—¿Y bien Peeta? —preguntó el Dr. Aurelius, estaba por segunda vez su terapia.
Peeta sabía que estando con él era cuando más tranquilo podía estar. No escuchaba gritos, palabras, reclamos, no había nada en esos momentos, solo tranquilidad pura. El silencio era demasiado bueno.
—Estuve enojado toda la semana —respondió acostándose en el sillón—. Mis padres se volvieron a pelear por mi culpa.
—¿Cuál fue la razón?
—Mi madre comenzó a insultarme solamente porque no me salieron las porciones de galletas que ella quería —se calló por un momento—, así que lo que hice fue aventar todas esas galletas al fuego. Adrede y no solo eso, también un pastel que era un encargo. Me reí demasiado cuando mi mamá le dijo a su clienta que no lo tenían.
—Peeta…
—Intentó golpearme pero mi padre estaba para salvarme el día.
—Sigues provocando a tu madre, eso no es bueno Peeta. Creí que ya lo habíamos hablado.
—No puedo evitarlo.
—¿Y cómo es la relación con tus hermanos?
—Es buena, siempre nos mantenemos en contacto y me ayudan a canalizar mi furia. Me acompañan a los inicios del bosque… ahí puedo ser libre a momentos. Cuando se encuentran trabajando o en sus respectivas tareas, platican, me mantienen ocupado.
—¿Has escrito como te lo pedí?
—No, dibujo cosas. En la panadería me encargo de decorar los pasteles, galletas, me encargo de todo eso y me fascina agregarle dibujos exóticos.
—¿Qué te gusta dibujar?
—Normalmente me gusta pintar la apuesta del sol. Es hermosa, los colores que brillan en conjunto y la salida del sol junto con la llegada de la luna… A veces salgo al patio de mi casa y dibujo las estrellas como brillan…
La pierna de Peeta no comenzó a mejorar, en realidad sangro nuevamente, llamaba a Katniss le gritaba pero ella no se encontraba. Por las mañanas ella salía a cazar y no regresaba hasta que no fuera muy noche. Así que lo que hizo fue tomar la camisa y limpiar el rastro de sangre.
La espalda también le dolía, sentía un inmenso cosquilleo además de que su frente se encontraba empapada de sudor. Gimió fuertemente ante el hecho de que no tenía nada para calmar su dolor, sin duda estaría muriéndose en esos momentos.
¿Ya era la muerte?
Aún no.
Inició a ver borroso todo nuevamente, igual cuando fue empujado por un hombre en casa de Annie, ese hombre era: Finnick.
Problemas y más problemas. ¿De dónde salían tantos problemas? ¿Cómo? Era sin duda absurdo con semejante historial.
Ahora con tantas pesadillas por la noche trabajaba mucho más en la panadería, estaba compensando a su madre por todas las rabietas que había hecho por causa suya.
Tenía un horario demasiado y estricto para sí mismo, manteniendo la mente alejada, en ese horario ni tiempo para Annie tenía pero se encargaba de mandarle las galletas favoritas de ella, los niños de la veta le ayudaban.
Así que un día decidió dedicarlo todo a ella.
—Peeta —ella lo recibió con una sonrisa—, hasta que vienes a verme.
—Lo lamento —le besó la frente— pero te lo compensaré. Todo el día de hoy es para ti. ¿Qué te gustaría que hiciéramos?
Ella estaba muy emocionada ese día, su familia no se encontraba en esos momentos así que además tenían toda la casa para ellos solos por lo que ambos iniciaron a dibujar. Peeta le enseño a cómo debería trazar algunas líneas. Tras varios fallos, Peeta siempre terminaba dibujando la sombra y Annie se encargaba de colorear todo lo demás.
Annie era como Delly. En ella también podía sentir paz alguna. Y además de que tenían semanas que no peleaban por ninguna causa.
—Peeta un amigo ha venido a verme —le dijo tranquilamente.
—¿Quién? ¿De tu distrito?
—Sí, ¿recuerdas que te hable de Finnick?
La sonrisa de Peeta se borró de inmediato, ella le había hablado de él. Finnick fue el primer novio de ella y Annie (siendo amigos aún), le contó que su relación fue una de las mejores, de muchos de sus momentos fueron felices. Y no pudo evitar sentirse celoso.
La única persona que él pensaba que la quería... y su primer amor estaba aquí.
¿Él regresó para quitársela?
No, no lo creía. No podía serlo.
—¿Cuando llego?
—Hace una semana.
—¿¡Una semana!? ¡¿Una semana y no me has dicho nada?! —lanzó el dibujo que ella estaba pintando—. ¡¿Porque no me lo dijiste?!
—¡Peeta cálmate! —la sonrisa que ella le dedico fue para calmarlo—. No nos habíamos visto y fue por esa falta de tiempo en que no pude decirte nada, me sentí muy mal y además tampoco podía ir a verte en la panadería.
—¿Por qué no?
Peeta camino de un lado a otro por la sala que lo rodeaba, estaba desesperado angustiado tenía que ir con el Doctor Aurelius para poder calmarse pero no tenía cita y estrictamente no podía llegar así porque quisiera.
Sus manos temblaron de la rabia enfurecida.
—Tu hermano me pidió que no me acercará a la panadería.
—¿Porque no?
—Has estado bajo mucho estrés, Peeta. Y la verdad no consideraba que fuera un tema tan importante...
—¡Por dios, Annie! Claro que es un tema importante, ¿tienes alguna idea de cómo me siento? Eres mi prometida. Y...
—¿De qué tienes miedo?
—De perderte.
