Capítulo 10

A la mañana siguiente Feliks estuvo anormalmente callado. Tanto él como Arthur habían acordado no hablar de lo ocurrido la noche anterior. Sin embargo, quienes eran ajenos a lo sucedido se extrañaron al ver al polaco tan distinto.

―¿Qué tripa se te ha roto?

La voz de Gilbert le hizo pegar un bote, ya que no se lo esperaba ahí. Se había sentado a su lado y estaba eligiendo un par de tostadas para desayunar.

―¿Q-qué dices?

El albino frunció el ceño, dirigiendo la mirada hacia el rubio.

―Estás callado. Eso es muy poco normal en ti.

Feliks tragó saliva con dificultad, poniéndose nervioso por momentos.

―Solo estoy cansado.

―Incluso cansado hablas por los codos.

Tras quedarse unos segundos en silencio, el rubio soltó una excusa poco creíble.

―A-aunque no lo creas, he pasado una mala noche.

Gilbert soltó un bufido, pero decidió no insistir. Últimamente había estado pensando en lo que había hablado con Elizabeta el día de San Valentín. Y le había dado muchas vueltas. Quizás demasiadas.

Cuando terminó de desayunar se levantó y se despidió de Feliks con desinterés, aunque no recibió ninguna respuesta.

Argh. Realmente le frustraba que las cosas hubieran cambiado tanto entre ellos. No solo se habían distanciado desde las petrificaciones, sino que además el polaco estaba bastante distante en general con la gente. Había cambiado y no se lo quería contar a nadie. Ni siquiera al mismo Lovino, quien también se estaba preocupando por ese cambio de actitud.

Anduvo dando vueltas hasta que empezó la primera clase, que era Historia de la Magia, a la que apenas prestó atención. A pesar de estar sentado junto a Feliks sentía que había una gran brecha entre ellos. Se hablaban lo mínimo y necesario, y lo que más le molestaba era que el rubio parecía estar bien con eso. Vale, lo admitía, puede que se hubiera pasado con las bromas, en especial el otro día en el Bosque Prohibido, pero de ahí a ni hablarse…

La clase siguiente la tuvo con Ravenclaw y antes de que empezara siquiera fue hacia Elizabeta y la llevó a un lugar poco concurrido y alejado del aula.

―¿Qué ha pasado? ―preguntó la chica, poco molesta por haber sido interrumpida mientras hablaba con Roderich, su pareja.

―P-puede que tuvieras razón ―admitió, sin mirarla a la cara, sintiendo cómo sus mejillas se coloreaban.

―Oh ―sonrió la castaña―. ¿Entonces sí que te gusta Fel―?

Gilbert le puso la mano en la boca antes de que siguiera hablando.

―¡Pero no lo digas en voz alta!

La chica soltó una risita, apartando la mano de Gilbert.

―¿Por qué no? ¿Te da vergüenza?

No respondió, pero se mordió el labio.

―¡Te la da!

―No estoy acostumbrado a esto, solo es eso…

Eli soltó otra risa, aunque se calló rápidamente.

―¿Y qué vas a hacer?

―No sé. Por eso te he traído aquí, para que me digas qué debería hacer.

―Pues supongo que decírselo, ¿no? Es lo que se suele hacer.

―Obviamente no puedo decírselo. ¿No te has dado cuenta de que ya directamente ni me habla? ―soltó un bufido.

―Ya. Pero no creo que sea por ti. Lo he visto muy distante estos días, ¿eh? ―la chica perdió la sonrisa, poniéndose sería―. Le he preguntado y no me ha querido decir.

―A mí tampoco.

―Bueno, eso no es de extrañar. Después de las bromas que le has gastado…

―Bromas, tú lo has dicho.

Elizabeta se encogió de hombros.

―Pero de mal gusto. Y ya sabes cómo es él… Pero volviendo al punto, deberías hacer algo.

―¿El qué? Ni siquiera sé qué hacer para que volvamos a ser como antes.

―Para empezar, hacer que las cosas sean como antes. Demuéstrale que no eres el heredero de Slytherin, que es lo que verdaderamente hace que se aleje de ti.

―Después de todo lo que apunta a que sea yo, no sé qué pensar, Liz.

