Capítulo 10

La aprensión de Bella fue en aumento a medida que la limusina entraba en el aparcamiento subterráneo de la casa de Londres. Tragó saliva cuando Mark apagó el motor.

A su lado, Alberto se desabrochó el cinturón de seguridad, sin que nada en su actitud sugiriera que compartía el mismo nerviosismo que ella. Bella no podía creer que estuviera tan relajado.

Edward era un padre indulgente, pero cuando el joven sobrepasaba el límite, respondía con dureza. ¡Y en esa ocasión no cabía otra interpretación que se había pasado de la raya!

Aguardó hasta que Mark no pudo oírlos antes de formularle la pregunta que bullía en su cabeza.

—¿Por qué lo has hecho?

Le había proporcionado un torrente de información acerca del viaje, pero hasta el momento no había dejado entrever nada que explicara la fuga.

Alberto la miró y se encogió de hombros.

La similitud entre padre e hijo nunca había sido tan pronunciada como cuando el adolescente la miró.

—Un impulso, supongo.

Bella puso los ojos en blanco.

—Por favor, no le digas eso a tu padre, Alberto.

—No te preocupes por papá, Bella. Puedo manejarlo.

Ella se quedó boquiabierta.

—Puedes manejarlo… —comenzó a reír. Aún no había nacido la persona capaz de manejar a Edward.

El niño no se mostró ofendido por su diversión.

—En serio, Bella, no pasa nada. Lo tengo todo bajo control.

—¿Has sufrido algún golpe en la cabeza? —el muchacho rió—. ¡Alberto! —protestó—. No se trata de una broma. No puedes huir así.

—¿Por qué no, Bella? Tú lo hiciste.

El delicado recordatorio hizo que se ruborizara hasta las mismas raíces del pelo.

—Eso —respondió—, no es para nada lo mismo. Yo soy una adulta…

—Y estás casada y yo no.

—Tu padre debió de ponerse furioso.

—Cuando te marchaste, pasó la noche yendo de un lado a otro.

—¿En serio? —calló y se mordió el labio. «De pronto yo soy la adolescente»—. Eso es algo entre tu padre y yo —cortó.

—Por supuesto. Cosas de adultos.

Lo miró con suspicacia, incapaz de desterrar la idea de que le seguía la corriente.

—Tienes trece años. Lo que has hecho ha sido increíblemente peligroso. Podría haberte pasado cualquier cosa —afirmó, afanándose por transmitirle la seriedad de la situación sin parecer una madrastra pesada.

—Pero no sucedió —señaló, con otro destello de lógica irrefutable—. O sea que no tiene mucho sentido preocuparse por eso, ¿verdad?

—Sé que en ocasiones tu padre puede parecer un poco inaccesible, pero si hay algún problema, deberías contárselo a él, Alberto. Creo que te sorprendería lo comprensivo que puede ser.

—Oh, no te preocupes, Bella. Sé que a papá puedo contarle todo y, seamos sinceros, es la clase de persona que querrías tener al lado en un momento de crisis.

Esa percepción tan clara la dejó momentáneamente sin habla.

—Sí, lo es —reconoció al final—. Lo único que te pido es que cuando tu padre llegue, hagas lo que hagas, no actúes como si se tratara de una broma.

—No lo haré.

Tuvo que contentarse con eso, ya que el joven salió disparado.

Lo llamó, yendo tras él para alcanzarlo.

Pero no lo consiguió y el muchacho llegó a la entrada antes.

Bella se detuvo al pie de los escalones y lo observó intercambiar unas palabras con el hombre que había en la puerta abierta antes de desaparecer en el interior.

«Huye», le gritó una voz interior cuando el hombre bajó los escalones. Podría haber respondido a ese consejo de no haber tenido los pies clavados en el suelo.

—Hola, Edward —se lo veía demoledoramente atractivo con la camisa clara de algodón abierta al cuello y unos vaqueros ceñidos a las caderas estrechas, que resaltaban la extensión y el poderío de sus piernas musculosas. La añoranza la cubrió como el mar en marea alta.

Ni se le ocurrió cuestionar la presencia de él allí. Un año compartiendo su vida le había enseñado que el ingenio, la determinación y en apariencia unos recursos financieros inagotables significaban que pocas cosas le resultaban imposibles.

Se detuvo en el último escalón, haciendo que la disparidad que había entre sus respectivas estaturas fuera aún más apreciable, pero no respondió al saludo.

En ningún momento apartó los ojos oscuros e intensos de su cara.

—Alberto lo siente mucho.

Bella vio algo parecido a un destello divertido en los ojos de Edwarrd.

—¿Te lo ha dicho él?

—No con esas palabras, pero…

La cortó con un movimiento tajante de la mano.

