¡Hola!! Snif… por fin el último capítulo…snif… creo que les esperan unas cuantas sorpresas…vaya, no puedo creer que se va a acabar, así que los dejo para que lean tranquilos, jeje.
Nota: En este capítulo vamos a hacer algo como un retroceso en el tiempo, y luego vamos a tomar de nuevo el hilo de la historia. Creo que a eso se le llama… ¿contrapunto? no sé, pero creo que lo aprendí en literatura...bueno, así que no se confundan...
o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o
Capítulo 10. Solo contigo
Arnold fue conducido por los guardias hacia una oscura parte del palacio, quizás una de las más viejas y más utilizadas: el sector de los calabozos. Pudo ver la lobreguez del lugar y sintió un escalofrío cuando los mastodontes lo llevaban con dirección a la esquina más oscura y horrible del lugar. Lo tiraron adentro de la celda y lo incorporaron de nuevo para amarrarlo contra la pared, aprisionando sus dos manos. Salieron y cerraron con candados la celda, pero el no se dio cuenta de ese detalle; estaba demasiado oscuro como para notarlo.
- ¡Maldición!... ¿Ahora como he de salir de aquí?
o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o
- ¡Oh, mi querido Duque, que agradable sorpresa! – dijo Miriam al recibirlo en la sala con un efusivo abrazo, intentando disimular su consternación después de todo el problema con el plebeyo – No lo esperaba hasta mañana en la tarde, o hasta el día de la boda – rió.
- Oh no… ni siquiera yo lo puedo creer, es martes por la tarde y ya estoy ansioso porque sea jueves que no pude evitar sentir inmensos deseos de visitarlos. Dígame su majestad, ¿dónde está mi futura esposa?
- Ella… la pobre está tan entusiasmada que ha decidido refugiarse en su cuarto hasta la mañana de la boda para "limpiarse" como lo llama ella, es decir, para quitarse todo mal pensamiento y que solo la felicidad inunde su corazón ese día ¿No, Bob?
- Sí… es uno de los rituales tradicionales de la familia – dijo algo molesto.
- Madre, la mesa para el té está lista – Olga entró a la habitación con un aire de tristeza y luego reparó en el visitante – Buenas tardes.
- Olga, él es el duque Jhon, el prometido de tu hermana. Duque, le presento a mi hija mayor, la princesa Olga.
- Mucho gusto – dijo el duque, haciendo una reverencia.
- El gusto es mío – respondió, inclinándose en forma de saludo – Madre, la mesa ya está lista para el té.
- Entonces vamos – dijo Bob al levantarse de su sillón - ¿No le gustaría acompañarnos, duque?
- Sería un placer.
- ¡Oh! Miriam, vayan adelantándose. Necesito tomar mi medicina, y está en la habitación.
- Está bien, pero no te tardes – dijo la reina – Por aquí, yerno.
- Yo iré a buscarla contigo, padre – dijo Olga, mientras veía a su madre salir por la puerta acompañada del joven. Caminaron unos cuantos pasos cuando el rey comenzó a hablar.
- No está nada bien, ¿no, querida hija?
- ¿Mi madre ya te contó todo, padre?
- Todo, pero a su estilo, aunque supe descifrar la esencia de su palabrerío. Nunca consideré cuanto iba a afectar a Helga la manera en que fue criada. Ojalá hubiéramos sido mejores padres.
- No digas eso…
- Me arrepiento de no haber detenido a Miriam cuando pude hacerlo. Es que pensé que estábamos haciendo lo mejor para ella, todo el tiempo, pero nunca nos preocupamos por cómo se sentía ella al respecto.
- ¿Pero no puedes hacer algo para ayudarla ahora, padre?
- Es muy tarde, Olga. Antes que todo, un rey no puede faltar a sus propias leyes para salvar a un muchacho, ni a sus promesas para evitar un matrimonio. No puedo detener a tu madre, porque es implacable, y no sabemos que otras cosas peores puede hacer si acaso lo intentamos. Es por eso que en ninguna ocasión relacionada a este tema he intervenido.
- Padre, no has intervenido como rey que eres, como un rey que se ajusta a las leyes que manda la sociedad. Pero… sé que podrías intervenir como una persona con corazón, que actúa por el bien de los demás. En este caso, como un padre. Solo depende de ti hacerlo.
