Inuyasha, Sesshomaru, Kikyo y demás personajes son propiedad de la autora Rumiko Takahashi.

Justo como Sesshomaru prometió, él e Inuyasha partieron de las tierras donde estaban cuando la alborada apenas iluminaba el horizonte con su luz matutina. Sesshomaru caminaba en silencio, mucho más callado de lo normal; posiblemente el enojo de la noche anterior aún no se había esfumado.

Inuyasha caminaba detrás de él de forma obediente, pero su humor no era del todo bueno; era verdad que él había desobedecido a su maestro y además había caído en una penosa situación de la cual Sesshomaru tuvo que salvarlo a pesar de sus advertencias, pero aun así había algo más: gracias a Kouga, el híbrido había podido fortalecerse bastante y, a diferencia de lo que Sesshomaru creía, el niño-lobo no representaba una amenaza para él, tanto porque no había demostrado ser más fuerte que Inuyasha como que era su amigo; Kouga fue su primer amigo y quizás el último, e Inuyasha no tuvo siquiera la oportunidad de despedirse de él.

Con esto último, el híbrido comenzó a sentir algo que no había experimentado antes: todo el tiempo hasta ese momento siempre le había dado la razón a su maestro, pero en esta ocasión él sentía que Sesshomaru estaba equivocado, y peor aún, eso le molestaba. Como sabía que tener esos pensamientos en contra de él sólo empeoraría la situación, el chico decidió pensar en otra cosa.

Inuyasha recordó entonces cuando Sesshomaru mencionó a su padre durante su sermón, y eso inevitablemente lo llevó a recordar al padre de Kaika, el niño-zorro que Kouga y él habían ayudado.

—Inu no Taisho —murmuró el híbrido para sí mismo.

Inuyasha volteó luego a mirar la espalda de su maestro, y se preguntó si él sabría más información sobre su padre. Estaba en la encrucijada de consultarle o no cuando una extraña voz distrajo su atención.

—¡Señor Sesshomaru!

Frente a ellos apareció corriendo lo que parecía un lobo cabezón parado en dos patas con armadura de guerrero, con unos grandes ojos azules y un pelaje café.

—Royakan para servirle, señor —se apresuró a decir el recién llegado—. Le tengo información.

—Te escucho —respondió Sesshomaru con serenidad y algo de frialdad.

—Tenemos controlada la zona Oeste —empezó Royakan—. Por el momento no hay mucho de qué preocuparse.

Era la segunda vez que Inuyasha escuchaba hablar del Oeste. ¿Qué habría ahí?

—Pero…—continuó el demonio—. Lo ideal sería terminar el asunto de una vez por todas.

Justo en ese momento, Royakan posó sus enormes y curiosos ojos sobre Inuyasha, quien se mantuvo firme y con una mirada neutra.

—¿Cuándo estará listo?

Sesshomaru imitó al demonio y volteo a ver al hibrido por el rabillo del ojo, con su típico semblante que no permitía expresar muchas emociones.

—Todavía no es tiempo —respondió de forma serena, pero tajante.

—Comprendo, señor.

Eso último de cierto modo puso en alerta a Inuyasha: tanto su maestro como el recién llegado hablaban como si él fuese a desempeñar un papel importante en algo.

—¿Pero qué? —pensó el joven híbrido.

Royakan hizo un gesto respetuoso de despedida ante Sesshomaru antes de marcharse y dejarlos solos de nuevo, así que ambos continuaron con su camino. Inuyasha sintió que ahora sí era el momento indicado de hacer preguntas.

—Señor Sesshomaru —inició el híbrido. El aludido no emitió ningún sonido y continuó con su paso tranquilo, así que Inuyasha decidió insistir—. Aún no entiendo por qué usted me vigila y me protege del peligro. No veo ningún beneficio para usted, no debería hacerlo.

—¿Tú quién eres para darme órdenes? —respondió su maestro con tranquilidad, pero su voz sonaba algo irritada—. Ni siquiera sabes por qué cargo contigo.

