Capítulo X

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Había pasado de escuchar varias canciones de rock, a encontrarme con una balada romántica. No era lo ideal, para mantener el ritmo mientras corría, pero me gustaba tanto, que no dudé en dejarla.

Mis pasos eran constantes contra la acera que ondeaba en medio del parque en el que me había dejado Tom, hacía unos minutos. La canción hablaba de lo poco que necesitaba, el ser amado, de la pobre chica que cantaba sus miserias. No pude evitar sentirme identificada con aquella canción, sin saber en qué momento me había convertido en la chica de las miserias de Alex.

¡Si ni siquiera me gustaba tanto hace un año atrás!

Pero así era la soledad, muchas veces nos llevaba a poner los ojos en personas que antes ni habríamos mirado. Y surgía el amor, no como un sentimiento espontaneo y necesario, más bien por necesidad, por deseos de amar. El problema era cuando nacía el sentimiento, por la fuerza o por arte de magia, estaba ahí y ya no podías negarlo, ni arrancártelo, con la misma facilidad con la que lo habías puesto.

No suspiré, por no perder el ritmo de mis respiraciones, pero mentalmente el suspiro fue largo y resignado. Me vendría bien salir a bailar e intentar despejar mi cabeza, todo lo que habíamos estado experimentando, era una locura, así que iría a bailar y descargaría toda la adrenalina posible en la pista de baile. Si al menos hubiese hecho eso, en lugar de dejarme arrastras a Las Vegas.

Ahora sí que se me escapó el suspiro.

Decidí comenzar a tararear, mentalmente, la canción que escuchaba, cuando vi a alguien acercarse por mi derecha, mantuve la regularidad, probablemente sería otra persona haciendo deporte como yo. Entonces reparé en que conservaba mi ritmo de carrera y además me hablaba. Me quité un audífono.

—¿Qué? —le pregunté, con cierta cautela.

—¿Podemos hablar? —preguntó el hombre, en medio de jadeos.

Sólo entonces reparé en que no andaba vestido para correr, al contrario, de su espalda colgaba un bolso y en su mano había una grabadora.

—¿Qué? ¡No! —respondí tajante, mirando tras de mí a un pequeño grupo, compuesto por unas tres personas más, que al parecer no podían mantener la carrera y simplemente nos seguían.

—Será sólo un momento —continuaba persuadiéndome el hombre.

—¡No! —frené en seco y me di la vuelta para volver a la casa de los chicos.

—¡¿Es usted la esposa de Tom Kaulitz? —escuché la voz del hombre tras de mí.

¡Mierda!

Apresuré el paso, esquivando a las otras personas, que formularon sus preguntas al paso, al igual que el hombre que había dejado atrás.

El resto, fue correr en dirección a la casa, escuchando a mis perseguidores vociferando sus preguntas.

"¿Se casaron ustedes en Las Vegas?"

"¿Conoces a la esposa de Bill?"

"¿Están viviendo juntos?"

"¿Estás embarazada?"

Ante esa última pregunta, miré hacia atrás, sin poder creer que me lo estuviesen preguntando. Aunque ya debía de saber cómo funcionaba la prensa ¿no?, después de todo, era relacionadora pública.

Decidí que lo mejor sería apresurar el paso, aunque llegase muerta, y una vez dentro de casa, ya veríamos qué debíamos hacer con la situación, aunque mi idea no contaba, con las dos personas que se habían tomado la entrada de la casa, como cuartel general. Un chico bastante alto y una mujer con una coleta como la mía, que parecía estar preparada para correr tras de mí, por todo Los Ángeles de ser preciso.

¿Y ahora?

Me detuve a metros de ellos, para mirar tras de mí y ver que mis persecutores, aunque más lentos, se acercaban sin darme tregua. Las dos personas en la puerta, se alertaron en cuanto me vieron y no tuve dudas, me acorralarían.

—Piensa, piensa, piensa… —comencé a repetirme en un susurro.

No había mucho que hacer, era obvio que ya sabían la casa a la que me dirigía y aunque le avisara a alguien por teléfono, el acoso no terminaría. Así que corrí a la puerta y comencé a llamar al intercomunicador, insistentemente, centrándome sólo en escuchar la voz, de quien quiera que me contestara. Por mucho que los periodistas insistían y preguntaban, cuanta barbaridad se les venía a la cabeza, yo me centré en el intercomunicador.

Maldición, ¿cómo era posible que alguien tardara tanto en responder?

Seguí presionando el botón de llamada, cuando escuché, entre las preguntas, una que me sorprendió. Quizás no tanto por la pregunta en sí, como por la malicia implícita en ella.

"¿Es cierto que Bill es gay?"

