Si me dieran a elegir una vez más, te elegiría sin pensarlo
es que no hay nada que pensar.
Que no existe ni motivo ni razón, para dudarlo ni un segundo
porque tu has sido lo mejor, que tocó este corazón.
Y que entre el cielo y tú, yo me quedo contigo... (Franco de Vita)
Capitulo 10 El deseo del corazón
Robin lavó su rostro frenéticamente, el agua helada lo ubicaba poco a poco en el lugar en el que estaba, poco a poco enfriaba sus pensamientos. No, no había sido una alucinación. Bárbara Gordon estaba en el jardín del castillo de Tamaran. Tantos meses preguntándose en dónde diablos había estado y ahora aparecía donde menos la esperaba. Y nuevamente huía.
La había perseguido por todo el salón, esquivando y estrellándose con la gente. Sin embargo, la rubia había desaparecido misteriosamente. Pero su mente no lo engañaba. Era ella. Y él tenía que hablar varios asuntos con Bárbara. Entre ellos el por qué lo había abandonado de esa forma, sin decir nada más. Decidido se encaminó a la puerta y justo antes de abrirla alguien llamó.
-Adelante –contesto Robin frenando en seco su camino.
Por el umbral apareció una cabellera pelirroja y el rostro cansado de su cuñado.
-¿Estás bien? Saliste muy rápido del salón –cuestiono Ryand preocupado, lo último que deseaba era que algo le pasará a Robin, de lo contrario su hermana se inquietaría.
-Sí, no te preocupes, sólo… ehm… subí por una chaqueta –murmuro Robin-. Gracias. ¿Por cierto, mandaste los mensajeros?
-Sí –contesto Ryand-. También le mandé uno a tu padre, el mensaje llegará mañana en la mañana.
-Estoy seguro de que vendrá –comento Robin comenzando a sentir una punzada de culpa.
-Bueno, debo regresar. Aún tengo que hablar con algunos amigos de papá –Ryand medio sonrió con tristeza y salió de la habitación.
El pelinegro miró la puerta perdido en sus sentimientos, para después dejarse caer en un sofá. ¿Qué diablos hacía? Starfire lo necesitaba en ese momento, acababa de perder a su padre y su esposo… su esposo se precipitaba a buscar a otra mujer.
¿Qué clase de cretino era?
Suspiró confuso. Por otro lado, él había buscado a Bárbara mucho tiempo y ahora… por fin la tenía a unos pasos. ¡Era un idiota! Tomó la chaqueta y salió deprisa de la habitación. Si a Bárbara le gustaba huir, seguro no tardaría en hacerlo nuevamente y él tenía que impedirlo.
El insistente golpeteo en su puerta la despertó. Pero de inmediato se percató de que pasaba algo malo. Nadie jamás llamaría de ese modo impaciente a su puerta por un asunto intrascendental. Se puso una bata de seda azul y abrió la puerta. Su tío la miró con una expresión insondable.
-Tío ¿Qué…? –comenzó ella, pero fue interrumpida por la imponente voz del rey, que transmitía un dejo de preocupación.
-Raven, por favor alista tu equipaje. Nos vamos a Tamaran… el padre de Starfire ha… -se interrumpió-, murió la noche antepasada. Tenemos el tiempo justo para llegar a la ceremonia final.
-¿Cómo lo sabes? –cuestiono Raven con el mismo tono práctico de siempre, no obstante su voz también traslucía preocupación, por su primo y por su amiga.
-Un mensajero oficial de Tamaran llegó ésta mañana –explico el rey al tiempo que observaba a su sobrina- cariño, tenemos el tiempo justo de llegar. Te veré en media hora en la cochera. Lleva ropa de abrigo y algo para desayunar.
Y sin añadir más el rey se alejó de la habitación. Asistir a ese funeral era un deber real y familiar, aunque para él no sólo era eso. Sentía pena por el rey de Tamaran y por su joven nuera, pero se tranquilizó con la idea de que Robin estaba con ella. Y pasará lo que pasará, estaba seguro de su hijo sería un buen apoyo para la pelirroja.
En menos de 15 minutos Raven tenía listo el equipaje. Era una chica metódica y ordenada, por lo que no le costo trabajo organizar su valija. Unos cuantos abrigos, un par de vestidos negros y algunas faldas y suéteres, conformaban su atuendo. Se apresuró a las cocinas para preparar algo de desayunar para ella y su tío. En lo general era una chica muy autosuficiente y la idea de depender de alguien siempre la había molestado. Por eso… por eso lo mejor era que las cosas siguieran como estaban…
Y que a Garfield Logan no se le ocurriera aparecer por la Tierra y por su vida, nunca más.
-Madre –susurró Starfire observando el serio semblante de su progenitora.- Ya es muy tarde… deberías descansar un poco –sugirió Starfire preocupada, al notar que su madre estaba muy pálida y que le temblaban las manos.
-No seas ridícula –contesto en tono frío-. No pienso irme a ningún sitio. Ya es muy tarde –repitió con crueldad- Starfire, es tan tarde que ya es temprano.
