Disclaimer: Como ya sabrán, los personajes son de Stephenie Meyer, a ella las gracias, yo sólo peleo con el ocio.
Capítulo X
Declaraciones
«Después de tanto.»
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Carlisle me había prometido no decir nada a nadie, e intentaba calmar mis balbuceos al tratar de disculparme por tener que apartarlo de la noche especial de Esme. No pasó a mayores, subió a verla a la habitación que compartía con sus hermanas y estuvo algunos minutos con ella, seguramente le dio algo para calmar las náuseas y bajarle la fiebre. Al salir me dijo que dormía plácidamente y a la mañana debería de estar recuperada.
Las demás respiraron con alivio al escuchar lo que Carlisle me había dicho y como me prometió, nadie notó sus ausencia como para que sospecharan. A excepción de uno claro.
—¿Vas a decirme qué pasa? —preguntó en un momento a solas—. Han estado muy raras y ya eso es extraño.
Recordé las veces en que Alice me había «enseñado» a mentir y debo admitir que resultó bastante bien para alguien como yo. Así que comprobaría si aún tenía esa habilidad.
—Me he dado cuenta que eres curioso —aparentó ofenderse—. Son cosas de chicas, Edward, no querrás saberlas.
Me sonrió y me incliné para besarlo.
—Fingiré que te creo —murmuró contra mis labios antes de besarme—. Tu madre me pone nervioso —me separé de él confundida—. Creo que de camino a tu casa, que es lo suficiente para que tengan una conversación de madre e hija —comenzó a explicar—, te hará unas cuantas preguntas sobre… ¿nosotros?
Sonreí ante su cara. Le di un corto beso e intenté tranquilizarlo.
—Renée es muy perceptiva cuando quiere, y de hecho ya tiene que sospechar algo así que no sería una gran sorpresa para ella.
Asintió observando la nada.
—Le diré antes de que pregunte, ¿te parece? —me miró frunciendo el ceño—. No quiero disimular más sabiendo que te irás en unos días, Edward. Quiero aprovechar cada segundo que estemos juntos.
Pareció entender y compartir mi idea. Su sonrisa —mi favorita— se extendió por su rostro haciéndome sonreír a mí también. Me acomodé en el sofá para recostarme sobre su pecho; sus brazos me rodearon más fuerte y la calidez que sentía era muy agradable. Como estar en mi lugar feliz.
Unos pasos se escucharon tras nosotros. No nos movimos hasta que una vocecita resonó en el salón.
—Los regalos tortolitos —avisó Alice por arriba de nuestras cabezas, sonriendo como siempre—. Vamos, vamos, que la noche se está acabando.
Nos paramos y la seguimos entrecruzando nuestros dedos. Ella verificó si íbamos detrás o no y su mirada se desvió a nuestras manos unidas. Se dio la vuelta y fue a abrazarnos con una alegría característica de ella, y algo más.
—Estoy tan, tan feliz por ustedes, chicos —confesó con su cuerpecito en medio de nosotros—. Ahora sí que mi felicidad creció.
—Se me olvidaba lo emocional que eras —comentó divertido Edward—. Gracias Alice, sabes que tu opinión es muy importante.
Ella asintió enérgicamente.
—¿Es necesario que te diga algo? —le pregunté haciendo una mueca—. Ya hemos hablado, esto es innecesario.
—Vamos, Bella, tienes que aprender a expresar tus sentimientos —presionó angelicalmente.
Maldito su poder de hacer que no le lleven la contraria.
—Gracias.
Edward rió y ella se cruzó de brazos entrecerrando sus ojos.
—No me simpatizas, Swan.
—Sentimiento compartido, Cullen.
Sus pucheros eran mi perdición y sabía que lo hacía para conseguir su propósito, pero era una cosa de no soportar ver sus azules ojos brillar de esa manera. Odiaba su estúpido don de convencimiento. Luego de agradecerle en más de una palabra se quedó satisfecha.
Habían regalos acumulados al lado del sofá donde estaba Esme —empezó a helar, así que los invitados entraron a la sala— y su rostro irradiaba alegría por doquier. Lo bueno de ella era su sencillez. Abrió todos los obsequios agradeciendo a cada uno por tomarse la molestia de traerle algo. Pero faltaba uno muy importante.
—Atención público presente —pidió Emmett detrás de su madre—. Ahora se viene el más grande, obviamente de mi parte.
—Emmett —dijeron Alice y Edward.
Los quedó mirando y se retractó.
—Está bien —masculló rendido—. De parte de su hijo y de los adoptivos.
Alice ya quería lanzarle algo, pero se contuvo al ver la sonrisa de Esme por las bromas de su hijo. Carlisle sólo veía divertido y movía la cabeza de vez en cuando por Emmett. Volteé viendo a Edward que me tenía de la cintura.
