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¡BÚSCALA!

- ¡Ve a buscarla a su departamento! – Me dice una voz que no me ha dejado en paz desde que me desperté. Pero en lugar de hacerle caso, me levanto del sillón y me encamino directamente hacia el minibar con la intención de servirme otra copa de Whisky, la cual bebo hasta el fondo, en un intento por acallar esa estúpida vocecita que ya me tiene harto.

- No, no pienso ir a buscarla después de la forma tan fría como ella me trató la última vez – Me digo a mí mismo y vuelvo a llenar mi copa hasta el tope. No es un ningún secreto el hecho de que soy un orgulloso de mierda y sé que si voy a buscarla, no solo perdería mi orgullo, sino también la poca dignidad que aún me queda.

Camino de nuevo hacia el sillón y me dejo caer, derramando un poco de licor en el proceso. Sin darle mucha importancia a mi estupidez, recargo la cabeza en el respaldo y revivo en mi mente nuestra última conversación.

- "Lo siento, no puedo corresponderle" – Me dijo, sin siquiera verme a la cara y con esas simples palabras, todas mis ilusiones se fueron directo al caño. Estoy seguro de que su negativa poco tiene que ver con el hecho de que ella sea mi terapeuta. Casi podría apostar que el verdadero motivo de su rechazo se debe a que no desea estar con un moribundo, como yo… Y no la culpo, yo en su lugar haría lo mismo.

Vuelvo a beber hasta la última gota de Whisky y puedo sentir como una maldita lágrima solitaria resbala sobre mi mejilla - ¿Por qué Candy? ¿Por qué tuviste que aparecer en este momento de mi vida? ¿Por qué tuve que enamorarme de ti? – Le pregunto a la nada y me quedo en completo silencio, esperando una respuesta que obviamente nunca va a llegar.

Cierro los ojos y el recuerdo del día en que la conocí me asalta repentinamente, tal vez porque al igual que hoy, ese había sido uno de los peores días de mi vida. Yo me sentía completamente solo en ese cuarto de hospital, pero sobre todo me sentía frustrado, ya que mi maravilloso plan de ahogarme en el lago no había resultado como yo esperaba. Estaba tan absorto en mis pensamientos, que ni siquiera advertí su presencia hasta que la escuché carraspear.

Lo primero que noté al verla, fue la enorme cantidad de pecas que tenía en su rostro y sonreí al pensar que nunca había visto una mujer tan pecosa en toda mi vida. Pero a pesar de ese pequeño detalle, Candy me pareció una mujer hermosa, con su cabello dorado y su rostro pálido, ligeramente rosado en el área de las mejillas; además de su naricita respingada y esos enormes ojos verdes que me observaban fijamente.

Por un instante pensé que se trataba de un médico más que venía a hacerme otro chequeo de rutina, así que traté de no prestarle demasiada atención. Pero eso cambió por completo, cuando ella me dijo que era la psicóloga del hospital - Sí, tenía que enamorarme de una psicóloga – Murmuro y una ruidosa carcajada se escapa de mi boca al darme cuenta de lo irónica que puede llegar a ser la vida.

A pesar de que el señor Anderson me había amenazado con pasar mi caso al departamento de psicología, me negaba a creer que él fuera capaz de cumplir con su palabra; no después de que le advertí que jamás volvería a poner un pie en el hospital si se atrevía a hacerlo.

- Yo no estoy loco - Le grité en esa ocasión, dejándole en claro lo mucho que me ofendía su insinuación. Pero él no me respondió, tan solo movió ligeramente la cabeza, para luego salir de mi habitación.

No, definitivamente no iba a permitir que un maldito loquero viniera a lavarme el cerebro y mucho menos alguien como ella, que se las daba de predicador, hablando de las maravillas de la vida y de los milagros de Dios. Así que hice lo único que podía hacer para quitármela de encima: Me porte como un verdadero asno con la intención de que no le quedaran ganas de regresar nunca más.

Por un momento creí que había logrado mi objetivo, hasta que la vi volver al día siguiente - Vaya que es terca esa mujer – Pensé, y es que yo en su lugar, me hubiera dado por vencido al primer intento… Pero es obvio que ella no es como yo.