La chica le metió un golpe fuerte en el brazo, frunciendo el ceño.

―No me vengas con esas estupideces, Gilbert, y díselo.

Suspiró, pero asintió.

―Está bien. Cuando vea una buena ocasión se lo diré ―prometió.

Elizabeta le sonrió y le puso una mano en el hombro, antes de volver a clase.

―Por cierto ―le dijo, dándose la vuelta y parándose. Gilbert la miró―. También deberías hacer las paces con Antonio. No sé qué os pasa, pero también él y tú os habéis distanciado desde lo de Francis.

—Eso ya está solucionado, cotilla —ignoró la mirada que le echó la castaña, con la que indicó claramente que no le creía, pero era verdad.

Era cierto que se había tirado un tiempo bastante resentido con el castaño, pero la petrificación de Francis, al menos, había conseguido que toda la tontería del albino se desvaneciera.

«Cuando Gilbert llegó, no le extrañó ver que Antonio ya estaba ahí, sentado junto a Francis. No pudo averiguar cuánto llevaría el Gryffindor acompañando al rubio, pero éste se sobresaltó al escuchar que alguien más entraba.

—Oh… hola, Gilbert —saludó sin ganas.

—¿No debería estar aquí el cejas? —preguntó mordaz el albino, viendo cómo su amigo soltaba lentamente la rígida mano de Francis.

—Ahora mismo no estoy para soportar gilipolleces, Gilbert —habló con una dureza nada propia de él—. Apenas pude hablar con Fran antes de que le pasara esto, pero sé lo básico para saber que te estás portando como un niño envidioso.

—N-no es eso —se defendió, cortado ante la actitud seria del castaño.

—Llámalo como quieras, no me importa. Todo el mundo tiene secretos y si deciden contarlos o no, no es cosa de nadie más que de ellos; no eres quién para juzgar las decisiones de nadie si no sabes lo que está viviendo.

El Slytherin se quedó callado, estudiando a Antonio con la mirada, quien había vuelto a centrarse en Francis.

—Sé que no puedo juzgarle —admitió al final—. Pero tienes que entender que me joda que no cuente conmigo para contarme esas cosas. Lleva años ocultándome el secreto.

—Pues no, no te entiendo para nada. ¿Acaso te crees que a mí me lo contó de buenas? Solo fue porque le vi. Aun así en ningún momento consideré siquiera echarle nada en cara; ya demasiado mal lo estaba pasando como para que encima lo único que se me ocurriera hacer fuera echarle mierda de más encima —fulminó a Gilbert con la mirada.

—¿Lo está pasando mal? —preguntó, acercándose finalmente al Hufflepuff.

—Arthur no es el novio perfecto que digamos, y últimamente menos —le apartó el pelo con la mano en un gesto cariñoso.

—Espera a que me encuentre con ese capullo en la sala común —frunció el ceño, sentándose junto a Francis—. No le va a quedar sitio donde esconderse como me entere de que vuelve a hacer que lo pase mal.

Antonio sonrió agradecido a Gilbert, lo que hizo al Slytherin darse cuenta de que realmente no quería estar de malas con él, por mucho que acabara de reprenderle con dureza.

—Eso llevo yo diciéndole todo este tiempo, pero no creo que me haya escuchado ninguna de las veces; cuando se trata del cejas es imposible que se comporte como una persona y razone.»

Por suerte o por desgracia, Feliks parecía haberse esfumado, cosa que ya tampoco extrañaba demasiado a Gilbert, que últimamente se había acostumbrado a perderle la pista; lo más seguro era que estuviera en los jardines con Lovino o algo por el estilo, evitando en todo lo posible el encontrarse con él. Lo bueno era que así se evitaba tener una conversación de lo más incómoda con él, aunque tampoco es que las tuviera todas consigo para hablar con el rubio. Aunque a Elizabetha le había asegurado que lo haría, no estaba seguro para nada.

No corrió la misma suerte Antonio, quien también habría preferido no toparse con Govert en cuanto entró por las puertas de Hall, hacía ya varias horas. Si había algo que no le apetecía al Gryffindor hacer era encontrarse con el mayor, que fue lo primero que ocurrió en cuanto atravesó las puertas del colegio. No sabía si le había estado esperando o qué, pero aunque intentó pasar desapercibido, le fue imposible teniendo en cuenta que eran los únicos alumnos ahí.