Miré al hombre que me lo había preguntado y casi de inmediato tuve junto a mi rostro su grabadora. La voz de Bill se escuchó por el intercomunicador, lo reconocí de inmediato.

—¿Sí?

—¡Bill!, ¡Bill!, ¡por favor! —le pedí, intentando que mi voz se escuchara, por encima del bullicio de los caza noticas que tenía, casi arrinconándome contra la puerta. Como me tocaran, sabrían lo que era verme enfadada.

—¡Espera! —dijo y colgó. Notaba como el corazón me latía acelerado y la ansiedad iba haciéndose presente poco a poco, confiaba en que Bill hubiese comprendido lo que estaba sucediendo.

Las preguntas continuaban, pero yo intentaba no oír, aunque me resultaba casi imposible. Todas ellas estaban dirigidas a saber mi nombre y si era una de las chicas con las que se habían casado los integrantes de Tokio Hotel. Me mordí el labio ansiosa, definitivamente me fumaría un cigarrillo en cuanto entrara.

Escuché el sonido eléctrico de la puerta y mis ojos se quedaron clavados en ella, hasta que me encontré con los ojos de Bill.

Me sentí aliviada.

Extendió la mano hacía mí y yo no tuve que pensármelo, para hacer lo mismo. Su agarre fue firme y me dio seguridad, a pesar de que casi me levanta del piso, de la fuerza que empleó para meterme dentro. Choqué contra su pecho y su otro brazo me pegó contra su cuerpo, como si quisiera evitar que me vieran. Escuché nuevamente el sonido de la puerta, esta vez al cerrarse. Sólo en ese momento reparé en que mi mejilla reposaba contra su pecho, ligeramente descubierto por la abertura que parecía haberle hecho él mismo a su camiseta. Olía a jabón, no olía a perfume, ni a esencias extrañas, olía simplemente a jabón, exquisitamente a jabón y en ese instante mis piernas se aflojaron.

—¡Mor! —escuché la voz exaltada de Helena, debía de estar asustada, ella siempre estaba asustada por mí.

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—¡Mor! —escuché la exclamación ansiosa de Helena, junto a mí, cuando Morgana comenzó a desvanecerse, tuve que apretarla un poco más contra mí, para evitar que se me cayera.

—Trae agua —le dije a Helena y ella me miró y asintió. Ya sabía dónde podía encontrar cada cosa en casa.

Observé a Morgana entre mis brazos, que parecía querer reaccionar. Podía notar el pulso en su cuello, su corazón debía de estar galopando dentro de su pecho. El cabello se le pegaba, húmedo, a la sien y la frente. Apreté los dientes, de la rabia que sentía, hasta ahora, nunca, nos habían venido a molestar a esta casa, o bien porque no nos conocían lo suficiente, o bien porque no habíamos producido una noticia que les interesara. Si al menos nos buscaran por nuestro trabajo, pero no, simplemente se dedicaban a perseguirnos por otras cosas.

—¿Te ayudo a llevarla dentro? —escuché a Georg. Lo miré.

—No, tranquilo… ya puedo yo… —dije, buscando el modo de alzarla en brazos. Para todos los efectos, parecía fácil, cuando veías en una película, que el chico alzaba a la chica, parecía que era cuestión de un, dos, tres y arriba, pero cuando tenías un cuerpo, sin voluntad, entre los brazos, no sabías por dónde comenzar.

—¿Te ayudo? —insistió Georg, cuando vio que yo buscaba la mejor manera que acomodar la cabeza de Morgana, contra mi hombro, sin que ella se me cayera.

—No, ya está —le dije, cuando por fin pude alzarla. Tras la puerta, el bullicio se había detenido, pero me apostaría cualquier cosa a que habían unas cuantas orejas puestas contra la madera.

—El agua… —me encontré de camino con Helena, que traía un vaso con agua.

Cuando me vio con Morgana en los brazos, se hizo a un lado, permitiéndome entrar. La senté en un sofá y ella me miró.

—Hueles a jabón —me dijo y me quedé perplejo.

—Supongo que sí —le sonreí extrañado.

Casi enseguida, pareció comprender lo que sucedía.

—¡Dios! —exclamó y todos la miramos— ¡¿cómo pueden vivir así?

Preguntó, sentándose mejor.

—Bebe Mor… —le ofreció el vaso Helena, mostrando la preocupación en su rostro.

—Gracias —aceptó ésta.

—¿Te hicieron algo?, ¿te maltrataron? —comenzó a preguntar Helena. Hacía las mismas preguntas que habría hecho yo.

Morgana negó con un gesto, mientras bebía. Casi enseguida se alejó el vaso de la boca y habló.