Pude percibir el temor que irradiaba todo su cuerpo al momento en que se acercó a mí y eso me bastó para jugarle una broma que, estaba seguro, la haría salir corriendo como un perro asustado. No pude aguantar las ganas de carcajearme al ver su expresión de horror cuando le dije que iba a rascarme el trasero en frente suyo y reí un poco más al ver que su rostro se transformaba en un enorme tomate. Su reacción puso en evidencia su inexperiencia, la cual había tratado de disimular bajo esa falsa actitud de seguridad.

Al instante en que ella me confesó su edad y los años que llevaba trabajando en el hospital, pude comprender por qué actuaba de esa manera - No, no puedes ser tan duro con esa pobre muchacha, después de todo, solo intenta hacer su trabajo – Me dije y para mi jodida mala suerte, el maldito remordimiento hizo de las suyas, obligándome a dejar de lado mi plan perverso cuando por fin había conseguido ahuyentarla. Fue entonces que accedí a que me realizara ese estúpido cuestionario.

Conforme Candy me interrogaba, llegué a creer que eso de ser analizado no era tan malo. Sí, lo creí hasta que se atrevió a llamarme "hombre de mente cerrada" - Jajaja… ¿Cerrado, yo? Pffffff… que idiotez… - Debido a su insolencia, estuve a punto de decirle unas cuantas verdades, pero Leonard apareció en escena, frustrando mis planes. En el fondo se lo agradezco, ya que es muy probable que le hubiera dicho cosas muy hirientes y al final, hubiera terminado arrepentido, como siempre.

Una vez que mi cabeza se enfrió, caí en la cuenta de que ella era la primera mujer que me hablaba de ese modo tan directo y eso me dejó muy en claro que Candy tenía ovarios, una cualidad que siempre había admirado en las mujeres - Tal vez deberías darle otra oportunidad, después de todo, tú tampoco te has portado precisamente como un caballero – Me dije a mí mismo y fue así que decidí aceptar su ayuda.

- Bonita ayuda me dio – Murmuro y vuelvo a levantarme de mi asiento para regresar al minibar, mientras me reprocho mi debilidad ante ella - No, no debiste ceder, debiste mantenerme firme y seguir con tus planes – Y es que de haberla ignorado, en este momento ya estaría muerto y no estaría sufriendo, ni ahogándome en alcohol para olvidarla.

Todo ese fin de semana me la pasé pensando en Candy y una vez que me dieron de alta, el incontrolable deseo de regresar a buscarla se apoderó de mí. Antes de salir del hospital, mandé a Leonard a investigar su horario de trabajo, pero el muy cabrón se negó a cumplir mis órdenes y tuve que hacerlo yo mismo.

Ese día, mientras mi viejo amigo me llevaba de regreso a la casa, intentó aconsejarme.

- Terry, por favor, ya no te metas en más problemas… No niego que la psicóloga es bastante linda, pero debes ser consciente de tu situación y de lo poco que puedes ofrecer en este momento… Ya ves lo que pasó con Karen, no cometas el mismo error – Me dijo, pero yo, con mi estúpida costumbre de llevarle la contraria a la gente, ignoré sus palabras e hice exactamente aquello que no debía hacer.

La mañana siguiente me levanté muy motivado, algo que no me había ocurrido en mucho tiempo y aprovechando mi repentino arranque de optimismo, decidí pasar a una barbería para cortarme el cabello y de paso, aproveché para que me afeitaran la barba. Regresé a mi casa sintiéndome renovado y me dirigí a mi habitación para buscar aquella camisa a rayas que tanto le gustaba a Karen - ¡Karen! – Murmuré al darme cuenta de que por primera vez en muchos días, no había pasado toda la mañana pensando en ella y sin darle más importancia al asunto, seguí con lo mío.

En cuanto me medí la camisa, comencé a cuestionarme el motivo de mi elección y es que mi yo sensato no se explicaba por qué me aferraba a los gustos de una mujer que me había lastimado tanto. Así que, así sin más, boté la prenda y busque otra que no tuviera nada que ver con ella.

