Rompecabezas


Observa al techo conteniendo toda la furia posible al interior de sus ojos, cansado de ser el peón sacrificable de cada partida de ajedrez, se deja vencer por el agobio de un pasado que jamás podrá hacer diferente.

Tendido sobre una cama que no es la suya, se frota el entrecejo exprimiendo los pensamientos allí contenidos. Amaba a Hermione más allá de cualquier sustancia tangible o intangible en el mundo, lo supo desde antes que las barajas designaran su destino, era ella la única capaz de sacarlo inmune de cualquier valle de sombras, y su solo recuerdo tenía la potencia de un huracán arrasante de malos recuerdos, sueños tardíos y anhelos frustrados.

Sus piernas pesan tres veces más de lo que deberían, hace un mínimo esfuerzo por moverlas pero no le responden, no siente los músculos trabajando en sincronía para ello, sino que las percibe cómo dos grandes bolsas de algodón.

Desiste de la labor entregándose a la desidia, tampoco sabe a dónde dirigirse en ese lugar de mierda que nada tiene por ofrecerle más que amargura y reproches, cierra sus ojos privándolos del mundo exterior apretando sus parpados para concentrarse en el principio de todo.

No había sido el mismo desde aquel baile de navidad acaecido durante el Torneo de los Tres Magos, ni él, con la facilidad de invalidar a cualquiera cuando la bruma de la envidia bailaba fríamente en su interior, encontró la sagacidad de menospreciarla cómo era habitual en su relación.

Desde ahí, sin percatarse de ello, no fluían sus insultos con la misma naturalidad de antes, ella estaba en todo y todo se le parecía a ella, aunque desgarrara su piel en el cuerpo de otras mujeres frustrado por borrar esa imborrable obsesión por la bruja, al final de la noche entre la finura de sus sabanas se aovillaba como un niño abrazando el vacío que solo engañaba con el embeleso de su recuerdo.

Su madre, por los días en que la guerra había terminado, se asomó en su habitación como era habitual en ella. Conociendo a su hijo como sólo se conoce lo propio, advirtió en él los síntomas del amor. Acongojada al identificar un amor obsesivo, atípico entre los miembros de su familia, y conocedora de la causante de dicho estrago en su amado hijo, soltó la frase que el día de hoy aún retumba en su memoria con la potencia de un cañón.

—Serás la perdición de esa niña. Déjala ser feliz.

En aquel momento no entendió la profundidad de las palabras, desechó la idea, en un arrebato infantil de los muchos que gobernaban sus días. Y terco como siempre, se dedicó a asediarla, la condujo como una oveja mansa al redil de su encanto. Jamás imagino una labor más fácil que aquella considerando el carácter testarudo de la castaña, pero así era él: al terminar sus estudios en Hogwarts era un hombre sagaz, analítico, y decidido a no dejarse aplastar por nada ni por nadie.

Ese era Ronald Weasley. Aburrido de la pobreza de su familia se empecinó en alcanzar un estilo de vida capaz de borrar la miseria de su apellido, y ahí entraba Granger; no era la mujer más hermosa a su concepto, pero si la más conveniente: contaba con la total aprobación de sus padres, era diestra en cualquier actividad propuesta y por supuesto tendría un futuro brillante.

Sin embargo, pese a tenerla como un pajarito en su jaula cantando únicamente por el placer de verlo feliz, sin exigir suficiente alimento, demasiada atención o dignarse a mirar un tanto más allá de las miserias que él le ofrecía; tenía la ardiente certeza clavada en medio de sus ojos de verla partir en un segundo, hallando la fuerza de sus alas, ignorantes en el arte de volar, capaces de romper los débiles barrotes de su falso amor.

Se incorpora de la cama y camina sin prisa hacia la ventana de la habitación de Hermione, bordea la mesita de noche iluminada por una lámpara eléctrica y observa por la ventana caer la nieve. La calle desierta parece un retrato repitiéndose una y otra vez. Su mirada se pierde contra el cristal y evoca la tarde en la cual vió la débil jaula ceder.

