Directa al convento
Edward se despertó al oír un ruido. Escuchó atentamente, para ver si se repetía.
Horas después de que Bella insistiese en que le mostrara los beneficios sexuales que se podían obtener practicando el tantrismo, se había quedado profundamente dormida, mientras él miraba el techo. No sabía cómo justificar hacerle el amor a una mujer que le había advertido que necesitaba más de lo que él estaba dispuesto a ofrecer. Tras darle vueltas y más vueltas, se había quedado medio dormido, hasta que algo lo hizo incorporarse de golpe en la cama.
Tenía el sueño ligero, como si sus oídos estuvieran siempre alerta por si surgía material para una posible historia. Además, casi nunca se acostaba antes del amanecer y el reloj de la mesilla de Bella marcaba las cinco de la mañana.
Se bajó de la cama con cuidado, para no despertar a Bella, lamentando dejar el calor de su cuerpo y los largos y sedosos rizos que habían tapado su pecho. Se puso los pantalones cortos y abrió la puerta.
La luz del pasillo penetró en la habitación. Se preguntó si habían dejado alguna lámpara encendida. No tuvo tiempo de recordarlo, pues al salir al pasillo chocó con algo parecido a una locomotora.
Tuvo la vaga impresión de que un tipo enorme le clavaba un hombro en el estómago y lo derrumbaba. No recordaba haberse quedado sin aire desde que se cayó de un columpio, cuando era niño; pero sin duda sintió cómo todo el aire de sus pulmones escapaba de golpe. Parpadeando, se esforzó por recuperarse antes de que el psicópata moreno y rabioso atacase a Bella.
Sabía que sus opciones eran limitadas, pues el intruso parecía tener la fuerza de diez hombres. Lo tenía clavado contra el suelo mientras soltaba una ristra de palabrotas que habrían conseguido que la madre de Edward le lavara la boca con jabón durante una semana. El tipo era un lunático.
Edward conservó las fuerzas hasta que el salvaje lo miró con aire de Rosalie en sus ojos negros. Aprovechó la oportunidad para darle un cabezazo impresionante.
Por desgracia, justo antes de que las cabezas chocasen, Edward reconoció el rostro. El intruso psicópata tenía la misma nariz rota que el tipo sonriente que aparecía en el póster de la liga nacional de hockey que adornaba el pasillo de los Swan.
Preguntándose qué diablos significaba eso, salió de debajo del gigante que se agarraba la cabeza gritando de dolor e intentó fijar la vista en la fotografía del jugador de hockey, rodeada de retratos familiares de los Swan. El atleta llevaba una sudadera de los Florida Panthers y sonreía apoyado en el palo. Edward no tuvo que leer el nombre para comprender qué cabeza acababa de golpear. Emmett Swan, el número diecinueve, había sido un portero estrella hasta que una rotura de ligamentos interrumpió su carrera.
Ni en un millón de años habría conectado los apellidos. El enfurecido hermano de Bella era una estrella del hockey. Demonios. Miró a Emmett justo cuando éste empezaba a ponerse en pie. Si acaso, la mueca de su rostro parecía aún más amenazadora, casi echaba humo por las orejas.
—Lo siento, amigo. No sabía que eras...
—¿Quién diablos eres y qué haces en la habitación de mi hermana a las cinco de la mañana? —Emmett parecía crecer en estatura, segundo a segundo, seguramente porque medía al menos un metro noventa y se acercaba de nuevo a Edward.
—Edward Cullen —no se molestó en ofrecerle la mano, en parte porque Emmett tenía aspecto de rompérsela, y en parte porque prefería utilizarla para desviar posibles golpes—. Soy periodista del Herald y estoy aquí como invitado de Bella.
No era mucho que ofrecer a un hermano súper protector que regresaba a casa y encontraba a su hermanita en la cama con un desconocido, pero no tenía mejor excusa. Decidió que sería mejor no mencionar que la había seguido hasta allí sin que ella lo supiese. Emmett tenía aspecto de comérselo como desayuno.
—Por lo visto a mi hermana se le olvidó mencionar que el mes que viene va a tomar los hábitos y unirse al convento que hay al final de la calle —dijo Emmett, con aspecto de ir a liarse a puñetazos en cualquier momento.