—B-buenos días —intentó saludar con normalidad, aunque mentalmente se estaba preparando para el rechazo del mayor, que no sabía si iba a ser capaz de soportar en ese momento.

—¿Cómo estás? —Govert dudó un momento antes de acercarse, haciendo que Antonio retrocediera.

El menor frunció el ceño, sin haber considerado tener que contestar a una pregunta tan común.

—Mira, pensaba que eras el heredero de Slytherin —prosiguió el Ravenclaw antes de darle tiempo a pensar una contestación—. Lo siento.

—¿Q-que lo sientes? Debería ser yo quien dijera eso, Govert… estuve a punto de atacarte anoche.

—Bueno, no será porque no me advertiste de que no debía estar ahí —se encogió de hombros, intentando sonar despreocupado—. Además, no sé qué habría pasado realmente anoche si no hubieras aparecido.

Antonio apartó la mirada con incomodidad. Nunca solía recordar todo lo que hacía cuando estaba bajo su forma lupina pero esa noche había sido distinta, siendo consciente de prácticamente todo lo que había hecho. Por eso recordaba perfectamente haber atacado a las acromántulas que perseguían tanto a Govert como a Arthur y Feliks. No tenía la menor idea de cómo esos tres habían acabado en el Bosque Prohibido siendo perseguidos por esas bestias, pero tampoco se consideraba con el derecho de preguntarles cuando él guardaba más secretos.

—Podría haberos hecho lo mismo a vosotros. No intentes hacerlo sonar heroico porque no lo es para nada, cuando me… cuando me transformo no soy más que una maraña de impulsos que no soy capaz de controlar.

—Realmente no lo creo —negó con un gesto seco. Había tenido tiempo de pensar todo lo que había pasado esa noche y, aunque en un principio había sentido verdadero terror de lo que era Antonio, tampoco podía ignorar que había parecido ser lo suficiente consciente de sí mismo como para alejarse de él en lugar de atacarle—. Estás siendo demasiado duro contigo mismo.

—No sabes lo que es.

—No, realmente no tengo ni idea, hasta ayer solo había leído sobre la licantropía —dio un paso hacia él y, al comprobar que no se apartaba, otro más—. Pero lo he visto desde fuera, cosa que tú tampoco has podido hacer. Sigues siendo tú aún en ese momento; estoy seguro.

Antonio no dijo nada. Si todo eso se lo hubiera dicho Francis habría sabido cómo reaccionar, pero era Govert, quien siempre creyó que iba a rechazarle en cuanto supiera de su condición; incluso Francis había tenido un primer impulso de apartarse, eso era lo normal, para lo que se había preparado. La comunidad mágica no se caracterizaba por ser especialmente tolerante; menos cuando se trataban de temas delicados como pudiera ser la licantropía y, sin embargo, ahí estaba Govert, intentando convencerle de que no era el monstruo que pensaba que era. Sintió que se le humedecían los ojos y, antes de poder hacer nada, una lágrima le recorrió la mejilla.

El mayor dio otro paso hacia él y, por inercia, Antonio retrocedió.

—¿Quieres dejar de hacer eso? —Govert frunció el ceño.

—No lo hago a posta —bufó el Gryffindor, limpiándose la lágrima y suponiendo que se refería a que estuviera llorando.

—Ya claro —rodó los ojos y, sin que Antonio se esperara el gesto, dio una zancada hacia él y le rodeó con los brazos. Fue a decir algo, pero el mayor le cortó—. Cállate si no quieres que me arrepienta y me vaya.

El castaño, por una vez, obedeció y se dejó arropar en silencio, dándose cuenta de que realmente necesitaba ese gesto más de lo que había pensado. Sobre todo porque significaba que otra de las personas más importantes para él, le aceptaba por completo.

Dándose cuenta de que era ahora o nunca, Govert se giró al castaño en un acto de valentía y, cuándo éste fue a preguntarle qué pasaba, juntó sus labios. Al momento se arrepintió,pensando que había metido la pata, pero al notar que pretendía separarse Antonio profundizó el beso, dándole a entender que estaba bien.