La reina suspiró molesta, quizá su esposo aceptará las sugerencias de su hija menor, pero ella no. A su hija le faltaba madurar mucho, carecía del sentido común para darse plena cuenta de las situaciones y de cómo debía comportarse en cada una. Sus sugerencias eran risibles. Afortunadamente, su hija mayor no carecía de esas virtudes, Blackfire era mucho más meticulosa y sabía exactamente cómo debía comportarse en cada ocasión. Habría quedado fatal que ella, la esposa del soberano que acababa de morir, se ausentará del funeral sólo porque estaba cansada. Sí, Blackfire sin duda era más inteligente que Starfire, cualidad que le sería de suma utilidad en la vida.
-Lo mejor será que subas a descansar tú –continúo su madre-. Y si antes quieres hacer algo por mí, haz el favor de traerme un café con whisky.
-Es… está bien –murmuró Starfire.
Camino con paso seguro a la cocina. No le sorprendía la rudeza del tono de su madre, pero no podía negar que se sentía herida ante su indiferencia. Además, ingenuamente había creído que su madre se mostraría un poco más… cálida o maternal, debido a la muerte de su padre. Pero no. Su majestad, la reina de Tamaran, siempre se comportaba con dignidad y frialdad ante su corte y… ante su familia.
-Buenos días –saludo en la entrada de la cocina para ver si había alguien por ahí.
No obtuvo respuesta, las mujeres del servicio debían estar arriba ocupándose del salón. Aunque hacía mucho que no pisaba la cocina de ese lugar, encontró rápidamente lo que necesitaba para prepararle el café a su madre. Estaba vertiendo un poco de licor en la taza cuando la puerta trasera, que daba a uno de los huertos, se abrió sobresaltándola.
-Lo siento –murmuro una chica rubia, su cabello estaba ligeramente desaliñado y se mostraba agitada y cautelosa.
-No tiene importancia –contesto Starfire dirigiéndole una mirada amable, para después continuar con su trabajo.
Bárbara abrió los ojos sorprendida. Ante ella, preparando un café, se encontraba la mismísima princesa de Tamaran y futura reina de la Tierra, Starfire. La esposa de Robin.
Starfire terminó el café al añadir una cucharada de azúcar morena, como a su madre le gustaba. Todo el tiempo había sentido la mirada de la chica clava en su espalada. Y cuando volteó a verla comprobó que no estaba equivocada. La chica la mirada escrupulosamente.
-¿Te encuentras bien? –cuestionó la pelirroja.
-Eh –farfulló Bárbara sorprendida, se había quedado observando a Starfire y pensando en Robin, con tal intensidad que parecía que no se daba cuenta de nada más.- Sí. Lo siento, es que… acabo de darme cuenta de quien es usted.
Starfire no percibió nada de raro en el comentario, ni la ligera hostilidad que empapaba las palabras de Bárbara, por lo que le sonrió ligeramente.
-No te culpo, es la primera vez que nos vemos. ¿Te contrataron hace poco?
-Casi 5 meses.
-Sí, yo ya no estaba aquí –comento Starfire con nostalgia.
Ambas mujeres se miraron. Una con mirada sincera y la otra evaluando a su sustituta.
El silenció impregnó la cocina, Starfire le sonrió sutilmente y comenzó a buscar en una alacena un tarro de galletas de nuez, las favoritas de su madre.
-Lamento lo… bueno… todo esto –comentó Bárbara para romper el silencio, que la incomodaba.
-Gracias –murmuró Starfire, mirándola y colocando la taza de café y las galletas en una charola de plata. Debería haberse acostumbrado después de todos los pésames que había recibido, pero no podía dejar de incomodarse ante la frialdad y la falsedad que acompañaban a cada uno, hubiera preferido que no le dijeran nada. Aunque sospechaba que el pésame de la rubia no había sido tan vació como los demás, había algo en el tono de su voz que la inquietaba.
-No… bueno… -Bárbara parecía buscar las palabras más adecuadas-. No lo tome como un pésame meramente formal e hipócrita. En serio, entiendo lo que es ver morir a un padre. Yo pasé por eso hace poco –aparto la mirada sorprendida.
¿¡Por qué le hacía una revelación así a la esposa de Robin!? Su comentario era sincero y sus palabras carecían de falsedad. Ella entendía lo que la pelirroja debía estar sufriendo. Quizá… había sido la mirada tan sincera de Starfire o quizá simplemente se sentía identificada en algo con ella. Aunque fuera en algo tan atroz. Sus ojos se nublaron un poco. Sí, la pérdida de un padre era un hecho más que lamentable, cruel.
-Gracias por la confianza –murmuró Starfire conmovida, los ojos de la rubia se habían empañado y comprendió que a ella aún le dolía, pero que poco a poco el dolor era menos intenso.- Eres una de las pocas personas que me han dado un pésame honesto, te lo agradezco.
-Existe culpa, no es cierto –era más pregunta que afirmación y Starfire la observó antes de responderle.
-Sí –musito-. Mi padre era una persona muy importante para mi y yo –tuvo que aclararse la voz antes de continuar-, desde que me case no había venido a verlo, ni una sola vez. Le escribía continuamente, pero… la importante princesa de Tamaran no tuvo tiempo de venir a ver a su padre –terminó con un lúgubre sarcasmo.