Ambos se detuvieron frente a la puerta de la habitación principal. Olga se dio la vuelta y comenzó a marchar en dirección contraria, dejando a su padre solo.
o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o
Arnold había logrado conciliar el sueño dentro de la celda a pesar del aire a muerte que despedía el lugar. Esperaba solo el momento en el que los guardias entraran para llevárselo de nuevo, por si acaso pudiera liberarse con algo de suerte mientras lo desataran. Pero ya le parecía imposible, había perdido toda esperanza. Dormía intranquilamente, alerta a cualquier sonido fuera de lo común. Le extrañaba que todavía no vinieran por él.
- Arnold… – un susurro lo despertó, seguido por unos cuantos toques y forcejeos en la puerta de la celda - ¿Estás ahí?
o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o
- ¡¿HA ESCAPADO?!
El grito de Miriam retumbó por todo el palacio.
- Su majestad, fuimos a buscarlo a la celda para llevar a cabo la sentencia de muerte, y él no estaba. Desapareció – respondió uno de los soldados, precipitadamente.
- ¿Hace cuánto tiempo que sucedió esto? – preguntó, recuperando la compostura.
- Nos dimos cuenta hace menos de dos minutos.
- Entonces sigue por las inmediaciones del palacio – dedujo la reina – Escuchen bien. Rodeen el mismo palacio y el área a su alrededor, completamente, y vigilen que no intente escapar lejos o entrar aquí dentro. ¡Ahora!
Los soldados salieron a toda prisa, obligados por el nuevo grito de la reina. Sentados cerca de ella, se encontraban su esposo y su hija, tan solo mirando sus reacciones.
- ¿Qué vas a hacer ahora? – preguntó el rey – ¿Se lo vas a decir?
- ¡Por supuesto que no! Decirle que el plebeyo esta vivo le daría esperanza, y eso es lo que yo no necesito. Tengo que hacer todo lo posible para que considere la boda como su mejor opción.
- En otras palabras vas a obligarla mediante tus sucios medios a que acceda. No le darás otra salida, ¿verdad?
- No. Porque yo le prometí a… ¡Una promesa! – Miriam recordó un detalle importante, y se le iluminó el rostro - Ese plebeyo le dijo que si moría, quería que ella siguiera viva y tratara de ser feliz.
- Madre, no pensarás… - Olga se asustó. Ya sospechaba la idea de su madre, y en ese momento deseó poder decirle a Helga todo lo que supiera para evitar que accediera, pero le era imposible, no podía tener contacto con su hermana por órdenes de la reina.
- Y si ella se niega a casarse, como yo lo establecí la mataría, y así estaría incumpliendo su promesa con el plebeyo. Así que una pequeña mentira ahora, y todo solucionado. Solo me quedaría deshacerme de ese muchacho después.
- Pero Miriam, sabes que una reina justa no puede mentir, iría contra todos los principios que han fundado este reino – dijo el rey, tratando de disuadirla.
- El fin justifica los medios. Enseguida mandaré a una criada a darle la "noticia" – volteó un poco y pudo ver las caras de disgusto y decepción de su esposo y su hija. Luego dijo a manera de justificación - De todos modos, esa malcriada me lo agradecerá algún día.
o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o
- Ya tomé una decisión – respondió Helga tranquilamente, sin emoción alguna – Voy a casarme con el duque.
El rostro de Miriam se iluminó. Había logrado su objetivo de disuadirla de su anterior opinión y con sus medios sucios había logrado controlarla.
- Muy bien – respondió – esta tarde te medirás el vestido. Es precioso. Es el que yo usé en mi boda.
- Ya lo creo – dijo monótonamente – Ya estoy lista para casarme con un hombre de tal porte. Me he estado preparando desde el momento en que nací, ¿verdad, señora?
- Helga, ya no tienes porqué llamarme 'señora'. Ahora que has tomado la decisión correcta, te perdono, y te autorizo a que me llames 'madre' nuevamente.
- Si… madre.
o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o
Llegada la tarde, en el centro de la gran sala, miraba el reflejo en el espejo de su esbelta figura envuelta en aquel suntuoso vestido blanco. Al parecer, su madre había sido un "poco" menos delgada que ella, lo cual fue un pequeño consuelo que la hizo reír durante unos segundos. Pensaba en lo flaca que era Miriam ahora. "Claro, la vanidad hace milagros" se dijo a sí misma, y rió de nuevo.
