Capítulo 10.

Al llegar a su altura, le saludo con una inclinación de cabeza sonriente y feliz. Sin embargo Terry no parecía para nada contento su rostro estaba desencajado y sus ojos tenían un brillo peligroso. No pudo abrir la boca antes de que desmontara anticipándose incluso a que Royal King parase, llegara hasta ella y la tomase de la cintura y la pusiera en el suelo.

—¿En qué mierda estabas pensando. Candy? ¿Te has vuelto loca? —La tenía agarrada por los brazos y la zarandeaba Sin que ella pudiera ser otra cosa que mirarle asombrada—. Nunca más se te ocurra una idiotez semejante ¿Me escuchas? ¡¡Nunca!!

El miedo que se cayera del caballo lo había enfurecido de tal modo que no se dio cuenta de que estaba gritándole. Porqué no sólo se había sentido aterrorizado pensando en que podía sufrir un accidente. También se había dado cuenta de que si ella moría, él...

Espero a que ella dijera algo, a que se disculpara por haberles asustado a todos. Pero ella sólo lo miraba aturdida.

La vio maravillosa. El cabello se le había soltado le caían en largos bucles por la espalda; tenía las mejillas sonrosadas por el aire, los ojos brillantes, los labios entre abiertos por agitada respiración...

Sin pensar en las consecuencias, dejándose guiar solo por sus instintos más primitivos, la pegó a él bajo, la cabeza y atrapó su boca. Notó el tacto de las manos de Candy en su pecho y espero su rechazo; en lugar de eso los brazos de ella se subieron hasta rodear el cuello y le devolvió el beso.

Ninguno de los dos supo el tiempo que transcurrió hasta que sus bocas se separaron. Se miraron un instante, pero ninguno pronuncio palabra; Candy no era capaz de articular una sola sílaba y Terry sentía que el mundo acababa de hundirse bajo sus pies.

Ella fue la primera en reaccionar, intentando comportarse como si lo que acaba de pasar entre los dos no tuvieran la menor importancia. Le quemaban los labios, notaba el sabor de la boca de Terryen en la suya, hubiera deseado seguir besándole...

Pero lo que no podía ser, no podía ser; tenía que olvidarse de lo sucedido.

Terry se hubiera dado de cabezazos contra el muro ¡¡Por todas las cadenas del infierno!!¿Hasta dónde podía llegar la enajenación de de un hombre por una mujer? De haber querido ella, se hubiera humillado le hubieras suplicado con tal de seguir besando su boca. Sin embargo, ella lo miraba ahora con frialdad y él se sentía un despojo.

—Candy, lo siento. Yo...

—Volvamos, mi Lord —le pidió—. No tiene que disculparse ninguno de los dos pensábamos con claridad tome mi respuesta como un modo de agradecerle que me haya traído a Cariño.

En Terry despertó un acceso de rabia. Apretó los dientes para contenerse, para no volver a tomarla en sus brazos y demostrarle que no había sido un simple gesto de gratitud lo que había llevado a colaborar en el beso. Se limitó a entrecruzar los dedos y ofrecerle apoyo para subir a la grupa del caballo; luego saltó al suyo y cabalgaron de regreso en completo silencio.

Al llegar a las caballerizas, José, se ofreció para enseñar toda la propiedad a las mujeres. Terry no quiso acompañarlas y le dio la estúpida excusa de tener que visitar al vecino cuya propiedad lindaba con el Heritage. No. volvieron a verle hasta la hora de la comida en la que gustaron algunos sencillos platos a base de queso, pollo frito y fiambres acompañados por un clarete excepcional. Candy sin poder quitarse de la cabeza el beso de su tutor, hablo y hablo para disimular su nerviosismo; la señora Woods intercambio algunas frases con José. Pero Terry apenas dijo palabra durante el resto de la velada.

Antes de partir hacia Londres, agradecieron las atenciones de José Candy le indico un par de gasolinas con las que podía ganarse a Cariño y Terry pidió a su guardés que, Como siempre le mantuvieron al tanto de las novedades.

El trayecto de regreso no fue ni de lejos animado; Candy se dedicó a mirar por la ventanilla del carruaje y lord GrandChester hizo otro tanto. La señora Woods intentó amenizar el viaje, pero apenas obtuvo respuestas y, echando una mirada de reojo ambos jóvenes, acabo por sumirse también en el silencio. Algo había pasado entre ellos, pero no era quién para meterse donde no le llamaban.