-Si su padre despertó justo cuando usted llegó, eso quiere decir que la estaba esperando y que la quería mucho –respondió Bárbara, en cierta forma enternecida, Starfire acababa de decir lo que a ella también le había pesado mucho tiempo, aunado a… la culpa de su muerte, porque ella sí podía afirmar que había tenido la culpa.
Por su parte Starfire no supo qué la había orillado a esa confesión, pero… había algo en esa chica.
Seguramente fue su forma de abordarla, sin rodeos, o quizá que ella tenía la palabra para lo que sentía: culpa. Culpa por no haber ido a verlo ni una sola vez en 6 meses y culpa por su egoísmo, porque a pesar de que en el rostro de su padre se apreciaba paz y él se veía tranquilo, Starfire habría querido que él se quedara con ella. ¿Eso la convertía en una persona horrible? Su padre estaba muy mal del corazón, estaba sufriendo, cada respiración y cada segundo de vida sólo prolongaban su dolor, pero ella quería decirle que no se fuera, que se quedará con ella. Era un deseo muy egoísta. Y aunque le dolía aceptarlo ahora su padre estaba en paz, ya no sufriría más y eso… eso la consolaba en gran medida. Él siempre había querido lo mejor para ella y era su turno de desear lo mejor para él, aunque lo mejor ya no fuera a su lado.
-Tienes razón –susurró Starfire con la voz cargada de emoción- Y estoy segura de que ambos, dondequiera que estén, nos sonríen y desean lo mejor para nosotras.
Ambas mujeres intercambiaron una sonrisa amistosa y luego de que Starfire declinara la oferta de Bárbara de llevar el café y la pelirroja le sugiriera descansar, la rubia se quedo sola en la cocina. Meditando en la forma de ser de Starfire y en lo que habían hablado sobre sus padres.
A pesar de despreciarla por ser la mujer que estaba al lado del hombre que ella amaba, no había podido evitar sentir cierta simpatía por ella. Sacudió la cabeza molesta. Starfire no era una amiga, era una rival. Y aunque ella ya no pudiera estar a su lado, no quería que el corazón de Robin le perteneciera a nadie más. Ella lo amaba y deseaba que él también la amara, cosa que, pese a parecer arrogante, estaba segura de que él hacía, para comprobarlo bastaba la mirada que Robin le había dirigido al verla en medio del salón. El problema era que ella, Bárbara, no quería que Robin amara a nadie más. Y ella no era ninguna tonta, con esa breve charla se había dado cuenta de que Starfire no sólo era una rival por permanecer al lado de Robin, era una gran rival por el corazón del pelinegro
Hacía media mañana el castillo estaba en silencio. En la segunda noche, después del deceso, sería el homenaje político al Rey de Tamaran. Se alabarían sus logros más importantes, algunos personajes del pueblo darían una semblanza y continuarían velándolo toda la noche. Y en la noche final, sus hijos y su esposa hablarían unos minutos de él, para después darle el último adiós.
Ryand suspiró cansado. La carga de todo había sido muy pesada para él. Su padre y él sabían que aún no estaba listo para ascender al trono. Pero no le quedaba más remedio. Aunque las cosas fueran pesadas ya se acostumbraría más adelante. Y aunque él… aunque él en realidad no quisiera gobernar, tendría que hacerlo.
El pelirrojo se dio una ducha y nada más tocar la almohada se durmió inmediatamente. Tenía un par de horas para dormir una siesta. Una siesta que en realidad necesitaba.
Por la noche asistió aún más gente. Robin se encontraba dividido entre sus obligaciones con Starfire, su deseo de apoyarla, pero también su deseo de encontrar a Bárbara. Estaba casi seguro de que Bárbara aún no había escapado, pero no le cabía duda de que muy pronto lo haría. La había buscado por todos lados durante todo el día, mientras Starfire trataba de dormir un poco. Había solicitado a los guardias que custodiaban las entradas y hacían guardia fuera del castillo, que le avisarán inmediatamente si alguna empleada salía y hasta ese momento ninguna empleada había salido. Bárbara aún estaba ahí y él iba a encontrarla.
Blackfire observó a los asistentes del funeral de su padre. Muchos llevados sólo por sus obligaciones diplomáticas y otros lamentando el deceso en verdad. Su hermano hablaba con algunos de esos diplomáticos y ella por un instante, los odio a todos, incluso al hombre que reposaba tranquilamente en el féretro.
Para ella era claro que su padre jamás había sentido la misma pasión por ella que por Starfire. Starfire era su niña, su consentida, su hija favorita… ella en cambio, era la hija predilecta de la soberana de Tamaran. No obstante, jamás habría deseado algo así para su padre. Nunca, a pesar de que él no le profesaba el mismo cariño que a Starfire, hubiera querido verlo así.
Ella quería a su padre, lo admiraba como gobernante y como hombre. Era una persona justa y con gran sentido común. Y ciertamente no podía decir que no la quisiera. Sólo que era patente, aunque él tratará de no demostrarlo del todo, que la niña de sus ojos era Starfire. Quizá por eso lamentaba más su muerte.
