Hola mis lectores predilectos... ¿Cómo han pasado el día de los enamorados y de la amistad? Espero que lo hayan disfrutado muchísimo...
Me encanta que a pesar de ser una adaptación les haya gustado a tal punto de "seguirla" y ponerla en "favoritos". Muchísimas gracias por eso... No saben la alegría que me causa eso.
Por si les interesa pegar una ojeadita por mi perfil verán que hay otras historias una de ellas de mi entera autoría... Espero la dosfruten.
Ahora sí, a lo que nos compete... Acá vengo con el cap 10 de esta hermosa historia, estoy tratando de localizar lo que resta de la serie y se me está complicando un poquito... Solo espero que FF no se ortive y pueda adaptarla y compartirla con ustedes.
Bueno criaturas de mi corazón voy a dejar la palabrería y dejarles el camino libre para leer...
Esta es una adaptacion de LauraLee Guhrke Amor prohibido.
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Capítulo 10
Al principio, la teoría de Shaoran de que cenando juntos podrían acabar siendo amigos no parecía muy factible.
Para empezar, el comedor era demasiado grande para que en él cenaran sólo cuatro personas, aunque una de ellas fuera un duque. El altísimo techo dorado y plateado, la larga mesa con sus sillas de terciopelo granate, las columnas de mármol blanco, los espejos y los querubines, nada de todo eso ayudaba a crear un ambiente confortable, al menos para Sakura.
Luego estaba el problema de la comida. Había dos tipos diferentes de sopa, una fría y una caliente. Le siguieron tres platos de pescado y dos de carne, cada uno con cuatro variedades distintas. Todo estaba muy bien presentado y era delicioso, pero a Sakura le pareció una exageración y un gran desperdicio. Era imposible que cuatro personas se comieran todo aquello.
Ella estaba acostumbrada a cenar sobre una mesa cubierta de polvo en el desierto o en una modesta pensión italiana. En esas cenas ella y su padre siempre hablaban de historia, de antigüedades o de la excavación en la que estaban trabajando.
Para acabar, estaba el problema del anfitrión. Él intentaba ser amable, y el señor y la señora Terada escuchaban encantados sus comentarios, pero ella no podía. Sus maneras, especialmente con ella, eran educadas y consideradas.
Sakura sabía que ese despliegue de encantos formaba parte del plan de Shaoran para que se quedara en Hampshire. Él podía ser el hombre, más encantador del mundo, pero Sakura no podía soportar que lo fuera con ella sabiendo lo que él pensaba en realidad.
Por otra parte, Shaoran no sólo se preocupaba de si le gustaba la comida, sino que parecía estar observándola en todo momento. Cada vez que levantaba la vista, lo pillaba mirándola con una intensidad difícil de definir.
Ella tenía el mismo aspecto de siempre. Lo único que había hecho había sido ponerse su mejor vestido, que era de un gris pálido y estaba muy pasado de moda, y quitarse las gafas. Era imposible que ninguno de esos cambios hubiera captado la atención de Shaoran, así que llegó a la conclusión de que su desconcertante escrutinio se debía a su paseo bajo la lluvia. Al fin y al cabo, él la había tachado de loca por ello.
A la hora de los postres ya no podía aguantar más.
—Señora Terada —se dirigió a la vieja señora que estaba sentada frente a ella—, ¿no cree que el duque me está mirando mucho esta noche? Me examina como si fuera un artefacto.
—¡Cielo santo, querida! —exclamó la señora Terada, y se rió quedamente al mirar al duque, y luego nuevamente a Shaoran—. No debería hablar de sí misma en esos términos. ¡Un artefacto!
Shaoran, que estaba sentado en el extremo de la mesa, tomó su copa de vino y, a través de sus espesas pestañas, la miró como un león observando a su presa.
—Yo mismo podría describirla de ese modo, señora Terada —dijo Shaoran—. Los artefactos son objetos misteriosos, intrigantes y difíciles de interpretar. Uno normalmente emite juicios equivocados sobre ellos.
Sakura apretó la servilleta que tenía en su regazo. ¿Qué estaba diciendo?, ¿que al fin y al cabo no era un despreciable insecto? Se obligó a relajarse y agarró su copa.
—¿Cree que soy un misterio, señor?
—Así es, señorita Kinomoto.