—¿No vas a ir? —quise saber al no ver indicios de que se moviera.
—Mmm, ¿debería cierto? —preguntó y no pude evitar reír.
—Creo que sería lo correcto —le afirmé en un pobre tono serio.
Fue a ubicarse con su familia que estaba a punto de entregarle a una muy ansiosa Esme el obsequio.
—Quiero que sepas que decirte «eres la mejor mamá del mundo» es quedarse corta —le dijo Alice emocionándola—. Y como sé que mi madre es sentimental me callaré.
Su comentario causó la risa de todos, incluso la de Esme que secaba algunas lágrimas de su rostro.
—Espero que lo disfrutes —le deseó Edward con una sonrisa.
Esme cerró los ojos a pedido de Alice, ésta le dijo que estirara sus manos y en ellas colocó una carpeta perfectamente decorada para la ocasión.
—Puedes ver —concedió ansiosa.
Estaba sorprendida, sus ojos abiertos lo decían todo. Observó a su familia confundida y al no recibir más que sonrisas revisó el interior. Si sorprendida era antes de que supiera, ahora «atónita» era la adecuada. Pasó las páginas y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pocos reciben una casa en su cumpleaños. Debe ser emotivo.
—¿Cuándo…? Es… —farfulló sin encontrar palabras—. Gracias.
Nunca la había visto tan contenta. Se levantó y abrazó a cada uno de sus hijos para dejar a su esposo al final.
—Me mentiste —lo acusó risueña.
Carlisle se encogió de hombros.
—Era sorpresa, y Alice hubiera terminado con todas mis tarjetas de crédito si te decía algo —lo último lo dijo asustado.
—Entonces estuvo bien —lo apoyó dándole un pequeño beso.
Alice tenía sus brazos cruzados aparentando estar ofendida.
—Fue un golpe bajo —acusó—. Pero no importa —extendió su mano hacia Esme y le entregó unas llaves con una cinta roja—. Las llaves de la felicidad madre querida.
—Gracias, cariño —se acercó a ella y le dio un sonoro beso en la mejilla—. ¿No te avergüenzas ahora? —preguntó bromeando.
—Sólo porque es tu cumpleaños —contestó de la misma forma—. No te aproveches.
Esme de igual manera le dio otro beso para alejarse e ir a abrazar a Carlisle.
—No sé ustedes —dijo Emmett a los demás—, pero creo que en esta familia —apuntó a sus papás y hermanos— hay preferencias.
—No eres el único que piensa así —comentó Kate—. ¿Verdad?
—Exacto —asintió Irina—. Puede resultar traumante los primeros años en que te das cuenta, pero luego se pasa. Es costumbre.
Mi amiga les sacó la lengua dejando ver sus maduros diecisiete años.
—Soy la pequeña, qué más quieren. Ustedes están lejos, yo —se apuntó— debo reemplazarlos.
—Y vaya que lo haces.
Le dio un codazo y Edward ni siquiera se inmutó. La atrajo hacia él y la abrazó. Alice rodeó su cintura provocando que Emmett lentamente se fuera hacia Kate e Irina.
—¿Aquí están los rechazados?
—¡Emmett! —él abrazó a cada una con sus musculosos brazos.
La hora de los regalos se había terminado y cada quien conversaba los últimos minutos antes de irse. Mi madre —quien estaba a mi lado desde que Edward se fue— me abrazó por la cintura apoyando con su mentón en mi hombro. Ya sabía lo que venía.
—Felicidades —murmuró con retintín.
Rodé los ojos. Pero sonreí de igual manera.
—No hables tan fuerte, mamá —observé a Edward hablar con Esme. Y ella sonreía cada vez más anchamente.
—Por lo que veo por allá ya se enteraron.
Asentí recargando mi cabeza en la suya.
—¿No tienes algún problema con esto?
—Claro que no —respondió tranquilamente—. Mientras estés feliz y bien no tengo inconveniente.
—Gracias —me volteé y le sonreí—. Aunque de seguro ya sabías algo ¿no? —aventuré al ver que se mordía el labio.
Se debatía en hablar y al final rió.
—Sólo un poco —movió los dedos cómicamente—. No era normal que te quedaras aquí mientras el «hermano» de Alice estuviera. Nunca lo habías hecho y eso me pareció sospechoso.
Su dedo golpeaba su mentón dándole un aire pensativo pero de una manera graciosa. Tendría que narrarle la historia completa para que ya después no preguntara. Era una curiosita bastante molesta.
Sentí una presencia tras de mí. Volteé y Esme me observaba con su singular sonrisa.
—¿Te tendré por aquí más seguido, Bella? —indagó con una mirada de complicidad. Renée sólo soltó una pequeña risa.
—Hmm… ¿te molestaría? —pregunté de vuelta, dudosa.
—Claro que no, me ofendes. Eres más que bienvenida, eso lo sabes.
