Capítulo [10]


¡Pensé que no iba a poder subir este capítulo nunca! o.o' Es que como que una vez más se me extendió la cosa, 113 pag. Creo que ya asusté. Tenía pensado dividirlo pero nah' que se fuera así. Lo bueno es que se tendrá para leer pal'rato. Luego estuvo la corrección ortográfica, por no decir la de los horrores de la cripta. Aceptando que por más ojo que le eche, siempre se me quedan cositas. Ni modo. Si me metiera a un minucioso chequeo, no subiría nunca los capítulos. Añadiendo que no tengo a quién dárselos a leer antes de subirlos a la page de FF. Pero no importa, sé que soy perdonada y lo que vale es la trama de la historia. Esto no es para la venta ni nada que se parezca. Sólo para compartir. ¿Verdad que sí? ^-^'

Entrando en la drama de éste 10mo capítulo, y vaya que si quedó en toda la extensión de la palabra, sugiero que si no se está al tanto de ciertos personajes mitológicos que por alguna razón tuvieron que viajar al inframundo, pues como que se debe ir buscando info al respecto. Yo como soy tan "buena"… ejem, ejem… hablé un poco sobre ellos para que se tenga una idea. Idea que a su vez lleva a entender el motivo de todo el teatro de este capítulo que me tomó casi tres semanas. Lo recuerdo y me da un tic tac como los que le dan a Ares. Y todo a mi manía por hacer las cosas los más perfecto posible. Al cabo que ni así quedan pero al cabo que así se van. ;) Otra cosa que aquí describo, son instrumentos musicales de de las antiguas naciones de Grecia, Persia y Egipto precisamente. A los que para entendimiento fui describiendo por si no se les conoce. Porque, jaja, yo tan poco les conocía a algunos. A de ser por eso que me tardé. :/

A parte de la movida narración, veremos que nuestra querida guerrera obtiene un par de recuerdos más de su lista de olvidos. Como cuando se topó con cierta Caja de Pandora en el ep.4 de Cuna de esperanza (Cradle of Hope) en la 1ra temporada y salva a un bebé de una amenazante profecía en donde cierto monarca, el rey Grégor, supuestamente sería destronado por tal infante. Impidiendo que el concejero real de éste le de muerte a la criatura, pues en si el que quería quedarse con el trono lo era él; y proveyéndole una nueva familia el huérfano bebé en los brazos de Pandora (la descendiente de la original Pandora que abrió la caja) y el propio monarca que había enviudado cuando su esposa daba a luz a su hijo. Episodio que se relaciona bastante con el lugar que Xena y Ares visitan en la búsqueda de unos elementos para que ésta guerrera pueda viajar al inframundo como pidió. Mundo subterráneo del que se acuerda haber visitado levemente. Ahí para cuando estaba en su segundo embarazo, el de Eva, y andaba en busca del casco de invisibilidad de Hades para protegerse de Zeus que la buscaba en la tierra durante el ep.12 de Un dios temiéndole a un niño (God Fearing Child) en la 5ta temporada.

Entre tanto, tenemos a un Ares que se tiene que morder la lengua para no librar datos al aire no muy convenientes a su persona mientras explicaba pasos y planes a una atenta de Xena. Zafándosele alguno que otro comentario, y teniendo que remediarlo con otras palabras. En donde tal guerrera estuvo en peligro de muerte y casi con un pie en el reino de Hades. Tales como el ep.12 de Destino (Destiny) en la 2da temporada donde tenemos a una Xena bajo una herida fatal que le provoca delirios de un pasado oscuro con Julio César, y una luz en el camino con M'lila, la gala que le salva la vida. Para más adelante revivir por medio de la ambrosía, moviéndose por medio de los cuerpos de Autólicus y Gabrielle para obtenerla en el ep.13 de La búsqueda (The Quest) en esta misma 2da temporada.

Con todo esto ya se ha de tener una idea de lo "bien" que la estuvo pasando nuestro querido dios de la guerra. Con todo lo que tenía que ocultar, no era para menos. En fin, dando cierre a mi parloteo extensivo, espero que se entretengan bastante con este capítulo algo larguito. Así que sin más nada que decir, a leer.

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DISCLAIMER:

La serie de Xena: Warrior Princess o como comúnmente le oíamos mencionar en nuestra lengua castellana, Xena: La Princesa Guerrera, fue creada para el año 1995 por los ingeniosos directores y productores Robert Tapert y John Schulian, con el respaldo de los igualmente productores Sam Raimi y R.J. Stewart. Por lo que no se necesita comentar que tal memorable producción, junto con todos los personajes que presentó en su trama, no han de pertenecerme. Que yo en este fanfic sólo les tomo para la elaboración de una secuela sin fines de lucro.


~Eterna Obsesión~

~o~

Dos óbolos

Al verlos caminar así por el bosque con una amena conversación de por medio, nadie que no les conociera se iba a poder imaginar que días atrás uno había intentado matar al otro. Hablando ahora de ello como si todo hubiese sido una parodia más en sus vidas. Uno de esos tantos momentos del pasado en el que "jugaban" a matarse. Haciéndose la vida más imposible de la cuenta. O haciéndosela a otros. En medio de sus ocurrencias y caóticas planificaciones que ponían todo cuanto se encontrara a su frente de cabeza. En esos precisos momentos por ejemplo. En donde ambos se dirigían a los territorios de un rey en el centro este de Tracia. Monarca que aún podía cobrar los suficientes impuestos a sus plebeyos para mantener tranquilos a los romanos que cada tiempo exigían una buena parte a cambio de no despojarlo de sus tierras y posesiones. Rey que precisamente no se imaginaba las intensiones de unos épicos invitados que acudirían a un festejo anual que él celebraba en honor a Deméter por todas las cosechas obtenidas y recolectadas en los meses de otoño.

Dado a la razón de esta celebración, es que tuvimos a un Ares algo apurado en los pasados días. Siempre se imaginó cual sería la decisión de la guerrera. La que tuviera el camino más rápido sin importar lo peligroso que pudiera llegar a ser. Mas con descrito festejo, lo que de por sí traía dificultades ya de nacimiento, terminaba por intensificarse más de la cuenta. Pues para obtener lo que se buscaba, había que robarlo. Y no cualquier manos podían sostenerlo siendo lo más curioso del asunto. Ya que sólo manos mortales podían acercársele y tomarlo. Por lo que si se andaba preguntando que por qué la deidad de Ares no se aparecía frente a lo buscado y se desaparecía con ello como según vino, ya se ha de tener una contestación al respecto. Inquisitiva que se hizo precisamente la griega guerrera luego de que un par de días atrás el mismo Ares le explicara las opciones a elegir y los planes a efectuar.

―Muy bien, Xena. Con todo esto de las guerras y rebeliones humanas entre los suyos como con los mismos dioses, ya te debes imaginar las serias medidas de seguridad que el Olimpo, el Ponto y el Hades han tomado respecto a la humanidad que aun habita sobre Gea ―le adentró en los presentes hechos un dios que se sentía como capitán frente a una atenta Xena que no se perdía ni vocal ni consonante de su boca―. Ya te lo dejé más que claro con lo tuyo. ―Pasó a recordar mientras se inclinaba sobre la amplia mesa para reuniones y trámites que había en la enorme y propia tienda suya entre los campamentos de Aresia. La cual estaba cubierta por un par de anchos mapas topográficos. En donde se mostraba el mundo terrenal de toda Grecia, el celestial del Olimpo y el subterráneo del Hades. Todos conectados ya fuesen por ríos o cavernas en el caso de la tierra con el inframundo, o por altos montes y templos en el caso de la misma tierra con el monte Olimpo en el cielo―. No fue fácil sacarte del mundo de Hades ―prosiguió con su relato―. Ya ni a los propios dioses se les permite andar como Juan por su casa, y en este caso, en casa de otros ―salió con un dicho en el que le llevó a preguntarse mentalmente quién rayos era el tal Juan que había nombrado.

«¡Ah, cielos!― se quejó―. Esas expresiones de Palestina como que se me andaban pegando.»

―Y las reglas ―continuó― o requisitos para entrar al mundo de Hade están bastante duras. Tanto que hasta los mismos muertos se están quedando vagabundos y en pena entre los vivos.

―¡Por favor, Ares! ―bufó su receptora―. No exageres que no es para tanto.

―Verás cómo te quedará el ojo cuando presencies la nueva remodelación que Hades con ayuda de Zeus le ha dado al mundo de los muertos.

Posando sus azules ojos sobre los oliváceos del dios, a Xena no se le iba la idea de que éste estaba resultando un tanto escandaloso. A menos, que internamente aceptara que tenía que andárselas de cautelosos con sus antecesores.

―Esta bien, como digas. Solamente me sorprendo un poco, ¿sabes? No me imaginaba que el poderoso dios y señor de la guerra tuviera que atenerse a las leyes y reglas de sus mayores al grado de tener que pedir permiso para dar un paso entre mundo y mundo.

Xena, que haciendo uso de sus psicología invertida en compañía de sus provocativos gestos idos de la mano de una fingida decepción, se encargó con sus pronunciadas palabras de dejarle el entre seño al referido dios con un involuntario tic tac. Sin describir a fondo el calor ardiente que se le subió al dios de pies a cabeza cuando a medida que su princesa le siseaba tan hincadas palabras, el escote de su pecho mostraba más de lo debido al agacharse sobre la mesa y mirarle fijamente. Calor que se debatía entre el origen de la excitación o de un propio coraje. «¡Por Urano! ―exclamaba en sus adentros―. ¿De dónde se le ocurre que actúo bajo el consentimiento de mi padre?» Suposición incierta ya que todos sabían que si se topaba con su padre cada cien años, era porque inevitablemente así se destinaba en una vida inmortal. Algo exagerado pero muy indicativo de que poca relación tenía con su parental.

―Mujer ―le carraspeó con el sonido de la última consonante "R" muy extendida. Correspondiendo al tentador acercamiento que tenía delante―. Deja de decir estupideces ―exigió ahora con tono algo más suave despejando el cuello, los hombros y pechos de los mechones de pelo caídos de la guerrera. Aumentando el plano de visión que se le ofrecía. Faltándole nada para besarla. Pero pensando en sus dichas palabras, eligió un pequeño desquite al tirarle entonces de las raíces del cabello de la nuca. Provocando un quejido que escapó de boca de ésta. Boca que se apresuró a cerrar y a callar con una salvaje suya bajo los agrandados ojos de una desprevenida Xena―. Que bien sabes ―prosiguió al dejarle respirar―, que eso jamás ni se ha rumorado ni mucho menos sucedido.

Xena, aún boquiabierta y con arrugadas cejas con las que duramente expresaba el desaprobado instante, se animó a dejar todo como un juego más. Era verdad que sólo dio una opinión sobre la obviedad ante lo percibido, pero cuando se trataba de Ares, en momentos como aquellos era mejor ni hacerle caso. Él de por sí ya era todo un caso perdido. ¿Así que para qué perder tiempo con él? Alguien que sólo entendía a golpes.

―No te alteres, Ares ―le exhortó como si nada una Xena que dulcemente le acariciaba el rostro izquierdo con su mano―. Que yo solamente decía sin tener la menor intensión de tirarte de tu orgullo. ―Y con esto que entonces sí que le tira de algo. De la larga pantalla que colgaba de su oreja izquierda. Causándole la misma mueca que él le causó momentos atrás―. ¿Continuamos? ¿O lo dejamos para más tarde en no que ponemos ciertas cosas en claro.

Recibiendo ahora un pellizco en sus patillas, la mejor decisión que pudo haber tomado Ares fue continuar en lo que estaban. No fuese que por falta de control de su parte, resurgiera una escena similar o peor que la de la semana pasada.

―Xena, nada más atente a lo que te diga ―habló con suma seriedad. Había que ver que aquella poderosa y seductora mujer a veces tenía comportamientos de una misma y juguetona niña―. Lo que vamos a llevar acabo no será una de las miles de aventuras que viviste en tu vida pasada. Tan poco uno de los denominados "jueguitos" mortales que ambos tuvimos, y por lo visto, seguimos teniendo ―se dijo más para sí en un repaso de memoria, que para una Xena con cara de protesta.

―Ay vamos, Ares. Ni que fuera la primera vez que un vivo cruzara el inframundo y saliera de éste aun con el alma en el cuerpo para contarlo.

―¡Exacto! Y como no ha sido la primera vez, es cuando más precaución debemos tener. Mucho más si la que siempre salía con el alma en el cuerpo lo fuiste tú, Xena.

Una vez más como que Ares hablaba de más. «¿Alma en el cuerpo?», se repitió ella en medio de su análisis. Pues hasta donde sabía, Ares sacó su alma del inframundo. No su cuerpo puesto de que claramente ya no existía. Por lo menos eso en su segunda vida. A no ser que se refiriera a la primera. Buen punto para cuestionar.

―¿Yo?

―Ejem, ejem. ―Otro atragantamiento en el pobre dios de la guerra que en busca de dejar con la boca cerrada a la guerrera, lo que hacía era que la abriera más con esas inquietantes preguntas.

―¿Has dicho, con el ALMA en el CUERPO, Ares? ¿Es eso una de las tantas aventuras que viví en mi primera vida? ―inquirió con fruncido seño, levantada de la silla en la que yacía como oyente y rodeando la mesa que la separaba del dios para acercársele a éste―. Dímelo, Ares. Porque yo no recuerdo haber visto la cara de Hades en su propia casa ―le aseguró con su penetrante mirada a unos cinco pies de distancia.

¿Por qué tenía que haberse enamorado de la más atenta, inteligente, calculadora, intuitiva y exigente de las mujeres? Con tantas y tantas que existían y quedaban por existir en la tierra, y él que tenía que seguir eternamente obsesionado con ella. Aun así cuando había muerto y resucitado un par de veces y volviéndose a morir. ¡¿Es que ni muerta la dejaba de amar?!

―¿Ares?

¿Ahora qué le decía? Mira que cada día que pasaba desde que la resucitó y la trajo de vueltas a sus manos, tenía cuidado en no divulgarle eventos de su vida como seguidora del bien, y siempre se le soltaba algo. «¿Tendré que amenazarme a mí mismo con cortarme la lengua para ver si escarmiento?»

―Sigo aquí, Ares.

―Eh, querida… Pues como explicarte si no lo recuerdas. Porque no recuerdas nada, ¿cierto?

―Si así fuese, no te estaría cuestionando.

Aquella mirada, aquellos brazos cruzados y piernas separadas, eran la pura evidencia de que su paciencia se estaba agotando. Y que de no escuchar la más corta de las explicaciones, su divino rostro pronto terminaría recibiendo algún golpe de dichos brazos y piernas.

―Xena, ya te he dicho que no estuve siempre atado a tu sombra y…

―Dime entonces lo que sepas. Ahora.

O eran cosas del dios, o la guerrera estaba acariciando el filo de su espada que había dejado sobre la mesa, y con una cara de quien acaba de tener una idea.

―Bien ―cedió sin más remedio. Ya tendría cuidado ahora de no decir más de lo debido―. Luego de que decidieras liderar sola tus propias tropas después de varias traiciones por parte de tus queridos amantes o seguidores…

―Ve al grano, Ares.

―¡A eso iba mujer! ―se le fue el hilo al dios―. Como cualquier guerrera tuviste un par de encuentros con la muerte. De los que curiosamente nunca llegaste a traspasar las líneas permanentes del inframundo. ¡A saber yo por qué! ―expresó al notar una inquisitiva mirada en la mortal―. Quedando así tu alma aún libre para poder regresar al mundo de los vivos y habitar nuevamente tu cuerpo. Cuerpo que debido a que aún no residías en el mundo de los muertos del que te fuiste volando, seguía inerte y completo. Como cuando una vez, gracias a la protección que te dio… Eh…

―¿Que me dio qué? ¿O quién?

«Cielos, cuando levanta una de sus cejas y abre su boca, es una de esas veces que cuando más irresistible se ve. Pero diablos, en qué pienso. Debo de estar más atento y ver cómo me escapo de esta otra bocanada.»

―Nada importante. Quedaste oculta ―se apresuró a arreglar. Un poco más y salía hablando de la vez que cierta barda custodió su cuerpo rumbo a Amfípolis en donde esperaba sepultarlo junto a su hermano pero como aún la guerrera no estaba destinada a morir, se las arregla para resucitar.

―¿Y cómo regresé a la vida entonces?

―Como cualquier colonizadora. Te apoderaste de cuerpos. Hiendo de cuerpo en cuerpo hasta obtener el más grande alimento, la ambrosía de los dioses.

―¿En serio? ―preguntó incrédula pero al mismo tiempo con una sonrisa que relajaba al dios. Que ya rezaba porque no le preguntara en cuáles cuerpos posicionó temporeramente su alma―. Me suena más a que te lo soñaste, Ares. ―Se echó a reír.

―No me creas.

―No, ya te conozco. Cuando menos creíble suenas, es cuando más cierto es lo que dices. ―Le relajó profundamente. Por esa vez, ese punto estaba de su lado. Aun así como que tenía que tener cuidado con esa observación por parte de su guerrera―. Y bien, ¿en qué otra ocasión estuve cerca o dentro del inframundo, Ares? ―Con sumo interés se negaba a conformarse con lo primero. Ahora dispuesta a sacar la mayor información posible al descontrolar a un dios en el que ya sentía sus suaves y cálidas manos sobre su bien formado pecho. Manos que como que estaban descendiendo.

«¡Vaya que no se siente nada mal!», expresó entre sus adentros la deidad por el descrito contacto. Pero mejor era que las apartara o terminaría hablando hasta de los días en los que aun era un crío en los brazos de Hera.

―Pues otra vez fue cuando visitaste en cuerpo y alma al inframundo en busca de… Em…

―¿En busca de qué?

―Y yo que voy a saber. ―Ahora era él quien se negaba, en este caso, en narrar―. De más peligro y poder. Como siempre ―se libró momentáneamente de la verdad. Uff, vaya que si estuvo cerca una vez más. Por poco va y salía hablando sobre la otra vez en la que también descendió viva al inframundo, aquella en la que iba en búsqueda del casco de invisibilidad para protegerse en medio de su avanzado y segundo embarazo de la ira de Zeus, era un riesgo en definitiva. Bueno, la mayoría de los relatos eran también un riesgo. En ellos se hallaba la angelical persona de Gabrielle. ¡Como le rechinaba en su cabeza los recuerdos de su inagotable parloteo!―. Xena, ya te lo he dicho ―retornó con sus palabras―. A mí pregúntame de cosas sobre tu vida en las batallas. Esto de los muertos ahora se me lo dejas a Hades. Si quieres saber más, pregúntale a él―. «Rayos, ¿por qué dije eso? ―se arrepintió en silencio―. ¡No que va, dónde hay una maldita guillotina!» Algo que pedía con un rostro de quien no piensan en nada. Cuando le era urgente tal instrumento para cortarse la lengua.

―Mientes ―murmuró la mortal con la mirada perdida en los ojos de éste. Sí, así como que desvanecida. No enfurecida como debía de esperarse en medio de un reclamo. Ares lo notó. No sabiendo qué era más peligroso entonces. Si que se negara a tragarse el cuento con furia en la mirada, o que recordara algo como si el alma se le estuviese escapando por las cuencas de sus ojos.

―¿Y en qué te basas para asegurarlo, Xena? Bien claro dijiste que no recuerdas nada de eso. Además, por qué habría de mentirte. ―¡¿Que por qué habría de mentirle?! Como que había de sobra para hacerlo―. Dime, por qué habría de hacerlo.

«¡¿Guillotina en dónde estás?!», se alarmaba el pobre Ares. ¿Por qué insistía en preguntar algo cuya contestación se podía encontrar?

―Te he visto ahí, conmigo.

«¡No, por Urano, que haya sido cuando fui por su alma para devolverle la vida!», deseó.

―¿A… ¿A mí?

―Sí, a ti. Querías ayudarme en algo. Y algo a mí me dolía ―contó sin quitar esa mirada de estar recibiendo imágenes del más allá, y bajando la mano a su vientre.

«¡Maldito Cronos que no te lograste tragar a Zeus!», se hastió Ares. Pues sí. Xena sí hablaba de ese viaje. Viaje en el que estaba embarazada de su futura y milagrosa hija Eva. Viaje en el que estaba a punto de dar a luz. No, ya era suficiente con que se enterara que había tenido un hijo. Si se recordaba de la existencia de aquella puta gladiadora y mascota de los romanos, según su pensar; de la que hasta se comprometió a servirle como padre si Xena lo aceptaba, como que la dueña de su corazón entraría en medio de un debate sentimental. En donde no sabría si llorar por sus hijos perdidos o maldecirlos por haberle estorbado el camino.

Entre tanto y tanto pensaba, Ares también se fijaba en el rostro de Xena. ¿Por qué no mostraba gestos de molestia? Acaba de descubrir que sí le estaba mintiendo. ¿No se supone que tras estos tenía que venir un puñetazo? O… ¿Se debía a que se había quedado atontada con eso de recordar fugazmente que el intentaba ayudarla en algo. Pues claro que lo intentó. Bajó hasta el inframundo cuando su padre Zeus estaba como un loco en la tierra buscándola. Todo para protegerla a ella y a su futuro escuincle. Escuincla más bien. Dispuesto volver a renunciar a su inmortalidad para vivir a su lado. Eh, bueno… La profecía del Ocaso de los Dioses como que también tenía algo que ver en esa decisión. Eso no podía negárselo ni a él mismo. Con eso de que supuestamente un hijo engendrado sin padre marcaría el comienzo de la caída de los dioses. ¿¡Y qué con eso!? Pues que su querida y hermosa mortal resultó ser la madre de dicho infante.

―¿Qué me dices al respecto, Ares? ―Le sacó de sus recuerdos la guerrera. Aún con esa mirada de alguien que acababa de regresar del más allá―. Y no me mientas. Sabes que sabré si lo hiciste tarde o temprano. Cuando acabe de recordar todo.

¿Por qué tenía que quedar siempre acorralado? No podía seguir con aquello. Ni dejándose manipular por aquellos cristalinos y azules ojos. Tenía que demostrarle el poder que él tenía sobre ella. Pero cómo hacerlo para que se percatara de ello o tan siquiera se lo creyera. Porque era tan terca que aun viendo lo que tenía de frente, se negaba aceptar que era real. La fuerza y la violencia ya estaba más que comprobado que no servía sobre ella. Preferiría morir que rendirse. Entonces, ¿cuál de sus numerosas manipulaciones utilizaba al respecto? Era un rey de la seducción, pero la cara de estatua que tenía la guerrera iba a juego con un cuerpo que no reaccionaría por más caricias que le provocase. También era un padre de las artimañas y mentiras pero eso ahí tan poco funcionaría. Ya sabía que había mentido. Y si le mentía otra vez, se exponía a que en el futuro tuviera que darle otra explicación. Lo mejor era salir de eso ya. Si recordaba otra cosa, sería cosa de ella. No suya.

«¡Demonios!», maldecía. No se le ocurría nada. Usar la prepotencia e intimidarla era otro caso sin solución. «¿Qué hago? ¡¿Qué diablos digo?! ¿Qué…» Ah, ya se le encendieron las neuronas. Usaría la más antigua de todas. Las lágrimas de cocodrilo.

―¿Para qué decirte si tú misma lo acabas de decir, Xena? ―fingió molestia con algo de indiferencia al mismo tiempo. Como si ya le valiera un comino lo que había sucedido o dejado de suceder―. ¿No?

―¿Qué dices? ―Xena se extrañó. Preguntándose por qué ahora Ares tenía esa cara de resentido. Como si le hubiesen negado un plato de comida.

―Lo que dijiste tú. Que yo quería ayudarte.

―Sí, pero…

―Pero me despreciaste a mí y a mi ayuda. Cuando yo descendí al mundo de Hades con toda la intensión de protegerte de éste mismo y de mi propio padre que te buscaba como un loco desquiciado y sin posible recuperación en la tierra.

―¿Qué Zeus me buscaba?

«¡Maldición!», se reprochaba una vez más. Después de eso procuraría romperse también los dientes. ¡¿Qué no debía hablar de más?!

―Sí, te buscaba ―se apresuró a decir antes de entrar en un delatante titubeo―. Como siempre te buscaba un dios cada día de tu existencia Xena. Ya debes de saberlo. No le simpatizabas a muchos.

―Ares, yo no…

―No importa. Casi te mueres allí en el inframundo y cuando ibas a… ―Y una vez más, su boca que quería hablar de más. Ya hasta le iba a comentar sobre los momentos en los que daba a luz a su futura hija. En medio de un bosque con un Zeus que quería volarla con sus rayos y un Hércules (al que por primera vez había bendecido) que le salvaba la vida. El único fallo del fortachón de su medio hermano semidiós fue que no mató realmente a su padre con la costilla de Cronos que buscó. No más lo desmaterializó por unos cuantos años. «¡Qué pena!», aún era la hora que se seguía diciendo. Ya que si lo hubiese logrado, estaba seguro que al menos le estrechaba la mano en señal de agradecimiento―. Cuando ibas a salir de éste ―terminó por otra inquisidora mirada de su mortal.

Hacerse la víctima, el dolido y el rechazado, fue algo que no tuvo precio. Xena se sentía un poco culpable. Tanto que el dios le había dado. Y ella que lo despreció una y otra vez en su primera vida. A ver si con eso escarmentaba y se decidía por él de una vez y por todas para alegoría de éste.

Un momento de incomodidad se posicionó sobre la guerrera y Ares se lo disfrutó como si fuese una bandeja de panecillos con miel. Todo por dentro desde luego. Esa cara de pena y de cachorro abandonado no se le daba tan fácil como para echarla a perder.

―Ares, yo…

―Sigamos, Xena ―le cortó sin mirarle.

Si tan solo la guerrera pudiera leerle la mente, seguro que no descansaría hasta matarlo. Por más inmortal que fuese. Todo lo que tenía un principio, tiene un final. Y los dioses no podían escaparse de esa ley.

En medio de su fingido resentimiento, Ares movía pergaminos y mapas bajo la mirada de una Xena que ya no sabía cómo pararse. Apoyándose sobre un pie y luego sobre otro. Cruzando los brazos, colocándolos en su cintura para al final dejarlos caer y repetir el mismo ciclo. Así estuvo entre la incomodidad y el silencio de su dios y señor de la guerra, hasta que éste al fin le dio con romperlo.

―Desde que se murió el primer vivo, el inframundo dio con su existencia. Y desde entonces las almas que se desprenden de los cuerpos en la tierra, atienen a éste lugar de los muertos. Una tras otra o emparejadas. Como sea que se presentaran. Hades los recibía por el mero hecho de estar muertos. Pero llegó un momento en que las almas comenzaron a saturarse. Con las guerras, epidemias y fuerzas naturales, los muertos se apilaban en las puertas de su reino, dificultando la procesión de los juicios. De quién iba a descansar a los Campos Elíseos o quien iba a pagar sus pecados en Tártaros. Fue por eso que se designó al viejo Caronte con el fin de que estableciera control en la entrada al inframundo. Permitiendo el paso sólo a aquellos que le pagasen con un óbolo que el tomaba de la boca de cada muerto. Quien no tuviera una moneda como ésta, quedaba condenado a errar cien años enteros alrededor del río Aqueronte, en el que todo se hundía excepto la barca de Caronte, hasta que éste viejo le permitiera abordar su barco. Amenguándose la gran masa de almas entrantes gracias a que los que se encontraban faltos de un simple óbolo. Claro que a veces Caronte hacía excepciones apiadándose de aquellos que no creía que fueran merecedores de vagar en pena. O sin más remedio e intimidado por el que quisiese pasar a como dé lugar, terminando llevándolo en su barca le pagase o no.

―Como Heracles ―atinó la guerrera más bien para comprobar que el dios hablaba con ella y no consigo mismo―. O Hércules como le conoce el mundo.

Ares, que durante todas y cada una de sus palabras llevaba la vista puesta sobre las cosas en la mesa, sobre lo que había en las paredes techo y hasta piso, levantó la mirada ante la mención de la guerrera. ¡Hasta que al fin le seguía el hilo! Pero espérate, no le iba a mostrar una radiante sonrisa por eso. Su cara de seriedad tenía que seguir impecable hasta nuevo aviso.

―Sí, Hércules ―repitió el dios con ojos fijos y serios en los de Xena haciendo que ésta pensara si hizo bien en nombrarlo. El semidiós no le hizo la vida muy fácil a su medio hermano dios y señor de la guerra. Donde quiera que Ares se plantaba para provocar una guerra, él que se presentaba con sus discursos de paz. Por eso mismo ella una vez armó una tela araña para sacarlo del camino. Enemistándolo con su mejor amigo Iolaus. Último que sedujo hasta ponerlo en contra del fortachón de Hércules. ¡Qué tiempos! Los cuales tendría pintados a la perfección si no fuese porque no recordaba que sucedió después con la vida de aquellos dos héroes y defensores de los débiles. «¡Qué idiotez!», se dijo para sí. Asegurándose que por eso era que el mundo iba como iba. En donde la gente se dejaba caer en la debilidad y perecía ante sus enemigos. En que si aceptaran el sentido de lucha y el espíritu guerrero, sus historias serían muy distintas. Ya que si de todos modos iban a morir, pues que mejor murieran luchando y no como débiles insectos. Todo unos pensamientos a su ver y creer.

―El mismo que ―prosiguió el dios apartándola de sus recuerdos y modos de pensar― que traspasó el inframundo durante uno de los doce trabajos que le encomendaron para obtener el perdón de sus pecados ―explicó―. Él muy fortachón tenía que atrapar al Cerbero, el maldito perro ese de tres cabezas de Hades. El que custodia la entrada de los muertos. El que a todos deja entrar, siempre y cuando estén muertos claro, pero el que a nadie deja salir. Hércules estaba vivo como todos saben. Caronte lo sabía y le quería negar la entrada. Pero el pobre viejo se lo pensó mejor ante aquella grotesca figura de mi medio hermano. Permitiendo que entrara al reino de Hades y capturara al Cerbero. Fuese haciendo uso de su bruta fuerza o con apacibles palabras como algunos cuentan. Igual atrapó al maldito perro. Logrando una de sus doce misiones y buscándole tremendo lío a Caronte. El pobre viejo pasó después de eso un año entero en prisión. ¡Te podrás imaginar entonces todas las almas que se amontonaron en la orilla del río Aqueronte! Hubiese estado más tiempo a no ser porque tenía una función importante.

―Esta bien, Ares. ¿Pero qué con eso? Digo, eso no fue cosa tuya así que…

―¡¿Qué qué con eso?! ―Ares se alteró. Y él que pensaba que su Xena estaba ya con el hilo en la mano. ¿No que era tan lista?―. ¡Mujer, por el amor de Rea! Pues que mí querido medio hermano semidiós contribuyó a que hoy en día, el inframundo esté más custodiado que el Olimpo mismo. Y que actualmente, me las haya visto de negro para poder complacerte en llevarte. ¡¿Necesitas saber algo más?!

La guerrera, sentada en su asiento reflexionó sobre lo escuchado. ¿Tanto la quería a su lado aquel dios como para hacer algo por ella que le mortificara la existencia? Si tan seria estaban las cosas ahora, ¿no era más fácil que la dejara ir y se olvidaran del dichoso viaje al mundo de Hades? No. Ahora que lo decía, ella misma había pedido tal cosa. Y con todo lo recordado, aun así lo haría la llevase el dios o no. Siguiera en pie el trato con éste o se rompiera en mil añicos.

―Sí, Ares ―le salió con algo de alzamiento la guerrera. ¿No tenía porque entrar en una estúpida fase de sumisión. ¿Qué pasa? Ella era Xena. La que no se arrodillaba ante nada ni nadie. Además, ¿qué le pasaba también a Ares y esa altanería que tenía? Si se sentía ofendido con cosas que le hizo en el pasado, eso no era asunto suyo ahora en el presente. En su segunda vida. Será por eso que le dijo lo que le dijo―. Si necesito saber algo más ―contestó―. Que me digas de una buena vez cómo demonios entraré al inframundo si tan blindado están ahora sus subterráneos muros.

Como que se acabaron los instantes de intimidación, prepotencia y manipulación por parte del dios. Sus lágrimas de cocodrilo se secaron sin antes llegar a caer. Bien, habría que decirle. Entre más rápido bajara aquel trago, mejor.

―Hay dos maneras, Xena. Una más peligrosa que la otra pero así ambas riesgosas. Una cuenta con un camino largo pero algo seguro, la otra con uno corto pero mortífero.

―Explícate ―exigió reclinándose sobre su silla, cruzaba la pierna y revelando la tersa piel de sus muslos. Desconcentrando por unos segundos al tenso dios.

―La de la forma larga y segura (en lo que cabe al respecto), involucra que obviamente estés viva. Y cuando digo viva, es que entres a los dominios de Hades en alma y cuerpo. Protegiendo tú ser y siendo permitido tu paso a través de la obtención de un preciado elemento producido en su copa únicamente por un árbol en las proximidades de la entrada del inframundo. El denominado Áureo Ramo.

―¿Áureo Ramo?

―Que a su vez ―siguió sin contestarle ―te serviría al mismo tiempo como una especie de pasaporte para Caronte quien no podrá negar la entrada ante el poder que emana. Como el que usó el semidiós Eneas, el hijo de Afrodita, para visitar a su difundo padre Anquises (antiguo príncipe troyano) y pedirle concejos sobre el nuevo reino que formaría en Italia tras salvarse de la guerra de Troya.

―Algo me contaron ―resopló la guerrera sin darle mucha importancia―. ¿Pero qué hay de largo con eso? Digo, si el Áureo Ramo ese del que no me explicas, te va abrir así como que las puertas…

Ares le sonrió a Xena. Después de todo, no le prestó la excesiva atención que digamos a la metiche barda que le acompañaba como él pensaba. De haberlo hecho, conocería a fondo la historia de Eneas.

―Primero que nada, Xena ―pasó a contestarle―, tendríamos que viajar a la ciudad de Cumas en la costa de Campania frente al mar Tirreno. Regiones en la gran Italia que debes de conocer, pues no naciste ayer.

―Porque en un bosque consagrado a Hécate, el cual al lago Averno rodea, ha de hallarse tal mítica y mágica rama dorada según recuerdo a ver leído alguna vez entre la obra de Virgilio o escuchado a través de bardos y…

―Así es ―le cortó antes de que comenzara adentrarse más de lo debido en su memoria―. Todo escritor, poeta o cuenta cuentos sabe de la historia. Por lo que…

―Y entonces de ser así ―le cortó esta vez ella―, ¿cuál es el problema entonces? La tierra en donde Roma se halla quedaría a varios meses en arribar en un barco. Pero tú podrías teletransportarnos en cuestión de segundos.

―A eso iba antes de que mencionaras a la bruja de Hécate. Si conoces bien la historia, sabrías que ningún mortal puede dar arranque a Áureo Ramo si no le son propicios los hados o si no tiene el consentimiento y la bendición de la misma Hécate. Divinidad que en medio de su oscuro bosque, protege el árbol en el que tal rama dorada crece y se desarrolla.

―Umm ¿Y qué con eso? Como según Eneas le dio arranque, yo podría hacer lo mismo. Incluso tú, que como dios que eres, de seguro que te llevarías el árbol de raíces.

―Creo que no me estás escuchando, Xena. Dije, que sólo si te son propicios los hados o si Hécate te concierne, es que puedes obtener la dorada ramita. Sin mencionar que para penetrar en ese oscuro bosque, se tendría que rendir cuentas primero con la vieja de Deífoba, mejor conocida como la Sibila de Cumas. La profetiza favorita de Apolo. Medio hermano mío que siglo tras siglo prácticamente le posee espiritualmente en su templo para interceder entre los mortales.

―¿Y qué hay con todo eso una vez más? Nada perdería con intentar entrar en ese bosque y…

―Tal parece que no comprendes una cosa, Xena. Tal parece que se te ha olvidado lo poco gratos que somos para el resto de los dioses. Sobre todo tú, como ya te había indicado con lo de Zeus.

Xena cayó entonces en cuenta. Cierto era. Una guerrera como ella, una mujer de bélico pasado que revivía en esa segunda vida, no sería muy bien recibida por ninguna profetiza o dioses afiliados con Zeus como Hécate a quien éste colmó de gratos honores; o Apolo quien orgullosamente admitió en el Olimpo como uno de sus tantos hijos. O al menos es la idea que se hacía. Porque cierto también era, que había una aún más grande que todavía esos mismos hados no le permitían recordar.

―Comprendo. Prácticamente tendría que consagrarme a varias divinidades si quisiera darle arranque a esa rama.

―No sé si al grado de ataviarte con velos toda tu vida. Pero de que esa rama no la arranca nadie si así no lo concierne el Destino o Moros mismo junto con las Moiras y todos los hados que rijan. Mucho menos si Hécate no intercede entre éstos como dueña que es del bosque en donde este árbol vive y produce al Áureo Ramo. Más cuando muchos han ido en su búsqueda para intentar traer de vuelta a familiares o amigos fallecidos, o hasta con otras intenciones poco aceptables por estas divinidades. Enviándoles por donde mismo vinieron como mínimo.

―Y tú y yo estaríamos entre esos echados.

―¿Tú qué crees?

―Que eso me pasa por juntarme con el dios más desgraciado de todo el Olimpo ―espetó la guerrera. Y con toda la razón.

―No se puede negar ―le aceptó el dios encaminándose hacia ésta y colocándose detrás de su asiento frente a la amplia mesa―. Como tan poco que ha valido la pena grandemente ―le susurró provocándole un cosquilleo con su aliento en el cuello―. El ejército y el imperio que pondré a tus pies habla por si solo. ¿Cierto?

―Por algo te soporto.

―Sí, por algo me soportas. Porque sabes bien que hago por ti lo que ni tú harías por ti misma. Porque no podrías, claro. Como descender al inframundo, específicamente a la horrorosa morada de las Moiras, las antiguas hiladoras, y persuadirlas para que pudieras ser digna de darle arranque al Áureo Ramo. El inconveniente sería que tal vez me llevaría mucho tiempo el trueque.

―De acuerdo ―dijo sacudiéndoselo de encima con molestia―. Si tanto problema da el bendito Áureo Ramo, descartado entonces. ―Poniéndole punto final a esa alternativa, Xena se reclinó sobre su asiento en espera de que la segunda opción fuese más prometedora sin importar cuán peligrosa pudiese llegar a ser.

Sonriendo un poco, y como todo el caballero que decía ser, Ares se retomó una vez más las caricias sobre su nívea piel con más intensidad que las anteriores. Bajando sus manos por los costados de ella hasta sus muslos para volver a ascender mientras le depositaba decenas de besos sobre su rostro, cuello y hombros.

Notando como la guerrera más fiera y sanguinaria de la historia, cambiaba la posición de sus piernas para cruzarlas de nuevo y como sus mejillas se acaloraban, y sabrá ella que otra cosa más, se dijo a sí mismo que en verdad tenían que abrirle otro título en el Olimpo. Identificándose como el dios de la guerra y también de la seducción.

―¿Qué hay del uso de las monedas u óbolos? ¿Por qué no puedo usar un simple óbolo? ―preguntó una Xena que zafándose una vez más de sus caricias en sus hombros, tomaba unas monedas doradas sobre uno de los varios cofres que yacían en aquella tienda tras caminar hacia ellos un poco más al frente. En una parte cercana a la mesa de reuniones en donde también se hallaban joyas y entre otros objetos de valor. Producto de los saqueos y comercios que el desarrollado ejército de Ares ya había comenzado hacer.

El dios que la miraba, tomando y arrojando las monedas al mismo cofre, de pronto la visualizó repleta de joyas y sin ninguna otra ropa que unos largos collares sobre su pecho y un cinturón de colgantes como esos que usaban las bailarinas de vientre para adornar e incrementar el ritmo de sus caderas. No se vería nada mal. Ya hasta agua se le estaba haciendo la boca. Xena como que lo estaba notando preguntándose si tenía hambre. ¡Vaya que si la tenía! ¡Y de la grande! Por lo que mejor era aclararle su duda antes de que descubriera el alimento que su boca y cuerpo entero le pedía.

―Porque ya no estamos en los tiempos en los que simples y frágiles mortales como Psique penetraron en vida al inframundo con un brillante y simple óbolito.

―¿Hablas de tu nuera? ―supuso con gracia la guerrera más allá de formular la pregunta―. La mortal de la que tu hijo Eros se enamoró y convirtieron en inmortal. Y con la que tuvo una linda hija llamada Hedoné ―le decía a un dios que aceptaba con cara de fastidio sus palabras―. Mira nada más, ya eres abuelo y sigues igual que siempre.

―Eso es una de las tantas y tantas cosas de ser inmortal, mi querida Xena ―habló con palabras algo apresuradas un dios al que Xena le acariciaba su rostro y ahora… Ahora le delineaba sus labios con sus dedos. Dedos que estuvo a punto de lamer con todo y mano, brazo y lo que le seguía después de esta extremidad, pero una vez más la guerrera lo dejaba con las ganas al apartársele―. Ser joven por siempre.

―Yo hablaba de inmaduro, Ares ―le resopló.

―Y la linda Psique se encuentra en gozo de tales ventajas junto a mi sentimental hijo ―comentó como si le molestase y no escuchase la aclaración de su guerrera. Pero aquella mueca que dio a sus espaldas dejaba claro que sí―. Todo porque mi querido padre vio como un sacrificio todas esas cuatro cosas que la envidiosa de Afrodita le ordenó y que con apuro realizó aun así de ser peligrosas para su vida e imposibles para una mortal. Sólo con tal de ganarse nuevamente el amor de Eros. Teniendo como última prueba, descender al mundo de los muertos en búsqueda de una caja para la vanidosa de Afrodita. Caja que consiguió y tras quedarse dormida por abrirla, Eros que la rescata y mi padre que le concede la entrada al cielo ―narró con algo de desagrado.

―Suenas como si no te agradara la felicidad de éstos, Ares ―se percató la guerrera. Que muy bien sabía que no eran los asuntos de un hijo como Eros lo que le remolían por dentro. Aun así, incitó a que el dios se lo dijese por él mismo.