Una hora más tarde, le pedí a Andrés que me llevara al hospital y mientras lo hacía, pude darme cuenta de lo mucho que le había sorprendió mi petición. Sinceramente no lo culpo, después de todo, yo no había puesto un pie afuera de la casa – Al menos no por mi propia voluntad – Desde que había regresado de Nueva York.

A medio trayecto, comencé a sentirme muy nervioso, como en mi época universitaria, cuando iba a ver a Karen a los ensayos de teatro y mis nervios se acrecentaron mientras caminaba hacia el consultorio de Candy. Al llegar a la entrada, me quedé parado frente a la puerta, preguntándome si estaba haciendo lo correcto.

Estaba a punto de regresarme, cuando la vi salir y pude ver el asombro en sus ojos al momento en que ella escuchó mi voz. Aunque trató de ocultarlo, noté que mi presencia la sobresaltaba y eso me causo una gran satisfacción, tanta, que pude olvidarme de mi propio nerviosismo, el cual regresó con mucha más fuerza en el instante en que ella aceptó recibirme.

Lo primero que advertí al entrar a su consultorio, fue que estaba casi vacío, ya que la habitación solo contaba con un escritorio, un archivero, dos sillas y un pequeño librero. Reconozco que me sentí un poco decepcionado debido a que la imagen que se mostraba ante mis ojos, contrastaba, y mucho, con la que yo tenía en mi cabeza. No pude evitar preguntarme si su pobre decoración se debía a la falta de dinero o a la falta de estilo; pero dado el buen gusto que Candy tenía para vestir, quise creer que se trataba de la primera opción.

Traté de alejar de mi mente esos pensamientos estériles y me entretuve observando el montón de fotografías que ella tenía sobre su escritorio. Después de un par de bromas que aligeraron el ambiente y algunas confesiones que me hicieron entrar en confianza, ella empezó con el interrogatorio. He de confesar que en un inicio estaba aterrado, ya que mi mente exagerada me visualizó usando una camisa de fuerza o atado de pies y manos a una camilla, recibiendo electroshocks.

Para mi sorpresa, la terapia no fue, en absoluto, como yo la había imaginado y a pesar de que duró muy poco tiempo, me hizo sentir liberado, ya que pude hablar de cosas que nunca había hablado con nadie más, ni siquiera con Karen. Además, por alguna razón que no podía explicarme, la presencia de Candy me hacía sentir tranquilo, esperanzado… feliz.

Intenté ocultar mi decepción al escuchar que la vería hasta la próxima semana y es que si por mí hubiera sido, hubiera asistido a su terapia todos los días, sin poner objeción alguna, tan solo para poder observar de cerca ese rostro pecoso y perderme en sus expresivos ojos verdes.

Antes de retirarme del hospital, pasé a ver al doctor Anderson para decirle que quería retomar mi tratamiento y que seguiría al pie de la letra todas sus indicaciones, si eso me garantizaba un poco más de vida. Decisión que noté, le alegraba sinceramente.

Esa misma tarde, mientras me dirigía hacia mi casa, vi a Candy parada a media banqueta, mojándose. Mi primera reacción fue pedirle a Andrés que se acercara lentamente hacia donde ella se encontraba, pero en ese momento un idiota pasó a su lado, empapándola de pies a cabeza y provocando en mí una fuerte carcajada que tardó algunos minutos en desaparecer por completo. Una vez que recobré la compostura, retomé el plan inicial de recogerla y llevarla hasta su casa, ya que era evidente que se la estaba pasando muy mal.

Cuando la pecosa se subió al auto, pude apreciar las curvas de su muy bien formado cuerpo, las cuales suele mantener ocultas, usando ropa muy holgada para ir a trabajar. Conforme más la observaba, más se incrementaban esas sucias ganas de quitarle su licra entallada y esa sudadera que se amoldaba perfectamente a su figura. Mi mente perversa logró convencerme de llevarla a mi casa y todo el camino me la pasé luchando con esos deseos impúdicos que casi me obligaban a lanzarme encima de ella.

