Capítulo 9
Al día siguiente por la tarde Candy estaba dando ya la segunda capa de pintura en el cuarto de baño del piso de arriba cuando se puso a pensar en el modo en que Albert la había despertado ese sábado por la mañana…
—Albert Andley —dijo ella en voz alta mientras apoyaba la frente en la pared, gracias a Dios, en un trozo que aún no había pintado—. Me vas a matar.
Y con esa facilidad, sus pautas cambiaron de nuevo.
Su deseo por él, su necesidad de sentirlo desnudo, pasó de ser algo que podía limitar a la noche, a una obsesión constante. En lugar de estar contenta cuando sus horarios limitaban las horas que pasaban juntos, se ponía de mal humor si se marchaba sin hablar con él por la mañana, o si volvía a casa y él todavía no había regresado.
Una de las noches que se quedó despierta para esperarlo, terminó de leer Orgullo y prejuicio. Cerró el volumen con ímpetu y lo tiró al suelo, sin saber qué la irritaba más: si la ausencia de Albert, el final feliz de la historia o los ridículos malentendidos que habían sufrido Elizabeth y Darcy porque no podían comprenderse el uno al otro con claridad.
—¡Novelas! —murmuró antes de apagar la lámpara e intentar dormir.
Seguía despierta cuando Albert llegó a casa y se metió en su cama.
Y si sus horarios no eran ya lo suficientemente fastidiosos, su familia empeoraba las cosas.
Después de varias semanas de darle a la «pareja» suficiente tiempo para estar a solas en casa, parecía que se habían empeñado en pasar por su casa a todas horas, de donde nunca parecían querer marcharse. Mientras tanto, Candy no estaba a solas con Albert tanto como habría querido, la verdad. Y lo peor era que su familia hacía todas esas idas y venidas sin avisar.
Por no mencionar que todavía no había conseguido llevarse a Albert a un partido de béisbol de los Cubs.
Un día, cuando estaba por la mañana temprano en el camino de entrada amenazando a las plantas si algo no brotaba enseguida, el problema del béisbol quedó resuelto.
Oyó que Albert salía de la casa, pero ella hizo como si no se hubiera dado cuenta, para disfrutar del placer de que él se acercara a ella por la espalda y la abrazara.
—No puedes convencer a una planta para que brote por ti, cariño —le dijo él al oído.
Candy ignoró el estremecimiento que sus palabras afectuosas le provocaron.
—Pues mi libro dice que hablarle a las plantas es beneficioso para su crecimiento —le dijo mientras se daba la vuelta para besarlo.
—¿Pero para qué plantas, con hojas y lo demás, hay que enterrar las semillas a quince centímetros de profundidad?
—Son bulbos, para que lo sepas —lo corrigió—. Y supongo que son de distintas familias, ¿sabes?
—No sé, a mí que me registren —dijo él.
—Prefiero hacer otra cosa contigo.
Él le plantó las manos en las caderas y la apretó contra su cuerpo.
—¿Y qué es?
—Ir a un partido de béisbol.
Sólo le costó cinco minutos convencerlo para que se tomara la tarde libre y que les diera tiempo a llegar al partido, que empezaba a la una y veinte de la ese misma tarde.
A la una estaban ya en el Addison Avenue, y Candy tiraba de Albert entre el gentío para que se diera prisa.
—Da mala suerte si nos perdemos el himno nacional —lo regañó mientras cruzaban una calle.
Ya se habían parado en un bar que estaba a una manzana del estadio para adquirir las entradas de su revendedor favorito. El hombre, a quien sólo conocía como Blue, la saludó con un sonoro beso y su « ¡hola, chica!» de siempre.
Había que decir en honor suyo que una vez dentro del estadio de béisbol, Albert siguió cada indicación de Candy sin protestar. Sentados en la tribuna descubierta, Albert vitoreó con ella y siguió el partido con emoción.
Pero por mucho que él se adaptara a su mundo, y por mucho que ella hubiera disfrutado en el concierto de días antes, a veces ella seguía sorprendiéndose de lo distintos que eran. Era como ver doble y no saber cuál de las dos visiones era la real.