Al salir del despacho de Hermione, su orgullo herido se desliza hacia sus puños cerrados que caen pesadamente contra su cuerpo. Está asqueado por la traición, no le importa con quien ha sido el engaño. Lo que le afecta hasta el punto de desear llorar es que la jaula no se abrió sola, y finalmente alguien le enseñará a volar a su ave. Su primer impulso es regresar para lanzarle una maldición asesina a Draco y de paso a Hermione, por tener el cinismo de dejarlo, era él quien tenía derecho a la última palabra en su relación; sin embargo, se detiene pasos antes de la puerta, así actuaría el Ronald estúpido, el que tragaba caracoles por su imprudencia, no el metódico. Reflexiona escuchando atronar su corazón con una frecuencia inusual, entiende el desespero de su cuerpo por la perdida y se resiste a la misma, Hermione Granger será suya hasta el fin de sus días.

Camina con desespero hacia la red Flu con la capa azul celeste ondeando llevada por el viento tras de sí, escoge una chimenea al azar y toma los polvos arrojándolos torpemente en el ducto. El polvillo se adhiere a los húmedos caminos de su palma, pero no repara en ello, se enfoca en su destino final: la zona de Aurores.

Se arroja de la chimenea. El entrecejo fruncido sobre la mirada seria se intercala en cada letrero presente, ha estado allí un par de veces tiempo atrás y no recuerda con exactitud la oficina de Potter, «¿A quién más podría acudir?» Sus pisadas hacen eco contra los redundantes pasillos, cuya repetitividad lo ayuda a aclarar sus pensamientos en búsqueda de un argumento sólido, captándolo en pocos segundos. Sus ojos se abren satisfechos al ver el pequeño letrero con el nombre de su amigo, sin dar lugar a la duda gira el picaporte, ansioso mueve la perilla en ambos sentidos encontrándola bloqueada.

— No hay nadie, tonto —explica una cabeza calva reducida, colgando en el marco de la puerta —Todos salieron hace unas horas y no regresaran, la jornada ya acabo.

Ronald prensa la mandíbula, sus hombros se han puesto rígidos al ver su plan fallar, no desistirá, no lo ha hecho y jamás lo hará. Saca la varita de un pequeño saquillo en su pantalón y se dispone a convocar su patronus. Su mente, nublada por las duras palabras dichas por Hermione no ubica un recuerdo feliz, todos se vician con la imagen de Malfoy y su ramito de flores en la puerta, desecha la imagen moviendo la cabeza, cierra los ojos y su cerebro vuela varios meses atrás.

Es ella, en su mente, acercándose rauda en su dirección. Él la espera con los ojos de un felino en su presa, el ruido de la gente a su alrededor de repente se detiene, porque cuando la ve a ella, nada más importa. Está a menos de un metro de distancia, él no se mueve, sabe que en un segundo ella llegara directamente a sus brazos, y así es, la recibe con un solo brazo abierto deteniendo su impacto con el pecho aprisionándola con tal fuerza que parece querer meterla dentro de su alma. La multitud enloquece, los gritos se levantan por encima de la tribuna e incluso él, desde el aire, sobre su escoba, siente que es la emoción del público que lo mantiene flotando y no la magia. Ha atrapado la Bludger en los últimos cinco segundos previos a terminar el partido contra las Arpías de Holyhead, ganando la final del torneo.

Regodeándose en la gloria de su oficio, chispas de luz se escapan de su varita y se materializan en un perro juguetón.

—Harry. Hermione está en peligro.

Minutos después, Ronald, suda mares en una diminuta oficina circular. Una mesa ocupa la mayor parte de la estancia y únicamente cinco sillas la bordean, dos de ellas ocupadas por Harry y Kingsley sentados a cada lado del nervioso pelirrojo. Desanuda su capa del cuello, liberando la presión engendrada por la mentira atascada en su garganta.

—Lo siguiente que usted diga, será su declaración oficial —aclara el Ministro con rostro agotado, no a causa de la labor del día, sino extenuado por el tartamudeo de Weasley

—Yo…Esto…los vi en la oficina…luego

—¿Necesita una poción tranquilizante Weasley? —indaga el Ministro

—No, estoy bien —dice Weasley, más para sí mismo que para los demás

—Entonces recapitulemos —orienta Harry, frotándose la sien —¿Cómo empezó todo?