Siempre había escuchado que cuando las personas morían, la mayoría de las lágrimas derramadas eran de culpa. Culpa por todas las cosas malas, por los malos sentimientos y por las miradas hostiles para con la persona muerta. Culpa por ser ella en parte la responsable… La culpa era la causa de las lágrimas.
Y ella, Blackfire princesa de Tamaran, tenía los ojos anegados. Lágrimas que por orgullo no conseguían salir. Y lágrimas que sabía la derrotarían. Porque aún estaba ese otro sentimiento. Le guardaba rencor a su padre. ¿Por qué prefería a Starfire¿Qué le faltaba a ella que Starfire sí tenía? Y… cerró los ojos intentando calmarse¿por qué jamás habían compartido una mirada cómplice, algún problema o simplemente una plática de amigos¿Por qué diablos él quería más a Starfire¿Por qué la prefería? Y entre sentimientos encontrados de culpa y rabia, salió sigilosamente del salón. Uno de los consejeros había comenzado a hablar de la gran obra de su padre, pero a ella no le interesó. Prefería perderse en el jardín y estar un rato a solas.
-Starfire –murmuró una cálida voz muy cerca de ella.
-Speedy –contestó ella sobresaltándose, había estado escuchando la semblanza que los políticos daban sobre su padre.
Pero para ella carecía de significado. Su padre era mucho más que eso. No obstante su deber era estar ahí, pero había salido sólo cinco minutos a despejarse y a tomar aire fresco.
La mirada que él le dedico dejaba entrever todo lo que sentía por ella. Y por un momento la estremeció, pero se calmo enseguida pensando que él jamás intentaría nada. En primera porque estaban en casa de su padre y en su funeral, y la segunda, pero no menos importante, porque ella estaba casada.
-Mi padre quiere tener unas palabras contigo –comentó Speedy ardiendo en deseos de abrazarla, de estrecharla entre sus brazos, de huir con ella… deseos que tenía que reprimir por… ¿cobardía?
-¿En dónde ésta?
-Salió al jardín hace un rato, se sentía un poco mareado –contestó tratando de olvidar o aplacar sus sentimientos.
-¿Se encuentra bien? –pregunto ella preocupada.
-Sí, no te preocupes, se le pasó enseguida –respondió el joven sonriendo.
Ambos pelirrojos caminaron hasta donde estaba el apuesto cincuentón de cabello cobrizo, impregnado con algunas canas. Él sonrió al verlos acercarse juntos, hacían una guapa pareja. Habría sido magnífico ver a su hijo casado con Starfire, una chica extraordinaria y bien educada, pero la vida no siempre era como se esperaba.
-¿Galfore, se siente bien?
-Despreocúpate, sé que tu padre me espera, pero aún no es mi hora –de inmediato se dio cuenta de que su broma estaba fuera de lugar, por lo que continúo con un tono más serio-. Starfire¿cuándo piensas regresar a la Tierra?
-A decir verdad… –la pregunta la pilló desprevenida, aún no había hablado de eso con Robin- No lo sé, Galfore.
-Starfire, como sabes yo me encargaba de los asuntos legales de tu padre y… bueno antes de que te marches debemos dar lectura a sus últimos deseos.
Starfire se sorprendió, con la confusión y el dolor por el hecho, no se había detenido a pensar en el testamento de su padre. En el que por legítimo derecho nombraría a Ryand su sucesor y a su madre su regente y consejera, dado que su hermano aún era muy joven.
-No sé preocupe, Galfore –murmuró Starfire con tono cariñoso al hombre amigo y confidente de su padre-. Me quedaré el tiempo que sea necesario.
Galfore le sonrío a la joven, era una sonrisa fatigada y no totalmente sincera. Su mejor amigo había estipulado cosas en su testamento que no serían del agrado de todos y que, estaba seguro, causarían un gran alboroto entre la familia real. Abatido, descubrió que no podía brindarle a la princesa la misma honestidad que antaño había en sus ojos. Le causaba cierto cargo de conciencia conocer las disposiciones de su amigo y anticipar los problemas que se avecinaban sobre Starfire. Desvió la mirada y le ofreció su brazo con la galanura propia de los caballeros de su época. Starfire lo tomo y los tres se encaminaron de regreso al gran salón.
La luna comenzaba a menguar, pero aún resplandecía lo suficiente para iluminar un sendero bordeado con hayas que llevaba a un jardín secreto en donde en primavera florecían lilas y tulipanes. Algunos trozos de nieve helada resbalaban de las ramas de las hayas y brillaban como el cristal con la luz plateada del satélite.
-Tenía el presentimiento de que te encontraría en un lugar así y a punto de huir –murmuro una voz salida de las sombras-. Tenemos que hablar.
-¿En serio? –cuestiono la femenina voz de una mujer que había estado observando las hayas, una última vez.- No creo que haya nada de que hablar, Robin –aunque él no hubiera salido de las sombras reconocería su voz en cualquier lugar, verlo ante ella sólo era una confirmación a sus instintos- Todo se dijo, ya no tenemos… –comenzó la rubia haciendo amago de irse.