Para mi mala suerte, nada salió como yo hubiera deseado; empezando porque cuando intentaba emplear mis tácticas de seducción, ella me propinó un tremendo cabezazo que dio lugar a un incontrolable ataque de risas.

- ¡Maldita sea! ¡Como extraño escuchar su risa, tan alegre y contagiosa!… - Murmuro, añorando más que nunca su presencia y caigo en la cuenta de que el alcohol ya ha doblegado mi orgullo y mi voluntad lo suficiente, como para tomar mi celular y escribirle un mensaje suplicándole que me permita estar a su lado.

Cuando por fin me atrevo a enviarlo, vuelvo a darme otra vuelta al minibar para rellenar mi copa y me regreso a mi asiento con la intención de seguir pensando en ella, en lo que espero esa respuesta que presiento, nunca va a llegar.

Al igual que hoy, Candy acabó súbitamente con mi alegría cuando me dijo que tenía un novio; pero algunos minutos más tarde, recobré el optimismo cuando escuché que el sujeto vivía en Nueva York y que el muy tarado no quería venirse a vivir a Chicago – Vaya que hay sujetos imbéciles en este mundo, si yo estuviera en el lugar de ese idiota, haría hasta lo imposible por poder estar cerca de Candy – Me digo a mí mismo, dándole algunos pequeños sorbos a mi bebida.

Mientras ella me contaba las razones por las cuales estudió psicología, me di cuenta de que su compañía era realmente estimulante, pero sobre todo, adictiva: y es que con cada segundo que pasábamos juntos, el deseo de estar a su lado se incrementaba. Por esa razón, prolongué su partida el mayor tiempo posible.

Cuando regresé de llevar a Candy al hospital, sentí la imperiosa necesidad de ir a la habitación que solía compartir con Karen para deshacerme, de una vez por todas, de su maldita ropa. Si bien había considerado la posibilidad de prenderle fuego, al final decidí que lo mejor era donarla a la caridad; así que sin pensarlo demasiado, cogí una maleta y comencé a meter todas sus pertenencias en ella.

Algunos minutos más tarde entró Leonard, quien sujetaba un sobre de manila entre sus manos.

- Terry, llegaron los resultados de la investigación que mandaste a hacer – Me informó, en un tono bastante serio.

Ya ni siquiera recordaba aquella investigación que había mandado a hacer poco después de enterarme de la infidelidad de Karen, debido que mi orgullo herido me exigía saber con qué clase de sabandija se había enredado mi esposa. Pero luego de todo lo que había pasado en los últimos días, mi interés por esa información se había desvanecido.

- Por favor, déjalo sobre la cama y después retírate – Le pedí a mi amigo y él obedeció.

Una vez que terminé de empacar todo, la curiosidad me ganó y tomé el sobre para leer el informe que me había enviado el detective.

- Mmmm… 35 años, psicólogo, originario de Chicago, estudió en la universidad de Princeton….

Pasé la primera hoja sin encontrarme con nada relevante y seguí leyendo.

- Huérfano de padre y madre, se crió con su abuela, pertenece a una familia adinerada de Michigan, la cual está atravesando por una grave crisis financiera.

Reí al descubrir que el karma sí existe.

- CASADO – Esa palabra atrajo mis ojos como si fuera un imán – Se casó a la edad de 25 años, con una joven de su mismo círculo social, la cual quedó paralítica un par de años después, al sufrir un accidente automovilístico. Actualmente su esposa reside en Chicago y él va a visitarla una vez al mes. El sujeto tiende a mantener amoríos con sus pacientes… – Debajo de esa frase, venía una lista con varios nombres, en donde obviamente figuraba el de mi esposa.

De esa forma me enteré de que Karen llevaba casi un año asistiendo a terapias psicológicas y he de confesar que me sorprendió bastante descubrirlo, sobre todo porque era algo que yo ni siquiera sospechaba.

Todas son mujeres casadas y adineradas – Decía una nota al final de la página, que me obligó a retomar la atención en el documento.