―A mí la vida de mis hijos me es completamente indiferente, Xena ―le dejó claro―. Lo que me molesta es que hayan convertido a una simple mortal como Psique en inmortal, y a ti, que has sido la más grande de todas las guerreras y guerreros, la mujer más fuerte entre todo un ejército, la que hasta llegó a resolverles problemas… ¿Qué crees? Nada. Todo lo contrario. Desean que te vuelvas a morir y que esta vez Hades encadene tu alma entre las costillas de Cronos para que así a ningún dios se le ocurra devolverte a la vida.

Ya se imaginaba que el motivo de su enojo en aquel tema venía por ese camino. Pero era mejor confirmarlo al escucharlo de su propia boca. ¡Oh, Ares! Con que te sentías resentido porque esa decadente familia que odias, no aceptaba a tu guerrera. Ni sola, ni contigo. ¿Quién lo diría? ¿Qué querían entonces? ¿Una divinidad profetizada por las estrellas y planetas? ¿La nacida entre una tormenta de rayos, entre la explosión de un volcán, entre la apertura de un gran abismo o entre las bravías olas del mar? Nada que ver. Él estaba luchando por una mortal nacida de una igual en una aldea del noreste de Grecia, Amfípolis. Sí, podría verse así. Más si se observabas bien, se percataría que el verdadero nacimiento de aquella mujer, la que la marcó como es, como fue y como seguiría siendo, fue el propio calor en la batalla. Las guerras la moldearon en carácter, personalidad, inteligencia y fuerza. ¡¿Qué mejor nacimiento se podía pedir para la que sería la eterna compañera del propio dios de la guerra?!

―Por algo será, Ares ―articuló la guerrera con una seductora sonrisa en sus labios ante el último comentario de su dios. Ares, que la veía así acercándosele una vez más hasta tener contacto con su pecho, seguramente se debía de estar preguntando que qué le pasaba ahora. O se quedaba cerca de él o se distanciaba pero que no siguiera con las dos en un vaivén porque lo llevaría a la locura.

―Por algo no. Por mucho más bien ―corrigió siendo él el que ahora se separaba en vista de que no podía continuar con la explicación de su plan si ésta le seguía acariciando como lo hacía―. Tanto que no puedes hacer uso de la simple monedita que usó Psique para entrar al inframundo ―regresó al tema―. Cree me, tu cara está entre los muertos o vivos más peligrosos que hayan surgido entre los hombres. Estando bien prevenido el viejo Caronte sobre la cuestión al respecto. No permitiéndote el paso al mundo de los muertos a menos que estés como ellos o que lleves un Áureo Ramo cuyo poder te proteja, te abra las puertas y te permita la entrada. ¡Mira a ver si eres famosa!

―Ares, ¿estás queriendo decir que para entrar al inframundo, entonces debo morir? ―concluyó la guerrera sin alterarse. Si todo eso era una jugarreta del dios para atemorizarla y obligarla a que se echara para atrás, se iba a quedar con las ganas―. ¿Eso es lo que se radica en el segundo plan? ¿El más corto pero peligroso? Porque bueno, no has hecho más que plantear imposibles tras imposibles. ¿Es que estás tratando de que desista en viajar al inframundo? ¿Es eso? ¿Eh?

Al dios de la guerra, que ahora daba una media vuelta alrededor de la mesa para ponerla de por medio entre él y la mujer que lo miraba y le asaltaba con fieros ojos, le convendría ir elaborando una explicación al respecto sobre lo cuestionado o nada bien que le iría entonces. Si su vista no le fallaba, la de la guerrera se posaba sobre su mortal Chakram.

―Eh, Xena. No lleves conclusiones a la ligera que aun no te explico del todo el segundo plan. Y para nada que estoy intentando atemorizarte ―mintió. Pero tan poco era que no quisiera llevarla al mundo de Hades. Si hasta hace poco había decidido que era lo mejor para que terminara por creer al cien porciento que había tenido una primera vida. Añadiendo que también buscaría como sacarle más provecho a la situación. Introduciendo pequeñas artimañas sobre algunos de los familiares de Xena, amantes y hasta amigos. De modo que cuando los viera, ya fuera con una idea. Idea que no cambiaría por las palabras de éstos, cuando éstos también la respaldarían en cierto modo con otras ideas que el dios se encargara de inculcarles en plena visita. Todo un acto de la diosa Eris, la diosa de la discordia. Su antigua consentida. Que desde que resurgió tras su princesa haberle decapitado, no quiso tener más tratos con él por no haber interferido. Y la verdad, es que él tan poco deseaba tenerlos ya.

―Pues soy toda oídos. Explícame el maldito "plan B" que tienes ―demandó a retornar a sus palabras una guerrera que tomaba asiento de manera reclinada con sus largas y blancas piernas sobre la mesa que los dividía de por medio. Ahí sin importarle si estrujaba documentos importantes o no. Pronto le haría más daño a otra cosa si no acababa de convencerla de que no lo hiciera.

A ver cómo empezaba. Por una parte quería que si se atemorizara, cosa en la que no apostaría su cabeza, y por otra pues que accediera. Porque la verdad era que no encontraba otra forma alguna por la que pudiese acceder al mundo de los muertos sin obviamente, estar muerta. O al menos del todo o para siempre. Antes todo hubiese sido más fácil. Con Hades dar el consentimiento, obvio que nada en su mundo se oponía. Pero eso ya era cosa del pasado. Y hasta en su propio reino el soberano de los muertos estaba perdiendo su poder. Muchas de las cosas de ahí estaban siendo regidas desde el Olimpo tras el retorno de los dioses. En especial el de Zeus. Ya entidades como Caronte, las Erinias, Tártaros y los oceánidas como los cuerpos de agua del Aqueronte o Cosito no se regían a la completa voluntad del dios de los muertos desde hacía mucho tiempo. Como que eran divinidades muchísimo más antiguas que éste mismo. Ni hablar de las Moiras o el mismo Moros que en su mundo habitaban.

―Para el plan B es que venía echándole el ojo a un tesorito que cierto rey por estas tierras anda custodiando desde mucho antes de que subiera al trono ―habló al fin―. Digamos que se encariñó tanto con la cosa, que no cumplió los deseos de su padre de colocárselos sobre los ojos.

―¿Qué cosa?

―Dos óbolos.

―¿Óbolos? ¿Pero no que eso de nada me sirve si estoy viva? ―se quejó―. Ah, claro. Tengo que morir. ¡¿No es así?!

―Xena, Xena, Xena. Si tuvieras que morir de verdad entonces me buscaría mero óbolo cualquiera. Además, con todo el trabajo que me ha dado traerte de vuelta, cómo crees que te mandaría a las manos de Hades. Que me encadenen al Olimpo si eso alguna vez llegase a pasar.

―Jumm.

―Estos dos óbolos no son como cualquier moneda. Son dos pasajes otorgados por la propia Perséfone al padre del rey al que por lo visto, le haremos una visita.

―¿Así? ¿Qué de especial con ellos?

―Tienen el poder de entrar al inframundo, y sacarte de él cuando quieras por más muerto que hayas estado ―contestó un dios que al expandir sus manos por la maravilla de aquellas monedas, casi parece que dramatizaba alguna tragedia griega en un teatro de pueblo―. Unas monedas tan únicas, que sólo los mortales pueden sostenerlas. En cambio, para un dios sería como tratar de darle agarre al agua. ¿La razón? Ni idea.

―Umm. Pues no son tan comunes entonces ―sonrió levemente una Xena que se comenzaba a interesar por el susodicho plan B.

―En lo absoluto. Perséfone se los otorgó al rey en honor a todos los festejos anuales que le venía haciendo a su madre, Deméter. Diciéndole que los podía usar cuando desease traer a la vida a la enfermiza esposa en delicado estado de embarazo que tanto decía amar. Por la que realizaba dichos festejos puesto que la reina provenía de Eleusis, cerca de Atenas. Lugar en donde se celebran los Misterios Eleusinos en honor a mi querida tía y prima hermana. Por lo que éste rey quiso agradar a su esposa trayendo costumbres sureñas a mi tierra traciana ―masculló con molestia―. Y tanta complacencia con su querida esposa para que al final no hiciera absoluto uso de los óbolos para traerla de vuelta a la vida. Guardándolos egoístamente para sí. Con la esperanza de ser él mismo el que resurgiera entre los muertos y continuara con su reinado en la tierra.

―Y su hijo se los quitó. Esperando hacer lo mismo ―supuso una atenta Xena.

―Exacto. Se suponía que ambos óbolos debían ser colocados sobre los ojos del difunto. El cual usaría uno primero para entrar rápidamente al mundo de los muertos tras abordar la barca de Caronte. Quien maravillado por el óbolo presentado (al parecer de sumo valor para él), no demoraría en darle el consentimiento del viaje entre tantos y tantos muertos. Consentimiento que también otorgaría cuando esa misma alma le mostrara la segunda moneda de igual calidad. Permitiéndole cruzar el Aqueronte de forma inversa y escapar del mundo de los muertos al de los vivos. Y como sabrás, todo aquel que cruza el Aqueronte de forma inversa con la bendición de Hades o Perséfone (diosa que en este caso ya la tiene puesta en esos óbolos), recupera la vida perdida una vez que los rayos del sol le bañen de las sombras del mundo subterráneo ―ensalzó un Ares que una vez más se creía que era una especie de animador en una obra de teatro―. Si no, pregúntaselo al propio Orfeo y a su amada Eurídice cuando éste descendió al inframundo bajo el consentimiento de Hades en busca de ésta. Lástima que éste la miró antes de que su cuerpo fuera alumbrado totalmente por el sol. Bien claro se lo dijo Perséfone, que no le mirara hasta que ambos estuviesen en el mundo de los vivos, por completo ―narró sin tener mucha atención que digamos de una nuevamente pensativa Xena.

―Así es como entonces dices que seguiré viva. ―Volvió a concluir―. Muriendo y resucitando de nuevo ―se enfadó. No se le quitaba de la cabeza de que lo único que quería el dios era hacer que se echara para atrás. Y se iba a fastidiar porque ahora más que nunca quería ir al mundo de los muertos―. ¿Eh?

―Ahí vas, y otra vez me tiras a morder. ―Suspiró descansando sus brazos sobre la mesa.

―¿Entonces a que te refieres sino es así? Porque no acabo de entenderte. ¡¿Oíste?!

Aquellos ojos abiertos no mostraban un hermoso cielo por más claros y azules que fueran. Terminar por explicar sería lo mejor sino quería que esos mismos ojos centellearan chispas y relámpagos dentro de muy poco. La cuestión es, ¿lo dejaría? Porque mira que le gustaba sacar conclusiones a la ligera.

―Ya te dije que jamás permitiría que regresaras a las manos de Hades. Ni aunque fuese por un segundo ―recordó sin que la guerrera se lo confiase del todo―. No permitiría que tu cuerpo falleciese de nuevo así fuese porque te ahogaras con una uva. De modo que vas a utilizar los dos óbolos con tu alma desprendida de tu cuerpo, pero sin que éste haya muerto. ¿Comprendes?

―¡¿QUÉ?! ―bufó la receptora entrando en un ataque de risa―. Si que estás pasado de la demencia, Ares.

―Sí, sí, sí. Ríete ahora que ya…

―Ya no me estoy riendo, Ares ―le cortó una Xena que ahora lucía una gran cara de enojo―. ¿Me crees estúpida para creerme tus cuentos? ¿Qué pretendías hacer con eso de desprender el alma de mi aún no muerto cuerpo? ¡¿Drogarme para llevarme a un viaje más allá del Olimpo?!

Vaya que era toda una maestra de las personalidades. Podía ser la mujer más ruda del mundo, y en medio de un segundo cambia a la más femenina y seductiva. Podía llevarte de por medio con la ferocidad de una propia quimera, como podía tratarte con la mayor de las gentilezas. Y en este caso, podía tomar lo dicho como una simpática broma, como podía querer matarte por ello.

―Nada de eso Xena ―le aseguraba el dios―. Eh, Xena, tranquilízate que no quiero llevarte de nuevo al bosque para… ¡Xena!

La guerrera incontrolablemente ya tenía su espada sobre las manos. Apuntando contra el pecho del dios sin querer otra cosa que dejárselo perfectamente atravesado. ¿Cuándo entendería que con eso nada de daño que le hacía? Pero bueno, a complacerla a ver si con el desquite le bajaba el coraje.

―Ahí lo tienes, ya me clavaste, querida ―decía Ares con la espada enterrada de principio a fin y con una turquesa luz entre el filo y su cuerpo. ¿Ves que nada me haces?

―Maldito.

―Sí, eso y todo lo que quieras. Xena, por favor. Lo que te digo es enserio. Se perfectamente lo que hago. Por algo soy un dios.

―Como digas, Ares ―masculló algo más calmada pero con una terrible migraña en su cabeza. Aquello estaba de teatro. En definitiva―. Sólo te digo una cosa. Más te vale que no me estés engañando con esto y que todo salga como dices y espero. Porque si sigo viva sin ver a los muertos, ten por seguro que me encargaré que tú tarde o temprano seas uno de ellos. Y si por alguna razón muero sin comprobar que todo lo que me has dicho es cierto. Ten por seguro también que haré lo imposible con tal de volver a verte la cara y hacer que tengas el mismo fin.

―Uy ―atinó un dios ante las amenazas de su princesa con una plástica sonrisa en su cara. Pues sabía, que hablaba en serio.

Un cuarto de hora transcurrió desde la aparición del dios en las cercanías del mencionado reino a "visitar", y que altas torres del castillo que se divisaron entre las copas de los árboles. Bien, el dios no mentía con el cuento de la monarquía y el bendito rey que aun existía para gobernarla. A ver si cuando tuviera los dichosos óbolos en sus manos podría decir lo mismo. Porque sí se había decidido por el segundo plan. Más cuando aquella cara con plástica sonrisa por parte del dios, le decía que no le agradaba del todo su elección tomada. Ella no estaba para esperar por el día en el que pudieran conseguir el famoso Áureo Ramo para poder entrar por las puertas del inframundo. Sino todo lo contrario. No veía el minuto en el que pudiera volver a poner un pie en ese lugar.

Ares, como todo un calculador, había mandado a dos decenas de sus hombres desde hacía poco más de una semana atrás para custodiar las afueras del fuerte del castillo del tracio monarca. Deduciendo cual sería la elección de su guerrera, como también adelantando unos planes personales que en ese reino limítrofe al este de Aresia tenía. Encomendando a guerreros suyos a rodear las afueras del territorio real mientras tanto. Extrañándose un poco por ello Xena que los llegó a ver a todos perfectamente alertas, armados de pies a cabeza y con reportes por notificar. Todos tracios para no contrastar entre la gente igualmente tracia de ahí. ¿Y qué más para pasar desapercibidos en un territorio algo ajeno que dominar el dialecto de dicho lugar más tener un físico prácticamente igual?

Por lo informado por los tracianos guerreros, la única amenaza que rondaba por el ambiente era la presencia de ellos mismos. Los movimientos restantes, los comprendían los propios habitantes feudales de los terrenos del rey, y una pequeña cantidad de visitantes que iban llegando, de algunas quince personas sureñas de la ciudad de Eleusis. Que como parientes de la antigua y difunta madre del ahora rey y monarca de aquella tierra, deseaban presenciar el gran festejo a las veneradas diosas de Deméter y Perséfone que nunca faltaba en sus propias tierras denominándose como los dichos Misterios Eleusinos. Y de la cual, se había extendido tal celebración.

Al ver aquellos hombres de Ares en la zona en la que se suponía que iban a obtener el elemento principal para la ejecución del segundo plan, la guerrera de Xena pidió inevitablemente una explicación. Por más obvio que le pudiese parecer o por más que ésta por sí misma se contestase. Si lo hacía, era porque antes de salir de Aresia y ser teletransportada a cientos de kilómetros más al este, su dios nada que le comentó sobre el refuerzo que tendría por parte de una oculta tropa que había enviado hacía más de una sema a atrás. Presintiendo cual sería la elección de ella antes de hablarle sobre los planes de ir al inframundo dos días después de haberle contestados sus interrogantes sobre su relación con el Búlgaro de Borias. Dando Ares tal tarea de antemano a aquella tropa desde la tarde que puso un pie con ésta en Aresia y se llevó a cabo la presentación de su persona. Tiempo que sumando con otro par de días, sobre pasaban la semana de preparación de tal tropa. Guerreros que ya llevaban par de días mimetizados en el bosque a las afueras del castillo al que siempre le vigilaban desde las alturas de los árboles. Hombres que si Xena no se hubiese decidido por el segundo plan, como quiera Ares le iba a dar cierto uso.

―¿Por qué más va a hacer princesa mía? ―salió con otra interrogante el dios de la guerra delante de todos sus hombres reunidos ante una guerrera con seño fruncido y brazos cruzados―. Para asegurarme de que el lugar siempre estuviese seguro a tu llegada y prontamente que también lo esté a tu salida.

Con cara de poco tragarse el cuento, Xena se quedó en el mismo descrito gesto e indicada pose. «¡Por favor!», desaprobó con una cara que mostraba lo que pensaba. Ya que por el robo de dos pequeñas monedas arriesgaba a que el plan no se llevara a cabo con la involucración de más personas. Que supuestamente le brindarían protección. «¿En dónde diablos?», cuestionó con cierta razón. Pues estorbos, a su ver y probablemente el de muchos en su lugar, era lo que realmente eran esos guerreros. Como si ya su dios no pudiera hacer tal cosa él solo. Además, ella era Xena. Y para sí, una simple y estúpida misión como aquella se la pasaría como panecillo caliente con mantequilla.

―No me digas, Ares.

Escapándose de aquella mirada inquisidora, Ares pasó a darle nuevas órdenes a los orgullosos hombres que se sentían honrados por haber sido electos entre miles por su deidad para cual fuese que fuese el deseo de éste.

―Creo que soy bastante capaz de penetrar sin ayuda los muros de ese castillo y obtener los óbolos que me permitirán el paso hacia el infra…

―Shshshsh, ca-lla-te ―le enmudeció Ares que se volteaba para verle e impedir que continuase con su parloteo de mujer en sus insoportables días―. Esto solamente lo conoce tu mente y la mía ―le murmuró casi inaudiblemente con unos estacados ojos.

A sus hombres, que se le habían quedado mirando con cara de extrañados, puesto que de pronto los dejaba con saber la última parte de sus órdenes y se giraba ante una no muy contenta de su princesa, les tronó que prosiguieran con lo primero mandado. Nueva orden que atacaron sin protesta. Si algo bien sabían, era que no debían de meterse en los asuntos personales de su dios con su futura reina. Aunque eso no quitaba, que cuanta cosa que pudieran alcanzar a oír, les pareciera curioso.

Encontrándose temporeramente solos, Ares pasó a exigirle a Xena que tuviese más precaución. Que lo que lo que un hombre llegaba a saber, lo terminaba conociendo el mundo entero y hasta el Olimpo mismo. Pero bueno, de haberle dicho que sus hombres se encontraban ajenos al propósito de la "visita" a aquel castillo, de seguro que hubiese tenido la "precaución" exigida. Como que ya le estaba molestando porque éste no la mantuviese al tanto de cuanto elegía y con ella se relacionara. No obstante, probablemente ella se comportaría de igual modo si estuviese en su lugar. Hablando y contando sólo lo necesario o con lo que se pudiera subsistir. Había que ver que ambos eran la gota de agua sacada del mar del otro.

Xena comenzó a sospechar que Ares no le decía del todo la verdad cuando vio que parte de sus hombres se asearon a un par de horas de haber llegado ella en la madrugada de ese día, y pasaron a vestirse presentablemente. Con uniformes y armaduras limpias. Luciendo unas tonalidades en sus telas vinos, igual que la espesa sangre, con negro sobre la tela de maya metálica que les protegía de los filos de las armas en aquellas zonas en donde la movilidad era esencial y cubierta por una gruesa y rígida armadura no podía estar. Armaduras a las que hasta brillo le sacaron con gotas de un aceite vegetal. Hasta a sus propios caballos los ensillaron sobre un negro o vino manto antes de montarlos. Con todo esto, difícilmente la guerrera le prestaba atención a su dios mientras éste le comentaba sobre la celebración que se celebraría entrada la tarde y noche, mas cómo debía comportarse cuando estuviese dentro del castillo. Como mujer que era no podía andar con la cabeza en alto como si estuviera por su propia casa. Para poder pasar desapercibida, al menos por lo más posible, tenía que comportarse como una de las mujeres de esos territorios. Sumisas y atacadas bajo la autoridad de los hombres de su pueblo. A ver cómo le salía tremenda actuación. Puesto que Xena, ni ante un propio dios agachaba la mirada.

―¿Me estás escuchando, Xena? ―Se volvía a molestar Ares por el despiste y poca concentración de su guerrera―. ¿O te estás entreteniendo con la corpulenta anatomía de mis hombres?

Dios y mortal yacían sentados sobre troncos de maderos mientras que un plano suelo compactado les servía de pizarrón. Ridículamente, el dios trazaba planos con entradas, pasillos y salidas para una Xena que nada le atendía. De acuerdo, tenía que tratarla igual que a sus hombres sino estaba con ánimos de brindar atención. Haciendo uso de su poder divino para mostrarle los interiores del castillo para que fuera teniendo una idea con lo que luego se encontrarían.

La mortal dio un brinco a la mano con un hipido cuando se vio en medio de un transitado patio interno con mujeres que iban de aquí para allá con canastas y jarrones sobre sus cabezas, hombres con maderos para el fuego, carretas con alimentos y la caza del día en barandas, más soldados firmemente posicionados en sus puestos o en vela de que todo el mundo estuviese trabajando. Por un largo y preocupante momento la guerrera pensó que el dios la había teletransportado a la vista de todos. ¿Cómo se había atrevido? ¿Se había vuelto loco? En las fachas de guerrera en la que se encontraba era muy probable que la reconocieran como quien realmente era. Sin recurrir al drama de un combate o a la presentación oral.

No te están viendo, Xena. Quita esa cara ―escuchó la voz de su dios. ―¿Dónde diablos estás que no te veo? ―se quejó ésta.

Estoy detrás de ti ―anunció mentalmente al verle en medio de su azoro tras aparecérsele.

¿Qué es esto, Ares?

Ah, una de las tantas maravillas de ser dios. Te estoy hablando en el interior de tú mente y tú a su vez igual siempre y cuando me la mantengas abierta.

Pero si te veo abrir la boca, estamos hablando de boca a boca.

Eso, querida, es porque además de transmitirnos las expresiones de nuestras mentes, también he permitido que nos veamos tal y cual somos en medio de este proyectado plano.

En el que pretendes volverme loca. Veo hasta como la gente me atraviesa. Se ve que no estoy aquí realmente ―comentó ante tal hecho. Las personas ni podían verle, ni mucho menos tenerle contacto alguno.

Me extraña que no lo recuerdes porque varias veces que te lo hice ver en tu pasado. Ya sabes, no siempre me gustaba hablarte en cuanto lugar te encontrara y por eso te trasladaba físicamente o mentalmente (como en estos momentos) a mundos alternos creados por mí o simplemente a lugares que ya haya visto o imaginado. O sí no todo lo contrario, tales planos eran los que creaba o traía a tu alrededor, que tras desvanecerlos, te terminabas viendo donde mismo habías estado. ¿Qué te parece? Puedes verlo como un sueño real si quieres.

Ante su inentendibles palabras, la guerrera, ya no le miraba. Tenía su vista en cierto punto de aquel patio que hacía como una especie de plaza, en algo que había visto y que no encajaba con todo lo que normal allí pudiese clasificarse.

Me parece, Ares ―pasó a contestarle tras comprender lo que sus ojos veían―, que creo que tendrán que sumar más sillas para invitados de honor.

¿Qué dices, mujer? ―inquirió la deidad de la guerra mirando hacia la misma dirección que su guerrera. Quedándose sin habla y sin necesidad de hacer más preguntas.

En uno de los distantes extremos del patio interno, frente a un alto montículo de las mejores cosechas reunidas de ese año, se hallaban nada más y nada menos que las deidades a las que le dedicaban tan magnífico festejo para esa noche. Deméter vestida de verde junto con su hija Perséfone de blanco, bendecían los frutos obtenidos tras el arduo trabajo en la tierra por parte de los hombres y mujeres de aquel pueblo feudal. La resplandeciente luz dorada que emanaban aquellas diosas era la prueba de ello y del poder que transmitían. Y por lo visto, resultaban completamente invisibles hasta para los perezosos trabajadores que cerca de las canastas de recolecta descansaban, y para los apresurados que con mucha carga encima les atravesaban.

Xena, que las vio y las reconoció al instante, por medio de su luz, e identificó, por lógica y a través de Perséfone por su larga y cobriza cabellera, se preguntaba cómo era que ella si podía verla y el resto de los humanos no. No importaba mucho. Más cuando las dos terrenales deidades se habían percatado de que sí estaban siendo observadas. Ambas giraron sus cabezas como si les hubiesen llamado hasta el punto exacto en donde yacían Ares y Xena observándolas. Quienes justamente desaparecieron tras una sonora maldición por parte de Ares.

―Maldición, maldición, maldición ―blasfemaba un Ares poco a gusto que digamos una vez que regresó con su guerrera en mente a la espesura del bosque―. ¡Tantos días que tiene Deméter para bendecir sus calabazos y malditos frijoles, y precisamente hoy es cuando le da con hacerlo! ¡¿No se supone que debería de estar pavoneándose frente a un espejo para cuando comenzara su festejo?!

Los hombres de Ares, se quedaron estupefactos con la repentina reacción de su dios. Dios al que hasta hace un momento veían hablando con la princesa y de pronto que sale con bramidos de bestia hambrienta. Todos se preguntaron si habían hecho el menor ruido que a ambos los desconcentraran. No podía haber sido así, estaban demasiados distanciados como para meterse o estropearle sus asuntos. Pero por lo visto, ahora el dios si que los quería más lejos que nunca.

―¡¿Y ustedes qué demonios hacen ahí de mirones?! ¡Lárguenseme a trabajar ahora mismo que este castillo no se invade solo! ―Y gritado y rugido, y los atemorizados guerreros que dejaban sus sombras atrás por lo rápido que corrieron―. Maldición otra vez. ―Regresaba a hablar con él mismo―. ¡¿Y a ésta Deméter porque le dio hoy con hacer su papel de diosa terrenal en este pueblo?!

―Precisamente, Ares. ―Le quiso hacer ver una Xena que no entendía porque el dios se extrañaba tanto por la aparición de aquellas dos deidades―. Porque como dijiste, hoy es su celebración y…

―¡Y ellas nunca se presentaban! ―le aseguró―. No físicamente al menos. Y mucho menos bendicen personalmente las cosechas. Siempre ha bastado con que lo hagan desde el maldito Olimpo. Pero no, hoy a una le dio con bajar y a otra con subir (indicó refiriéndose a Perséfone que aún debía de estar en el inframundo) Mas como si no fuera suficiente, coincidimos en aparición.

Bueno, no había mucho que decir para calmar a su dios. Mejor era dejar que pensase lo que quisiera. Después de que recuperaran aquellos dos óbolos, que se presentaran las deidades que les vinieran en gana. Y hablando de ellas, Xena se hacía una pregunta.

―¿Por qué es que yo pude verlas y el resto de los mortales no? ―Se quiso aclarar una vez más, dando por ignoradas las protestas de un dios que marchaba como león enjaulado.

―Porque estabas viendo lo proyectado a través de mí poder mental ―explicó oscamente.

No quedando muy satisfecha con la simple explicación, Xena se quedó preguntándose ahora que por qué entonces si estaba viendo a través de la mente del dios, éste no vio primero las deidades terrenales y entre otras cosas que ella vio por su cuenta. De seguro que se lo iba a preguntar de seguido ni no llega a ser porque ambas diosas de las que hablaban hicieron acto de aparición frente a ellos. Suerte a que ya el resto de los hombres no se hallaban allí. O podrían quedar infartados al instante. No todos los días se te aparecían tres dioses en tus narices.

―Buenos días Ares, Xena ―saludó con sequedad la deidad mayor de la agricultura―. ¿Qué te trae por aquí? Hasta donde sé, hoy se festeja el día de los frutos y cosechas, no el de las masacres en la guerra.

Ares, teniéndola a su frente, procuró demostrarle con todo su ser lo despreciable que le resultaba su aparición. Pero tenía que controlar sus corajes. Solo se trataba de Deméter. Una diosa de escaso poder a su manera de ver. Hasta donde sabía, el hacer que una habichuela germinara o que una flor floreciera, no había matado ni a una mosca. «Cierto es ―se dijo―. Mi verdadera ira, debo reservarla para verdaderos metiches y prepotentes como mis tíos, el fúnebre de Hades y el langostino de Poseidón. Lo mismo para mis padres Zeus y Hera. Deméter y mi otra tía Hestia, la diosa virgen, del hogar y las artes de la costura, son sólo ceros a la izquierda.»

―Deméter, y tú desde cuando te interesas por lo que hago o dejo de hacer ―carraspeó con puños cerrados y uñas clavadas sobre sus palmas tras la inquisitiva de su tía―. Estás aquí por Zeus, ¿cierto? No pueden estarse tranquilos allá arriba hasta que no ataquen una estúpida orden suya. Y eso, que los dioses olímpicos más antiguos son sus hermanos mayores. Mira nada más como se tienen dominados todos.

―Cuidado, Ares. Que nosotras no vinimos para hacerte el día con una disputa. ¿No es eso lo que le complace al dios de la guerra? Y por lo visto, a su preciada gema roja ―añadió mostrándole a la indicada de Xena una expresión poco aprobatoria.

―Si los dioses supieran lo que realmente deseamos los mortales, no tendrían que estirar sus orejas para escuchar sus rezos ―comentó Xena que ahora hacía que la deidad de Deméter cambiara su desaprobatoria expresión por una con una boquiabierta mirada. ¡Cómo se notaba que seguía siendo la misma atrevida que fue en su primera vida! De ésta buscaría la forma que cuanto alimento cultivado se echase a su boca, se le hiciese sal y agua.

―Mira nada más ―siseó amargamente Deméter―. Si resulta que la amante es igual al dios que la tiene en sus manos.

―Déjate de estupideces, Deméter ―rechinó Ares que no le agradaba para nada cuando trataban de poner en su contra a su preciada guerrera con comentarios como aquellos. De que no eran una total falsa, era cierto. Más que estaba demás que se entrometieran por medio de ellos, era otra verdad más grande.

―Sabemos que tiempos de guerra se avecinan ―intervino una apacible de Perséfone ante la rabieta próxima a formarse entre su madre de dorados cabellos como el trigo y su poco paciente primo hermano―. Por eso hemos venido personalmente a bendecir los cultivos de estas tierras, aprovechando el festejo que se celebra en nuestros nombres para escuchar más a fondo todas las oraciones enviadas por deseos de los mortales.

Ares, que la escuchó perfectamente, no pudo evitar dejar escapar una leve carcajada de su boca. Colocando los brazos en su cintura y buscando una pose más cómoda así de pie como estaba. ¡Qué bonita explicación acababa de dar la única deidad que en el último siglo al menos le agradaba! En fin, que coincidencia que él, que no llevara más de cuatro horas en los territorios de aquel reino, y que Deméter, diosa olímpica, se presentaba en esos mismos momentos junto con su adorable hija. Cosa que jamás en su existencia habían hecho precisamente el día de su celebración en aquella tierra traciana donde el monarca y director de susodicho festejo celebraba.

―Vaya, que buen acto digno de devoción. Venir hasta estas tierras, que precisamente caen entre mis dominios ―comentó mientras se señalaba así mismo―, para bendecir el alimento de toda una masa de mortales. Si fuera un aldeano de esos, me hincaría a los pies de ambas y les brindaría mil y un rezos. Pero como no soy nada de eso ni cosa que se parezca, sino el propio señor de estas tierras, me extraña infinitamente que sea la primera vez que ambas acuden a este lugar precisamente cuando yo ando muy ocupado que digamos por aquí. ¿Eh? Hasta donde sé, ni juntas ni solas han hecho acto de presencia en esta celebración en su nombre. Puesto que tienen las suyas, los Misterios Eleusinos en sus propios dominios, en Eleusis.

Una Deméter acabó de ponerse más seria de lo que por sí ya estaba. ¿Quién se creía aquél que era como para decirles en dónde debían y no debían estar?

―No sabía que en el suelo de esta tierra se encuentra escrito tu nombre, Ares ―le objetó achicando sus ojos verdes.

Si que se notaba que no le agradaba en lo más mínimo a su tía, la que había heredado el poder y los dotes de Gea y Rea, su abuela y bisabuela en el caso de él; y madre y abuela en el caso de ella. Fuerzas naturales que seguían en cadena hasta Perséfone, la diosa más armoniosa que el Olimpo entero pudiese llegar a producir, después de Harmonía, claro. Sería por eso que desde que le pasó lo que le pasó tras la muerte de Xena, le simpatizó tanto. Como dios de la guerra que era, no le venía mal que alguien como Perséfone le hiciese entrar en calma de vez en cuando. Tanto que se atrevía a decir que si no llegase a ser por las dulces palabras que a veces le transmitía, hace tiempo que en medio de la ira hubiese acabado hasta con su propia existencia. Por eso era que confiaba en ella, por su puro corazón. Esperando poder seguir haciéndolo pese a que ese encuentro que tenía justamente con ella en compañía de su madre, no le daba muy buena espina que digamos. ¿Qué tal si se aseguraba de cómo habían sido las cosas en verdad? Eso de que por las guerras y el hambre no se lo tragaba ni con un mar de agua.

―Como yo tan poco sabía que tu hija pudiese andar sin su marido por el mundo terrenal por esta época ―le salió con tremenda directa a la madre de la referida―. ¿No que sus paseítos juntas tienen que aguardar hasta los meses de primavera y verano? ¿O a poco ya hicieron un cambio y no me había enterado?

―No seas cínico, Ares ―farfulló la emitida con cara de poca amante de la naturaleza y mucho menos de lo que tenía de frente. Su querido sobrino.

―Zeus le pidió a Hades que me permitiera acompañar a mi madre en ésta tarea, Ares. Nuestro padre olímpico nada más se preocupa por el bienestar de los mortales. Por eso le pidió a mi madre y a mí que bendigamos las cosechas de toda Grecia. No tienes por qué extrañarte ni pensar que andamos de tras de ti ―intentaba tranquilizar la atmósfera una Perséfone que comenzaba a cuestionarse internamente si acaso sus padres, Zeus y Deméter, estaban detrás de los pasos de su primo medio hermano de Ares.

―Ah, Zeus pidió. ¡El rey del Olimpo ordenó! ―aclamó sarcásticamente tendiendo los brazos al cielo―. He hermana consorte e hija que actúan sin protesta. Todo porque el padrote de la historia se siente preocupado por sus mortales creaciones en la tierra. ¡Por favor, Perséfone! No me digas tal cuento, ¿quieres?

―Ares, no he dicho nada de un cuento así que…

―Déjalo hija, es el dios de la guerra. No entiende de razones, sólo de espadas, sangre y muerte ―le recordó apegando maternalmente su cuerpo al suyo.

―¡Seguro que fue Hermes el que le fue con el chisme a mi querido padre! ―Continuaba con sus quejas un Ares que parecía un perfecto maniaco hablando con el cielo―. ¡¿En qué momento habrá revoloteado sobre mi cabeza y escuchado mis planes?! Ni en mis propios dominios me salvo de la farandulearía del Olimpo. ¡Y no me acaba de partir por medio uno de tus rayos, padre! ¡Me escuchas! ¡¿Por qué no bajas de tu trono y haces tu trabajo por ti mismo y te dejas de estar enviando a alcahuetes que lo hagan por ti?! Ah, claro. Eso sólo lo dejas para cuando le tienes el ojo echado a una pobre mortal que tenga la desgracia de alimentarte las pupilas. ¡¿No es así?!

La deidad de Ares continuó por medio minuto más blasfemando al que le dio cuerpo, mente, poder y origen mientras que las diosas terrenales y la mortal de Xena se le quedaban mirando en espera de la caída del rayo que pedía.

―Y tú, Xena, por qué tan callada ―se dirigió ahora la diosa Deméter a una guerrera que le contestó lo mismo que contesta el viento―. Dime, ¿cuántos hermoso y fértiles prados piensas arrasar e incendiar cuando Ares te ponga a trabajar para él. Ya vez como critica a su padre y no se ha dado cuenta que es igual o incluso peor.

―Nada más es que no me gustar malgastar palabras en conversaciones sin sentido ―le dejó saber con una leve sonrisa la mortal de Xena. Aquella diosa no era más mujer que ella por el hecho de ser inmortal y tener el poder fértil de la tierra―. Y respecto a tus lindos prados, algo me dice que son lo menos que te importa. Preocupándote más bien por la baja de creyentes que tendrías cuando piensen que los has abandonado. Llegando al punto de adorar más a una vaca o a un grano de trigo que a ti ―le espetó en su propia cara sin la más mínima gota de temor por reconocer quien era.

―¡Insolente!

Con lo escuchado, Ares no tardó un segundo en acercarse a su guerrera. Las encendidas verdes orbes de Deméter no mostraban agrado alguno.

―¡No te atrevas, tía! ―le detuvo Ares sosteniéndole el brazo con cuya mano planteaba darle la bofetada de su vida a su princesa―. O te juro que envenenaré hasta el último pedazo de tierra de la que tanto te haraganeas mantener.

―Hazlo, y ya veremos con qué se mantiene viva tu preciada y maldita mortal ―retó fastidiada la detenida.

―Ese estado ya está por cambiarse, cree me. Y tú y todos en el Olimpo se morderán un ojo mientras vean lo que un verdadero dios, y una verdadera diosa hacen con sus inmortales vidas.

―No festejes tan pronto, Ares ―le dijo al zafarse de su agarre―. Porque mi hermosa y bondadosa hija a aceptado ayudarte, pero uno nunca sabe cuando cambie de opinión. ¿Verdad que sí mi florecita? ―Cambió su fiera mirada a una dulce para su hija―. ¿Verdad que terminarás escuchando a tu padre y te alejarás de éste medio hermano tuyo ahogado en la locura?

―Madre, bien ya he dicho que hice una promesa. Y que se quiebre la tierra con toda la vida que alberga, si hozo en romperla.

―¡Mi lirio blanco, cómo has de decir semejante cosa! ―se espantó y con toda la razón una Deméter que tal vez debía de estar pensando a dónde se iría si eso llegase a suceder.

―Ya la oíste, tiita. Perséfone aún sigue teniendo mucho de la antigua Koré que fue. Es más, yo diría que sigue igual a la primera y completa diosa terrenal que era pese a haberse convertido en la reina del inframundo, de los muertos y de las almas perdidas ―opinó un dios de la guerra pensando en aquellos tiempos en los que Perséfone era conocida con dicho nombre de Koré y permanecía aislada de todos en el mundo de los hombres. Junto a las flores y las aves.

―Yo no interfiero en las decisiones de mi hija, Ares. Pero como Zeus y yo nos enteremos que la estás obligando o chantajeando…

―Madre, ya he dicho que nada de eso ha…

―Sí, sí. Digan y hagan lo que quieran. A mí lo que piensen o dejen de pensar me resbala como manos con aceite.

―Ya veremos Ares. Hoy tienes a tu muerta resucitada a tu lado. Mañana… ¿Quién sabe?

«¿Muerta resucitada?», repetía en su mente una callada de Xena. Deméter era la tercera deidad, sin incluir a Ares, con la que se encontraba en su segunda vida y que le dejaba saber que si había vivido antes. Cosa que le llevaba a admitirse a ella misma que ya no podía continuar dudando de las palabras de su dios. El tiempo poco a poco le estaba rebelando su pasado. Sin embargo, aun así, seguía firme en su decisión de querer ir al inframundo. Jamás sería lo mismo escuchar por boca de otros que ver y comprobar por tus propios ojos.

―Eh, cuidado con amenazas ―le previno un Ares por lo último dictado por su tía―. Mejor déjense de rodeos y actúen si es que tienen el valor para hacerlo. A ver con lo que se encuentran.

Ya no tenía sentido seguir tratando con aquella deidad de la guerra. Mucho menos perder el tiempo con él. Por un lado tenía razón, sus asuntos a ellas no les cernían.

―Perséfone, ya se nos ha pasado la hora de irnos. Dejemos a tu demente primo hermano con su querida mortal y el plan que están llevando a cabo.

Al escuchar éstas palabras, no quedaba duda de que al menos, Deméter, si estaba al tanto de lo que él hacía por ahí.

―¿Por qué no aceptas que para eso, al menos a ti de envió Zeus? Así te podría preguntar por qué no haces nada para impedirlo.

Deméter, que había estrechado su mano con la de su hija para desaparecer de ahí, interrumpió la teletransportación para darle una buena contestación a su sobrino. Si dejaba que hiciese su voluntad, era porque no veía por qué intervenir. No porque no pudiese hacerlo.

―Digamos que esos dos óbolos que planeas robar ya no tienen por qué seguir existiendo.

―¡Madre! ―se azoró una hija que acababa de descubrir que su primo medio hermano no exageraba cuando decía que le estaban espiando. Pero aparte de eso, en realidad Deméter había acudido allí junto con su hija para incrementar el poder de bendición que se batallaría contra las maldiciones y desgracias que serían derramadas por el rebelde dios de la guerra.

―Fueron otorgados con gratitud, y esa gratitud fue despreciada y manchada cuando el anterior rey de este castillo no las usó sobre el más grande amor que decía tener. Maldiciéndose así mismo por eso y al hijo de ese falso amor que pospuso ante su vida.

Un momento, ¿Ares había escuchado bien o su tía se estaba liberando de obligaciones con aquellas palabras? No sólo eso, sino que también veía como castigo el que él le arrebatara tal tesoro a ese rey y que hiciese lo que quisiera en ese reino.

―Espera, espera, espera ―pidió un break un Ares con manos extendidas―. ¿Me estás diciendo que, tú, la diosa de la productividad y la bendición de la vida, ha maldecido a un rey por un error de humanos? ―No se lo podía creer. Y después decían que él era un desgraciado.