—¿En serio? —Edward mantuvo la calma, se había enfrentado con muchos tipos duros a lo largo de su vida—. No vi el convento cuando venía hacia aquí.
—Las hermanas de la Orden de los Vengadores Hermanos Mayores son toda una institución en la vida espiritual de Coral Gables. Estoy seguro de que Bella lo entenderá si te marchas ahora y la dejas seguir con su misión —ensanchó las aletas de la nariz, obviamente furioso.
—Mira, Swan. Entiendo que seas protector...
—Excelente. Entonces puedes salir echando chispas, antes de que te recuerde bajo qué techo estás.
—No me iré sin despedirme de Bella.
—No tienes ningún derecho a poner condiciones en mi casa, maldito hijo de...
—Si metes a mi madre en esto, te garantizo que no me iré tranquilamente —Edward estaba haciendo lo posible por controlar su; temperamento, pero el tipo estaba llevando el rol de hermano mayor demasiado lejos. Ya le había dicho que se iría, maldito fuera—. Deja que me despida de Bella y saldré de aquí antes de que dé tiempo a decir «gol». Iré por mis cosas...
Giró hacia el dormitorio pero el hermano enfurecido soltó un rugido de advertencia. Él soltó un suspiro entre dientes y decidió cambiar de táctica.
—Mira, entiendo que sólo quieres proteger a alguien que te importa mucho. Me alegra que no quieras que hagan daño a tu hermana. Pero ¿se te ha ocurrido pensar que quizá le duela más que no me despida?
Al otro lado de la puerta, Bella sintió que se le derretía el corazón al oír sus palabras. Emmett siempre había conseguido aterrar a todos los hombres que se fijaban en ella, pero Edward parecía estar enfrentándose a ese metro noventa de furia. Había saltado de la cama al oír los gritos y maldiciones en el pasillo, para evitar que Emmett matase a Edward. Sin embargo, para cuando se puso una camiseta y un pantalón corto, comprendió que Edward estaba conversando con el matón de su hermano. Increíble.
Salió al pasillo y no le sorprendió verlos cara a cara, con expresión seria. Emmett llevaba un chándal deportivo y Edward por lo menos había tenido el detalle de ponerse los pantalones cortos. Afortunadamente, no estaban dándose puñetazos, un milagro que debía atribuir a la sangre fría de Edward y a su facilidad de palabra. Vio que un cardenal empezaba a aparecer encima de la nariz de su hermano.
—Emmett, es mi invitado —inclinó la cabeza para interceptar su mirada, justo delante de Edward. Fue como interponerse en un campo magnético de testosterona, una dinámica batalla de voluntades masculinas. Ignorando la tensión, se obligó a mantener la calma—. Si hubieses llamado para decirme que regresabas antes de tiempo, te lo habría dicho.
No era en absoluto cierto. Si hubiera tenido alguna noción de que su hermano iba a aparecer, no habría decidido pasar unos días en la casa de los Swan. Su hermano la miró de reojo, pero no se movió.
—Volví porque leí los artículos del Herald. Supuse que te habrían afectado —estrechó los ojos y miró a Edward—. ¿Se ha aprovechado este tipo de un momento de debilidad?
La calma de Bella se evaporó. Sus hermanos eran expertos en sacarla de sus casillas.
—¿Insinúas que soy tan estúpida que me echo en brazos de un hombre en cuanto tengo un inconveniente?
Eso hizo que Emmett retrocediera un paso.
—Sólo digo que no me gusta volver a casa y encontrarme a un desconocido en mitad de la noche.
—Decididamente, no es una buena descarga de adrenalina —comentó Edward, tras aclararse la garganta.
Bella frunció el ceño, e iba a replicar con acidez cuando captó la expresión preocupada de Emmett.
—Siento que te hayamos pillado por sorpresa. Emmett, éste es Edward Cullen, un periodista local —no quería explicar que, además, era quien escribía los famosos artículos, así que continuó con las presentaciones—. Edward, éste es mi hermano, Emmett Swan, entrenador de los Florida Panthers.
Edward asintió en señal de reconocimiento, mientras Emmett hizo una mueca, como si estuviera decidiendo qué extremidad romperle antes. Aun así, Edward se esforzó por ser educado.