- Ya veo que verte con tan hermoso vestido puesto te hace feliz – dijo la reina – y seguro piensas en la felicidad futura que te traerá la boda. Yo también lo hice en ese momento.
- Así es – respondió Helga siguiendo el juego de su madre. ¡Que segura de su victoria estaba Miriam! Pero tenía motivos para hacerlo. Helga, a pesar de sentir que la muerte era mejor que aquello, había hecho una promesa a su amado Arnold, y no podía incumplirla. En ese instante en que lo llevaban al calabozo, no había dicho que sí, que prometía vivir si a él le pasaba algo malo, pero lo había expresado en su última mirada dirigida a Arnold. Por desgracia, Miriam también se había dado cuenta.
- ¡Helga, estás preciosa! – escuchó. Volteó y para su sorpresa era Phoebe, quien entraba con Olga.
- ¡Phoebe! ¡Hace mucho tiempo que no te veía! – exclamó, y corrió a abrazarla, haciendo que la costurera que arreglaba el vestido gritara un "¡No se mueva, señorita!"
- Sí…es que… - iba a decir la verdad, pero se detuvo al encontrarse con la mirada amenazante de la reina – algunos impedimentos fuera de mi voluntad me lo impidieron.
- Su majestad, puede pasar a probar el pastel para la boda – dijo una criada que acababa de entrar.
- Yo me encargo – dijo Miriam, saliendo de la sala – Adelaida, continúen con el vestido, por favor. Olga, ven conmigo.
- Si, madre – respondió.
Phoebe espero a que se fuese la reina y su hija para hablar en voz baja.
- Helga, me enteré de todo esto de la boda gracias a tu hermana. También lo de Arnold…
- Lo sé. Seguramente mi madre sospechaba tu ayuda y por eso no te dejó entrar todos estos días.
- Es cierto, pero escúchame, ¡tengo una muy buena noticia para ti! Olga me encargó decírtela, estuvimos hablando todo el camino desde la entrada hasta el palacio ahora, y me dijo que te la dijera yo porque debido a otra sospecha de tu madre de que ella es cómplice porque estaba en tu cuarto ese momento, no puede hablar contigo, y la reina no sabe que yo lo sé todo, así que me pareció una gran idea…
- ¡Al grano, Phoebe!
- Bueno, es…
- ¡Adelaida! – gritó Miriam entrando nuevamente, e interrumpiendo todo – ese vestido debe estar listo para mañana. ¿Por qué te detienes?
- Señora, es que la niña no deja de moverse.
- ¡Helga, quédate quieta!
- Si, madre.
- Bueno, Phoebe, lo siento, pero estamos muy ocupadas y debes irte – Miriam fue empujándola bruscamente a la salida – Pero no olvides que estás invitada a la boda de mañana.
- Pero…
- Hasta luego – dijo, y cerró la puerta en sus narices.
- ¡Madre! – exclamó Helga.
- Lo siento hija, pero no hay tiempo para distracciones. ¡Mañana te casas!
Al pensar en eso, el rostro de Helga se tornó triste nuevamente.
o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o
Había amanecido ya. Era una mañana tranquila y soleada la del día de la boda. Miraba con tristeza el palacio desde la prudente distancia y el escondite que le propinaba el bosque a él y a su rescatista, repasando mentalmente el plan propuesto.
- Helga… - musitó.
- Tranquilo, Arnold – le dijo la persona a su lado – Pronto la salvaremos.
El muchacho suspiró. No estaba del todo seguro, especialmente conociendo a la persona que le iba a ayudar con tal hazaña.
- ¿Dudas de mi? Ahora verás. Ponte la armadura del soldado y apúrate porque tenemos que alcanzarlos.
- Claro abuela – dijo él, mirando de reojo al los pobres soldados inconscientes que habían sido noqueados por la anciana.
o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o
Se miro nuevamente el espejo, asegurándose que se viera bien en sus últimos momentos de doncella. Ahora pasaría a ser la señora de alguien a quien no amaba. Pero quién sabe, se decía a si misma, quizás con el tiempo llegaría a dejar de odiarlo, luego soportarlo, y finalmente tener cierta simpatía con él. Pero amarlo jamás. Ese privilegio ya lo poseía alguien más. Alguien que lamentablemente nunca más podría estrechar entre sus brazos.
- Helga – dijo su madre entrando en la habitación con voz cantarina y alegre – el carruaje ya está abajo y el novio está en la iglesia.
- Ya voy, madre.