-Vividor – Fue la primera palabra que me vino a la mente y no pude evitar preguntarme si Karen estaría enterada de todo esto, aunque algo muy dentro de mí me decía que no.

Las ganas de buscarla y restregarle en su cara la información que acababa de recibir se apoderaron de mí, pero después comprendí que no tenía ningún caso – Todo cae por su propio peso – Afirmé, mientras volvía a meter el informe en su sobre, para luego guardarlo en uno de los cajones del buró e irme a mi habitación a dormir, olvidándome por completo de ese asunto.

Recuerdo que esa fue la primera noche que soñé con Candy y tengo que admitir que fue un sueño bastante agradable, en el que pude verme junto a ella en un prado, corriendo atrás una niña de unos tres años, que supuse, era nuestra hija.

Cuando desperté, sentí unas ganas enormes de volver a verla, pero lo cierto era que no tenía ninguna excusa para ir a visitarla, aunque eso no me detuvo en absoluto y cuando me di cuenta, yo ya estaba afuera del hospital, oculto en mi auto, esperando a que ella saliera. Y aunque solo pude verla un par de minutos, eso me bastó para sentirme feliz el resto de la tarde y parte de la noche; así que después del éxito obtenido, repetí la hazaña unos días más, observándola unos minutos por las mañanas y otros cuantos por las tardes.

Uno de esos días, mientras iba de regreso a mi casa, me encontré con una hippie, la cual estaba vendiendo girasoles en una esquina. Entre más observaba sus flores, más me convencía de lo bien que se verían en el soso consultorio de Candy, así que después de meditarlo un poco, terminé deteniendo el auto para comprarle un girasol. Mientras buscaba el mejor espécimen, la vendedora me dio toda una cátedra de floricultura, la cual reafirmé en internet, una vez que llegué a mi casa.

Ahora que lo pienso, fue un milagro que Candy no me haya estrellado la maceta en la cabeza cuando se la entregué; sobre todo porque unos momentos antes, yo me había comportado como todo un lobo hambriento. De hecho, lo único que me había faltado para interpretar el papel a la perfección, había sido jadear y babear mientras le miraba las piernas descaradamente.

Afortunadamente su celular sonó y yo tuve tiempo de recuperar la compostura; desafortunadamente, mi yo indiscreto escuchó toda su conversación y rápidamente comenzó a hacer sus propios planes para esa noche.

Fue así que llegando a mi casa, le pedí a mi asistente - Y amigo - que contactara al gerente de "The underground" y le informara que dos amigas mías iban a ir a la discoteca y que quería que las trataran como reinas. Leonard movió la cabeza cuando descubrió de quien se trataba, pero aun así, terminó acatando mis órdenes.

- No creo que te haga bien frecuentar ese tipo de lugares, tu corazón lo podría resentir – Me dijo, en un intento por hacerme desistir de mi idea.

- No creo que me muera por permanecer un par de horas en ese sitio.

- No es prudente que acoses a la señorita White de esa forma… Vas a terminar metiéndote en un problema muy serio.

Yo lo observé por unos segundos y me quedé pensando en los años que llevábamos de conocernos. Leonard Miller solía ser el asistente de mi padre; pero una vez que yo decidí involucrarme en los negocios familiares, papá le pidió que me enseñara todo lo que él sabía y fue así que se convirtió en mi mano derecha, y con el paso de los años, terminó convirtiéndose en mi único amigo sincero.

- Leonard, de verdad te agradezco que te preocupes por mí, pero en serio, estás comenzando a estresarme. Te prometo que no voy a acosar a nadie, solo voy a cerciorarme de que la traten bien y después me voy a regresar a la casa… Es más, ni siquiera pienso acercarme a saludarla – Le respondí, en parte porque era cierto y en parte porque quería quitármelo de encima.

Él gruñó como respuesta y después me informó que viajaría temprano a Londres para cerrar unos negocios importantes junto a mi padre.

A las diez en punto llegué a la discoteca en cuestión y me dediqué a esperar al objeto de mis deseos por más de una hora. Casi se me salen los ojos cuando la vi llegar, luciendo ese diminuto vestido que no dejaba mucho a la imaginación y rápidamente mi mente fantaseó con llevarla al primer baño que encontrara libre y hacerle el amor por horas, de la manera más salvaje posible.