Ya habían pasado bastantes horas desde esa mañana y Antonio no había vuelto a cruzarse con el prefecto, quien debía de estar en clase o en su sala común. Lo que estaba claro es que no estaba en la biblioteca, donde él terminaba de completar una redacción particularmente larga sobre propiedades curativas de distintas plantas (lo que no pudo evitar recordarle a Francis, a quien no había ido a ver aún). El único prefecto que estaba en la biblioteca no era otro que Arthur, quien parecía estar haciendo un trabajo aún más exhaustivo que el castaño.

El rubio llevaba en la biblioteca horas. Estaba rodeado de libros y papeles llenos de anotaciones, muchas tachadas.

Aunque se había tirado todas las horas que estaba en clase dándole vueltas al mismo tema, apenas había conseguido sacar nada en claro hasta que no consultó prácticamente todos los libros de criaturas mágicas, leyendas e incluso el libro de Historia de Hogwarts. Poco a poco, sin embargo, había ido formándose una idea que, si bien al principio era descabellada, cada vez cobraba más fuerza.

Durante el año habían pasado demasiados sucesos; estudiados de forma independiente no parecían tener nada en común (salvo las petrificaciones), pero si se unían y se era lo suficientemente inteligente como para no tratar las leyendas como cuentos estúpidos, todo desembocaba en un solo agente común que hacía que todo cobrara sentido y pudiera conectarse. Solo había un detalle que escaba a su comprensión, que tuvo que dejar en el aire, pero a fin de cuentas, creía comprenderlo prácticamente todo. Ya había anochecido y no quedaba nadie salvo él en la biblioteca así que recogió a toda velocidad y se dirigió a la sala común pero cambió de parecer al divisar a Gilbert por el pasillo.

—¡Gilbert! —llamó al albino, que se giró extrañado al reconocer la voz de Arthur.

—¿Qué? —preguntó sin demasiado entusiasmo. La verdad es que tenía demasiadas cosas en la cabeza como para preocuparse por lo que fuera a regañarle esa vez el prefecto.

—Vete a por Antonio.

—¿Perdona? No porque seas prefecto voy a dejar que me ordenes —el albino frunció el ceño.

—Ahora. Es importante así que déjate de altanerías y ve a por él. Nos vemos en la enfermería —se despidió, saliendo prácticamente corriendo hacia donde les había indicado.

Arthur sabía que Gilbert no tendría problemas en ponerse en contacto con Antonio, así que apenas tardaron unos minutos más que él en llegar a la enfermería. El Slytherin procuró no ponerse demasiado cerca de la cama en la que descansaba Francis, sin querer perder nada de la concentración que le permitía a su cerebro funcionar a toda velocidad.

—¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó Gilbert en cuanto estuvieron los tres ahí reunidos. No había nadie alrededor, ni siquiera la señora Pomfrey parecía estar pululando entre las camillas, lo que era normal teniendo en cuenta que solo estaban ocupadas las de los petrificados.

—Creo que sé qué es lo que está pasando en el colegio —admitió sin andarse con rodeos.

—¿Qué? —Antonio frunció el ceño con duda— ¿Y cómo es que sabes eso?

—Si estás insinuando que sea el heredero de Slytherin mejor cállate que no tenemos tiempo para tonterías ahora —calló al castaño con dureza.

—A ver, explícate y luego ya juzgaremos —Gilbert se cruzó de brazos.

—He estado investigando y hay varios datos que apuntan a que la Cámara de los secretos realmente existe. Creo que sé dónde se encuentra y qué esconde en su interior.

—¿Y por qué nos dirías eso a nosotros? —volvió a cuestionarle Antonio.

—Mirad, ninguno de los dos me gustáis y sé que yo a vosotros tampoco —miró con dureza a ambos, parándose un segundo más sobre Antonio—. Pero esta mierda ha petrificado a Francis.

—Está bien, te escucho —Antonio cruzó los brazos, mirando a la cama en la que sabía que estaba su mejor amigo.