Pero Robin fue más rápido y no se lo permitió. La tomo del brazo firmemente y con su cuerpo le impido el paso. La rubia se vio acorralada y su corazón aumentó su velocidad, estaba muy cerca de Robin. Tal y como lo había deseado todos esos meses sin él.
-Yo creo que sí hay mucho de que hablar, Bárbara –susurró Robin cerca del oído de la joven.
-Robin… -musitó Bárbara en voz baja, como un eco lejano. Un eco que aludía a todo lo que alguna vez se había profesado una pareja, a tiempos pasados, a mejores épocas.
Y nada había cambiado en él. Tenía el mismo porte seguro de siempre, la misma forma de sujetarla, los mismos ojos expresivos y la misma intensidad que recordaba de esa mirada turquesa.
-Por favor, suéltame –pidió Bárbara en un vano intento de poner distancia entre ella y el atractivo pelinegro.
-¡No! –Robin la sujeto con más firmeza y la obligo a mirarlo a los ojos-. No hasta que me digas…
-¿¡Qué, Robin!? –estallo Bárbara, no quería ceder ante él. No podía. Tenía que mantenerse en sus cabales, no podía caer de nuevo con él… pero… pero en realidad era lo que deseaba-. ¿¡Qué quieres que te diga¿¡Por qué me fui¡No seas ridículo!
Lo empujo fuertemente y consiguió apartarlo de ella.
-Babs –susurró Robin impresionado por la rudeza de la voz y las acciones de la rubia, tardo un instante en recuperarse y continuó con un tono más tranquilo-. Bárbara, entre nosotros aún había algo.
-¡No, Robin! Entre nosotros… ¡Te lo dije muy claro esa noche¡Te dije que ya no quería verte! Te dije que entre nosotros ya no podía haber nada.
-¿No podía? –repitió Robin molesto, ella no podía negar la chispa que había entre ellos-. ¡Pero eso no significa que no me quieras! Babs, lo sabes tan bien como yo… Bárbara… yo…
Y sin decir nada más la tomó de los hombros, cubiertos por un delicado chal, y la acercó a él. Ya nada tenía sentido. Cuando sus labios hicieron contacto con los de ella, se cristalizó algo que ambos esperaban desde muchos meses atrás.
Bárbara le correspondió el beso con ímpetu. Ella también lo deseaba.
Robin…
Robin… era lo único que tenía significado en su vida. Lo único que la alentaba a continuar. Lo único que le daba valor a su existir.
Por eso había huido. Se sentía culpable. Y ya no podía corresponder con sinceridad a la mirada del pelinegro. No después de todo lo que le había hecho. Él no merecía una traición así. Pero…
En ese instante sólo los besos de Robin tenían sentido. Su delito pasaba a segundo plano al tenerlo cerca. Con él ya no le importaba nada más. Y después de todo lo que ella había pasado, pensó, merecía por lo menos un poco de felicidad. Y Robin se la daba. Y estaba segura de que él también era feliz a su lado.
La pareja, rodeada por las heladas hayas, era iluminada por la plateada luz de la luna en menguante. Sus perfiles contrastaban claramente en medio de la oscuridad de la noche.
No había podido escuchar con claridad todo lo que decían. Pero ella no era ninguna idiota. Y le había quedado claro, por la pasión que ambos habían demostrado, que no era su primer encuentro.
Oculta tras de un grueso roble, Blackfire observó una vez más a la pareja, con expresión seria e indescifrable. Observó el furtivo abrazo de ambos y le llegaron lejanos susurros.
No cabía duda, pensó mientras los veía alejarse, que Robin no era el hombre recto y noble, el leal y honesto príncipe que aparentaba ante todos, en especial ante su hermana.
Robin entró con sigilo en el salón. Bárbara le había pedido que la dejará un rato a solas para ordenar sus pensamientos y él podría apostar a que ella ya no pensaría en huir. Rodeado de gente, tomó una taza de café de una charola que llevaba una doncella, necesitaba relajarse un poco. Y ciertamente él también tenía que poner en orden sus pensamientos.
El corazón le dio un vuelco cuando divisó a su esposa. No podía decirle a Starfire lo que había pasado. No podía decirle que se había reencontrado con esa mujer. No quería lastimarla y no obstante, ya lo había hecho. En el momento de reunirse con Bárbara era consciente de que lastimaría a Starfire en caso de que ella llegará a enterarse.
Lastimarla era lo último que quería. Se quedo un rato apartado de ella observándola y pensando en lo que había pasado. En determinado momento Speedy, ese pelirrojo, se acercó a su esposa y sostuvieron una conversación en voz baja. Hecho que lo molesto sobremanera. No quería que ese tipo estuviera cerca de su esposa. No quería que ella lo mirara ni que le sonriera.
Confundido, hastiado y tentado a alejar a su esposa de Speedy, prefirió permanecer solo en un rincón del salón, sumergido en sus divagaciones. No entendía lo que le pasaba y mucho menos lo que estaba sintiendo, pero le quedó claro, mientras observaba la esmeralda mirada de su esposa, que no sería capaz de hacerle daño. No podía decirle que se había reencontrado con Bárbara.