Después del partido, caminaron hasta el bar donde estaba su hermano, lo bastante lejos del estadio como para evitar que se llenara con el público que salía de ver el partido. Pidieron varios vasos de agua para calmar la deshidratación producida por el sol que les había dado durante todo el partido, se sentaron al fondo del bar, bajo un aparato de televisión donde el periodista deportivo analizaba el juego. Candy y su hermano dieron paso a la habitual costumbre de analizar la pérdida. Le explicaron a Albert que uno no era un verdadero seguidor de los Cubs si no presenciaba tantos partidos perdidos como ganados.
Cuando preguntó cuántos partidos tendría que ir a ver antes de que los Cubs ganaran uno, ellos le tiraron las servilletas a la cara.
De los Cubs pasaron a hablar de quién había sido el mejor jugador de béisbol durante su perdida juventud, algo que enseguida desembocó en la rivalidad entre los hermanos, que acabaron dando rienda suelta a esa debilidad en la mesa de billar a la entrada del bar, tras los cristales biselados de la ventana.
Cuando acabaron empatando, Albert se ofreció para romper el empate jugando primero con White y después con Candy, que acabó con mala cara al tiempo que le pasaba el bote de diez dólares.
—Tú no eres la única que ha tenido una juventud disipada.
Ella lo miró boquiabierta, y él se echó a reír. Después de asegurar que no podía seguir con la revancha porque se habían quemado y estaban muy cansados, se despidió de su hermano con un beso. A la puerta del bar, Candy respiró hondo y se llevó una mano al estómago. Dos perritos calientes y un plato de cacahuetes no habían sido buena idea. Se preguntó si eructar sería de mala educación.
—Siento haber interrumpido tu buena racha —le dijo a Albert—. Pero el humo me estaba empezando a agobiar.
Al llegar a casa se tumbaron en el sofá de la biblioteca y discutieron sobre quién iba a levantarse para ir a la cocina a por unas bebidas. Finalmente, fue Albert quien se levantó para ir a la cocina, después de darle un beso en los labios. Se lo oía desde donde estaba tumbada al sol de los primeros rayos del verano; una brisa fresca entraba por la ventana cargada con el aroma de la hierba recién cortada. Albert hablaba por teléfono, estaba pidiendo una pizza para cenar. Al menos para cenar él, porque sólo de pensar en la comida a Candy se le revolvió más el estómago.
Lo llamó, y él entró con el teléfono inalámbrico todavía en la mano.
—Por favor, no la pidas con pimientos verdes —le explicó al ver su mirada de curiosidad—. Todavía tengo el estómago mal, y sólo de pensar en ese olor… —hizo una mueca de asco—. ¡Aj!
Cuando se sentó otra vez al lado de ella y apoyó los pies de Candy en su regazo para desabrocharle los zapatos y empezar a darle un masaje lento y sensual, ella sintió ganas de gemir en voz alta. Entonces apoyó la cabeza en el brazo del sofá y cedió ante la tentación.
—Dios, me gustas tanto…
—Sólo lo dices porque te estoy dando un masaje en los pies. A ver cuánto te gusto cuando te haga levantarte para ir a abrirle la puerta al repartidor de pizza.
Gracias a Dios, parecía que Albert no había notado el leve tropiezo al decir la frase anterior. Había estado a punto de decirle lo mucho que lo quería en lugar de lo mucho que le gustaba.
Aunque tal vez podría haberlo dicho y no habría pasado nada. La gente decía muy a menudo esas cosas sin sentirlas.
Pero a él sólo le habría hecho falta mirarla a la cara una vez y ver la sorpresa allí reflejada para que la verdad le quedara bien clara.
Estaba enamorada de él; enamorada de su marido. Y eso lo complicaba todo.
Albert, que seguía dándole el masaje en el arco del pie y luego por el talón, parecía ajeno a su tensión. Y como le pareció que él creía que se había quedado dormida, Candy pensó que así tendría más tiempo para pensar.
Pero no podía pensar.
¿Qué diantres se suponía que debía hacer?
Sin duda era Albert el que había insistido para que se casaran, pero eso había sido hacía tiempo; y lo había querido más por conveniencia que por otra cosa. No le parecía que fuera a gustarle si de pronto le decía que quería seguir casada con él. « ¿Sabes?, hagámoslo, sigamos casados. Compartimos bien la casa, el sexo no es claramente un problema y, por cierto… ¿Me amas?».
