NOTA: Disculpad el retraso en la actualización, pero, como comenté, estoy a tope de trabajo. Probablemente la semana próxima me encuentre en la misma situación y sólo pueda actualizar en miércoles. Eso no significa que abandone el fic, en cuanto tenga más tiempo libre intentaré recuperar el ritmo de dos actualizaciones por semana :) De todos modos, y aunque no tengo nada planeado, no creo que la trama vaya a dar mucho más de sí. ¡Me parece que el final está próximo!
Por cierto, el capítulo de hoy está sin repasar. Le echaré un vistazo a fondo en cuanto pueda, pero si alguien ve algún fallo, se agradecen mucho los comentarios ;)
De nuevo, muchas gracias por todo vuestro apoyo y espero que disfrutéis del capítulo.
10.
En cuanto Marinette llegó a su casa, fue directa hacia su habitación. Cerró la trampilla para que nadie en su casa pudiera escucharla, se dejó caer en el diván y hundió la cabeza en la almohada.
Después, se pudo a gritar.
Tikki no tardó ni un segundo en salir de su escondite, corriendo a abrazar a su protegida con su diminuto cuerpo.
—Marinette, cálmate. Ya pasó, ya pasó —le dijo, con cariño, mientras le daba unas palmaditas imperceptibles.
Marinette levantó la cabeza, separándola apenas unos centímetros de la almohada, y la volvió ligeramente hacia atrás para mirar a la kwami, que estaba sobre su hombro.
—Tikki, ¡le he mentido! ¡A Adrien! ¡A Cat! —dijo, desolada.
—Lo sé. Lo he visto.
—¿Pero por qué lo he hecho?
—Eso deberías explicármelo tú…
—¡Es que no lo sé! Estaba… estaba tan nerviosa… ¡Me asuste! Las palabras de Adrien eran tan… tan…
Marinette recordó a su amigo diciéndole aquello de que era su compañera favorita y que sería feliz de descubrir que ella era en realidad Ladybug. Y todo su cuerpo cortocircuitó. Volvió a gritar contra la almohada, pataleando al mismo tiempo, impulsada por aquel torrente de energía eléctrica que la recorría entera y que no sabía cómo encauzar.
—Vamos, vamos —insistió Tikki—. Estabas nerviosa. Es normal. Pero todo se arreglará.
Marinette volvió a ladear la cabeza.
—¿Arreglarse? Lo he empeorado todo, Tikki. No sé cómo voy a reconducir toda esta situación.
—Encontrarás la manera, ya lo verás.
—No sé cómo…
—¿Qué te dice tu corazón?
—Que debería hablar con Adrien. Que debería contarle la verdad. Porque él confió en mí para revelarme su identidad.
—¿Entonces? ¿A qué esperas?
—¿El maestro Fu no se enfadarás si le cuento a Adrien quién soy?
—No si es a él. Cat Noir es tu aliado. No hay ningún peligro en que conozcáis vuestras identidades. Además, Adrien es un buen chico: sabrá mantener el secreto.
Marinette se incorporó y tomó a Tikki entre sus manos. Sabía que la kwami tenía razón, lo había sabido siempre. Pero nunca había encontrado el valor suficiente para dar el paso. Pero después de la conversación que Adrien y ella habían mantenido esa tarde, ya no tenía excusa para no contarle la verdad.
—Tikki, yo…
Justo en ese momento, el móvil de Marinette sonó.
La chica dio un respingo, asustada, y lanzó sin querer a su kwami por los aires. Por suerte Tikki pudo recuperar el equilibro y volar hasta ponerse sobre el respaldo del diván, observando a su protegida levantarse alterada y correr hacia el bolso para responder a la llamada.
Antes de hacerlo, Marinette comprobó la pantalla, por si se trataba de Adrien. Pero lo que vio fue aún más espantoso.
—¡Es Alya! —dijo, con los ojos desencajados, alejando el móvil de ella.
—Deberías contestar —aseguró Tikki.
—Creo que no puedo. No sé qué decirle. ¡Me va a matar!
La llamada se cortó en ese punto y eso, en vez de serenar a Marinette, todavía la puso más nerviosa.
—¡Ha colgado! ¡Ahora sí que me va a matar! ¡Me dijo que la llamara sin falta al llegar a casa! ¿Qué voy a hacer? ¡Será mucho peor que la vez que le borré el vídeo de Ladybug! ¡Dejará de hablarme! ¡Y perderé a mi mejor amiga!