―Yo no he dicho eso, Ares ―volvió a enseriarse una Deméter que ahora se preguntaba qué rayos pretendía su sobrino.

―Oh, sí. Claro que sí. Lo has dicho al decir que ese rey se maldijo por hacer mal uso del regalo que tu linda hija le otorgó en tu nombre. Ósea que el pobre quedó maldito. Maldito él, su hijo y sabrá Gea si hasta su reino. Y como si fuera poco, me alientas a que apresure tal maldición con mi futura irrupción en el castillo. Vaya, toda una hermana de Zeus. Tomando provecho de las habilidades de otros. Nada mal. Pero me pregunto, ¿Rea lo sabrá? Porque de seguro que no le gustaría nada que la hija que heredó sus atributos sea en verdad una tirana castigadora como su qué bien siga encarcelado, padre Cronos.

―No existe palabra que pueda describir lo desgraciado que eres, Ares ―le transmitió todo el desprecio que en momentos como aquellos, una deidad de la armoniosa vida natural pudiese llegar a sentir al verse alterada.

―Como digas y quieras, tiita. Anda, vete tranquila que tú maldición se llevará a cabo. Dentro de poco el rey, su reino y hasta sus lindos terrenos arados pagarán el error y la mala fe del pasado monarca.

―Eso está por verse, Ares. Tú no eres nadie para tomar la justicia de los hombres en la tierra. Esa labor le corresponde a tus padres, Zeus y Hera. Y para evitarles el mal rato que les puedas hacer pasar, hoy mismo prevendré a éste reino de la desgracia que tus actos puedan causar.

―Adelante, haz lo que quieras tía del trigo, tomates y pepinos dulces.

―Vámonos, Perséfone. Hades ya debe de estar esperándote.

Una dorada luz los cubrió a todos cegando los ojos de Xena mientras duraba. Para cuando se hubo apagado, las dos diosas terrenales ya no se encontraban. Nada más quedaba una pregunta en la mente de Xena.

―¿Y ahora qué hacemos si previene al rey de nuestra llegada, Ares? ―le inquirió con fastidio a su dios. Lo único que faltaba era que gracias a esa discusión sobre quién era más fuerte y poderoso, no pudiese ella tener esos benditos óbolos en sus manos.

―Te aseguro, Xena, que es lo mejor que nos pudo pasar ―le dejó aun con la duda.

El medio día y el momento para dar comienzo al plan de invasión habían llegado. Impaciente, Xena esperaba recostada del tronco de un árbol porque a su querido dios se le ocurriera dar el primer paso al interior del castillo. Se sentía fastidiada e inquieta porque se envolviera hablando con sus hombres y no acabaran los dos de ir por aquellos óbolos. «¿Cuál es el drama y el retraso de no ir por ellos ya?», se quejaba en silencio. Aunque, bueno, tenía que ser paciente y entenderlo. Hasta donde sabía, siempre fue una mujer con esas cualidades. Paciente y comprensiva, eh, estirando el pié hasta donde llagase la sábana, claro.

La forma de penetrar el castillo iba ser de encubierto. Ya Ares le comentó que se haría pasar por una aldeana o sirvienta de castillo. Eso como que se le iba a dar pues bien recordaba haberlo hecho par de veces en su pasado. La pregunta buena era de qué se haría pasar su querido dios. Si bien ella fue perfectamente reconocida en el pasado, y vuelta a conocer en el presente, Ares lo fue y lo seguiría siendo por siempre bajo su condición de dios. Al menos dentro de su culto, claro. Los tiempos estaban cambiando. El punto era que más le valía que no sacase provecho de su condición como dios para entrar libremente como tal hasta donde fuese que estuviesen los óbolos. De poder hacerlo, entonces para qué la necesitaba a ella. ¡Ah, claro! Manos divinas no podían sostener aquellas monedas. ¿Por qué? Buena pregunta. Por el momento estaba otra más en la cabeza de la guerrera.

―Ares, ¿por qué no nos dejamos de teatro, y me teletransportas al lugar en donde se encuentran las monedas? ―le propuso la guerrera en un intento de saber más bien porque estaba armando todo un rollo ahí con sus guardias que nada tenían que ver en el propósito de obtener las monedas. Eso era lo que hasta hace poco, pensaba que iban a hacer los dos. De pronto, el dios que le salía con una marometa ahí más larga y complicada a su modo de ver―. Digo, sé que no las puedes sostener, pero si me llevas a mí las obtendríamos más rápido. ¿O acaso sucede que lo que realmente quieres es armar un escándalo en este reino como Deméter piensa? Si es así de antemano te digo que no estoy para demoras. ¡¿Oíste?! ―le levantó el tono de voz frente a un par de sus hombres. Ya llevaba rato esperando en el bosque desde que su querido dios la dejó sola por casi una hora. Y ahora que le tenía de vuelta, quería más y más explicaciones para sus análisis mentales.

Antes de voltearse para verle, una profunda inhalación Ares llevó a sus pulmones vaciándosela luego con una exhalación. Había que ver que le encantaba mortificarlo. Tras que la complacía en su exigencia de llevarla al maldito mundo de Hades, y resultaba que también quería llevar el control del plan para poder hacerlo.

―Xena, y dale con lo mismo ―dijo fastidiado indicándole a sus hombres que le dejaran solos―. Como te gusta darle vueltas a las cosas. ―Trató de dirigírsele lo más paciente posible teniendo que reconocer, que sí, que la amaba.

―Es que cuando salimos del campamento me diste a entender que nada más vendríamos hasta aquí por las monedas. No que tendríamos que esperar para que más de una docena de tus hombres se alistaran y mucho menos darle diez vuelta al castillo antes de entrar en él. Ya te lo dije, hace rato que yo misma hubiese podido…

―Xena, no puedo teletransportarte a donde sea que se encuentren ocultas las monedas porque sencillamente no sé en qué lugar están escondidas.

―Entonces al menos que fuese al interior del castillo. Entre los dos podríamos…

―Creo que no debí dejarte tanto tiempo con esas amazonas locas e impulsivas. Debía haberte raptado cuando aprendiste a comer por ti sola, ¿sabes?

―¿Qué? ―se espantó la guerrera un poco. No quería imaginarse una vida infantil al lado de un dios… Bueno, de un dios como Ares.

―La Xena del pasado comprendería perfectamente que entrar a una fortaleza perfectamente vigilada y custodiada en cada esquina no le permitiría moverse libremente en busca de algo que ni siquiera sabe en dónde está. La verdadera Xena aguardaría paciente hasta que se enterara o le informaran del lugar exacto en donde valdría la pena arriesgarse a buscar.

Instantes de análisis no fueron necesarios para comprender lo que aquel dios acababa de indicarle.

―¡Oye! ¿Qué estás queriendo decirme? ¿Qué no pienso? ―cuestionó con la mandíbula inferior inclinada, brazos cruzados y una cara de pocos amigos.

―Lo dijiste tú, no yo ―se libró de la acusación un Ares que subía las manos sin poder evitar sonreír.

Cuando más cretino se estaba comportando. Había algo que no le había dicho. Por más pequeña que fuera la cuestión pensaba que tenía derecho a saberlo. ¿No que si tanto quería que fuera su "compañera" emperatriz, tenía que mantenerla al día de cuanto hiciese o dejase de hacer? Aunque bueno, tal vez exageraba. Su vida no era toda de su incumbencia. Bastaba con lo relacionado al ejército que ella ya quería liderar. Aun así, no estaba mal exigir explicaciones de sucesos presentes antes de que llegaran esos días. Pues tales sucesos, se centraban en su persona. En ella.

―Se que te traes algo más, Ares.

El nombrado no dejaba de mostrar esa cínica cara. ¿Para qué seguir disimulando si ya su preciada gema roja cristalizada en el fuego de una batalla le había descubierto? Ah, por supuesto, todavía no descubría la clase de entrada que él planeaba darse en aquel castillo. Tenía que aprovechar el viaje hasta allí y sacarle mucho más provecho que el que se llevaría con aquellos óbolos. A todo esto, no estaba complicando el plan como la guerrera afirmaba con tal de lograr un pequeño deseo personal. Estaba diciendo la verdad. Eh, no al cien porciento pues no era un santo pero si a un noventa si se pedía una cifra. Ahora, de que lo planificado le fuera conveniente para lo que se le había ocurrido días atrás, pues ya eso eran como se había dicho, unos vente óbolos más.

―Por supuesto querida ―aceptó el dios ante su señalamiento―. Planeo lograr entrar en la mente del rey para descubrir donde se encuentran los malditos óbolos. Pero para ello, debo de hablar con él y tratar que me los revele ―le decía mientras la rodeaba con sus brazos a sus espaldas y olisqueaba el aroma de la piel de su cuello.

―Eso… lo podría hacer yo misma y sin ningún tipo de divino poder―. Fue inevitable aguantarse un suspiro que las caricias del dios le provocaron.

―Eso sería estupendo ―se complacía por lo que llegaba a causar en su princesa incluso cuando ésta decía estar sumamente enfadada―. Mas como no estamos seguros de que se logre, yo también realizaré el intento. Y cuando lo consiga, porque así será, te lo informaré a ti.

―Y ahí me llevarás al lugar, ¿cierto? ―continuó con su prueba de verdad Xena al girarse frente a su dios y acariciarle el rostro.

No, no parecía que se iba a rendir. Parece que el plan se efectuaría con una guerrera con cara como tal. Como una guerrera. A ver cómo le hacía creer lo próximo a explicar. Porque sí, sí era verdad. Por eso es que Deméter no se había preocupado tanto que digamos en interferir. Porque sabía que las monedas no estaban al alcance de ningún dios sin que el rey se percatara de que intentaran robarlas. Lo curioso es que un mortal sí podía arrebatarlas. Para ello, primero debía encontrarlas. Y por boca del rey no era muy probable que así fuese.

―Negativo. Tengo entendido que las monedas se encuentran guardadas en un cofre que cuando siente la presencia de un dios, las gemas que tiene incrustadas emiten una luz que atraviesa muros y cuerpos. ¿Razón? A Hades no le agradó el regalo que su divina esposa le había hecho a un mortal y quiso intentar arrebatarlo. Perséfone le advirtió al rey y le trajo dicho cofre del que te hablo. El cual dejó de brillar sólo cuando está estuvo a varios metros alejada. Por eso tienes que obtener las monedas sin mi presencia.

Como presintió, Xena se le separó para quedársele mirando con una cara tan incrédula como quien ha visto a un cerdo volando.

―Ares, por qué será que algo me dice que todo eso es un cuento tuyo.

El dios de la guerra rotó los ojos como cuello de lechuza. Ya no había más que decir. Sino por hacer. Creyera o no creyera el momento de actuar había llegado y no podía quedarse ahí hasta que su guerrera le placiera creer.

―No es ningún cuento, mujer ―se hastió dirigiéndose a un corcel cercano para obtener unos pedazos de telas que habían dejado colgando de su lomo después de traerlos hasta allí―. Ya párale con las preguntas y la desconfianza, y póngase esto ―le demandó al tirarle lo que resultó ser un vestido de campesina color café.

Cachándolo en el aire, Xena pasó a abrirlo para presenciar la prenda mejor. Se veía de su talla. De falda y mangas largas. Estaba bastante maltratado preguntándose si sería el único vestido que tendría a la desdichada a la que se lo arrebataron.

―¿Qué le hicieron tus hombres a la pobre que lo portaba? ―se preocupó en sus adentros sin mostrarlo en su inspeccionado rostro que continuaba con la mirada sobre la tela.

―No lo tenía puesto ninguna campesina. Lo robaron de un tendedero más arriba de río. No estamos para armar escándalos cuando tan siquiera aún no hemos entrado al castillo. ¿Qué pasa? Ibas asentir pena por una simple humana.

―Te creo y se nota ―le evadió la pregunta con una aceptación―. Este traje va con un camisón blanco por debajo. Que poco detallistas son. ¿Ves? ―Se quejaba la guerrera indicándole los escotes que mostraría el vestido sin tal pieza―. Tiene dos largos cortes laterales en la falda. Los ajustes también laterales que hay en el torso son de cordones en "X" y el corte del pecho es demasiado extendido. Voy a parecer más una ramera que una aldeana ―se negaba ahora ponerse tal cosa para más fastidio del dios.

―Pues ya no hay tiempo. Así te vas a ir. Además, así entrarás más rápido ―se pros pasó con sus palabras al estrujarle una de sus mejillas a su enfadada guerrera.

Cierto era. Había que intentar encontrar las monedas cuando gran parte de los habitantes del castillo, y rey mismo, estuviesen entretenidos con la celebración. Por lo que tenía que acceder a usar tal cosa. Ya encontraría alguna canasta con verduras para cubrirse al menos el escote del pecho. Si no, pues siempre que no se inclinara no iba a tener ningún accidente. O provocar uno. Total, para su creer, cuando viera con lo que se vestiría su dios, se le iba a quitar la manía. Un dios del Olimpo vestido de pastor o agricultor. Siempre se veían cosas buenas. Y la imagen de verlo así le ensanchó una sonriente boca.

―Y tú que te pondrás, ¿eh? Si piensas estar tan cerca del rey como para tratar de sacarle los pensamientos de la cabeza, me imagino que tendrás que tomar el disfraz de su bufón real ―se burló y con toda ley.

―Eso ya mismo lo tengo listo ―aseguró. ¿No que se suponía que tuviese a la mano tales prendas? Iba a entrar tras ella, ¿no?―. Tú apúrate que serás la primera en entrar seguida con un par de mis hombres que mantendrán el ojo echado. ―Ahora cambiaba los planes. Ahora iba a entrar con unos de sus hombres. Aunque, claro. Eso debía de haberlo esperado. Un par de los hombres de Ares ya tenían puestos las ropas de aldeanos de aquel reino. Sin embargo, la mayoría estaba con esos descritos atuendos como si luego de aquí, subieran al Olimpo a darle una caravana al dios Zeus. Sólo dos restantes habían permanecido con sus originales atuendos de guerra con los que partieron de Aresia.

―Señor ―salió entre los árboles uno de los hombres de Ares. Uno de los que bien presentables vestidos se encontraba―. Todos estamos listos ―anunció al mostrarle a sus espaldas unos cuantos más.

Ares ni se inmutó en mirarles. Aún tenía enfocada la vista en el rostro de Xena. La cual seguía allí parada como si prisa no hubiera. Sosteniendo el maltratado vestido que aún no se dignaba en poner.

―Ya oíste, date prisa ―le apuró entre dientes tras tirarla de un brazo para acercársela. Luego se gira como si nada le estuviese preocupando ante sus hombres para continuar escuchando sus palabras.

Quedando a espaldas del dios, una Xena con la cara más antipática que se le fuese posible poner, le sacó una mueca a éste. Bien detectada por los guerreros que tenía a su frente. Hombres que al ver tal acto, algunos abrieron los ojos de par en par mientras que los que sí sabían disfrutarse la vida, se permitieron sonreír. Al verlos, Ares se volteó de regreso hacia una Xena que aún seguía allí de pie sin acabar de ponerse el bendito vestido. Olvidándose entonces de lo que fuese que le pudo haber causado gracia a un par de sus hombres para exigirle nuevamente entre dientes a la guerrera que hiciese lo pedido.

―Todavía ahí, Xena. ¿No que tienes algo que hacer? ―le recordó girándose de nuevo ante sus hombres. Hombres a los que volvió a ver sonreír levemente. De acuerdo, Xena estaba haciendo algo a sus espaldas. Algunos se estaban riendo levemente para luego… Eh… Para luego cambiar junto con los otros una boquiabierta expresión en donde las mandíbulas de cada uno tocaban el piso. Hasta los ojos se les querían salir de sus cuencas. «¿Y ahora qué diablos estás haciendo, Xena?», quiso saber al girarse.

Tras voltearse nuevamente para ver qué era lo que tanta atención causaba entre sus hombres, Ares quedó igual o peor de boquiabierto que todos éstos juntos. ¡Qué va! La mandíbula de éste como que había llegado hasta el palacio de Hades.

―¡PERO QUÉ DEMONIOS ESTÁS HACIENDO, MUJER! ―rugió el dios que con apuro se encaminó hasta su princesa para cubrirle con una materializada negra capa (una típica suya) el prácticamente desnudo cuerpo con el que ésta así no más estaba ante sus hombres.

―No es obvio, Ares. Me cambio para ponerme el maldito y mugroso traje ―le encaró sacudiéndole dicha pieza de ropa en el pecho para que la soltase en medio de su abrazo con aquella capa negra y le dejase continuar―. No que tenías prisa, ¿eh? ―le recordó muy molesta por su reacción. ¡Por favor! Ni que fuera acostarse uno a uno con todos sus hombres. No más había revelado un tantito por unos instantes.

―No me creas estúpido, mujer. Claro que sé perfectamente lo que haces ―le rechinó terminándola de envolver con su capa―. ¡Una cosa es que te cambiaras de ropa y otra que lo hicieras delante de cuarenta ojos! ―se quejó. Y hablando de ojos, ¿qué hacían los dueños de éstos aún parados allí?―. ¿Y ustedes por qué demonios aun siguen ahí parados con esas bocas aguadas? ¡LÁRGUENSE AHORA MISMO SINO QUIEREN QUE REGRESE AL CAMPAMENTO POR UNA NUEVA TROPA!

No hizo falta que su dios de la guerra abundará más en sus amenazantes palabras para comprender perfectamente cómo iban a terminar cada uno sino desparecían de ahí. De ésta no volverían ni a mirar los pies de su futura reina.

―No seas ridículo ―pedía con humor igualmente fastidiado una Xena que se doblaba para recoger sus ropas e irse a terminar de vestirse a otra parte―. Que yo, no soy ninguna niña. Y tú mucho menos mi padre o el prometido que aguarda a que crezca para cazarse conmigo.

¿Padre o prometido? No estaba nada mal. Con gusto y deleite haría los dos papeles al mismo tiempo.

―Entonces no te comportes como tal y deja de estar levantando revuelos entre mis hombres ―exigió volviéndola a tomar de uno de sus brazos para que no le dejara con la palabra en la boca.

―¿Revuelo? ¿Y ahora de qué diablos hablas?

―No te hagas, Xena. Que sé perfectamente lo hechizado que me tienes al general Tarkan. No te quitaba la vista de encima en la noche ceremonial en la que llegaste. Sería el colmo que también me pusieras en el mismo estatus al resto de mis hombres.

¿Estaba escuchando bien? ¿O el dios que decía ser mejor que todos entre los suyos y el que no le temía a nada mas no se preocupaba por nada, estaba sintiéndose celoso? Todo por un cruce de palabras y roce de caricias. Si que le iba mal si así era. Además, ¿quién se creía que era sobre ella? Si a ella quería, podía estar con quien se le viniera en gana. Una cosa era estar a su lado para liderar su ejército imperial, y otra a que se convirtiera en su querida consorte. Ser su amante no se le daba nada mal ni le venía tan poco mal, pero que no se creyera que la iba atar a su lado igual que se atan dos manos con unas esposas.

―Mira, Ares, tus celos ridículos y fuera de tiempo, lugar y razón junto con derecho, me los sueltas al aire para que se los lleve el viento.

―Aquí nadie está celoso ―le quiso dejar claro apegándola bruscamente a su cuerpo―. Solamente me saca que quieran robarme lo que es mío. ¿Endientes? ―inquirió cínicamente.

―¡¿Tuyo?! ―abrió los ojos una Xena que después ponía una cara de sí, cómo no―. Sí, claro, Ares. Sigue soñando con Morfeo. ―Se echó reír en su cara―. Tú mejor que yo sabes que aun no me tienes en tus manos cómo quisieras ―le restregó con desafiantes gestos a escasos centímetros de un rostro con el otro.

―No me hagas cometer una locura, mujer.

Ares le pedía a su madre, que si realmente le quería, que le enviara fuerzas para no dejarle claro allí mismo a aquella mortal cuan de él podía llegar a ser,

―Sino ―continuó con sus provocadoras palabras la guerrera―, por qué otra cosa no me habías hablado de Borias. El amante mortal más grande que tuve. Me está que porque temes a que me conmueva con viejos tiempos y tenga más en mi cabeza a un hombre que ya está más que muerto, que a un dios en cuya eterna vida aún no ha logrado que me quede permanentemente a su lado.

Aquellas últimas palabras fueron la gota que colmó al vaso. En el rostro del dios se veía claramente. Cerrando sus ojos y liberando a su princesa, dio unos pasos hacia atrás para llevarse una mano a la cien de su cabeza. Si lo que en todo momento quiso fue hacerle enfadar de verdad, lo había logrado. ¡Cómo le entraron unas inmensas ganas de abofetearle allí mismo! Pero no, tenía que controlarse o sus hombres podrían verle y pensar que se había vuelto loco sin que aun la guerra hubiese llegado. Pero es que de nada más verla, con sus hermosos ojos azules que acompañaban aquella desafiante sonrisa… ¡Decir o no, sino entraban ganas de al menos partirle un labio para que se dejara de hablar de más!

―Escúchame bien, Xena ―le habló cuando creía que ya se había controlado. Tirándola nuevamente por uno de sus brazos para tenerla cerca y asegurarse que le escuchara perfectamente―. Ya van varias, ¿sabes? ¡Varias! Y mi paciencia se está agotando. Una más… Una más y no respondo. ―Y con esto, se marchó de allí antes de que se arrepintiera de la idea de dejarle en paz.

Agachados detrás de unas carretas de carga y unos montículos de henos, Ares, Xena y media docena de sus hombres aguardaban el momento justo en el que la guerrera pudiese entrar por las puertas del fuerte del castillo. Xena sostenía una jarra con harina como si fuese una sirvienta o campesina que la llevaría al interior del fuerte del castillo. Y de ahí, con suerte hasta las cocinas. Lo que no se imaginaban es que el tramo de entrada se le sería cambiado a todos. Justamente ahí por ejemplo. En cuanto vieron a un grupo de aldeanos aproximarse por el camino que conducía hasta las compuertas del fuerte, Ares que empuja a una malhumorada de Xena para que le siguiera el paso a sus espaldas. Seguida de los dos guardias que había elegido para que le acompañasen hasta donde más fuese posible.

Con un manto crema que cubría su cabellera y parte del rostro del sol, junto con su identidad claro está, Xena iba imitando el agachado andar de aquellas aldeanas mientras que Ares se reía de lo que sus ojos presenciaban. Aquella guerrera iba a saber lo que era trabajar para conseguir lo que se quería. Sólo esperaba que al menos la pusieran a trapear un par de pisos o a estregar unos cuantos calderos antes de qué él pudiese obtener en la mente del rey la localización de los óbolos. Que cara terminó poniendo el pobre dios cuando las manos de aquella guerrera terminaron siendo más efectivas en otras superficies muy distintas a un piso o calderos.

Para cuando se iban acercando a la custodiada entrada del fuerte, uno de los hombres de Ares, que disfrazado campesino estaba y acompañaba a la guerrera, tuvo el descuido de tropezar con sabrá él con que cosa fue. Empujando a una inesperada Xena que cayó de costado al suelo. Haciendo añicos la jarra de harina que cargaba, desperdiciando por lo tanto el propio grano molido, y ganándose al mismo tiempo las miradas de algunas de las aldeanas que tenía delante y la de los guardias de más adelante. Aún no entraban al castillo, y las cosas ya comenzaban a salir mal. «¡Maldito imbécil! ―masculló Ares en sus adentros―. ¡¿Cómo diablos se le ocurre tropezar con Xena!?». Suerte tendría si le permitía continuar con vida cuando llegasen a Aresia. Por su idiotez, ahora Xena tenía sobre sí a unas aldeanas con cara de espanto y a un guardia que le memorizaría la cara para matarlo después. Aunque, con la pequeña humillación que le hizo pasar a su guerrera en medio de su regaño, puede que le dejara con vida. Recordar que para él fastidiar a su guerrera era más deleitante que el sabor de la ambrosía. Y bueno, eso de que le cayera bien aquel guardia lo decía, porque no se imaginaba lo que después pasaría gracias a éste.

―¡Continúen con sus labores y déjense de perder tiempo, plebeyos! ―ordenó con brusquedad el comentado guardia―. ¡ACABEN! Que el pan que se echan a la boca es sólo para los que trabajan ―carraspeó dispersando a las fatigadas aldeanas que se apenaban por la mala suerte de aquella joven. Causar la pérdida de los alimentos destinados al rey no era algo recomendable sino se quería tener un buen castigo. Más si se trataba de la harina. Cuyos granos valían casi como el oro en esos tiempos―. ¡¿Qué no escucharon?! Sigan con su camino ―se les dirigió a los hombres de Ares que no se separaban de una, ya puesta de pie de Xena―. ¿A caso quieren meditar la decisión en una mazmorra con hambrientas ratas?

Sin más remedio que seguir con el camino hacia delante, los dos infiltrados guerreros de Ares fueron a infiltrarse de verdad hacia el interior del fuerte del castillo. Ares, que les observaba colérico sin poderse creer cómo habían podido dejar a su princesa sola tan rápido, se juró que de esta los mataba. Todo porque de intervenir, podían ser reconocidos como extraños. Fastidiado, casi estuvo a punto de echarse de cabeza para traerse de vuelta a su princesa. No le gustaba como aquel guardia le estaba mirando. Cuando está se cayó, toda una de sus tersas y blancas piernas se hizo notar en el escote de aquel vestido. Pedazo de piel que no pasó desapercibido ante dicho guardia.

―Ey, ey, ¿y tú a dónde vas? ―El guardia detuvo por la tela de su falda a una Xena que tras haber recorrido los trozos más grande de barro que quedaron de la jarra rota, se disponía a seguir la marcha de los dos hombres de Ares y del resto de más aldeanos que por ahí pasaban.

―¿No dijo que prosiguiéramos con nuestras labores? ―cuestionó aún bajo el manto.

―Se lo dije al resto de los aldeanos. No a usted.

―Tan poco dijo que me quedara.

«Xena, Xena, Xena, ¿qué no te podías guardar tú osadía para quienes sí la merecieran y en los verdaderos momentos en los que se debía usar? ―deseaba Ares más que preguntarse desde su oculta posición―. No, tenías que ser igual de contestona con quien fuese y en donde fuese.»

―Miren nada más. Parece que aparte de inepta eres boqui suelta. ¿Qué tanto hablarías si te cortara la lengua aquí mismo? ―se divertía un guardia con una "aterrada" aldeana que supuestamente a su frente tenía. Ya le había sujetado fuertemente su garganta mientras que en la distancia, Ares hacía acoplo de sus energías para preparar una esfera de fuego.

Los hombres de Ares se agacharon cuando le vieron encender una de sus manos justo al lado de ellos. Para luego ponerse de pie y decidirse por rostizar aquel desgraciado que se atrevía a tocar a su futura reina. Hecho, que nunca sucedió puesto que al tratarse de Xena, podía defenderse más que sola.

―¡Aush! ¡Maldita, vieja! ―se quejó el abusivo acabando de recibir un golpe en su nariz―. ¡De esta no te salvas de la horca! ―le rugió con sangradas fosas nasales.

Xena por un momento pensó si debía regresar con Ares y ver qué cosa nueva planeaban para entrar al castillo. Si tan solo la hubiese dejado ir por sí sola, hace rato que estarían de vuelta en los campos de Aresia. Pero no, todo tenía que hacerse según a la voluntad del dios.

―¿Qué pasa aquí? ―se aproximó un guardia más ante la escena haciendo que Xena se lo pensara mejor para escapar. Frente a uno recién golpeado la cosa iba ser fácil, pero ahora ante dos armados, y ella sin nada más que aquel mugroso traje y el manto que hasta donde podía le cubría, pues como que no tenía mucha ventaja.

―Pasa que ésta vie… ―El golpeado guardia se tragó sus palabras. A Xena se le había zafado el manto de la cara cuando su apresor retiró bruscamente la mano al ser golpeado y ahora su hermoso rostro le tenía cautivado a él y a su recién llegado compañero.

―Vaya, vaya, lo que has pescado hoy ―le comentó con relamida en sus secos labios el segundo guardia a su golpeado compañero―. Con razón te gusta custodiar en las afueras. Así le echas primero el ojo a las más bellas. Si quieres, yo con gusto te ayudo con ella. Veo que ya te ha dejado unos puntos claros ―dijo al verle limpiarse la sangre que se le escurría.

―A mí solamente se me cayó una jarra de hari…

―Tú te cayas, lindura. Que lo que has hecho, merece un castigo. ¿Y qué crees? Yo seré el que te lo ejecute ―se adentró en sus fantasías mas anheladas el segundo guardia que ya tomaba de un brazo a Xena para que le acompañase.

Entre tanto, Ares se cuestionaba las que tenía que pasar. Lo que le faltaba, que dos estúpidos guardias se estuviesen sorteando a Xena. Eso si era algo que estaba de guión de teatro. Como si tal sueño de tenerla se les fuese a cumplir. «¡Bendita sea Rea, por no maldecir a Cronos!», se dijo después de pensar en lo dicho.

―No tan rápido compadre, que yo la vi primero ―reclamaba el primer guardia tirando por el otro brazo de Xena.

―¿Y eso qué? Tú tienes que seguir en vigilia y yo ya acabé mi turno. Además, no te preocupes, después que termine te la dejo.

―¡Estás loco! Las aldeanas jóvenes de aquí se guardan hasta que tengan un marido. Y ésta, no tiene pinta de estar casada. No más verle esas curvas y vientre plano. Si ya estuviese usada, cree me que no estaría así de hermosa. Por lo que no dejaré que te la claves primero. ¡¿Como la ves?!

―Te diré cómo la veo, hermano. ¡Así la veo! ―se alteró estando a punto de golpear a su compañero el antojado del segundo guardia.

En medio de ambos, Xena no dejaba de hacer muecas y virar los ojos. ¡Con qué par de idiotas había terminado en esa mañana!

―¡SOLDADOS! ―se le escuchó gritar a lo que sería un tercero―. ¡¿Qué demonios sucede que no están en sus respectivos puestos?! ―quiso saber el que por lo visto, tenía que ser de mayor rango que aquellos soldaduchos de palito.

―Ya yo acabé con mis horas, señor ―se pretendió zafar de lo que le tocaba el segundo guardia.

―Y yo justamente hacía mi trabajo, señor ―se excusaba el primero―. Reprendía a esta aldeana y…

―¡Silencio! ―se hartó se escucharles―. ¿Usted, se encuentra bien? ―brindó preocupación hacia una vuelta a cubrir con su manto de Xena.

―Sí, señor. Gracias. Y eh… Bueno yo también tengo que seguir con mi trabajo ―atinó a decir pensando que éste no sería mejor ni peor que los otros dos guardias. Sino igual. La forma en la que le miraba los escotes de su vestido no podría indicar lo contrario.

Xena intentó cubrirse lo más que pudo. Pero era evidente que aquel sujeto ya le había visto el rostro.

―De eso iba a hablarle, señorita. ¿Tiene padres? ¿Algún familiar? ¿Pretendiente? ¿A poco me va a sorprender con que está casada?

―Eh, no señor. Vivía con mi abuela y murió van meses ―inventó la guerrera. El colmo del asunto iba a ser que le pidieran que presentase a su familia. ¿A quién diablos iba a elegir?

―Perfecto. Pues entonces acompáñeme. Creo que al ser alguien sola podría llevar al pie de la letra un espacio bacante que tenemos en el castillo. Ya sabe, necesitamos gente dedicada. No que de cada rato tengan que salir por atender a padres enfermos o hijos con hambrientas bocas.

Con lo que pudo escuchar desde la distancia, Ares se dijo así mismo que no tenía de por qué preocuparse. Ese recién llegado había espantado a aquellos gusanos de su princesa y ahora de seguro que la iba a llevar directo al castillo en donde la pondría a trabajar en las cocinas o de lavandera. ¡Como ya quería verla haciendo tales cosas! Se aseguraría de mostrarle la más amplia y sornas de todas las sonrisas que haya sido capaz de demostrar en toda su vida. Sí, ya lo venía venir. Y para asegurarse, se teletransportó mentalmente hacia donde los pasos de su guerrera eran conducidos. Efectivamente. Aquel hombre entregaba a Xena a dos mujeres que lavaban unas sábanas en una fuente central en el gran patio delantero del castillo. Allí entre los muros de esta edificación y los que el fuerte amurallado comprendían. Muy seguro de que su plan se encarrilaba de nuevo, suspendió la conexión para dirigírseles con las siguientes órdenes a los hombres que a su lado estaban. Sin llegar a imaginarse, que al ser entregada ante aquellas mujeres, Xena se presentaría en la celebración como algo más que una repartidora de entremeses y copas.

En una habitación, completamente aseada, perfumada, con el cabello cepillado y cubierta con una mullida toalla, Xena se preguntaba que en dónde rayos y centellas se había metido su querido dios como para no haberle visto en las ya cumplidas tres horas que llevaba metida allí. Realmente todo había sido tan rápido, que ni pudo memorizar los pasillos y habitaciones por donde la condujeron apresuradas mujeres y guardias. Se sentía como si fuese una pieza extraviada o restante de algo. Siendo pasada de mano en mano con encanto y más apuro. Obviamente que al hacer atendida generosamente, como si una inmaculada doncella se tratase, tuvo la oportunidad de escaparse y husmear por habitaciones adyacentes que no resultaban ser de otros dueños más que el de las propias sirvientas del castillo. Ya para cuando ascendió a unos pisos más superiores se topó con unas que debían de ser para las consortes del rey. Todas al ala oeste del castillo. Porque las que respectaba al este pues ahí con lo que dio fue con una gran biblioteca, unas salas de juntas y más adelante, pues probablemente un par de habitaciones más que correspondían al concejero del rey, a un fiel servidor y hasta al general de sus tropas. Quien seguro tenía que ser el que la había metido en el sendo lío y laberinto en el que se encontraba.

Todo esto lo había recorrido entre disimulo y disimulo en una hora exacta. Después de que fuese entregada y atendida como si a su boda pronto se encaminase, tomó un manto a espaldas de las sirvientas que con prisa pero entrega le atendían, y se escapó de ellas traspasando el umbral de la puerta de los baños en el que la habían metido. Sin poder negarse puesto que como quien dice, había aceptado lo que sea en lo que pronto la pusiesen a trabajar, y sin saber bien a fondo de qué se trataba.

―Aquí tienen el capullo que les faltaba ―se le escuchó decir al deducido general cuando la entregó ante aquellas trabajadoras mujeres―. Prepárenla y asegúrense que su trabajo quede a gusto si es que quieren tener sus cabezas unidas a su cuerpo para mañana. Nunca ha habido un fallo en esta celebración anual por lo que no quiero que esta noche sea la excepción. ¿Entendido?

―Por supuesto señor ―aseguraron las mujeres agachando sus cabezas―. Todas estarán listas para cuando comienza el festejo y para cuando elijan…

―Pues entonces apúrense con ésta que para su salvación ha aceptado el trabajo ―habló por una Xena que pasaba la mirada entre aquel hombre y las asustadizas mujeres que ya la tiraban de sus brazos para que caminase con ellas.

Xena pensó que de seguro que era para algo en las concinas mientras la adentraron por una de las laterales e inferiores puertas pequeñas del castillo. La monumental y gran entrada estaba a un piso más arriba, facilitado por unas abiertas escaleras. Como que venía siendo la entrada de la realeza allí presente.

El tramo de las cocinas pasó y aquellas dos mujeres que no se detuvieron. Xena pudo ver como atareados y acalorados hombres y mujeres daban sus vidas por preparar los mejores platillos y ella que le pasaba de largo entre ellos. ¿No qué necesitaban ayuda para preparar la celebración? Bueno, tal vez lo de ella iba a ser la limpieza. Más cuando pasó entre otras tantas atareadas más mujeres con trapos viejos en sus manos, restregando pisos y muros, y sus escoltas que no se detenían, pues como que tuvo que ir imaginándose en qué otra cosa la iban a poner a trabajar. Qué lástima en verdad. Hacerse pasar como una sirvienta en la limpieza pues como que le iba a facilitar la andada entre esquina y esquina del castillo. Si le cuestionaban que qué hacía por ahí, pues con paño y cubeta en mano contestaría que limpiando. Todo por encontrar el bendito escondite de aquellos óbolos.

Para su lamento, a leguas se veía que era nueva en el castillo. Ganándose la atención de ostentosos guardias que no dudaron en detenerla en cuanto la vieron ascender hacia un cuarto piso. Región en la que comenzaban a presentarse las habitaciones reales de una familia que ya no existía. Puesto que el rey, que habitaba en el quinto y último piso, no tenía hermanos o primos y mucho menos padres vivos. En realidad no sabía muy bien cómo le iba a hacer para localizar a aquellos óbolos. Llegando a suponer que debían de encontrarse en la propia habitación del rey o en alguna custodiada y bien asegurada sala de tesoros. Como en todo castillo de monarcas. Era una obvia conclusión. Lástima también que no pudo comprobar inmediatamente su teoría al momento al ser interrumpida en su ascendida.

―Deténgase ahí ―le hizo dar un brinquito de susto el autor de aquellas palabras. Un guardia que por lo visto no tenía nada más que hacer que interrumpirle su plan―. ¿Qué es lo que hace por ésta área? ―cuestionó cuando la vio a mitad de ascendida por unas escaleras.

―Sólo me encargo de la limpieza de las habitaciones superiores, señor ―contestó claramente una guerrera que sin darle la cara aquel hombre, viraba los ojos por el fastidio.

―Esas habitaciones fueron bien aseadas esta mañana.

―Pues es que yo iba a asegurarme de que todo siguiera en orden y…

―Me parece que ese trabajo le corresponde a los fieles más allegados al rey. Y dado que yo les conozco, puedo asegurar que usted no entra en esa lista, señorita.

―Oh, pues como lo lamento. Es que soy nueva y no sabía por lo que…

―Eso se nota. Nunca le había visto por aquí. Y me extraña que vagabundee sin supervisión. Así que si me disculpa, debe de acompañarme ante…

Aquel guardia como que parecía que quería que lo encontraran atado y amordazado en el interior de uno de los gigantescos jarrones en cuanta esquina del castillo se hallaban. Ya que había llegado tan lejos no se permitiría a sí misma ser detenida por un imbécil musculoso con piel de armadura. Sus puños y patadas no temblarían a la hora de dejarlo inconsciente. Nunca ante un hombre que también era un guerrero como ella. Pero… ¿Y a una pequeña ancianita pero con alto espíritu trabajador?

―Con que ahí estás, muchachita ―se le escuchó decir a una chillona voz desde lo alto de las escaleras. Voz que ya Xena había oído entre las mujeres que una hora atrás le estaban atendiendo―. Las otras chamacas y yo te hemos estado buscando por todo el castillo. Caray. Que susto me pegaste, capullito ―se le dirigía ahora dulcemente como si de una abuelita se tratase―. Ya yo andaba pensando que te me habían raptado por tu belleza. ¿Qué rayos andabas por aquí y con ese trapo sucio y cubeta en mano? ¡No más faltaba que te tengamos que bañar otra vez, niñata!

¿Eso nada más era lo que tenía que decirle? Como si ella fuese una pequeña niña que se escapaba de su arreglada para su boda y ella su dulce y encantadora nana. Había que ver entonces que la dichosa labor que iba a llevar acabo tenía que ser de importancia en aquella celebración.

―Eh, pues yo iba a limpiar y…

―¿Conoce a esta mujer?―irrumpió el guardia con la misma seriedad de cuando sorprendió a Xena. ¿No que debía de calmarse porque ya su divisada estaba bajo el cargo de trabajadoras del castillo? Na que va. Seguramente se comía por dentro al ser obligado a despedirse de sus planes. No más con saber que aquella sirvienta era nueva, y verle el cuerpazo y la belleza angelical de su rostro, era para alcanzar un sueño a lo alto. Y con tantas habitaciones…

―Pues claro que la conozco, soquete ―le insultó provocando una mueca de coraje ante aquel guardia que aunque no soportara aquella ancianita, tenía que atenerse a lo que le dijera puesto que como quien dice, había sido la que lactó y cambió los pañales del rey hacían ya varios y varios años―. ¿No ves que le estoy hablando?

―Entonces le voy a pedir el favor que no permita que se le vuelva a escapar. Y menos que ande por estas zonas.

Que mal, para el pobre guardia. Si pensaba adelantar el festejo de esa noche con la persona de Xena, pues como que se le aguaron los planes. Teniéndose que conformar solamente con lo que Xena daba a la luz. ¡Que daba! Una vez más se encontraba con un vestido que daba mucho a la imaginación. Otra vez sin la bata blanca interna. Diferenciándose del anterior en que era azul claro y el amarre con cordones en forma de "X" lo era sobre el pecho y no en los costados.

―Sí, sí, saco de músculos ―accedía a lo dicho la anciana cubriendo con un manto los hombros de Xena. Ella también había visto como el guardia le miraba―. Como tú y tu hombría quieran. Vamos, capullito. Que hay que vestirte. Vas a ser la sensación de la celebración. Ya lo verás. Sólo espero que sepas bailar, ¿sabes?

«¿Bailar», se repitió Xena entre sus pensamientos. Al parecer, para eso la estaban preparando. Para una demostración o algo así por el estilo. Bueno, bailar no se le daba mal. Como que en los rituales de las amazonas lo había tenido que hacer varias noches al mes. Y como que bien recordaba que muchísimas veces más en su primera vida. Ahora, había que ver que tipo de baile era. Como fuese, digamos que por unos momentos se sintió más tranquila. Ya andaba pensando ella que la estaban preparando así, junto con otras chicas más, para ofrecerla como platillos a los nobles que visitaran al rey esa noche y a éste mismo. Por eso sería que no dejaba de sonar sus nudillos. Tenía que ir preparando un buen puño desde ahora.