Le agradecí justo al momento en que se escuchó algo quebrar. Los murmullos se acabaron y todos miraban a Emmett.
—… ¿Upsis? —preguntó encogiendo sus hombros con cara dudosa—. Mami lo siento, prometo devolverlo.
Solté una carcajada seguida por los demás. Era tan infantil la mayoría de las veces. Le dedicaba a Esme una carita de arrepentimiento que ella sólo se limitó a dejárselo pasar con una sonrisita.
—Mamá, los padres de Rose ya se van —anunció Alice.
—Voy enseguida, cariño —contestó y volvió hacia nosotras—. Si me disculpan, voy y vuelvo.
Asentimos y se fue dejándonos con una chica hiperactiva. Se mecía con una sonrisa de felicidad que ya no daba más.
—Vamos Alice, suéltalo —le dije.
—Renée, por favor di que sí —pidió tiernamente.
Mamá la quedó viendo confundida pasando su mirada de ella a mí alternadamente.
—¿Sí a qué, Alice? —inquirí sospechosamente.
Nada bueno podría estar detrás de esa sonrisita inocente. Caminando hacia ella venía Rose, Irina, Kate y Jane. Algo tramaron.
—Hola, buena y linda madre de Bellita —saludó Kate—. Veo que la carita de Alice no ha ayudado mucho así que, no es que se lo esté ordenando ni nada eso, no, pero nos vamos el martes y nos gustaría hacer algo… —antes de que siguiera hablando Jane la interrumpió.
—Y necesitamos de su permiso, prometemos no llevarla tan tarde porque al otro día tiene instituto y trasnochar no le haría bien —dijo moviendo su cabeza ante lo último—. Las ojeras son horribles.
—¿Entonces qué dices? —preguntó Rose con una sonrisa y cara esperanzadora—. Somos niñas buenas, nada malo podríamos hacer.
La quedamos viendo escépticas. Rodó los ojos pero no perdió su sonrisa. Alice siguió hablando.
—Mañana pasaríamos por ella y te la entregaríamos sana y salva —prometió juntando sus palmas—. ¿Por favor?
Renée me miraba entrecerrando sus ojos. Sabía que tenía el permiso desde que lo pidieron, pero le gustaba ver a Alice hacer sus cómicas caras.
—Está bien. Está bien, pero no hagas esos pucheros, Alice —pidió tapando sus ojos—. Nadie puede negarse a esa carita.
Mi amiga dio saltitos de felicidad y nos abrazó. Las demás hicieron lo mismo, se despidieron sin antes hacer unas cuantas bromas de Edward y yo. Las mandé lejos llevándome un regaño de Renée.
Sólo quedaban los familiares de Esme con los que compartí el fin de semana y creé un lindo lazo de amistad. Las iba a extrañar indudablemente, sobre todo a las hermanas Denali, exceptuando a una por supuesto. Carlisle y Esme se acercaron a nosotras cuando nos poníamos nuestros abrigos. Detrás de ellos venían los demás jóvenes. Chismosos.
—Gracias por dejar a Bella quedarse, Renée —dijo Carlisle, abrazando a su esposa—. Quizás vaya a hacerte una visita la próxima semana.
—Bueno, estaré esperándola —respondió mamá finalizando con sus botones.
—Ha sido bueno tenerte aquí, querida —comentó suavemente Esme—. Nos vemos pronto ¿no?
Ahí estaba. Esa mirada de complicidad igual que la de su hija. De seguro Edward le habló del viaje a California o algo de esa índole, porque sonrió levemente y Emmett alzaba una ceja sugestivamente cruzando sus brazos. Eran tal para cual. El mayor de los Cullen le susurró algo a su hermano que se había posicionado a su lado algunos segundos antes. Edward le dio una mirada entre divertido y molesto y se encontró con mi mirada. Sonrió tan exquisitamente que no dudé en devolvérsela sintiendo algo de calor en mis mejillas.
—… hasta pronto entonces —terminó de decir Renée—. ¿Vamos?
Asentí un tanto aturdida despidiéndome con la mano alzada de todos. Vi a Edward levantar su mano y posicionarla en su oreja, lo que traduje como un «te llamo después.»
El regreso a casa fue tranquilo, mamá no hizo preguntas y se limitó a conducir por la carretera desierta. A media hora de llegar a Forks, habló.
—Mañana iré al instituto a hablar con el Director —volteé a verla—. El miércoles nos iremos a California, Charlie quiere vernos.
Me senté recta en el asiento. Sólo me quedaba… ¿medio mes? de clases y estaba llena de trabajos y exámenes.
—¿Es algo importante? —inquirí.
—De hecho lo es, Bella —respondió desviando su mirada del camino y viéndome dijo—: Hablaremos de la posibilidad de mudarnos a esa ciudad en vacaciones. Creo que es lo más probable cariño, ya sabrás por qué.