Ante la insistencia de Charlotte, Candy claudicó hoy asistió en otra de sus numerosas fiestas a las que estaban siendo invitados. Le vendría bien distraerse para olvidar aunque fuera por unas horas, lo sucedido en Heritage. Tarea imposible porque aquella noche su tutor estaba más seductor que nunca.

Como si hubiera llegado a un acuerdo no bailaron juntos. Ella lo hizo dos veces una de ellas con Lord Wickford y la otra con el barón Sherman, ambos amigos de su tutor, denegando el resto de las invitaciones con una sonrisa agradecida. Terry, sin embargo, se dedicó a mariposear entre las damas y no se perdió ni una sola danza.

Candy hacia esfuerzos por seguir las conversaciones en las que intervino, pero le fue imposible. Su mirada se desviaba una y otra vez hacia la pista donde él sonriente y terriblemente encantador, embrujaba cada una de sus parejas de baile, haciendo que ella sintiera el aguijón de los celos. En su insensatez, deseo haber bailado todas las piezas con él, que sólo hubiera tenido ojos para ella, que volviera besarla... y mucho más. Claro que eso fue antes de verle subir del brazo del de lady Vivían, al piso superior. La anfitriona les había comunicado a su llegada que se habría un par de mesas de juego para aquellos que no iban exactamente a jugar a los naipes. La fiesta se le agrió de un plumazo; por eso cuando él, les propuso abandonar la fiesta acepto de buena gana. Charlotte quedaba muestras de cansancio tampoco puso trabas.

Pasadas pues las doce de la noche y, Como dictaban las normas, sin despedirse de los anfitriones con el fin de no dar pie a otros invitados a marcharse, Terry pidió el carruaje. Dada la cantidad de vehículos que salían entraban aún en el palacete tardaron casi quince minutos en poder subir al coche y, nada más arrancar, la anciana reclinó la cabeza en el asiento y cerró los ojos.

—¿Qué tal lo has pasado?

En la penumbra —la luz del único farolillo indicaba el rostro de Candy manteniendo en masculino en la sombra—, imposible ver su expresión. Pero su voz sonaba irritada.

—¿Y usted con Lady Vivían? Me pareció ver que subían al primer piso. ¿Ganaron a las cartas o habían otros juegos más interesantes? — Creyó escuchar una palabrota de grueso calibre y se felicitó; quiso imaginar que el encuentro de Terry con esa mujer no había sido satisfactorio porque le irritaba de sobre manera deducir otra cosa—. La velada ha estado bien y he añadido tres hombres más a mi lista de posibles esposos.

Terry no dijo nada no estaba de humor para hacer frente a las mofas de su pupila y mucho menos a sus insinuaciones sobre su desaparición con Vivían.

"Tampoco no estoy para discutir sobre tus jodidos candidatos" penso con rabia.

Había tenido suficiente con soportar que ella estuviera rodeada de moscones durante toda la noche por más que desestimara bailar casi siempre y lo hiciera con Kevin y Jason, en los que él confiaba. Le carcomía que cualquier estúpido pudiese acercarse ella mientras él, debía guardar las distancias.

La discusión con la hija de Lord Caverfort, además, acabo por alterarle los nervios. Vivían le amenazó con montar un escándalo si no le concedía unos minutos en privado, así que novio otro remedio que ceder a sus exigencias. A él le importaba un pimiento si aquella loca organizaba un alboroto, pero estaban su abuela y Candy y no quiso avergonzarlas. Lo que desde luego no esperaba de Vivian es que volviera a insistirle en retomar su concluida relación ni que prácticamente, se le echaron encima para besarlo. La había apartado con auténtico disgusto y ella se puso como una fiera.

—Es por culpa de esa perra escocesa ¿verdad? —Se lo grito roja de furia.

—No vuelvas a dirigirte a ella en esos términos, Vivían. Y baja la voz, vas a quedar en evidencia si te escuchan.

—¡Al infierno con todos! Así que defiendes a esa maldita mosquita muerta. ¿Puedes explicarme qué ves en ella? ¿Qué ves que yo no tenga, Terry? ¿Buscas su dinero?

—Sabía que él no necesitaba la dote de ninguna mujer, pero la inquina hacia Candy le soltaba la lengua. En vista de que él no respondía, se echó a reír.

—Ya entiendo: las probado y es buena en la cama.