La tarde se encontraba totalmente avanzada. Pintando sus habituales matices rojo y naranja en el horizonte mientras que las ráfagas de una fría noche se mecían entre las ramas de los árboles del bosque. Los aldeanos que aún no terminaban con sus labores, les echaban carrera a sus piernas para poder llevar las últimas cargas de las mejores cosechas al interior del fuerte del castillo, en donde serían presentadas a la diosa Deméter y luego almacenadas y supuestamente resguardadas de posibles ataques o invasiones de hambrientas o arruinadas villas vecinas. Al mismo tiempo que el propio rey se lucraba con las ganancias que le podía sacar en gran partida a los frutos del arduo trabajo de otros.

¿Qué se le hacía? Así era la era feudal. O reinabas, o servías. A no ser claro, que tu vida fuera libre como la de un nómada. Como la de uno o como una vez lo fue la de dos que el tiempo aún no olvidaba. Dos valientes e inseparables amigas. Una morena y otra rubia. Aún parecía que se veían venir por el primer sendero en el que se le enfocase la vista. Aún hasta para un ocupado dios, cuyos recuerdos de ambas mujeres le invadían la memoria. Mujeres que por su bien, debían de continuar separadas. Cielos, y de cuando acá le invadía un sentir tan extraño como lo que ahora mismo sentía. «¿Sería esto lo que los humanos denominan como la nostalgia?», se preguntó. A buena hora le daba a él con tales estupideces ―a su pensar― y hasta adentros en la conciencia cuando justamente iba a hacer uso de sus artimañas y manipulaciones para volcarle el reino al monarca que pronto vería en persona. Tal vez Perséfone no se equivocaba y pasar tantas y tantas décadas en el mundo de los mortales le estaba sentando algo mal. Como que aunque no quisiese, sería mejor que visitara su monumental templo en el Olimpo. Al menos aunque fuese para organizar ideas.

Entre tanto si se decidía por reflexionar o no en las alturas, cuidar de sus asuntos en la tierra era una cosa no podía abandonar. Y si le sacaba el doble o más del provecho, pues mucho mejor. En la visita a ese reino como muestra. Por un lado, su Princesa Guerrera conseguía los pasaportes que le permitían una visita al inframundo, y por otro él obtenía más seguidores para incrementar las tropas de su ejército. Dado a que no se iba a ir de allí hasta que a la buena o a la mala, el rey de aquel reino le pusiera a su completa disposición todos los hombres de su aldea. Y si habían mujeres con carácter de amazonas, pues bienvenidas fuesen. Lo que importaba al fin y al cabo era, llenarse de más y más seguidores. Que cuando escucharan su nombre, tuvieran la imagen de un colosal ejército. Que todos aquellos que no hayan aceptado seguirle, que hayan preferido la sumisión y no la lucha, pues que murieran consientes de su error cometido. Igual o probablemente peor que aquellos que en vanamente levantaran una espada contra el dios de la guerra.

Para su visita y entrada al castillo, era que andaba de incógnito con su princesa. Por una parte le hubiese gustado que la pobre le pudiese haber acompañado, pero por otro se moría del deleite de ver su cara cuando le viera como lo que era, todo un poderoso dios, ante los ojos de un atónito rey y sus servidores. Si se miraba bien, como que se lo merecía y a fondo. Tanto gritoneo y manoteo hacia su ser cuando él lo único que trataba de hacer era complacerla. Según pensaba. Pues de acuerdo, lo estaba haciendo. Pero a su manera. Si ella quería algo, como ya se había dicho, pues que supiera lo que era trabajar para conseguirlo. Mientras que él se daba una majestuosa entrada en aquel castillo por toda y puerta principal, y ella se arrastraba por el piso como toda una sirvienta. Todo, hasta que la localización de los dichosos óbolos fuese obtenida. Cosa que cómo también había dicho, él se encargaría.

Ante tal próximo hecho a acontecer, ya se había preparado mental y físicamente para el seguro e inevitable berrinche que su princesa le armaría. ¡Es que vendería su divinidad si no avanzaba a ver la cara que ésta le pondría al verle! Sí, se iba asentir bastante gozoso con sus fruncidos gestos faciales. No obstante, una de las principales razones por la que separó los momentos y lugares en la entrada al castillo, era porque necesitaba que el rey le viera en todo momento desde su llegada y partida. Sino pensaría que en verdad fue él el culpable de la desaparición de sus preciados óbolos. En cierta medida, no que va, en total medida así iba a ser. Nada más que al encontrarse frente a las narices del rey en cada segundo, a éste se le haría difícil buscar una acusación con la cual achacarle su saqueo.

Quién pudiera leer todo análisis y cálculos en la mente del dios se preguntaría que por qué tanto drama en distanciar a su princesa. Ya habrían otras formas de hacerle pagar por sus rabietas. Y que uno o varios de sus hombres podían encargarse de dicha tarea. Más si se mira del mismo modo, se comprendería que tales hombres, no tenían la menor idea de por qué estaban allí. A última hora se enteraron de que su dios andaba en búsqueda de más guerreros. Pero lo que se tramaba él con Xena a parte, era una cosa de la que ni sabían, ni entendían y por su propio bien, que ni cuestionarían. Cuando su dios no comentaba algo a sus hombres, era porque de éstos de saberlo, al final tenía que matarlos. Los años a su servicio se lo habían demostrado.

Aparte de estas razones que ante cualquiera pudieran parecer la más grande de las excusa, ¿qué se cree?, había otra recién salida de la manga. Pues debido a que Grecia entera ya estaba al tanto de la resurrección de la antigua Destructora de las Naciones y de sus retornadas andadas con el dios de la guerra, ósea él mismo, como que no le iba a sentar muy bien que digamos en su plan de ganar hombres. Lo más seguro es que terminara haciendo todo lo contrario, que los espantara. Todos ya aseguraban, que donde el ponía un pie con su preciada guerrera, no era para estrechar las manos. Sino para derribarte a espadazos. Razón que todos daban por un hecho. Que para eso la había traído de vuelta a la vida. Para que liderara sus ejércitos sobre la tierra. Sin embargo, pocos conocían que había algo más. Algo que ni el propio dios quería aceptar.

Para su entrada al castillo, Ares ordenó que sus hombres, perfectamente presentables, se enfilaran en dos filas de ocho jinetes. Y que con escudo y espada en mano, tenían que protegerse pues no todos los días se veía semejante armada visitar al castillo y que se dirigieran a las puertas del fuerte. Todos tal y como Xena los había visto preparase, excepción que para un toque de misterio, sus rostros los llevaban cubierto con una capucha negra o vino dependiendo del juego a cómo iban vestidos ellos y hasta el manto del lomo de sus corceles marrones. Mientras que él, Ares se encargaría de ponerle a la escena un toque de dramatismo y por así decirlo, efectos especiales.

Cuando la vigilia de las altas torres del fuerte y del castillo les vieron aproximarse con rítmico trote y disciplina, los fuertes sonidos de alarma que producían los cuernos de toro al soplarse, retumbaron en toda la zona. Rápidamente los guardias externos e internos se alistaron en sus posiciones de defensa. Los aldeanos que iban de camino al castillo regresaron despavoridos a sus aldeas. Y los que de por sí ya se encontraban en el interior, no tuvieron que otra cosa hacer que correr igualmente despavoridos de un lado para otro a tiempo que los más sensatos, daban gracias que entre la protección de los muros sus vidas se encontrasen. Por algo se decían así mismo que tales edificaciones fueron construidas. Para su protección en momentos de invasión. Sí, claro. Lo que no sabían es que el rey también se encontraba preparado. Sí, preparado para abandonar el fuerte en cuanto sus muros no pudiesen contener a los enemigos. ¿Y a su pueblo? Pues que se los llevase el demonio.

―¡¿Quiénes son y de qué reino provienen?! ―gritó desde lo alto de una torre uno de los guardias del castillo en nombre de todos―. No queremos problemas. Por lo que si no han sido invitados a la celebración de hoy, marchaos de aquí en paz.

Los hombres de Ares se miraron como pudieron las caras bajo los oscuros mantos. Como que dándose señas sobre quién era el que iba a dirigir la palabra. Hasta que uno entre ellos contestó la formulada pregunta.

―¡Somos servidores de nuestra gran deidad y señor de la guerra, Ares! Proviniendo de la Tracia central. Del unificado pueblo de la nueva Aresia. ¡Y tenemos un mensaje que decirles a ustedes y a su rey!

Los que yacían alejados del fuerte, seguramente se debieron de preguntar por qué tantas contraídas miradas entre los guardias de las torres y los altos muros. Ni hablar de las que tuvieron que poner los que en el puro suelo y afueras de dicho fuerte se encontraban. Allí ante la fortificada y cerrada puerta de grueso y pesado madero que impedía la entrada. Ya que como bien se dijo, no todos los días se les presentaba una reluciente escolta como aquella y mucho menos anunciaba que venían en nombre d dios. Más extraño aun, que ese dios fuera el de la guerra. Precisamente el que andaba montando revuelos en toda Europa central. Invadiendo y destrozando todo cuanto a su paso estuviese con la ayuda de la que a la vida había devuelto. Y la que las de otros, iba a ir tomando. ¿A caso eran ellos un próximo pueblo a invadir? No se veía la legendaria guerrera por ningún lado. Probablemente podía estar escondida en espera de que cayeran en su trampa. Mira y que decir que venían en nombre de un dios. Si pensaban que con tales palabras los iban a llevar hasta la alcoba de su rey, estaban bien equivocados. Si a tanto dios decían servir, pues que se presentara entre ellos. Mientras, a ver qué dichoso mensaje tenían que decir.

―¡Les escuchamos! ―les dijo el mismo guardia respaldado por sus compañeros y con un poco de gracia provocada por ellos mismos. Habían realizado comentarios entre todos respecto lo dicho, a qué seguramente iban a terminar como el resto de las otras villas invadidas y saqueadas. Más luego comenzaron a reírse de ello. Pues hasta donde se sabía, el dios siempre hacia acto de presencia con su amante o revivida guerrera mortal, lo que fuese. Lo que ellos tenían frente a las puertas del reino no eran más que unos dieciséis hombres perfectamente alistados como si a un carnaval fuesen en vez de a una guerra. No, que va, si querían entrar, que su adorado dios fuese el que abriese las puertas. Porque ellos, no iban ni a molestar al rey con su presencia. O se iban, o los recogían muertos allí mismo.

―Primero déjenos pasar.

―Y nosotros hemos dicho que le escuchamos. No se está permitida la entrada a extraños vengan en nombre del dios que sea. O nos dicen que demonios quieren y se marchan, o se quedan aquí y esta noche usamos sus cuerpos como leña en la hoguera de tributos para Deméter.

―Ya hemos hablado. Nosotros estamos con Ares, y él con nosotros. Su mensaje desea ser emitido ante el monarca de este reino y no se nos está permitido mover un pie en retroceso hasta que ello se haya realizado.

―Pues lamentamos denegarle rotundamente tal osada petición. Si tanto quieren que se cumpla, que el propio Ares baje del Olimpo y les habrá una entrada a nuestro reino. Porque lo que respecta a nosotros, sobre nuestro cadáveres es que le permitiremos la entrada.

Un coro por parte de los guardias del castillo le siguió a las palabras de éste valiente o tondo compañero suyo que se atrevía a negar en nombre de todos la entrada a un dios del Olimpo. Escuchándose ecos como: Sí, sobre nuestros cadáveres ¡Lárguense! ¡Que baje Ares si tanto quieren entrar!

Ares, que invisible ante todos bien claro que escuchaba el diálogo de parte en parte, como dios que era se veía en la obligación de atender las peticiones de sus mortales en la tierra. Y si ésta indicaba que utilizara su poder para como bien acabaron de decir, hacer toda una entrada, pues así sería.

Una turquesa luz se encendió espontáneamente en lo alto del cielo, sobre las cabezas de los fieles seguidores del dios de la guerra y ante la mirada de unos atónicos espectadores de aquel pueblo feudal. La luz se fue intensificando hasta formar la silueta de lo que podía describirse como un cuerpo humano. De cuyos extendidos brazos brotaban a su vez otro tipo de energía. Una resplandeciente luminosidad naranja que se aglutinaba hasta formar unas esferas de fuego. Esferas que cuando alcanzaron un considerable tamaño, salieron expedidas contra el frente del fuerte del castillo. Exactamente ante la colosal compuerta que impedía el paso para los hombres del dios de la guerra. Causando una explosión y destrucción total como en todas otras. Derribando y incinerando el grueso madero de dicha compuerta, más llevándose consigo un tanto de los muros laterales que le sostenían y hasta una torre cercana con todo y vigilante a dentro. Casualmente la del guardia que había hablado en nombre de todos en el castillo.

―¡Nos atacan! ¡Rápido, a sus puestos de ofensiva! ¡Nos atacan con catapultas! ―se le escuchaba gritar a uno de los muchos que estando tras los muros del fuerte, no había alcanzado a ver el origen de la explosión.

―¡No! ¡Es Ares! ¡Por el Olimpo! ¡Es el señor de la guerra! ¡Aquí, en nuestro pueblo! ―anunciaba uno que claramente veía como la elevada figura luminosa de los aires, descendía frente a su colisionada entrada y se materializaba como la figura de todo un dios. Co sus orbes ardientes por la furia al igual que sus palmas lista para el lanzamiento de otras esferas de fuego.

Reconociendo semejante deidad caída del cielo, los temerosos guardias y aldeanos en el interior del fuerte cayeron de rodillas por obra del espanto y la angustia. Permaneciendo así completamente agachados, con el rostro en contacto con el polvoriento suelo y una temblorosa columna que claro dejaba saber que para nada de bien que la estaban pasando. A diferencia de éstos, los que podían describirse en cierto modo como más listos, salieron en estampida hacia el interior del castillo olvidándose de todo protocolo real. Entrando ya sea por las puertas inferiores y laterales para los sirvientes, por la principal y real para el rey, nobles y fieles de alto rango, o hasta por las mismas ventanas.

Con esta escena, los encapuchados hombres de Ares se morían de la risa por el dramita causado. En su vida habían visto a guerreros caer de rodillas ante un primer y simple ataque o correr despavoridos como si guineas de corral fuesen en medio de la llegada de algún hambriento can. Tan era así, que todavía era la hora que algunos seguían corriendo por sus miserables vidas.

―Os parece que ahora sí se les va a permitir el paso, muchachos ―habló un Ares poniendo un pie delante del otro para penetrar el fuerte del castillo a tiempo que sus hombres le seguían detrás en medio de la espesa levantada nube de humo y polvo.

En no que esto sucedía en las afueras, en el interior del castillo no había quedado sirvienta creyente de aquel dios olímpico que se hubiese tirado al suelo para dedicarle cuanto rezo en su nombre se hubiese aprendido de niña y cuanto estuviese inventando allí mismo. Esto para las que se acaban de enterar del autor de aquel ataque, y para las que aun no, pues también. El creer que todo era producto de saqueadores te llevaba al mismo fin, al dios de la guerra. Al que desesperadamente se le pedía que amenguara su furia contra ellos o que al menos se pusiera de su parte. Como fuese, igual le estaban rezando. Y Ares les escuchaba. Sonriendo plenamente pues desde que ocurrió el Ocaso de los Dioses, como que la fama olímpica había disminuido. Incluyéndose la de él. A quién le gustase o no, tenía que adoptar otras representaciones o posarse sobre otros tipos de pensamientos para poder seguir en pie. Cada día de cada año de todo aquel siglo en el que la humanidad había volcado la tierra patas arriba.

Entre estas atemorizadas mujeres que no dejaban de brindar uno y mil rezos así las matasen allí mismo, se encontraban las que habían sido preparadas junto a Xena, que observando cómo podía entre una ventana, se cuestionaba con los ojos como platos si Ares, al fin había traspasado la línea que separada la cordura de la locura.

―¡Échale para acá, capullito! ―le hizo sacar un hipido de sorpresa la ya mencionada anciana a una expectante de Xena―. Que a las rosas como tú son a las primeras que se llevan los saqueadores.

Esa viejecita ya le estaba sacando de sus casillas. Una cosa era que no le adelantara el corto tramo que le faltaba hacia el mundo de Hades, mas que se dejara llevar de aquí para allá con eso de su preparación para la ceremonia (puesto que tras una idea y cambio de planes vio que le era conveniente para acercarse al rey); y otra cosa lo era que se creyera que era su madre. A no ser que estuviese defendiendo su trabajo y con ello su propia vida. Bien claro había notado el entusiasmo con el que la recibieron ella y las otras mujeres. Como diciendo: ¡Bendita sea Afrodita que nos puso a semejante flor en nuestro camino! Ya que con lo también notado, pues como que no les iba a ir muy bien que digamos si no tenían listas a unas quince hermosas bailarinas para ese día.

―No se trata de ningunos saqueadores ―cuchicheó a lo bajo una de las futuras bailarinas de aquella interrumpida celebración―. Se trata del dios de la guerra, de Ares ―nombró como si después de ello cayese muerta allí mismo.

―¡Por Gea, la madre de todo! ―La pobre anciana se espantó―. Por eso dije que no usaran el color de la sangre en esta ceremonia de hoy, atrae la guerra y proclama la muerte. ¡Oh capullito, y como has sido tú la última en llegar, te ha tocado tal color! ―lloriqueaba la vieja como si el fin del mundo hubiese llegado.

Al lado de la anciana, Xena no podía hacer otra cosa que virar los ojos y pensar en cómo mataría a Ares cuando le viese, por todo lo que estaba teniendo que soportar. De pronto se le ocurrió la idea de que todo aquello podía ser una distracción del propio Ares en no que ella se dedicaba a buscar con más libertad los benditos óbolos que ya comenzaban a fastidiarle en la cabeza. Poniéndose de pie y lanzándose a toda carrera por los corredores que ya conocía. Dejando atrás a una infartada anciana que no dejaba de gritarle para que regresara. Acción que por nada haría. Ya casi estaba cerca de los pisos superiores. Nada más faltaban un par de escaleras más, y dentro de poco se vería así misma en la habitación del rey.

Entre empujones y saltos, pudo alcanzar al fin las escaleras del quinto piso. Las cuales subió como si la muerte estuviese detrás de ella. Topándose con un lujoso corredor a la redonda en medio de la alta torre en donde dicho piso se hallaba. En definitiva que la habitación del monarca tenía que ser la que estaba al frente a las escaleras. La fina y barnizada madera de roble de las puertas hablaban por si sola. Y los símbolos reales, ni se diga. O era ahora, o nunca. Pero cuando fue a girar la manija, unas apresuradas y jadeantes voces le impidieron proseguir con la entrada. Debía tratarse del rey y alguno de sus súbditos que iban en salida. Efectivamente, éste salió en compañía de angustiados fieles y del general que la había llevado hasta allí a toda prisa. Tanto, que ni le vieron pegada contra la pared cuando con apuro salieron y descendieron por los escalones. Bueno, pues mejor así. De seguro iba a escapar o intentar hacer un trato con el dios de la guerra. Lo que fuese, le daba igual. Ella estaría muy ocupada husmeando en su habitación como para prestar atención a ello.

Y mientras la guerrera hacía una inspección de principio a confín en la aquella habitación, el dueño de ésta que se presentaba con el corazón en la boca y rodeado de pies a cabeza por hombres armados a un orgulloso dios que le había mandado a llamar y que le esperaba tranquilamente frente al castillo. Y dígase tranquilamente a que se encontraba de brazos cruzados y con ojos puestos sobre el alto cielo. Viendo los primeros cuerpos celestes que se iban presentando. Porque la otra parte de su cabeza, la tenía ocupada en el control de todas las centenares de armas que levitaba en los aires. Todas apuntando contra el primer mortal que fuera lo suficientemente estúpido como para atreverse a atacarle. Valiéndole a todos que ni intentaran moverse. Valiéndole de igual modo al propio dios que no había venido allí para exterminar hombres, sino para sumarlos a sus fuerzas.

―Alteza real, déjeme decirle que esperaba más de sus hombres ―se le dirigió Ares en cuanto dedujo que aquel rey no iba a soltar palabra después de verle.

―¡Ares! Errr... Errr… ¿Eres tú, dios de la guerra? ―inquirió entrecortadamente un rey con mano sobre su garganta.

―¿Necesitas otra demostración para confirmarlo?

Las caras de los guardias y guerreros de aquel reino, se centralizaron en la de su "querido" rey esperando una absoluta negativa. Que dijese que tal cosa no era necesario. Pobre si pensaba que iban a batallarse contra el propio dios de la guerra. De esa, que se fuera despidiendo de sus "fieles" súbditos.

―No, no, para nada ―articuló con nerviosismo el monarca―. Solamente decía que… Eh… ¿Qué qué se le ofrecía a una deidad como usted? ―intentó parecer más amistoso. Que mal le salía. Y a su edad, con unos mismos cincuenta años, peor todavía.

Ares suspiró. A gran cosa le venía a pedir seguidores. Si no fuera porque hace poco había ideado uno más dentro de los numerosos planes que ya de por si tenía, hubiese realizado toda una verdadera invasión en aquel reino llevándose a aquellos hombres y mujeres que si le podían servir en su ejército. Necesitando con vida al rey que como marioneta le ayudaría en su meta de terminar por llevar al último soplo de su existencia, a su familia de dioses. Ya Xena los había debilitado grandemente en el pasado cuando les dio muerte a su entidad corpórea. Desmaterializándolos por unas buenas décadas que resultaron las más tranquilas para él. Ahora, el golpe final, tenía que ser que la humanidad los despreciara. Y los empujara hacia el abismo del olvido. Lo peor que la muerte. La desaparición.

―Nada grande. Pero primero, me invitas a tu celebración, o me dejarás aquí como perro sarnoso al que no se le permite el paso.

Nada de nada. Si los dos óbolos se encontraban en la habitación del rey, tenían que estar sepultados bajo las pesadas y compactas lozas de piedra del piso, tras los ladrillos de igual material de los muros o hasta en el mismo techo. Porque lo que respectaba a todo lo demás, ya había buscado. Entre cada jarrón, entre los cofres de las joyas del rey. Entre sus lujosas túnicas y demás ropas. En las gavetas de cada mesa. Dentro de sus cojines de pluma y en su colchón de lana. Los cuales supo averiar disimuladamente. De forma que pasaran por intactos a no ser que descubrieran los forros que tenían. Siendo eso la parte que más tiempo le tomó. No era conveniente que en esa misma noche se enteraran que había un ladrón por el palacio.

Resignada a que nada podría seguir haciendo en la habitación del rey, Xena la abandonó con planes de dirigirse a otras adyacentes. Más cuando fue de puerta en puerta, se topaba con recámaras que ni siquiera tenían las puertas aseguradas más estaban casi vacías. Una cama con algún ropero en la esquina. Era como si el rey hubiese querido borrar todo recuerdo de las antiguos familiares que habitaron en aquel palacio años atrás. Presintiendo que allí nada tan poco encontraría, se decidió por descender al cuarto piso en donde sucedió prácticamente lo mismo. Bueno, entre el apuro y a desesperación pues como que ya no buscaba tan bien que digamos. Más cuando tenía el presentimiento de que allí nada encontraría. Siendo al parecer habitaciones también de uno que otro familiar extinto y ahora ocupadas por hombres allegados como el propio general, al juzgar por la abundante cantidad de armas y títulos en batalla. Y también, según lo visto, por las consortes del rey. Las piezas de fémina ropa tiradas sobre una revolcada cama, los pétalos de rosas secos por esta misma y piso mas las velas e inciensos; no daban en qué otra cosa pensar.

«Oh, maldición», se quejó. Si en esos pisos nada había, pues tenía que seguir descendiendo. «¿Habrá algo en el tercero?», se preguntó. Por lo que pudo ver de paso ahí lo que estaba era una gran biblioteca, que como en todas, cientos de libros tenía junto con antiguas reliquias que le decoraban. A los lados de ésta, pues salas de reuniones o lo que fuesen. «¡Rayos!», se quejó una vez más. Pensando en que cuándo Ares se decidiría por sacarle de la cabeza al rey la localización de aquellos óbolos. Y trayendo a sus pensamientos a tal dios de la guerra, ¿qué demonios estaba haciendo que tanto se tardaba en unirse con ella? O tan siquiera verificar cómo iban las cosas. ¡Como todavía estuviese perdiendo el tiempo atemorizando a los aldeanos… Con eso iba a saber lo que realmente era el verdadero temor. Aunque, ¿y si era que ya sabía? Esperando que ella fuese la que se le dignara en aparecer. No que va, eso el mismo lo podía hacer por su cuenta. Presentársele. Además, lo había dicho bien claro. Entonces, cuál era la demora de tan si quiera al menos decirle cómo iban las cosas.

Entre si continuar con la búsqueda o ver que sucedía, Xena se quedó pensativa por unos momentos en el tercer piso. Agachando la mirada a cuanto ajetreado sirviente le pasaba por el lado o disimulando con lo primero que se le ocurriese ante los guardias con los que se topaba. En ese piso ya casi ni le interrumpían su andada siendo este comúnmente transitado por la mayoría de los habitantes y servidores en el castillo. Dejando saber, que la guerrera una vez más llevaba consigo una túnica y manto de un tono cremoso que le cubría las fachas con las que se hallaba vestida. Obtenido por supuesto de una de esas tantas habitaciones en las que husmeó. Pero aún con todo y eso, no faltó mucho para que fuese descubierta. Como una de las bailarinas, claro. Si llegase a ser por quien realmente era, pues como que lo próximo que aconteció no existiría.

―¡Ya era hora que aparecieras! ―reclamó una de las mujeres con las que participaría en la celebración. Otra bailarina―. No hemos podido comenzar sin ti. ¿En dónde estabas? No nos van a pagar ni mucho menos dar de comer si no entretenemos a los hombres de este lugar por unas buenas horas ―prevenía la joven muchacha tirando de un brazo a una Xena que no cooperaba con su pesado paso.

―Oye, espera. A mí tu no me obligas a nada ―se quiso zafar la guerrera estando en medio del enfado de verse interrumpida en su trabajo de husmear―.

―¿Qué dices? ¿Quieres que nos corten la cabeza a todas? Se nos ha pedido que demos lo mejor que tengamos. El rey lo ha exigido así para el dios Ares. Se quiere que salga a gusto de éste reino y no con las manos llenas de nuestra sangre.

Perfecto. Ahora Ares tenía a todos en aquel castillo con los nervios de punta. Teniendo ella que tolerar un par de estupideces más, producto de lo que fuese que ahora estuviese planeando con tal de continuar con el papel en el que se había metido para la obra de esa noche.

Paciencia, algo que la antigua Xena aprendió a manejar para obtener lo que deseaba. Pamplinas, que se lo dijeran a la segunda a ver si en tanto cierto era. La infortunada ahora se encontraba en medio de catorces nerviosas mujeres con seductoras ropas de bailarina al estilo árabe en espera de que su turno a participar en la ceremonia fuese anunciando. Mientras, tenían que esperar al margen de las cortinas del arco de una puerta que daba al gran patio interno del castillo. En donde la mitad de los aldeanos, los de mediana clase por así decirlo, tenía el privilegio de asistir y demostrar su fidelidad y respetos a un rey que se sentaría en lo alto de de un decorado balcón. Con rojas y doradas cortinas, y guardias a cada lado de las dos laterales escaleras que daban el alcance.

La ceremonia se suponía que desde hacía más de dos horas ya hubiese empezado. Con todo eso de la aparición sorpresiva e infartante del dios de la guerra, los que estaban ahí, seguían estando porque no se atrevían a moverse. Y los que no se encontraban, pues no llegaban por algo similar. Añadiendo que el propio rey había pedido que aguardasen hasta nuevas órdenes de su parte. Tener la visita inesperada de un dios era algo a lo que jamás se habían preparado. Y como rey que era, tenía que dar la cara en nombre del pueblo. Le gustase o no. Más cuando tal dios visitaba su reino para hablar con él específicamente.

―Sé perfectamente cuán corta es la vida de los mortales, así que seré lo más breve posible ―se le dirigió Ares al rey en medio de una entablada conversación luego de que dicho monarca lo adentrase en su castillo.

―Le escucho perfectamente, señor ―atinó con contenidos nervios tal rey ante un dios a su frente con toda la naturalidad de un propio humano.

El rey, en su desespero por tratar a Ares como lo que era, como un dios, lo había conducido en medio de dos hileras de agachados guardias hasta la entrada del castillo. De donde luego lo invitó al aristocrático recibidor o sala de visitas para nobles. Eran tantos los nervios, que hasta una copa del más costoso vino y unos deliciosos manjares le había ofrecido. Sintiéndose completamente estúpido pues lo más seguro era que como deidad que era, no necesitaba de alimentos humanos para subsistir. Mas cuando sus cayados sirvientes se los ofrecieron a gachas, y éste los engulló y demostró deleite por el sabor, pues se sintió más tranquilo.

―He venido a proponerte dos cosas ―informó Ares que entre señas pedía que le llenaran de nuevo su copa mientras tomaba asiento en la elaborada y fina silla que al rey le pertenecía. Ahí detrás del escritorio de pulida y barnizada madera en donde pasaba las horas firmando pergaminos o leyendo cartas―. La primera ―prosiguió al trepar sus piernas sobre descrita mesa―, es que pongas a tus tropas armadas y cada uno de los hombres y mujeres que quieran sumarse, al servicio del poderoso ejército que dentro de poco, tendré completamente formado.

El rey, parado mojigatamente en medio de aquella sala, abrió y entrecerró su boca sin decidirse por palabras. Aquel dios que deliberadamente se encontraba ocupando su silla real, ¿le estaba diciendo que le cediera sus hombres y con ello, toda su armada, las defensivas y ofensivas de su reino, para que le sirvieran a él, en sus caprichos divinos? Tenía que ser un sueño. No, una pesadilla. Es qué no podía hacer semejante obsequio en no plateada, sino dorada bandeja. ¿En donde quedaban entonces su reino? No podía quedarse desprotegido. Además estaba el tratado que tenía con los romanos. Si se enteraban que estaba participando en movimientos revolucionarios en contra del imperio, de seguro sería el fin de su reino y de su vida. Porque sí, bien claro se rumoraba que Roma sería la primera en ser atacada por los seguidores de Ares.

―¿Qué le ceda a mis tropas, señor? ―se negaba a creerlo y menos a aceptarlo un perplejo rey.

―Como lo ha escuchado. Necesito formar el ejército de la historia ―dramatizó Ares con todo y brazos extendidos.

―Pero, es que… Señor, Ares… Mi reino es neutral. No forma alianzas en contra de otras tierras o reinos. Simplemente mantiene tratados de paz y…

―No es una obligación que acepte. Para eso también ofrezco la segunda opción. Niégate, y cae. Así de sencillo.

―Señor ―se espantó un boquiabierto rey. Que desde un principio debió de haber entendido que con el dios de la guerra no hay paz que valga.

―Usted decide, alteza. O se une a mis seguidores, o firma su condena bajo las espadas de éstos. Yo no creo en la neutralidad. Para mí, o estás de un lado o estás de otro. Pero nunca a favor de ambos. Por favor, así nunca se gana nada ―opinó tras levantarse del asiento en el que se encontraba, y encamisarse orgullosamente frente a un espejo a mirarse y ante a la inseparable mirada de un rey que si no se apresuraba a complacer a aquella deidad, no encontraría ni quien lo enterrara para la mañana siguiente.

Ares, que ignoraba por voluntad propia lo que pudiese estar pensando el rey sobre él, se movía con total libertad y confianza por aquella sala. Tomando uno que otro bocadillo de las bandejas que sostenían aquellos sirvientes que poco les faltaba para parecer estatuas.

―Tú decides, altecita ―le presionó midiéndose frente al mencionado espejo una capa roja con estola en piel blanca moteada de negro―. Pero date prisa que aunque yo tenga todo el tiempo del mundo, mis hombres envejecen y mueren obligándome a reclutar nuevos. Tal y como lo estoy haciendo ahora ―le dijo al dedicarle una mirada a través del espejo y fijarse en su dorada corona con rubíes y topacios incrustados.

―¿Y qué será de mi reino entonces? Va a quedar desprotegi… Desprotegido ―expresó cortándose al final en cuanto un divertido de Ares le quitó su corona y se la puso sobre su cabeza regresando de vuelta al espejo.

―Creo que no me veo tan mal ―se habló para sí sin separar sus ojos de su reflejo igual que el vanidoso de Narciso―. ¿Qué decías? ―regresó su atención ante el rey.

―Que… Que… Mi reino, señor ―murmuró el pobre rey que no se imaginaba que un dios podía actuar de aquella forma tan… humana. Jamás había visto a un dios en persona pero con lo que se contaba, se decía que en sus apariciones éstos se mostraban serenos, inmutables y distanciados.

―Si eso es tu preocupación, no llores. Que no me llevaré a todos tus hombres. No hasta que brote la semilla de la guerra que he plantado en estas tierras. Digamos que sólo me enviarás por el momento a una cuarta parte que se sume a los que de por si ya tengo, y se vaya familiarizando con los entrenamientos y la forma en la que se mueven las cosas. ¿Ves, que no soy tan cruel como dicen? Además, tal vez ni estés vivo para cuando dicha guerra inicie. Mas si asegurarás el tiempo que te quede. Estando de mi lado, mis tropas no te atacarán, pero en contra... No aseguro nada. Y como ya te dije, yo nada más ando en busca de territorios que se me unan. Tengo toda una vida eterna para buscar y remplazar a los elementos mortales.

Siendo así la cosa, pues como que no resultaba tan fuerte que digamos. Es más, hasta aseguraba y protegía a su pueblo por un lado. Bueno, a él mismo. Aliándose con el dios de la guerra, no existirían batallas perdidas o ataques enemigos que no venciera. Y todo, mientras lo que de vida le quedase. No sonaba tan mal si le ponía atención. ¿Cómo era que había querido negarse?

―Poniéndolo de ese modo, señor, pues sería considerable que aceptara ―habló con algo de parsimonia y un ojo entrecerrado el viejo rey.

―Y eso que no te he hablando de las ganancias que obtendrías. No dejaremos perder nada de valor en todos los saqueos que se realicen. Si los soldados obtendrán riquezas, ni hablar de lo que obtendría un rey ―hacía uso de su especialidad, la manipulación, un Ares ante un imbécil monarca como el que tenía delante. Al fin y al cabo, lo que importaba de él era los guerreros que le dispondría. Y aunque no eran tan numerosos y ágiles como los que esperaba conseguir en Esparta, uno más era uno más.

―¿Riquezas? ―casi se ahoga al pronunciar tal palabra.

―Riquezas, oro, tierras, poder, gloria. Estamos hablando de lo que Roma posee.

Imágenes mentales de todo lo dicho por el dios le pasaron por la cabeza a aquel rey cuyas venas se comenzaban a infectar por la avaricia. Un Ares, que lo sabía, sonreía al ver que fácil caían los humanos y cuán débiles eran ante lo material. ¿Dónde se hallaba esa alma humana de la que hasta los mismos dioses hablan?

―Ares…

―Espero una inteligente decisión.

―Acepto ―accedió el rey con un recién plantado júbilo en su cara a tiempo que le tendía la mano al dios preguntándose luego si tal cosa estaba bien o si se podía hacer.

―Excelente decisión ―le apremió el dios que correspondía al estrechamiento. Tacto en el que se confirmaba el trato con una resplandeciente luz entre ambas manos. Misma luz, que por unos intervalos de segundos, se vislumbró entre los ojos de cada uno de los guerreros de aquel castillo. Mientras que un Ares se decía para sí, «Ya son míos»―. Y bien, ¿podríamos pasar a la ceremonia de esta noche? ―Le hizo regresar en sí a un rey que se había quedado atontado en medio del pacto―. Me gustaría conocer y tratar con el pueblo que me servirá de ahora en adelante.

―Sí, claro. Como no. Pediré que le otorguen el mejor espacio para…

―No es necesario, con el tuyo me basta ―le ante dijo devolviéndole su dorada corona.

Lo veía, lo estaba viendo desde hacía rato. Sentado en el trono del rey de aquel reino mientras que el monarca se veía como un bufón a su lado. Vestido con los atavíos de todo un fanfarrón. Muy similar a sus soldados pero sin las armaduras de éstos. No las necesitaba. Ahí con una ropa de cuero tintado de negro, común en él, pero con acompañamientos vinos y rojos. Con todo y una capa de los mismos tonos. Negra por fuera, y vino en la parte interna. Y como si fuera poco, una tremenda corona que casi se hacía pasar por casco se posaba en su cabeza. Hecha desde luego de algún rojizo y extraño metal que sólo él sabía de dónde lo había sacado. Mismo elemento que componían los brazaletes que puestos llevaba. «¿Qué demonios haces ahí tan pavoneado?», se cuestionó con sumo coraje la guerrera. Con toda razón. Ni Afrodita ni Hera se embelecaban tanto para una fiesta. Fiesta, que por lo visto, la estaba pasando en grande. Se notaba que desde que la ceremonia había comenzado bajo la presión de tener a un dios como espectador, sirvientes y presentadores estaban dando hasta el alma con tal de que todo quedara a gusto para el dios. El rey, pues se podía ir por un tubo en esos momentos. El único que lanzaba esferas de fuego ahí era Ares, así que con ése era que se tenía que tener uno e infinitos respetos. Más cuando se había regado la voz de qué todo el pueblo pasaría a servirle.

―De ésta como mínimo nos convertiremos en sus mascotas sino fallamos en nada ―murmuró una bailarina a una de sus compañeras. Ganando la atención de Xena, que cerrando las cortinas, se encaminó hacia ambas―. No sé qué haré si fallo en el acto con el fuego. Aun no estoy tan diestra. De seguro que ordenarán mi ejecución si no me la adelanta nuestro señor de la guerra con una de esas esferas de fuego.

―Déjate de estar comiéndote las uñas por el miedo. Basta con que bailemos al son de cada nota y nos ganemos aprobadoras miradas por el público.

―¡Casi nada! Y que luego de hacer un pacto con nuestro rey, el dios haya pedido vernos como sus nuevos devotos, no significa nada.

«Con que un pacto con el rey», se dijo Xena así misma sin despegar los labios. Descubriendo al fin lo que le ocultaba Ares. De eso también se trataba el viaje. Para eso se había inventado todo ese drama de no poder acompañarle, porque tenía planeado dialogar con el rey en persona y como quién era. Para eso había entrado él por la puerta grande y ella por la misma que usaban sirvientes y cucarachas. «¡Qué bonito!», expresó con puro sarcasmo sin poder abrir la boca para gritárselo desde las cortinas a un prepotente de Ares. Comenzando ya hasta reírse de ello.

―¡Tú sólo preocúpate que después de la ceremonia no te toque un asqueroso hombre con el que pasar lo que quede de noche! Todos siempre andan detrás de la sobras del rey. El primero que escoge a una o las que quiera de nosotras. Aunque si te digo algo, la paga que te deja en la cama no viene nada mal ―se carcajeaba de la risa la segura bailarina. Dispuesta a dar lo mejor de sí le presenciase quien le presenciase.

Xena que la escuchó claramente, sintió como una idea le impactaba contra su cabeza. Si Ares no acababa por sacarle de la mente la localización de los dos óbolos al rey, ella lo haría a través de sus más grandes y antiguas manipulaciones. La seducción.

―Así que para eso ha venido el dios a este pueblo ―intervino en la conversación de aquellas dos mujeres una calculadora de Xena―. En busca de más súbditos y seguidores para su trastornada adoración.

―En realidad vino en busca de guerreros para un ejército que está formando ―creyó corregirle la confiada bailarina―. Estás bien naca si con todo el escándalo formado aún no te has enterado. El rey lo anunció en un corto discurso al pueblo hace unas horas. Si estuvieses con nosotras ten por seguro que estarías al tanto de eso y de los pasos de bailes que hemos ensayado. No sé qué te harás cuando empiece nuestro acto. Con esa cara tan "bonita", no creo que tengas pinta de dominar movimientos con espadas o encendidas antorchas. Yo que tú me iría despidiendo de este trabajo, ¿sabes? Digo, si sales con cabeza de este castillo mañana por la mañana.

«¿Y a ésta, que mosco le picó?», quiso saber Xena. Sentía que la estaba mirando por encima del hombro desde que la anciana la presentó ante todas, pero nunca se imaginó que fuese porque le sintiera envidia. ¿De su belleza había dicho? Pobre, en vez de envidiar la ajena debía mejor dedicarse a conservar la suya.

―Muchas gracias por la información, querida. ―Fue lo único que le dijo la guerrera con una media sonrisa antes de alejarse nuevamente de ahí provocándole otro infarto a la anciana que las guiaba con eso de escaparse de nuevo y regresar sabrá Cronos cuando.

Tomando nuevamente el anterior manto color crema, la guerrera se dirigió cubierta hasta el centro de ceremonia con éste hasta las narices. Puesto que su melena la tapaba uno más pequeño color blanco. Pasando entre sirvientes que otorgaban alimentos sobre sus bandejas, le arrebató una de estas al primer despistado con el que se cruzó, y se dirigió a apresurados pasos hacia una de las laterales escaleras que daban al trono donde rey y dios yacían como si se conociesen de antaño. Pasando primero entre aldeanos apilados en bancos o el mismo suelo, subiendo por un piso más elevado de adoquines en donde se estaba presentando el primer acto de apertura en la celebración, con unos músicos y unos hombres con diversos trucos de espadas, cuchillas, puñales y flechas. Negándole los bocadillos llevados a los nobles de más adelante en cómodas sillas y vistas excelentes en reservados espacios, llegando al fin ante las custodiadas escaleras que permitían el acceso hacia el balcón a un piso y medio de altura.

―Regrese por donde vino ―le impidió el paso un guardia a la guerrera―. El rey y nuestra deidad ya tienen sirvientes que les atiendan.

―Quítate de mi camino, idiota ―le estrujó entre dientes una Xena que sin que el guardia se lo esperara, le había dado un puñetazo oculto bajo la tela de su manto.

De tres en tres escalones la guerrera llegó en un parpadeo ante aquel lujoso balcón. E ignorando las sorpresivas miradas de los sirvientes y más guardias que allí se hallaban, se acercó ante una entretenida deidad de Ares que apenas le sintió llegar. Arrodillándose a su lado y tendiéndole la bandeja sin aún mirarle a los ojos.

