Infancia
Saint Seiya ni sus personajes me pertenecen, son de propiedad exclusiva de Masami Kurumada.
Hola, una nueva palabra :), perdón la tardanza
Sigmund desde hacía años que no había vuelto a su viejo hogar, demasiados recuerdos, muchos de ellos melancólicos y tristes. Prefería dejar el pasado atrás y mirar su presente. Era mucho mejor que recordar los caóticos días de su niñez, posterior a que comenzase su entrenamiento como futuro Dios guerrero. Aquella época fue la peor de su vida. Se alejó de Siegfried por varios años, y con la muerte de su madre años antes, sabía que su hermano menor se sentía solo y algo abandonado. Por eso, el día que Siegfried pudo empezar el entrenamiento la sonrisa volvió a su rostro. Extrañaba mucho a su travieso hermano menor. La vieja casa había sido abandonada después de la muerte de su padre, cinco años después de la muerte de su madre. El polvo y las telarañas eran la decoración más abundante. No estaba seguro de que era lo que lo había impulsado a volver a aquel sitio, pero el dolor atizó su corazón desde el momento en el que atravesó la puerta.
Recorrió cada una de las habitaciones rememorando pasajes de su niñez, el rostro de su madre y su cálida sonrisa. Las risas de Siegfried mientras jugaba a un costado de la chimenea cobijándose con el calor que desprendían las llamas cuando los leños ardían. Aquel hogar estaba lleno de buenos recuerdos ensombrecidos por un destino trágico que ninguno de los dos pudo evitar.
Un baúl viejo y corroído por el pasar del tiempo llamó la atención de Sigmund, recordaba con claridad aquel viejo cachivache. Era el sitio donde su madre solía guardar sus más preciadas pertenencias. Sigmund se acercó con el cuerpo tembloroso. Abrió con cuidado el viejo mueble. Al ver su contenido no puedo evitar las lágrimas acumuladas en sus ojos. Cada uno de esas piezas eran parte de la vida de su progenitora. Su viejo diario, las bufandas que había tejido para sus dos hijos, que a pesar de no haber sido las mejores creaciones las solían usar con mucho cariño. Sin embargo su mirada se desvió hacia una imagen que no había visto desde hacía mucho tiempo. Ahí, destruida en parte por la humedad se encontraba la única foto que se había tomado con su madre durante su infancia. Siegfried no era más que un niño pequeño, sonriendo con ternura, mientras Sigmund sonreía de manera más tímida. Aquella mañana, la última de invierno se tiñó de ternura y calidez con el recuerdo de la sonrisa de su madre. Esperaba que Siegfried pudiera sentir lo mismo cuando la viera.