—Maestro Sesshomaru —insistió Inuyasha—: Quisiera saberlo… quisiera saber por qué usted me recogió aquella noche.

Sesshomaru siguió su paso tranquilo; Inuyasha abrió la boca para insistir de nuevo cuando lo escuchó hablar.

—Hace tiempo vivió en este mundo el legendario Inu no Taisho —comenzó su maestro—: Un gran y respetable guerrero; el yokai más fuerte de todos. Luchó innumerables guerras y siempre salió victorioso. Llegó a tener tanto poder que incluso dominó completamente las tierras del Oeste. En una ocasión tuvo una feroz batalla para defender a alguien a quien amaba y quien, a mi parecer, no valía la pena; esta batalla acabó con su vida, de manera que ya no pudo continuar liderando a su ejército. Él tenía un fuerte presentimiento de que algo así podría pasar, así que me pidió estar en su presencia antes de eso: al ser yo su primogénito, el respetable capitán me encomendó a mí que, en caso de que yo así lo considerara necesario, buscara al hijo de él y una humana común llamada Izayoi que nacería de su unión, que entrenara a este hijo y al final lo uniera a nuestro ejército. Para que entiendas: yo no rompo mis promesas, y menos una hecha a mi respetable padre.

No había más que decir: según sus palabras, el maestro Sesshomaru era hijo del tan nombrado Inu no Taisho, y debía encargarse del hijo de éste con una humana, que resultó ser la madre de Inuyasha. Por fin Inuyasha comprendía porqué nunca se le era revelada la identidad de su verdadero padre, pero lo que más le sorprendía era que su maestro en realidad también era hijo de este poderoso guerrero.

—¿Será cierto? —pensó Inuyasha para sí, bastante sorprendido—. ¿El señor Sesshomaru es en realidad… mi medio hermano?

El híbrido había quedado atónito ante esta revelación; él había visto a Sesshomaru hasta cierto punto como una figura paterna, pero que de hecho tuvieran lazos de sangre era algo totalmente inesperado para él. Como Sesshomaru se había mostrado disponible para responder una interrogante tan substancial, Inuyasha se sintió con más confianza de continuar con sus preguntas.

—¿Qué hay en el Oeste?

—Una insignificante revuelta —respondió su maestro, ahora hermano, sin mayor contratiempo—: Los Gatos Leopardo están causando problemas nuevamente.

—¿Gatos Leopardo? —inquirió Inuyasha.

—Una raza de bestias que tuvieron problemas con nuestro padre —una vez que le había revelado la verdad, Sesshomaru podía hablar de InuTaisho con más libertad—. Se reagruparon y atacan a nuestro ejército cuando tienen oportunidad. Lo tenemos controlado pero nuestra intención es acabar con esa peste de forma definitiva.

—Entonces, sobre lo de unirme al ejército —dedujo Inuyasha—: ¿Significa que yo lucharé también?

—Así es.

La respuesta no le había caído del todo bien a Inuyasha; no se veía a él mismo como un soldado de algún ejército. Además ¿para qué querría a un híbrido un ejército de bestias y demonios puros?

El resto del día pasó sin novedades. Ambas bestias caminaron a través de abiertos prados, arroyuelos y se internaron en el bosque nuevamente para el atardecer; fue en ese entonces que Sesshomaru tuvo un cambio de actitud: de mostrarse frío y callado como siempre, ahora además parecía alerta. Inuyasha comenzó a sospechar y una instrucción suya confirmó sus dudas.

—No te separes de mí —ordenó su maestro.

Él obedeció sin chistar y ambos siguieron su camino, pero entonces Sesshomaru se detuvo al instante: frente a ellos aparecieron cinco tigres, los cuales lucían amenazantes. Inuyasha se puso en guardia al verlos pero esos felinos no eran la preocupación de su hermano mayor.

—¡Al fin te encuentro, Sesshomaru! —exclamó una voz grave y ronca.