―Pero que atrevimientos es éste ―se esperó lo peor el rey―. ¡Guardias, guardias! ¿Cómo osa esta mujer acercársele así al dios de la gue…

―Tranquilos, tranquilos. Nada más ha venido a darme estos esquicitos bocadillos de…

Ares casi se atraganta cuando masticaba uno. Xena, comprobaba al fin que sí, que los dioses sí podían atragantarse cuando se topaban con algo inesperado. En ese caso, ella. El dios casi escupe su tráquea cuando vio aquellos penetrantes ojos azules sobre los suyos. «¡Maldición!», se dijo. Con toda la diversión se le había pasado avisarle a su princesa. Bueno, no era que le preocupara tanto el no hacerlo a tiempo. Solamente que aquellos penetrantes ojos se le estaban clavando como estacas en la piel sino decía algo que le calmase. Lo lindo era que ahí no podía. Todos se les habían quedado mirando. Más cuando dejó escapar un chillido de dolor a causa de que su preciada guerrera le hincara con un puñal en plena bota. Traspasando y llegando hasta su carne. Acto pasado de vista gracias a que el manto de Xena, cubría esa área.

En verdad que tenía que decirle algo antes de que el filo cortante de aquel puñal siguiera subiendo. Ya lo sentía por su pantorrilla, ahora entre sus piernas… «Olimpo que no acabas de desmoronarte y caer en picada, ¿cómo era que no ven lo que me hace?», buscaba explicación en su interior. Reparando entonces en que la bandeja puesta sobre sus piernas cubría todo. Bien, tendría que adentrarse en su mente, y hablarle telepáticamente. Como que la guerrera llevaba rato esperando que eso hiciese.

Pero que rayos haces, Xena. Si llegan a reconocerte creerán que he venido hasta aquí sólo para invadir el reino.

¡Al diablo con lo que piensen o dejen de pensar, Ares! ―se le dirigía agitadamente una guerrera que ya se tiraba de sus cabellos. Todo en el interior de su mente claro. Pero igual se sentía como si fuese real. Y curiosamente aún tenía el puñal en sus manos. Sabía que en la imaginación menos aun podía matar a Ares, más al menos se desquitaba un poco con intentarlo.

Eh, Xena, calma…

¡¿Ya sabes dónde demonios oculta el rey los malditos óbolos?!

Justamente estaba en eso, princesa. Pero llegaste y me…

¿Así?

Xena se echó a reír. El lugar imaginario que el dios le proyectaba era exactamente al real en el que estaban. A excepción de que se encontraba completamente vacío. Ni el rey estaba sobre su asiento. Xena, sintiéndose libre de hacer lo que fuese dentro de su cabeza, se sentó de costado en tal trono.

Pues fíjate que justamente también yo andaba en otra cosa.

¿Qué dices?

Como que añadir y sacar nuevos planes de bajo de la mesa está de moda, yo no pienso quedarme atrás.

Xena… No compliques las cosas, ¿quieres? Yo sólo estoy ganando confianza ante el rey. Para así poder…

―No te preocupes, Ares. Tú sigue con lo tuyo. Que yo seguiré con lo mío. ―Y dicho esto, la guerrera cerró su mente ante el dios, regresando nuevamente a la realidad y dándose cuenta que el tiempo no había pasado en ésta. Era como si se hubiese quedado frisado en espera de que ella abriera los ojos. O eso parecía. Cosa, que cuando hizo, los utilizó para dedicarle una fulminante mirada al dios de la guerra. Poniéndose de pie, tomó bruscamente la bandeja de las piernas de éste. Viendo entonces una taza con una humeante salsa para mojar los panecillos que cargaba. Una sonrisita se pintó en sus finos labios, y sin darle paso de prevenida al dios, la volcó en su entrepierna.

―¡¿Pero es ésta mujer una inepta?! ―se escandalizó el rey―. Guardias, llévenla a las mazmorras y…

―No, no, no. No se preocupe ―articulaba con roja cara un Ares que acababa de tener un encuentro con un poco del dolor que tuvo que haber sentido Urano cuando su propio hijo Cronos lo castró para que no le diera hermanos rivales―. Soy un dios, nada de dolor siento ―mintió recuperando una tranquila pose sobre su asiento.

Una orden de un dios, era una orden de un dios. Aquella sirvienta se había salvado de milagro. Marchándose en paz por donde había venido. Dejando a tal dios con la incógnita de qué diantres tramaba ahora su más grande tesoro. No pudiéndose decir lo mismo sobre él. Ya su plan personal estaba hecho y confirmado. Ahora tenía que cumplir con lo que había prometido, conseguir aquellos óbolos. Si tan sólo no estuviesen en aquella maldita caja, pudiese acercarse más a los interiores del castillo y dar con ellos. Pero no, si daba con ésta, todo el castillo entero se preguntaría si una estrella calló en alguna torre. Porque la luz irradiada, sería cegadora. En adición, como se había dicho. No podía hacer que por ninguna razón el rey desconfiara de él o tuviera motivos para acusarle. No es que iba a perder su inmortalidad por ello, nada más que no estaba para demostrar su otra cara. Sin divagar en que tal culpa la tenía planeada para alguien más. Sólo esperaba a que se presentara. Entre tanto, más le valía ir buscando la forma de sacarle la información al rey que tenía a su lado.

Para cuando la primera presentación de apertura hubo terminado, una segunda pasó a tomar su lugar. La oficial entre todas. La bendición de las cosechas obtenidas en ese año. El agradecimiento a la madre Tierra. En ello, unas doncellas se presentaron vestidas de blanco, con coronas de flores en la cabeza y ramos en sus manos. Era como si estuviesen personificando a la deidad de Perséfone mientras que músicos con liras y flautas les entonaban músicas de fondo a sus danzas concentradas alrededor de la pila de alimentos vegetales. Arrojando flores por dondequiera y cantando agudos himnos escritos por bardos. Una completa flojera si se es alguien que comparte el mismo modo de pensar que cierto dios de la guerra. Cuyo acto con las espadas le parecía más admirable que las florecitas al aire.

Después de la danza con todo e himnos por parte de aquellas doncellas completamente aburridas para Ares, y para unos tantos más que se reservaron el comentario, el único bardo que se encontraba en ese pueblo, prosiguió con el típico relato sabido por todos, el famoso rapto de Perséfone a manos de Hades. Desde que éste dios de los muertos se la llevó a su mundo subterráneo y la angustia que pasó su madre Deméter por eso. El castigo que ésta le dio a las ninfas que estaban con la joven diosa por no defenderla junto con el viaje que tuvo que dar Hermes por orden de Zeus para buscar a dicha diosa raptada. Y finalmente el origen de las estaciones tras el trato formado. Seis meses la tierra sería fértil gracias a que Deméter estaría con su hija, y los otros restantes seis meses sería fría y sin vida debido a que Perséfone regresaría con Hades y su madre le extrañaría.

Con toda la palabrería echada al aire, ya se podrá tener una idea de la agobiada cara que tenía Ares. El rey que se percató de ello, mandó a llamar a más sirvientes con más de los bocadillos que la anterior sirvienta, Xena, le había dado. De que le gustaban, terminaron por empalagarlo. Todo con tal de que el rey le mirase a los ojos relajadamente, creyendo que se sentía a gusto con todo lo que comía, y así comenzar con las indirectas preguntas.

―Mmmm, sí. Están todos deliciosos. Y el vino ni se diga.

―¡Ya escucharon a nuestro dios! Traigan más vino y bocadillos ―ordenó a las hermosas mujeres que habían seleccionado para atender al dios esa noche.

―Eh, gracias pero no creo que vaya a comer…

―Y de antemano le dejo claro, señor, que puede pasar la noche en mi castillo si es que no tiene prisa por regresar a su templo en el Olimpo ―ofreció un rey que ya se sentía más confiado ante aquella deidad. Como quien dice, el hielo se había roto en las tres horas en las que tuvieron oportunidad de conversar entre rato y rato. En donde primeramente hubieron amenazas por parte del inmortal, negativas en el mortal, acuerdos y conveniencias entre ambos e ideas nuevas en la mente de cada uno. Justamente ahora por decir otro ejemplo. Quien no conociera aquel rey diría que se desviviría hablando de su hospitalario carácter. Como no. Pobre del huésped que así lo pensase. Cuando perfectamente se entendía, que el rey, como todo listo, quería sacar mayor provecho a la situación. Nada más con que reinos vecinos se enteraran que el dios de la guerra se había hospedado en su magnífico castillo por una noche, era motivo suficiente para entender que había que brindarle más respetos. Nadie en su sano juicio se iba a atrever a amenazar a un reino cuyo dios de la guerra estaba de su parte. Todo, esto según el rey y los pobres que de igual modo lo pensasen. Porque tratándose de Ares, uno nunca sabía con que bando realmente estaba.

―Eh, sería un placer pero como entenderá, mi vida está eternamente ocupada ―se zafó de la invitación un Ares con una plástica sonrisa. Si en esas horas se inquietaba por lo que fuese que su princesa estuviese tramando, no quería imaginar todo lo que pudiese hacer hasta el amanecer―. No puedo negar que sería una perfecta oportunidad para conocer todo sobre su reino ―le continuó hablando al internamente decepcionado rey―, ya sabe, no soy como mi padre Zeus que todo lo ve desde lo alto. Mas le diría que con que me hablara un poco aquí mismo me sería más que suficiente.

―Pregunte lo que quiera, dios Ares ―se volvía a animar el rey que se enorgullecía porque un dios tuviera disque interés en la historia de su reinado―. Mi reino es todo un libro escrito. Ya ve como en estos tiempos, con la expansión de los romanos, aún sigue existiendo. Todo gracias a la buena planificación y al buen gobierno que mis antecesores han liderado hasta llegar a mí. Y después de lo de hoy… ¡Ya veo todo un horizonte de gloria para el futuro de éste reino! ―se emocionó al realizar un brindis más bien con la copa que Ares tenía en la mano que con éste mismo puesto que ni se inmutó en corresponder al acto. Quedándose con la boca entre abierta y de lado observando la ridiculez que tenía a su lado. ¡Sí que estaba soñando a lo alto aquel rey! Mejor así para él, para Ares. Para cuando se estrellase ni él mismo sabría en donde estaría.

―Exactamente, alteza ―rechinó con juntados dientes Ares. Que como dios que era, no entendía por qué tenía que pasar por aquello―. Ahora, ya que me habla de su familia, dígame, cómo fue que murieron. Sus padres específicamente ―señaló como si ya no lo supiese.

―Murieron como todo mortal. Mi madre de una enfermedad. Sufrió una anemia después de darme a luz, y mi padre de vejez. Es algo de lo que no hay mucho que contar, ¿sabe? Pienso que le interesaría mejor las batallas que toda mi dinastía ha liderado, que esto ―intentó cambiar por otro tema el iniciado rumbo de aquella conversación.

―Para nada ―se negó a rendirse ante la primera cuesta con su cara de cretino. Pidiendo otra copa y ésta vez brindándola con la del rey―. No debió de ser fácil para usted quedar huérfano de madre a tan temprana edad. Tendría a un padre, pero como una madre, ninguna ―le daba por el área sentimental a ver si tocaba aunque fuese el menor sensible rincón de aquel rey. Nada mejor como el descontrol emocional. Abría la mente como no lo podía hacer otra cosa―. ¿No hubo forma de sanarla? ¿De revivirla cuando todos la dieron por muerta? ―Dio en el punto. Si tan solo el rey se desconcentraba y pensaba en los óbolos en ese momento, de seguro que entraba en su mente y podría saber que era de ellos ahora―. Sé de muchos mortales que milagrosamente han resucitado. ¿No hubo ese tipo de esperanzas para tu madre?

―No, no. La encontraron muerta al día siguiente de haberse ido a dormir desde la tarde. Ya estaba en las últimas. Yo ni me enteré. Tenía como cinco nanas que me atendían las veinticuatro horas del día como para preocuparme por lo que había sido de mi madre.

Tenía que ser todo un rey hijo del padre que lo engendró. Mirar nada más como hablaba de su propia madre. La que le había dado la vida, y la que por ello, había perecido. Aunque bueno, él como dios no podía hablar. Cuando su madre Hera desapareció en un remolino de viento obra de Zeus, el no recuerda haber derramado si una sola lágrima. Será porque se imaginaba que tarde o temprano regresaría. Era una diosa. Y no se extinguían porque sí. Reconociendo que su enfado interno con aquel rey no era por su corazón de piedra. Sino por la temprana habilidad que mostraba para evadir las verdaderas contestaciones a sus preguntas y la forma de cerrar su mente. Mira que mantenía la conexión visual lo más posible, pero aquel rey o le importaba más la celebración de esa anoche, aplaudiendo y ordenando a través de seños, o sabía lo que buscaba y le estaba plantando resistencia. No, de ser esto último ya lo hubiese notado y sabido. El rey estaba actuando normal.

Luego de que el relato del rapto de la hija terrenal de Deméter fuese culminado, con todo e himnos, sinfonías y dramatizaciones, se trajeron al centro de aquella plaza los más grandes frutos cosechados. Siendo los tributos a ofrecer en esa noche a las dos divinidades terrenales a las que la ceremonia se le dedicaba. «Que tremenda estupidez ―pensó Ares―. Tanto trabajar en la tierra para terminar desperdiciando lo mejor en medio de una hoguera.» Porque sí, quemaron aquellos alimentos que podían sustentar a todas las familias de la región por al menos una buena semana. Tal vez por más tiempo. «¡Qué no se le ocurran más tarde hacer lo mismo con los mejores guerreros en un tributo en mi nombre!», expresó en sus adentros. Los muertos se los dejaba a Hades. A él nada que le servían. Es que sería el colmo que se les ocurriese algo así. Ya tenía suficiente con los cachorros negros de perros y los enclenques enemigos muertos de hambre que les sacrificaban en su nombre en Escitia. Como si con esas cosas reducidas a cenizas pudiese hacer algo en el Olimpo o donde sea que se encontrase. Había que ver que la humanidad tenía unas ocurrencias en las que mejor se reservaba el derecho de opinión.

Bien, después de los tributos y él que intentaba con nuevas preguntas y otra presentación que se llevaba a cabo. «¿Es que la gente de éste castillo no tiene planeado irse a la cama esta noche? ―cuestionaba entre pensamientos―. Y éste rey, ¿qué le pasa? ¡¿Cómo se atreve a dejarme con la palabra en la boca por estar haciendo de anfitrión en su castillo?! ¡Maldición!» Poco y más y le entraban ganas de volar en mil cantos aquel castillo con todo y gente. Hasta el gato negro del tejado iba a despegar como cuervo. No, ¿qué cosas pensaba? En el interior de tal estructura se encontraba su princesa. Tenía que controlarse. Pero rayos, es que aquel rey no le dejaba entrar en su mente. ¿Abría practicado con anterioridad los bloqueos mentales? De ser así tendría que ser cauteloso con aquel mortal. No fuese a que le diese una sorpresa.

―¿Y su padre? ―regresó con las preguntas luego de que el rey al fin tomara de nuevo asiento y dejara de aclamar frente a todos a unas diosas que seguramente ni le escuchaban―. ¿No le dejó una encomienda antes de morir? En cada sucesión se otorgan legados o… Misiones ―se tomó tiempo para demarcar a sabiendas de que el rey entendería perfectamente de qué se trataba. Perfecto, les estaba mirando con ojos agrandados. Todo era cuestión de que pensara en lo encomendado, los óbolos.

Podía haberle pasado por la mente al rey que aquel dios estaba interesado en la orden que su padre le dio hacía unos veinticinco años atrás cuando estaba a punto de fallecer. Mas no pudo pensar en semejante cosa. No pudo porque aunque su padre no fue el mejor del mundo, siendo todo lo contrario, por un momento le invadió el recuerdo de no haberle colocado los óbolos de Perséfone sobre sus ojos momentos antes de su sepultura. Dejando que se marchara al mundo de los muertos y sin regreso con unas monedas cualquiera. En vez de los óbolos que por más de dos décadas atesoró en su habitación, en la que él ahora habitaba. Y en la que preciadas monedas ya no se encontraban. Sino que ahora estaban en el lugar menos imaginado.

―Desde luego, la gran encomienda fue la de dirigir éste reino igual o mejor que él. Como cualquier deseo de un monarca antes de ceder su trono a otro ―contestó el rey que regresaba en sí tras revivir los recuerdos de aquellos momentos pasados.

«Con que no están en su habitación real entonces», se decía mentalmente un Ares que al menos, ya había podido entrar en la mente del rey y descubrir algo. No obstante, eso no le servía de mucho. El escondite exacto de aquellos óbolos era lo que realmente necesitaba saber.

―Ah, claro. Lástima que entre nosotros, los dioses, no suceda así ―comentaba con disimulo Ares. Quién quería verse de lo más normal. Como si estuviese hablando por hablar y no por algún interés en particular―. Cada uno de nosotros nacemos para una cosa que por siempre seguiremos haciendo. Independientemente de lo que se haya dedicado nuestro antecesor. Mira a uno de mis hijos por ejemplo, Eros. Yo soy dios de la guerra, y él del amor. ¿Puedes creerlo? ―inquirió con fingida gracia a tiempo que levantaba una nueva copa con la esperanza de que el rey lo imitara. Si se le pasaban las copas a éste último, tal vez avanzaba en soltar algo. Para su lamento, el rey no lo hizo. Como que sabía controlarse el monarca. Mas no por eso no significaba que no tuviese el humor en alto. Lo comentado por el dios buena gracia que le había causado.

―Yo no tendré que preocuparme por semejante cosa. Ni herederos tengo. Nunca vi conveniente casarme con alguna princesa y compartir mi reino con ella y el de su padre o hermano. ¡Total, si lo más que hay en mi tierra son mujeres con las que pasar el rato! ―se carcajeó igual que un maniaco.

―Sí, ya me he dado cuenta.

―Y con esas si he tenido hijos, todas han sido niñas. Y si ha habido una ahí que a tenido un varón y me ha venido con el cuento de que es mío, que mal le debe de haber ido. ¡Ahahahahaha! ―se reía a todo dar.

―Ya veo. Es como si no te importara tener herederos para mantener la monarquía en tu familia. Pareciendo que planeas resucitar de entre los muertos para continuar gobernando.

Una mueca pasmada se posó en la cara de aquel rey. Pensando en lo que había dicho aquel dios. «¿Habrá comentado lo de resucitar por decir o es que acaso sabe algo sobre mi plan? ―se preguntaba esta vez el monarca―. No, eso no puede ser. ¿Qué va a saber el ocupado dios de la guerra sobre asuntos del inframundo?»

Que fácil sería si fuera directo al grano con el tema de los óbolos. De esta el rey no se salvaba de que su mente le rebelara cada detalle de éstos. En medio de la sorpresa, la mente quedaba tan indefensa como una nuez sin su cascarón. Sí que sería fácil y sencillo. Más no podía tomar ese camino. Porque entonces sería evidente que él los había robado, bueno cuando sucediera, o que estuvo siempre detrás de todo. Y como se dijo, ya tenía planeado echarle la culpa a alguien más. Alguien que atrajo con el pensamiento porque exactamente cuando se realizaba otra presentación, es cuando le daba con aparecerse.

La próxima muestra de devoción a las deidades terrenales lo fue la siembra de unas semillas de calabaza en unas macetas. Plantación realizada únicamente por niños en un significativo acto de la transmisión de los conocimientos sobre la agricultura. Demostrándole a Deméter que los mortales en la tierra perpetuarían entre los suyos la dedicación a la agricultura. Regalo dado por ella y que pasarían de generación en generación hasta el fin de sus días. Acto considerado como el más bello en toda la celebración y que por lo tanto, el que más debía de agradarle a la diosa Deméter. Y con lo sucedido a acontecer, parece que no se equivocaron. Porque de todos los realizados en su nombre, fue este último el que eligió para darse a ver en el pueblo por primera vez en la historia.

Justo cuando los niños sepultaban las semillas de calabaza en las masetas, y se arrodillaban en señal de gratitud por ese regalo otorgado, el brote de la vida, la tierra en tales recipientes que comienza a proyectar una dorada luz. Luz que provenía de las semillas plantadas. Semillas que de la nada, brotaron sus retoños como si se tratase de un adelanto en el tiempo. Las pequeñas plántulas entonces comenzaron a crecer y a extender sus tallos rastreros por gran parte del suelo de la plaza. Todo esto frente a unas impactadas y sorpresivas caras de los aldeanos allí presentes. La gente comenzó a ponerse de pie y a acercarse sin poder creer lo que estaba sucediendo. Los guardias avanzaron con espadas y armas en mano para hacer retroceder a los curiosos y por si acaso, defenderse de aquellas plantas de calabaza que no paraban de desarrollarse. Agrandando más sus verdes y grandes hojas a medida que ganaban terreno. Un guardia hincó a una de éstas con el filo de su lanza con la idea de ver si aquello realmente tenía voluntad propia. Y como respuesta, esa parte de la planta que se le enrosca en su lanza y da alcance a su brazo. Dos de sus compañeros tuvieron que intervenir cortando el bejuco para que éste no terminara estrangulado.

―¡Está hechizada! ¡Las semillas de calabaza estaban hechizadas! ―gritaba una aldeana con la mano en su pecho.

―¡¿De qué granja salieron?! Parece que son peligrosas ―buscaba culpables otra mujer apegándose a uno de sus hijos que precisamente había plantado las semillas vivientes.

En cuanto la extendida planta comenzó a enroscarse sobre las personas, trepar por las paredes, bancos y hasta en la propia pila de cosechas, la gente al fin comprendió que debían de alejarse de allí.

―¡¿Pero qué es todo esto?! Guardias hagan algo ―exigía el rey que ya no podía esperar otra cosa más que le sorprendiera en esa noche. Primero se le presentaba el dios de la guerra. Luego éste mismo le exigía que le cediera su ejército. Y ahora que unas matas de calabaza se comenzaban a enredar por todo su castillo. Estuvo a punto de rogarle al propio Ares que hiciese algo al respecto, pero una siguiente luz más potente le silenció las palabras.

Ares, que desde aquel balcón tenía la mejor de las vista, se concentró en los capullos amarillo naranja que comenzaban a formarse. Ganando tamaño hasta abrir sus amplios pétalos y mostrar una hermosa y resplandeciente flor de calabazo. Con eso, y lo anterior visto, no se podía pensar en otro autor de semejante suceso que la propia diosa Deméter. La que él mismo había incitado a presentarse en esa celebración. Y lo logró. De cada flor salieron lanzadas unas esferas de luces que se fueron agrupando en el centro de la plaza. Resplandeciendo y resplandeciendo hasta formar la silueta de un cuerpo. Cuerpo que al materializarse, dio presencia a la deidad terrenal de Deméter.

«¡Vaya! Sí que tienes carisma artístico, tiita», admitió sonriente. Pensando que no más le había faltado traer consigo a unas bellas ninfas que tocaran armoniosas melodías para darle un toque más divino y hechizante a toda aquella demostración. Cual quiera diría que le estaba haciendo la competencia de cuál dios hacía más impactante acto de aparición. Si con que se hubiese aparecido normalmente allá para cuando presentaron las cosechas o le brindaron los tributos, hechos cenizas ahora, iba a ser más que suficiente.

―Pueblo traciano, os vengo a prevenir de una amenaza que les asecha igual que sus propias sombras ―dio la introducción a sus palabras con tétrico aviso que más bien le iba a Hades dios de los muertos que a ella, una diosa de la vida―. La tierra pronto será bañada con vuestra sangre y años de hambruna caerán sobre sus hijos y los hijos de sus hijos. La tierra quedará infértil y ni los más altos y constantes rezos lograran que semilla alguna brote con vida hacia una ocultada luz.

Entre la inesperada y aterrada multitud, que como se comparó, parecía que estaban viendo más al mismo Hades que a una diosa como Deméter, los suspiros y gestos de espantos se apoderaron de sus expresiones mientras que la preocupación hacia lo mismo pero en sus corazones. Muy diferente a un dios de la guerra que hasta aplaudía y se reía por el toque de su tía.

―¡Qué le sucede hoy al Olimpo que nos está lanzando los dioses encima! ―se decía un preocupado rey que una vez más se preguntaba si estaba soñando.

―Anda, dirígete en nombre de tu reino, que nada grave aún a pasado ―le animaba Ares que no podía ocultar lo gracioso que le resultaba el evento. Sólo esperaba que su querida Xena le estuviese viendo. Así vería lo ingenioso, por no decir manipulador, que real mente era.

Ella, Deméter, no entendía del todo el motivo de gracia de su sobrino. Cuando se suponía que debía de estar preocupado por su jurada y efectuada intervención en sus planes. «¿Será por todos los trastornos mentales que tiene?», se preguntó dándolo por lo más seguro entre sus pensamientos.

―Pronto una lluvia de desgracias caerá sobre este reino y como los de otros en toda Grecia. Y de ahí en adelante no quedarán más que las ruinas de lo que alguna vez fue esta tierra ―continuó con su inquietantes palabras la deidad de Deméter.

Más gemidos de dolor, gritos y preocupaciones salieron de las gargantas de aquellos que ya se imaginaban descrito futuro en vivo y a todo color. Como si se tratase de su propio presente.

―Venerable diosa Deméter, ¿cómo nos puede suceder dicha desgracia? ―se le dirigió un rey a punto de culminar el infarto que comenzó con Ares―. ¿Cómo es que pasaremos hambre cuando siempre le hemos sido devotos a su persona? Cuando hasta ceremonias como las de hoy le celebramos todos los años.

―Yo he sido piadosa, rey Grégor II ―le miró por vez primera la diosa al identificado monarca―. Una vez en este reino se hizo mal uso de un regalo en mi nombre. Y por lo visto, una vez más pronto se verá mal usado de nuevo. Aun así, no he enviado castigo alguno a este reino y a la tierra que le sostiene. No podría atentar con la vida que aquí florece.

¿De qué hablaba la diosa? ¿Regalo? ¿Qué regalo? ¿Y quién le había dado un uso incorrecto o se había aprovechado de ello? Eso, era algo que los allí presentes comenzaban a cuestionarse.

―Cuando el error de un hombre le lleva a su condena, para eso existe Tártaros en donde lo sufre en pena. No obstante, cuando el error de un sólo hombre involucra la condena de muchos, nosotros los dioses no nos quedamos de brazos cruzados.

―¿De qué está hablando, adorada deidad? ―casi suplicaba el rey.

―Elija bien sus decisiones mientras aún esté con vida, rey Grégor II. Su padre se equivocó al final del camino y cuando se encuentre con él, se que le dirá lo arrepentido que ha estado.

―¿Mi padre?

―Este pueblo necesita una tierra fuerte que le sustente. Y yo se la daré mientras tanto. Pero no me digan que les he abandonado cuando las llamas incendies sus campos. Porque de eso, y la guerra que les amenaza, yo no tengo papel alguno. ¿No es así, "querido" sobrino? ―le inquirió amargamente a un sonriente dios de la guerra.

―En lo absoluto, Deméter. Una guerra acecha a este pueblo. Yo mismo la he visto.

―Bien, ya lo han escuchado, mortales. Ustedes deciden, o mueren junto con sus futuros incendiados campos, o trabajan desde ahora para que ese día no llegue y les suceda los mismo que a esta planta. ―Y dicho esto, que toda la gran mata de calabaza que se desaparece entre unas llamas―. Y entonces puedan brotar con libertad como la semilla que no se dejó destruir por el fuego. ―Y con eso que entre una de las anteriores masetas brota una pequeña y brillante plántula de calabaza. Que al hacerse notar, se queda así, pequeña pero con toda una aura de fortaleza percibida por la gente.

―Brillante demostración, Deméter ―no dejaba de aplaudirle ahora con las palabras un sorno de Ares sin tener la mínima atención de una Deméter que se hacía como si ahí no estuviese.

―Rey Grégor II, renuncia a eso que te ata y no te deja vivir tu vida pensando en una segunda. No sigas el error de tu antecesor y tomas las decisiones correctas para tu pueblo. Pueblo, luchen, trabajen y sigan por aquello que les aleje del abismo infernal. Que para el descanso eterno se han creado los Campos Elíseos. ―Y terminadas estas palabras, la diosa Deméter que desaparece en medio de su resplandeciente y dorada luz.

Todo un juego de palabras se jugó en la mente del dios de la guerra luego de la majestuosa y al mismo tiempo, tétrica presentación de su queridísima tía. Teniendo entonces que colocarlas a su conveniencia frente a un rey y su gente. Y eso, que era toda una manipulación, era algo que quien le conocía, bien sabía que perfectamente que se le daba. Utilizando a otros como marionetas. Moviendo sus cuerdas al son que le placiera. Tal y como lo hizo con el rey de aquella tierra luego de que Deméter se marchara. La celebración no podía apagarse en los momentos en los que a su ver, se comenzaba a poner interesante. Los cuerpos de unas hermosas bailarinas se estaban colando en las cortinas de las puertas del fondo de la plaza, y no iba a permitir que unas caras angustiadas interrumpieran con sus lamentos la fiesta. Dar ánimos a deprimidos mortales no era su especialidad. Pero si hacía falta para obtener lo que quería, daría toda la que le pidiesen. Siempre y cuando estuviera ligado el espíritu de guerra. No faltaba más.

―Ya escucharon a su adorada deidad. ¡Hay que luchar para poder subsistir! Para no perecer como trigos bajo las llamas. Para eso he venido a ustedes. Para fortalecerles con el espíritu guerrero y le planten cara al enemigo que les amenace. Teniendo siempre la victoria sobre sus cabezas si aclaman mi nombre con devoción y grandeza ―jugaba con las mentes de los presentes la deidad que no necesita presentación. Allí en lo alto del balcón con los brazos extendidos como si se tratase de un salvador. De un ángel caído del cielo―. Deméter no ha podido ser más clara. Hasta ella ha descendido del Olimpo para prevenirles de la debilidad que como bien dijo, como una sombra les asecha.

¡Qué rayos! Deméter en ningún momento habló sobre debilidad. Pero bueno, con las enredadas palabras que dijo, dirigidas más bien a un rey, qué iban a recordar o a encajar.

En medio de su largo mutismo, al rey le era bueno que el dios de la guerra tomase la palabra ante aquel pueblo. Pueblo que a esas alturas, iba dejar fuego por el camino por el que corriesen de lo rápido que iban a moverse sus piernas. Ya se ha dicho. No todos los días bajaba un dios a hablar sobre tragedias. Mucho menos dos. Aun así, como rey tenía que dirigírsele a su pueblo. Ares eso también perfectamente que lo sabía. De nada le valía usarlo como títere si las cuerdas de éste no alcanzaban para dirigir a los demás.

―Grégor II, ¿no es cierto lo que he dicho? ―le sacó de su encierro mental al rey cuando estaba en medio de su discurso―. ¿Verdad que al servir en mi ejército, sus hombres obtendrán una fortaleza y poder con la que podrán combatir a las amenazas que quieran aplastarlos? Y sobre todo, ¿verdad que con eso enmendará el error de su padre? El de no haberles proporcionado un verdadero ejército con el qué protegerse en el futuro. ―Cambiaba radicalmente las palabras de la diosa terrenal. Que donde sea que estuviese ahora, parecía que no escuchaba o no veía porque continuar interviniendo. Ella ya había dicho lo que tenía que decir. Que se eligiera una decisión correcta. Y si ellos pensaban que luchar y unirse a Ares era lo correcto, que el tiempo se encargara de dejarles saber si se habían equivocado o no.

―Sí, por supuesto. ―Se animaba el rey que por creer que un dios como Ares le dirigía la palabra, ya tenía el futuro de su reino asegurado―. ¡Con las artes de la guerra, nos defenderemos de todo cuanto quiera atacarnos!

―¡Bravo! ¡Qué así sea! ―gritaban a coro unos cuantos que dejaban el miedo atrás y se preparaban para recibir el espíritu de la guerra.

―Con Ares, no habrá enemigos que se atrevan a saquear nuestros graneros y a quemar nuestros campos ―se hacía de un sueño el rey al señalar a la deidad nombrada. Deidad que se felicitaba así mismo por su inmensa ingeniosidad. Acababa de sacarle provecho al aviso de Deméter. Y aun le quedaba sacarle más provecho a su aparición. Mientras, era todo oídos para aquel cántico que le parecía cada letra pronunciada de su nombre.

―Ares, Ares, Ares, Ares, Ares.

Que melodioso se sentía escuchar cómo le aclamaban. Y eso, que se había ganado a aquel pueblo sin hacer uso de su preciada guerrera. La que de presentarse como quien realmente era, probablemente le espantaría a su adorado público. No, mejor que se quedara haciendo lo que sea que estuviese haciendo en esos momentos. Ya faltaba poco para que él obtuviera de la mente del rey la ya pasada de fastidiosa ubicación de los óbolos. Aún eso continuaba en su mente y no se le olvidaba. No le apetecía ver como su hermosa princesa cumplía sus amenazas. Por algo no le dio mucha conversación a Deméter cuando se moría, literalmente, por mortificarle su divina presentación. Siempre era un aprovechado en todo momento. A tiempo que la divinidad terrenal especulaba sobre errores que sucedieron o podría suceder, y un rey se preocupaba grandemente porque sabía cuáles eran en gran parte esas faltas, él le invadía la mente de tal monarca.

Había sido un oscuro corredor. No estaba iluminado y decorado como las típicas áreas por las que se pasearía un monarca. Más bien era un lugar frío y deteriorado. Con muros agrietados y goteras en el techo. En un lugar así, las propias manos del rey, vistas como si fueran las suyas, las de Ares, cargaban el cofre en el que yacían los óbolos dorados. Cofre que a su vez era entregado a un niño de no más de diez años. Niño que se agachaba en medio de una reverencia y ocultaba el cofre bajo una removible loza. Laja de piedra que luego cubría con una pesada estatua de alguna deidad que no alcanzó a ver Ares debido a que el rey no levantó la mirada hacia ésta. Todo delante del rey. Que al juzgar por su voz, debía de encontrarse en sus juveniles años. Tal vez en los mismos en los que se apoderó de las monedas.

"Sólo las sacarás de ahí el día de mi muerte, muchacho ―le ordenó el rey al niño―. Y las colocarás sobre mis ojos tal y como te lo he dicho. Pero no que ese tiempo llega, obtendrás la confianza de poder hacerlo convirtiéndote en mi leal sirviente."

La celebración retornó a su rumbo, y ahora con más júbilo que en cualquiera de las pasadas llevadas a cabo. El pueblo se sentía bendecido esa noche por haber recibido la visita, y a su ver la ayuda, de dos dioses poderosos del Olimpo. Uno que les brindaría fuerza y victoria en la guerra, y otra que les agraciaría con los frutos de la tierra. Tremenda combinación para subsistir en los tiempos difíciles que se presagiaron por las propias deidades. Divinidades, que al entender del pueblo, resguardarían a su gente. De que así fuese o no, como se dijo, el tiempo se encargaría de demostrarlo. E independientemente de cuál fuese el resultado, el rey de ese reino se sentía fuera de riesgo con lo que pudiese suceder. Desde hace mucho que tenía en sus manos un poder para regresar de la muerte. Permitiéndose así mismo retornar a su gobierno, que para ese entonces, esperaba ver lleno de riquezas.

En no que cada quién soñaba sobre las altas nubes, uno de los momentos más esperado en toda la celebración, al menos para los hombres, llegó al fin ante los ojos de los presentes. Las hermosas bailarinas comenzarían con sus rítmicas danzas y actos de fuego, espadas y cuchillas. Otra fantástica mezcla para levantar el espíritu de lucha en todos los guerreros del reino. A los que por lo ya dicho, ya no le faltaba nada más para lanzarse a la batalla en cuanto escucharan el primer anuncio por el cuenco o tambores. Teniendo todos unas impacientes y ansiosas caras por verlas entrar y ver también con qué demostración les impresionarían esta vez. Será por eso la extrema preocupación que mostraron las encargadas de ese evento en conseguir una bailarina restante para poder llevar a cabo los actos. Ahora, que esa bailarina los hubiese ensayado o prestado atención a lo que tenía que hacer frente al público, era otra cosa.

Ares no se quedaba atrás en las ansias y la impaciencia. Ya quería decirle lo que había descubierto a su amada mortal pero al mismo tiempo no veía nada de malo en entretenerse un poco con aquella exótica demostración. Porque la guerrera esperara un poco más no significaba que se iba a morir por ello. Ni que tuviera que perder la paciencia e intentar matarlo a él. Como que bastante estaba haciendo por ella y al menos se merecía un buen rato observando rítmicas caderas y cinturas que se movían como serpientes en las hermosas mujeres que bailarían. O eso creía él.

Las antorchas de cada poste o columna que iluminaban la plaza, redujeron sus llamas a la medida de dejar toda la estancia en penumbra. Con ello, el silencio se posó en las bocas de todos los presentes y una suave melodía de entremezcla árabe fue entonada por los músicos. Lo agudo de ésta se fue incrementando a tiempo que en la tarima levantada en adoquines de piedras de la plaza circular, una explosión de humo brotaba de la nada y con ello el sonar de platos y tambores retumbaba en la estancia. Tras que la tarima estaba completamente oscura, con esa nube blanca de olor a gardenia, menos se pudo ver cosa alguna. Ni siquiera el rey y el dios que a más altura estaban, pudieron ver cómo llegaron hasta allí unos cuerpos agachados cubiertos bajo coloridos mantos de seda, una vez que se espumara la concentración de niebla.

Habían llegado, eran ellas, las bailarinas. Quince montículos bajo mantos en total. Cada una con uno de los siguientes colores: rosa, fuchsia, violeta, azul marino y cielo, turquesa, verde monte y manzana, amarillo, ocre, naranja, rojo, vino, purpura y negro. Colocados en este mismo orden a la redonda. En espera de las propicias notas en las cuales darle vida a sus cuerpos por medio de la típica danza árabe.

La música se había suavizado nuevamente. Con el soplido bajo del ney, la siringay el aulós. Unos tipos de flauta antigua proveniente de Egipto en caso del primero y de Grecia de los segundos. En compañía de arpas y semejantes como la lira de Grecia y el qanún surgido de Persia. También especies de guitarras como la cítara proveniente de Asia y el panduris o tricordo (de tres cuerdas) de Grecia. Todos tocados por talentosos músicos en sus respectivas posiciones.

El público escuchó y vio como ante el sonido de estos instrumentos de zumbido o cuerdas, las bailarinas cubiertas bajo los satinados mantos, comenzaban a mecerse como si tratasen de encontrar una salida. Con movimientos lentos y curiosos y a la misma vez misteriosos. Manteniéndose aún bajo el manto hasta el sonar del darbuka, un tambor tipo copaoriginario de Arabia, les hizo descubrirse sorpresivamente mostrando una vestimenta correspondiente al manto que les cubría. Comenzando a mover sus brazos por el suelo como si le estuviesen acariciando tras el silencio temporero de dicho darbuka y sólo el sonido del ney y la siringa. Para ponerse de pie y bailar en círculos con una música más acelerada con la vuelta del estruendo de la rítmica darbuka a cuyo sonoro ruido se le juntaron otros instrumentos de cuero como el tipo pandereta del tympanon de Grecia y el también tipo copa del tombak de Persia acompañados cada cierto tiempo por el estruendo de los tipo platillos de los crótalos de mencionada Grecia. A todo con los mantos en sus manos que en medio de su danza tomaban el papel de unas alas de mariposa.

Entre tanto esto pasaba, unas voces de fondo se entremezclaban con la melodía dándole más profundidad a los sonidos durante cada eco. El público masculino no tardó en perder la compostura aplaudiendo, gritando y hasta meciéndose con ellos mismos así estuviesen parados o sentados. Aunque también habían mujeres que el ritmo se les metía por las venas y ahí en la esquina en la que fuese que estuviesen demostraban que también podían tener talento. Pero en esa penumbra, la luz y la atención total se regía sobre la circular tarima. En la que las bailarinas aún no hacían sus mejores actos, y ya los guardias tenían que plantarse ante confianzudos aldeanos que no entendían que por más silbidos que le sonaran a éstas, ninguna de ellas se iba a molestar ni en mirarle. Porque la mayor parte del tiempo, le dirigían su frente a los espectadores nobles, a los guardias de atrayente compostura, y desde luego, al rey y ni hablar del dios Ares.

Todas las bailarinas llevaban un velo en el rostro y cabello, faldas con aperturas laterales y cinturones de chapas bajo su descubierto vientre, mas brazos enmangados desde los molleros hasta las muñecas en donde relucían brillantes brazaletes dorados y entre otras joyas que iban según el color de la vestimenta. Ónix para la que de negro estaba vestida, amatista oscura en el caso de la morada, jaspe imperial en la vino, rubí para la de rojo, cornalina para la de naranja, topacio en la de ocre, jaspe amarillo para la que se vestía como igual, esmeralda para la que de verde monte se encontraba, peridoto para la del tono manzana, turquesa pues obviamente para la que llevaba tal matiz, aquamarina para la del azul cielo, zafiro para la del marino, amatista clara para la de violeta, ágata rosa oscuro para la de fuchsia y finalmente cuarzo rosa pues para la de esa coloración.

Un tiempo de un minuto exacto desde que éstas coloridas mujeres comenzaron a moverse bajo los mantos y luego pasaron a girar sobre sí mismas con todo y manto, y el público espectador que parecía que se les iba a salir los pulmones por la boca de tanto que gritaban. Aquí era donde muchas mujeres, las esposas principalmente, se preguntaban que qué tenía que ver semejante presentación con las deidades terrenales de Deméter y Perséfone. Que estuvieran en una celebración dedicada a Baco, pues ahí como que se entendía. En fin, donde comandaban hombres, la sopa se cocinaba según sus gustos. De todas formas, no iba a dejar que éstos, al menos los que ya eran sus esposos, enloquecieran por la primera guiñada de ojo de una de aquellas mujeres o por el perfumado manto que comúnmente les terminaban lanzado tras pasar a otra pieza de baile con el cambio de la tonada en la música. Algo siguiente a suceder.

