10. I´m yours.

Aquel invierno los huesos de Alec parecían dispuestos a recordarle a cada segundo que pasaba que su cuerpo había envejecido definitivamente. Su endemoniado esqueleto que estaba resintiendo ya las innumerables batallas que había luchado, dolía como un mudo recordatorio de que los golpes de su juventud eran los dolores de su vejez.

Aquella situación era algo inminente, algo que ni los glamours más potentes de Magnus quien siempre insistía en pintar sus cabellos del juvenil color negro que siempre los había pintado y que contrastaban de un modo precioso con sus brillantes ojos azules podían detener.

Alec estaba envejeciendo, él sabía que su vida mortal se acercaba lentamente a su fin y aunque aquello era triste, aunque aquello todavía le causaba un afilado dolor en el corazón, un dolor que tenía que convivir con aquel otro dolor sordo que la partida de Jace le había dejado, el hombre no podía quejarse, había vivido una larga y fructífera vida al lado de Magnus Bane, de su Magnus Bane de sonrisa eternamente juvenil y amor incondicional que lo había acompañado por muchos años.

¿Cuántos eran? A veces la mente de Alec le jugaba malas pasadas y hacia que confundiera fechas y rostros. Muchos cazadores de sombras jóvenes se acercaban a él para comentar algunas de las batallas más cruentas de la guerra contra Valentine o la guerra Oscura y él tenía que hacer un esfuerzo denodado para poder comprender lo que aquellos chicos y chicas detallaban emocionados, felices de estar frente a uno de los guerreros más famosos y habilidosos de la historia de los hijos del Ángel.

Y es que Alec suponía que los detalles de aquellas guerras, que los datos que a todos les resultaban tan importantes en realidad no lo eran. Para él no era importante recordar el dolor de cada batalla, él había olvidado todas aquellas heridas porque su mente y su corazón estaban más ocupados en guardar a fuego dentro de él todos y cada uno de los recuerdos de los besos y caricias de Magnus, del olor de Magnus, del color de los ojos de Magnus.

Y es que una de las ventajas de envejecer, pensaba Alec, era que todos los años de experiencia acumulados te enseñaban a decidir qué era importante recordar de verdad y qué no. Sí, él era algo parecido a un héroe épico pero aquello no importaba demasiado, él estaba seguro de que cualquier otro cazador de sombras que hubiera estado en su lugar habría hecho lo mismo que él, quizá un poco más. Alec estaba seguro que lo verdaderamente heroico de su vida era haber luchado por Magnus, era haber peleado hasta el final para poder compartir el mundo a su lado.

Una sonrisa se dibujó en el rostro del cazador de sombras. Aquella tarde fría de principios de noviembre había tenido que quedarse solo en el departamento ya que Magnus estaba ocupado convocando a un demonio menor para una compañía de seguros que quería evitar la quiebra. La verdad era que ni él ni Magnus necesitaban el dinero que el brujo iba a recibir, pero Magnus decía que necesitaba ejercitar su magia para no perderla.

Además, Max iría con él, a Max le encantaba trabajar junto a su padre por lo que aquella tarde, Alec esperaba que su esposo y su hijo cenaran con él. Hacía mucho que no tenían una cena en familia, no desde que Max decidiera hacer un viaje alrededor del mundo y Rafael, su otro hijo, decidiera quedarse a vivir en Alicante aprendiendo de política y relaciones con los subterráneos pues el joven cazador de sombras quería continuar con el trabajo de Alec.

Ojalá Rafael también pudiera venir, pensó Alec y suspiró. A veces aun le costaba creer que sus pequeños hijos hubieran crecido tan aprisa, a veces era increíble verlos convertidos en hombres confiados y felices que habían tenido la dicha de crecer en un mundo libre de guerras, en un mundo que cambiaba poco a poco y en donde los hijos del ángel y los subterráneos habían aprendido a vivir si no en el completo acuerdo, al menos en una atmosfera respetuosa en la que no había hecho falta recurrir a las armas para defender los ideales de unos y de otros.

Sí, sin duda Alec tenía una buena vida, y quizá por eso le resultaba complicado pensar que un día, quizá muy pronto, tendría que despedirse de todo aquello: de su familia, de su arco, de Magnus… Vaya, el brujo no había estado más de dos horas fuera de la casa pero él lo extrañaba, cómo lo extrañaba en ese momento.