—No veo por qué. —Tomó un sorbo de clarete y dejó la copa—. Le aseguro que no hay nada misterioso en mí.
—Señorita Kinomoto, creo que el duque tiene razón —intervino de nuevo la señora Terada—. Desde que dimitió, el señor Terada y yo estamos un poco desconcertados.
—Supongo que se sorprendieron, pero...
—¿Sorprendernos? —la interrumpió la señora Terada—. Que Dios nos bendiga, fue una revelación. No es que no la comprendamos, por supuesto. En su situación, quién no aceptaría la oferta de lady Miara, y usted sin duda se lo merece. Sencillamente es que no teníamos idea de que usted y la vizcondesa fueran tan amigas. Así que, ya ve, su señoría tiene razón al afirmar que es usted un misterio. Tan cerrada como una ostra.
Sakura no sabía qué decir, nunca se le hubiera ocurrido pensar que ella pudiera ser misteriosa e intrigante.
—¿Lo ve? —continuó la anciana dama—. Incluso ahora sigue callando. No pasaría nada por que fuera más abierta o más expresiva. Con usted es imposible saber lo que está pensando o sintiendo.
—No esperará que los jóvenes dandis de Londres le lean la mente, ¿verdad? —añadió el señor Terada con una sonrisa.
—Ya no los llaman dandis, querido —le corrigió su esposa—. Ese término ha pasado de moda, ahora los llaman beaux.
—Puesto que todos estamos de acuerdo en que la señorita Kinomoto es un misterio —intervino Shaoran—, ¿qué les parece si dejamos que sea ella quien escoja cuál será nuestro entretenimiento de esta noche? Así quizá descubramos algo más sobre ella, —Dejó su copa y se incorporó un poco. Miró a Sakura como si su respuesta fuera de vital importancia—. ¿Cuál escoge, señorita Kinomoto?
—Debe ayudarme, señoría —respondió ella sonriéndole—. Es usted tan atento y considerado que seguro que ha preparado varios divertimentos para nosotros. Cuénteme qué tiene previsto.
—Una respuesta directa y muy hábil —dijo él riendo—. Me halaga, gana un poco de tiempo y sigue sin revelarnos nada sobre usted. Muy bien, voy a darle varias opciones. Si quiere música puedo traerle músicos. ¿O acaso prefiere la poesía?
—No escoja la poesía, señorita Kinomoto, se lo suplico —rogó el señor Terada—. Siempre me duermo.
—No, señor Terada —le riñó Shaoran—. No pida tal cosa. Me encantaría recitar a Neruda, Cohelo y Dario a la señorita Kinomoto si ella lo desea. Sus deseos son órdenes para mí.
Sakura no soportaba oírle hablar así, como si ella fuera en verdad importante para él. Y la mera idea de oírle recitar los románticos versos de Neruda le ponía los pelos de punta. Se levantó y dejó la servilleta a un lado.
—Creo que me gustaría ver su invernadero, señor. La señora Terada me ha dicho que es impresionante y nunca he tenido la oportunidad de visitarlo.
—Entonces daremos un paseo por el invernadero —aceptó Shaoran, y se levantó junto al resto de invitados—. Haverstall, mande a un lacayo para que encienda los candelabros.
—Muy bien señor —respondió el aludido, y envió a un lacayo a cumplir el encargo.
Shaoran se acercó a Sakura y le ofreció su brazo.
—¿Nos vamos?
Ella apoyó la mano en el antebrazo de él y salieron del comedor con el señor y la señora Terada detrás.
Pasearon por el largo camino que llevaba al invernadero. Ninguno de ellos hablaba, pero Sakura podía sentir cómo Shaoran no dejaba de mirarla. Ella tenía la mirada perdida y estaba concentrada en disimular sus sentimientos, pero cuando estaban a punto de llegar a su destino no pudo evitar preguntar:
—¿Qué cree que desvela de mi elección de entretenimiento?
—¿Que le gustan las flores?
Sakura no pudo evitar reírse ante la respuesta tan rápida y tan evidente que él le había dado.
—¿Ve como no soy misteriosa? —comentó ella—. A todas las mujeres nos gustan las flores.
—Me gusta oírla reír.