Después que las bailarinas estuviesen casi veinte segundos girando sobre sí mismas sin marearse y que la música suspendiera el retumbar de instrumentos de cueros como el tympanon, la darbuka y el tombak, y dominaran la lira y el qanún junto con el panduris unidos ahora al coro de voces apaciguadas de fondo, éstas mujeres descubrieron todas casi al mismo tiempo su pierna derecha meciéndolas en el aire suavemente. Regresándola al suelo adoquinado, junto con las babeadas caras de los hombres, para mecerse iguales que cobras hechizadas por una flauta. Moviendo sus brazos como cascabeles sobre la arena y luego darle las espaldas al público adoptando nuevamente la postura circular en la que iniciaron la danza, para arquear sus espaldas hacia atrás y proveerles la vista de unos pechos aprisionados hacia el cielo. Pieza de baile que hubiese quedado casi perfecta a no ser porque cierta bailarina de rojo se ubicó entre la amarillo y la naranja cuando debió situarse entre la de este último color y el vino. Ganándose en medio del error un tirón de la bailarina de anaranjado que reclamaba su verdadera posición y unas malas miradas de las restantes.

La danza continuó sin que muchos hubiesen puesto atención a pasajera equivocación. Ahora con un seductor vaivén de caderas, lento y suave, las bailarinas abrieron más su círculo formado, y tal y como lo habían planeado, descendieron de la tarima en busca de algún "caballero" al que obsequiarle su manto personalmente. No arrojándolo como en los pasados años. Ilusionando y desilusionando a cuantos se toparan en su paso. Acariciándolos sin tocarlos, tendiéndoles el manto y distanciárselo justo cuando creían poder tomarlo, paseándoselo por el cuello y retirarlo hasta que finalmente les viniera en gana dejárselo a un afortunado. Ya gran parte de las bailarinas habían hecho sus entregas. Regresando a la tarima para continuar con su suave danza de caderas al son de la lira, el aulós, la cítara y el coro de voces. Esta vez el de uno femenino que podía hacer sentir como a un moribundo nómada que había llegado ante un oasis. Coro al que se le sumaría las habituales voces masculinas en cuanto ciertas dos bailarinas restantes, la azul marino y la roja, se decidieran por hacer entrega de sus satinados mantos.

La bailarina azul marino, la que se había mostrado como la más diestra en la danza y en la coreografía, no quiso entregar su manto hasta encontrase al soldado más apuesto que el ejército de aquel reino pudiese haber reclutado. Un hombre de descendencia persa de la que había heredado su bronceada piel y cabello azabache, y griega de la que había obtenido unos profundos ojos azules. Vaya que la bailarina se estaba asegurando una buena estadía en lo que quedaba de noche. Meta similar que tenía la roja. Quería asegurarse de tener para esa misma noche lo que había venido queriendo tener desde que entró al castillo. Y en lo alto del balcón, se encontraba el hombre que se lo daría. Seduciendo y escurriéndose como un felino entre los guardias que custodiaban y le impedían el paso escaleras arribas hasta el balcón. A algunos hasta los empujó luego de acariciarlos por el pecho, silenciarle los labios con sus dedos y tomarlos desprevenidos con un codazo o rodillazo. A todo mientras en la plaza la gente gritaba con ánimos por el atrevimiento de aquella hermosa bailarina, riéndose hasta de la cara que ponían los pobres guardias tomados por idiotas. La cosa es que realmente pudieron haberla detenido si su propio rey hubiese dado la orden de hacerlo o tan siquiera dejara de reírse también por la forma en la que dos o tres de sus guardias caían rodando escaleras abajo por el mero roce de una hermosa y débil mujer.

Cuando la bailarina alcanzó el balcón y llegó hasta los tronos en donde la deidad de la guerra le esperaba atentamente junto con un jubiloso rey, les realizó una pequeña danza girando en círculos, meneando sus caderas y pechos y agachándose sin perder el ritmo ante cuatro ojos que se abrían igual que sus bocas. Era evidente que había venido hasta allí para darle su manto a uno o a otro. En la plaza, todos apostaban sus cabezas a que iba a ser el dios. Y por un momento creyeron ganar dicha apuesta cuando la bailarina se posicionó frente a la deidad de la guerra y con una osadía o valentía jamás registrada en la historia, trepaba por sus piernas. Colocando una de sus rodillas entre la entrepierna de éste para quedársele fijamente mirando. Demostrando que una simple mortal podía dejar completamente petrificado y sin habla a un poderoso dios como lo era Ares.

El dios tenía motivos de sobra para quedarse así. No precisamente por lo que todos estaban pensando. De haber sido cualquiera de las otras bailarinas, de seguro que le estuviese correspondiendo a la danza que aquella le estaba haciendo sentada sobre uno de sus muslos. Moviéndose ante el ritmo de una música que se ponía más profunda pero aguda por el sonido del ney. Pero no, ya se decía él que el cuerpo y la estatura de aquella hermosa mujer se le hacían familiares. Ya sabía él que había visto tan seductores gestos vencer a guerreros en otra parte. Y ahora, en esos momentos, ya sabía también haber visto tan penetrantes y divinos ojos azules en alguien. En una obsesión eterna. En nada más y nada menos que en su querida, preciada y deseada Princesa Guerrera.

―¿Qué diablos haces aquí, Xena? ―murmuró un enyesado dios que apenas había despegado los labios para hablarle inaudiblemente a su princesa―. ¿Y vestida así?

―Sólo estoy trabajando, Ares ―le siseó mientras le pasaba su manto rojo y brillante por el cuello de éste. Asegurándose que al subirlo por su pecho, la tela trepara entre las abiertas piernas de él―. Lo que tú hasta el momento no has hecho.

―Te equivocas. Ya sé donde…

―Después hablamos, querido. Tengo que seguir trabajando ―le cortó bajándose de él con una delicada mano que arrastró desde dicho pecho hasta donde el vientre pierde el nombre. Arañándole con las uñas en el trayecto y provocándole una mueca de dolor. ¿O era de éxtasis?

Los que apostaron sus cabezas a que la bailarina de rojo le daría su manto al dios de la guerra, comenzaron a hacer una fila hacia la guillotina en cuanto ésta abandonó a la deidad para dirigirse ante un rey cuya autoestima se le subía hasta los cielos en cuanto se le otorgó la pieza de tela. Simplemente pasándole por su lado y soltando el manto en sus manos. Aunque claro, le dio después una caricia en su envejecido rostro y antes de marcharse le dedicó otro vaivén de caderas. Esta vez solo para él. Regresando de prisa por las otras escaleras laterales que quedaban al lado del monarca. Las derechas. Esperándoles unas impacientes compañeras que no habían podido pasar al otro acto por su tardanza.

En no que su identificada guerrera se ponía al corriente con el resto de las bailarinas que ya se encontraban preparando a dos de sus compañeras que harían una presentación con espadas y antorchas de fuego, un Ares conocía el sabor de su propia sopa de chocolate. Por querer fastidiar a su princesa, el fastidiado resultó él. No se le iba de la cabeza ese coro de voces que se asombraron cuando minuto atrás lo dejó plantado sin el manto y fue a entregárselo al rey. Sujeto al que se le habían vuelto a subir los humos por eso. Olvidando que el que estaba a su lado, era un dios y no un don cualquiera. Ya hasta en una de esas en las que una pareja de bailarinas hacía un acto de espadistas, una danza en la que narraban una especie de batalla, se atrevió a decirle que al menos podía irse con alguna de ellas. O con las dos si así quería. Irse a la cama o a donde se le diera la gana. En otras palabras, el rey indicaba que la de rojo, no le había elegido a él, al dios de la guerra.

«Xena, Xena, Xena ―le nombraba Ares en sus pensamientos―. ¿Qué pretendes exhibiéndote en una baile como éste? ¿Trabajando has dicho? ¿En la búsqueda de los óbolos? Pues no parece. Podrías estar ganando mejor tiempo si hubieras permitido que te dijera lo que descubrí.» Irremediablemente hablaba en su interior Ares tras la recién calentura que le provocó esa a quien en su mente se le dirigía. Asegurando que ella podría estar buscando con más libertad en un castillo que en esos momentos estaba deshabitado hasta por el último guardia. En vez de estar allí luciéndose ante una gran masa de varones. «Que ahora mismo, te ven mover tus curvadas caderas de un lado para el otro igual que el resto de esas… De esas también hermosas mujeres ―añadió guardándose una última opinión al respecto―. Pero que después del recién cometido suceso del mantito, te estás ganando la atención mayoritaria por más que bailen las demás bailarinas al ritmo retumbante de la bendita darbuka árabe y del tombak ese, del silbante del ney y de las cuerdas del panduris. Algo estás tramando. Y no es pretender ganar un concurso como la más hermosa, seductora y diestras bailarina. Porque hay que admitirlo, eres bella y resaltas entre las demás por tu altura, pero te ves media perdida en la coreografía. Entendiéndose perfectamente pues como recién llegada a ese grupo, mucho que estás haciendo.»

Todo esto el dios de la guerra se lo pasaba por sus pensamientos. No viendo el momento exacto en el que aquella presentación culminara. Tomando a su princesa en cuanto abandonara aquella maldita tarima con todo y plaza. A ese castillo se vino por una misión, no en busca de festejos. Sí, claro. Mira quién lo decía. Él que hasta hace poco se las estaba dando de celebridad. Cayéndosele la sonrisa a lo más bajo del suelo al ver como su adorada mortal movía su cuerpo como una misma serpiente ante tantos hombres. Pues en no que la pareja de espadistas danzaba con las espadas en la tarina, dos o tres de las bailarinas habían descendido entre los aldeanos a servirles vino, llevarles bandejas de alimentos mientras que al mismo tiempo se mecía al son de la música. Y entre éstas, estaba Xena. No siendo el problema el que actuara como mesera. Sino más bien en cómo servía las bebida y los alimentos. Subiendo una de sus desnudas piernas sobre la mesa o regazo de los hombres al servir cada copa, o regalando panecillos con su propia boca a aquellos a los que seguramente ella consideraba pasables. Como hombre que era le costaba opinar sobre la belleza de otro hombre. Pero esa cara que ponía cuando su guerrera los escogía para acariciarles el pecho o el mentón con todo y labios le decía que aquellos imbéciles tenían que tener aunque fuese una pisca de sangre entre los descendientes a Adonis. Su princesa no se relacionaba nunca con cualquiera.

Al fin las bailarinas espadistas culminaron su acto arrojando los benditos sables que empuñaban al aire y luego recibiéndolas por el mismo lugar. «A ver si este teatrito se acaba de una vez ―seguía quejándose el dios―. Ah, no. Falta el jodido acto con las antorchas.» Gruñía como quien era, el dios de la guerra al ver como cinco bailarinas subían a la tarima con dichas antorchas mientras que los aplausos y gritos por el primer acto amenguaban por el desarrollo del segundo. Ya estaba perdiendo la paciencia. «¿Qué cosa van a hacer aparte de quemarse estas mujeres?» Y es que desde que se enteró que su Xena estaba entre esas bailarinas, se le quitaron las ganas de seguir viendo la presentación. Sólo esperaba que después de esto sí que se acabara. Los que participaban en el coro de voces del fondo, abandonaron sus bancos en uno de los balcones en los que estaban, descendiendo a la plaza para comer con los demás espectadores. Eso indicaban que hasta ahí llegó su trabajo. Y que la cosa se estaba acabando. «¡Perfecto!»

Una en el centro, y cuatro distanciadas hacia afuera en la tarima, las bailarinas a presentar el acto del fuego, tomaron sus antorchas con un mango rotante. Iniciando una concentrada danza que consistía más bien en mover sus torsos como hasta el momento lo estaban haciendo, y dibujar hermosos aros en el aire con lo candente del primer elemento. Era sumamente atrayente verlas las siluetas del fuego y a ellas que les manejaban. Las encendidas antorchas quedaban como astas de abanico que amenazaban con salir volando si se les zafaban de las manos. Pero para poco entretenimiento del dios de la guerra, que desde lo alto del balcón esperaba que al menos alguien terminara encendido, eso no pasó. Los dos minutos en los que las bailarinas estuvieron manejando el fuego, sólo se consumió la enaceitada tela que cubría el madero de sus antorchas. Antorchas que cuando se dio terminado la danza, fueron rápidamente ahogadas en un cuenco de agua dejado al pie de los escalones por donde las bailarinas descendieron para reunirse con sus compañeras y dar paso a su cierre final.

«¿Y esto cuando termina?», se cuestionaba Ares. Quién ya tenía un ritmo con sus dedos en el pasamanos de su asiento. La música se volvía a encender. ¿No que ya se acababa? Las bailarinas subían en línea recta por las escaleras en el orden de colores anteriormente mencionado. Desde la rosa hasta la de negro. Llevando consigo unos dos largos pañuelos del color de sus vestimentas atados a una fina cadena por un extremo uno con el otro. Retornaron a sus posiciones en forma circular y con tales pañuelos bailaron una vez más. Sacudiéndolos y girándolos en el aire hasta formar curiosos círculos y estelas de colores. Llegando a un punto en el que ya casi lo único que se distinguían eran unas coloridas ráfagas en el aire que viajaban al ritmo del apresurado sonar del tombak. Instrumento de cuero que al emitir su último retumbe, dio paso a unas bailarinas volteadas y arqueadas de espalda hacia atrás. Con unos agitados pechos que no entendían que la música cesó y que el cuerpo tenía que estar detenido. Escuchándose solamente los aplausos, gritos y aclamaciones por parte del público que como todos los años, les esperaba y adoraba.

―Por suerte los presentes no se percataron mucho de tus estupideces ―casi le escupe con las palabras la bailarina vestida de azul marino a la de rojo, a Xena. Esa misma que horas atrás le había salido con una alta de palabrerías en donde supuestamente no era apta para aquel trabajo en la danza y que lo mejor era que se largara si quería conservar su cabeza. Directa forma de mostrar envidia en el género femenino―. Digamos que te salvaste porque no te tocó un acto con las espadas o las antorchas. No sé que hubiese sido del castillo si llegases a bregar con el fuego. Seguro que lo incendiabas. ¡Jajajaja! ―Se echó a reír alcanzando a la posición que le correspondía en la fila. No sin antes propinarle un buen codazo a una Xena que añadía a su lista negra una cara más entre tantas.

De todas formas había tenido planeado lo próximo a acontecer. Tenía que ganarse la atención del rey esa noche. Y lo lograría. Siendo por eso que antes de subir a la tarima, le pidió a unos músicos, con los que ya se había acercado mientras servía vino, a que tocaran una letra para una danza especial que ella sola realizaría. Los músicos creyendo que todo era parte del mismo show, y que para eso buscaron a la bailarina restante, la de rojo, pues no pusieron objeción alguna. Es más, hasta quedaron encantados de hacerlo. Si aquella mujer les hacía sentirse en el paraíso con una simple caricia, se morían por imaginar lo que les provocaría su cuerpo entero. Desde que ascendió al balcón del rey y le otorgó su manto, se encontraba muy solicitada entre la masa masculina de espectadores. Tenían que ganar puntos si querían aumentar las esperanzas de poder tenerla alguna noche en sus lechos de sueños. Como que iban a tocar mucho no que ese tiempo llegaba.

―¿Y ésta mustia qué diablos pretende ahí parada? ―se quejó la bailarina de azul marino. Una mujer de risada cabellera rubia y ojos marrones que se creía que era la última copa de vino de la fiesta―. ¿Qué no ve que nuestra demostración ya se terminó? ―le cuestionaba con altanería a su silenciosa amiga, la vestida de amarillo y la que hizo el acto de las espadas con ella.

La molesta bailarina de azul marino no era la única que se cuestionaba por qué permanecía todavía en la tarima aquella mujer vestida de rojo. El público deducía lo que iba a ser cierto, que realizaría alguna danza o acto especial. El rey lo ponía en duda porque hasta donde sabía, no se le notificó un segundo acto. Y un dios, ya tenía los pasamanos de su asiento completamente triturados. «¿Xena, que sucede que no bajas de ahí?»

Como si estuviese escuchando la pregunta del dios, la guerrera vestida de rojo se apresuró en contestarle. Iba a realizar una siguiente danza. En la cual, esperó sentada sobre sus pantorrillas por el toque de las silbantes flautas como el ney y la siringaya mencionadas y el toque de las cuerdas de la cítara. En cuanto el sonido de estas viajó por el aire, inició con un sensual movimiento de caderas que se fue acelerando a la tercera sonada al punto que los huesos de su pelvis parecían querer salirse de la carne. Mostrando un perfecto panorama de sus presionados glúteos bajo la fina tela a un dios y a un rey en lo alto del balcón a los que le daba la espalda. Todo esto mientras movía sus brazos como serpientes. Cambiando a la siguiente entonada por una postura con piernas extendidas y separadas del suelo sosteniendo el peso de su cuerpo a través de sus pies y manos. Moviendo eróticamente su vientre como si se tratasen de olas del mar. Comprimiéndolo y llenándolo de aire al son del silbante y agudo ney. Colocándose de pie con el cuidado de no enredarse con la tela de su falda y ejecutando las mismas y ya descritas movidas en esta nueva posición. En donde después de aligerar las movidas de vientre, caderas, pechos y brazos, las fue disminuyendo a medida que el silbido del dicho ney se iba apagando hasta que no quedó nada por escucharse.

Quedándose inmóvil como una estatua con la mirada hacia abajo, un brazo hacia arriba y otro flexionado ante su pecho, la gente pensó que hasta ahí había llegado su seductora danza. La cual había sido tremenda y con mucha habilidad en los músculos abdominales. Pero como en todo acto, siempre se esperaba algo más. Y un minuto de sensual ritmo no complacía a muchos que siempre esperaban una alzada en la música. Y Xena, no iba a dejarlos con las aganas. Por eso es que una nueva entonada impartida por los tambores comenzó a retumbar igual que los latidos de un corazón. Latidos en los que magistralmente la bailarina de rojo prosiguió a hundir y aflojar su vientre mientras que sus pechos subían y bajaban al mismo tiempo. La estatua cobraba vida y recordaba que estaba hecha de piel. Activando sus brazos ante la suma sonora por parte de la extraordinaria darbuka árabe cuyo sonido producido se asemejaba al golpeteo de unos cucharones sobre calderos de tan tenso que estaba el cuero sobre el hueco redondo del madero. De ahí hasta lo que fue un medio minuto más, los movimientos se asemejaron a los de una danza egipcia o a los de una dicha estatua que cobraba vida. Con flexiones tiesas y algo robóticas hasta que la entonada dio otro cambio.

Una roja bailarina había nacido esa noche ante las aclamaciones de un público que no creía como aquel cuerpo cambiaba de ritmo de un segundo a otro. Ahora, abandonando aquellos tiesos movimientos y sustituyéndolos por unos más flexibles y rítmicos con la incorporación de la cítara, el aulós y la lira. Teniendo entonces a una bailarina que regresaba con el primer ritmo pero mucho más apresurado y despampanante. Que fue subiendo con las rápidas tocadas del tombak que regresaba con su dominio en la entonada y el ritmo del vientre y caderas de la bailarina. Aumentando la tensión en los espectadores que sin esperarlo, vieron como ésta bailarina descendía a la plaza y se dirigía seductoramente ante unos guardias a los que entre vaivén de caderas hechizaba y les arrebataba de las largas cuchillas que cada uno guardaba en su cinto. Obteniendo un total de tres y subiendo a la tarima con ellas. Donde sin dejar de danzar, aunque algo más lento, hizo malabares con éstas tirándolas a los aires y pasándoselas de mano en mano por el mango sin cortarse. Los aplausos no faltaron. Cesando cuando aquella bailarina de rojo lanzó de una en una las cuchillas a tres postes dando en el mismo blanco en todos. Sobre las antorchas que sostenían.

―¡Wahahahahahahahahahahahahaha! ―gritaban todos impresionados por las destrezas en aquella hermosa mujer. Dejando con la boca abierta a muchos. En especial a cierta bailarina vestida de azul, y comprimida al conocido dios de la guerra. El cual no aprobaba el espectáculo que su princesa realizaba. Lo veía fuera de lugar y de tiempo.

Entonces ésa hábil bailarina que tenía impacientado a su querido Ares, le deja saber que aun no terminaba. Desatando de un tirón de sus caderas los anteriores descritos pañuelos encadenados. Meneándolos por el aire como la vez anterior y abandonando una vez más la tarima. Luciéndose entre el público con aquellas ráfagas rojas que ilustraban el veloz celaje de las telas. Hasta que llegó a una masa de hombres, guerreros o fornidos y jóvenes granjeros a los que les rozó los perfumados pañuelos, acariciándoles los brazos, pecho y rostros a uno que otro a su paso ante la colérica mirada de un dios al que se le podían ver chispas por los ojos. Su princesa estaba casi masajeando la carne de aquellos estúpidos mortales y el tenía que quedarse ahí, sentado como si nada. «Oh, Xena, te estás calentando.»

Pronto los hombres se le fueron aproximando, más y más hasta que desde el balcón lo que se vio fue una masa sobre su princesa. A todo mientras que ella se dejaba recostar en el pecho de uno, levantar sus brazos por otros dos, y ahora… Ahora una de sus desnudas piernas por un tanto maldito más. No, si aquel sujeto seguía subiendo la mano por el territorio que a él le pertenecía, a Ares, esa noche ese reino ardería más que Troya. Para suerte de éste y toda su población, Xena alejó a la masa que tenía de hombres al, sin saberse cómo, incendiar sus pañuelos de baile. Incrementando las llamas al avivar el fuego con los rápidos movimientos de éstos en el aire. Dibujando figuras encendidas por las llamas y dirigiéndose de vuelta a la tarima antes de que la tela fuera totalmente consumida. Tal vez por eso se había acercado tanto a las mesas. Porque allí se encontraban los candelabros con encendidas velas.

Cuando hubo terminado con los ahora extintos pañuelos cuya vida acabó en unos cincuenta segundos, la bailarina de rojo se tiró al suelo arrastrándose como náufrago recién llegado de las olas del mar que pasaba a felino al acecho. Al acecho de un guardia con un cayado en sus manos. Dirigiéndose hacia el grupo en el que éste estaba al borde de la tarima con pronunciados movimientos de cadera. Dándole una buena vista a un rey desde lo alto que ya se hacía planes para esa noche, mientras que un dios a su lado regresaba a su idea de colisionar a todo el reino.

Su Princesa Guerrera lo que parecía era una misma ménade que se arrastraba hacia los pies de Baco. Que en este caso era aquel guardia con el cayado en mano al que justamente estaba invitando a acercársele con su dedo índice. El guerrero, que no iba a ignorar aquella invitación, se acercó a la bailarina como un sonámbulo o cuerpo hechizado. Sintiendo como aquella mujer de rojo, sentada al borde de la tarima, lo amarraba por su cintura con sus desnudas piernas y le masajeaba los hombros hasta recorrer sus espalda con sus manos. Estaba en busca de algo. Su cayado. Y antes de tomarlo terminó por adormecer a su víctima hincando con sus dientes un lóbulo de la oreja de éste. ¡Qué gloria! Aquel joven guardia no pudo hacer otra cosa que tender su cabeza hacia atrás mientras que una Xena le arrebataba su cayado y luego le hacía regresar al mundo de los vivos pateándolo con ambas piernas por su pecho en dirección hacia hasta donde hace poco envidiosos compañeros le miraban. Que al verlo rodar tres veces por el suelo, no pudieron contener las carcajadas que escaparon por sus bocas. Ni ellos, ni todo el que vio el suceso.

Con cayado en mano, Xena se lució ante todos con las destrezas que sólo podía tener una misma guerrera. Dándole veloces vueltas en sus manos, pasándoselo de una al otro. Arrojándolo hacia el aire y atrapándolo para repetir los giros. En donde muchos se ponían entre la duda de si aquella mujer era una guerrera en verdad, o trabajaba para un circo o algo por el estilo. Porque mujer de vida hogareña no era. Cuestionándose más que todos sobre su crianza el general que la llevó al castillo. Pensaba que sólo era una hermosa doncella de campo. Probablemente dedicada a la agricultura o a un rebaño de ovejas. Pero con todo lo que estaba haciendo, ya veía bien claro que no. Como fuese, no podía negar que era realmente hermosa. Aunque al mismo tiempo toda una fiera que atraía a los hombres para luego sorprenderlos con un golpe. Dejándolos en completo ridículo tras caer en sus encantos.

Como que la tarima no era su lugar de preferencia. Bajándose nuevamente de ella y dirigiéndose ante unos tantos guerreros más sentados sobre bancos frente a una mesa. Éstos al verla aproximárseles, se pusieron en pie al instante y con los ojos bien abiertos. Dos cosas eran segura, o los acariciaba o los golpeaba, o ambas una tras la otra. Sabiendo lo que pensaban, la bailarina de rojo les dedicó una sonrisa bajo su velo y de un salto con su cayado, trepó a la mesa llena de platos, botellas con alimentos. Pateando gran parte de éstos para hacerse de un espacio, y de paso distanciar a unos cuantos hombres que como que no entendían que esa mesa era ahora su nueva tarima. Entonces ella tomó una botella de vino y bebió bajo su velo el contenido para luego soplar sobre una cercana antorcha que tomaba en mano y aumentar grandemente sus llamas ante los que querían darle alcance. Ganándose aplausos de los que a diferencia de ella, sí estaban borrachos, y inquisidoras miradas de los que le vieron derramar el contenido de la botella sobre los extremos del cayado. Contestándole a su curiosidad cuando pasó ambos extremos entre el fuego de la mencionada antorcha que regresó a su posición en la base de acero que le sostenía encima de la mesa.

Con ambos extremos encendidos en puras llamas, la guerrera disfrazada de bailarina realizó los mismos trucos con aquel largo palo que ahora dibujaba remolinos de llamas en los aires. Dando vueltas sobre aquella mesa al son de una música que desde hacía rato le estaba siguiendo el ritmo a ella. Ella que se movía como si estuviese flotando. Dando brincos de un lado para el otro de aquella larga mesa usando el encendido cayado como jabalina. Deteniéndose por un momento para tomar aire y dirigirle una mirada hacia los músicos. Hombres que entendieron que ya estaba por finalizar su danza. En la que la bailarina saltó de la mesa para ir de regreso a la tarima tras usar nuevamente su cayado como jabalina de Olimpiadas. Llegando al adoquinado suelo en un parpadear y espetando un extremo encendido del cayado en un orificio entre adoquines en el centro de la tarima utilizado a menudo para colocar una bandera. Por lo dicho como que ya le había echado el ojo. Pues no llegando hasta allí y ya tenía el cayado espetado y ella dando vueltas alrededor de éste para subírsele y seguir dando otras vueltas más con sus encamaradas piernas. Deteniéndose con la columna arqueada hacia tras y sus manos bien sujetadas del palo de madero cuando la darbuka y el tympanon dieron su último sonido a tiempo que estiraba un brazo también hacia atrás y mostraba un agitado pecho y vientre producto de los siete minutos en los que no había parado de moverse.

Encaramada aún en aquel cayado cuyas llamas del extremo superior se comenzaban a mover hacia el frente, puesto que las inferiores ya se habían apagado al tener contacto con la humedad en aquel orificio, la bailarina de rojo permitió que sus piernas se pararan en el suelo y que con ello su respiración y pulso se relajaran. Estaban tan acelerados que hasta entonces no escuchaba los gritos, aplausos y jubilosas aclamaciones por parte de un público que había visto la mejor danza árabe de su historia. Muy "agradecida", Xena se inclinó ante la masa de gente que no dejaba de gritarle con apodos al desconocer su nombre. No olvidando que a sus espaldas se encontraba el monarca de aquel reino, porque el dios se podía ir por un mismo tubo, se dio la vuelta para mirar fijamente al gobernante y arrodillarse ante éste hasta que casi su pecho tocaba el suelo.

Fue la primera vez en todas las celebraciones pasadas, que el monarca se ponía de pie de su trono ―bueno, ahora del asiento en el que estaba puesto ya que cierto dios se lo había tomado prestado― y se acercaba con sonoros aplausos a alguien que no venía siendo más que otro siervo de su reinado.

―Que lluevan más aplausos ―pidió el monarca a toda su gente―, para esta bailarina de rojo. Para esta talentosa y candente mujer. ¡Para la Bailarina de Fuego! ―le acabó por apodar.

―¡Woahahahahahahahahahahahahahaha! ―aclamaban a coro el público.

―¡Ha bailado realmente como una musa! ―gritaba un hombre desde cualquier lugar.

―¡LA BAILARINA DE FUEGO! ―gritaban al unísono unos tantos más.

―¡Ha sido todo un talento digno de mi reino ―no pudo retener el monarca la manera de incluirse en la alabanza el mismo!―. Ya lo ha visto, dios Ares ―le dijo en cuanto éste se acercó al barandal del balcón.

―Sí, Grégor II. Sí así bailan las mujeres en este reino, ya me imagino como deberían de pelear los hombres ―comentó con plástica sonrisa a un público que todavía no dejaba de aclamar. Pasando la mirada de hipocresía de éstos y cambiándola por una profundamente seria a la roja bailarina que seguramente le estaba sonriendo bajo el velo. Esos ojos entrecerrados de picaría le delataban grandemente.

Después del acto de la bailarina roja, en la fiesta sólo el vino tuvo sabor. Y de suerte. Aquella mujer de fuego dejó con la garganta seca a toda la población masculina. Teniendo sólo uno el derecho de calmar su sed. El rey. Quien como monarca se auto otorgaba tal privilegio para lo que quedaba de noche tras darse por finalizada la celebración. En donde los aldeanos regresaron a sus casas en el campo. Los sirvientes a sus respectivas habitaciones en el castillo, deseando que el amanecer no llegara dentro de tres días pues la limpieza de la plaza tras una fiesta no era tarea sencilla. Mientras que los guardias de turno nocturno a sus respectivos puestos de vigilancia. Sólo algunos guerreros que aún les quedaban energía, se quedaron a terminar las abandonadas botellas de vino junto con algunas gratas compañías. Digamos que no todas las sirvientas y bailarinas regresaron a sus habitaciones a DESCANSAR esa noche. Una de ellas lo había sido la bailarina de azul marino. Muy ocupada con aquel guerrero de entre mezcla persa y griega al que le regaló su manto. Ni modo. Ella había tenido aspiraciones más altas, pero una contrincante con cara de mustia y naca fue más rápida.

En la misma sala en la que habían cerrado el algo forzado trato, rey y dios hacían un último brindis por el nuevo comienzo que divinidad y reinado estaban "forjando". Por no decir, alianza, claro. Ares no era de los que se aliaba con nadie. Él sólo iba y venía según lo provechoso de la situación. En esos momentos por ejemplo. Sus planes eran los de haberse marchado hace rato pero por culpa de una hermosa guerrera, según él, tuvo que reconsiderar cierta invitación del rey de hacía ya horas.

―Será un verdadero honor que usted y sus hombres pasen la noche en mi castillo ―se complació un rey que ya veía las caras de monarcas vecinos cuando se enteraran que el dios de la guerra prefirió la comodidad de su reino que su majestuoso templo en el Olimpo―. Le mandaré a preparar la habitación de la torre este, es igual de grande y amplia que la mía. Pero con una vista espectacular hacia las montañas. Basta decir que era la de mis abuelos ―indicaba el monarca mientras abandonaban la estancia y se encaminaban hacia un corredor con vuelta a la redonda en donde al asomarse por el barandal, se veía lo inferior del primer piso. Allí en el área del recibidor, se veía la figura de la denominada Bailarina de Fuego acompañada de dos guardias a su espalda. Ésta, que se movía con disimulo entre el espacio abierto, haciendo que miraba cuadros o estatuas, subía la mirada a un dios que ya conocía perfectamente cuales eran los planes de su querida guerrera. Pero sobre su cadáver iba a permitir que ésta se atreviera a todo por unas miserables monedas.

―Siempre y cuando me provea una buena compañía, todo será perfecto ―indagó un sonriente dios con la meta de impedir que su Xena cometiera una estupidez y el mundo entero terminara pagando por ello.

El rey, que comprendía perfectamente a lo que se refería, agrandó la sonrisa que ya de por si tenía. Otra cosa más que se chismearía más allá de su reino. Que el dios de la guerra le pidió a él tener las mujeres más hermosas de su tierra. Si de esa su reino no quedaba bendecido, era porque, como todos decían, el Olimpo no era más grande.

―No faltaba más, mi respetable señor. ―Se hacía ya nuevas caras de chismosos y sorprendidos en su mente―. Tendrá todas las que guste. Desde sumisas doncellas hasta experimentadas mujeres. Usted sólo pida cuántas desea y mis hombres se las tendrán en su habitación al instante.

―Es usted muy generoso, Grégor II. Pero debo decirle que soy conforme con sólo una.

―Como guste, una a la vez tan poco está nada mal. Así tendría mañana una diferente si gusta repetir la noche en mi reino. Sabe, podría mostrarle durante el día mis…

―Creo que eso no va a ser posible.

―Ah, pues como desee ―aceptaba un rey cuyo interés ahora no era sobre la persona de Ares. Sino sobre una hermosa roja bailarina que subía las escaleras directo a su piso. Con la falda alzada para evitar pisarla y revelando más piel de la debida―. Yo creo que ya me voy despidiendo, sabes. Yo también voy a estar un tanto ocupado. ―No vio necesario dar más explicaciones sobre lo obvio.

―Pues que le aproveche, Grégor II. Ahora, por favor, dígame a dónde me dirijo con esta bella compañía a los aposentos que me ofreció.

Tanto una Xena como un rey pusieron caras de: ¡¿QUÉ?! ¿Es que no era evidente que el rey la había elegido a ella para esa noche, y por lo presenciado durante la celebración, ésta hacía rato a él?

―Eh, señor… Eh… Ares ―no encontraba como negarle su petición un rey al que una sensual de Xena se le arrimaba a su lado y fulminaba con la mirada al dios―. Creo que no sabe que ya he elegido a ésta bailarina para…

―¿Y eso qué? ―inquirió la deidad de la guerra como si nada―. Yo soy el dios. Así que la espero a ella en mi…

―De ninguna manera ―habló por ella misma una Xena que lanzaba cuchillas por los ojos―. Ya he accedido a servil a mi rey ésta noche.

El monarca, en medio de ambos no supo que cara poner ante la reacción de aquella plebeya. Por un lado, debía de sentirse alagado de que se le escogiera entre un dios. Y por otro, sentía también que su vida peligraba al servir de obstáculo ante un poderoso ente como el señor de la guerra.

―No fastidies, Ares ―le murmuró entre dientes Xena que se atrevió a acercarse a un pie de distancia―. ¡Guardias! Escóltenme a la habitación de nuestra alteza ―demandó poniéndose en marcha ante éstos―. ¡Acaben! ―exigió al ver que éstos se debatían entre sí hacerlo o no. Bien claro que habían escuchado como el dios la había reclamado para él. Sin embargo, viendo como se reía y con un movimiento de su mano les indicaban que podían llevársela, desaparecieron del lugar junto con el aroma a rosas rojas que desprendía su esbelto cuerpo.

―Pues como que yo me voy alistando para… Eh… Mis hombres se encargarán de escoltarlo y llevarle lo que desee, Ares ―se apresuraba el monarca que no veía por qué seguir ahí en espera de que el dios se arrepintiera de lo aceptado.

Como bien se lo dijo, la habitación era lo suficientemente espaciosa como para meter en ella a un buen harén de mujeres. La cama, simplemente perfecta. Cubierta de rosas y cojines con unos diez pies al cuadrado de largo y unos ocho de ancho. Cabiendo fácilmente unas doce mujeres ahí con él en el centro. «Nada mal», pensó. Se veía más cómodo que hacerlo en medio de su trono en su templo con unas cuantas salvajes enloquecidas fieras que para lo único que usaban su boca era para comerle la piel. «Oh, las odiosas Erinias ―recordó a las vengativas hijas de la noche. ¡Qué tiempos aquellos en los que estuve en mi mayor apogeo!» Teniendo en sus manos a cuanta mortal, criatura o divinidad que se le antojase. Ya fuese para esa necesidad carnal que ni los dioses se salvaban, o para que hiciesen el trabajo por él. «Esa Callisto, que mucho jugo le saqué. Y en todos los ángulos. Eris, mi querida discordiana hermanita "adorada" que donde quiera que plantabas un pie, veneno sembrabas». Recordó en esos días en los que él se divertía en grande con féminas fieras por toda la guerra que se provocaba en su nombre. Todo un caos seguido de pasión. «Simplemente, ¡¿qué días aquellos?!»

De pronto, se le vino a la memoria un recuerdo de la últimas veces que durmió a gusto con más de una mujer a su lado en una cama. No era precisamente un harén. Para nada. Sólo eran dos. «¡Pero qué par eran!», se dijo y con razón. Siendo una nada más y nada menos que su obsesiona guerrera. Con ella y con su "angelical" amiga promovedora del bien y la paz y todo lo que vaya agarrado de la mano. Fueron durante los días en los que convivió con ellas en una granja tras ceder su inmortalidad a cambio de que sanara y prácticamente resucitara a la barda de Gabrielle ―su parlanchina amiga― y a Eva ―la hija de Xena―. El único linaje que la guerrera pudo dejar con vida en el mundo y el único que se estaba encargando de dar descendientes para los años venideros. ¿Hasta dónde había llegado con tal de que el amor de su vida aceptara quedarse a su lado? ¿Y qué pasó? Nada. Su preciada guerrera al final se le fue de las manos hacia un mortal destino. Que cruzó a sabiendas de que no volvería jamás. O al menos por sí misma. Claro ya es que él, Ares, le ha traído de vuelta. O eso parece.

Todavía era la hora que se preguntaba qué habría sido si Xena hubiese aceptado quedarse a su lado. Ser una pareja de mortales los dos hasta el fin de sus días. Ese día, después de que se armó una revuelta con su hija Eva y una disputa entre las amazonas que querían matarle por su pasado como Libia. Y ella, Xena que se lanza a su rescate. Él, que así en su mortal condición le sigue el paso pues para completar, sus hombres que aún lo veneraban como dios, y que creían que lo seguía siendo, se dirigían al territorio de las amazonas para complicar más las cosas. Tanto, que él y Xena se terminan matando a golpes. Ella que cae en un lago congelado y queda atrapada en el hielo por un golpe suyo y se ahoga. Creyendo haber acabado con la vida del amor de su vida realmente le llora al Olimpo frente al frío cuerpo de su amada.

¿Qué si estaba muerto o latente el cuerpo de su princesa?, al fin y al cabo fue revivido por las atenciones de la amiga más grande que tenía ésta, Gabrielle. Quien bastó con que le soplara con su aliento boca a boca, por no decirse así mismo que la besó, y Xena que volvía a la vida una vez más de una cuenta ya perdida. Regresando la felicidad a su cuerpo por ello. Más desvaneciéndose en la tarde cuando su princesa admite que le amaba, pero que no podía estar con él porque no era y que bueno para ella. «¡Por Zeus, mi padre! ―expresó―. ¡Que mejor hubiese dicho que se inclinaba más por la rubia barda! Pero que no metiera semejante excusa de por medio.» Estaba claro, ella era alguien extremadamente posesiva. Alguien para liderar y controlar. No ser controlada y liderada. Y sabía que con él, eso estaba en riesgo de cambiar. Cada vez que su cuerpo se rendía ante sus caricias, se lo confirmaba una y otra vez. «Por esa cuenta cuentos es que lo de nosotros nunca pudo ser ―prosiguió entre sus pensamientos―. Por esa chiquilla que evolucionó de campesina a guerrera, es que aceptaste la muerte. Tu cabeza fue llenada con las ideas pacifistas de esa barda, sacrificándote por salvar a miles que ni te lo agradecerían en la otra vida.» Sí que todavía ese nombre, Gabrielle, le retumbaba en la cabeza. No obstante, no podía negar que con el tiempo le llegó a tomar simpatía o admiración a esa barda. Esa ex campesina del para él maldito pueblo de Potidea que la vio nacer, tenía sembrada en su interior la semilla del espíritu guerrero. Cultivando el diminuto brote desde que conoció a la guerrera más grande de la historia.

Era dios, volviendo a ser inmortal. Había pasado por el sentir carnal de un mortal varias veces al grado de que su identidad se sentía como igual, como un mortal. Un inmortal que sentía, pero no moría. Sintiendo esos momentos el dolor de la nostalgia. Porque nunca olvidaría todo lo que fue, y lo que pudo haber sido. Nunca. Los recuerdos seguirían con él por toda la eternidad. Y ni el tiempo ni el olvido, lograrían arrebatárselos. Lloviera cuanto lloviera, nacieran y se extinguirán cuantas estrellas quisieran. Porque un amor como el que él tuvo con la mortal más maravillosa del mundo, no lo olvidaba ni él ni nadie. Y tarde o temprano su preciada guerrera lo terminaría recordando. Para ese entonces, su eterna obsesión al fin sería alcanzada. Estaría a su lado. Siendo sólo de él y para él. Y pobre alma desgraciada que se atreviera a arrebatársela o tan sólo a tocarla. Su cuerpo y alma le pertenecía más que a él. Teniendo que estar al pendiente de que así fuera. Porque como que en esos momentos, unas manos estaban a punto por tomar, lo que bien decía, que era suyo.

―Xena ―nombró el dios al temer que su preciada mortal se atreviera a entregársele a aquel saco de arrugas sobre huesos con tal de sacarle información sobre los malditos óbolos. «¡Primero se cae en cantos el cielo antes de que eso suceda!» Y dicho y jurado, dios de la guerra que desaparece de aquella habitación para reaparecerse en otra.

―¿Qué haces aquí? ―cuestionó Xena tras un brinquito de susto ya que esperaba obedientemente sentada sobre la cama a un rey que por suerte, aún no llegaba.

―Nos vamos ―le fue directo tomándola bruscamente por el brazo para levantarla de aquel lecho.

―¡Ya te dije que no fastidies, Ares! ―se le zafó rebeldemente―. Me mentiste. Dijiste que te ibas a encargar de sacarle de la mente al rey la ubicación de los óbolos y qué es lo que has hecho… ¡NADAAAAAAAA!