Alec suspiró y decidió preparar un café para que sus manos entraran en calor. Magnus había dicho que regresaría pronto, invocar a un demonio menor jamás era un trabajo complicado y mientras Alec preparaba el café imágenes de su vida en común con el brujo empezaron a dibujarse y a inundar su alma a cuenta gotas. Alec recordaba la primera vez que lo había mirado, el modo en el que los ojos dorados de aquel ser lo habían contemplado haciéndolo sentir el ser más especial del universo, haciéndole sentirse único y maravilloso por ser quien era sin necesidad de ser alguien más.

El cazador sonrió ante aquel recuerdo de su ser de diecisiete años enfrentándose al misterio de la mirada de un brujo centenario que lo había encontrado atractivo y digno de ser amado a él y solo a él… ¿Qué habría visto Magnus aquella primera vez? ¿Por qué él le había parecido suficiente? ¿Por qué, si Magnus hubiera podido tener a quien el brujo hubiera querido, lo había elegido a él para formar una familia, para casarse con él pero más que eso, para unir sus almas más allá de la vida mortal de Alec? ¿Por qué un ser tan maravilloso como Magnus había decidido amarlo a él, a él quien nunca esperó encontrar el amor y que sin embargo se había rendido a él después de un largo camino?

Después de tantos años de vida en común, Alec no tenía una respuesta concreta para aquellas preguntas, pero decidió no cuestionarlo más. El amor que Magnus y él sentían era quizá un misterio insondable del universo y de todas sus dimensiones y a veces a los misterios, más que intentar desentrañarlos o entenderlos, hay que aceptarlos. Aceptar que no tienen una razón de ser, aceptar que algunos misterios, como el mar o como el amor, se hicieron para vivirse y no para revelarse.

"Lo amo y soy suyo, eso es bastante para mí. Él me ama, él es mío, eso es todo lo que necesito saber", pensó Alec y la sonrisa en sus labios se hizo más amplia.

Los dos se amaban, claro que todavía se amaban. Magnus se lo decía cada mañana al despertar y cada noche, antes de cerrar los ojos y quedarse dormidos en los brazos del otro. Magnus lo amaba sin condiciones, sin pedirle que cambiara algo, aceptando la condición mortal de Alec como quien acepta que el cielo es azul y no hay modo de cambiarlo.

Cuando las primeras arrugas habían empezado a aparecer en su rostro y sus cabellos oscuros se empezaron a pintar de plata, Alec de verdad se había preocupado pensando que el cuerpo de un viejo no sería ya suficiente para el siempre joven y hermoso Magnus Bane, pero cuando Alec le había hablado de sus preocupaciones a su esposo, el brujo había reído y había hecho reír a Alec con la respuesta que él le había dado.

-Si ese es el problema, entonces envejeceré contigo- le había dicho Magnus con seriedad-. Estoy seguro de que cuando me veas cambiar, tú serás el que querrá el divorcio porque admítelo, Lightwood, te casaste conmigo solo porque soy guapo.

Y entonces, haciendo uso de un glamour potente, uno que solo un Gran Brujo podía sostener, Magnus hizo que su rostro siempre juvenil fuera distorsionándose hasta tomar el aspecto de un hombre mayor que sin embargo seguía pareciendo atractivo y cuya mirada traviesa seguía siendo la misma de la que Alec se había enamorado.

Al inicio, Alec tuvo ganas de replicar pero al ver la reacción de Magnus al verse en el espejo y soltar un suspiro asustado, el cazador de sombras no pudo hacer otra cosa más que doblarse de risa y correr a abrazar a Magnus quien no paraba de decir que era traumático haber envejecido mil décadas en dos minutos. Alec acarició su rostro y besando sus labios le dijo al brujo que no hacía falta envejecer juntos, estaban viviendo juntos y amándose juntos y Magnus había sonreído y besándolo de lleno en los labios le había dicho a Alec que aquello, envejecer, era algo que solo podía haber hecho por él.

Así pues, Magnus se había habituado al disfraz de hombre mayor, un disfraz que terminaba desvaneciéndose en medio de la noche pero que él se ocupaba de renovar día con día para acompañar a Alec en aquella experiencia en la que no quería dejarlo solo. Habían prometido estar juntos en las buenas y en las malas y Magnus quería vivir aquellos cambios de la mano de Alec.