—Peeta, estoy contigo —ella sonrió—. Finnick fue una gran parte de mi pasado pero yo estoy contigo. No tienes nada de qué preocuparte.
En el momento en el que ella la abrazó Peeta debió saber que estaba mintiendo, no solo la voz temblorosa con lo que lo decía, sino en su mirada y las sonrisas que decía con eso, todo delataba tristeza en ella.
Ella estaba triste, se iba a casar con él y no volvería a tener una vida con Finnick.
Ahí tuvo que llegar a su fin, cosa que no fue. Dado que él siguió con ella.
—Mi padre nunca amo a mi madre, esa es la razón por la que ella no nos quiere.
—¿Porque dices eso? —le preguntó Madge.
—Cuando iba a entrar a mi primer día de clases, mi papá me señalo a un minero con su hija. Y me dijo que la mujer que amaba se había casado con él, a pesar de que ella venía de una familia promedio. Se amaban y fue suficiente. Y mi padre, mi padre tuvo que seguir con su vida.
—Esa no es razón para que tu madre diga que no los quiera.
—Siempre se encarga de dejarnos en claro que nosotros le arruinamos la vida. Ella tampoco ama a mi padre, nunca nos ha dicho porque motivo.
—Tú eres tan diferente —Madge sonrió—, en vez de tener algún rastro de maldad, lo único que tienes es un alma muy pura, no puedo creer la suerte que tengo de conocerte. Y de que podamos ser amigos.
—Yo pensé que por ser la hija del alcalde serías una persona demasiado presumida con ropa linda, collares brillantes y no eres nada de eso —coloco una mano sobre la de ella— pero me temo que no soy el alma pura que tú dices. Seguro que has escuchado lo que dicen de mí.
—No eres nada de eso, te he conocido y serías incapaz de hacerlo. Sé que lo de Annie...
—Annie —miró al cielo estrellado—, se estaba besando con el amor de su vida. Yo debería haberla dejado en cuanto él regreso.
—Ninguno de los sabía que es lo que iba a pasar y al no conocer todos los detalles, no puedo decir mucho.
—No lo hagas, sin embargo me alegró por ella. Ha regresado al distrito cuatro, seguramente será muy feliz.
Esperaba que fuera así. Muy pocos conocían lo que sucedió esa noche.
¡Por dios! ¡Había golpeado no sólo a su madre aquella vez! ¡También a su novia, la mujer con la que tenía planeado pasar su vida! ¿Qué clase de hombre era al golpearlas?
Las peleas eran las mismas en casa, ya prácticamente sabía que era lo que tenía que decir su madre, como no amaba a su padre, lo mucho que lo detestaba, lo estúpido que era por ser tan débil, tantas cosas. No le molesto eso, le molesto por todas las insinuaciones que hizo referente a Annie, no entendía porque su madre era así, muchas veces dejo en claro que le gustaba Annie como su nueva y de pronto estaba a sus espaldas.
Le molestaba y sus palabras hacían eco porque en parte las cosas que decía podían estar sucediendo dado que ese chico se encontraba en el distrito.
—Él entró a su casa... estarán juntos está noche, crió estúpido.
—Confió en ella... confió en ella —susurraba mientras más se iba acercado a su casa.
Toco y cuando ella apareció estaba muy nerviosa pero le dejo pasar.
—Tengo libre la noche, ¿quieres que salgamos a pasear? —había dicho cuando entró a la sala.
—Sí —una sonrisa apareció en su rostro—, sólo déjame voy por algunas cosas.
¿Porque las personas eran tan despistadas? Annie no tenía un hermano y en particular duda que su padre usara chaquetas de cuero demasiado juveniles pero Annie no tenía padre. Sólo a su madre.
Su madre tenía razón.
Él estaba aquí.
Sin realizar ruido se acercó al cuarto de Annie solo para presenciar la imagen que se quedaría durante mucho tiempo en su memoria y que desató la misma irá cuando golpeo a sus compañeros.
—Pudiste habérmelo dicho.
Con enojo empujo a Annie para enfrentarse a Finnick. Y aunque se dieron golpes el uno con el otro, Annie se metió, él fue quién la empujo con demasiada fuerza en contra de algún rincón del cuarto. Finnick dejo la pelea para asegurarse de Annie pero Peeta espero ese movimiento para golpear con fuerza a Finnick sobre sus costillas, estaba llorando de la furia, de la traición que le habían causado. Finnick cayó a su lado gimiendo por aire, débil. Él no estaba débil, se sentía con demasiada furia como para estarlo, tomo el rostro de Annie y cuando ella abrió los ojos, él la levanto y la lanzó de nuevo contra el suelo, dando con una mesita de noche.
No se detuvo, la cogió de nuevo empujándola contra la puerta y una vez más pero está vez la tomó del cuello, ella tenía miedo, sus ojos se cristalizaron para soltar las lágrimas, ella necesitaba aire pero Peeta no se lo iba a ceder, su cuello era frágil y con un poco de fuerza más podría quebrárselo, algo le golpeo en la nuca, aflojando el cuello de ella y soltándola, lo último que vio fue a ese hombre revisando a su prometida.
N/A: Y aquí estoy de nuevo, lectoras. Dos días seguidos e.e les dije que ya quería terminar está historia antes de que se me fuera la onda, ya se me está yendo pero aún sigo manteniendo mi mente fresca.
¡Y ya estamos con lo que le paso a Annie! Tal vez debería haber profundizado más pero no quiero darle muchas vueltas y luego se me va a ocurrir que agregar y eso es lo que ya no quiero XD Así que espero que les guste y nos seguimos leyendo.
¡Saludos!