—Te felicito por tu labor de entrenador. Debe de ser agradable seguir con el equipo que llevaste a las finales de la Copa.
Bella dio un respingo. Sabía que Emmett aún no se había hecho a la idea de que no volvería a jugar al hockey como antes. Se preguntaba cómo acabar con la incómoda situación, cuando Edward la rescató.
—Bueno, parece que vosotros dos tenéis cosas que hablar —apretó el hombro de Bella mientras iba hacia la puerta—. Recogeré mi ropa y me iré.
—Edward, espera —iba a seguirlo pero Emmett la agarró.
—Si veo a mi hermana pequeña en su dormitorio con un desconocido medio desnudo, voy a perder los papeles —apoyó la barbilla en su cabeza, como si no notase que le estaba dando patadas en la espinilla.
—Me gusta, Emmett —susurró ella, para que Edward no lo oyese. Una tontería porque era obvio, teniendo en cuenta cómo habían pasado la noche, que él lo sabía—. Dame dos segundos para decirle adiós.
Como Emmett no la soltó, no tuvo más remedio que darle un pellizco y retorcer, una táctica de su infancia que seguía teniendo efecto en sus hermanos.
Emmett maldijo y fue al baño a meter el brazo bajo agua fría. Bella aprovechó el momento de libertad para entrar al dormitorio. Edward, vestido y listo para marcharse, agarró un puñado de frambuesas y se las fue metiendo en la boca una a una.
—Creo que la fruta no volverá a ser lo mismo después de esta noche —su mueca irónica tranquilizó a Bella. Por lo visto no lo había afectado que su hermano hubiese estado a punto de machacarlo.
—Lamento lo ocurrido. Se suponía que iba a estar toda la semana con su equipo y...
—Los Florida tienen dos partidos más en la costa oeste; no le debe de haber resultado fácil volver —se metió la última frambuesa en la boca—. Debe de haber estado muy preocupado por ti.
—¿No crees que es un auténtico maníaco después de esa escena en el pasillo? —Bella no había presentado a muchos hombres a sus hermanos, pero los pocos de su época universitaria habían salido corriendo en dirección opuesta.
—Creo que tienes suerte al contar con una familia que te respalde —se inclinó y acarició la trencita que ella ya había olvidado—. La mía se dispersó hace años.
Suerte. Bella pensó que no volvería a tener suerte ahora que su hermano había regresado, pero se calló el pensamiento, consciente de que no tenían mucho tiempo.
—Probablemente regrese al club hoy. Es mi noche libre pero, ahora que mi hermano ha vuelto, estaré mejor allí. Además tengo que trabajar en una receta.
Aún no había llamado al crítico culinario del periódico. Rosalie se molestaría con ella, con razón, si no llevaba a cabo su parte de la campaña publicitaria de Club Paraíso. Pero le costaba mucho esfuerzo exponerse, a ella y a su cocina, de esa manera.
—Esa despedida está durando demasiado —gritó Emmett desde el pasillo.
Al oírlo, Bella comprendió que iba a tener que exponerse de varias maneras si deseaba alcanzar la libertad de cometer sus propios errores. Decidió empezar en cuanto Emmett y ella estuvieran a solas.
—Gracias por seguirme ayer —se puso de puntillas y besó la mejilla cálida y rasposa de Edward.
—Fue un verdadero placer —la abrazó un segundo—. Siento el dolor que te están causando mis artículos.
Involuntariamente, Edward acababa de recordarle otra parcela de su vida en la que necesitaba ser más dura. Más fuerte. Mentalmente, se puso los guantes de boxeo para librar otro asalto con Rosalie, dado que tendrían que comentar las últimas noticias relacionadas con Royce King.
No iba a permitir que eso la derrumbara. Y esta vez tampoco se iría sin que Rosalie escuchase lo que tenía que decirle. Inspiró con fuerza y sonrió a Edward.
—No importa. Lo soportaré.
..
Podía hacerlo, por Dios que sí.