Sola en mi cuarto aún sentía algunas lágrimas deslizarse por mis mejillas. Había apagado la luz para que Renée no fuera a revolotear por ahí intentando aclararme la brillante idea de irnos. Está bien, Forks no era el lugar más entretenido del mundo pero mis amigos estaban ahí, viví prácticamente aquí desde antes que me concibieran. No podían decirme de la noche a la mañana que ahora tendría nueva vida en otro estado donde el sol relucía la mayor parte del tiempo. No quería eso. No hasta terminar el instituto.
Charlie probablemente nos extrañaba, sobre todo a Renée eso era obvio. Pero tenía tantas preguntas, tantas cosas por las que no irme y unas pocas por las que desistir y cambiarme; Charlie y Edward serían mi consuelo estando lejos de Forks, y me sentía espantosamente mal pensar en la posibilidad de no volver a ver Alice en meses. Era mi mejor amiga desde que tengo uso de razón, la hermana que nunca tuve, mi apoyo, mi locura y a veces mi cordura. No podía separarme así como así de ella. No quería.
Acallé los sollozos hundiendo mi rostro en la almohada. Odiaba llorar y sentirme acongojada, repelía a la tristeza intentando por todos los medios distracciones que me hicieran olvidarla, pero inútil pensar algo cuando las personas o cosas que me hacían feliz eran las causantes de mi llanto. Sentía una niebla espesa y mis parpados se cerraban. Me sumí en la inconsciencia hasta que un sonido en la mañana me despertó de golpe.
—Bella, son las siete y media, levántate por favor.
Renée llevaba golpeando mi puerta desde las siete y no le contestaba. Mis deseos de no dirigirle la palabra eran inmaduros, lo sabía, algo impropio de mí.
—¿Estás enojada? —suspiré volviendo a cerrar mis ojos—. Cariño por favor, hablemos, ¿sí? Es sólo falta de explicaciones, si me dejaras contarte las cosas quizás puedas entender…
¿Entender qué? No quería entender ni escuchar ni hablar, nada. Quería sumirme en mi miseria el resto del día. Pensar en Edward, en Alice, en mis padres, en el futuro que deseaba, en lo que seré, en mis opciones, en las decisiones que tengo que tomar, en cosas importantes con que lidiar.
Carraspeé para que mi voz sonara normal.
—No iré al instituto, me quedaré aquí ¿vale? —dije con cierta sequedad—. No te preocupes por mí, estoy bien.
Escuché sus pasos al bajar las escaleras. Esperé unos minutos más hasta que arrancó su auto y me levanté. El rostro que me miraba me desagradó. El rímel estaba corrido y pegado bajo mis ojos y el pelo parecía un nido de pájaros; las líneas de lágrimas llegaban hasta mi cuello de un color negro y llevaba puesto el vestido aún. Ni siquiera ánimos de quitarme los zapatos tenía anoche. Quité todo mecánicamente y me metí a la ducha.
Me hice un café. No sé por qué, no me gustaba. Tosté pan y le eché mermelada que tampoco me agradaba demasiado y comencé mi desayuno. Recordé fugazmente mi celular y eso me llevó a pensar en la llamada de Edward. No había revisado si tenía algún mensaje después de haberlo apagado. Subí por él y mientras bajaba lo encendí. Había llamadas de Edward, Alice y varios mensajes de voz y texto.
Ni tiempo tuve de abrirlos cuando el timbre de la casa sonó en el silencio haciéndome dar un respingo del susto. Revisé la hora y marcaban las ocho y diez minutos.
Fui a abrir sin muchas ganas y para mi total sorpresa una niña de unos quince o dieciséis años sonreía tímidamente empapada de pies a cabeza por la lluvia.
—Hola… —saludó avergonzada—. ¿Aquí vive Renée Swan?
Asentí un tanto confundida.
—Está en el trabajo, si quieres te doy la dirección…
Me interrumpió asustada y sentí algo de ¿desconfianza, pánico? Aunque se veía imposible de hacer daño a nadie.
—Soy Nessie —dijo, creyendo que sabría quién era—. Renesmee Swan —la miré más confundida todavía—. ¿Nunca te hablaron de mi, Bella?
Bueno, bueno, bueno, aquí quedé completamente desenchufada. Cómo sabía mi nombre, por qué me hacía esa pregunta y qué demonios significaba que tuviera mi mismo apellido y no saber quién era. Sería prima, tía… ¿hermana? Oh Dios, mataría a Charlie si es cierto.
Se me ocurren cosas de la nada, en serio que no tenía planeada a Nessie... ni lo que va a pasar ahora. Cosas que pasan en mi cabeza y me desordenan todo.
Apuesten quién es... quizás se lleven una sorpresa que no esperaban.