- Todos ya están esperando a la novia, ¡apresúrate!
Helga dio un último vistazo al espejo y convencida de que no podía lucir mejor, bajó las escaleras cuidadosamente y entró al coche en el que ya se encontraba su padre, quien la escoltaría hacia el altar. En otro carruaje, y delante de ellos, iban Miriam y Olga. Ambos coches eran precedidos por una especial formación militar encargada de la seguridad real, ya sea mediante paredes humanas o semicírculos o cualquier otra forma que los protegiera.
- ¿Estás lista, Helga? – preguntó Bob, tratando de impedir el molesto silencio camino a la iglesia.
- Si lo estoy, padre – respondió, pero ambos sabían bien que mentía. Especialmente ahora que el rey seguía afectado por las palabras que había oído de Olga.
Llegaron a la iglesia y observaron el montón de gente del pueblo que se había reunido afuera y lentamente abrían el paso para los carruajes, mientras los soldados asumían su labor formando un ancho camino hacia la puerta del lugar. Adentro se podían ver a los invitados de honor sentados en las bancas, pacientes.
- Iremos a ocupar nuestro lugar – dijo Miriam, tomando a Olga por el brazo - ¡Querida hija, tu sueño por fin se hará realidad! – abrazó incómodamente a Helga, y luego empezó a caminar.
Olga solo miró a su hermana y le ofreció una sonrisa que decía "Tranquila, todo va a estar bien" y fue tras su madre. Al verla avanzar por el esmeradamente decorado pasillo, Helga divisó al fondo a su futuro esposo, quien sonreía abiertamente esperándola con ansias.
Sin que se diera cuenta, las campanas empezaron a sonar y el órgano inició su alegre melodía tan pronto como los soldados se colocaron en un semicírculo alrededor de la enorme puerta y mirando al frente. Llevada por su padre, entró primero dudosa pero luego decididamente, observando con curiosidad los rostros que ahora tenían lo ojos fijos en ella.
Volteó la cabeza hacia atrás, como para asegurarse que estuviera haciendo lo correcto. Se sorprendió al mirar a los soldados y encontrar en uno de ellos, a través del casco, la cara de su amado. Agitó la cabeza e intentó mirar de nuevo, pero su padre la detuvo. Resignada, y creyéndose loca, miró hacia el altar nuevamente.
El soldado, en efecto, era él. Quiso salir de la formación y correr tras ella, pero su abuela lo detuvo.
- Aún no es tiempo – le dijo.
El sacerdote inició la misa del matrimonio. Hizo la introducción indicando el motivo de la reunión, y bendijo a los novios. Habló luego de la importancia que implica unir dos corazones, llamando la atención de todos los presentes, y llegando profundamente a Helga, quien no pudo evitar que una lágrima solitaria resbalara por su mejilla. Llegado el momento, preguntó:
- Si alguien aquí presente desea presentar una razón por la que este matrimonio no deba ser consumado, que hable ahora o calle para siempre.
Un triste silencio se presentó en el lugar. Permaneció durante un corto tiempo, y cuando el sacerdote empezaba a retomar el hilo de la ceremonia, se escucharon pasos acercándose hacia el frente de la iglesia. Nadie se atrevió a decir ni una sola palabra, buscando el origen de tan singular traqueteo.
- Yo me opongo a este matrimonio – dijo decididamente un soldado desde la parte izquierda del altar, a la cual había llegado acercándose lentamente, y llamó la atención de todos los presentes. Miriam se levantó bruscamente de su asiento buscando darle un castigo a ese impertinente, pero fue detenida por su esposo. Helga giró su cabeza lentamente y sin sorpresa, debido al intenso estado de tristeza en el que se encontraba.
En ese momento, ya no pudiendo resistir el impulso que tenía de poder mostrar su rostro a la persona a quien tanto había anhelado ver, sin importar que tuviera más de cien testigos presentes, el soldado se quitó el casco, revelando su verdadera identidad.
Helga, atónita ahora, sin poder articular palabra, lo miró nuevamente tratando de dar crédito a sus ojos, que no lo podían creer. Se acercó lentamente a tan singular personaje, manteniendo el misterio y el suspenso para todos los invitados, quienes, incluyendo a su familia y al duque, miraban estupefactos cómo se iluminaba su rostro y se iba esbozando una sonrisa en su antes melancólica expresión.
