al otro lado del estadio, la audiencia estará conteniendo el aliento, seguramente, ya que saben lo que nos disponemos a hacer. El humo delatador de la fogata que nos ha puesto en aviso continúa haciéndonos señales por delante, como finos dedillos grises que bailan por encima de las marañas de zarzas de los árboles y sus nudosas copas, para guiarnos hasta la posición delatadora del incauto tributo que lo ha encendido.

Cuando por fin llegamos al lugar de donde provenía el humo, del fuego sólo queda rescoldos de cenizas, atrasadas chispas que procuran por todos los medios seguir inflamadas. La hierba copiosa que cubre el suelo está manchada con pegotes blancos que, de ser más consistentes, serían nieve; gotas de rocío y motas de cenizas rocían aún más la machacada vegetación utilizada como suelo.

Apenas una uña de luz mortecina del rojizo astro prende el cielo en el lado este de la lejanía, y en el claro donde nos hallamos sólo tenues parches de luz ensombrecida logra filtrarse a través del follaje. Una luz que, sin embargo, aunadas con la casi extinta fogata, la cargada linterna que sostengo y las antorchas que sujetan Cato y Ariel, que son los que tengo más cerca, sirven para que mis ojos se valgan de la claridad para mirar y no chocar contra nada.

Junto a las consumidas llamas, derrumbada en el suelo cuan larga es, como si se hubiera quedado dormida, veo el cuerpo reposado de una chica. Está en posición fetal, enrollada sobre sí misma, y en los dedos de una mano tiene sujetos de forma floja una cerilla. Su cara está escondida entre los brazos, como pajarito que esconde el pico bajo el ala, así que me es imposible distinguirle el rostro.

De todas formas no me suena para nada. Y a juzgar por la enmarañada y larga mata oscura que tiene como cabello en el estúpido cogote, no se trata ni de la chica menuda del distrito 11 ni de Katniss Everdeen. Suspiro de alivio y gruño a la vez. ¿Qué le habría costado a la suerte sonreírme un poco respecto a la cazadora del distrito 12?

Cazadora. La cazadora. Doy un respingo. De pronto caigo en la cuenta de que estamos en una posición muy vulnerable. Aunque los árboles se aprietan a nuestro alrededor, estamos en campo abierto. Para una cazadora no puede haber mayor blanco que ese.

Ante esa idea, el regusto a victoria que hace poco sentía por atrapar a un nuevo tributo se disuelve en mi paladar, convertido en algo que se asemeja a la congoja. Me siento vigilada, espiada. Y no me calmo hasta no girar la cabeza y visualizar cerca el familiar rostro de Cato, para tranquilizarme.

Luego, con la vista, busco a Mellark. Puede que resulte una tontería comprobar que él también sigue ahí, pero aun así lo hago. Y no movida por ningún sentimiento romántico, sino más bien inducida por el pragmatismo del llamado amor. Si su chico enamorado se encuentra cerca, Katniss no se va a atrever a atacar. ¿Verdad? ¿Verdad?

Echo una mirada circular a mi alrededor, observando los escondites llenos de telarañas parduscas que se agazapan entre el cobijo de los troncos de los árboles, entre las piedras recubiertas de ortigas que sobresalen bajo la arboleda, entre las sombras del tupido ramaje de las ramas.

Entornando los párpados, alzo la cabeza y escudriño las ramas más altas de los arbustos colindantes. Ese también puede ser un buen escondite para un cazador que, supongo, sabe trepar. Mas da igual. Sea o no, "La chica en Llamas" no se encuentra cerca. De haber sido así, ya haría tiempo que habría salido a nuestro encuentro. Seguro. Así de tontos son los genocidas.

Sopeso de forma distraída la muesca curva de uno de mis muchos cuchillos que llevo enganchados a la cintura. Sin pensar, extraigo uno de ellos del arsenal metálico y lo desenvaino tal y como, tiempo atrás, me enseñaron a hacerlo en los entrenamientos del distrito 2. Estoy presta a lanzarlo al menor movimiento, amenaza o vacilación. Rodeamos a la dormida chica de distrito desconocido, como manadas de lobos ante un cordero.

Utilizando el largo arco de Everdeen como un bastón corto, y haciendo caso omiso del viento que ondea sus largos mechones rubios como bandera plateada a sus espaldas, Glimmer pincha con la punta de la lanza a la tributo. Repite la acción hasta que finalmente, con un pronunciado respingo de sobresalto, la chica despierta y abre los ojos como platos.