Al atardecer siguiente Raven y el Rey Bruno llegaron a Tamaran y fueron recibidos por Ryand. Que se sintió abrumado cuando el Rey Bruno lo abrazó, como a un hijo. Cada cierto tiempo tenía que recordarse que ya no podía comportarse ni lloriquear como un niño.
-Gracias –murmuro tratando de mantener un tono cordial, sonrió ligeramente y Raven, a pesar de su frialdad, no pudo evitar dedicarle una cálida sonrisa consoladora.- Disculpe, Rey Bruno, no sé en dónde están Starfire y Robin, pero enseguida mandó a buscarlos.
-No hay problema –murmuró el Rey Bruno- ¿Necesitas que te ayude en algo?
-No, no, gracias. Le agradezco que haya venido hasta aquí, que hayan venido –agregó esbozando una pequeña sonrisa y observando a Raven.
-No tienes nada que agradecer. ¿Cómo se encuentra Starfire?
-Ya está mejor –murmuro Ryand, él también la había escuchado sollozar, pero su hermana ya se encontraba mejor.- Ella fue la que estuvo con papá hasta el último momento.
Raven no pudo reprimir un ligero jadeo. Starfire estaba con su padre cuando este murió, debía haber sido una experiencia muy cruel. Ryand le sonrió agradecido por la preocupación.
-No te inquietes, ella está bien –comentó amablemente.
-¿Y tu madre? –inquirió el rey.
-Se encuentra arriba, le afecto mucho lo de mi padre, pero ha conseguido serenarse.
-¿Puedo hablar con ella?
-Desde luego. Está en su habitación, yo mismo los llevaré.
Ryand tomó la valija de Raven y los guió, primero a sus habitaciones y después guió al Rey Bruno al salón de su madre.
Starfire se encontraba en uno de los balcones con vista al desfiladero. El viento agitaba sus cabellos, pero a ella parecía no importarle. El cielo se mostraba blanco opalino, pero al menos había dejado de nevar y el frío se había vuelto muy ligero. Aquí y haya había rastros de nieve por el desfiladero, sobre todo en los arbustos que crecían en las rocas salientes. Sin la más leve expresión en su rostro, Starfire observaba el paisaje, una diminuta sonrisa apareció en su cara, los ojos se le empañaron ligeramente y Starfire se apresuró a secarlos con la manga de su vestido.
Robin la contemplo unos minutos antes de acercarse. Parecía tan tranquila y fuerte, pero a la vez con un dejo de tristeza nostálgica, que le confería el aire de una ninfa desamparada.
-¿Todo bien? –pregunto la inconfundible voz de su esposo, situándose junto a ella. Ambos estaban recargados en el barandal.
-Sí, sí –susurró Starfire-. Estaba pensando… en que hace poco tiempo mi papá y yo cabalgamos del otro lado de este desfiladero. Ryand a veces nos acompañaba y organizábamos carreras para ver quién era el más rápido.
Starfire sonreía y parecía sinceramente feliz al rememorar esos recuerdos. Era claro que le dolía mucho la muerte de su padre, pero lo había aceptado y comenzaba el lento proceso de superación. Robin le sonrió y Starfire lo miró sin apartar la vista de él. El viento agitaba sus cabellos pelirrojos en todas direcciones y Robin no pudo contener el impulso de acomodar un travieso mechón detrás de su oreja. Su mano se deslizo hasta la mejilla de Star, brindándole una tibia y suave caricia. Ambos se miraron por unos segundos que se les antojaron eternos.
-Deberías… -murmuró Robin, apartando incómodo la mirada de los ojos verdes de su esposa-, dormir un rato, te sentará bien.
-Sí, quizá tengas razón –contesto Starfire intrigada, talvez lo había imaginado pero… no, sólo era su imaginación.
La pelirroja abandonó la terraza con una última mirada a su esposo. A penas había dormido, pero no se sentía cansada, más que dormir lo que necesitaba era un buen y relajante baño.
-Starfire –musitó Robin al desfiladero, en voz tan baja que sus palabras fueron ahogadas por el viento.
Había encontrado a Bárbara, por fin. En el lugar menos pensado y quizá en el momento menos indicado. Pero la había encontrado y había constatado que ella lo seguía queriendo como siempre, los urgentes besos de la rubia se lo habían demostrado. Aunque ella lo negará lo seguía queriendo. Pero… ¿y él?
Claro que él también la quería, se dijo. Llevaba mucho tiempo pensando en ella. Pero él ya estaba casado con Starfire. Con la princesa pelirroja de Tamaran. La mujer que había elegido su padre para él. La mujer que había desposado no por amor, sino por cumplimiento con su reino. La joven que se había ganado su amistad y su cariño.
¿Qué pretendía¿Convertir a Bárbara en su amante? La sola idea le hizo cerrar los puños con indignación. No, él no podía proponerle algo así a Bárbara. Y sin embargo… sin embargo, no tenía nada más para ofrecerle. Él ya no podía casarse con ella. ¿Pero… quería hacerlo¿Le habría gustado cambiar su situación¿Le habría gustado, pensó con una extraña presión en el pecho…, separarse de Starfire?
El insistente llamado en su puerta lo sacó de golpe de sus meditaciones.
-Pase –ordeno con voz firme y clara, y sin señal alguna de confusión ni preocupación en el rostro.