—Vivían... —Se adelanto un paso hacia ella con los puños cerrados.

—¿Que? ¿Vas a pegarme? Al menos así volverás a tocarme, Terry — gimió. Se acercó , solo para ser rechazada de nuevo—.¿Por qué no podemos volver a estar juntos? ¿porque no tener una vida en común, Terry? Te quiero.

—Lamento no poder decir lo mismo. Nunca te engañado desde el principio sabías que no podías esperar nada de mi.

—Pero esa zorra si puede esperarlo, no es cierto.

—Vivían, no voy a advertírtelo otra vez...

De no haber tenido una férrea disciplina y considerarse un caballero le hubiera cruzado la cara. La dejo con la palabra en la boca, hizo sus oídos sordos a los insultos que le desgranaba a su espalda y, dio un portazo al salir.

Una adormilada Mary les esperaba aguardando al llegar a casa. A Candy le pesó en la conciencia, que la muchacha hubiese de trasnochar para ayudarlas a desvestirse. Junto a ella, tampoco Bernardo disimulaba el cansancio.

Después de que diera la orden— Mary y Bernardo se negaron al principio. Pero Tenían que hacer lo que su amó pidiese—. Terry se despidió de ambas pero en lugar de subir directamente a su recámara se dirigió a su despacho. Era un ritual que solía hacer cada noche antes de acostarse. Un rato después Candy sopló las velas cerró la habitación de Charlotte y, ya en la galería se quedó un instante apoyada en la madera. Después del bullicio de la fiesta, el silencio en el que estaba sumido la casa era un sedante; sólo escuchaba el suave sonido del viento azotando las ramas de los árboles del jardín.

La alfombra acogió sus pasos mientras se dirigía a su cuarto, dos puertas más allá. Tal vez por eso pudo captar el apagado ruido procedente del interior un instante antes de accionar al picaporte. Suspiro, pensando que Mary había desobedecido las indicaciones y se disponía a prestarle sus servicios. Empujo la puerta con un reproche cariñoso en los labios, pero no llego a decirlo en voz alta porque se quedó petrificada en el umbral.

Las velas encendidas de dos candelabros lanzaban sombras y claros en habitación pero fue suficiente para darse cuenta de que todo que estaba patas arriba. Su pulso se acelero y una repentina sensación de miedo serpenteó por su espalda. Lo normal hubiera sido salir de allí a escape, pero el aturdimiento hizo que diera un paso hacía adentro.

—¡Pero que...!

Noto una presencia a su derecha. No le dio tiempo de saber más porque la empujaron con fuerza, cayó hacia delante, se golpeó la cabeza con el brazo de una butaca y una sombra escapó como una exhalación hacia el mirador, fueron apenas dos segundos pero acertó a ver el rostro marcado del atacante cuando este la miro antes de saltar por la ventana.

Candy tardo sólo un instante en sobreponerse al dolor del golpe y gritar a pleno pulmón pidiendo auxilio. Quiso levantarse pero el mareo la obligó a desistir. Consiguió llegar hasta la cama y apoyarse en ella así la encontró instantes después Charlotte que irrumpió en la habitación enfundada en su camisa de noche, con el cabello recogido en una redecilla y empuñando una pistola de arzo. Sin soltar el arma mirando a un lado y otro se acercó a la joven para socorrerla.

Una fracción de segundos más tarde apareció Terry armado también no ocultó un suspiro de tranquilidad al verla sanas y salvas. Y nadie hubo de explicarle lo que había pasado allí. La habitación era un completo caos.

—¿Os encontráis bien?

Candia asintió, aceptó la ayuda para sentarse en los pies del colchón mientras Terry cerraba la ventana, impidiendo que las hojas impulsadas por el viento entrarán en el cuarto. Luego guardo la pistola en la cintura del pantalón y se acercó a ellas.

De cuclillas ante la muchacha tomó las manos femeninas entre las suyas.

—¿De veras no estás herida? ¿Y tú abuela?

— Yo estaba durmiendo cuando escuché gritar a Candy

La señora Woods golpeó con los nudillos en el cerco de la puerta antes de entrar.

—Me ha despertado un grito... ¡por Dios! ¿Qué ha sucedido? ¿Se encuentra bien excelencia?

—He gritado yo, señora Woods; lamento haber asustado todo el mundo. Alguien me empujó y me caí contra la butaca.