La tributo de desconocido distrito se echa a temblar de inmediato ante la visión de Glimmer —y eso que aún no ha reparado en los demás— y no es para menos, ciertamente. La hermosa chica del 1, con su espalda recta, su porte firme y sus verdes ojos de jade rebosantes de determinación, emana en esos momentos un aire fiero, impávido e imbatible que hace pensar a cualquiera que no esté acostumbrado a ver esos portes todos los días en la figura de los inconmovibles vigilantes del distrito 2, que más le vale no interferir en su camino.

–Es una persona, Glimmer, no un poyo asado –dice la única persona del grupo que no tiene inteligencia suficiente para comprender que debe mantener la boca cerrada.

—¿Cómo dices? –Sin dejar de pinchar a la tributo atrapada, Glimmer gira la cabeza hacia Peeta. En su voz hay una gelidez que compite de buena gana con la mostrada por el viento–. Repite eso, distrito 12.

Si el tono empleado por Glimmer le asusta de alguna forma o le atenaza algo, Peeta lo disimula muy bien, porque continúa tranquilo, impertérrito ante la frialdad de la chica de ojos jade. A mí no me afecta el tono de Glimmer, por supuesto, pero en mi fuero interno, no puedo más que aplaudir la endereza de Mellark. Las ensangrentadas manos vendadas, el pie cojo a causa de los golpes del día anterior de Cato, el rostro amoratado y Sosegado como él solo y, aun así, no deja de recordarme a una roca sólida que no se inmuta ante la cara más ruda de un furioso vendaval.

–Si vas a matarla, hazlo de una vez –musita aburrido Peeta–. O si lo que quieres es tardar, al menos muestra algo de creatividad. –Parece interesarle que Glimmer haga honor a la palabra "morbosidad", muy conocida por todos nosotros a estas alturas en el estadio–. Realmente eso ya está muy visto, ¿sabes? Sí, y sobre todo para la gente que asa muchos poyos.

Las piedras jade que Glimmer tiene por ojos se oscurecen, las pupilas dilatadas por la indignación. No obstante, antes de que pueda musitar una virulenta réplica a Mellark, la tributo de distrito desconocido se pone a balbucear. Palabras de súplica que pronto caen en saco roto.

Hastiada, Glimmer la golpea con más fuerza valiéndose del filo agudo de la afinada lanza. En los antebrazos. En la espalda. En las pantorrillas. En los muslos. La tributo caída suelta unos cuantos gritos de dolor agudo que, realmente, considero exagerados. Quiero decir, sé que debe de dolerle —bueno, en realidad no, no lo sé— pero, ¿tanto como para que muestre tanta cobardía? Patética. Da asco, sinceramente.

Cato curva los labios en una mueca despectiva. Se aproxima aún más y, con un rápido giro de la hoja, acalla los gritos de la cobarde tributo, enterrando profundamente la lanza en medio del estómago de la chica. Curiosamente, no hay sangre. Por un instante, un silencio pesado y absoluto cae en el llano en el que estamos, como un manto fúnebre del reconocimiento a la muerte.

Aunque ya no me perturba tanto, no deja de impresionarme cuan frágil puede ser la vida, y cuan rápido esta puede ser arrebatada. No obstante, el silencio no tarda mucho en ser interrumpido. La tributo de pelo largo, oscuro y enmarañado, gime quedamente. Se lleva las manos al filo de la lanza e intenta por todos los medios arrancarse ella misma el arma de las rasgadas tripas. Temblorosa, gemebunda, llorosa, se pone verde enseguida. Lo único que consigue es mover el filo de un lado a otro en su interior y producir un asqueroso ruido de chapoteo.

Cato se acerca y de un solo tirón retira la lanza de las vísceras de la tributo. La chica suelta una exhalación brusca que parece vaciarle de un sopapo los pulmones. Mientras Cato extiende el brazo a un lado y sacude la lanza para limpiarla de todo rastro visceral, ella cae de espaldas al suelo, como una marioneta a la que le han cortado de golpe sus hilos de títere.

Sus párpados, morados por fuera debido al frío del alba y rojos por dentro por la acumulación del llanto, se cierran lentamente, apagando su vista para siempre del mundo capitolino de Panem.

Ahora sí que hay sangre.