Weasley se acerca a la mesa, logrando un efecto reflejo en los demás quienes se inclinan hacia adelante presos de curiosidad por la revelación a estallar.

—Yo diría que hace un par de días —empieza Ronald, inhalando por la boca y soltando las palabras a borbotones —la sentí extraña, estuvo en mi casa sintiéndose insegura, pero no era ella, parecía fuera de sí misma, como si alguien más hablara a través de ella.

Kingsley levanta la ceja, meditando las escasas posibilidades de dicho comportamiento. —¿El maleficio imperius?

—No lo sé —interrumpe Ronald —Parecía algo más oscuro.

—Y, ¿Qué sucedió hoy? —indaga Potter, deseoso de información

—Fui a visitarla, pero no era Hermione, estaba nerviosa, demacrada, diría que llena de pánico, vi el miedo en su rostro, me suplicó que me marchara —expulsa Ron, levantando la voz — Y luego, llego él, entonces la perdí, su rostro estaba en blanco y sólo lo miraba a él como embelesada. Desde ahí, todo es confuso, —susurra Ronald, agarrándose la cabeza con ambas manos —tengo recuerdos de una discusión, trate de hacer reaccionar a Hermione, no lo sé Harry, creo que tal vez me borró la memoria o la modificó, no lo sé.

Harry, pasa saliva ante el sufrimiento de Ronald, quiere actuar y debe hacerlo ahora que aún tiene oportunidad de salvar a su amiga. Si existe un momento para agradecer todo lo que ha hecho por él, es ese. Cruza una mirada con Kingsley y con la certeza de dos personas conocidas por la sagacidad de sus actos, se ponen de pie y disponen del grupo de Aurores para la misión de rescate de Hermione Jean Granger.

La nieve ha cesado en el exterior, sin embargo Ronald no lo advierte, suspira volviendo sobre sus pasos para caminar alrededor de la habitación de su prometida, lleva horas escondiéndose en el ese lugar buscando evitar el trato inclemente de su familia.

Aprovechando su posición como prometido, logró hacerse de las pertenecías de Hermione cuando fue hospitalizada y con ello obtener la llave que le daba acceso a su casa, recordando con amargura sus nulos intentos por aparecerse allí o usar la red Flu.

Preso del pánico con el cual solo lidian aquellos que le deben algo a la vida, ha buscado minuciosamente cualquier rastro capaz de indicarle la más mínima pista de la relación de Hermione con Draco y a su vez limpiar cualquier cabo suelto con el impacto suficiente para quebrantar su historia.

Abrumado se deja caer en un sofá de cuero dispuesto en la sala, no ha encontrado nada y sin embargo la zozobra no lo deja en paz, extiende los brazos en el espaldar de la silla y mira sin prisas a su alrededor. No le gustaba ese apartamento como no le gustaba ninguna de las decisiones que tomaba Hermione, es decir, era estúpido vivir de esa manera contando con todas las facilidades que brindaba el mundo mágico. Ni bien se resolviera el asunto de Malfoy, presionaría a Hermione para deshacerse del lugar.

Echa la cabeza hacia atrás, posando sus ojos en el techo, una idea atraviesa su cabeza y se clava como ponzoña en los meandros de la mente. No le gusta ese apartamento porque no hay nada que le recuerde a él, no encuentra un solo indicio de una relación con Malfoy, pero tampoco ve una reducida señal si quiera de su noviazgo. Recuerda un par de fotos colgadas de él, de los padres de Hermione, de Harry, incluso algunas de Hermione con McGonagall pero no tienen ninguna foto juntos. Siempre ha estado sola, en su jaula, en sus decisiones y en su vida.

La desazón se apodera de su alma al descubrir el hecho que ha estado en el aire desde antes que su madre decretara su designio, por más que Ronald se esfuerce en domesticar a su ave, Hermione había nacido para ser libre.


Un aliento a vainilla recorre habitaciones, pasillos y vericuetos de San Mungo, las celebraciones previas a la navidad se extienden con gozo a los pacientes inconscientes de su realidad y al personal médico, a todos excepto a la hermética doctora Waas.