—Tengo algo de láudano en mi cuarto —ofreció Charlotte —. No me gusta abusar de él, pero a veces la condenada rodilla no me deja dormir.

—Gracias, prefiero no tomarlo.

—Cuenta de una vez que ha pasado, Candy

Oí un ruido antes de entrar —desvió la mirada de Terry no estaba correctamente vestido y, aún que ella daba escasa importancia a la etiqueta. La ponía nerviosa verle sin chaqueta con la camisa desabrochada en el cuello y las mangas dobladas por encima de los codos.

—Pensé que era Mary, encontré el cuarto así y el hombre que estaba dentro me empujó . Saltó por la ventana.

—¿Pudiste verlo?

—Tiene la mitad de la cara quemada. No se me olvidará ese horrible rostro nunca—dijo sin disimular el estremecimiento.

Terry evaluó los destrozos en una sola ojeada: el colchón estaba torcido, la ropa de cama en el suelo, los cajones de la coqueta se veían abiertos y su contenido desperdigado por el suelo; había levantado la alfombra y sacado cuánto tenía en el armario vestidos, zapatos, cajas de sombrero forraban el suelo de la habitación.

Todo eso le importaba un comino. Le importaba encontrar el sujeto que se había atrevido entrar en su casa y golpear a Candy. Si era cierto que tenía la cara quemada no sería difícil dar con él. Haría uso de su poder, pero también. Contrataría a cada rufián que pululase por los barrios bajos, a cada alcahueta o prostituta; gastaría una fortuna si era preciso... Pero lo encontraría.

— Salgamos de aquí —pidió Charlotte—, tendrás que dormir en una de las habitaciones de invitados, esta parece un campo de batalla. Señora Woods despierte a Mari y Rachel que nos prepare unas tisanas. Qué las lleven al saloncito azul por favor. Voy a echarme algo por encima y bajamos ahora mismo. Me reuniré con vosotras en un momento —dijo Terry antes de desaparecer.

Para cuando Terry entro en el salón minutos más tarde, seguido de Bernardo con gesto preocupado. Candy parecía haberse tranquilizado Su abuela hablaba con Mary y Rachel y la señora Woods intentaba que la joven se acabara la tisana.

—Hemos dado una batida con Alfredo por el jardín y los alrededores y ni rastro del asaltante

—¿Hay alguna puerta forzada?

—La ventana de la despensa estaba entreabierta; ha tenido que colarse por ahí.

—Pero ¿que buscaba ese sujeto? —Se preguntó la señora Woods en voz alta

—La esmeralda. Candy lo sospecho. La joya no está. ¡Miserable!

—¿Donde la guardabas?

—En su caja, en la coqueta.

—Por sus palabras, excelencia— apuntó la señora Woods aún pálida por el susto —. Supongo que se trata de un objeto valioso. Si yo fuera a robar alhajas sería donde primero mirase, en la coqueta de cualquier dama; no encuentro la lógica para que revolvieran todo el cuarto.

—Es que... Es que la Esmeralda no estaba en la coqueta, señorita —confesó entonces Mary, que retorcía el cinturón de su bata, y a punto de echarse a llorar.

—¿Como dices?

—Lo siento. ¡Lo siento mi Lady, pero todo es culpa mía! Le juro que no tenía intención de quedarme con ella. La tome prestada un poco antes de que ustedes llegaran, porque quise ver cómo me quedaba con un vestido de los domingos. No me dio tiempo de ponerla porque usted no me permitió subir ayudarles a desvestirse. —A esas alturas la chica ya era un mar de lágrimas y se explicaba entre hipidos —. Se que no debía haberla cogido, pero ¡le juro por mi alma que iba devolverla a su sitio!

—Está bien, Mary,cálmate — le pidió Candy al ver que estaba apunto de sufrir un ataque de histeria

—¿La tienes en tu cuarto interrogó Terry?

—Si excelencia

—Trae ese maldito colgante. Luego recoge tus cosas y lárgate. Esta misma noche, Mary.

La voz de Terry fue tan dura que a Candy se le encogió el estómago. La chica lloro con más desconsuelo agachó la cabeza volvió a reprimir entre sollozos que lo sentía antes de salir a escape de la sala.

—No puedes despedirla.

—Acabo de hacerlo.

—Pues rectifique, se lo pidió como favor personal. Al fin al fin de cuentas no se ha cometido ningún delito.