Dio mió, no me apetece hablar de mi hijo ahora.

—No conmigo, quieres decir.

La boca de él se tensó con frustración.

—Es una tontería, en serio —continuó ella con voz trémula—. Pero cuando nos casamos, me sentía nerviosa ante el hecho de ser una madrastra —vio algo parecido a la sorpresa en los ojos de él y rió otra vez—. ¿No lo pensaste? No se te pasó por la cabeza que pudiera estar preocupada por la posibilidad de estropear las cosas y decepcionarte.

—Pues no lo hiciste.

—Claro que no, ¿cómo habría podido? Tienes en exclusiva el papel de padre. De hecho, si lo analizas, para alguien que se negó a ser tu amante, mi presencia aquí no cuenta nada. Me he esforzado en encajar en tu mundo, Edward, mucho, pero creo que sin importar cuánto lo intente, jamás seré lo bastante buena.

Un silencio aturdido siguió a ese exabrupto emocional.

—¿Por qué no me contaste que te sentías así? Pensé que querías formar parte de una familia.

—¿No has escuchado ni una palabra que he dicho? Quise y quiero ser parte de una familia, pero estoy fuera de ella, donde tú me has puesto —acusó.

Pareció sinceramente atónito por esa afirmación.

—Si es verdad, no fue mi intención.

—Nunca haces algo de forma fortuita, Edward. Tú manipulas a la gente.

Per amor de Dio, te comportas como si lo hubiera planeado todo… —soltó una risa dura, se pasó una mano por el pelo y movió la cabeza—. ¡Desde que te conocí, mi vida ha estado tan planeada como un incendio forestal!

El antagonismo escapó de Bella como si alguien hubiera abierto una válvula. Daban vueltas en círculos sin salida. No la amaba y no iba a cambiar, ¿qué sentido tenía continuar con eso?

—Bueno, la verdad es que ya no importa —comentó con voz apagada—. Te dejaré con tus responsabilidades de padre. Ahora mismo estoy en la casa de Alice, ya tienes su número.

Asombrado, durante un momento sólo la observó.

—¿Esperas que me quede aquí y deje que te marches…?

Ella se encogió de hombros, fingiendo un desinterés que no sentía.

—¿Por qué no?

—¿De qué estás hablando? Eres mi esposa, aunque parece que lo has olvidado.

Bella sabía que únicamente lo era sobre el papel. En el corazón de Edward siempre habría sólo una esposa, y no era ella.

—Fui tu esposa hace dos días —observó—. No vi que te esforzaras mucho en comprobar que me encontraba bien.

—¿Así que debía seguirte? —bajó al nivel de ella y cerró las manos con gesto posesivo en torno a su cuerpo, acercándola hasta quedar separados por un centímetro—. No tienes buen aspecto —acusó, y la preocupación hizo que la voz le sonara áspera.

—No dispuse de mucho tiempo para arreglarme —no mencionó el hecho de que el cerebro se le había derretido al oír su voz—. Dijiste que era urgente. Di por hecho que no había tiempo para ir a la peluquería.

Él sonrió y con voz intensa dijo:

—Tu cabello siempre está hermoso.

Quiso apoyarse en él y sentir que la rodeaba con los brazos.

Edward le apartó un mechón de pelo de la mejilla.

—¡Tu piel es tan suave! Sedosa… por todo tu cuerpo —contuvo el aliento mientras su cuerpo reaccionaba a la descarga de lujuria que lo recorrió—. Sólo quería decir que se te ve… —ladeó la cabeza— cansada —dijo pasándole la yema del dedo pulgar por las ojeras.

Bella no tuvo energía para apartarse.

—No he estado durmiendo bien —un sofá y un saco de dormir no podían ser sustitutos del calor de su cuerpo, de la calidez y la fragancia del cuerpo masculino.

—Yo tampoco.

—¿No? —o sea que Alberto no se había equivocado al decir que lo había oído ir de un lado a otro—. ¿Por qué?

—Estaba enfadado contigo.

—¿Enfadado? Pensé que podrías haberme echado de menos… —percibió el tono de súplica en su voz y experimentó rechazo… ¿Qué había sido de su orgullo y autoestima? Prácticamente le estaba rogando—. ¡Todo esto es por mi culpa! —movió la cabeza—. Si hubiera aceptado ser tu amante, las cosas no se habrían complicado tanto. Quiero decir, lo único que has querido tú siempre ha sido sexo, y eso no es complicado.

—No lo era hasta antes de conocerte —confirmó con tono sombrío. Nada en su vida había sido sencillo desde que conociera a Bella.

—Tal vez te arrepientes de que nos hayamos casado —un silencio siguió a sus palabras. Se extendió y deseó que la tragara la tierra.