Sí, claro. Para nada. El corazón le latía de aprensión sólo de pensar en ello. Enseguida se dijo que debía calmarse. No había ninguna ley que la obligara a confesarle a Albert sus sentimientos. Simplemente podría guardárselos de momento y dejar que las cosas continuaran así durante un tiempo.
Sabía que jamás provocaría en él una de esas fastuosas declaraciones de amor. Albert no era de esa clase de hombre. Él prefería los pequeños detalles para hacerla feliz cada día, y seguramente eso sería mucho mejor.
Una vez resuelto ese dilema, abrió los ojos y vio que Albert estaba mirándola. Dios, le encantaba Albert. Aquel hoyuelo que se le hacía en la mejilla al sonreír; la forma sólida de sus músculos bajo la ropa, su sonrisa dispuesta; las gafas de montura de carey que solía ponerse para leer.
La agarró de uno de los dedos.
—¿Te ha gustado la siesta?
—Mmm.
Retiró los pies de su regazo, se arrodilló a su lado y enseguida se sentó a horcajadas encima de él. Agachó la cabeza y empezó a desabrochar los pequeños botones de su camisa blanca.
—Parece que te ha sentado bien la siesta.
Candy le empujó la cabeza hacia atrás hasta que la recostó sobre el sofá y se colocó encima de él. Él le deslizó las manos por los muslos y las metió por debajo del dobladillo de los pantalones cortos color caqui que llevaba puestos, mientras ella empezaba a besarlo con tortuosa lentitud.
—Sólo quería demostrarte uno de los beneficios de lo que a nosotros, fans de los Cubs, nos gusta llamar «tristeza postpartido».
Él le amasaba el trasero con las dos manos mientras sonreía.
—¿Qué es eso?
Ella estaba de rodillas, con los pechos a la altura de la cara de Albert, y se quitó la camisa y la goma que le sujetaba la melena. Sus ojos azules se entrecerraron al tiempo que ella se acariciaba a sí misma, desde el cuello, pasando por los pechos, el estómago, hasta llegar al botón de los pantalones cortos.
Se sintió un poco malvada mientras desabrochaba el botón y le contestaba.
—Sexo de consolación.
Sus bocas se encontraron, sus lenguas se enredaron en un abrazo ardiente y mojado. Cuando él le deslizó un dedo entre las piernas, gimió al notar lo lista que estaba para él. Con la otra mano la agarró de las puntas del pelo y tiró, levantándole los pechos, que empezó a lamer con lascivia.
Cuando la frustración resultó insoportable, Albert la retiró de su regazo y le bajó rápidamente los pantalones cortos. Ella tiró de él para que se levantara y lo desnudó también en un momento. Su piel lo quemaba mientras ella le echaba un brazo al cuello y con la otra mano le acariciaba el pecho amplio y plano. Le acarició el muslo y después las nalgas, hasta llegar a agarrarlo entre sus piernas con las dos manos.
Entonces le tomó el miembro de arriba abajo, y la fuerza de voluntad que le permitió quedarse quieto mientras ella lo acariciaba le provocó un fuerte estremecimiento.
Cuando ella lo empujó de nuevo al sofá, él trató de que se sentara con él, pero ella le apartó las manos.
Tenía otras cosas en mente.
Se puso de rodillas y empezó a hacerle el amor con la boca, provocándole estremecimientos mientras ella continuaba sin parar.
Cuando todos sus músculos se pusieron en tensión, Albert tiró de ella y la sentó encima, enterrándose entre sus piernas. Ella arqueó su cuerpo sobre él, con una rodilla en el sofá y un pie en el suelo, y sintió que sus dedos la tocaban donde se unían sus cuerpos, acariciándola hasta que ella comenzó a estremecerse y empezó a cabalgar sobre él.
Cuando alcanzó el clímax y gritó, él levantó las caderas una vez, dos veces, hasta que también llegó al clímax. Sus alientos se mezclaron, jadeando, gimiendo como posesos, mientras la melena de Candy les caía sobre sus rostros sudorosos.
—Bueno… —dijo Albert pasados unos minutos—. ¿Entonces ya no te sientes tan mal de que hayan perdido hoy los Cubs? —echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír—. A mí se me ha pasado el disgusto, desde luego.
Cuando el timbre de la puerta empezó a sonar con insistencia, Candy se levantó y se puso algo encima antes de ir a abrir al repartidor de pizza.