—¡¿Como llamas tú que haya cogido la Esmeralda por todos los infiernos?!

El grito no era para ella, era la consecuencia de haber estado reteniendo el mal humor durante toda la noche y el miedo que lo traspaso como un cuchillo afilado a la ver la oído oído pedir auxilio. Ni siquiera era capaz de recordar cómo había llegado hasta su cuarto, sólo el pánico atroz que paralizó durante unos segundos imaginando que estaba en peligro. Nada más vocear lo lamento porque, Candy interpretó su salida de tono como una ofensa y se irguió igual igual que una leona una apunto de atacarlo. La vio apretar los puños y aguardo la invectiva, pero no se produjo en voz alta; ella se le acercó y, en un tono tan bajo que sólo él pudo oírlo le dijo:

—Como me aconsejo a mi; guarde sus rebuznos para otra ocasión. Excelencia.

Terry estabas lejos de recuperarse de sobresalto pero el correctivo lo puso en un sitio y aplaco en parte su rabia si ella capaz de enfrentarlo, es que estaba repuesta de la impresión. Para acabar de mortificarle, su abuela apoyó la petición en favor de Mary.

—Candy tiene razón: no se ha cometido ningún robo. Si Mari hubiera buscado quedarse con el colgante nada más fácil que callar y dejarnos pensar que ladrón lo encontró. Sin embargo, ha confesado su insensatez y va a devolverla. Rachel, por favor intente consolar a Mary, mañana hablare yo con ella, le pondré los puntos sobre las íes y veré el modo de que pague por su fracción. Y ya está bien de lamentaciones debemos retirarnos todos a descansar poco más podemos hacer.

— Montaré guardia esta noche mi Lord —se ofreció Bernardo.

—Vaya a descansar también, Bernardo yo me encargaré. No creo que pueda dormir

—Como guste, mi Lord.

A solas ya, Terry se sirvió un brandy; notó que le temblaban las manos y maldijo en voz alta Bebió todo el contenido de un solo trago y luego se dirigió a su despacho; una vez allí, se hizo de papel y pluma y empezó a escribir a los nombres que mejor podían ayudarle.

—¿Se puede saber desde cuando duermes con una pistola. Charlotte ? La señora Woods se había excusado para acompañarles debido una terrible jaqueca. Estaban por lo tanto los tres solos en el comedor y como era su costumbre a la hora del desayuno, sin criados. A si que Terry no espero a saciar su curiosidad.

El hecho de que su abuela hubiera parecido en el cuarto de Candy empuñando una pistola era algo que había estado dando vueltas durante toda la noche. Noche que como bien había imaginado paso en vela. Seguía encolerizado por el asalto su casa, pero los estropicios se arreglarían y asunto terminado. Orta cosa distinta era que buscar la joya de Candy. Si lo habían intentado una vez, ¿quien les aseguraba que no volvería en hacerlo? y ¿cómo sabían que ella la tenía? Se le atascaba el aire los pulmones y notaba un nudo en las tripas imaginando lo que podía haber sucedido.

Su abuela, cuyas profundas ojeras delataban también la mala noche pasada, levantó una ceja como si la pregunta fue una completa necedad.

—¿Desde cuando lo haces tú, muchacho?

— Eso no viene al caso

—Explícaselo a otra torpe y anciana para que lo entienda.

—Bueno... Quiero decir que no es lo mismo que yo tenga una arma en mi despacho. A que tú duermas con una debajo de tu almohada.

—¡Hombre, eso tiene gracia! —la dama golpeó la mesa con la palma abierta.

—Supongo que no estarás queriendo decirme que tienes licencia para guardar una pistola por el hecho de ser varón.

—No tergiverses mis palabras.

—No lo hago.

—Lo haces. Las armas no son exclusivas de los hombres, no he insinuado nada semejante. Pero tener una implica saber utilizarla.

—Y ¿quien dice, que tu abuela no sepa hacerlo?

es posible que sepas sin embargo existe una ligera diferencia yo la usaría en caso necesario

A veces no sé en qué estaba pensando el creador cuando os puso a los hombres en el mundo se quejó untando mantequilla en la tostada. Candy que había estado muy callada escondio una sonrisa. —Para tu información esa pistola ha sido disparada en un par de ocasiones.

— En la época en que Napoleón usaba pañales

—No seas insolente muchacho —se enfureció la duquesa viuda de nuevo dejando el pan a un lado—. Es un arma espléndida de 1750 puede que algo pasada de moda pero te aseguro que funciona a las mil maravillas y no he tenido nunca problemas para acertar en un blanco.