—Marinette, ¿quieres hacer el favor de calmarte?
La chica levantó la mirada de la pantalla y observó a Tikki.
—Llama a tu amiga y habla con ella —insistió la kwami.
—Pero….
—Marinette…
Marinette dudó. Aun así, después de unos instantes, llegó a la conclusión de que Tikki tenía razón. Tenía que hablar con Alya: se lo había prometido. Además, su amiga siempre le había apoyado en lo referente a Adrien, no estaba de más darle una explicación. Aunque fuera una explicación ligeramente maquillada.
Le dio al botón de devolver la llamada y aguardó.
Alya respondió casi enseguida:
—¡Me prometiste que me llamarías en cuanto llegaras a casa!
Marinette estuvo a punto de caer hacia atrás debido al grito que emergió del altavoz.
—Yo… eh… ¡acabo de llegar! —mintió.
No le había dicho a su amiga que había quedado con Adrien después de clase. Se lo diría, probablemente, pero primero tenía que contarle lo de la tarde anterior. La cadena de mentiras empezaba a ser preocupantemente larga.
—Pero si son las seis y media, ¿qué has estado haciendo hasta ahora?
—Tenía… que hacer unos encargos para mi madre. Llevar una tarta y eso, ya sabes. Para Manon. Es que era su… uhm… ¡día del diente! Se le ha caído el primer diente, ¿sabes? Y luego también he tenido que… esto… limpiar los platos. Me tocaba a mí, ¿sabes?
—Marinette, no te vayas por las ramas, que sigo esperando que me cuentes qué significa lo que ha ocurrido esta mañana entre tú y Adrien. Y me has prometido que me lo contarías en cuanto llegases a casa —protestó Alya al otro lado.
—Tú tampoco me contaste que saliste con Nino a tomar batido el otro día —se defendió la otra.
—¿A tomar batido?
—Sí. Cerca de mi casa. Y no me digas que no es cierto.
—¡Ah! ¡Eso! No fue nada importante. Nino y yo sólo quedamos para repasar los apuntes de química y después decidimos ir a tomar algo. Ni siquiera se le puede llamar "salir". Y por cierto, ¿tú cómo lo sabes?
—Me lo contó Adrien.
—¿Y él como lo sabe?
—Se lo contó Nino.
—Pues mira qué bien. Pero no cambies de tema, Marinette. Estábamos hablando de ti y del modelo rubio ese al que fuiste a visitar ayer por la tarde. Cuéntame con todo lujo de detalles lo que pasó.
—Uhm… bueno… fui a verle y…
—¿Y?
—Yo… creo que más o menos le dije que me gustaba.
—¿Más o menos?
—Más que menos.
—Dios mío, Marinette. ¡Eso es genial! ¿Por qué no me lo contaste? ¿Y él qué dijo?
—Bueno… uhm… resulta que hay alguien que le gusta.
—¡¿Qué?¡ ¡¿Quién?! No será Chloé, ¿verdad?
—No, no. Es… uhm… Ladybug.
—¿Ladybug?
—Sí, Ladybug. Ya sabes, la superheroína de las manchas negras. La que salva París todos los días.
—¿Me tomas el pelo? Ladybug no puede contar como alguien que te gusta. Es decir, a mí también me gusta: estoy enamorada de ella y tengo toda la habitación empapelada con sus fotos. La tengo de fondo de pantalla, de salvapantallas, ¡la tengo en todas partes! Pero eso es distinto. Es amor platónico.
Marinette no se atrevía a contradecir a su amiga. Tampoco sabía cómo contarle, sin que sonase extraño, que el amor de Adrien por Ladybug iba mucho más allá del que pudiera sentir la misma Alya, porque él sí tenía una relación más o menos continuada con la superheroína.
Por eso respondió, sencillamente:
—¿Tú… crees?
—¡Por supuesto! Seguro que lo que Adrien siente por Ladybug es admiración. ¿No te habló de ninguna otra chica? ¿Qué te dijo cuando tú le confesaste tus sentimientos?
—Bueno… dijo que lo sentía, pero aunque yo le caía muy bien y le encantaba estar conmigo, estaba enamorado de Ladybug. Y… uhm… también dijo que le encantaría que si algún día se descubre que la chica se esconde bajo la máscara de Ladybug, fuera alguien como yo.