Ve en las palabras de Luna, una oportunidad para solucionar sus afanes médicos, la junta ya empieza a cuestionar su lentitud en el caso y se escuchan rumores de un posible cambio de sanador. No quiere entregarse a la derrota, viviendo un barniz de sosiego en las palabras de su aprendiz. Apremiada por el tiempo, modifica su rutina para tener un encuentro a primera hora del día con su paciente más rebelde.

Hermione espera sentada en el borde de su cama. Para ahogar el aburrimiento se teje una trenza en su alborotado cabello, agradece a su madre las lecciones, buscando dar una imagen digna y mostrar su persistencia.

No bien deja caer la trenza sobre el hombro derecho, atraviesa la puerta Waas seguida por Luna. Se detienen frente a la cama de Hermione quien las observa un tanto desafiante y ligeramente asustada.

—Buen día Granger. —saluda la mayor —Vengo a escuchar su propuesta

Hermione se endereza sobre su puesto, inspira el oxígeno tenso de la atmosfera y llenándose de paciencia, expresa:

—Quiero colaborar, a pesar del trato inhumano que me están dando y el indiscutible atropello a mis derechos como paciente. Voy a poner de mi parte para terminar con esto lo antes posible.

La mujer ha quedado de una pieza. Vanamente pensó en el olvido de sus acciones y ahora tendrá que asumir las consecuencias de su afanada intervención. Parpadea confusa y se recompone.

—Para empezar, debe dejarse practicar algunos exámenes —empieza Waas, estirando el cuello con aire de suficiencia —Debemos tomar algunas muestras y examinar sus recuerdos.

Hermione entrecruza los brazos sobre su pecho presionando la trenza, no se sorprende por el proceso, para ello, ha tenido mucho tiempo atando cabos, imaginando estrategias que resulten en su pronta salida y en un mejor destino para Malfoy donde quiera que se encuentre.

—Comprendo, es totalmente razonable. La revisión de mi sangre la permitiré con toda mi voluntad así que no tendrá que usar sus métodos opresivos —expresa la castaña con sarcasmo en su lengua —.Lo de mis recuerdos, imaginará que no es labor sencilla compartir mi vida privada, especialmente con usted. Para ello tengo una condición.

La sanadora se muerde su delgado labio desde adentro, la piel de su rostro enseña gruesas líneas de expresión y Hermione podría asegurar que su cabello es más blanco en esta oportunidad.

—La escucho, señorita Granger —concede la sanadora con evidente molestia

—No le permitiré a usted, ni por equivocación, entrar a mi mente. Para ello autorizare únicamente a Luna, su aprendiz, la dejare introducirse en mi memoria y tomar los recuerdos necesarios que prueben la inocencia de Draco Malfoy

Waas mira fijamente a Hermione, casi con desafío, comprende la parte importante del poder en manos de la castaña y ahora no está en posición de someterla una vez más. No puede perder más tiempo y asiente.

—Lo que usted diga, señorita Granger.

Horas después Hermione se halla encerrada con Luna, en un espacio que le da un respiro. Las paredes de la habitación color lila cambian la aburrida perspectiva de su vista habitual. Se sienta sobre una silla acolchada dejando reposar las manos sobre sus piernas cubiertas por la insulsa bata; extraña su ropa, incluso los vestidos incomodos y tacos altos que a veces debe usar en su trabajo. Recuesta la espalda contra la silla y echa un vistazo por la habitación: han dispuesto de un pensadero grisáceo, adornado con signos entrelazados y confusos, otra silla de mayor amplitud reposa en el extremo contrario del cual se halla Hermione y es ocupada por Luna.

Una ventana horizontal casi pegada al techo, le permite notar la claridad del día, un precioso cielo azul celeste con abultadas nubes blancas teñidas de naranja le dan a entender que están en pleno atardecer. La ruptura de su rutina empieza a tener un efecto abrumador, la nostalgia de imaginar todo lo que se está perdiendo la distrae de la labor a continuación.

—Hermione ¿Estas lista? —interrumpe Luna, las cavilaciones de Hermione.