—Ya habéis escuchado la historia de la Cámara, permitid que me salte esa parte —comenzó a hablar—. Lo malo es que siempre se ha tratado más como un cuento tonto que como algo verídico, sobre todo porque nunca se ha encontrado dicho cámara. Pero sí que creo saber qué es lo que está provocando todo esto. No es fácil conseguir una petrificación de este calibre y sin que se arme un revuelo. Sin embargo, hay una criatura lo suficientemente silenciosa como para ser capaz de sorprender a las víctimas con la guardia baja: un basilisco. —Tanto Antonio como Gilbert abrieron la boca para hablar, pero les cortó a ambos—. Sé que es una criatura demasiado grande como para que se mueva por los pasillos sin ser vista, pero he dicho silenciosa; un basilisco es capaz de matar con la mirada; sin embargo, cuando solamente ves el reflejo de sus ojos, produce la petrificación en sus víctimas. Recordad que tanto Matthew como Berwald llevan gafas, Francis iba con la capa de invisibilidad y, al mirar los objetos personales que llevaba Victoria encima, encontré un espejo. Las arañas actúan raro y están saliendo del castillo: el mayor miedo de arañas y acromántulas son los basiliscos. Los gallos de Hagrid han muerto todos: el canto de los gallos mata al basilisco.

—Esos bichos miden cientos de metros, Kirkland. Es imposible que se vaya paseando por ahí y que nadie lo haya visto —Antonio frunció el ceño.

—Ese es el punto que no soy capaz de descifrar, porque no son capaces de hacerse invisibles ni nada así —Arthur suspiró—. Y tampoco es que pueda solo moverse atravesando las paredes o algo similar.

Gilbert empalideció al escuchar eso. Había olvidado por completo aquel extraño suceso hacía ya meses en el pasillo, pero había escuchado una voz extraña. Se preguntó si tendría relación y si debía decirlo o no.

—Escúpelo, Gilbert —apremió Arthur, notando claramente la cara de circunstancias del otro.

—No creo que tenga importancia, realmente —negó con la cabeza—. Además que es una idea de lo más descabellada.

—Bueno, aquí Kirkland está convencido de que una serpiente de cientos de metros se pasea por los pasillos sin que nadie la vea, ahora mismo escucho cualquier cosa.

—¿Habría alguna manera de que el basilisco pasara a través de las paredes? —preguntó, esperando que Arthur dijera que no y olvidarse del tema.

—No se me ocurre cómo, no es como un fantasma que las pueda atravesar.

—Hombre, puestos a teorizar, ¿por qué no tenemos en cuenta las cañerías? —inquirió Antonio, que aún no parecía estar convencido—. Se supone que hay baños en todos los pisos y esas cosas están conectadas entre sí, por lo menos los muggles lo hacen así.

Arthur se llevó una mano a la barbilla. Nunca se había planteado las cañerías, pero tenía sentido. Y Antonio era el único que tenía cierto contacto con el mundo muggle.

—¿Un basilisco podría entrar por las cañerías? —volvió a preguntar Gilbert, cada vez más nervioso.

Antonio asintió. Si llevaban el agua de todo el colegio, tenían que ser condenadamente grandes.

—Pero eso es solo lo que presuponemos, de eso no tenemos ninguna prueba —Arthur frunció más el ceño.

—Lo he escuchado —admitió Gilbert, removiéndose incómodo—. Fue hace meses y no se lo he dicho a nadie, salvo Feliks.

—¿Qué?

—¿Cómo sabes que era el basilisco? —preguntó Arthur a la vez que Antonio.

—Decía cosas raras, que iba a matar o algo por el estilo… —se pasó una mano por el pelo—. No lo he dicho porque me iban a condenar si lo decía. En mi casa hay un jardín y de pequeño… bueno alguna vez conseguí hablar con algunas de las serpientes que encontraba.

—¿Tú hablas pársel? —Arthur le miró con recelo— ¿Y no se te ha ocurrido decirlo hasta ahora?

—No sé si sabrás que todo el mundo me consideraba el principal sospechoso. Decir que hablo con serpientes cuando Salazar Slytherin lo hacía también no era la mejor idea —bufó―. Pero haré el Juramento inquebrantable si no crees que no lo sea.

Arthur le estudió durante unos segundos más con la mirada antes de asentir. Antonio, por su lado, hizo lo mismo.