—¡No! ¿En serio te dijo eso? Marinette, ¡eso es genial!
—¿Por… por qué?
—¡Por qué eso quiere decir que le gustas!
—Alya, te acabo de decir que cuando le confesé mis sentimientos me rechazó porque le gusta Ladybug…
—No, ¡él cree que está enamorado de Ladybug! Pero es sólo por el vestido y por la máscara. Le atrae el poder de Ladybug. Por eso debes demostrarle que tú también eres poderosa y que podrías ser perfectamente la chica bajo la máscara de Ladybug.
—¿Yo, poderosa? Creo que te has equivocado de número y querías llamar a otra persona…
—Marinette, haz el favor de dejar de infravalorarte, ¿me has entendido?
—Perfectamente, mamá…
—Tengo que dejarte, que mi madre trabaja esta noche y me toca hacer la cena, y mi hermana pequeña está empezando a ponerse pesada con que tiene hambre. Te escribo más tarde. Tenemos que diseñar una buena estrategia para que Adrien se quite a Ladybug de la cabeza y empiece a pensar un poco más en ti.
—De acuerdo. Hasta luego.
—¡Chao!
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Con los nervios todavía burbujeando por todo su cuerpo después del encuentro de aquella tarde con Marinette y sabiendo que le costaría conciliar el sueño, Adrien había aprovechado aquella agradable noche de viernes para desaparecer silenciosamente por la ventada de su habitación y salir a patrullar París.
No era tarde, aún, poco más de las once. Soplaba una brisa suave y agradable que rompía el frío de la noche, y en el cielo, que estaba completamente despejado después de las lluvias del día anterior, brillaba una luna casi llena que competía con la Torre Eiffel para ver quien iluminaba con más gracia y romanticismo La Ciudad del Amor.
Enfundado en su traje de gato negro, el superhéroe se deslizaba por los tejados, extendiendo y acortando su bastón, anclándolo en salientes, pasando veloz por delante de buhardillas y volando por encima de los edificios, sintiendo la libertad en su rostro.
Y, mientras lo hacía, pensaba en Marinette.
Tenía que reconocer que la «cita» de aquella tarde no había resultado como él esperaba. Sin embargo, aquello no tenía por qué ser del todo negativo. Es cierto que todavía le dolía en el corazón que su amiga no se hubiese atrevido a dar el paso y a confesarle su secreto. Pero, después de meditarlo a fondo, había llegado a la conclusión de que no se podía quejar. Había pasado un rato genial con Marinette y había descubierto que, bajo ese nerviosismo que la poseía siempre que estaba cerca de él, su compañera de clase podía ser una chica encantadora. Tan encantadora como lo era Ladybug.
Y es que, habiendo descubierto la verdad y viendo ahora las cosas bajo ese nuevo prisma, se daba cuenta de lo mucho que ambas se parecían.
Si sólo Marinette pudiera ser un poco más como la Ladybug que él conocía…
Aunque probablemente era el menos indicado para quejarse de eso, porque también él tenía que reconocer que actuaba de forma distinta cuando se convertía en Cat Noir. El traje de superhéroe tenía el poder de la libertad.
Casi sin darse cuenta, movido por todos esos pensamientos que revoloteaban por su mente como mariposas enjauladas, su ronda le llevó hasta la casa de Marinette.
Le sorprendió descubrirla en la terraza.
Estaba sentada en la tumbona, con el pijama puesto y llevaba el pelo suelto, que le caía hasta por encima de los hombros, ligeramente desordenado. Era la primera vez que Cat la veía sin sus dos coletas, las coletas de Ladybug, y, sin saber muy bien el motivo, se ruborizó bajo el antifaz negro. Quizás porque Marinette estaba muy guapa así, o puede que sólo fuera por haberla descubierto con una indumentaria tan casual; tan íntima. O, a lo mejor, sólo fuera por la idea de que esa era la chica que se escondía bajo el traje de Ladybug, siendo ella misma.
Fuera como fuese, movido por un impulso, el superhéroe se escondió en la terraza del edificio colindante y se dedicó a espiar a su amiga. No, aquello no estaba nada bien, pero no podía dejar de mirar. Podría pasarse la vida entera haciéndolo.