Le tembló todo el cuerpo y casi se quedó paralizada allí mismo, pero por suerte se recuperó a tiempo. No contestó y continuaron el resto del camino sin hablarse.
Cuando llegaron al invernadero, fue él quien rompió el silencio.
—Debo confesarle, señorita Kinomoto, que este paseo no ha sido lo que yo esperaba que usted sugiriese como entretenimiento.
—¿Y qué esperaba pues?
—Veinte preguntas —le susurró al entrar en el invernadero—. Pero sólo si yo pregunto y usted responde.
—Ni en un millón de años —contestó seria.
A continuación, sacó las gafas del bolsillo de su falda, se las puso y se dispuso a observar el jardín interior que la rodeaba.
Al igual que todas las estancias de Tremore Hall, el invernadero era enorme. El techo estaba compuesto por paneles octogonales de cristal, y tenía como mínimo quince metros de alto. Las paredes eran también de cristal y los paneles que la formaban estaban separados por unas columnas de piedra que se arqueaban hasta juntarse con las columnas que había en el centro de la habitación, como en un foro romano. En los cristales se reflejaba la luz procedente de la casa y los candelabros que había encima de altos pilares aportaban una luz adicional.
El señor y la señora Terada empezaron su paseo por uno de los extremos, pero Sakura, con Shaoran a su lado, se colocó en el centro para tener así una vista general. Había limoneros, palmeras y plantas de dátiles como las de Palestina, y estaba lleno de fuentes, estatuas y bancos de piedra en los que sentarse. Flores de brillantes colores se abrían por todas partes, muchas eran conocidas por Sakura, pero otras no las había visto en su vida.
—¿Tenía razón al decirle que era magnífico? —preguntó la señora Terada desde detrás de las palmeras.
—La tenía, es magnífico —le dio la razón Sakura, y levantó la vista hacia el techo acristalado—. No había visto nunca algo así. —Entonces se dirigió a Shaoran—: Estoy impresionada, señoría. Francamente impresionada.
Él le sonrió y ella volvió a perder el aliento.
—Viniendo de alguien que ha visto medio mundo, es el mayor de los cumplidos. Gracias.
Sakura giró sobre sí misma y cuando estuvo de nuevo frente a él dijo:
—Es muy inglés, ¿no cree?
Él se rió y ella, sin entender su risa, lo miró sorprendida.
—Señorita Kinomoto, tiene a su alrededor estatuas griegas, limoneros, bonsáis de Japón y piñas de las islas Sándwich. ¿Cómo puede ser nada de esto inglés?
Sakura no pudo evitar devolverle la sonrisa.
—Yo creo que es muy inglés. Mire, en Italia nadie tiene un limonero en su casa, y las palmeras de Palestina parecen esqueletos al lado de éstas. Y, por cierto, ¿qué demonios es un bonsái?
Él señaló la planta que había a sus pies y ella, sorprendida ante la pequeñez del árbol, se agachó.
—Qué curioso, es un árbol en miniatura con pequeñas manzanas. —Levantó la vista hacia él y preguntó—: ¿Son de verdad?
—Compruébelo usted misma. —Shaoran se arrodilló a su lado, arrancó una diminuta manzana y se la acercó a los labios. Ella dudó un instante, antes de abrir la boca—. ¿Sabe que la manzana es la fruta de la tentación? —dijo él mientras ella aceptaba la fruta que le ofrecía.
Sakura casi se atragantó al notar el tacto de sus dedos sobre los labios. Bajo la lluvia él la había acariciado de esa misma forma y ella volvió a sentir el calor que sintió entonces. Era como si una deliciosa ola del mar Egeo la envolviera. Quería quedarse allí para siempre. Quería escapar de allí lo más rápido que pudiera.
Al final, no hizo ninguna de las dos cosas sino que se levantó e intentó mantener la compostura mientras masticaba.
—Son en efecto manzanas —dijo al tragarse la fruta—. Tal como le he dicho, un jardín muy inglés —añadió en tono serio para disimular lo que de verdad estaba sintiendo.
Prosiguieron su paseo y Sakura se fijó en las plantas más extrañas que había visto en su vida. Estaban formadas por un conglomerado de hojas del que sobresalía un tallo central con una especie de fruta al final.
—Qué plantas tan raras. ¿Qué son? —le preguntó a Shaoran.