Pero inmediatamente su seria expresión se descompuso. Bárbara acababa de entrar a la habitación, vestía el uniforme de las doncellas del castillo y lo miraba con atención, con esos ojos azules que un lejano día de verano lo habían dejado embobado en un baile del castillo.
-Robin –susurró la rubia paseando su mirada por la habitación para descubrir que él estaba solo.
-Bárbara qué… –comenzó Robin.
-Tu padre acaba de llegar –anunció ella con ligero nerviosismo en la mirada.
-Tranquila, él no te conoce –aclaró Robin con voz suave, pero inmediatamente el nerviosismo se apodero de él. Starfire estaba en el cuarto de baño de esa misma habitación, a tan sólo unos metros de distancia, en cualquier momento podría salir.
-¿Estás seguro? –cuestionó Bárbara y suspiro aliviada al verlo asentir-. Menos mal.
La chica le sonrió coqueta y se acerco a él. Robin era por lo menos treinta centímetros más alto que ella, por lo que fácilmente pudo apoyar su mejilla en su pecho.
-Bárbara –susurró Robin nervioso-, Starfire está en el cuarto de baño.
-¿Te preocupa? –inquirió ella sin soltarlo y con un tono que él jamás le había escuchado.
Era como si a ella le divirtiera la posibilidad de que Starfire les encontrará, por el contrario a él no le hacía gracia alguna. No quería que Starfire se percatara de nada y menos en ese momento.
Pero Robin no tuvo tiempo de contestar. La puerta del baño se abrió y la pareja tuvo el tiempo justo de separarse. Starfire apareció por el umbral, su cabello estaba aún mojado y estaba vestida de negro. Robin la observó nervioso, esperaba que no los hubiera oído, pero al parecer la pelirroja no había escuchado su plática. Bárbara fue la primera en reaccionar.
-Le comunicaré el mensaje a su padre, señor –murmuro servilmente al tiempo que hacía una ligera inclinación. Starfire le sonrió al reconocerla y Bárbara le regresó la sonrisa con sutil malicia –permiso- y desapareció por la puerta, no sin antes, dirigir una mirada sugerente a Robin.
Robin la miró un par de segundos mientras ella cerraba la puerta, acto seguido volvió la vista a su esposa. Starfire le sonrió con naturalidad, para ella no había nada de extraño en la escena y no se había percatado de la última mirada que la rubia le dirigió a su marido.
-¿Ya llegó Bruno? –cuestionó Starfire con suavidad.
-Sí, al parecer acaba de llegar y… debe venir con Raven –contesto Robin un poco incómodo.
Y cuando Starfire le sonrió con dulzura, Robin no pudo evitar sentirse como el peor cretino de la historia.
La despedida final al Rey de Tamaran fue especialmente enternecedora. Cuando Starfire subió al estrado para pronunciar su semblanza asombro a todos al afirmar que ella no había preparado nada. Para hablar de su padre no necesitaba prediseñar un discurso.
Rememoró una anécdota de su infancia y habló de su padre, no como un excelso monarca, sino como un ser humano. Como un hombre muy especial para ella, el hombre que ella conocía, un padre que entendía a sus hijos y sabía aconsejarlos y ponerles un alto, no sólo mimarlos.
Starfire habló, hablar era la mejor cura. Los ojos se le empañaron y en varias ocasiones tuvo que aclarase la garganta, por el enorme nudo que sentía. Ella habló de su padre como sólo pueden hablar las personas que han amado a una persona con todo su corazón. Su padre, desde que ella recordaba, era la persona más especial para ella. Y ese amor no se extinguiría, siempre existiría como una parte inherente de ella. En su vida habría muchas personas, pero su padre siempre ocuparía un lugar especial en su corazón.
Gracias a su cariño ella podía decir que era capaz de querer de verdad, de amar con toda el alma. Y al ver a Robin en la primera fila aplaudiendo conmovido, no pudo evitar agradecer a su padre que no la había dejado sola. No estaba sola, tenía a su príncipe terrícola y tenía el hermoso sentimiento que impregnaba su corazón y cuyo dueño sólo era su Robin.
En medio del nevado jardín, recostado en una mesa de mármol, el cuerpo del Rey comenzó a arder, convirtiéndose poco a poco en cenizas. La mitad de ellas fueron arrojadas al Gran Río Azul de Tamaran, como había sido el deseo de su padre. La otra mitad se depositaron en una urna en la cripta real y su madre fue la encargada de encender una vela que siempre estaría iluminando el sepulcro. Starfire fue la ultima en abandonar la bóveda y prometió que, tan pronto como pudiera, regresaría a verlo. Depositó un enorme ramo de lilas y gardenias, tomó una flor del ramo y abandonó el sepulcro para salir a la negrura del jardín. Ya era hora de decir adiós.
-¿Raven, puedo pasar? –murmuró la voz de la pelirroja.
-Adelante –a pesar de que su tono no lo transmitía, se sentía feliz de volver a ver a su amiga, desde que había llegado no había tenido tiempo de conversar con ella.
-¿Tan pronto? –preguntó Starfire mientras observaba como Raven acomodaba sus pertenencias en la pequeña valija que había llevado.