Sale de su herida en un reguero continuo e imparable. Mana roja, abundante, copiosa, repugnante. Los vítores por el tachón en la lista de los tributos que quedaban por eliminar no se hacen esperar. Ariel se ríe gozosa, como si hubiera sido ella la responsable en eliminar a la desfallecida tributo, mientras exclama:

–"¡Doce menos, quedan once!".

Yo vitoreo en otro grito satisfecho su apunte. Marvel y Glimmer felicitan a Cato y éste le devuelve el cumplido a ella con otra alabanza a sus pinchazos. Sus ojos, no obstante, no parecen celebrarlo tanto. Me giro hacia Mellark, esperando ver censura en sus ojos azul cielo, pero lo único que encuentro en su rostro es una expresión hermética y una mueca velada que no parece estar dispuesta a comprometerse.

Después, el chico del 1 se inclina sobre la tributo y comienza a registrarla "en busca de provisiones". Pero no encuentra nada. Nada interesante, quiero decir, claro, más allá de una menguada hogaza de pan y dos sudadas cerillas que por lo visto no tuvieron el tiempo suficiente para encenderse. Contemplo desabrida las dos cerillas e insto a Marvel a que los arroje. Hay que ser tonta para hacer una hoguera en los Juegos del Hambre, y encima a mitad de la noche, cuando la distracción del baño de sangre ha pasado, y las provisiones que cada uno ha obtenido han sido contadas y calculadas.

–"Será mejor que nos vayamos para que puedan llevarse el cadáver antes de que empiece a apestar" –aconseja Cato. Le hacemos caso, por supuesto. Es una idea sensata.

Como ya viene siendo costumbre, son Glimmer y Ariel las primeras que, con "murmullos de aprobación", le hacen llegar al chico lo mucho que coinciden con él. Una vez más, Peeta no dice nada. Se limita a hacer un gesto con la cabeza cuando le interrogo con la mirada. Su silencio me enerva.

Me consta, tras casi veinticuatro horas de convivencia, que no es muy hablador. Pero, ¿a qué se debe tanto mutismo? Es demasiado sospechoso, más teniendo en cuenta que él ha sido el único que se ha negado a cazar a la tributo caída de distrito desconocido aludiendo a excusas baratas sobre la posibilidad de que seamos nosotros quienes caigamos rendidos en la trampa del humo.

Enfadada y sin dedicarle más atención a la tributo muerta, me dirijo a zancadas hacia las frondosas copas de los árboles situados al frente. Barro con la linterna el casi abandonado claro de unos diez metros de extensión. Visualizo los troncos gruesos y ásperos, las raíces retorcidas y nudosas de los árboles; algún que otro brazo y alguna que otra bota de mis temporales aliados que no han tardado en seguirme. Oriento la amarillenta luz de la linterna hacia arriba, hacia las ramas del árbol que tengo justamente encima, pero no distingo en ellas ningún peligro agazapado.

Me habría gustado que sí, para variar, porque necesito desahogar el tremendo cabreo que me ha provocado la conducta ambigua de Mellark. ¿Tanto le cuesta mostrar abiertamente el verdadero bando en el que está? Detrás de mí, los demás continúan hablando de la chica muerta. No les hago mucho caso, hasta que un detalle que apunta Ariel flota hasta mis oídos. Presto atención.

"—¿No tendríamos que haber oído ya el cañonazo?".

Tiene razón. Cada vez que un tributo muere, un cañonazo anuncia a los restantes competidores que hay una baja más que sumar. La tributo de distrito desconocido está muerta. Tiene que estar muerta. Nadie sobrevive a una lanza de Cato. Es imposible. Pero, ¿y entonces...? ¿Dónde está la sonora detonación prometida muerte tras muerte por los vigilantes?

"–Diría que sí, no hay nada que les impida bajar de inmediato" –musito en voz alta.

Verdaderamente es extraño este silencio.

"–A no ser que no esté muerta". –Marvel se atreve a pronunciar la otra insinuación que nos ronda a todos por la mente. Una alternativa no tan descabellada, teniendo en cuenta que no hemos escuchado ningún disparo, pero que, tratándose de cato, ni Glimmer ni Ariel se han atrevido a musitar. De Peeta ni hablamos. Él no habla a no ser en ocasiones puntuales, o a no ser que se le pregunte directamente.

"–Está muerta, la he atravesado yo mismo". –Cato se muestra bastante mosqueado. Que se ponga en tela de juicio sus dotes con la lanza es una de las cosas que más rápido enciende su temperamento.

