Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.

This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Lissa Bryan, I just translate.


Capítulo Beteado por: Isa BetaTraductora Ffad

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~*~The Better Angels of Our Nature~*~

Por: Lissa Bryan

Bella se despertó temprano a la mañana siguiente. Se había movido, aplastando su mano, y el dolor era suficiente para sacarla de su sueño. Miró a Edward para asegurarse de que no se había despertado. Al parecer, cuando estaba dormido, no podía sentir el dolor de ella y eso la ponía feliz. Ella no necesitaba que encima de todo él se estuviera preocupando por ella.

Se fue al baño y se quitó la venda. Incluso con la poca luz que provenía del foco de la gaveta, podía ver que estaba infectada. Apretó los dientes y se lavó en el lavabo con jabón y agua caliente, unas lágrimas se escaparon de las esquinas de sus ojos. Se secó con gentiliza y se puso una venda nueva.

En la sala encontró a Carlisle mirando la televisión con un volumen muy bajo. Dave estaba hecho bola a su lado, sus patas se movían mientras dormía. Él estaba soñando con gatos, gatos en todos lados para atrapar.

— ¿Dónde están Rose y Emmett? —preguntó.

Sin quitar los ojos de la televisión, Carlisle señaló el armario.

—Estás bromeando.

Rodó los ojos.

— ¿Cuánto tiempo llevan ahí?

—Desde ayer —. Había una nota de anhelo en su voz y Bella supo que no era por estar particularmente interesado en Rose; solo anhelaba el contacto.

Bella suspiró y se acarició la frente con la mano buena. —Le iba a pedir algo a Rose, pero está… Ocupada. ¿Podrías ir a la tienda por mí?

—Claro. ¿Qué necesitas?

—Peróxido y pomada antibacterial —Bella miró el armario con algo de miedo—. Uh… mi bolsa está ahí.

La puerta se abrió un poco y emergió una mano femenina, sosteniendo la bolsa de la cuerda. Una ala salió por la abertura y fue metida de regreso por su dueño. Carlisle cerró la puerta de golpe, atrapando las plumas que había en la parte baja del ala. Se escuchó un grito y la puerta se abrió de nuevo para meterlas por completo.

Bella buscó su cartera en la bolsa y la abrió torpemente con una mano.

—Tu herida duele mucho —observó Carlisle.

—Sí, y creo que se está infectando, por eso necesito el peróxido. Pero, por favor, no le digas a Edward. Se asustará y querrá llevarme al hospital o algo así.

— ¿Crees que deberías ir? —preguntó Carlisle.

—¡No! Dios, es solo una estúpida cortada. Estoy segura de que si la limpio correctamente, estará bien.

Carlisle suspiró. —Desearía que Esme estuviera aquí.

Bien, eso fue extraño, pensó Bella. —Pronto, Carlisle. En una semana.

Tomó el dinero que Bella le dio y se fue. Con suerte regresaría antes de que Edward despertara. Ella se sentó en el sofá y le subió el volumen a la tele de modo que se escuchara bien, cambiando por los pocos canales que había. Encontró unas caricaturas y se sentó junto a Dave para mirar. Había aprendido algo de español viendo programas para niños, los cuales solían tener vocabularios más simples.

Carlisle regresó más rápido de lo esperado y le dio una botella café y una cajita rectangular amarilla, junto con el dinero que le había dado.

—Um, ¿Carlisle? ¿Cómo pagaste por esto?

—No pague —dijo—. Cuando llegue ahí decidí que necesitabas guardar todo el dinero posible.

— ¿Lo robaste? —Bella estaba atónita.

Carlisle se encogió de hombros. —Ya soy un Caído. Unos cuantos pecados más no harán gran diferencia.

Bella se sentía muy incómoda por eso, pero no podía pensar en una respuesta. "Está mal", no parecía que fuera a tener mucho impacto en él ahora. Hizo una nota mental de pedirle a Edward que hablara con Carlisle, no sobre este incidente en específico, porque ella no quería decirle lo que necesitaba de la tienda, sino sobre su comportamiento en general. Carlisle comenzaba a preocuparla.

Regresó al baño y se echó peróxido en la cortada, siseando un poco por el dolor, y miró como hacía espuma. Bella tenía un vago recuerdo de su madre diciéndole que entre más espuma hiciera, más gérmenes mataba y que debía volver a ponerse hasta que el burbujeo aminorara. Ella no sabía si eso era cierto, pero lo volvió a usar y cerró los ojos con fuerza.