Frente a ellos apareció un hombre robusto de cabello negro y recogido, a quien Inuyasha rápidamente identificó como demonio por su apariencia y olor; usaba ropas de guerrero sin mangas, distintas a las de Sesshomaru, y en su cara y brazos robustos estaban dibujadas algunas rayas negras similares a las de los tigres. De igual manera, los ojos de este recién llegado eran de color ámbar, pero reflejaban una chispa de sagacidad e interés. Las uñas de sus manos también eran filosas garras, al igual que las de Inuyasha y su maestro. Traía cargando con él una espada enfundada.

—Mi nombre es Wo Hu —agregó la imponente bestia.

—No pregunté tu nombre —replicó Sesshomaru de forma poco amable.

Contrario a lo que Inuyasha esperaría, el demonio atigrado comenzó a reír, por lo que dejó a la vista sus filosos colmillos.

—Tenían razón sobre ti —continuó Wo Hu después de dejar de reír—: Tienes un extraño sentido del humor, hijo del Capitán Perro.

—¿Qué quieres? —interrumpió Sesshomaru—. Retírate antes de que te mate.

Wo Hu volvió a reír nuevamente antes de contestar.

—¿Estás tan seguro de que eso pasará? Tal vez necesites saber un poco más sobre mí: soy la bestia más poderosa de China y he viajado desde esas tierras sólo para venir a buscarte. Los Gatos Leopardo han negociado conmigo y me han prometido una buena parte del territorio para poder cazar a mi antojo, una vez que me haga cargo de ti. Si termino contigo, la "cabeza" del ejército que antes perteneció al Capitán Perro, la guerra acabará a favor de ellos.

—¿El más poderoso de China? —cuestionó Sesshomaru—. Eso lo decidiré yo.

—En otra cosa tenían razón sobre ti —agregó Wo Hu al momento que fijaba su mirada en él—: Eres bastante arrogante y seguro de tu poder; tanto exceso de confianza será tu perdición.

Dicho esto, Wo Hu desenvainó una filosa espada china y se lanzó al ataque. Sesshomaru dio un salto hacia atrás para esquivarlo y además tomar suficiente distancia de Inuyasha, quien miraba todo con mucha sorpresa. La bestia-tigre siguió atacando de la misma forma mientras analizaba a Sesshomaru con la mirada y lo que traía con él: pudo descubrir una katana vieja y en mal estado, parcialmente escondida entre el ropaje blanco.

—¿Dónde está la otra espada del Capitán Perro? ¿La que puede matar 100 demonios a la vez? —preguntó con un tono de burla—. ¡No me digas que no la recibiste en herencia!

El comentario causó molestia en Sesshomaru, quien lo demostró en su mirada, y luego comenzó a atacarlo con su látigo venenoso.

—No necesito de ninguna arma para vencerte —contestó de forma seca.

—Qué mal que no fuiste digno de una reliquia así —concluyó Wo Hu de forma provocativa: le gustaba jugar con sus presas.

La batalla aumentó de intensidad conforme ambos se atacaban con más y más ferocidad. Sesshomaru peleaba con todos los recursos que tenía, pero Wo Hu podía defenderse bien gracias a su espada y habilidades, aunque eso no evitaba que lograran hacerse leves heridas uno al otro. Por las miradas que Sesshomaru lanzaba y su modo de combate agresivo, Inuyasha pudo deducir que los comentarios de su contrincante ofendieron gravemente a su maestro, sin poder entender del todo el porqué. El tigre lanzó un feroz zarpazo que Sesshomaru pudo evadir ágilmente, y gracias a eso no fue cortado en pedazos de un tajo como sucedió con el árbol que estaba detrás de él.