Esos pensamientos morbosos se borraron rápidamente de mi mente, cuando noté que no era el único que estaba fantaseando de esa forma con ella y lo único que deseé en ese instante, fue acercarme a Candy para colocarle mi gabardina, tomarla de la mano y llevarla lejos de toda esa bola de depravados sexuales. Obviamente no lo hice, ya que estaba consciente de los problemas que me acarrearía una acción como esa.

Una vez que comprobé que ella estaba bien y que la estaban atendiendo como les había ordenado, decidí que lo mejor era regresarme a mi casa, pero parecía que habían pegado mi trasero a la silla, porque por más que lo intentaba, no podía separarme de mi asiento. Poco a poco comenzó a idiotizarme la manera tan seductora en que Candy movía su cuerpo al bailar y luego de algunos minutos, me convencí a mí mismo de que lo mejor era quedarme para asegurarme de que ningún idiota intentara pasarse de listo.

Todo iba bien hasta que su amiguita notó mi presencia, arruinando mis planes de pasar desapercibido. Entonces comprendí que solo tenía dos opciones, podía huir como un perro asustado o podía enfrentarme a ella. Al final me decidí por la segunda opción y con toda la seguridad del mundo me dirigí hacia su mesa. Cuando me acerqué a Candy, descubrí que su cuerpo despedía nerviosismo, además de alcohol, lo cual era una mala combinación para ella y una buena combinación para mí.

Aprovechándome de su vulnerabilidad y de que su amiga nos había dejado solos, me decidí a atacar y me aproximé a ella con el pretexto de que quería bailar. Me pegué a su cuerpo tanto como me fue posible y percibí los rápidos latidos de su corazón, así como el aroma a frutas tropicales que emanaba de su pelo y la fragancia de su perfume -Carolina Herrera - que provenía de su cuello.

Lamentablemente la dicha me duró muy poco y una vez que terminó la canción, Candy se dedicó a poner barrera tras barrera entre nosotros, hasta que terminó por retirarse del lugar. Por Dios que tuve ganas de agradecerle a ese borracho impertinente que se acercó a mi pecosa, ya que de no haber sido por él, nunca hubiera podido sentir el contacto de su piel de la manera en que lo hice. Mientras la abrazaba por la espalda, mi mirada se perdió en su profundo escote, haciéndome fantasear con lo que había debajo de ese pequeño pedazo de tela y cuando me di cuenta, mi "amigo" también quiso hacer acto de presencia, por lo que tuve que alejarme de ella, antes de que se diera cuenta de las reacciones que provocaba en esa parte de mi cuerpo y volviera a acusarme de pervertido.

De camino a su departamento, Candy se comportó como si fuera un maldito iceberg y a luchas logré sacarle un par de sonrisas en el tiempo que duró el trayecto. Sus palabras: "Le voy a pedir que lo que pasó esta noche no se vuelva a repetir." Se clavaron en lo profundo de mi alma y me prometí a mí mismo que jamás volvería a buscarla.

- Ojalá hubieras sido capaz de cumplir tu promesa, imbécil – Me reprocho a mí mismo, dándole un gran sorbo a la botella de Whisky, que ahora reposa entre mis manos.

A la mañana siguiente, Andrés me informó que había encontrado una cartera debajo del asiento del auto y al revisarla, supe que era de Candy. Lo primero que pensé, fue pedirle a mi chofer que la llevara de regreso con su dueña; pero una vez que analicé la situación detenidamente, creí que esa sería una buena excusa para verla de nuevo y pedirle disculpas por mi comportamiento de la noche anterior.

Estaba a punto de marcarle, cuando me llamó mi abogado para informarme que el proceso de divorcio había finalizado y contrario a lo que había imaginado, la noticia me cayó bastante mal. Después de todo, había compartido casi diez años de mi vida al lado de esa mujer y eso es algo que no se puede olvidar tan fácilmente.