— ¿Bella? ¿Estás bien? —era la voz de Edward justo afuera de la puerta.

¡Mierda!

— ¡Ya voy! —contestó. Se untó el dedo con un poco de pomada y se puso una venda nueva, luego escondió las cosas debajo del lavabo, un lugar en el que él nunca miraba. Abrió la puerta y encontró a su adormilado ángel al otro lado, tallándose los ojos con las manos.

— ¿Qué te lastimó? —preguntó.

—Me pegué en el dedo herido —mintió, manteniendo cuidadosamente su mente en blanco—. Ya está bien.

Él bostezó y pasó junto a ella hacia el baño. Ella cerró la puerta al salir. Edward nunca pudo entender el concepto de "privacidad en el baño", la mitad del tiempo se le olvidaba y dejaba la puerta abierta mientras lo usaba. Ella suponía que era porque al crecer, a los ángeles nunca se les dijo que las necesidades fisiológicas eran sucias o vergonzosas. Puede que vean a sus humanos aprenderlo, pero eso no venía integrado en ellos.

Bella fue a la cocina y sacó una caja de harina para panqueques. Carlisle todavía estaba solo en la sala, y la puerta del armario seguía cerrada firmemente, aunque podía ver la punta de un ala asomándose por debajo de la puerta. Dios mío. ¿Qué no descansaban?

Todavía seguían ahí cuando Edward llegó a casa de trabajo, llevando un objeto grande y abultado en una cobija. Lo dejó en el piso después de besar a Bella y reveló los contenidos: cinco rifles AK-47 y diez pistolas de calibre .45. Cada uno llevaba varias cajas de municiones.

Bella estaba sorprendida. De todas formas, ¿cuál era el propósito de Jenks? Todo esto debía de ser extremadamente caro. Nunca había comprado un arma adquirida ilegalmente, pero imaginaba que no eran baratas. Tan solo las municiones costaban bastantes dólares.

—Y mira esto —Edward se puso de pie, moviendo su mano hacia la parte trasera de su cabeza y sacó una larga espada curvada de una vaina escondida detrás de su abrigo—. Mira.

Bella saltó un poco cuando la cuchilla rompió en llamas. Las llamas naranjas bailaban a lo largo de la superficie de la cuchilla. Bella estiró su mano buena y la sostuvo sobre la espada, pero no sentía el calor proveniente de ellas. Pasó su mano a través de ellas. Una ilusión, y una malditamente espeluznante. Ella se hubiera acobardado si un ángel con una espada flameante la atacara.

—Muy genial, ¿huh? Pasa cada vez que la sacó.

—Oh, rayos, no lo hiciste frente a Jenks, ¿verdad?

—No creo que haya visto —dijo Edward—. La guardé rápidamente cuando vi lo que pasaba y él estaba ocupado revisando las pistolas.

Bella examinó la espada, impresionada por su belleza letal. Ésta no era una réplica de mercado con el objetivo de estar colgada en la pared de alguien. Esto era algo real, hecha a mano de manera hermosa y perfectamente balanceada. Esos personajes japoneses estaban grabados en la base de la cuchilla. Ciertamente no era una experta en esas cosas, pero una espada como esa no era barata y probablemente costaba más de lo que estaban pagando por toda la misión. No tenía sentido.

—Jenks las colecciona —explicó Edward—. Solo es prestada, y las pistolas fueron las que sobraron de su último viaje de ventas. Dijo que las consiguió a buen precio y vendió el resto a un chingo.

Bella sonrió. Podía escuchar a Jenks describiendo sus ganancias con ese término. Si pasaban mucho tiempo junto a él, Edward iba a terminar adoptando un vocabulario muy colorido.

La explicación de Edward la hizo sentir ligeramente mejor acerca de las armas. Jenks no estaba haciendo una caridad, después de todo. Él era un mercenario, y ella no imaginaba que ellos dieran descuentos muy seguidos o regalaran armas de fuego solo por ser amables.

Esa noche tuvieron su primera sesión de planeamiento después de rogarle a Emmett y Rose que salieran del armario. Carlisle dibujó un mapa y explicó las medidas de seguridad que habían visto cuando fue al centro de investigación después de su llegada a la Tierra.