-Sí, lo siento, pero mi tío tiene asuntos que atender –contestó Raven con voz queda, quizá le habría gustado quedarse, pero comprendía que lo que se avecinaba a continuación sólo eran asuntos de Starfire y su familia.
-Comprendo –susurró Starfire sonriendo tristemente.
Raven sonrió ligeramente y abrazo a Starfire, era un abrazo de hermanas, que denotaba apoyo. Ambas sabían que contaban la una con la otra y Starfire le agradeció infinitamente el gesto desde lo más profundo de su corazón. Dado que sabía que Raven no era una chica que expresara abiertamente sus sentimientos, Starfire entendía que la chica de ojos lavanda la apreciaba sinceramente como a una hermana y su gesto fue muy significativo para ella.
-Nunca te agradecí toda la ayuda que me brindaste cuando…
-No tienes nada que agradecer, habrías hecho lo mismo por mí –la interrumpió Raven con su tono de siempre.
-Tienes razón –contesto Starfire sonriéndole.
Juntas terminaron de recoger las pocas pertenencias personales que quedaban diseminadas por la habitación y ambas bajaron a la entrada, en donde el Rey Bruno abrazo calurosamente a Starfire y a su hijo. Raven lanzó una última mirada al castillo de Tamaran y al observar el brazo de su primo rodeando protectoramente los hombros de Starfire y la mirada que él le dirigió a la pelirroja, comprendió que Starfire ya estaba irremediablemente unida al corazón de su primo, aunque él ni siquiera se hubiera percatado del hecho.
Starfire observó el carruaje salir por el portal de piedra y sonrió cuando un pañuelo azul asomó por la ventana. Cuando el carruaje dio vuelta Raven dejó de agitar el pañuelo, esperando que Robin y Starfire regresaran pronto a la Tierra, en donde estaba su hogar.
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Hola!!
Sin palabras, por fin la continuación después de mil y un tareas, desveladas y finales ya estoy de nuevo por acá, rehabilitada (no de doble AA jajaja) después de horas de sueño dignas, al inicio del verano y a punto de ser más vieja… u.u
Pero es el rollo de siempre ¿no?
Así que mejor pasemos a cosas más interesantes…
Pienso que este capitulo fue algo cambiante, en algunas partes reposado y en otras más intenso. Hubo de todo, desde la pasión indestructible de Speedy, el dulce amor de Starfire, la bipolaridad de Bárbara, la (maldita) indecisión de Robin y la "belleza" de los o mejor dicho las tamaranianas… porque lo que es Ryand es un chico encantador n.n
Fue un capitulo sosegado, aún pesaba una muerte y la pasión a penas comienza a fluir… Pero dejo el capitulo a su criterio jejejeje
Nuevamente no apareció Garfield… pero no os preocupéis porque ese lindo niño verde tiene un papel muy importante en el fic y en la vida de Raven. No hay que tomar tan a la ligera las palabras de Madame Jinx… que por cierto, tmb volverá a aparecer.
Hubo tres hechos que influirán en el siguiente, podría decirles tantas cosas de ellos, pero creo que ustedes lo saben y tmb viene el encaramiento entre los dos chicos del antifaz n//n
Note que hubo decepción en el capi pasado, por el título yo tmb habría esperado otra cosa, y quizá ese fue mi error, el título jejejeje, aunque pienso que hay muchas formas de estar cerca del amor… a veces incluso te conformas estando al lado de esa persona, con verlo, escuchar su voz o simplemente con una sonrisa, quizá podrían decir que eso no es amor, pero pienso que eso ya depende de la intensidad y la forma muy particular con la que cada uno de nosotros ame n.n
Ya me extendí demasiado, pero no quiero dejar de agradecer el tiempo que se toman para dejar sus comentarios y hacerme saber que están disfrutando la historia, mis errores, sugerencias o regaños n-n
NigthStar.007, Kerosen, Cibermandy91, MeganLizzeth, Andrea, Sakura Hanyou 01, Cherry Blossom, Chica93, Azeret- m.L., Ely, Nathalie, Katty-Kate, El pájaro de fuego, Esmeraldy, Ameleni aguí 23, Una diva sin nombre, Shiro Wolfman K, Starfire.s14, Sakima, Blackstarshine, Kory yumi, Sligerer, Raven Granger, Uchiha Ezy, Chris McRaven, Rely y a Martu Krutli (Morgana)
Arigato por sus reviews, jalones de orejas, pláticas en el msn, mails, sugerencias y jitomatazos!! ThankU por hacerme saber que disfrutan este trabajo n.n
Y bueno, me despido diciendo que no le hablen a extraños, a menos que estén a su gusto jejeje n-n
Matta ne
Dividí el capitulo en dos, por eso cambié el titulo
Prox capi: Hostilidad Tamaraniana
Hagan cara Hellman´s n.n
Pd. Tuve un accidente desagradable con el msn, no es por payasada (o igual y sí) pero ya deje de anexar contactos a diestra y siniestra, alguno de ustedes reconoce estos id´s, para agregarlos n.n
rbdlageneracion, saf2609, milo458, angneokeus, elrraperoblanco8, reeliarz.