Pasé casi toda esa tarde mirando viejas fotos y viendo algunos de nuestros videos caseros, entre ellos, el del día de nuestra boda. Recuerdo que ella quiso una recepción espectacular, en un elegante salón con centenas de invitados y un enorme pastel. Yo le complací hasta el más mínimo de sus caprichos, ya que lo único que deseaba era verla feliz.

Y sí, Karen lucía radiante mientras su padre la llevaba del brazo hasta el altar y mientras la observaba, me permití demostrar la emoción que me embargaba al pensar que por fin tendría esa familia que tanto había soñado – Mi propia familia.

Cuando el sacerdote nos declaró marido y mujer, mi corazón se llenó de dicha al pensar que nuestra unión duraría para siempre - Jajaja... "Para siempre"… eso no existe Terry, eso es una falacia, una ilusión que creó la gente estúpida – Me repito, mientras trato de desplazarme, con mucha dificultad, hasta el baño contiguo.

Luego de martirizarme por varias horas más, busqué entre las identificaciones de Candy su número de celular y la contacté para entregarle su cartera. Decidí mandarle un mensaje anónimo con la intención de gastarle una broma, que sí tenía suerte, me sacaría de ese estado de depresión que me había aquejado durante toda la tarde.

Pensé que sería más difícil convencerla, pero ella no dudó en aceptar mi propuesta de que nos viéramos en el parque. Al cabo de una hora de espera, por fin la vi llegar y mientras caminaba hacia ella, la idea de asustarla cobró fuerza en mi cabeza. Lo último que hubiera imaginado, es que esa mujer que mide 1.60 de estatura y pesa menos de 50 kilos, tuviera la fuerza y la habilidad del señor Miyagi.

Todo lo que vino después ocurrió tan rápido, que mi mente ni siquiera tuvo tiempo de procesarlo. Cuando me di cuenta, los paramédicos ya me estaban subiendo a la camilla y el miedo a morir se hacía cada vez más palpable. Entonces hice lo único que se me ocurrió en ese instante, le pedí a Candy que se quedara conmigo y que me acompañara durante el trayecto al hospital, para que en caso de que mi corazón no resistiera, al menos muriera acompañado.

Ella aceptó sin objetar y pude ver en sus ojos que tenía tanto o más miedo que yo. Cuando mi mano encontró la suya me sentí más tranquilo y supe que, pasara lo que pasara, todo estaría bien. Al llegar al hospital, los médicos me llevaron a la sala de urgencias y trataron por todos los medios de estabilizar mi corazón. Gracias a Dios lo lograron y me sentí muy agradecido por esa nueva oportunidad, la cual tomé como una señal de que debía aprovechar el tiempo que me quedaba.

Después de algunas horas Candy apareció de nuevo, haciéndome tocar el cielo con su sonrisa. Esa fue una de las noches más especiales que he pasado en toda mi vida, ya que los dos desnudamos nuestras almas y nos mostramos sin máscaras ni caretas.

Me sentí el hombre más feliz de la tierra cuando desperté y la vi ahí, dormida como si fuera un ángel y fue en ese momento que supe que quería despertar con ella el resto de mi vida. Estúpidamente, llegué a creer que ella sentía lo mismo que yo y por ese motivo me di a la tarea de cortejarla. Comencé por mandarle algunos mensajes, pero no obtuve la respuesta esperada. Supuse que tenía que ir más despacio, después de todo, Candy tenía novio y si ella era la mujer decente que yo creía que era, no lo iba a engañar tan fácilmente.

Un día antes de ir a la terapia, visité una galería de arte para comprarle un hermoso cuadro que había visto tiempo atrás y que supuse, le gustaría mucho. Mi intención era que, con cada vez que ella contemplara la pintura, se acordara de mí.

Contrario a lo que hubiera imaginado, Candy se portó fría y distante durante toda la sesión, negándome completamente la oportunidad de acercarme a ella. Reconozco que me sentí dolido cuando descubrí que el motivo por el cual ella se empeñaba en ayudarme, era porque yo le recordaba a su hermana y me propuse hacerla enojar, con la intención de que sintiera todo lo que yo estaba sintiendo en ese momento.