¿Cree usted mi Lord —se inmiscuyó Candy para cortar la discusión—, que Andrew puede tener algo que ver con el asalto?

Terry frunció el seño reviviendo de nuevo la rabia sorda que le produjo verla bailando con el sujeto, Candy disimulaba tranquilidad pero casi no había desayunado. Y estaba pálida ni los suaves polvos que se aplicó esta mañana, nada habitual en ella podía disimular las obras de cansancio bajo sus párpados, ni el cardenal de en la ceja izquierda. así y todo la encontraba exquisita.

Carraspeó e hizo un esfuerzo por centrarse en la conversación

—Creo que tal vez, pueda imaginar que poseo esa piedra. Mientras bailaba con él, hizo una insinuación a que en una esmeralda iría mucho mejor con mis ojos que los diamantes.

—Y no se te ocurrió contarmelo. —Terry se altero.

—No vi la necesidad fue un comentario y decidí tomarlo como un cumplido.

—Así que no viste la necesidad de decirme que un hombre que acabas de conocer estaba informado de que eres dueña de esa joya.

—No ponga palabras en mi boca que no he dicho, No he insinuado nada semejante, y no hace falta que se muestre irónico.

—Más bien estoy resentido, Candy. Por lo que estoy viendo en esta casa se me ocultan demasiadas cosas.

—No ha sido esa mi intención. A quien más le podría interesar la Esmeralda quien puede sospechar que está aquí.

—No se me ocurre nadie salvo que la muerte de tu tío Tomás tenga algo que ver con todo esto

—¿Como dice?

—Tu misma me confesaste que el fallecimiento de tu tío fue sorpresivo que no estaba enfermo.

—Sí pero...

—Puede que este dejandome arrastrar por la imaginación. Candy, pero...

No comentaste que Tomás se mostraba intranquiloy reforzóla vigilancia, no dijiste que te presionó incluso para que regresaras a Viena tal vez temiendo que pudiera sucederte algo.

Ella hizo una exclamación y se llevó la mano a la garganta recordó las palabras de la señorita Pony y se le aceleró el pulso

"Tu tío la puso bajo mi custodia la noche antes de morir niña, como si presintiera que iba a abandonarnos en pocas horas"

—Está insinuando que pudieron asesinarle y que ahora...

—Y que ahora tú puedas estar en peligro. Si. Eres la heredera de Thomas White.

—No puedo admitir que mataran a mi tío por ella y resulta absurdo imaginar que siquiera me han vigilado desde entonces, tuvieron sobradas ocasiones para intentar robarla durante mi viaje desde Edimburgo, ¿porque anoche? —de repente se quedó muda y sus pupilas se dilatan —. No sabían que yo la tenía hasta ahora. La Esmeralda me fue entregada por mí aya, ni siquiera figuraba en el testamento, ¡Por eso entraron en la casa!

—¿Que dices?

Candy se sonrojo y agacho la mirada estrujo la servilleta en su mano mientras buscaba el modo de explicarse.

—Irrumpieron en mi casa, en Escocia según la carta de mí aya, la registraron a conciencia y se llevaron algunas cosas de valor.

—¡¿Y nos lo cuentas ahora?!

—Me intrigó, y me enojo claro, pero no lo asocié de ningún modo con la joya, pensé simplemente, creí, que había sido obra de algunos vagabundos, buscando que llevarse, ahora desde luego lo veo desde otro prisma. Es posible que estuvieran buscando la piedra.

—Ahí tienes la respuesta. Entonces... es bastante probable que hayan estado tras su pista desde la muerte de tu tío, suponiendo que estaba oculta en alguna parte de la casa. Y también con la seguridad alguien les avisado de que está aquí. Y de que anoche regresaríamos tarde.

—Sea como sea —indicó Charlotte debes ponerla en un buen recaudo hasta que decidas qué hacer con ella. Y ahora discúlpeme los dos tengo algunas cartas que escribir —dijo Charlotte repente antes de llegar a la puerta se volvió a ellos—. Puedo acompañar a ver al gobernador del banco de Inglaterra. Candy sería buena idea que dejes esa joya a su cuidado.

En cuanto quedaron a solas Terry abandonó su asiento para acercarse la muchacha. Ella se hizo de una pieza, cuando el paso los nudillos con mucho cuidado por el cardenal de su ceja.