―Xena, cálmate que no sabes lo que dices ―pedía ahora Ares tratando de detener a una bailarina que quería realizar un acto más impactando una tinaja de bronce sobre su cabeza―. ¡Que no creo que sea el lugar para que armes tus numeritos! ―expresó tras esquivar dicha tinaja que salió volando hacia su cara.

―¿Ah, no? ¿No me digas? ¿Y qué es lo que realmente has hecho? ¿Eh? Anda dime. Porque hasta un ciego se enteraría de que no has hecho otra cosa más que lucirte por todo el reino como el gran dios y señor de la guerra. ¿Para eso trajiste a tus hombres, ¿verdad? Para armar todo ese teatrito. ¿Y qué por mi seguridad? ¿Cómo no? ¡Eso no me lo bajo ni con aceite!

Viéndola parada sobre la cama del rey e impactándole cuantas veces quiso y pudo con un duro cojín, Ares se tuvo que armar de paciencia una vez más ante aquella mujer que de pronto se comportaba como una misma chiquilla. Masajeándose la sien derecha para ayudarse un poco.

―¡Xena, basta! ¡Que el papel de mujer paranoica no te queda. Nunca te ha quedado y nunca te quedará.

―¿Entonces qué es lo que me queda, Ares? ¿Este maldito vestido de bailarina? ―cuestionó ganando la evaluadora mirada de un dios que no podía negar que sí, que simple y sencillamente le quedaba perfecto―. Mira lo que he tenido que hacer por conseguir lo que tú, aún no me has dado.

Si se había vestido de esa forma tan… deseable ante sus ojos ―es que no encontraba otra palabra―, fue porque quiso. Al menos al ver del dios. Quien se agarraba de que bien claro que le dijo que ya tenía la información predilecta.

―Ya te he dicho que te equivocas, Xena. ¡Y no creas que a pruebo el bailecito ese que diste allá afuera! Tenías a todos los hombres con los ojos brotados. Y ahora un rey quiere que le termines de hacer lo que queda de noche por esa insensatez tuya. ¡Cuando te había dicho que ya sé donde se ocultan los óbolos!

―¡Pues entonces grítalo ya!

―Están bajo una pequeña trampilla. Bajo una losa cubierta por una estatua de alguna deidad en una hilera entre unas cuantas más ―soltó con apuro―. Es un sitió sombrío y en ruinas. Podría tratarse de alguna planta baja en el castillo o alguna infraestructura en las afueras.

―¿Podría tratarse? ¿Entonces con todo y eso, no sabes dónde dicho lugar se encuentra? Como que es lo mismo a no saber dónde están sepultados los óbolos, Ares. ¿No?

―Eh, pues, eso aún no lo he…

―No hay problema, Ares. Porque yo misma se lo sacaré de la boca del rey y yo misma iré por ellos. Tú no te preocupes. En vez de estresarte, deberías divertirte con lo que te van a llevar a tu habitación. Adelante, ve y diviértete como todo un dios.

«¿Es qué esta mujer no entiende lo que podía pasarle si se quedaba aquí?», se preguntaba sin poder creerlo. Sabía que no iba a permitir que un perfecto idiota la tomara. Pero el mero hecho de que ese mismo idiota le mirase con deseo a los ojos, era suficiente para que se le hirviera la sangre.

―Escúchame bien, Xena. Si te dejas tocar un solo cabello por ese…

―Creo que va a llegar a tocarme mucho más, Ares ―le sonrió ésta para fastidiarle a tiempo que dejaba caer una mano por su pecho encolerizando más de la cuenta al dios.

―Sabes bien a lo que me refiero. Aunque, no sé porque me preocupo tanto ―optó por relajarse―. En tu primera vida fuiste toda una maestra. Pero ahora en tu segunda… Querida, en tu segunda sigues siendo virgen. Y en cuanto veas que ese viejo lo quiere todo, sé que saldrás gritando mi nombre.

La cara que puso Xena ante lo escuchado, fue la de un mismo hambriento ogro cuando se le escapa su presa. Mira y que atrevérsele a decirle semejante cosa. ¿No qué decía conocerla bien?

―Cínico ―le escupió con todo insulto―. ¡No eres más que un cínico! ―le repitió lanzándole el cojín a su cara. Entonces sus expresiones se relajaron de un segundo a otro. Con Ares no se podía pelear para vencerle. Sino seguirle la corriente y ver cómo caía en sus propias trampas―. ¿Y tú qué sabes? Tal vez hasta te sorprenda.

―No te atrevas, Xena.

―Voy a obtener esos óbolos, Ares ―aseguró distanciándose de él y cubriéndose con el velo nuevamente. Se escuchaban pasos que se avecinaban y como que el dios ya tenía que ir marchándose―. Y ni tú ni nadie me lo va a impedir.

―Te voy a estar vigilando ―le indicó con un dedo mientras desaparecía.

―Como gustes.

No hizo más que extinguirse el resplandor que Ares siempre dejaba en sus teletransportaciones, y la puerta de la habitación que se abría dando paso a un monarca que pensaba que esa noche iba a ser la de su vida. Apresurándose en despojarse de su capa, toga real, botas y camisa. Mostrando un pecho con canosas vellosidades y carente de musculatura alguna. Tan poco era que se estaba muriendo de hambre. Solamente que su prominente figura no era más que armadura o gruesas capas de tela.

Xena permaneció en silencio e inmutable mientras que el rey se deshizo de sus ropas quedándose únicamente con una pieza de blancos pantalones como ropa interior. El rey de vez en cuando le ojeaba para ver si ésta le miraba. Pero nada. Se quedaba con la vista clavada sobre las cortinas del lecho como si él no estuviese. «Bien, con que es de las que espera por una orden antes de dar un paso al frente ―dedujo erróneamente el rey en su mente―. Excelente, eso deja mucho que decir. Es una perfecta y obediente mujer. Como deberían de ser todas.» Únicamente que esperaba que en su cama fuera tan energética como en la plaza en donde bailó. Para eso era que la había pedido. A lo mejor era que se sentía un poco nerviosa por estar con él, con el rey. O eso creía. Desajuste que una copa de vino remediaría al instante.

Comieron y bebieron sentados en el lecho de cama. En donde la bailarina se llevaba bocados o copas bajo el velo que aún no había querido quitarse.

―¿Qué no me vas a mostrar tu rostro?

―Creí que era mi cuerpo lo que le interesaba ―dijo una Xena en su papel de mujer sumisa que ni a los ojos de un hombre se atrevía a mirar.

―Eh, bueno eso también, preciosidad. Es sólo que quiero ver el rostro de la hermosa mujer con la que voy a pasar la noche. ―Y dicho esto, el rey que extiende su mano e intenta tirar del velo que cubría la cara de Xena. Para su lamento ésta se aleja.

―Desea que le sirva un poco más de vino, alteza ―se apresuró Xena que para nada que le apetecía corresponder a aquel hombre―. Podría realizarle una danza mientras bebe ―sugirió con seductores gestos―. Después de todo, el dios Ares en estos momentos debe de tener a todo un harén bailándole para él.

Él rey, que sabía perfectamente que aquello era más que cierto. Que el dios de la guerra en esos momentos debía de encontrarse en medio de toda una fiesta privada en su castillo, no lo pensó dos veces y accedió al ofrecimiento de aquella bailarina olvidándose de verle su rostro. Quería tener mucho que contar a quién le preguntara que cómo había pasado la noche. Sobre todo al general. Quien al igual que el dios, escuchó que también se hubo de interesar en la hermosa mujer que ahora tenía en su propia recámara.

―Por supuesto, hermosa. Nada mejor antes de que te tenga entre mis manos.

Xena mostró por lo oído más bien una mueca que una misma sonrisa. Cielos, a ver cómo le hacía para que se siguiera tragando más vino. Ella mientras tanto procuraría a penas probarlo e ir adentrándolo en una conversación en el que terminara sacándole el escondite de los óbolos. Por el momento, bailaría para hechizarlo más de la cuenta. Sabía que no fallaría. Haciendo uso de sus dotes de seducción con otro pobre diablo que se le cruzaba en el camino.

En otra parte del castillo, mientras la guerrera embrujaba con sus encantos a ese pobre diablo que en esos momentos no era otro que el mismo rey, un Ares intentaba relajarse con el bello paisaje que se le tenía de frente. Sabía que Xena no iba a cometer la estupidez que él pensaba, así que lo mejor era que disfrutara un poco de los cuerpos semidesnudos de mujeres que bailaban y tocaban para él. Eran alrededor de algunas veinte. Entre las que estaban la mayoría de las anteriores bailarinas. Ahora cambiadas y con vestidos de pasteles colores. Podía asegurar que dos pares más a aparte de éstas eran concubinas del rey. Mientras que las silenciosas y asustadizas vestidas de blanco entre las esquinas eran doncellas de pueblo. Recién capturadas para él. ¡Mirar si sabían que era un dios!

Con tanta música y tantos eróticos bailes, Ares se sintió como cuando espiaba a las amazonas en sus alocados y nudistas rituales de hermandad. O cuando en su templo le esperaban hermosas ninfas que al subírseles la temperatura, parecían más fieras hambrientas que las frágiles jóvenes que ante cualquier viajero siempre aparentaban ser. Hacía tiempo que no tenía días como aquellos. Desde que su guerrera murió anduvo todo un siglo en la recuperación de su alma, en la vigilia de que renaciera en un cuerpo con su misma carne. En que creciera sana y segura. Que durante su adolescencia fuera entrenada para que se convirtiera nuevamente en la grandiosa guerrera que una vez fue. En otras palabras, estuvo bastante ocupado. ¿Y por quién? Por ella, por Xena. Este, bueno también por él porque con ella al fin tendría su poderoso ejército e imperio sobre la tierra. Eso ya todo el mundo lo sabía. Pero de todas formas, aunque con ella no pudiese lograr tal sueño, como quiera hubiese descendido al inframundo en busca de su alma. Porque todavía no había dejado de amarla.

Quien lo viera en aquellos momentos no se tragaría el cuento de que aún llevaba más de un siglo enamorado de la mortal que tantas veces lo despreció en vida. Con todas aquellas mujeres que se le trepaban encima, admitía que hasta él mismo se juzgaría si se observaba reflejado en el espejo. ¿Qué cosas pensaba? Él hacía lo que se le viniera en gana. Para eso era un dios. «¿De cuándo acá pienso en auto prohibiciones?», se cuestionó. ¿A caso se negaba placeres por sentir que no había otra mortal en la tierra que el más quisiera que su preciada Princesa Guerrera? Cierto, eso era cierto. «Pero no significaba que por pasar el rato con algunas fulanas que ni sus nombres conozco, voy a dejar de amarte, Xena. Además, qué estás haciendo tú ahora mismo. No, que no puedes estar haciendo. Es que de imaginarte en los brazos de otro ya me entran ganas levantar una guerra contra el mundo entero.»

Había dicho que la vigilaría. ¿Y qué hacía? Ahí tendido en una gran silla con tres concubinas sobre su pecho y piernas. Acariciándole, lamiéndole como sedientas zorras y al mismo tiempo moviéndose encima suyo. Viendo al fondo como las bailarinas le incitaban a acercársele con sus ya desnudos pechos bajo sus largas melenas y sus faldas semitransparente que dejaban ver lo que debajo había. «¡Qué mujeres las de este reino!», tuvo que admitir que si eran hermosas. Mujeres que no tenían el menor pudor por ser él un dios. Todo lo contrario. Estaban dando más de lo que le darían a cualquier hombre mortal. Todas, excepto las cuatro asustadizas jóvenes de las esquinas. Bueno, siempre que se quedaran así de quietas no les haría nada. No estaba para gritos y pataleos. Es más, en el fondo no estaba ni para las que tenía sobre sí mismo. No estaba porque por más que lo intentaba, su cabeza viajaba nuevamente a la habitación en la que cierta bailarina de rojo se encontraba con un maldito rey.

Si tan preocupado estaba entonces, pues qué rayos hacía ahí todavía y no acababa por velar por lo que como él decía, era suyo. Tenía que abandonar esa habitación. Más no podía hacerlo sin que dejaran de verlo. Necesitaba testigos que dijesen que en todo momento estuvo e lugar. Los óbolos pronto serían robados. Y su trato con el rey podía irse al demonio si éste sospechaba que él estuvo detrás de todo. «Pero espérate un momento ―se detuvo en medio de su meditar interno―. Al demonio también si el rey me acusa. Soy un dios y por más monarca que sea el viejete éste, tiene que atenerse a mis órdenes y amenazas. Lo que pasa es que, bueno, he dejado una prestigiosa imagen en este pueblo con mis enredos de palabras y manipulaciones. Además, no hay mejor guerrero que el que por su voluntad lucha que el que es obligado a levantar la espada. Por estos últimos es que las victorias cambiaban de bando. Uno nunca sabe cuando el sometido se revela y cambia de blanco. Además, sigo firme en achacarle la culpa a alguien más.»

―Eh, eh, eh… Silencio, eh, quietas todas. Escuchen a su dios ―detuvo a las alocadas mujeres que le dejaban sin aire y a las que no paraban de dar brincos y giros como si estuviesen bajo posesión―. Así, que chicas tan obedientes. Creo que tomaré sus datos por si se me ocurre regresar a este reino por un poco de diversión. Aunque eso dependerá de ustedes, hermosuras ―decía al caminar entre ellas y tenerlas agachadas y sonrientes a sus pies―. Hoy será una noche como nunca. Y cada una tendrá la oportunidad de estar conmigo. Que no les quepa la menor duda. ―Y ante esto, que se escucha un gimoteo entre las asustadizas doncellas de pueblo que no pasó desapercibido por el agudo oído de Ares. Dios que fue directo hacia ellas. Acurrucadas unas contra las otras en una oscura esquina―. ¿Qué? ―Les hizo dar un brinquito de susto a las pobres en cuanto se les acercó―. ¿No quieren pasársela en grande en la fiesta. ―Las jóvenes no contestaron. Sino que la más pequeña, una que debía de tener unos doce años, empezó a llorar. La que a su lado estaba, su hermana mayor al juzgar por su físico, intenta calmarle. Pero viene un Ares y la levanta sorpresivamente por su brazo―. ¿O soy yo o ustedes no tienen cara de querer divertirse? ―La chica no contesta. Sino que apenas niega con la cabeza. Ares, sabiendo que se moría de miedo, la termina de intimidar con su fija mirada en los grises ojos de ésta―. Mira nada más, con razón traes esa cara de pena y aguafiestas. Si por ojos tienes un nublado cielo. No obstante, tu rubio cabello viene siendo como la luz de la esperanza. Y yo sé que tú la tienes, ¿cierto? ―La chica no supo que contestarle. Es que no entendía de qué estaba hablando aquel dios que con una delicadeza jamás sentida, le acariciaba su mejilla―. Anda, vete. Nadie te obliga a ti y a tus amiguitas a estar aquí. Dile a los guardias que las dejé ir. ¡Pero ahora!

Que aquellas asustadizas y lloronas jóvenes se largaran era lo mejor que podían hacer. El quedarse, resultaría un estorbo para él. Que buscaba testigos que le apoyasen, no que le inculpasen. No siéndole conveniente que dos pares de chiquillas lloronas abrieran sus bocas para decir cómo había hipnotizado al resto de las mujeres tras ésta quedárseles mirando a los ojos. No era una cosa que se le diera fácil siendo éstas varias. Pero se amparaban en el poder de su seducción para lograrlo.

―Hermosas, pasen por aquí ante mí ―pidió al grupo de deseosas mujeres que se arrastraban a su pies en busca de aunque fuese, una mera caricia de él―. Mírenme todas, ahora. ―Las mujeres hicieron lo pedido sin retraso alguno―. Ahora cierren los ojos y verán cómo me tienen. ¡Cómo las hago mías! ¡Y las subo a lo alto del Olimpo!

―¡Oh, sí!

―¡Sí, Ares!

―¡Somos tuyas!

―Llévanos contigo a tu templo ―gemían las extasiadas mujeres con sus ojos cerrados mientras que Ares pasaba entre cada una de ellas y les acariciaba su vientre. Vientre del que se veía encender una rojiza luz desde adentro. Cayendo muchas al piso sin poder resistir el placer que invadía sus cuerpos. Abrazándose contra mantas o unas contra las otras. Besando al aire o a una de ellas mismas y moviéndose como si entre sus brazos, estuviesen a ése que deseaban. Al dios de la guerra.

―Hay que ver lo estúpidas que son ―masculló un dios que se desaparecía de la estancia para regresar a una habitación de la que no debió de haber salido sin su princesa.

Su mandíbula quedó completamente desencajada, colgando, hasta el suelo cuando vio a la mortal de su vida con todo el pecho bañado en vino y al maldito rey chupando de ellos sobre la tela mientras que ella se derramaba más la botella sobre encima. Obligando a aquel maldito gusano a beber más de sus pechos. Separándolo cuando ésta veía que se le alargaba la mano e intentaba tocar más de lo que hasta el momento le había permitido tocar. Introduciendo el rey una mano bajo el sostén de rojo y doradas lentejuelas para ser alejada por una guerrera que ante la mirada de desagrado que éste ponía, le mostraba una dulce sonrisa bajo el velo llevando el orificio de la botella a la boca de éste para que bebiera más y más vino. Vaciándole la mayor cantidad posible antes de que decidiera cerrarla.

―¡Ya, ya, dulzura! Como que ya he bebido más que suficiente. Ahora vamos a lo que vinimos, ¿quieres? ―decía un rey al punto del mareo y aun así intentando ganarse un beso de la belleza que ahora le tenía contra la almohada y la botella de vino.

―¡Oh, sí! ―se relamía los labios ocultos la roja bailarina que ni en los sueños del rey cumpliría su deseo pero no dejaba de tentarle hincando su velo con su propia lengua―. Claro, querido. Te juro por mi vida, que te haré ver las estrellas como nunca ―aseguró causando que dos pares de ojos se agrandaran más de la cuenta. Los del rey que tenía sobre ella. Y los de un no muy lejano dios de la guerra que aunque aún no se había materializado, bien presente que estaba en aquella habitación.

―Sí, las estrellas ―se emocionaba el rey―. Quiero verla a todas y comprobar que realmente son infinitas.

―Y lo son, alteza. Tanto como el profundo placer que le voy hacer sentir a todo su cuerpo ―siseó la mujer de fuego bajando su mano blanca desde el cuello del rey hasta más debajo de su pecho en donde la subió de sopetón para, junto con la otra, levantarle la cabeza y seguir hablándole―. Sólo necesito saber una cosa más antes de comenzar ―anunció regresando la viajera mano al territorio en donde se había quedado, casi en la ingle del rey. Para ahí bajar con velocidad más abajo y pasar a acariciar la parte media de uno de los muslos de un hombre, que ya tenía firmada su sentencia de muerte con un verdugo llamado Ares.

―Sí, sí, te diré lo que quieras, pero sabes que después de eso me darás el universo entero.

―Ya se lo he jurado, alteza. Lo verá en vivo y a todo color.

―Bien, pues…

―Alteza ―se le dirigió antes de arañar levemente el pecho del rey y luego soplarle en la oreja―. ¿Dónde está ese lugar dedicado a los dioses, mi lord? El santuario que todos y cada uno de los dioses de nuestra tierra resguarda en estatuas de piedra. Donde el recuerdo de sus divinidades prevalece para los que aún les rezan y veneran. Me han dicho que tal monumento se halla aquí en sus tierras.

―¿Y para qué quieres saber eso, hermosa?

―Las estrellas, majestad. Ya vienen. Sólo conteste ―insistía una Xena que con sus caricias ya tenía a un trabado rey al borde del colapso―. ¿Dónde está?

―¡En la caverna del lago! Cerca del panteón dónde sepultan a los reyes y a sus familiares ―contestó jadeante por el aire que se le escapaba dado al nuevo rumbo que estaba tomando la mano de Xena.

―Gracias, mi lord.

Xena tomó el rostro del rey entre sus manos y lo fue acercando con lentitud a medida que entreabría su boca. El rey que se imaginaba lo que cualquier hombre en su lugar se imaginaría, hizo lo mismo con la suya. Justo cuando cerró los ojos

para sentir por fin los labios de aquella mujer contra los suyos, una estela de estrellas le pasó verdaderamente por la cabeza. Viendo con toda claridad hasta las Pléyades en lo más alto del firmamento. Cayendo inconsciente y con una estúpida sonrisa sobre la cama. Xena le había dado un cabezazo. Y en el momento preciso. Porque si no era eso, iba a ser un golpe mortal por parte del dios de la guerra que todo lo estaba viendo sin poder llegar a contenerse un segundo más.

―Sé que estás ahí, Ares ―le dejó saber una bailarina que se desvestía de sus rojas ropas a espaldas del dios y las iba arrojando sobre la cama del rey, en el piso o donde cayeran.

―¡Hasta que al fin te decidiste en separarte de ese maldito! ―gritó al materializarse―. Y qué… ¿Qué haces ahora? ―inquirió con perplejidad a ver como su princesa se le quedaba semidesnuda a su frente en busca de lo que parecía ser una toga de salida con la que cubrirse.

―¿Podrías darte la vuelta al menos?

―No.

¿Cómo iba a poder? Si otra vez la mandíbula se le iba al piso al observar los pechos de su princesa bajo sus mechones de cabellos que apenas le cubrían. Su cintura y sus anchas caderas que anclaban sus poderosas piernas. Que se muriera allí mismo si se atrevía a hacer tal cosa. Además, ni que estuviese viendo todo. La guerrera aun conservaba su prenda interior inferior. Roja como lo el vestido de bailarina que segundos tras llevaba puesto.

―¡Enfermo pervertido! Y bueno, ¿qué no es evidente? Me largo al lago ese en busca de los malditos óbolos. Pero no puedo ir vestida así y con esta apeste a bebida que traigo encima.

―La traes porque quieres.

Ares se acercó y se dijo que por una parte tenía que aceptar que el vino mezclado con el olor de su cuerpo no olía nada mal. Mejor que el aroma que desprendió Amatista luego de ser transformada en cristal y ser bañada con las lágrimas púrpuras de vino de Baco. ¡Pero qué estaba diciendo! Claro que su princesa era mejor en cualquier aspecto que ninguna otra cosa. Mira y que traer a la mente a su alcohólico medio hermano Baco cuando tenía que concentrarla en el monumental cuerpo de su princesa. Que por cierto, ya se lo había cubierto. Fue lo mejor. Porque un instante más, y terminaría lo que aquel rey ni había comenzado. Esa mortal lo tenía sin control desde hacía ya mucho. Y con ese día, el límite de éste ya había tocado la raya. Una cosa más, una cosa más y Xena iba a recordar verdaderamente quién había sido él. Y quién, desde luego, seguía siendo.

―Te veré al amanecer en el bosque si te da la gana.

―Eh, no tanta prisa. ―Le detuvo el cretino dios con una mano contra su abdomen―. ¿De qué lugar dedicado a los dioses y qué rayos hablabas con ese viejo? ¿Y cómo sabes que las monedas están ahí?

―¿No me dijiste que el cofre con los óbolos se encontraba bajo una estatua de un dios entre unas filas de más deidades en piedra?

―Sí, pero qué le hace para que vayas a un cementerio a…

―Le hace porque simplemente tal región contiene a todos esos dioses en piedra que viste en la mente del rey.

―¿Y tú cómo sabes eso? Ese lugar se veía en ruinas. Por lo que debe de tener más de un siglo de abandono. ¿O es que le conocías desde tu primera vida?

―Nada de eso, Ares. Los humanos no podrán penetrar en las mentes, pero sí sabemos utilizar el ingenio. Así que si lo sé, es porque supe moverme con las preguntas adecuadas. Interrogando primero a los guardias que me escoltaron hasta aquí y que se mantuvieron en custodia de las puertas de esta habitación hasta la llegada del rey. Como si estuviese aburrida por la espera, les monté conversación frente a las puertas. Preguntándoles sobre ese lugar con numerosas estatuas de dioses del que me hablaste. Como es un lugar antiguo, abandonado y de paso oculto, y ellos jóvenes, apenas pudieron hablarme de lo que sabían por boca de sus abuelos. Contándome sobre un viejo santuario que una vez se echó a perder por una inundación al hallarse bajo tierra. No supieron decirme donde se hallaba pero ya ves que se lo pude sacar al imbécil rey.

―¡Ni que hubieras hecho la gran cosa, Xena! ―le gritó con enfado en cuanto ésta se marchaba por la puerta―. Yo hubiese sacado esa sencilla información en un santiamén sin necesidad de realizar la danza de la historia y bañarme en vino. ¿Eh? ¡Me escuchas! ―bramaba al aire―. ¡Y que no se te olvide traer el cofre, tengo planeado algo adicional!

―¡Vete al diablo, Ares!

―Mmm las estrellas, querida ―balbuceó un rey que entre sueños, confundía la mano de un Ares muy aproximado a la cama con la que se suponía que fuese una hermosa bailarina.

―Eso es viejo, sigue con las estrellas. Que pronto caerás a la tierra entre asteroides. ―Y con esto, Ares que se desaparece para reaparecerse en la habitación con las alocadas mujeres.

El dios llegó en el momento exacto a la habitación ya que a las hipnotizadas mujeres comenzaban a despertar de su manipulación mental mirándose las caras y extrañándose al verse desnudas en medios de cojines o junto con una compañera sin el dios con el que realmente creían estar. Ares volvió a hipnotizar a unas cuantas y a otras, bueno a otras les permitió que se le acercaran como mendigos en busca de limosnas. Como que la ropa estaba sobrando y no vio nada malo en desprenderse de sus botas y chaleco. Ya una mano larga ahí se estaba encargando del cierre de sus pantalones cuando las puertas de la habitación fueron tocadas.

―Adelante.

―Señor —se dirigió un nervioso guardia que miraba con ojos como platos las mujeres que se revolcaban en el piso unas con las otras como si estuviesen poseídas. En parte si lo estaban―. Solo vengo a comprobar que las doncellas de pueblo fueron realmente enviadas a casa por usted y no porque se le escaparon.

―¿Mortal, crees que a un dios se le escaparían unas frágiles niñas como esas? He estado aquí todo el tiempo, cómo te puedes dar de cuenta. Imposible que se hubiesen escapado.

―Cierto señor, lo siento.

―No hay problema. ¡Ahora lárgate!

No tardó mucho en llegar al panteón de la realeza y con ello a la entrada de la misma caverna. Guiándose por la luz de una antorcha penetró en la cavidad subterránea echándole una última mirada a las tumbas de la familia real. Entonces atravesó con rápido pero precavido paso el oscuro interior de la caverna. Como si ya le hubiese conocido o aunque fuese al menos un pie alguna vez había puesto por ahí. Siendo un lugar húmedo como en toda caverna. Disminuyendo la temperatura cada vez que se adentraba en ella. Al menos el suelo no estaba inundado como en muchas otras. Sólo esperaba que pequeñas alimañas como arañas, murciélagos, cucarachas y grillos del tamaño de la palma de su mano fueran lo único que se le presentasen en el camino. Realmente el temita de los óbolos ya le tenían más que hastiada como para tener que enfrentarse a otras cosa para obtenerlos. Además, ahora que pensaba en la posibilidad de seguir luchando por esas monedas, no llevaba ninguna espada al menos consigo. Ella y su cabeza.

Un cruce en forma de "Y" tuvo a su frente a eso de seis minutos de haber estado caminando. Optando por seguir por la derecha, el que nada de luz tenía dado que el de la izquierda, al fondo se percibía una claridad producto de un cielo próximo a amanecer. Área en el que el santuario de los famosos dioses olímpicos no se podía encontrar. Un sitio oscuro, húmedo y en ruinas bien claro que mencionó Ares. En lo único en lo que, a su ver, sirvió para algo. Teniéndose que encargar ella de la ubicación del lugar y de la propia estatua en la que los óbolos se ocultaban. No iba a llegar ahí a empezar a remover una por una a ver si de casualidad encontraba las monedas. Negativo. Se había encargado de preguntarle al rey, como ella dijo, de la forma adecuada. Sin levantamientos de sospechas, al menos por el momento, y de la manera más indirecta posible.

Unas columnas de estilo dórico al final del corredor de piedra por el que caminaba, le indicaron que ya estaba cerca del pasadizo. Y así fue. Una vez que las atravesó, se topó con una estancia algo más espaciosa. De algunos treinta metros de largo y unos diez de ancho. La luz de su ya moribunda antorcha aún no le alcanzaba para ver tal magnificencia por lo que la sumergió en lo que reconoció como un canal de volátil aceite. Acto seguido el lugar quedó completamente iluminado por docenas de antorchas que se fueron encendiendo una de tras de la otra al estar conectadas e humedecidas con dicho aceite de combustión. Presenciándose vivamente las estatuas de tamaño humano de cada dios y diosa. Muchos todavía con antiguas ofrendas a los pies de su base. Platos con inciensos, que a esas alturas jamás encenderían debido a la humedad que tenían, para dioses como Zeus. Canastas con lo que una vez pudieron haber sido frutas y vegetales en su interior para Deméter. Plumas de pavo para Hera. Espadas y pieles de cachorros negros para Ares. Un escudo de plata para Atenea. Astas se ciervo para Artemisa. Botellas de vino para Baco y perlas para Afrodita.

"¿A qué dios le tienes más devoción, alteza?", recordó preguntarle al rey en busca de obtener la localización exacta de los óbolos. Muy seductora como ella sola. "¿A caso es a Deméter o a Perséfone a las que siempre les celebras cada año? ¿O es a Zeus como señor y dios de todos las divinidades y mortales?" A lo que el rey le respondió: "Mi reino existe gracias a una profecía, mujer. Por lo que es al dios Apolo al que mi abuelo, mi padre y yo le debemos nuestro reinado. Es en él en el plenamente confío. Esperando que la rueda del destino que se puso en marcha con el humilde nacimiento de mi abuelo, continúe en mí según las profecías posteriores."

Más y más vino le dio al rey en cuanto le soltó esas importantes palabras. Inclinándose en cada servida para lucir sus apretados pechos y volver a tomar asiento a su lado en el lecho con seductora pose. Dispuesta a obtener la información que en esos precisos momentos recordaba. "¿Y qué han dicho esas profecías posteriores, mi lord?", fingió interés para que no todas sus preguntas estuviesen relacionadas al escondite de los benditos óbolos. Obteniendo como respuesta del rey lo siguiente:"Qué un descendiente de aquel nacido de humilde cuna y ascendido al trono como heredero de un noble monarca, gobernaría dos veces su reino."

En esos pasados momentos Xena no tuvo que preguntar más para saber a lo que se refería el monarca. Tenía planeado resucitar. Y ella ahora mismo le estaba destrozando tal plan. Estaba frente a la gran estatua del dios Apolo. Dios del sol, de las artes, la medicina y la profecía. Solo tenía que moverlo esperando que fuera bajo éste, donde encontrase las doradas monedas. Por lo que con todas sus fuerzas, empujó con sus brazos, espalda y costados el pesado mármol tallado hasta que éste quedó completamente corrido de la loza en la que se encontraba situado. Sin perder tiempo, levantó la laja, hecha del mismo material y sostenida sobre un grueso marco de piedra que aguantaba el peso de la estatua para impedir que se quebrara tal placa. Plasmándose la desilusión en sus ojos cuando no vio lo que esperaba. No estaba ni el cofre ni los óbolos que se suponían que debían de estar dentro de él. Invadiéndole la idea de tener entonces que mover una por una aquellas estatuas para ver si les encontraba.

―Buscabas algo en especial, ladrona ―le sorprendió grandemente un completo desconocido. Un hombre entre los treinta y cinco años de edad que le apuntaba con una espada mientras que con la otra mano sostenía un pequeño cofre. En el que a Xena se le posaron los ojos. Tenía que ser ese, y así lo era.

Xena se levantó lentamente ante el amenazante filo de la espada que le apuntaba. Realmente no se esperaba aquel desconocido salido de la oscuridad. Sintiéndose imprudente por haberse apresurado a entrar a un lugar desconocido, desarmada y fuera de guardia.

―Tuve un sueño en el que después de la celebración de anoche el futuro del rey sería atentado y e aquí la prueba de ello ―contó el extraño con seria mirada.

―Pues entonces le debes una grande a Morfeo ―masculló la guerrera―. Por ponerte sobre aviso. Sin embargo, aun así no te va a servir de nada. Porque de que yo obtenga lo que creo que tú ahora mismo tienes, no te salva ni el gran Zeus desde las alturas. ―Con tales palabras que opta una posición defensiva.

―¿Y cómo piensas hacerlo? Hasta donde mis ojos ven, yo soy el único armado aquí.

―Para pelear no siempre son necesarias las armas. Pero sí el intelecto ―Y dicho esto, la guerrera que desliza una poderosa pierna suya por el suelo y derriba a su oponente con todo y espada. Arma que se le zafó de las manos y fue a parar en una zanja formada por una grieta en el suelo. El hombre rápido se arrastró hacia ésta para intentar sacarla, pero su brazo no dio alcance ni tamaño para obtenerla. Mencionando también que tenía a una mujer con buenas habilidades de defensa atrás suyo.

―Sólo vengo por esos óbolos ―anunció Xena con una postura de ataque―. Dámelos y no te pasará nada.

―¡Ni que fuera tan idiota! No soy de los que les pegan a una mujer. Pero si esa mujer es una ladrona que se lo busca…

Xena no dejó que completara sus palabras impartiéndole otro de sus ataques. Un golpe directo al pecho. El desconocido lo esquivó mostrando que también tenía habilidades en la lucha. Respondiéndole con golpes y patadas directos a desestabilizar. En una de esas, fue derribado nuevamente por la guerrera, que corrió en la dirección en la que yacía tirado el cofre. Siendo sujetada por la cintura por su atacante y elevada del suelo. Escapándose del agarre al levantar rectamente su pierna y impactar con ésta la frente del hombre. Que retrocedió con la vista nublada y antes de que se planeara realizar un nuevo ataque en su contra, Xena que lo dejaba inconsciente sobre el frío piso con un cantazo en su nuca con un puño cerrado sobre el otro.

―Que conste que te lo advertí ―le recordó al voltear al pobre solitario boca arriba y comprobar que respiraba con normalidad. Como bien se había fijado, era un hombre de algunos treinta y algo. Fornido, de ojos y cabellos claros pero de tez bronceada producto del trabajo en la siembra o tal vez por herencia. La tierra en la que se encontraba era una zona de entre mestizaje de caucásicos con descendientes de los persas con eso de la extensión del imperio de éstos hasta Anatolia y este de Tracia siglos atrás.

Un poco agitada, se encaminó con paso victorioso hasta el pequeño cofre de gemas que sostuvo en sus manos. Girándolo de un lado para otro para presenciarlo mejor. Queriendo abrirlo para comprobar que ahí realmente se encontraban las monedas, mas siendo sorprendida una segunda vez por el sujeto que supuestamente había dejado inconsciente. El cual se arrojó sobre ella impactándola duramente contra el duro y piso. Saliendo en un desliz el cofre que por haber recibido también su impacto con el suelo, se abrió en el momento mandando a rodar dos brillantes monedas doradas. Dos de las cuales una, alargó más su recorrido dirigiéndose justamente al borde de la profunda zanja en donde había caído la espada. Como si le hubiesen leído la mente, ambos contrincantes dieron un brinco al mismo tiempo en cuya caída contra el piso, provocaron que el levísimo temblor volteara la moneda. Exactamente en el borde de la grieta en donde se giró de lado.

Mirándose las caras, ambos extraños se recordaron que estaban peleando y continuaron en lo mismo. Xena, cansada de jugar, dejó jadeando a su oponente con un rodillazo en su estómago. Pero éste, ignorando su dolor la sacude por los aires con un golpe en el mismo lugar por una patada. Ella, que cae cerca del cofre y las monedas, sin demora alguna aprovecha para recogerlas devolviéndolas a su caja. Girándose en el momento en el que casi recibía otro ataque por su espalda. Siendo impactada contra una estatua. Curiosamente la de Zeus. Que tras unos tambaleos de un lado para otro, terminó sin cabeza contra el piso. Xena, que una vez más se encontraba sobre el suelo, se fijó en que la loza en la que dicha estatua se encontraba posicionada se removió por el provocado temblequeo.

―No quería llegar a esto, pero tendré que herirte con tal de proteger lo que por años se me ha encomendado y lo que algún día me devolverá la razón de mi existencia.

Xena vio como aquel hombre sacaba una daga oculta entre sus ropas y la levantaba en el aire para clavarla en una de sus piernas. Se veía a leguas desde hace rato que no era un asesino. Aun así iba a atentar contra ella por cual fuera la desesperación que le había provocado con su presencia. Cosa que jamás podía permitir. Por eso es que en medio de un impulso cargado de adrenalina, extrajo aquella pesada losa con ambas manos y la usó como escudo contra el filo del puñal que iba a ser clavado en su muslo. Acto seguido, con ese mismo pedazo de roca aplanada, impactó en la espalda del atacante dejándolo esta vez, en los brazos de Morfeo.

Esta vez también que no se atrevió a dar la espalda hasta que se aseguró que estaba bien noqueado el desafortunado hombre. Moviéndolo con su pie para ver si mostraba algún signo de consciencia. Para nada, Morfeo lo tenía completamente abrazado. Y a ella totalmente libre y despierta para salir corriendo de allí. Aprisionando el pequeño cofre contra su pecho para prepararse a salir corriendo, mas deteniéndose en cuanto algo bronceado llamó su atención. Bajo la loza que extrajo para defenderse, se encontraba lo que al parecer era una caja de madera envuelta en un mohoso y viejo manto. Asegurándose una vez más de que el sujeto aun seguía en los brazos de Morfeo, se arrodilló ante el descubrimiento. Descubriéndolo del manto y viendo que la estructura de bronce que vio brillar no era otra cosa que la huella de una mano humana sobre una tapa de madero y en el centro de un círculo con misteriosos símbolos sobre el tiempo.

―¿Y esto, qué es? ―se cuestionó en voz alta extrayendo la caja, algo liviana y al parecer vacía, entre las mantas con una sola mano. Puesto que con la otra aún tenía aprisionado el pequeño cofre.

Guiada por la curiosidad, colocó su mano sobre la huella de bronce y con un desliz de ésta, metal que se rueda un poco con un carrasposo sonido. De inmediato, voces e imágenes se le presentaron en su mente. Teniendo que llevarse las manos a la cabeza por la repentina circulación de sangre que le subió de golpe. Esa caja, ya la había visto antes. Sí, por vez primera en un lugar como en el que ahora mismo se encontraba. En una caverna. Y ésta estaba… Ésta estaba bajo el cuidado de una mujer de rubios y rizados cabellos y oscuros ojos azules. También había otra mujer de similares rasgos a su lado, cargando un bebé. Sólo eso podía recordar. Porque sus recuerdos se centralizaban en lo que tenían que ver con aquella caja.

"No, esa fue mi abuela ―recordó lo que contestó la dueña de la caja cuando le cuestionaron sí era Pandora.― Nos llamamos igual."

«¿Una descendiente directa de la antigua Pandora?», con incredulidad se preguntó entre sus pensamientos una Xena que no daba lógica a aquello que se le rebelaba en su mente. Viendo a una mujer encargada de velar por el error cometido por la primera dicha Pandora. Una maldición enviada por el mismo Zeus. Con razón tan maldita caja estaba bajo una estatua suya. «¿Quién más para impartir males y esconder la mano que él mismo?», se respondió más que preguntar. Entre tanto… ¿La abriría? La caja que ahora volvía a ver, ¿la abriría? Un recuerdo de ésta caída y abierta en el suelo le golpeó en la misma frente. «¡Esta estúpida caja no tenía nada adentro!» Se echó a reír con igual estupidez por haberse asustado. Aunque, en esos momentos no estaba en la obligación de abrirla. Pensó anteponiendo la prudencia que la curiosidad.

Bien, caja, cofre, tesoro o lo que fuese de Pandora o no, no era asunto suyo. Se decidió pateándola levemente para que regresara el hueco de donde debió de haber estado por muchos años. Siendo un recuerdo de su vida pasada, lo más seguro que así debía de ser. En fin, ya no tenía nada que hacer ahí. Lo mejor era irse antes de que don desconocido se le ocurriera despertar. Y poniendo un pies delante de otro se dispuso a marcharse pero otra punzada en su cabeza le interrumpió la escapatoria. Más recuerdos. Esta vez sobre el bebé que la mujer que no identificaba tenía en sus brazos cuando escuchó presentarse a la supuesta nieta de Pandora. Viendo imágenes de ésta criatura en un cesto a la orilla del río. Luego en los brazos de la identificada descendiente de la primera Pandora. Más adelante en la cuna de una habitación real. La de un rey que le buscaba por prevención de su concejero que decía que el infante era una amenaza. Y finalmente, bebé, Pandora y tal rey, de nombre Grégor, despidiéndose de ella. Ella que había convencido al rey de que ese bebé si ocuparía su trono como según una profecía andaba diciendo. Pero no como enemigo, sino como heredero.

―Ahahahahaha ―se quejaba la guerrera por una jaqueca―. Y a mí que me importa esto―. Yo sólo he venido por dos malditas monedas―. ¡¿De dónde sale este recuerdo de mi pasado que ni relación tiene conmigo?!

Era la humedad del lugar lo más seguro. Entre más pronto se fuera de allí mejor. Ya debía de haber amanecido y Ares debía de estar esperándola en el bosque. Bosque en el que por lo resucitado en su memoria, un siglo atrás debió de haber transitado. Si acababa de recordar que al menos anduvo en la caverna por la que accedió hasta ese santuario de los dioses, pues por lógica que antes tuvo que haber andado por el bosque que le rodeaba. «¡Al demonio!», se dijo. ¿Qué importaba eso en esos momentos? ¿Qué importaría en otros luego? Si estuvo antes en ese reino o no, ¿qué caso tenía saberlo? ¿Qué caso tenía sa…

"Qué un descendiente de aquel nacido de humilde cuna y ascendido al trono como heredero de un noble monarca, gobernaría dos veces su reino"

«¿Qué cosa?», cayó en inesperada cuenta. Esas eran las palabras del rey y su razón por la cual adoraba prioritariamente al dios Apolo. El rey que estuvo seduciendo, para luego robarle, debía de ser un descendientes de ese bebé al que una vez en su pasado le salvó la vida. Y tenía el nombre de aquél que por lo entendido, adoptó a su abuelo. ¡El bebé que ella recogió del río!