"–Entonces, ¿qué pasa con el cañonazo?" –Insiste Marvel–. "Alguien debería volver y asegurarse de que está hecho".

Sintiéndolo mucho por Cato, asiento con la cabeza a las palabras bien apuntadas del tributo del distrito 1.

"–Sí. No quiero tener que perseguirla dos veces" –abundo a mi vez, percibiendo, curiosa, cómo el semblante de mi amigo se enrojece.

"–¡He dicho que está muerta! –Brama Cato, moviendo con brusquedad el brazo que sostiene su letal arma. Por alguna extraña razón, no me mira a mí. Sus gritos se dirigen sólo a Marvel.

Y entonces se desata una fuerte discusión entre los dos chicos, ambos agitados y enfadados por el momento, recriminándose mutuamente un montón de cosas. Ariel asiente vigorosamente a cada recriminación realizada por Cato.

La cabeza de Glimmer gira de Marvel a Cato, de Cato a Marvel, como si estuviera presenciando un partido de tenis del Capitolio, más curiosa por lo que los chicos se dicen en la discusión, que en lo que pueda llegar a desembocar el absurdo y estúpido altercado.

Doy una fuerte patada al suelo, rabiosa por la situación. Cierro con fuerza el puño entorno a la empuñadura de dos cuchillos, lista para saltar si en cualquier momento la cosa va a más, como, al parecer, ocurrirá.

De mi cabeza no se va la idea de que estamos alertando a todo ser vivo de la Arena de la posición en la que nos hallamos, con tantas recriminaciones y tantos gritos protagonizados por el primer y segundo distrito. Incluso Mellark se muestra disgustado por el comportamiento de Cato y Marvel. La discusión de ambos tributos se prolonga unos cuantos segundos, hasta que, finalmente, Peeta les silencia con un grito de hastío.

"–¡Estamos perdiendo el tiempo! ¡Iré a rematarla y seguiremos moviéndonos!". –Las bocas de Cato y Marvel se han quedado entreabiertas del asombro. Por lo visto no esperaban que fueran gritados por alguien a quien consideran inferior a ellos, al menos en cuanto a las cualificaciones hungerianas se refiere.

De las ramas que tengo sobre mi cabeza, oigo un crujido raro, como de alguien deslizándose por su tronco. Con tanta discusión y discusión no sé bien si lo he escuchado de verdad o si me lo estoy imaginando. De todas formas, vuelvo a dirigir la linterna hacia el follaje espeso que se extiende en las ramas de arriba...

No hay nada.

«Bueno, mejor así», me digo a mí misma. Padre siempre dice que es preferible pecar de precavida que de confiada. Así pues... Dirijo una mirada significativa a Cato. Y él la capta al instante.

"–Venga, chico amoroso" –le dice a Peeta, utilizando el apelativo despectivo que le pusimos tras su declaración de amor a Everdeen–. "Compruébalo tú mismo".

Es el mejor modo de demostrar su lealtad. Antes me valían palabras. Ahora, tras todo lo vivido en la Arena, quiero hechos, acciones. Miro a los ojos al rubio chico del distrito 12, esperando ver rechazo en ellos. Mas indiferencia es todo cuanto distingo. ¿Indiferencia hacia mí? ¿Hacia lo que le he pedido silenciosamente a Cato que le exija?

Peeta no dice nada. Se da media vuelta y deshace sus pasos hasta donde yace la tributo moribunda. Guardamos silencio mientras se aleja. Cuando las fuertes pisadas de Mellark han salido fuera de nuestro alcance —y sus oídos también, cómo no—, Glimmer musita en una voz tan baja que poco más y se pierde entre el viento:

"–¿Por qué no lo matamos ya y acabamos con esto?".

Doy un respingo de sobresalto.

"–Deja que se quede" –me apresuro a decir procurando sonar completamente indiferente, a pesar de que creo que, desde donde están, todos pueden oír los latidos de mi corazón que se han acelerado ante la propuesta de la chica, y los rugidos de una desconocida bestia interna que se ha despertado en las entrañas de mi estómago–. "¿Qué más da? Sabe utilizar el cuchillo".

Glimmer no parece muy convencida por mi argumento, y la lanza de hoja delgada que se balancea en sus manos se muestra también disgustada, pero la chica calla cuando Cato añade:

"–Además, es nuestra mejor baza para encontrarla.