—¿Te duele?

—Apenas.

—Candy si te hubiera ocurrido algo yo...

Se puso a su espalda sus manos apoyaron en sus hombros y comenzó a masajearlos y a ella se le cortó la respiración. El calor que amainaban sus largos dedos se expandió desde la nuca A los riñones. Cerró los ojos y deseo más que nada en el mundo dejar caer la cabeza hacia atrás y apoyarse en él.

Cuando notó las manos masculinas en el cuello. La tenue caricia en tibio su corazón. A pesar de sus constantes trifulcas notaba que Terry estaba preocupado por ella. Y tenía el presentimiento de que no sólo perturbaba su seguridad por ser su tutor. Había algo más que no dejaba entrever con claridad. Pero que le llenaba de esperanza. De repente deseo que la besara de nuevo. Era un pensamiento absurdo fuera de toda lógica, pero no podía controlar que su imaginación. Se disparará cada vez que lo tenía cerca. Había probado una vez. Soñaba con poder volver hacerlo, abrigar esa quimera sin poder cumplirla estaba siendo un suplicio.

Terry luchaba con enojo por alejarse, pero el tacto de la anacarada piel femenina lo tenía atrapado, no era capaz de pensar otra cosa que no seguir acariciándola. Ardía de deseo por aquella mujer a la que, para su desgracia, debía a proteger de sinvergüenzas como él. ¡Valiente tutor estaba hecho cuando anhelaba, sobre todas las cosas llevársela a la cama! Rogó mentalmente a Candy que se apartara de él, que le recriminara su atrevimiento. Aceptara incluso que lo insultara pues sus dedos coqueteaban ya con la trémula carne de bajo de su escote.

En lugar de evitar su contacto la oyó suspirar y relajarse.

Y su control se fue al garete.

La levanto, tomo su rostro entre sus manos y su boca se apoderó de la de ella, de unos labios que lo habían vuelto loco desde la primera vez que la viera.

La alarma bloqueo a Candy durante un instante. Solo un instante, luego el color de la boca de Terry su sabor, el tacto sus labios sobre los tuyos la arrojó a un espiral le deseo que la dejó aturdida. Era lo que le había estado deseando con vehemencia. No sólo aceptó el beso, sino que lo devolvió, con tal inexperiencia que hizo gemir al Duque. Lo empujó a la perdición y abrazó cada molécula de su cuerpo.

La repentina y dolorosa erección que no fue capaz de reprimir enloqueció a Terry.

Sé encontró superado por el deseo tan voraz que no controlaba, si no que lo controlaba a él. Por que sentía por Candy un deseo tan grande que le asustaba. Porque había prometido no dejarse nunca por una mujer y, en ese momento no era otra cosa que un tronco a la deriva.

Pero a pesar de sus dudas y de su cada vez menos férrea decisión de no dejarse hechizar por ella, profundizó el beso. Candy emitía gemidos que lo estaban llevando al delito. Sus pequeñas manos subían y bajaban por su espalda haciendo que se entremetiera.

Ella lo deseaba lo deseaba y esa convicción le dolió más que si le hubieran rechazado.

¿Que podría ofrecerle, cuando era incapaz de amar como ella se merecía? Sus locos sueños de juventud cuando se imaginaba compartiendo su vida con una mujer a la que adorase y tener hijos, que heredarían su título y propiedades quedaron enterrados.

—Candy... — gimió sobre sus labios.

Ella se separa un poco para mirarle a los ojos. Los suyos estaban tan brillantes que parecía a punto de romperse en mil pedazos.

— Bésame otra vez Terry—le pidió.

Su nombre en sus labios casi le hizo llorar y la besó de nuevo. No podía hacer otra cosa porque ya carecía de su voluntad.

Mientras lo hacía sus manos ascendieron por los costados, tan inseguras como las de un muchacho, hasta envolver los juveniles pechos. Los sopeso y acaricio con delicadeza por encima de la tela del vestido. Sus pulgares agasajaron la protuberancia de los pezones que se volvieron duros como puntas de diamante.

Candy dejo escapar un gemido más sensual que él hubiera oído nunca.

—Te deseo —le confesó —¡Dios mío, Candy, no te imaginas cuánto!

Continuará...

Saludos y mil gracias por sus positivos comentarios. Feliz fin de semana.

JillValentine.