Aunque no quería admitirlo abiertamente, Sesshomaru sabía que tenía frente a él a un formidable oponente al que ya comenzaba a odiar, así que tomó la decisión de darle fin a la batalla lo más pronto posible: su mirada adquirió un semblante mucho más agresivo mientras sus ojos se tornaban de un color completamente rojo; comenzó a crear viento a su alrededor, su apariencia mutó y creció rápidamente hasta convertirse en un enorme perro blanco. La transformación provocó que Inuyasha retrocediera un par de pasos, por instinto.

—¿Qué es esto? —pensó el híbrido, asombrado por el cambio—. ¿Esa es… su forma real?

El enorme perro blanco le rugió a su oponente con bravura, quien sólo se limitó a mostrar una sonrisa y luego estalló en risas.

—¡Excelente! —halagó Wo Hu—. Significa que terminaremos el combate a tu manera…

El demonio enfundó su espada y comenzó a sufrir una transformación muy similar: su mirada se volvió más agresiva, sus ojos también adquirieron un color rojo y aumentó de talla a gran velocidad; al final, él se había convertido en un tigre gigante, del tamaño del perro, y rugió con fuerza mientras agitaba su cola violentamente. Sin pensarlo ni un segundo, ambos contrincantes se enfrentaron; el perro lanzaba fuertes mordidas mientras el tigre respondía con rápidos zarpazos. Inuyasha veía con horror cómo Sesshomaru era herido y su blanco pelaje se teñía de rojo, pero el tigre también recibía la misma cantidad de daño. Las patas y cuerpos de ambas bestias gigantes destruían el terreno y los árboles que se encontraban a su alrededor mientras se enfrentaban. En uno de esos enfrentamientos el tigre logró derribar al perro, quien se desplomó en el suelo pesadamente y justo después, el tigre le hincó los dientes en el lomo, así que estos perforaron su carne y lo hirieron de gravedad. Inuyasha sintió pánico ante esa escena y corrió en su ayuda.

—¡Señor Sesshomaru!

El tigre seguía sin soltar a su presa cuando Inuyasha brincó hacia su cara y le lanzó un fuerte arañazo en un ojo, así que el felino gigantesco emitió un gruñido de dolor e ira, soltó al perro y enfocó su furiosa mirada en el híbrido. Inuyasha sintió terror al ver la enorme cara dirigida hacia él, pero entonces recordó las costumbres de Kouga para no mostrar debilidad.

—¿Te lastimé? ¡Qué mal! —gritó el chico de forma desafiante mientras enseñaba sus garras—. ¡Puedo darte más de esos si me haces enojar!

El tigre lanzó un rugido ensordecedor y se disponía a atacar al híbrido cuando, gracias a su distracción, el perro se le lanzó encima, lo mordió del cuello y lo sujetó con fuerza con sus poderosas mandíbulas. Grandes chorros de sangre surgieron de la herida hecha por los colmillos, lo que daba a entender que la yugular del tigre había sido perforada. Segundos después, los colmillos del perro comenzaron a humear, ya que estaba inyectando veneno en la herida. El gran felino comenzó a convulsionarse con la intención de liberarse del agarre, pero era inútil: la herida le hacía perder mucha sangre y había agotado sus energías en la batalla, además de sentir la asfixia y el envenenamiento provocados por las mandíbulas del perro. Poco después, el tigre dejó de oponer resistencia y finalmente quedó inmóvil: su cuerpo comenzó a encoger su tamaño y a regresar a su apariencia normal, hasta quedar como un hombre tirado en el piso, muerto. El perro gigante también encogió su tamaño y Sesshomaru recuperó su apariencia casi humana, aunque justo después de hacer esto, cayó sobre una rodilla mientras se sujetaba el hombro izquierdo.

—¡Señor Sesshomaru! —gritó Inuyasha.

El híbrido corrió a su encuentro con la intención de ayudarlo, pero no fue el único que tuvo una idea así: los tigres que habían acompañado a Wo Hu también corrían hacia ellos entre rugidos. Con un hábil movimiento casi instintivo, Sesshomaru cargó a Inuyasha de la cintura con el brazo derecho y emprendió el vuelo para evadir a sus atacantes.