En cuanto Edward salió, Bella volvió a la cocina para enfrentarse a su primer reto. Si podía dejar las cosas claras con Emmett, quizá tendría suficiente coraje para un segundo asalto con Rosalie más tarde. Se enfrentaba a dos personalidades extremadamente fuertes; si tuviera sentido común los habría presentado tiempo atrás. Quizá se habrían desgastado el uno al otro con su inagotable reserva de confianza y necesidad de mando.
De momento, los encararía individualmente, para demostrarse a sí misma su valía.
Encontró a Emmett sentado en la cocina junto a un mango y olisqueando el que había sobre la tabla de cortar. Cuando la vio entrar tiró uno al aire.
—Huelen de maravilla. ¿Hay plantaciones de mango en Florida?
Probablemente lo preguntaba por amabilidad, intentando ser agradable. Sabía que a ella le encantaba comentar recetas y técnicas de preparación de alimentos. En el pasado, le habría permitido ganar la partida aceptando esa rama de olivo. Pero no ese día.
—Edward me los trajo de las Islas Caimán. Por lo visto es la temporada —fue hacia la encimera y agarró un cuchillo—. ¿Quieres que te corte un trozo?
—¿Las Islas Caimán? —Dejó caer el mango de golpe—. ¿No es allí donde está ese asqueroso de Royce King?
—Edward es el periodista que escribe los artículos sobre ese asqueroso —lo informó ella, consciente de que le causaría un ataque de apoplejía.
—Repite eso.
—Me has oído. Edward es el reportero que encontró a Royce.
—Hijo de... Quiero decir, ¿cómo diablos has acabado en la cama con el tipo que puede arruinarte la vida? ¿Has leído sus artículos, Bella, o prefieres no darte cuenta de lo que esto significa? —la miró con ojos agudos, heredados de su padre; ojos que podían flirtear sin descanso pero que también eran espejo de su sinceridad cuando la situación lo requería. En ese momento, la mirada de Emmett mostraba el miedo y la preocupación por ella que habrían reflejado los de su padre si estuviera allí.
—Sé lo que significa. Significa que no hay salida fácil del daño que le causé a Rosalie Hall el año pasado. Significa que no puedo ocultar mi aventura con Royce debajo de la alfombra sólo porque tuviera el buen gusto de salir del país cuando acabó.
—Esa Rosalie es la socia principal de vuestra junta directiva, ¿no? —Emmett había pasado mucho tiempo en Club Paraíso los últimos meses, ayudando a su hermana, pero no había absorbido muchos detalles sobre su trabajo, excepto que el entorno era demasiado atrevido para ella. Lo cierto era que no había prestado mucha atención al resto del mundo desde que tuvo la lesión que le había impedido culminar su carrera deportiva.
—Sí. También es la mujer con la que estaba casado Royce mientras salía conmigo. ¿Has estado en las nubes todo el año?
—Tengo muchas cosas en la cabeza, Bella —Emmett fue al refrigerador a buscar comida—. Además, me esfuerzo por poner la mente en blanco con respecto a los porqués y las consecuencias de tu vida amorosa.
Hizo un dramático gesto de disgusto y vació el cajón que Bella había repuesto esa tarde, poniendo un montón de embutidos y quesos sobre la encimera.
—He decidido que no voy a escapar y esconderme de mis errores por más tiempo. Si los artículos de Edward hacen que Royce vuelva a South Beach...
—Entonces lo patearé, tal y como quise hacer la primera vez.
—Trabajaré el doble en el hotel para contrarrestar la posible publicidad negativa —pensó que una forma sería conseguir las mejores reseñas culinarias de toda la zona. Quizá también encontraría la manera de denunciar a Royce públicamente. De hacer hincapié en que no había ningún vínculo entre el anterior grupo directivo y las propietarias actuales.
Rosalie estaría a favor de eso. Bella le debía la recompensa que estuviera en sus manos, sobre todo desde que se había negado a escuchar sus disculpas.
—Ya pasas demasiado tiempo en el centro de pecado de la ciudad. ¿Sabes lo difícil que es verte allí, rodeada de arte erótico y espectáculos de bailarinas medio desnudas? Además, he oído decir que todas las habitaciones incluyen grilletes —echó mostaza en el bocadillo y la golpeó con el cuchillo. La mostaza, seguida de mayonesa, salpicó todo lo de alrededor.