—El primer obstáculo es su radar, éste les advierte de cualquier embarcación o avión que se acerca —dijo—. No lo monitorean constantemente; una alarma suena si algo entra a su zona. No pude descubrir el alcance que tiene. Lo revisan en cada cambio de turno, solo una mirada superficial para asegurarse de que sigue funcionando.

—Si lo desactivamos, ¿cuánto tiempo tendríamos antes de que lo descubran?

—Cuatro horas máximo, a menos de que podamos encontrar una forma de que parezca que sigue funcionando.

Bella tomaba notas en una hoja de papel.

—La mayoría del tiempo los guardias en la estación de monitoreo juegan a las cartas, o leen, o incluso miran televisión. No esperan ningún problema.

— ¿Los que vigilan las cámaras están dentro del centro? —preguntó Bella.

Carlisle asintió. —No vi ningún otro centro con monitores, excepto los que están dentro de los cuartos de pruebas.

— ¿Hay alguna manera de hacer que los monitores reproduzcan material grabado como en Ocean's Eleven?

—No sé —replicó Carlisle—. Tal vez deberíamos hacer una segunda misión de exploración para ver si es posible.

Bella lo escribió en el papel, masticando la punta de la pluma mientras pensaba.

— ¿Qué más?

—Siempre hay veinte soldados en el centro, con veinte más fuera de servicio. Tienen cuarteles detrás de la puerta de metal.

—Si pudiéramos desactivar la puerta, ¿podríamos encerrar a las otras tropas adentro de modo que no tendríamos que pelear con ellos si la alarma suena?

—Vale la pena intentarlo. No revisé cuantas formas de salida hay detrás de los cuarteles.

— ¿Cuál crees que sea la probabilidad de que los residentes se nos unan en la batalla? —. Carlisle sacudió la cabeza.

—Bella, los viste. Muchos de ellos son como mi Esme, sin esperanza. A algunos les han lavado tanto el cerebro que quizás se unan a los soldados contra nosotros. Puede que haya pocos, pero no podemos contar con ellos. Y no podemos desperdiciar el tiempo intentando convencer a los que no quieran irse. No sé si en otro lugar de la isla tienen respaldos, o cuánto tiempo les tome llevar refuerzos de otras bases en tierra firme.

—La isla está a 600 millas de Ushuaia y el barco solo avanza a 25 millas por hora. Nos va a costar al menos 24 horas llegar ahí —. Bella se giró a Edward, con la sorpresa escrita en sus facciones.

— ¿Cómo volaste tan lejos conmigo? —. Las facciones de Edward se veían severas.

—No tenía otra opción. Es océano puro entre la isla y aquí. Tenía que seguir o habrías muerto.

Ella pensó en su pobre ángel, sin estar acostumbrado a la gravedad y el aire espeso, luchando valientemente para mantenerse en el aire sobre el mar helado, con la vida de la mujer que amaba en peligro. No se preguntaba por qué después de eso solo podía viajar distancias cortas. Tenía que estar exhausto.

—No fue tan malo —le dijo él suavemente—. No perdí fuerza al bajar aquí como los Caídos. Tal vez el Altísimo me dio la fuerza que necesitaría.

—Esperemos que esté dispuesto a darte otro golpe de fuerza para esta misión. Creo que podríamos necesitarla.

—Entonces, asumiendo que logramos pasar el radar, ¿solo atacamos y ya? —preguntó Emmett.

—Mi idea era intentar escondernos y capturar a uno de los doctores o soldados, para usar su tarjeta de acceso. De otra forma tendríamos que esperar al cambio de turno y esperar poder infiltrarnos detrás de ellos. Sería casi imposible atravesar por nuestra cuenta esas puertas de acero.

—Bella podría hacerlo —se jactó Edward, sonriéndole con orgullo y cariño.

—Probablemente —concedió Carlisle—. Pero necesitamos guardar su poder para escudarnos y esas cosas. Si se agota en la puerta, lo más probable es que quede fuera de batalla el resto de la misión.

Rose, quién había estado absorbiendo la conversación en silencio, habló:

—Imaginemos que todo sale perfectamente y que logramos entrar sin ser detectados ni encontrados por el monitor. ¿Usaremos la tarjeta de acceso para abrir las puertas de los residentes y esperamos que estén dispuestos a venir con nosotros? Habrá algunos que no querrán ayudar por miedo al fracaso y represalias.