—Piñas. Se ofrecen como símbolo de bienvenida. ¿Las ha probado alguna vez?
Ella negó con la cabeza y entonces Shaoran levantó la mano levemente y un sirviente se materializó de golpe ante ellos.
—Corte una piña para la señorita Kinomoto, por favor, llévela a la cocina y dígales que se la sirvan mañana en el desayuno.
—Por supuesto, señoría. —El lacayo hizo una reverencia y, con la piña bajo el brazo, se fue del invernadero.
Shaoran volvió a dirigirse a Sakura.
—Si le gusta, puede comer todas las que quiera mientras esté en la casa.
Sakura no quería que ShShaoran tuviera gestos hacia ella, eso no era lo que deseaba y, además, ahora ya era demasiado tarde.
—Gracias —susurró—. Es muy amable de su parte, señoría.
—Contrariamente a lo que usted piensa, a veces puedo ser amable. —No se rió pero sus labios dibujaron una sonrisa—. Sin embargo, debo confesarle que precisamente ahora no estaba siendo amable.
—Lo sé, y lo que está intentando no va a funcionar.
—¿Qué es lo que no va a funcionar? —preguntó él tratando de parecer inocente.
—Este descarado intento de convencerme de que me quede.
—No se preocupe, señorita Kinomoto, ya me he dado cuenta de que usted es demasiado inteligente como para que unos pocos halagos o unos pequeños trucos la convenzan. Pero no puede culparme por recurrir a la artillería pesada y utilizar mi mejor arma.
—¿Para persuadirme?
—No. Para tentarla. La tentación es mucho más fuerte que la persuasión. Quizá mi jardín del Edén pueda hacer que se quede. —Señaló una planta en la que crecían una especie de pequeñas bayas—. ¿Le gustaría ver la fruta de la pasión?
Sakura asintió y lo siguió a través del tupido jardín hasta una pequeña cepa.
—¿Esto es la fruta de la pasión? —preguntó ella cuando vio las pequeñas bayas—. Con ese nombre, esperaba que fuera algo extraordinario.
—La baya es insignificante, pero cuando florece es magnífica. Su flor simboliza la devoción.
Ella se volvió hacia él y lo miró intrigada.
—Manzanas para la tentación, piñas para dar la bienvenida, flores para la devoción. ¿Todas las plantas simbolizan algo?
—En muchos casos así es. ¿Ha leído alguna vez Le langage des fleurs?
—El lenguaje de las flores —murmuró ella.
—¿Habla francés?
—Por supuesto, lo aprendí en Marruecos; allí casi nadie habla inglés.
—¿Cuántos idiomas conoce, señorita Kinomoto?
—No sé, déjeme pensar; francés, latín, griego, arameo, hebreo, farsi y árabe —enumeró con los dedos—. Ocho, si cuento también el inglés.
—Extraordinario —dijo él mirándola sorprendido—. Le confieso que yo, a pesar de la insistencia de mis tutores y de mi estricta educación en Cambridge, sólo fui capaz de aprender latín y francés. Me deja sin palabras, señorita Kinomoto.
Por un momento, Sakura se sintió halagada por el cumplido, pero rápidamente recordó que él no estaba siendo sincero.
—Nunca había oído hablar del lenguaje de las flores. ¿De verdad tienen todas un significado?
—Así es. Existen muchos libros al respecto pero el primero fue Le langage des fleurs, de madame Charlotte de la Tour. Está muy de moda expresar los sentimientos a través de las flores; así, un ramo de flores puede decir tantas cosas como una carta.
—Qué modo tan bello de expresar los sentimientos, me encantaría recibir uno de esos ramos.
Él se agachó y de una maceta arrancó un ramillete de flores, se levantó y se las ofreció. Ella estaba tan sorprendida que lo único que se le ocurrió hacer fue aceptarlas.
—Huelen muy bien —dijo ella, acercándoselas a la nariz—. ¿Qué son?
—Sakura's odara, estas flores llevan su nombre.
—¿Y qué significan? —preguntó riéndose—. No me diga que significan algo horrible, no podría soportarlo.
—No se preocupe, todo lo contrario. —Entonces él tomó el ramo que ella sostenía y suavemente, le colocó las flores en el pelo. Sakura no podía ni respirar—. Significan «cerezo me gustas tal como eres».