—Si —contesta con un hilo de voz

—Necesito que estés tranquila, sabes que cualquier cambio brusco en tu estado de ánimo puede afectar la lectura y tal vez la veracidad de tu recuerdo…incluso en algunos casos se pierden fragmentos del recuerdo

Hermione, libera aire sonoramente entre sus labios empujando la tristeza fuera de sí, recuerda la importancia de estar concentrada y de cumplir con la única parte que podrá hacer la diferencia; en este momento no importa ella, o su estúpido orgullo «Esto es por Draco» se dice a sí misma. Cierra los ojos llevando su mente a evocar su primer visita, el olor de su piel, la sensación de su tacto, su eterna necesidad de protegerla y su pánico extremo a la diversión muggle, su rostro se ilumina por la marca de una anhelada felicidad, abriendo sus ojos chocolate los posa en Luna

—Ahora, estoy lista.

Lovegood se acerca, arrastrando la silla para detenerse frente a la Gryffindor que cierra los ojos aun obnubilada con la imagen.

Legeremens

Hermione se abandona ante la tranquilidad de su compañera, no se siente invadida en absoluto y al contrario una calidez desborda por su cuerpo como no la sentía hace mucho; es como estar en medio de un sueño vivido repitiendo la experiencia del pasado, no siente vergüenza ante sus recuerdos más íntimos en compañía de Draco, ni de la emotividad de cada uno de los momentos compartidos, después de tanta ira con la vida y el mundo, revivir el amor que despierta cada respiro con Draco es un bálsamo para su alma. De vez en cuanto siente sobre su sien el toque de una varita y un hilillo tensarse halando sutilmente su piel, concediendo la sensación a los recuerdos que Luna toma para mostrarlos después en el pensadero.

Pellizca sus muslos, distraída por la idea de imaginar a la desagradable medimaga viendo a través de sus ojos, toma aire recordando la importancia de no perder la concentración y relaja sus manos. Se deja conducir hasta llegar al final de la revisión enseñando todo cuanto sabe a Luna. Una luz se apaga en su cabeza y deja un escenario oscuro, pero lleno de esperanza.

La rubia abraza a Hermione con tal calidez que no contiene sus ganas de devolverle el abrazo, recuerda lo bien que se siente el contacto humano y las gotas de llanto se acumulan entre sus pestañas. Luna se aparta depositando un beso en su frente, sorprendida por el acto, Hermione abre los ojos y ve a su amiga retirarse de la habitación.

No alcanza a cerrarse la puerta, cuando la medimaga entra acompañada de dos hombres que Hermione no conoce, se revuelve incomoda en su silla haciendo resonar el cuero bajo sus piernas.

—Hermione, estos son los aprendices que ayudaran con sus exámenes de sangre.

—¿Vienen a atarme o a tomarme por la fuerza? —pregunta la castaña, en torno sarcástico —. Les aviso que cooperare

Levantando las palmas frente a ella, asume una postura de sumisión. Disfrutando el sonoro suspiro de la sanadora.

—Las condiciones han quedado claras, Granger. Son varias pruebas de rutina, algunas más desagradables que otras. —advierte levantando una ceja y esperando la confirmación de Hermione —.Por ello necesito la ayuda de estos dos aprendices para terminarlas con rapidez.

—Antes, necesito que me aclare los detalles desagradables —Solicita Granger, inclinándose hacia delante en su asiento.

Waas, hace una mueca de incomodidad tensando los labios. Toma la silla libre de la oficina, acercándola con dificultad a Hermione, le pesa el doble de su tamaño y el aire de la habitación es tenso de una forma insoportable. Se sienta tratando de relajar sus hombros pero no lo logra. Humedece los labios y se dispone a hablar.

—Para descartar cualquier tipo de envenenamiento, maldición o encantamiento, es necesario verificar en varios fluidos y partes del cuerpo los residuos de las mismas los cuales perduran por varios días. —Wass toma un respiro evaluando la expresión inescrutable de Hermione, aprovecha el asiento libre y lo usa viendo alejarse a Hermione unos centímetros —.En su caso, señorita Granger, practicaremos todas las pruebas posibles: la primera de ellas es un test de sudor simple frotando por la palma de sus manos con un trozo de ala de Vipertooth peruano.