Pero todo se salió de control… Peleamos, forcejeamos, nos besamos y luego me corrió, tanto de su consultorio y como de su vida… Y ahora estoy aquí, borracho y con unas malditas ganas de ir a buscarla e implorarle que me deje estar a su lado…

- Ve a buscarla... ¡Búscala ahora! No pierdas más tiempo – Me vuelve a decir esa odiosa vocecita que se confunde con mis propios pensamientos y luego de procesar su petición en mi aturdido cerebro, acepto hacerle caso.

Salgo de la estancia casi a gatas y llamo a Andrés en un par de ocasiones; él llega corriendo en menos de un minuto y me observa con preocupación.

- Vamos a salir – Le ordeno – Quiero que me lleves a casa de alguien.

- No creo que esté en condiciones de salir, usted está… muy tomado, señor.

- No te estoy pidiendo tu opinión, vamos a salir y punto.

- Sí, señor.

Yo me apoyo en él para caminar hasta el estacionamiento y subirme al carro; una vez que nos ponemos en marcha, hago mi mayor esfuerzo para guiarlo hasta el departamento de Candy. Luego de algunos minutos, que se sienten como una eternidad, por fin llegamos.

- Ayúdame a subir hasta el segundo piso y después te vas.

- Señor, creo que lo más prudente es que lo espere en el auto.

Mi mirada se posa firmemente sobre él, haciéndole entender, sin palabras, que si no hace lo que le estoy ordenando, se va a meter en un serio problema.

- Discúlpeme señor, ya entendí – Me dice, agachando su cabeza.

El pobre hombre me lleva casi arrastrando hasta el segundo nivel del edificio y una vez que logro recargarme sobre uno de los muros, le pido que se marche. Él duda por unos instantes, pero al final termina obedeciendo mis órdenes. Puedo apostar que cuando Andrés de vuelta en el corredor, va a marcarle a Leonard, o peor aún, a mi padre, para informarles todo lo que está sucediendo; por esa razón, saco mi celular del bolso de mi sudadera y lo apago.

Me acerco lentamente hasta la puerta y comienzo a tocar como si estuviera poseído; luego vuelvo a recargarme sobre el muro, en lo que espero a que ella aparezca. Cuando la veo salir, puedo sentir como mi corazón comienza a latir desesperadamente y no puedo controlar el impulso de acercarme y tomarla entre mis brazos. Para mi mala suerte, el alcohol me gasta una mala jugada y yo termino azotando como si fuera una res, justo enfrente de ella.


Chicas lindas, aquí les dejo el nuevo capítulo. Como les dije anteriormente, va a ser el punto de vista de Terry (aunque en este capítulo no habrá avances en la trama, pero sí algunos descubrimientos)

Les informo que esta semana voy a andar super corta de tiempo (Sí, como siempre, aunque creo que un poquito más que de costumbre) Así que trataré de publicar el viernes, aunque lo más seguro es que suba el capítulo nuevo hasta el sábado.

Meribet

Dulce Graham

Anastasia Romanov

Venezolana Lopez

Eli

Ceshire

Lila Venezuela

Elydereyes

Iris Adriana

Rous

Alesita77

Ely Ivarez

Maya AC

Kamanance

Aaronlaly

Martha Hernandez

Lilit

Sofia Saldaa

Palasatenea2018

Alejandra

Flormnll

Briss White

Jill

Y a todas las Guest

Les agradezco todos sus comentarios, por sus buenos deseos, por sus felicitaciones (de verdad que me hacen el día) En este momento no cuento con el tiempo suficiente para responderles personalmente, pero espero hacerme de un espacio en el transcurso de la noche para contestarles (Ya saben, en la sección de reviews) aunque sea de manera exprés

Gracias por agregarme a sus favoritos, gracias por seguir la historia. Gracias a todas mis lectoras silenciosas.

Gracias a Monse por corregir mis horrores, digo, mis errores :)

GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS! :D :D :D

Les mando un saludo grande y afectuoso a todas ustedes.

Que tengan un excelente día.