Se sentaron en el suelo con las piernas cruzadas el uno frente al otro y cenaron mientras charlaban tranquilamente de lo que tenían que hacer al día siguiente. Candy descubrió que volvía a tener apetito y se tomó varias porciones.
Albert le preguntó cuáles eran sus planes para la noche siguiente.
—Terminar el cuarto de baño —murmuró mientras masticaba un bocado—. Va a hacer muy buen tiempo este fin de semana como para quedarme metida dentro de casa pintando.
—Por cierto, te ha quedado fenomenal —le dijo él mientras le pasaba una servilleta.
—Gracias, muchas gracias —la aceptó—. Me encanta pintar. Pero en el apartamento alquilado nunca me pareció que mereciera la pena.
—Bueno, pues ahora desde luego tienes tu oportunidad —le dijo Albert mirando hacia el techo como si quisiera la casa entera.
—Sí, gracias a ti.
Cuando él se encogió de hombros como queriendo quitarle importancia, ella le tomó la mano y le apretó los nudillos.
—Lo digo en serio. No sé si te lo he dicho alguna vez, pero quiero darte las gracias. Gracias por casarte conmigo. Esto es más importante para mí de lo que puedas llegar a entender.
Como de costumbre, no dejó que la cosa pasara sin que ella le diera la explicación completa. Albert se sentó a su lado y le echó el brazo por los hombros, apoyados los dos contra la parte de delante del sofá.
—Cuéntame por qué es tan importante.
Para sorpresa suya, Candy empezó a hacer precisamente eso. Aunque al principio le costó un poco arrancar, por fin le contó lo que había sentido de pequeña tras morir su padre. Cuando tenía ocho años ella había sido la única persona con la que su madre podía contar para ayudarla con sus tres hermanos pequeños. Le había contado también cómo no le había querido decir nada a su madre cuando las zapatillas de gimnasia se le habían quedado pequeñas hasta que se le había salido el dedo gordo, sabiendo que cada gasto ponía a su madre en la precaria situación de no poder pagar el alquiler mensual.
—Cuando llegué al instituto, estábamos mejor. Era una adolescente bastante normal, con una beca muy reducida y tareas domésticas cada día en casa, pero sabía que por lo menos estábamos a salvo —se estiró para evitar la molestia en la espalda—. Dios, mi madre se disgustaría muchísimo si supiera que todavía pienso en esos días. Que mi idea de estar segura es tener un tejado cubriéndome que nadie pueda quitarme.
—Debió de ser duro crecer así.
Ella se encogió de hombros, no queriendo reconocerlo. Le pasó la corteza de su último pedazo de pizza a Elwood, que se había colado en el salón al olor de la comida.
—Tal vez, pero yo quería ayudarla. Y a veces era muy bonito sentirse útil.
—Y ahora tienes esta casa.
—¿Intentas gafarme? —ella levantó la cabeza y lo miró—. Toca madera. No hay nada seguro. Mañana podría venir una plaga de termitas y comérsela entera en una noche.
—Extremadamente improbable.
—Le pasó a una mujer en Tennessee el verano pasado.
—¿Dónde has leído eso?
—En Internet.
Horas después, en la habitación de Candy, donde se habían acostado esa noche, ésta se despertó de pronto sin saber por qué. Una repentina sensación de náusea contestó con énfasis a su pregunta.
No quería despertar a Albert, pero tampoco echar la cena en la cama, de modo que corrió al cuarto de baño y arrojó lo que tenía en el estómago con grandes espasmos que le dejaron los músculos del estómago doloridos. Entonces, cerró a tientas la puerta del baño y encendió la luz para aclararse la boca y lavarse los dientes. En el espejo vio que tenía la cara pálida y los ojos verdes muy encendidos.
El miedo que había bloqueado de su pensamiento consciente durante días reclamaba ser escuchado.
Tenía la boca llena de pasta cuando se abrió la puerta del baño. Albert se había puesto unos pantalones de chándal, pero no se los había abrochado.
—¿Estás bien?
Ella se inclinó sobre el lavabo y escupió antes de aclararse la boca. Levantó la cabeza, se pasó la mano por la boca y miró su reflejo en el espejo en lugar de volverse a mirarlo.
—No. Creo ...que estoy embarazada.
OOO
Un abrazo en la distancia,
Lizvet