Marinette parecía atareada, cosiendo alguna cosa a la luz de la serpiente de fanalillos que colgaba del toldo que había sobre ella. Estaba muy concentrada y sacaba la lengua por la comisura de sus labios, mientras hacía bailar la aguja. De vez en cuando levantaba la prenda en alto y observaba el progreso de su obra, para seguidamente volver a atacarla.
En cierto modo, a Adrien le hizo pensar en su padre de antaño, cuando todavía cosía algunos de sus diseños en el taller que tenía en casa. Ya no lo hacía nunca. Desde la desaparición de su madre, el trabajo de Gabriel Agreste se había vuelto mucho más directivo, y el diseñador se dedicaba solamente a la supervisión del trabajo de sus subordinados y a elegir los temas de las colecciones de las próximas temporadas. Adrien no le había visto tocar su cuaderno de bocetos desde que su madre desapareciera, ni tampoco dibujar patrones o cortar ropa. Por eso le había hecho tanta ilusión que por su cumpleaños le regalara aquel fular. Ni siquiera estaba seguro de que lo hubiese cosido él mismo, pero le gustaba pensar que así era.
Cat Noir no supo cuánto tiempo estuvo contemplando a escondidas a Marinette, pero en cierto momento, cuando la chica cortó el hilo sobrante de la labor con los dientes y levantó en alto su creación para observarla desde diferentes perspectivas, y después la dobló con cuidado para dejarla sobre la caja de madera que hacía las veces de mesilla, antes de ponerse a recoger el resto de cosas, supo que había llegado el momento de marcharse.
Pero, sorprendentemente, antes de que pudiera completar el gesto de extender su bastón para impulsarse, oyó que alguien le llamaba por su sobrenombre:
—¿Cat Noir?
El superhéroe de las orejas de gato se volvió.
Asomada a la barandilla de su terraza, Marinette le miraba. Su pelo suelto ondeaba al viento, sus ojos abiertos de par en par le observaban con sorpresa, sus labios dibujaban una O que hablaba de lo inesperado de ese encuentro.
A la luz de la noche parisina, a Cat Noir le pareció la chica más hermosa que había visto nunca.
O puede que lo único que ocurriera es que se había enamorado.
Volvió a ruborizarse y por un momento sintió que todo su cuerpo temblaba debido a los nervios.
Marinette. Ladybug. Su bichito.
Hasta que recordó que no debía revelar el hecho de que conocía la verdad. Ahora era Cat Noir, y se suponía que Cat Noir no conocía la identidad de Marinette. Para él la chica que estaba en la azotea era sólo una chica más. No, una chica más, no; una chica que debía atesorar, para que de ese modo Marinette pudiera confiar un poco más en sí misma y en su valía.
Se agarró a su bastón y lo extendió para alcanzar el tejado de la casa de Marinette, dejándose caer en él con elegancia.
—Buenas noches, milady —saludó, con una reverencia exagerada, cuando estuvo junto a la chica—. ¿Tomando el fresco en una noche tan bella?
—Buenas noches, Cat Noir. Sí. Eso parece. Y tú, ¿persiguiendo a algún akuma?
—Oh, no. Esta noche sólo estoy de ronda. Que ya sabes lo que dicen: si el gato está ausente, los ratones se divierten. Y no podemos permitir que los ratones se diviertan. —Y luego añadió, mientras le tomaba una mano a la chica e intentaba depositar un beso sobre ella—: Marinette, ¿verdad?
—¿Te acuerdas de mi nombre? —respondió ella, mientras hacía desaparecer su mano de la garra que la había tomado, y la llevaba hasta su espalda.
—¡Claro que sí! Hemos coincidido ya algunas veces. Ayer sin ir más lejos. Me diste mucha guerra, ¿sabes? De hecho, me pusiste negro.
—De verdad que lo siento…
—Oh, no te preocupes. No fue tu culpa. Además, Laydybug y yo siempre estamos listos para salvar el día. O la noche. ¡O lo que haga falta! Superhéroes a domicilio, siempre a vuestro servicio.
Marinette dejó escapar una risita.
—¿Qué es lo que te resulta tan gracioso, bella dama? —preguntó Cat Noir, mientras se arrimaba un poco a ella, con el hombro—. ¿Mi talento? ¿Mi belleza? —cuando dijo esto, se pasó una garra por el pelo—. ¿Mi espontaneidad?