Se refiere a Katniss Everdeen, por supuesto. No hace falta aclaración alguna.

Suspiro internamente. Hacerle creer a Cato que quiero a Mellark cerca para usarlo como cebo de La chica en Llamas es algo sucio, lo sé, pero, ahora mismo, es por lo que más me estoy felicitando, puesto que si Cato dice no, Glimmer se acogerá a su negativa, aunque no esté de acuerdo. Bueno, al menos por el momento. Una vez empiecen a olerse el tramo final de los Juegos, la cosa puede cambiar bastante.

De hecho, seguramente cambie bastante.

Sacudo imperceptiblemente la cabeza. Aparto esos pensamientos insidiosos de la mente. No es el momento para prestarles atención. Con Peeta Mellark supuestamente enamorado de Katniss Everdeen ante las cámaras de todo Panem, dudo mucho que pueda haber un momento idóneo en el que prestarles atención.

"–¿Por qué?" –Pregunta Ariel–. "¿Crees que la chica se ha tragado la cursilería romántica?".

Recuerdo la fugaz expresión de asombro que vi cruzar por el rostro de Everdeen en las entrevistas tras la declaración de amor. Tan fugaz que, nuevamente, dudo de si sea verdad o no. De todas formas me callo. No está en mis planes hablarle de mis sentimientos a nadie. Ni siquiera a Cato. Dejo a Glimmer que exprese lo que piense.

"–Puede. Parecía bastante simplona. Cada vez que la recuerdo dando vueltas con el vestido me dan ganas de potar".

Ajá, ajá. Pero su tono es más de envidia que de asco. Curioso.

"–Ojalá supiéramos cómo consiguió el once" –masculla Cato.

Vuelvo a acordarme de otro dicho que le gusta decir a padre: si los deseos fueran hechos, los cerdos tendrían su propio universo alado. Pienso y pienso pero, de igual forma, no soy capaz de discernir qué diantre les enseñó Everdeen a los vigilantes.

"–Seguro que el chico amoroso lo sabe" –sisea Marvel.

Todos asentimos con la cabeza. Seguro que se conocen desde pequeños. Tal vez iban juntos a la escuela del distrito. Más allá de las emociones desconcertantes que pueda sentir hacia el chico del distrito 12, lo cierto es que puede salir rentable tenerlo en nuestro grupo de profesionales.

Basta con que se descuide o que baje la guardia, para que nos sople el punto flaco de Everdeen. El problema es que no veo a Peeta Mellark bajando la guardia o confesando cosas inconfesables sobre su tan apreciada amiga.

Nos callamos al oír las fuertes pisadas de Peeta que indican que ya está de vuelta.

"–¿Estaba muerta? –cuestiona Cato.

Los ojos de Mellark nos recorren a todos antes de contestar. Parece sospechar que hemos estado hablando de él a su partida.

"–No, pero ahora sí –responde Peeta. En ese momento suena el cañonazo–. ¿Nos vamos?".

No obstante, mientras habla no deja de mirarme. ¿Por qué me mira? ¿Qué quiere? Sospecho que debe sentirse algo asqueado de sí mismo, a juzgar por su espíritu apacible y pacífico del que tanto ha hecho gala, ya que la tributo de distrito desconocido es su primera matanza.

Quiero consolarle, pero no sé cómo ni si debo. Además, algo me dice que más me vale estarme quieta. Incómoda por el avispado escrutinio del rubio tributo, me enderezo y salgo corriendo. Los demás no dudan en seguirme, pero, esta vez, soy yo la que encabeza la búsqueda de más tributos.

En breves se materializará un aerodeslizador sobre "la hoguera moribunda", con sus dientes metálicos, para llevarse a la chica muerta a una caja estrecha y de madera que enviarán a su distrito, a sus seres queridos, a sus padres. Justo cuando nos estamos alejando del llano, acaba por despuntar finalmente el alba.

La luz del sol, que ya no parece oscura sino límpida, inunda mis retinas.

Los pájaros madrugadores que hasta entonces han guardado un estoico e incómodo silencio, cantan al aire desde el refugio de sus ramas, llenando mis oídos de un piar nuevo, agudo, confortable y esperanzador, imbuyendo a mi pecho de unas cosquillas cálidas, la certeza de que el día que en esos momentos se despereza y despierta va a ser prometedor para mí.

Que va a ser un día clave de Clove, completamente diferente de todos cuantos hasta ahora he vivido.