—Bueno, sí —dijo Bella—, Después de todo los residentes son nuestro objetivo principal, y entre más pronto podamos sacarlos de ahí y correr al barco, mejor.

—Bella, se congelarán —dijo Emmett de repente—. No tienen abrigos y botas.

— ¿Podemos tomar eso de los soldados? En realidad sería una buena idea si ellos no nos persiguen porque no tienen zapatos.

Debatieron varias estrategias hasta entrada la noche. Bella sintió una mezcla de emoción y miedo. De verdad iban a hacer esto. Y con la idea de Carlisle, puede que en realidad funcionara.


Temprano en la mañana, Bella salió del apartamento y caminó al final del pasillo donde estaba colgado un teléfono de monedas para que lo usaran los residentes (muchos de los residentes de los apartamentos no tenían teléfono propio). Bella metió una moneda y marcó el número que estaba en la tarjeta que Jenks le había dado en caso de que necesitaran organizar más reuniones.

Su enojona voz respondió al tercer timbre.

—Dios mío. Ocho de la mañana. Quien quiera que seas, es mejor que sea importante. Muy jodidamente importante, ¿de acuerdo?

—Hola Jenks, soy Bella.

De alguna forma su irritación disminuyo. —Hola Bella. ¿Cómo está ese hombre tuyo?

—Está bien. Jenks, necesito preguntarte algo.

— ¿Sí?

— ¿Vendes drogas?

Hubo una larga pausa. —¿Puedo regresarte la llamada al número que sale en mi identificador? —preguntó.

—Claro —Bella colgó y sonó casi inmediatamente.

— ¿Qué nadie te dijo que no hablaras sobre mierdas de drogas con celulares registrados a tu nombre? Te regresé la llamada desde el desechable.

—Lo siento. Ésta es la primera vez que hago este tipo de pedidos.

Él suspiró. —¿Qué necesitas, dulzura? Por cierto, no te venderé mierdas fuertes. Edward me agrada demasiado para hacer eso.

—Penicilina.

Hubo una larga pausa y luego Jenks bufó. Luego se rió entre dientes. Y después se soltó riendo con fuerza.

—Lo- lo- lo siento. ¿Di-dijiste penicilina?

—Sí —más risa. Bella esperó hasta que se tranquilizó—. Algo que me dure una semana, creo.

Jenks todavía se reía.

— ¿Tienes una pequeña infección que necesitas limpiar sin que Edward se entere, cariño? —. Su tono indignó a Bella.

—No es eso —dijo.

—Qué bueno, odiaría pensar que engañas a ese chico.

—No lo hago. Nunca lo haría. Tengo una cortada en el dedo que se sigue poniendo cada vez más roja. No quiero que Edward sepa solo porque no quiero preocuparlo, ¿de acuerdo?

—Está bien. Estoy… Fuera de la ciudad por el momento, así que le diré a uno de mis chicos que lo dejé en tu correo hoy en la tarde.

— ¿Cuánto será?

Él se rió de nuevo. —No te preocupes por eso.

—Sabes, para ser un mercenario, pareces ser muy despreocupado acerca del dinero.

—Bella, son como cinco dólares. En serio, no te preocupes.

—Gracias.

—Sí, niña. Mantén vigilada esa herida. Las infecciones se pueden poner bastante feas.

Edward seguía dormido cuando ella regresó al apartamento y suspiró aliviada. Entró a la habitación a despertarlo para que fuera a trabajar. Estaba acostado sobre su estómago, desnudo como siempre, con la sábana envuelta en sus piernas. La luz matutina del sol entraba por la ventana cayendo en su ala, haciéndola brillar con un resplandor blanco nacarado. Se quedó de pie ahí por un momento, admirando la vista. Deseaba ser una artista para poder inmortalizar la belleza total de esa escena. Sin duda alguna, el hombre tenía el trasero más perfecto que Dios alguna vez había creado.

—Bueno, gracias —dijo Edward. Sus ojos se abrieron y le sonrió.

— ¿Desde cuándo estás despierto? —dijo Bella intentando mantener su mente en blanco.