Hermione escucha con los ojos fijos en cada expresión de la mujer, presiente que este es el más sencillo de los exámenes y que se avecina lo peor. Pasa saliva conduciendo su postura hacia atrás y entrelaza las manos sobre su regazo.

—La segunda prueba consiste en tomar un mechón de su cabello en lo posible desde la raíz, luego lo sumergiremos en baba de plimpy y jugo del hígado de un occamy hembra.

Hermione con los labios evidentemente separados, conduce una mano a su trenza acariciándola con melancolía, valora su cabello, aunque haya tratado de domarlo y maldecido en momentos su forma salvaje. Es un parte de su autenticidad, le recuerda su origen ya que es clara herencia de su abuela materna quien en múltiples veces le ha dicho que sus rizos, son la más clara muestra de su personalidad: fuertes, rebeldes y únicos.

—Tranquila Hermione, es solo un mechón, lo tomaremos de una parte oculta en su cabeza para que no se note tanto.

Hermione suspira aliviada, pero su frente se halla fruncida en mueca de preocupación.

—El tercer y último examen es de sangre. Posaremos algunas sanguijuelas sobre su espalda para que succionen parte del fluido y con el vapor del pelaje quemado de un Jarvey revelaremos la limpieza del plasma.

—¿No me pincharan? Es decir ¿no me pueden extraer sangre a la manera muggle? —indaga la joven, con pánico en su voz

—Señorita Granger, esto es un hospital mágico y nuestros métodos son los mejores para los resultados que buscamos.


La peor de sus dolencias es el corte de cabello. Desanuda la trenza que con tanto cuidado tejió, liberando algunos nudos de cabello en el proceso. De un solo tajo cortan un rizo nacido sobre la nuca, siente la ausencia del mismo y constantemente lleva sus dedos buscando la zona, para tocar los cortos cabellos que han quedado.

Vive una experiencia desagradable ante el roce de la dermis del dragón, su textura raposa, levanta finas partes de la piel de su mano, casi imperceptibles a la vista, dejando a su paso un escozor difícil de ignorar.

Las dos eventualidades anteriores no son nada comparadas a los nervios vividos, tirada boca abajo en una camilla. Su espalda desnuda padece escalofríos erizando la piel, su frente reposa sobre sus antebrazos con el cabello cayendo desordenado a ambos lados de su cabeza. Cierra los ojos al notar gotas frías caer en su costado. Los minutos transcurren en total lentitud y poco a poco percibe algunos piquetes no tan desastrosos como los había sino más bien asemejados a la picadura de un mosquito. Al despegar las criaturas de su piel, percibe la succión de las mismas aferrándose a la piel y tirando de ella en el proceso.

Se levanta arreglando su bata cuando percibe la desaparición de los dos hombres y evalúa el resultado de la experiencia, definitivamente lo peor ha sido perder uno de sus preciados rizos.

Va a su cuarto acompañada de los dos aprendices. Aliviada del fin del proceso, con un frenesí dando círculos en su pecho siente la cercanía de la culminación en ese trágico episodio de su vida, no obstante, una burbuja de aire en su garganta le incomoda hasta el desespero, la intranquilidad de no tener nada seguro la molesta llevándola a carraspear para desprenderse de la misma.

Ya en la habitación, encuentra con sorpresa un nuevo objeto en el escaso mobiliario de la misma. Una redonda mesa plástica color marfil, reposa junto a su cama bien tendida, sobre la misma una colorida caja llama su atención. Se acerca con desconfianza, con la mano aun rozando la ausencia de cabello y se percata que el contenido de la misma, es un rompecabezas

Saca las piezas de la caja de cartón cuyo frente enseña una estúpida imagen de varios animales, entre ellos un panda, un lémur y un simio en una playa de cielos azules y blancas arenas, ninguno de ellos se encuentra dentro de su hábitat natural, siendo la idea tan ridícula que de repente le apetece retirarse a su camilla a dormir.