—Esto es denunciable ¿eh? —me miró, como esperando a que le diese la razón.

—Haremos algo, tranquila —le dije, posando mi mano sobre la suya. Ella sólo me miró, entonces me puse en pie y me dirigí a Geo y Gus— hay que hablar con David.

—Ya le he llamado, dice que viene —contestó Gus.

Asentí.

—Tengo que avisarle a Tom —dije, buscando mi teléfono— espero que no se encuentre con esta gente al llegar.

Me alejé un poco del grupo, marcando el número de mi hermano. Observé a Georg y Gustav a un lado, hablando entre ellos y a Helena junto a Morgana en el sofá. El tono de llamada sonó hasta que me salió el aviso para dejar mensaje.

—Llámame —dije y corté, seguramente estaría aún en el gimnasio.

Me di algunos golpecitos con el teléfono, en el mentón, mientras observaba a las chicas. Helena le acariciaba el hombro a Morgana, con una actitud muy maternal. Y su amiga, que solía competir con la 'dama de hierro', parecía una niña frágil y hasta podría decir que asustada.

Me acerqué.

—Quizás, deberías darte un baño para relajarte un poco —le dije a Morgana, ella me observó.

—Es buena idea —apoyó Helena, sonriéndole— vamos, yo te lo preparo.

Morgana asintió, casi con docilidad y se puso en pie con temor, como si se probara a sí misma.

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Me terminé el cigarrillo, mientras observaba las estrellas, que esta noche brillaban claramente en el cielo. Tom se había ido a la cama hacía algo más de media hora, estaba cansado, tanto física, como mentalmente. Cuando había llegado del gimnasio, ya no había encontrado a ninguno de esos 'caza noticias' fuera, David se había encargado de pedirles, amablemente, que se retiraran o llamaríamos a las autoridades.

Me estiré y moví el cuello de un lado a otro, escuchando como se acomodaban mis huesos. Quizás tendríamos que cambiarnos de casa, eso era algo que a mí no me alteraba tanto, como lo hacía con Tom, a él le costaba mucho más adaptarse a los lugares, de hecho, le había dejado mi habitación a las chicas, para que él no se agobiara teniendo que dejar su cama.

Me incliné a acariciar a mi 'niña' que estaba echada a mis pies. Jugué con su pelo tras las orejas y ella se dejó hacer, de ese modo tan meloso que solía tener.

—Eres una consentida —le dije sonriendo.

—¿Cómo lo sabes? —escuché tras de mí la voz de Helena. La mire, desde mi posición. Estaba de pie junto a la puerta de cristal, con una camiseta, claramente de hombre, como pijama, que dejaba entre ver el color rojo de su ropa interior, al menos del brasier.

—Tú no eres consentida —me puse en pie—eres coqueta…

Rió.

—¿No lo eres tú también? —me preguntó. Yo miré al suelo, mientras una sonrisa se iba marcando en mis labios— lo ves.

La miré. Se acercó a mí y luego se inclinó hacía mi perra y le acarició la cabeza, ella se dejó.

—¿Sabes lo que pensé cuando te vi en esa subasta? —me preguntó.

—No, no lo sé… —confesé, siguiéndole el juego. Su cabello descansaba sobre uno de sus hombros, permitiéndome ver la curva desnuda de su cuello.

Me observó y se humedeció los labios. Noté una punzada de ansiedad en el estómago.

—Pensé… —hizo una pequeña pausa— esos labios deben besar muy bien.

Dicho esto, se puso en pie, mirándome directamente. Sabía que me estaba invitando y yo posé mi mirada en sus labios, casi sin poder evitarlo, notando el deseo.

No es buena idea Bill. Escuché a mi razón hablar.

—Así que eso pensaste —alargué el momento, no sería yo quien diera un paso en falso.

Noté la punta de su lengua humedeciendo, un poco más, sus labios. Luego habló.

—Y lo sigo pensando…

Entreabrí la boca, no estoy muy seguro de si por la falta de aire, o por el deseo que tenía de aquel beso, pero lo cierto es que cuando Helena se alzó para alcanzarme, yo la sostuve por la cintura, para que pudiera hacerlo.

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"Lo que pasa en Las Vegas, se puede repetir en cualquier lugar"

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Continuará…

Muajjajajajjaja… que mala, pero bueno, había que hacerlo. Hay cosas que tenemos que probar, para saber si nos gustan o no ¿verdad?

Espero que les haya gustado el capítulo. No puedo comentar mucho más, porque no sé por dónde saldrán los personajes. ¿Habrá sido sólo un beso? Ya lo veremos.

Siempre en amor.

Anyara