―Princesa Xena, princesa ―escuchó que le llamaban desde los corredores de la caverna. Rápido se puso en guardia. Las luces de unas antorchas se aproximaban. La conocían. Sino cómo es que la llamaban por su nombre. Pero esa caverna ya le había dado dos sorpresas en menos de media hora. No se daría el lujo de permitirse una tercera.

―Princesa Xena, ¿se encuentra bien?

La reconocida armadura de los hombres de Ares se mostró ante la tenue luz de las antorchas que cargaban y las que en los muros del pasadizo se encontraban. Habían venido por ella. Seguro que por orden del dios para asegurarse de que llevase el cofre junto con las monedas. «¿Para qué rayos lo quiere?», se cuestionó con enfado. Cosa que lo sabría él. Lo único que le importaba era largarse de allí.

En el interior del castillo, el dios de la guerra salía silenciosamente de la gran habitación en la que se suponía que debía de haber pasado una estupenda noche. «¡Sí, cómo no! ―se dijo―. Con cierta guerrera malcriada y voluntariosa en las afueras, ¡qué rayos de buena noche ni buena noche iba a pasar!» Y con razón. Si todo el harén que le ofrecieron yacía profundamente dormido en el suelo o entre las sábanas de la gigantesca cama, no era precisamente porque había llevado hasta el cansancio a todas esas mujeres. ¡Las ganas de él si hubiese estado en unos momentos más relajados y sin la preocupación puesta, aunque le costara admitírselo sólo a él mismo, en su preciada mortal! Entregándolas a Hipnos, el padre de Morfeo, tras hipnotizarlas a todas nuevamente para que le dejasen pensar tranquilamente en lo último que había planeado.

Abandonando la habitación con la salida del primer rayo de sol, Ares que se reposa sobre el barandal del corredor a la redonda de la torre, y un azorado y ojeroso rey que se le dirige desde el fondo de mencionado corredor que conectaba la torre de su habitación de la cual provenía.

―¿Pasó una buena noche, señor? ―preguntó algo pasmado y con una leve inclinación un rey que al juzgar por lo que veía desde el entre marco y puerta de la habitación cedida para el dios, claramente suponía que sí.

―Desde luego, alteza. No salí de esos muros hasta hora. Estaba algo ocupado. Ya sabe ―mintió en la manera que sólo él dios de la guerra sabía mentir―. ¿Y usted, Grégor II? Supongo que la pasó de maravilla con la Bailarina de Fuego.

―Jejeje. ―No encontraba cómo disimular su pasmo un colorado rey. Y no porque se supiera que había estado con una mujer. Sino todo lo contrario. Porque en verdad no sabía si realmente lo había estado. No recordaba nada. Bueno, sólo miles de estrellas dándole vueltas en su cabeza como una misma corona―. Sí, creo que sí. He dormido como una piedra después de… De….

«¿De un golpetazo en la cabeza? ―se dijo para sí el rey―. ¿O fueron unos apasionados besos? ¿Esa candente mujer, lo único que quedó de ella eran sus ropas? ¿Se habría regresado a la aldea? Hasta donde sé, el general dijo que era una campesina. ¡Qué campesina!», se cuestionaba y decía así mismo el algo desilusionado monarca.

―Que bueno por usted, alteza. Debe sentirse muy envidiado por todos los hombres de su pueblo ―se hizo el lelo un Ares al hablar entre dientes. Bien que sabía la noche que había pasado el monarquita ese, N-A-D-A. Tal vez por eso lo dejaría con vida. Tal vez. Aún no se le borraba la imagen de cuando estuvo lamiendo aunque fuese por tres segundos del pecho de su mortal. «¡Es que si aún conservas tu cabeza era de milagro!», se dijo―. Bueno, ya debo de irme. Alistaré a mis tropas en su campamento.

―Espere, no tenía pensado usted…

―Ando con un poco de prisa, rey ―le cortó un dios que iba a hacer acto de desaparición allí mismo, pero por buenos motivos librantes de sospechas, optó por mejor irse caminando bajo el fastidioso parloteo de un rey que no dejaba de decirle de una y mil formas que siempre sería bienvenido en su castillo. Eso, hasta que supiera del responsable de la desaparición de sus preciados óbolos.

En cuanto Ares fue avisado del regreso de Xena por sus hombres, y su espera en el bosque, quiso dejar con las palabras en la boca a un rey que ya le tenía hasta la coronilla. ¡Qué confianza tan rápida le había tomado como para ya parecer su sombra! «¿No que iba a estar buscando a su desaparecida bailarina?», se cuestionaba Ares. Cada vez le entraban ganas de tomarlo por el pescuezo y exprimirle la laringe para que se callara de una vez. Pero tenía que contenerse. Era algo que no podía hacer si quería que sus tropas le sirvieran a él. Aunque podía conseguirse otro rey que les liderara. ¿Qué cosas? Como si en esos momentos no tuviese asuntos más importantes en los que poner su cabeza.

Dado que no podía separarse del rey como quisiese, puesto que éste podría pensar que fue durante esos momentos en los que sus doradas monedas fueron robadas, y como se supone que hacía más de cinco minutos estuviese en lo abierto de un campo, tuvo que hacer uso de su inteligencia para como quien dice, estar en dos lugares al mismo tiempo. Conduciendo al rey a las afueras de su fuerte, en donde claramente le siguieron varios de sus guardias reales como escolta, con la excusa de querer ilustrarle unos documentos y mapas trabajados en su grandes campamentos en los terrenos centrales de Tracia. Entraron a una tienda montada por sus hombres, y allí dio la orden en secreto a sus guerreros de procesar lo que desde el día anterior venía planeando.

Para no levantar sospechas de dónde no convenía levantar, Ares le dio la laboral tarea únicamente a los hombres que se habían quedado en las afueras del fuerte del castillo. Los dos que habían conservado sus respectivos uniformes y que hasta el momento se habían mantenido al margen de todo; junto con los otros dos vestidos de campesinos y que posteriormente se le unieron. Siendo avisados a dar el comienzo por alguno que había participado en la escolta que tras darle el aviso, regresaría rápidamente al fuerte del rey. Para que así los guardias de éste vieran el número completo de los guerreros con los que se había presentado Ares. Unos dieciséis hombres. Dieciséis hombres que no movieron ni un sólo pie del interior del fuerte del castillo mientras unos campos de trigo comenzaban a incendiarse. Creando una espesa nube gris que alcanzó lo alto del cielo. ¿Responsables? Los soldados de Ares que en todo momento habían permanecido en el bosque. Los que nadie en el reino había visto como parte de sus tropas. En otras palabras, dios y tropas quedaban fuera de sospechas cuando el suceso dio comienzo.

―¿Qué es eso? ―se extrañó un rey que olisqueaba a quemado en el aire mientras que un dios se preparaba para el montaje del siglo.

―¡Majestad, majestad! ―entró con asfixia uno de sus soldados―. ¡Los campos de trigo están completamente entre las llamas!

―¡¿Qué cosa dices?!

―Hemos perdido varias hectáreas. Pero estamos haciendo todo lo que podemos…

―¡¿Varias hectáreas?! ¡Ve e intenta hacer algo productivo entre los demás y deja de estar parloteando!

Este era el momento en el que por fin Ares entraría en escenario. El rey había salido completamente despavorido junto con sus hombres para ver la desgracia con sus propios ojos y preparar un desalojo en cada aldea por si el fuego se extendía.

―¡Por favor, gran Ares, haga algo por mis campos! ―suplicó el rey antes de marcharse con sus hombres―. Los romanos vendrán dentro de un mes, y si no tenemos las libras de harina que siempre piden…

―Es a Deméter a la que le debería de orar, Grégor II ―le hizo ver un inmutable de Ares que actuaba como si nada estuviese pasando―. Y respecto a los romanos, creo que después de tener mi visita ya no debería preocuparse más por ellos.

―Cierto, mi dios pero…

―Pero con romanos o sin romanos aún quisiera que todo el trabajo de seis meses no se echara a perder. Bueno, creo que ya es un poco tarde para salvar a todo su sembrado, alteza ―disfrutaba internamente su vivida obra. No tanto porque acababa de dejar en la media ruina al rey que se había atrevido a tocar a su princesa, sino más bien porque cierta tía suya pronto quedaría mal parada.

Con la disque promesa de que intentaría detener al abrazador fuego, Ares, dios de la guerra, se introdujo entre los incendiados campos mientras que en las áreas resguardadas, aldeanos y rey rezaban sin parar a la deidad terrenal de Deméter. Deidad que sin que lo supieran. Se encontraba en medio de las llamas invocando una poderosa lluvia que les extinguiera.

―Nada de eso, tiita. Estas tierras desean limpiarse las garrapatas que llevan pegadas desde hace siglo ―se presentó ante una concentrada Deméter que con sus manos extendidas hacia el cielo, imploraba por un diluvio.

―Ares ―se giró ante su sobrino con mala cara sin dejar de invocar al elemento de vida del cielo―. Esto lo pagarás muy caro.

―Después hablamos de deudas, Deméter. Primero concéntrate en hacer que el cielo llore porque como que hasta yo mismo admito que es más que suficiente todo lo que se ha incendiado.

Una torrencial lluvia cayó en picada de un cenizo y oscuro cielo. En el suelo, los aldeanos gritaban y agradecían jubilosos por el milagro. Tirándose a mojar todos juntos o solos en la imparable lluvia y los recién formados charcos. Deméter les había salvado. Y aunque la mitad del sembradío del trigal estaba hecho cenizas, aún les quedaba otra mitad por la que celebrar.

―¡Bien hecho, tía! ―le felicitó hipócritamente por su trabajo a una un poco fatigada de Deméter. Hacía años que no invocaba la lluvia de ese modo y tan rápidamente. Fuera de tiempo y de clima―. Lástima que tus devotos no sigan agradeciéndote para el día de mañana.

―¿Qué es lo que tramas, Ares? ―cuestionó la diosa comprendiendo que su sobrino había causado aquel incendio por una razón más grande que el de fastidiarle la existencia. Articulando los dedos de sus tensadas manos. Preparándose para contestar cualquier cosa que Ares tramara en su contra.

Con una sonrisa en su boca, Ares materializó su espada y para cuando le hubo de apuntar a su tía, ésta ya había hecho uso de sus poderes para detener al maniaco de su sobrino. Unas fuertes raíces regeneradas en la tierra, brotaron de ésta atrapando al dios de la guerra por las piernas. No podía haber salido mejor. Con la hoja de su espada, Ares cortó las móviles enmarañadas raíces y se atrevió a lanzar un ataque contra su propia tía. Uno en el que realmente no importaba si le impactaba o no. Sino que ésta volviera a atacarle. Esta vez el suelo se agrietó y de él salieron lanzadas grandes rocas y pedazos de tierra compacta al rojo vivo.

«¡Es que quiere causar un terremoto la muy ilusa!», se sorprendía un poco Ares. Y con razón. Tanto la diosa proteger a su dichosa tierra y… «Y mirar lo que le acaba de hacer. Una tremenda rajada.» Deméter si estaba furiosa. Y todo con tal de dejarlo a él casi petrificado como una misma estatua con tanta roca derretida sobre su cuerpo.

Este era el momento para actuar y hacer el papel más impactante en la obra. Sorprender a la diosa madre terrenal. Debía de inmovilizarla. Si todo salía como lo planeó, por el bien de sus hombres y sus cabezas, tales guerreros suyos debían de estar escoltando al monarca hasta el devastado campo en el que ellos se encontraban. Mientras que otros dos, bajo unos completamente mojados mantos color café para protegerse del fuego, aguardaba su señal no muy distante de la zona en donde Deméter le transmitía la más odiosa de las miradas. Meterse con sus trigos era algo que le dolía mucho, al parecer. Pero no más que lo que le tenía preparado. Un ataque muy especial con su espada. Uno que hacía que la ofensiva de todo un ejército se girara en su propia contra. Uno que con anterioridad ya había usado sobre su padre en una disputa del pasado. Devolviéndole sus malditos relámpagos en el propio Olimpo y en su propia cara. Veamos si su querida tía se acordaba de ese día cuando le viera ejecutar el mismo movimiento con el que tiempo atrás, mandó por los aires con todo y relámpagos a un autoritario de Zeus.

Deméter, utilizó nuevamente sus raíces vivientes con la idea de atar a Ares y arrastrarlo hasta la enorme zanja que había creado. En donde si Rea permitía, le dejaría aprisionado en no que su padre descendía para rendirle cuentas. Ares en cambio, no pudo mostrar una sonrisa más abierta cuando vio venir todas esas raíces sobre él. Sin esperar a que dentro de un segundo más le envolvieran, sacudió la hoja de su espada de norte a sur y de este a oeste, como si hubiese dibujado una cruz imaginaria, para elevar dicha arma en los aires, y azotarla contra el suelo de donde provenían las raíces. Raíces que se detuvieron totalmente frisadas, literalmente, por las ráfagas expedidas desde la hoja de la espada, para luego girarse y dirigirse en contra de una Deméter que no creía lo que veía. Sus propias criaturas le atacaban y le aprisionaban. Si hubiese sido una mortal, hace rato que se le vería completamente estrangulada.

―¡AHORA! ―bramó un Ares que arrojaba una esfera de fuego hacia el cielo. La señal que estaban esperando los dos hombres en el campo. De la cual fueron informados por unos que la escolta de dieciséis guerreros conformaban. En algún momento luego de que Ares ideara tal plan. Por eso era que no había podido usar dichas esferas contra Deméter mientras pelaba con ella. Porque sus hombres terminarían confundidos pues claramente que se les había indicado que esa sería la señal.

La diosa terrenal no tenía la más mínima idea de a quién o a quiénes demonio acababa de llamar su lunático sobrino. Sobrino que comenzaba a alejarse de ella como un mismo y asustadizo mortal, a toda carrera. Si no llega a ser porque le seguía sonriendo tan cínica y descaradamente, pensaría que corría por miedo. Como fuese, no se le escapaba de un buen golpe. Eso de hacerla quedar en ridículo con sus propios poderes no se lo perdonaba ni a su abuela Gea. Así que levantando un brazo que para su suerte le quedaba libre, hizo que de la tierra saliera más candente magma. Arrojándoselo en plena espalda al dios de la guerra.

―¡Maldición! ―se quejó con una adolorida mueca un dios que no sabía que su tía había adquirido poderes de una misma titán, como su madre en el último siglo. ¿Era acaso que se los tuvo guardado? En fin, sí que había sentido lo que era el dolor verdadero. Ese magma que se le petrificaba encima le había comido hasta sus ropas de cuero. Como que enseñaría un par de cosas traseras cuando se acercara al rey. Monarca, que por cierto, ya se veía venir a todo galope sobre un caballo y en compañía de toda una tropa de última hora.

El rey, que vio a Ares correr hacia su frente como un alma que llevaba el diablo, se cuestionó el por qué de su lamentable apariencia. Queriéndole preguntarle hasta que una cegadora y blanquecina luz le hizo levantar la vista hacia el centro del calcinado campo, a él y a todos sus hombres. Realmente no habían podido llegar en el momento más justo porque la suerte para Ares ese día, ya se había alineado completamente a su lado. En sentido laboral si se permite especificar. Porque en personal… Como que había tela de dónde cortar. Como la propia de cuero de sus ropas que regresaban a su habitual forma después de haber sido prácticamente consumidas.

La resplandeciente luz llegó a cubrir una hectárea completa a la redonda en medio de su expedición. Obligando a todos a cerrar los ojos ante el fuerte resplandor. Amenguándose luego poco a poco una vez que quedó dispersada por completo en los abiertos campos incendiados y en los que había logrado sobrevivir. Quedando reducida a eso del minuto ante una materializada y personificada figura que para nada debía de ser humano. Así tuviese la apariencia de una hermosa mujer de cabello rubio ataviada con un verde vestido que trataba de desenredar de gigantescas raíces brotadas de la tierra.

Ni como diosa, Deméter pudo entender que realmente había sido aquella resplandeciente luz que parecía provenir de una misma estrella. No cayó en cuenta hasta que vio cierto cofre con gemas incrustadas a unos pies de distancia. ¿Cómo había llegado ahí? Buena pregunta para hacerse ella. Porque lo que respectaba a un rey, era obvio que ya se había ideado la supuesta contestación. Deméter, la diosa terrenal a la que por más de medio siglo se le llevaba dedicando ceremonias año tras año, había bajado del cielo para arrebatarle aquello que durante toda su vida había atesorado. Los dos óbolos para el reino del Hades.

―¿Deméter? ―se quedó boquiabierto un rey que no podía ver lo que veía mientras que sus hombres se inclinaban con temor en el humeante suelo.

―Sí, Grégor II ―se aligeró Ares en poner el cierre final a su obra―. Aunque hasta a mí me pese acertarlo, la diosa terrenal de mi tía, ha descendido del Olimpo para desatar una ira contra su reino. Ya la habéis escuchado en la ceremonia de anoche. Estaba molesta por un error cometido por su padre y hoy nos muestra a todos cuan enojada a estado desde siempre ―metía más y más cizaña―. Castigando a justo por pecadores. Ya lo podéis ver en los campos que incendió y en los que de no haber sido por mí, se los hubiese tragado hasta el inframundo. Tuve que pedirle a Rea que mandara una lluvia. Porque su hija, quería acabar con todo ―inculpó al señalar un encolerizado rostro de Deméter, quien tenía que aceptar que su sobrino tenía vocación para el teatro―. ¡Mire no más como ha dejado sus campos!

―Mis monedas ―le valió un bledo lo de los campos, trigo y harina a un rey que no quitaba la mirada de un cofre vacío.

―Ah, sí. Por eso también vino. Me lo acabó de decir. Dijo que su familia nunca fue digno de poseer tal regalo con fines egoístas. No sé bien de que se trataba pero sí que se encontraba en ese cofre, que como ha visto, a resplandecido en cuanto tuvo contacto con él.

―¡Pero los dioses no podían tocarlas! ―seguía sin poder creerse lo que veía.

―Pues habrá sido por eso que hablaba con alguien. Un humano si mal no vi ―terminó por meter el paquete del siglo.

Deméter, que escuchaba la injusta acusación de su sobrino, y veía la cara de un rey que se lo estaba creyendo todo, aumentó su furia terrenal sin percatarse del propio daño que le estaba haciendo a la Madre Tierra. Provocando más grietas en el suelo y hasta creando una venticas de nieve y hielo en cuanto Ares se quiso hacer de héroe entre el los mortales y atacarla con sus esferas de fuego.

―¡Déjate de artimañas, Ares! Que nada de esos es cierto. Tú mismo sabes que eras tú el que andaba detrás de esos óbolos para… ―Una esfera de fuego le cortó el habla en compañía de más mentiras por parte del dios de la guerra.

―No intentes inculparme a mí, Deméter. Que el propio rey ha visto en plena escena. ¿A dónde le has mandado su tesoro?

―¡Eso sabrás tú, maldito desquiciado! ―rugió una diosa que como ya Ares había visto, parecía más una misma titán que la divinidad que se supone que debía ser.

En una pérdida de control, Deméter quiso mandar fuera del mapa a un Ares, que aprovechando que tenía un público espectador desde lo alto de las colinas que colindaban con los campos ―ni modo que rey, soldados y aldeanos se quedaran allí expuestos a la furia de ambos dioses― se la daba ahora de Perseo o de Heracles (Hércules) en defensa de los mortales. Para asegurarse de que el dios de la guerra no le volviese a rebotar sus ataques con su maldita espada, Deméter se la arrebató por medio de sus raíces vivientes, acompañadas también de una serie de espinosas enredaderas. Congelando al dios con una ventisca de invierno para luego agrietar el inestable suelo en donde había quedado estático. Logrando que se hundiera como una pesada estatua hacia las profundidades de un ardiente magma. Pero para su agravio, el Ares pudo romper el poderoso hielo que se debilitaba por el calor, casi cuando ya estaba a punto de ser tragado por la candente lava. Desapareciendo del rojo abismo del que caía y reapareciendo a las espalda de la diosa terrenal. Sorprendiéndola al levantarla por su cuello y separarle de la tierra. El elemento principal que tanta fuerza le daba en medio de la lucha.

Si miramos bien, ambos se encontraban a mano en esos momentos. Él sin su poderosa espada, y ella sin los pies en la Madre Tierra, en Gea. Y queriendo que continuase así, Ares la elevó más al aire mientras que una Deméter llamaba a sus raíces y enredaderas para que atacasen por los pies al demente de su sobrino. No obteniendo mucho éxito que digamos debido a que al ser estrangulada, sus criaturas naturales perdían poder. Siendo pisoteadas por un dios de la guerra que como que disfrutaba la especie de marcha que estaba haciendo. Encaminándose hasta el mismo abismo en donde su querida tía le había arrojado, y haciendo lo mismo con ella. Viendo entonces como su pariente era tragado por las fauces de la gran Gea hasta que logró hacer acto de desaparición iluminando aquel abismo infernal con su dorada luz. Reapareciendo agitada frente a un sonriente de Ares, que con su espada devuelta a sus manos, le invitaba a seguir batallándose. Pero Deméter se percataba de que ya había sido más que suficiente. Tanto luchar por salvar a sus preciados campos de cultivos del fuego, y había terminado volcándolos de afuera hacia dentro a todos. Pasarían siglos antes de que se pudiese volver a cultivar en grandes áreas donde el magma se había petrificado.

―Esto no se queda aquí, Ares. Tú padre tendrá que desterrarte del Olimpo y la tierra de los hombres por esto ―Finalizadas sus palabras, la divinidad terrenal que desaparece con su típica luz dorada.

Que fuera a dar su queja a quien mejor le pareciera o le viniera en gana. Él mientras tanto se ocuparía que desde el rey hasta el mendigo del pueblo, no le volvieran a tener la misma estima jamás. Nada más con lo que le hizo a los campos, era motivo de sobra para que la celebración de anoche, fuera la última dedicada en su nombre. Y si alguien, por la razón que fuese aún le seguía idolatrando, que no se enterase el rey. Al que cuya cabeza había puesto más y más en contra de la deidad de Deméter, de lo que ya podía haber estado. Utilizando las palabras correctas para quedar libre de sospechas. Como el mismo rey sabía. El dios estuvo presente con él cuando sucedió el incendio. Y antes, lo estuvo con el harén que le había mandado. Donde todas y cada una de aquellas mujeres, habían afirmado estar con él en todo momento. ¿Cómo pudo con todas? Bueno, era un dios. ¿No?

No había forma de inculpar al dios de la guerra en definitiva. Desde que llegó, durante y después de la celebración de la noche pasada, también estuvo en todo momento a su lado. Además, ¿no que un fiel sirviente confidente suyo le había dicho que su tesoro había sido robado por una mujer que le atacó en la caverna? Y hablando de una mujer, el rey pensó por un momento que esa ratera pudo a ver sido la misma Deméter metamorfeada. Retractándose luego cuando su sirviente vio como llegó a sostener las monedas y cuando se fijó en el detalle de que la caja no había iluminado la caverna. Por lo que era una mujer ágil y conocedora de defensas de combate la culpable. En definitiva era una intrusa. Ninguna mujer en su pueblo sabía luchar. Ninguna. Ninguna tan siquiera sabían manejar una espada excepto las bellas bailarinas.

«¿Bailarinas?», se cuestionó el rey en medio de todo lo que analizaba. Desde hacía un par de años las presentaciones venían teniendo a dos de esas bailarinas haciendo actos con dagas y espadas. Pero nunca se había mostrado una tercera habilosa que dejara a todos con la boca abierta. Manejando la espada igual que un mismo guerrero y sin perder el ritmo de la danza. Luego juguetear con el fuego como si fuese el mismo Prometeo. «No hay otra explicación ―se dijo―, la Bailarina de Fuego que me sedujo y llevé a mi habitación, trabajó para la diosa terrenal de Deméter.» Con tal conclusión, estuvo pensando en adición que sabrá la vida si no se trataba de ninguna humana. «Su belleza era anormal para poder serlo. Si no fue una misma diosa, la misma Deméter por que de serlo no habría podido tocar las monedas…Probablemente podía haber sido una ninfa. Una sylio, una ninfa del fuego.»

Ares no tuvo que entrar en la mente del rey para saber que así pensaba. Con verle mandar a derribar a la gran estatua de su tía en la plaza, ya le era suficiente. Los elogios que el pueblo le brindó por haberle salvado sinceramente le venían y le iban. Más írsele que venirse. Porque en verdad, ya quería irse. Ordenando a sus hombres que se reencontraran con su futura reina y con los restantes en el bosque entre tanto él daba su cierre de visita ante el pueblo y ante el rey mismo que le juraba que dentro de muy poco se alzaría una gran estatua de su persona. Tal y como debía de ser en cada uno de los territorios de Tracia. Los dominios del dios de la guerra. Dios con los que a su creer, ya no tenían nada que temer.

―Ha sido toda una obra de teatro lo que acabas de realizar en este reino ―le recibió una Xena que bajaba de una colina, de donde debió estar viendo todo lo sucedido en los incendiados campos. Se me había olvidado lo bien que servías para la actuación.

―Ya lo ves, soy como la cajita que le regalaron a Pandora.

Al escuchar el nombre de esa mujer creada de barro y antecesora de la que según sus recuerdos, llegó a conocer, Xena se detuvo de golpe ante un Ares que sonreía por saberse admirado por su princesa. O eso creía él.

―¿Te pasa algo?

―Eh, nada ―negó―. Es solo qué…

―Que mi mera presencia te hiela.

―No seas estúpido, Ares ―se le separó de un agarre por su cintura tras haberle dicho tremenda idiotez.

―Ya sabes que por ti soy eso y más. Pero bueno, ¿cómo te fue en el sitio ese? Mis hombres me contaron que saliste algo despeinada. ¿Revivieron las estatuas de mis parientes y te atacaron?

―Me tomó con la guardia baja un súbdito del rey ―contó la guerrera sin mucha importancia mientras acariciaba el rostro de uno de los caballos de sus hombres.

«¡Qué cosas!», se molestaba Ares. A un caballo sí lo acariciaba pero a él no. Acariciaba y se dejaba acariciar por centenas de hombres durante la dichosa danza de la pasada noche, del rey mismo, y a él nada de nada. ¿No que merecía al menos un beso por parte de la doncella a la que le estaba ayudando en su obstinación de ir el inframundo?

―No se veía que fuese un guerrero ―prosiguió la mortal―. Nunca intentó matarme. Aunque si a última hora herirme. Al parecer temía que el rey perdiese sus óbolos porque así él terminaba perdiendo algo más. La razón de su vida, según recuerdo.

Ares se quedó pensativo. Recopilando las memorias que llegó a ver en la mente del rey. Sintiéndose un poco responsable por no haberle mencionado la existencia de tal sujeto a su guerrera. Pero bueno, ella tan poco se detenía a escucharle. Así que cargos retirados.

―Ah, sí. Creo saber quien pueda ser ―supuso un Ares que en cuanto lo confirmase, iría a decapitar a aquel que se atrevió a atacar a su princesa―. De acuerdo con lo que vi en los recuerdos del rey, éste le encomendó la labor de sepultura, y por lo tanto de la misma colocación de los óbolos, a un niño de unos diez años. Niño que ya debe de estar hecho un hombre pues el rey era claramente joven cuando le pidió tal cosa.

Xena se quedó con una ceja alzada y una mueca en su boca.

―¿Y no llegaste a saber por qué razón aceptó tal trabajo? ―le preguntó teniendo una muda negativa por parte del dios.

Desinteresándose por el tema del pobre súbdito, Xena se quedó mirando hacia el horizonte en donde se veía las levantadas torres del castillo. Perteneciente a un reino, al que desde el día anterior, se le había acabado la paz.

―¿Y tú? ―se giró ante el dios―. ¿Para cuándo tienes planeado otra obra de teatro cómo éstas? No creas que se me ha ido el enfado por todo lo que me hiciste pasar.

―Querrás decir por todo lo que tú misma te buscaste, Xena ―le quería hacer entender un dios que con sus manos y caricias por su cuerpo, pensaba que dicho mal humor se desvanecería.

―No estoy para discusiones, Ares.

Xena se le distancia a sabiendas de por dónde venía. Más de haber realizado todo aquello por puro enojo, fue realmente para demostrar que era capaz de conseguir lo que quería por sus propios medios. Sin necesidad de fuerzas divinas o lo que se relacionara.

Ares la observó, distanciarse de él y acudir ante su espada y Chakram colgados entre las correas de la silla de uno de los caballos de sus hombres. Eso sólo podía indicar una cosa. O él se callaba, o ella le hacía saber que no quería escucharle.

―Vaya, ¿así me tratas después de traerte hasta aquí? Para que consiguieras los óbolos.

―¡Como si tú no le hubiese sacado gran provecho al viaje! ―soltó lo que desde hace rato venía queriendo decirle―. Engañas a un rey al que visitas para robarle, le amenazas, haces que todo su pueblo te alabe, luego conviertes en cenizas la mitad de sus campos inculpando a otro, quedas falsamente ante todos como un héroe, ¿y vienes y me quieres hacer sentir como si todo lo hubieses hecho por mí? No que va, Ares. ¿Sabes lo que eres? Eres un tremendo hijo de tu madre.

El dios de la guerra, que verdaderamente en esos raros momentos no estaba para la pelea, así la buscase como la buscó, atrajo a su princesa por uno de sus brazos para dejarle claro con quién estaba tratando. Todo esto, mientras que sus hombres a un par de metros de distancia, observaban con cuello de jirafa otra de las comunes escenas entre sus amos.

―Ey, a mí no me vengas hablar de ese modo, mujer. Si no lo tienes presente, esta segunda vida que tienes me la debes a mí. ¡Te estoy hablando! ―se encoleriza un endemoniadamente al ver que su mortal ni atención le prestaba―. Y ustedes regrésense a Aresia que nadie les paga por quedarse aquí de mirones ―les ordenó de mala gana a sus hombres, que sin pensárselo dos veces ya trepaban a sus caballos analizando eso de la paga. Pues hasta donde sabían, Ares no les daba un sueldo o algo por el estilo―. ¿A dónde te crees que vas tú, Xena?

―También me regreso con ellos ―contestó la nombrada montando al caballo de uno de los guerreros y sujetándose fuertemente de la cintura de éste.

―¡Ah, no! Tú te vienes con migo, mujer.

―Suéltame, Ares ―se sacude la desdichada sin esperanza se zafarse.

―¡Que se larguen ya de una vez! ―ruje a sus pasmados guerreros que vieron como bajaba en brazos a una futura reina que pataleaba en los aires igual que una chiquilla malcriada cuyo padre carga a la fuerza.

―¡Que me sueltes, Ares! ¿Con qué derecho me tomas así? Yo no soy nada tuyo. No soy ni tu posesión ni tu propiedad. No me puedes obligar a nada.

Ares, que ya le había devuelto al firme suelo, pero sin soltarla, se quedó mirando por unos segundos como sus hombres se perdían en la lejanía. Un minuto más allí, y al regreso en Aresia, tendría que llenar un reporte de bajas.

―Pues entonces ya viene siendo hora en que te haga saber que te equivocas, Xena. ―Mascullado esto, dios y mortal que desaparecen del campo dejando sólo un temporero resplandor turquesa.


REVIEWS


Se me había olvidado decir, que para los que quisieran tener una idea de cómo en realidad fueron las danzas de las bailarinas de vientre, y la que ejecutó la Princesa Guerrera sola y por su cuenta, pues que debían de ver unos tres videos en donde se muestra claramente los movimientos que describí. O que creo haber descrito. :/ No sé si se captaron por lo que espero que los comprendan mejor en tales videos subidos a youtube. Que pertenecen a la programación televisiva de Ukraine's Got Talents. En cuyos programas se muestran belly dances competidoras. A continuación indico los usados.

En la primera, en donde danzan las bailarinas en grupo, pueden tener una idea de la demostración en:

ВУкраинеестьталанты, S02: ЕкатеринаПатока

Luego en la que realiza sola nuestra princesa guerrera en:

Ukraine's Got Talant Alla Kushnir Leila HERO 3.3

Украина мае талант 3 - Елизавета Кодочигова (Одесса)

Me perdonarán por no colocar los links pero por alguna razón existencial F.F. no permite tal cosa. ;/ Por lo que tendrán que conformarse con los nombres de los videos para buscarles. En el que el primero se muestra una bailarina que da inicio a su danza bajo un manto dorado. En el segundo la famosa bailarina Alla Kushnir vestida de rojo con velas sobre la cabeza y la última, una completamente de dorado en imitasión de una estatua. Si se tienen problemas me pegan un grito y veré como ayudo.

-oOo-

Otra cosa que en adición quiero mencionar, es la explicación de por qué como quien dice, elegí el reino que Xena visitó durante el dicho ep.4 de Cuna de esperanza (Cradle of Hope) y porque supuse, por no decir que me salió de donde ya saben, colocarlo en un territorio al este de Tracia. Bueno pues como verán, la trama de la serie da inicio en el pueblo de Potidea donde Xena conoce a Gabrielle. Pueblo costero al mar Egeo del cual luego se traslada a su natal más al norte en territorio traciano, en Amfípolis. En el cual acepta a la barda como una pulga en su vida que no la dejará hasta que se muera. Y así fue. En fin, todo esto sucede durante el primer episodio de Pecados del pasado (Sins of the Past). La cuestión es que notamos que durante el ep.2 de Carros de guerra (Chariots of War), guerrera y barda continúan en territorio traciano, ya que al menos Xena, se topa con una aldea donde bien claro comenta uno de los malos (que después se vuelve bueno) durante un discurso a los campesinos, que sabe que están cansados de las guerras por haber venido de Troya y que por eso planean una supuesta paz. Cosa que era una falsa.

Pero OJO, en lo dicho lo que importa es el comentario sobre "provenir de Troya". Si esa gente fueron descendientes de griegos que viajaron a Troya durante la guerra de diez años y luego volvieron a Grecia, o mismos troyanos que no encontraron otro territorio para vivir que el propio país atacante, es lógico deducir que estamos hablado de un territorio costero al susodicho mar Egeo o cercano a la misma Anatolia. En otras palabras, lo más al noreste de Grecia. Sin mencionar que se indica que era una tierra fiel a Ares según los guerreos atacantes que se molestaban porque los pacifistas aldeanos ofendiesen al dios de la guerra con su negativa hacia las batallas. Y todos sabemos que las tierras de Tracias son los dominios de Ares. Por eso en Tracia coloqué el reino en el que nuestra pareja de amantes obtuvo los famosos óbolos y en que con anterioridad Xena visitó en su pasado.

En el ep.3 de Pasadizo de los Sueños (Dreamworked) en el que Xena rescata a Gabrielle de unos seguidores de Morfeo, pues ahí no tengo mucho que objetar para decir que aún seguía en territorio traciano. Asumo que aún lo continuaban estando en dicho ep.4 de Cuna de esperanza (Cradle of Hope). Episodio en cuyas escenas se muestran edificaciones construidas con roca oscura de algún tipo ígneo. No como las claras metamórficas o sedimentarias de la Grecia central y la de más al sur donde Tracia ya no se encuentra. Además, tales edificaciones, como el castillo mismo eran de una arquitectura más indoeuropea. Como la que se expandió en toda Europa central y asiatica. Allá por las regiones de las actuales Hungría, Rumania, Bulgaria, Yugoslavia, Macedonia, ect. para el siglo I y II d.C y para unos cien años a.C. Y que se desplazó al norte de Grecia e Italia. Lo más seguro es que todo esto parezca un excusero para ubicar dicho lugar que he descrito, pero al mismo tiempo si se le pone atención, pues como que se le entra. Y eso que no comento el dato que Gabrielle llevaba puesta la misma ropa con la que se escapó de su casa indicando que el camino andado aún no era del todo largo como para abandonar la zona.


Respuestas a REVIEWS

~GilNar

Chica, hasta que al fin puedo contestarte. Como tú, me gustaría hacerlo al momento también pero ya ves que tengo que esperar a terminar, editar, subir e introducir el bendito capítulo para poder hacerlo. Es lo más detestable. Y fanfic que no copera. ;/ Y sí, yo hago lo mismo, leo tu review mas tengo que contestarte como te he dicho, cuando suba el fic pues comentaste que lo preferías por aquí.

Y jajaja, no te preocupes por lo de Ares. Te entiendo perfectamente. Yo igualmente me babearía si lo tuviese al frente. Y medio desnudo ni se diga. ¡Ahahahahaha! Tan lindo. Me hiciste ver escenas de él cuando Xena lo ocultó en una granja como campesino. Cuando leas el capítulo, porque por lo visto lees primero el comment antes que la narración, pues verás que menciono tal cosa en los pensamientos del dios más irresistible de la tierra. :p

En respecto a la Deuda, a mí me agradó mucho porque se vieron cosas del pasado de Xena. No obstante, tengo en primer lugar al que me impactó de más escuincla, el de Destino donde se aparece el maldito de César. Ese episodio me dejo así…:O Pero me encantó. Fue un episodio en donde de plano si vimos a una Xena derrotada. Cuando le rompieron las piernas, cielos que mal le fue. Maldije a César mil veces por eso, pero por otro lado, creo que a mi parte perversa, como tú dices, le fascinó la escena. Porque al fin de cuentas, se sabía que todo era un recuerdo y que pronto despertaría.

Con lo de Zeus, mi opinión sigue igual. Nunca fue mejor que Cronos, sino peor. Y en "Clash of the Titans", pues me gusta la imagen de él en físico, bueno algo, pero como comentas, si que se pasa de zángano cuando se deja convencer de Hades. Aunque se ve todo un hijo de su buena madre cuando se acuesta con la madre de Perseo, y luego le lanza un rayo al rey esposo de ésta cuando arroja el ataúd de su profanada esposa. En otras palabras, tiene de todo el juey. Que por cierto, en la historia clásica así no se dan del todo las cosas pero ya ves como son estos productores y sus versiones.

Sobre "Éragon", chica debes de leer los libros. Están tremendos. Brom que fue el tutor de Éragon, en realidad fue su padre. Murtad, el chico de pelo negro, su medio hermano. Es que te digo es tremenda la historia. El segundo libro ni se diga. Rolan, el primo de Éragon que huyó del pueblo de Carvajal (como se escriba) toma un papel muy importante en esta segunda parte. Al grado, de que desde ahí, lo prefiero a él que al mismo Éragon. Su inteligencia y fuerza sin ninguna ayuda mágica, para mí que le hacen más grande e importante que el mismo Éragon y la detestable Nasuada, la que luego se convierte en reina. Rolan debería ser rey, jaja. Y el otro que muere, creo que te referías a Sombra, el de cabello carmín. Bueno, fue un brujo cuya infancia no le fue fácil. Hay que entenderlo. A mí sólo me falta el 4to libro y último. Espero leerlo para este verano.

Llegando a tu opinión sobre el pasado capítulo, te agradezco por tu buena crítica.Ya andaba yo tirándome de pelos porque pensaba que no iba a gustar. No es fácil bregar con la personalidad de dos individuos que pueden ser los diablos más grande del universo, para luego de un segundo a otro, mostrar unas lindas alitas de ángel. Pero vaya que sí me gusta ponerlos a pelear y luego contentarlos. Es como si ya estuviesen casados. Bueno una vez lo estuvieron pero como quien dice, de papel. Aquí estoy planeando si renuevo ese matrimonio que Xena destruyó en el futuro, veremos. Por el momento quiero llegar ya al inframundo y procurar que Xena continúe avanzando en sus recuerdos. No es tan poco nada fácil sin que en ellos logre recordar a su vez a Gabrielle. Pero ya le tocará a Ares bregar con eso cuando tal momento llegue. Ups, como que te estoy dando spoilers, jaja.

Y bien, sobre éste capítulo 10, ¿qué me dices? ¿Te gustó? Yo me reía yo misma con el pobre de Ares. Pero que no se preocupe, ambas lo vamos a consolar. :D Nos podemos turnar igual que Hades y Deméter lo hicieron con Perséfone. ;) Mientras eso llega, te iba a preguntar algo a ver si me puedes ayudar. Chica, que tu recuerdes,¿Ares se queda mortal hasta el fin de la serie, o por algún medio recupera su divinidad antes que ésta culmine? Porque como te dije hace un momento, Xena lo oculta en una granja luego de que éste cediera su inmortalidad a cambio de resucitar a Eva y curar a Gabrielle. Pero de ahí, sólo sé que anteriormente Xena no decide estar con él como pareja. Cosa que se lo expresa claramente en el ep.1 de la 6ta temporada de Vuelta a casa (Coming Home). Mala decisión. Y hablando de ello, ¿sabrás que la que escribió el guión de tal episodio fue una fan escritora de fanfics llamada Melissa Good? También escribió el ep.5 de Legado (Legasy) en esa misma 6ta temporada. ¡Argggg! Por culpa de ella es que nuestra pareja no se queda junta, ella les puso ese fin. A menos que los productores se lo hayan pedido. ;/ Tenemos que unir fuerzas en su contra si fue su culpa. ¿Qué dices?

Bueno, creo que ya le corto. Me dirás más tarde si me puedes ayudar con eso de que si Ares se queda o no se queda mortal. Porque tendría que inventarme algo grande para explicar cómo es que vuelve a ser dios en mi relato. Jajaja, para mí que sí lo vuelve a ser. Tengo flash back de él con poderes antes de que Xena muera. A/w, gracias por pasar a leer mi historia. Muchos abrazotes desde mi isla para ti por eso. ;) Y ah, ah, ah, se me olvidaba. Estuve analizando tus abreviaturas de GilNar. ¿De casualidad provienen de tu nombre? ¿Y de casualidad también, no te llamarás Gillian Narvaez? Es que me da curiosidad. Sólo eso. En fin, ahora si bye bye! Que disfrutes este largote capítulo.