Su cerebro le pide a gritos estimulación, no puede contar las horas desaprovechadas sin darle un poco de trabajo diferente a pensar en Draco y necesita intentar algo diferente. Se sienta en un taburete de almohadilla negro, hallado bajo la mesa, no sin antes acomodarse la bata para que no le talle el cuero en los muslos, disponiéndose a trabajar.

Quinientas piezas caen sobre la mesilla plástica. Reclinada con los codos sobre la superficie de trabajo, recuerda los fines de semana compartidos con su padre, armando rompecabezas de tres mil fichas en una gama multicolor fraccionada del mapamundi antiguo y el jardín de las delicias, ambos cuadros de alta complejidad comparados con este trabajo infantil.

Empieza a formar los bordes pensando facilitar el trabajo sin invertir mucho tiempo en ello, parte de afuera hacia al centro encajando con prontitud varias fichas. Ha armado una cuarta parte del tablero, se sienta derecha con las manos en la cintura a observar su obra, no lleva la cuenta del tiempo gastado en ello y tampoco le importa, al final no tiene nada mejor para hacer.

Rota sus hombros y mueve sus caderas de un lado a otro para relajar la espalda y nuevamente echa un vistazo a las piezas faltantes, ensaya una y otra vez diferentes formas buscando que concuerden con la parte armada, sin embargo nada coincide. Nada es lógico en la imagen, en el tablero, ni en su vida. Una pieza no encaja dentro del rompecabezas en el cual se ha convertido su existencia «¿Por qué accedieron tan rápido a sus propuestas?» piensa, al tiempo que gira una pieza contra sus dedos, «Fácilmente me hubieran sometido nuevamente para leer mi mente y hacer esos ridículos exámenes, esto no me gusta»

Descarga su frustración sobre la mesa de plástico dando un puñetazo y arrojando las piezas al suelo en una lluvia de colores. Acto seguido, Waas, ingresa a su habitación viendo con sorpresa el desastre que Hermione ha hecho.

—Señorita Granger. —expresa con neutralidad —.En pocas horas tendremos los resultados de la muestras de cabello

—Y después ¿qué? —replica secamente la castaña

—Debemos esperar los resultados del resto de pruebas, algunas tardan un poco más de tiempo

—¿No es suficiente con mi memoria?, prácticamente ahí está todo lo que ustedes necesitan, simplemente tome mis recuerdos y compárelos con los de Draco. No hallara ninguna diferencia.

—Señorita Granger —ríe con amargura la mujer —No tenemos nada con que comparar sus recuerdos, el señor Malfoy ha perdido la memoria.


Hola

Finalmente hemos llegado al último capítulo del año, las he complacido con algo de noticias sobre Malfoy, no me odien, pero amo el drama. #iamdramaqueen.

Les agradezco infinitamente leer esta historia, cuando empecé a escribirla no imagine ni por un segundo tener más de cien seguidores que están el día de hoy, más de 80 favoritos y 111 reviews. Bueno una tontería dirán ustedes, pero para mí es muy gratificante después de no esperar nada.

Así que les envío los mejores deseos de la vida, no solo por leerme sino porque es lindo que nos una un mismo gusto, actualicé un día antes porque mañana no tendré tiempo ni de respirar así que ya teniendo el capitulo listo ¿para qué esperar mas tiempo? ¿verdad?

Gracias a los reviews del último capítulo, es muy generoso de su parte que escriban, así sean unas cortas palabras no saben el impacto de felicidad que tiene recibir la notificación de un nuevo mensaje o review, por eso mi total cariño a JeAn Tonks BaEs, Doristarazona, Nitaws, Nathy Malfoy, espiroket, artemisvan89, Lita Wellington, ivicab93, redeginori, johannna, Gisell Morn, Norely, NarradoraNueva, Natdrac, Alice1420, y Conie23o9.

Es genial hablar con ustedes a través de los mensajes, o en mi perfil de Facebook Sta Granger.

Espero que hayan tenido una navidad muy bonita y les deseo a todas y cada una de ustedes un año nuevo lleno de mucha felicidad y propósitos de éxito e inmenso amor para todas

No siendo más, un abrazo desde la profundidad de mi alma

No olvides dejar tu review, el ultimo del año para esta historia.

Un abrazo enorme.

Sta Granger.