—Desde que entraste y comenzaste a comerme con los ojos —se apoyó en una almohada, sin importarle su desnudez.

Bella sintió como su rostro se calentaba.

Él hizo una seña con su dedo para que se acercara.

—Necesitas levantarte y alistarte para el trabajo —dijo Bella, su voz era débil y poco convincente.

—Vamos a empezar hasta las diez hoy —dijo Edward—. Hay muuuuuucho tiempo.

Esa sexy mirada suya tenía la fuerza de un tractor, atrayéndola a sus brazos sin que ella pudiera evitarlo. Él levantó el borde de la camiseta de ella y metió la cabeza debajo.

— ¡Ohh, sin sostén! —anunció y, felizmente, tomó ventaja de la situación, lamiendo y chupando sus pezones hasta que la tuvo retorciéndose debajo de él.

—Por favor —jadeó—. Tócame.

Él parpadeó sus bonitos ojos verdes, intentando lucir inocente.

— ¿Dónde?

— ¡Argh! Sabes dónde. Puedes leerme la mente, ¿recuerdas?

Él le quitó los pantalones y ropa interior, sus talentosos dedos encontraron infaliblemente sus lugares más sensibles.

— ¿Algo más que quieras que haga? —ronroneó.

—Oh, Dios, lo que sea —gimió Bella.

—Esa es una invitación muy abierta —susurró Edward, con su caliente aliento en su oído—. Tengo una lista muy larga de las cosas que quiero hacerte —él le dio la vuelta para que quedara acostada sobre su estómago, estirada sobre un montón de almohadas—. ¿Lista para lo primero?

Ella lo estaba.


Al parecer los antibióticos no estaban funcionando. La mano de Bella le dolía y le ardía. Para el viernes apenas y podía aguantar tenerla cubierta con una venda. Se puso más peróxido, siseando por el ardor. Y para agregarle más a sus problemas, al parecer se estaba refriando. Se sentía mareada y débil, con un poco de fiebre para rematar.

—Esto no puede pasar ahora —se dijo a sí misma. Ésta era su única oportunidad. Jenks se iría al final del mes para ese misterioso "trabajo" en el sudeste de Asia. Si perdían esta oportunidad, él no regresaría hasta dentro de seis meses y no tendrían el dinero para alquilar otro bote, asumiendo que encontrarán a alguien de confianza y dispuesto a hacerlo.

Se estaba haciendo cada vez más difícil esconderle esta infección a Edward. Dave seguía diciéndole que Bella olía divertido, pero él todavía no hacía la conexión con su dedo vendado. Bella intentaba con todas sus fuerzas no pensar en eso cuando él estaba despierto y solo se atendía la herida a tempranas horas de la mañana. Sabía que si él lo descubría, abortaría la misión.

Un pensamiento le llegó a Bella: ¿Y si la fiebre era por la herida, y no por la gripe como había pensado? Tomó unas aspirinas y alejó ese pensamiento. Sin importar nada, tenía que terminar esta misión y después de eso, iría a ver a un doctor. Sabía que era arriesgado. No estaba muy informada acerca de infecciones, aparte de lo que había leído en novelas y no tenían una conexión a internet de modo que pudiera averiguar acerca de ello.

Después otro terrible pensamiento: ¿Y si le amputaban el dedo? Tal vez algo de su resistencia de buscar atención médica era una forma infantil de evadirlo, como esconderse debajo de la cama durante un incendio. ¿Y si le daba gangrena? Miró de cerca la herida, pero no veía nada verde, para su alivio. Solo estaba rojo, y el color se extendía a lo largo de su dedo hasta su nudillo en extrañas rayas. Intentaba mantener su mano escondida lo más posible. Incluso estaba feliz cuando, el miércoles, se les desbarató la calefacción, dándole una excusa para usar guantes en la casa. Por primera vez, un encargado lento para reparar las cosas era algo bueno.

Solo cuatro días más, le dijo a su cuerpo. Por favor, solo aguata cuatro días más y luego veremos un doctor.

Tenía que tener fe en que Dios le ayudaría de cualquier forma que fuera necesaria para completar esto, su misión, la razón de que su vida fuera salvada cuando Jacob le iba a disparar en la nieve. Pero, incluso cuando tenía la prueba de la existencia de Dios en forma de un ángel acurrucado en su cama, era difícil conseguir fe.