Debido a la inmensidad de la iglesia, Helga comenzó a correr. Arnold dio unos pasos al frente con los brazos abiertos y cuando lograron acortar la enorme distancia que los separaba, Helga se colgó a su cuello fervorosamente, mientras copiosas lágrimas, ésta vez de felicidad, resbalaban por sus rosadas mejillas. Arnold la estrechó entre su fuertes brazos y ambos correspondieron el gesto durante un largo tiempo en el que aún el silencio, sabiendo que se encontraban juntos, no era necesario ni justo interrumpirlo con palabras mientras así se expresaran todo el amor que tenían.
- Arnold… pensé… que habías muerto… - musitó, apoyada en su pecho.
- Tenía que cumplir una promesa que había hecho. Te dije que volvería por ti – besó su frente, y la estrechó más fuertemente contra sí.
Mientras tanto, el público estaba expectante. Seguían con curiosidad los movimientos de ambos, sin emitir un solo sonido, concentrados en el romanticismo que ahora se podía sentir en todo el ambiente. Cada uno miraba a la pareja expresando un distinto sentimiento.
Arnold se separó un poco de ella y juntos comenzaron a caminar hacia la inmensa puerta que permanecía abierta de par en par. No había necesidad de palabras en aquel momento. Todo era expresado en las miradas que ambos se dedicaban.
- ¡Helga, vuelve aquí enseguida! – exclamó Miriam luego de haberse recuperado del trance en el que todos habían caído, gritando desde la esquina de la iglesia - ¡Guardias!
Nadie le hizo caso. Todos los seguían mirando mientras se dirigían a la salida, todos con sus rostros esbozando sonrisas y expresando tranquilidad sin saber porqué.
- ¡Guardias! – la reina gritó de nuevo, histéricamente, cuando sintió el peso de la mano de su esposo sobre su hombro - ¡Se está escapando con ese plebeyo! Debemos detenerla, Bob, o va a cometer un gran error. ¿No piensas hacer nada? ¡Piensa en tu deber como el monarca de este lugar!
- No pienso intervenir como rey, porque ya pensé en mi deber como padre y como persona, y estoy haciendo lo correcto al dejarla irse y ser feliz. Miriam, como madre que eres no trates de cumplir tu sueño en ella ni realizarte en tu hija. Deja que ella piense en los suyos propios y se esfuerce por alcanzarlos.
Dicho esto, el rey se dio media vuelta, dejándola callada por primera vez en su vida.
- ¿Se encuentra bien, Duque? - le preguntó al acercarse a él.
- Sí…es extraño, pero no me siento triste o humillado. Esta, al parecer, es una de las jugadas del destino imposibles de adivinar o de eludir, que pronto explicará su razón de ser. Al final, seguramente es lo que tenía que pasar.
Arnold y Helga ya se encontraban atravesando la puerta de la iglesia abierta de par en par. Reinaba un silencio emotivo, que fue interrumpido por aplausos primeramente tímidos y escasos, que luego se transformaron en un gran bullicio. Ambos se dieron la vuelta para mirar a todos los presentes, y distinguieron, dedicando una sonrisa de agradecimiento, a aquellos que más los habían ayudado.
Subieron a un caballo que se encontraba afuera, al parecer listo para recibirlos y partir. Arnold se subió primero, y luego acomodó a Helga delante de él, cubriéndola con su cuerpo para protegerla, rodeándola con sus brazos mientras agarraba las riendas y comenzaron a andar.
- Arnold, estoy tan feliz… cuanta dicha me trae tu presencia y el saber que te tengo a mi lado, para siempre.
- Helga, yo siento lo mismo. Pronto nos vamos a casar, y podremos querernos sin restricciones y con todo el amor que podamos ofrecernos.
- Te amo con toda mi alma, Arnold.
- Yo te amo con igual intensidad, mi querida Helga.
Así, emprendieron un viaje que los llevaría a donde los guiara su corazón, como lo habían estado haciendo desde el momento en el que bajo la luna y las estrellas, se juraron amor eterno.
FIN
o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o—o
Ahh... ¡ya está, ya terminé la historia! ¡Buaaaaa!! Después de tanto tiempo…
Espero que el final haya sido de su agrado, y quiero agradecerles a todos ustedes que leyeron esta historia y dejaron sus reviews. ¡Muchísimas gracias! Fueron sus comentarios los que me motivaron a continuar la historia, y dedico este final a todos ustedes que me siguieron todo este tiempo.
¡Hasta la próxima historia!