—Emmett, ya hemos hablado de eso —le quitó el cuchillo—. Te parece fatal que trabaje en Club Paraíso pero ¿has pensado cuánto me duele que no estés orgulloso de lo que hago? Te avergüenzas de algo que he luchado mucho por conseguir. No te pido que admires el complejo, pero no tienes por qué criticarlo a la primera ocasión. Allí hay mucho de mí: desde el cuidadoso menú de delicias afrodisíacas a la decoración erótica que hemos elegido para las habitaciones. Cuando criticas el club, me criticas a mí también.
—Creía que lo de los afrodisíacos era un mito.
—No cambies de tema. ¿Estás escuchando lo que te digo? —Le dio un golpe en la frente con dos dedos, evitando el cardenal—. ¿Hay alguien ahí dentro?
—Te escucho —le agarró los dedos y bajó la mano—. Sólo estoy... procesándolo.
—Pues procesa esto: te adoro, hermanito, y aprecio lo que intentas hacer por mí, pero no quiero que Jasper y tú aparezcáis por el club todas las noches. No permitiré que me vigiléis y peléis con los hombres con los que salgo.
—Lo de hoy ha sido distinto...
—No ha sido la primera vez que habéis intentado asustar a uno de mis novios.
—Me preocupo por ti, diablos. ¿No te he cuidado siempre bien? ¿Sabes cuántas canas prematuras nos has causado a Nahuel, a Jasper y a mí? —Inclinó la cabeza para que pudiera ver la docena escasa de canas que tenía en las sienes—. Están ahí desde que cumpliste los trece años.
El año en que había muerto su padre. El año en que le crecieron los pechos. El año en que sus tres hermanos mayores comprendieron que no tenían ni idea de cómo hablar con ella de los cambios que se estaban produciendo en su vida.
—Las chicas llegan a la pubertad todos los días. No es el fin del mundo, como pretendíais vosotros.
—Ya, bueno —rezongó y terminó de prepararse el bocadillo—. Entonces no estábamos muy seguros. ¿Te acuerdas de que tuve que ir al colegio a amonestar al chico que te rompió el tirante del sujetador?
—Estuvo dos días llorando —protestó ella mientras guardaba los embutidos en el refrigerador, según él iba acabando con cada clase—. ¿Has oído hablar alguna vez de moderación?
—Y no olvides quién te explicó las cosas de la vida. ¿Crees que eso fue un paseo para unos universitarios? Ni siquiera el maduro y responsable Nahuel sabía cómo encarrilarlo, pero lo hicimos.
—Lo resumisteis bastante bien en esas tres líneas escritas a máquina que metisteis por debajo de la puerta, Emmett. Gracias —suspiró, preguntándose adónde iba a parar esa ridícula conversación—. Por si no te lo he dicho últimamente, agradezco todo lo que habéis hecho por mí.
Él se encogió de hombros y restregó los pies por el suelo antes de apoyarse contra la encimera.
—Venga, Bella, no estoy buscando cumplidos. Sólo intento que entiendas que no pretendo hacértelo pasar mal. Cuando se lleva tanto tiempo cuidando de una persona, es difícil dejar de hacerlo.
Ella no tenía posibilidades de seguir enfadada a la luz de tanta sinceridad. Tanto amor. A veces se olvidaba de que sus hermanos no pretendían convertir su vida en un infierno. Simplemente no querían verla herida. Se puso de puntillas y le plantó un beso en la mejilla.
—Sé que sólo pretendes ayudar pero ¿podrías pensar sobre lo que te he dicho? Intentar darme algo más de espacio para respirar.
Él reflexionó durante al menos tres bocados del gigantesco bocadillo de jamón, pavo, ternera y salchichón. Finalmente, asintió.
—Hablaré con Jasper.
—Gracias —sonriente, le dio un apretón.
—Pero si ese Edward intenta romperte el sujetador o, Dios no lo quiera, algo peor, nada impedirá que le dé una paliza.
Amo a Emmett, wow, y el momento "Las hermanas de la Orden de los Vengadores Hermanos Mayores" jajajajaja, Emmett como siempre con sus salidas. nos leemos guapas!, discupar el retrasillo de ayer... tuve problemas con el servidor y no pude subir hasta las tantas... besotes