—Cuando te marchaste de esa manera, me enfadé, me preocupé, me… —calló, sin dejar de mirarla intensamente a los ojos. Soltó un juramento en su idioma y se pasó las dos manos por el pelo y luego se frotó la mandíbula.

Fue una acción tan agotada que el corazón tierno de Bella recibió el impacto de forma directa. De repente se dio cuenta de que parecía un hombre que hubiera estado en el infierno y hubiera realizado el viaje de vuelta.

No podía ser de otra manera… su hijo había estado perdido.

El mismo hijo con el que sólo había hablado unos treinta segundos.

Eso sí que la desconcertó, ya que había esperado presenciar un estallido de Edward.

—Te he echado de menos.

—¿Sí? —sus ojos conectaron y las débiles defensas de ella se desmoronaron—. Te he echado tanto de menos, Edward.

Los ojos de él se encendieron.

—Mi cama, si hubiera podido pasar algún momento en ella, habría estado tan vacía como el resto de la casa sin ti —le dijo con voz baja e intensa.

Ella se lanzó a sus brazos como un misil. ¿Quién quería autoestima? Vio la llama del triunfo en sus ojos, por un momento casi pareció alivio, antes de que le reclamara la boca.

Cuando él la aplastó contra su cuerpo, se dijo que estaba donde quería estar, donde le correspondía.

—Puedes soltarme. No voy a desaparecer —dijo un Edward mucho más relajado cuando al fin se separaron.

Bella movió la cabeza y le mantuvo aferrada la pechera de la camisa.

—Te la he estropeado.

—Me la quitaré.

A ella le pareció un plan perfecto.

—Aunque quizá sea más apropiado en un lugar menos público.

De pronto se ruborizó al darse cuenta de que podían haberles visto.

Riendo ante su evidente bochorno, giró para guiarla escalones arriba, pero ella movió la cabeza.

—Primero he de hablarte del bebé.

Había tomado la decisión de no tener jamás un hijo, pero eso no impedía que le causara un profundo dolor.

Fue consciente de que él se ponía rígido y de que se distanciaba de ella ante las palabras.

—He tenido tiempo de reflexionar en ello y tienes razón.

—¿No quieres un bebé? —preguntó con cautela.

—Te tengo a ti y a Alberto. Si no necesita una madre, tal vez necesite una amiga…

Dio! —la miró con incredulidad—. ¿Intentas avergonzarme?

Lo observó sin comprender.

—No sé a qué te refieres.

—¿Crees que no lo sé?

Desconcertada por la extraña sonrisa en su cara, se afanó en leer su estado de ánimo mientras él le apoyaba la palma de una mano en la mejilla y le acariciaba el pómulo con el dedo pulgar.

—Alberto tiene amigos, no tiene madre… o más bien no la tenía —le secó una lágrima que cayó por el borde de un ojo—. ¿Estás segura de esto?

En silencio, ella asintió.

—Absolutamente. He decidido que no quiero pasar, que pasemos, por todo esto sin siquiera una mínima garantía de que vaya a funcionar —había sobrevivido al conocimiento de su infertilidad durante años; sin embargo, estaba menos segura de poder sobrevivir sin Edward en su vida—. Y quiero que este matrimonio funcione.

—¿Y qué me dices dentro de diez, quince años… no me mirarás y estarás resentida por el hecho de que yo te impedí seguir intentándolo?

—Es mi decisión, Edward.

Había esperado qué pareciera aliviado, pero no fue así.

—Estás segura de ello —estaba aliviado de poder dejar el asunto para siempre detrás de ellos. Al menos una cosa era segura… nunca más volvería a preguntarse si la amaba. Un hombre que amara a una mujer nunca le pediría que tomara la decisión que él había forzado que Bella tomara.

—Sí.

Sintiéndose como un canalla absoluto, asintió y la llevó dentro.

La sorprendió que Edward le dijera que el asunto de Alberto podía esperar hasta el día siguiente y que una noche reflexionando en sus actos le sería de utilidad.

Las prioridades de él eran diferentes. La llevó directamente a la intimidad del dormitorio, donde se quitó la camisa manchada y todo lo demás.

Le hizo el amor con una cualidad que nunca antes había mostrado, una intensidad y ternura vehemente que le atravesaron el alma como una daga y la dejaron con lágrimas en la cara.

Edward se tendió boca abajo y ella le acarició la espalda.

Dio mió, siento como si me hubiera atropellado un tren —giró y la atrajo hacia sí.

Ella permaneció con la cabeza apoyada sobre su pecho, sintiendo la tranquilizadora palpitación de su corazón. Se dijo que un hombre no podía haber hecho lo que él acababa de hacer si no la amara un poco.

Con ese pensamiento, se quedó dormida.