—De hecho, tus horribles juegos de palabras —repuso ella, apartándose de él nuevamente, con una finta elegante y perfecta, volviendo a poner cierta distancia entre los dos.
—¡Mis juegos de palabras no son malos! De hecho son tremendamente perrrrspicaces.
»Pero cambiemos de tema: me ha parecido que estabas cosiendo… ¿puedo preguntarte qué es?
—Oh, bueno… es sólo una camiseta para una amiga.
—¿Una camiseta? ¿Una amiga? ¡Me muero de curiosidad!
—Sí, se llama Alya. Puede que la conozcas, es la autora del Ladyblog. Dentro de poco es su cumpleaños y como es una gran fan de Ladybug le he hecho esta camiseta.
Marinette tomó la prenda que había dejado sobre la caja de madera y se la mostró a Cat. Era una camisa blanca, con las mangas negras, y en el frontal había el dibujo de la Torre Eiffel, surcado por la silueta de Ladybug. Una estela de botoncitos de color rojo salía de detrás de la superheroína, como si fuera una línea de movimiento, haciendo el dibujo mucho más dinámico.
—¡Uau! —exclamó Cat, al ver la filigrana, maravillado con ella—. ¿De verdad lo has hecho tú?
—Sí. Tanto el diseño como la confección son míos. El dibujo también. ¿Te gusta?
—¡Me encanta! ¡Tienes mucho talento! De hecho… ¿sería mucho pedir si me hicieras una igual?
—¿Para ti?
Cat Noir asintió fervientemente con la cabeza.
—Me encantaría tener una camiseta de Ladybug.
—Bueno… Supongo que sí. Quiero decir… sí, claro.
—¿De verdad? ¡Yay! ¡Me harás ronronear de felicidad! ¡Gracias!
—No… no hay de qué.
—¡Pues entonces pasaré dentro de unos días para ver cómo va el proyecto!
—¿Te marchas ya?
Cat Noir asintió.
—Tengo que terminar mi ronda nocturna. ¡Nunca se sabe cuándo puede atacar un nuevo akuma!
—Oh, claro. Entonces… entonces…. Que tengas una buena ronda.
—Buenas noches, Marinette.
—Sí… buenas… buenas… No. Espera.
Cat Noir levantó las cejas ante el cambio de tono y de rumbo de las palabras de su amiga. Marinette había pronunciado aquello último con mucha decisión y aquello, de algún modo, hizo volar mariposas en su estómago. Si, esas mismas mariposas que Ladybug había purificado la noche antes y que de algún modo misterioso habían llegado hasta ahí dentro.
—¿Qué ocurre? —preguntó el superhéroe, intentando contener la emoción.
—Es que… Hay algo que debo decirte… Algo muy importante —repuso ella.
Marinette se había cogido el borde de la camiseta del pijama y tiraba de ella hacia abajo, nerviosa.
Cat tragó con cierta dificultad. Aquello era una señal. Seguro que se lo iba a decir. Ahora.
Ahora mismo.
—¿Sí…?
—Es que verás, yo…
Cat estaba tan nervioso que se pondría a chillar de emoción.
—¿Tú…?
—Resulta que yo…
¡Sí, sí, sí!
—¿Resulta que tú…?
—Yo… Te estoy muy agradecida porque me salvaras ayer. Ya sé que es tu obligación de superhéroe, pero gracias de todos modos.
Si en ese momento el cielo se hubiese llenado de nubes de tormenta y un rayo le hubiese caído encima, el impacto no habría sido ni la mitad de lo que la frase de Marinette acababa de suponer para los nervios de Cat.
—¡Oh! —dijo, intentando recobrar la compostura. No era fácil en aquellos casos—. No te preocupes. Fue un auténtico placer. Aunque a quien deberías darle las gracias es al chico que estaba contigo.
—¿Al chico…? ¿A t… digo, a Adrien?
—¡A ese mismo! Estaba muy preocupado por ti. Le diste un buen susto.
»En fin, ha sido un placer hablar contigo. Pero ahora tengo que irme. Y recuerda: estaré esperando con ansia esa camiseta.
Y dicho eso último, Cat se lanzó a la noche, sin esperar siquiera a que Marinette respondiera.