-Hey, soy un silver fox endemoniadamente sexy- había dicho Magnus cuando Alec le había pedido que dejara de usar el glamour-. La edad también tiene su encanto, amor mío, te lo juro.

-¿Entonces por qué sigues pintando mi cabello de negro?- había preguntado Alec con una sonrisa divertida.

-Porque azul y negro es mi combinación favorita- había dicho Magnus besándolo en los labios-. Y no te permito que me quites el placer de tenerla, vamos Alexander, dejé que tuviéramos dos hijos cuando sabías que los niños no eran mi cosa favorita, así que a cambio de ese sacrificio (no le digas a mis chicos que dije esto, de seguro Max querrá echarme una maldición) concédeme al menos el capricho de seguir viendo el contraste de tus ojos azules con tu cabello negro, ese es el motivo por el cual me enamoré de ti…

-¿Solo por eso?- había preguntado Alec sin dejar de sonreír.

-Y porque eres el mejor cazador de sombras de la historia- dijo Magnus siguiéndole el juego a su esposo-. Y porque en 400 años de vida, eres lo único que ha valido la pena, eres la única persona que siempre me ha hecho feliz…

Alec sonrió ante el recuerdo de aquel día. Le gustaba que Magnus le dijera aquellas cosas, le gustaba que Magnus le dijera que lo amaba una y otra vez, le gustaba que Magnus lo acariciara con ternura y con pasión, una pasión que no había disminuido con el paso de los años y que si bien, solía terminar ahora con noches perezosas en las que los dos se abrazaban en la cama mientras contemplaban las estrellas a través del techo, las mismas estrellas bajo las cuales se habían jurado estar juntos en Alicante, las mimas estrellas que Magnus había hecho aparecer el día de su baile de bodas, seguía siendo la misma con la que los dos habían gastado noches enteras besando y acariciando el cuerpo del otro.

El cazador de sombras bebió un sorbo de café y con el mando a distancia, encendió el aparato de sonido de última generación que Max y Rafael habían insistido en comprar cuando eran adolescentes y que les había causado a él y a Magnus varios dolores de cabeza al escuchar la estridente música que a los chicos Lightwood-Bane les encantaba escuchar todos los días. Alec había detestado el aparato en los primeros días, pero después, conforme los chicos ampliaban sus gustos musicales y conocían el amor, las canciones ruidosas fueron transmutando en baladas alegres y sencillas que no eran un dolor de cabeza y que hacían que Alec se sintiera convocado por la letra o la melodía de una canción que hacía que pensara en Magnus.

Y aquella canción que sonaba ahora, era una de ella. Era una canción suave y llena de amor, sin duda alguna una de las canciones más bellas que Alexander Lightwood había escuchado en su vida. Así que sin dejar de sonreír e imaginando que Magnus estaba ahí para escuchar aquella canción con él, el hombre se dejó llevar por aquellas palabras y por la música que lo transportaba como un conjuro hacia los brazos de Magnus Bane:

Tocas mis ojos cansados y dibujas el mapa de mi rostro línea por línea.

Y de algún modo, envejecer a tu lado se siente bien.

Te escucho con cuidado porque ya no soy tan listo.

Envuelvo tus pensamientos en obras de arte y ellos adornan las paredes de mi corazón.

Quizá no tengo el tacto más suave.

Quizá no digo las palabras precisas.

Quizá no soy bastante para ti pero soy tuyo.

Y aunque mis bordes son afilados y nunca parezco ser suficiente.

Quizá no parezco ser digno de ti, pero soy tuyo.

Tú curaste mis heridas a través del tiempo.

Tú abrazaste mi alma y amaste mi mente.

Eres el único ángel en mi vida.

Y el día en el que lloré y me sentí débil yo seguí siendo un guerrero en tus ojos.

Quizá no tengo el tacto más suave.

Quizá no digo las palabras precisas.

Quizá no soy bastante para ti pero soy tuyo.

Y aunque mis bordes son afilados y nunca parezco ser suficiente.

Aunque no parezca encajar a tu lado.

Quizá no parezco ser digno de ti, pero soy tuyo.

-Y yo soy para ti- dijo una suave voz a sus espaldas y Alec no pudo hacer otra cosa más que sonreír.