Ella se apartó y pensó en algo que decir, necesitaba recuperar el aliento.
—No entiendo por qué la flor de la pasión simboliza la devoción. No tiene sentido, sería más lógico que significara pasión, ¿no?
—Ah, señorita Kinomoto, se equivoca; la que simboliza pasión es la fruta, madura y deliciosa, como el sentimiento mismo.
Una oleada de calor la inundó y se dio la vuelta antes de que él pudiera ver lo sonrojada que estaba.
—Debería probarla algún día —comentó al fin, y reanudó su paseo.
—Ahora no están en su mejor momento —explicó él caminando tras ella—. Si se quedara, dentro de unos meses podría probarlas.
—No, gracias. —Notaba cómo se le estaba acelerando la respiración—. Así no va lograr nada, señoría. —Decidió que lo mejor era cambiar de conversación—. Ni todos los desayunos exóticos del mundo lograrían tentarme.
—Entonces me quedaré todos los dátiles y todos los higos para mí.
—Sí, por favor, hágalo. Yo ya he comido bastantes para toda mi vida. No me tientan en absoluto.
—Me gustaría saber cómo tentarla, señorita Kinomoto.
Sakura no respondió y se dirigieron al otro pasillo del invernadero. Nada de lo que él le ofreciera podría tentarla, ni ahora ni nunca.
Para tranquilizarse, Sakura inspiró hondo y un maravilloso olor la embriagó. Cuando buscó de dónde provenía, se encontró con la flor más maravillosa que nunca hubiese visto.
—¡Oh! —exclamó, y con los dedos acarició sus suaves pétalos—. Es como estar en el cielo.
Él la miró sonriendo.
—Ya veo que le gustan las flores, especialmente las aromáticas.
Ella inspiró de nuevo profundamente.
—¿Qué son?
—Gardenias.
—Humm. —Cerró los ojos—. Nunca en mi vida había olido algo tan maravilloso.
—Amor prohibido.
—¿Qué? —Sakura retrocedió como si le hubiera caído encima un cubo de agua helada. Abrió los ojos pero fue incapaz, de mirar al hombre que estaba a su lado—. Yo... —carraspeó—. ¿Qué ha dicho?
—Las gardenias simbolizan la declaración de un amor prohibido.
Tenía que gustarle esa flor, típico de ella. Exasperada, se dio la vuelta y empezó a andar hacia los Terada, que los esperaban sentados en un banco.
—¿La he ofendido en algo? —preguntó él siguiéndola.
—No, nada de eso. —Forzó una sonrisa—. Es que a veces puedo ser muy, muy, muy torpe.
—¿Usted? No me lo creo, usted nunca comete errores, señorita Kinomoto. Ni siquiera puedo imaginármela haciendo algo mal.
«Nunca está enferma. Nunca comete errores. Es una máquina.»
—Una vez estuve enamorada, ¿sabe? —dijo sin saber muy bien por qué—. Todos hacemos tonterías por amor.
—Supongo.
Había algo extraño en su voz, algo que ella no lograba entender.
—Yo nunca he estado enamorado —añadió al ver que ella le miraba directamente a los ojos.
—¿Nunca ha estado enamorado?
—Sólo en mis sueños, señorita Kinomoto.
Esa repuesta fue tan sorprendente y tan poco propia de él que Sakura se detuvo y lo miró mientras él llegaba a donde estaban los Terada.
—Ya somos dos —murmuró, y se quitó las flores que él le había colocado en el pelo.
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¿Qué le habrá pasado a Shaoran para que no quiera enamorarse?
Imposible no caer en la tentación qie provoca este hombre ¿no?... Y más cuando usa "El lenguaje de las flores" como arma.
Como vieron hice un juego de palabras. En donde puse "Sakura's odara" que significa Cerezo me gustas tal cual eres, la verdad que me quedó como anillo al dedo!! Porque decía otro nombre, sin embargo me las ingenie para que quedara bonito y lo he logrado, un pequeño regalo para ustedes m.m
No duden en hacerme saber si se me pasa algún que otro nombre así le presto más atención.
Muchas gracias por pasarsepor la historia y sigan disfrutando de ella que si de mi depende... pff... vamos a tener historias para rato ;)
Nos leemos mañana n.n
