Por ella, porque siempre será parte de mí.

Disclaimer: Shingeki no kyojin pertenece a Hajime Isayama; escribo esto sin fines de lucro.


Una familia no sólo se compone de una madre, un padre, niños, a veces un abuelo, y en contadas ocasiones una mascota, sino de personas que comparten un sentimiento: amor. Armin había perdido a sus padres muy pequeño, no tenía mascotas, y su abuelo era su único pariente, pero contaba con dos hermanos que, aunque no lo eran de sangre, los quería tanto como si lo fueran: Eren y Mikasa. Esa era su familia.

Al principio habían sido dos, casi inseparables, luego tres, cuando Mikasa llegó. Tres para jugar, para soñar, tres que siempre se apoyaban entre sí: tres, cuando la muralla María fue atacada y muchos murieron, entre los cuales, la madre de Eren; tres, cuando vivieron hacinados dentro de la muralla Rose y dedicaban sus días a cosechar los pocos frutos que daba la tierra para su subsistencia; tres, cuando el abuelo Arlert partió a la reconquista del muro María; tres, cuando el anciano ya no regresó; tres, cuando Eren decidió que entraría a la academia militar, y siguiéndolo, Mikasa y Armin; tres, en los difíciles días de entrenamiento; tres, a unos días de la graduación; tres, cuando Trost fue invadida por titanes y Eren salvó a Armin; tres, en la misión suicida para recuperar la ciudad; tres, en el juicio de Eren e incluso después de éste, cuando el chico fue puesto en manos de la Tropa de Exploración; tres, a pesar de la distancia, cuando les dieron a elegir la rama del ejército a la que se unirían; tres, en cada una de las misiones; tres, en los fracasos y en los éxitos; tres, separados, heridos, cansados, temerosos, inciertos, ellos tres..., siempre: Eren, Mikasa y Armin, porque nada ni nadie los separaría.

Armin así lo había visto desde que era un niño llorón y asustadizo, y no es que hubiera cambiado mucho con el paso del tiempo. Nunca había sido fuerte, ni capaz, tampoco se consideraba alguien muy inteligente; curioso y deseoso de aprender, sí, pero de nada servía eso cuando un montón de bravucones lo acorralaban para golpearlo. Llegó un momento en que se acostumbró a ver llegar a Eren y a Mikasa para defenderlo, pero nunca le gustó sentirse un inútil.

Tal vez no fuera de gran ayuda, es más, en muchas ocasiones sería una carga, pero deseaba estar con ellos. Eso lo confirmó el día del ataque de Trost, en que ese titán casi lo devoró y Eren se sacrificó, salvándolo. Había sido un pusilánime en ese momento, pero había entendido que, si iba a morir, quería estar con ellos, compartir sus últimos instantes con ellos, su familia. Y luego, cuando Eren salió del cuerpo de ese titán y Armin tomó su mano, la misma que había perdido, mientras Mikasa lo abrazaba, llorando silenciosamente, se dio cuenta de que siempre estarían juntos, pasase lo que pasase. Porque si había algo más fuerte que los lazos de sangre, algo que los mantenía unidos a pesar de toda la pena y locura de la realidad que vivían, era el amor que ellos tenían entre sí.

La muerte, único futuro seguro, y quizá más cercana de lo que pudieran pensar desde que se unieran a la Tropa de Exploración, sería menos triste si pudieran estar juntos, si pudieran tomarse de las manos en el último momento y sentir el calor de los otros en su piel, porque no es que ellos tres se desearan algún mal, pero, muy en el fondo, tenían miedo de enfrentarse solos al destino ineludible de la muerte.

Cuando se volvieron unos huérfanos, se brindaron apoyo mutuo, a su manera, para soportar todo ese dolor en vida, del mismo modo lo harían cuando les llegará la última hora; se esforzarían por estar juntos, siempre.


Al final, su rostro se veía tan pacífico, como si durmiera. Me acerqué y recosté mi cabeza en su pecho, con mi oído muy cerca de su corazón, deseando que todo fuera mentira y éste siguiera latiendo y sus pulmones, respirando. Me quedé así, sintiendo lo que quedaba de su calor, hasta que me pidieron que saliera. La vi de nuevo en su ataúd; deseé tanto darle un beso en la mejilla, pero no me atreví. Y cuando le echaron el primer puñado de tierra, quise que se detuvieran, pero me paralicé. No podía moverme y la tierra seguía cayendo, y yo sólo deseaba estar más tiempo con ella... Ya ha pasado un tiempo, poco o mucho, no sé, y la extraño tanto; intento consolarme diciendo que ella siempre estará en mi corazón, sin importar qué, pero aun así duele.

De nuevo Armin y no sé por qué, sólo escribí esto y ya. Puede que no entone con la temática de las demás viñetas, o con cualquier otra cosa, pero quería incluirlo en este fic. Y no pienso que Armin sea un cobarde, ni un inepto, pero hay un punto en que él cree eso de sí mismo.

Agradezco una vez más a quienes lean esto, ya sea que dejen o no comentarios.