Magnus había llegado minutos antes y había envuelto sus brazos en su espalda. A Alec aquella cercanía le parecía reconfortante, seguía siendo una de esas cosas de las que nunca podría tener suficiente. Magnus había apoyado su rostro sobre uno de sus hombros y sus labios habían besado su mejilla. Claro que aquella seguía siendo una buena vida, siempre lo sería si Magnus seguía ahí a su lado, diciéndole que siempre sería suyo del mismo modo en el que Alec jamás podría pertenecerle a alguien más.

-¿Sigues pensando cosas tristes mientras no estoy en casa, Alexander?- preguntó Magnus sentándose frente a su esposo, mirando fijamente sus ojos azules que parecían incapaces de envejecer.

En ellos seguía brillando el mismo fulgor juvenil que había atrapado al Gran Brujo de Brooklyn muchos años (bueno, no tantos) atrás. Su Alec seguía siendo el mismo Alec de siempre aunque a éste le gustara pensar tonterías cuando él se ausentaba por unas cuantas horas de su departamento.

-Te quitaste el glamour- dijo Alec con una sonrisa divertida.

-¿Qué?- dijo Magnus sorprendido y buscando un espejo se dio cuenta de que Alec tenía razón, el glamour que lo hacía un hombre mayor de la misma edad que su esposo se había desvanecido-. ¡Maldito Caleb, ese demonio hijo de…! Bueno, en realidad no sé si los demonios tienen madre pero si la tienen, no debe ser nada agradable. Como sea, no me lo quité yo, ese demonio no dejaba de reírse de mi intento por parecer mortal, debió parecerle encantador desvanecer mi glamour como venganza por despertarlo hoy, no te preocupes Alexander, dame dos segundos para ponerlo de nuevo y…

-No, déjalo…- dijo Alec recreándose en el rostro sin arrugas y los ojos brillantes de gato de su esposo quien lo miraba sorprendido-. Déjalo al menos un minuto ¿qué quieres? Tenías razón cuando dijiste que solo me casé contigo porque eres guapo, déjame verte, Magnus.

-Así que te gusta verme, ¿eh?- dijo Magnus riendo divertido.

-Y no solo verte, pero eso ya lo sabes ¿cierto?- dijo Alec tomando su mano por encima de la mesa.

-Haz conmigo lo que quieras, Alexander Lightwood- dijo Magnus sonriendo-. Tú sabes que quieras lo que quieras, mi única respuesta para ti siempre será un sí. Y si quieres ver a mi yo siempre guapo, adelante… aunque ¿No crees que llevo demasiada ropa encima?

-Estás perfecto como siempre- dijo Alec suspirando una vez más sin poder creer que de verdad aquel hermoso ser fuera suyo.

-Me encanta cuando me dices esas cosas así…- dijo el brujo riendo complacido-. Menos mal que Max decidió ir por comida, antes de que llegue tenemos media hora para ser un viejo matrimonio terriblemente enamorado, así que, adelante mi Alec, hagamos cosas sucias como mirarnos a los ojos y decirnos que nos amamos…

-Te amaré por siempre, Magnus Bane- dijo Alec con seriedad a pesar del tono bromistas que Magnus había usado.

-Y yo te amaré por siempre a ti, Alexander Lightwood- dijo Magnus sin poder evitar suspirar-. Soy tuyo, créeme, no seré de nadie más incluso si te pierdo y aunque eso suceda, seguiré siendo tuyo hasta que pueda encontrarte otra vez.

-Entonces siempre desearé que me encuentres- dijo Alec con una sonrisa llena de esperanza que erizó la piel del brujo-. Pero aun no me has perdido, así que… dejemos de despedirnos antes de tiempo y sigue diciendo que me amas, estúpido brujo cursi.

-¿Qué demonios le pasó a tu estúpido brujo pervertido?- dijo Magnus con gesto serio, suspirando con falsa tristeza-. Mira en lo que me has convertido Alexander…

Los dos se echaron a reír felices de estar juntos, felices de poder seguir diciendo aquellas cosas, felices de poder seguir compartiendo su vida sin importar que el final de ella estuviera cada vez más cerca. Porque ellos dos sabían muy bien que algunas veces, cuando uno ama como amaban ellos, no había que temer el final sino disfrutar del camino, el camino que les pertenecía a los dos del mismo modo en el que los dos se pertenecían el uno al otro y se pertenecerían por siempre.


CANCIÓN: I´m yours- The Script