—Si realmente se mueve por las cañerías, lo más normal es que la cámara tenga cierta relación con las tomas de agua. Podría ser las cocinas, aunque están llenas de elfos y ninguno ha sido petrificado… quizás los cuartos de baño; aunque hay demasiados —Arthur había comenzado a pensar en voz alta, dejando a los otros dos de lado, que solo podían mirar impresionados la rapidez con la que ataba y desechaba cabos—. La pintada que apareció con Matthew y él mismo estaban en el segundo piso, apostaría que son esos baños. Los de chica —concretó tras unos segundos más de silencio—. Es más difícil asociar a Salazar con un baño de chicas que de chicos.

Los dos amigos se miraron antes de volverse a mirar a Arthur, que no parecía darse cuenta de que, con suerte, había conseguido hacer más por el colegio que todos los que, durante años, habían investigado el caso de la Cámara de los Secretos.

—Bueno, ¿y a qué estamos esperando? ¡Tenemos que hacer algo! —exclamó Antonio tras unos segundos de silencio.

—Ni de coña —negó el rubio—, es demasiado arriesgado.

—¿Entonces por qué querías decírnoslo? —el castaño alzó una ceja.

—No para luchar contra un basilisco, eso tenlo por seguro. Ya tuve bastante con las acromántulas.

—Pero tiene que haber algo que podamos hacer, no sé. Debemos decirlo a los profesores al menos —insistió Antonio.

—No nos van a creer y realmente no vamos a poder aportar pruebas. No pienso decir que me metí en el Bosque Prohibido para sonsacarle información a las acromántulas —volvió a negarse el prefecto.

—¡Gilbert ha escuchado al maldito basilisco decir que va a matar gente! ¿¡Y tú te estás preocupando por si te castigan por meterte en el maldito Bosque prohibido!? —Antonio apretó los puños con fuerza, dispuesto a estampárselos en la cara a Arthur si no entraba en razón.

—Van a pensar que yo he provocado todo, me van a expulsar —repuso Gilbert en voz baja.

—Haz el juramento inquebrantable con ellos —sugirió Antonio, comenzando a desesperarse. Tenían la información pero no podían hacer nada al respecto.

—Está prohibido, no van a dejarle —Arthur negó.

—¿Entonces de qué ha servido el que nos digas esto, si no vamos a poder hacer nada?

—Pensaba que quizás vosotros…

—Quieres que nos juguemos nosotros el pellejo, ¿no? No me extraña —escupió Antonio, dejando ver el asco que le tenía al Slytherin y que intentaba mantener contenido para no hacer daño a Francis.

—Correremos la voz. No tardará demasiado en llegar a oídos de los profesores y que ellos hagan lo que vean propio. Y durante este tiempo intentaremos probar de todas las formas posibles que Gilbert no tuvo nada que ver… aunque lo parezca.

Se hizo el silencio entre los tres, que consideraban las palabras del prefecto. Gilbert fue el primero en ceder; Antonio podía mover masas si se lo proponía y la palabra de Arthur valía bastante por el simple hecho de ser prefecto, entre los tres podrían conseguir que la gente dejara de considerarle el heredero de Slyhterin.

Antonio tardó unos segundos más en asentir, aunque se notaba que no estaba de acuerdo con el plan. Tampoco quería condenar a Gilbert a que jamás terminara los estudios y podía ser el único culpable si los profesores solo escuchaban lo que creían conveniente.

Sin decirse mucho más, los tres chicos se despidieron, cada uno con un trozo de espejo que consiguieron al romper uno de la enfermería (esperando que la señora Pomfrey nunca les pillara).

Una vez hubo vuelto a su habitación, Gilbert tuvo muchos problemas para dormirse. La única persona con la que había hablado hasta esa noche de haber escuchado voces raras había sido Feliks y no iba a ir al cuarto de los hermanos de Arthur para despertarle, menos ahora. Se dijo que hablaría con él a la mañana siguiente; por mucho que ahora le evitara no iba a ignorarle si le contaba todo lo que estaba pasando. Además que podría demostrarle de una maldita vez que él no era el heredero de nadie y que todo lo de ese curso no habían sido más que bromas.