Capítulo X

- Jack y Ruth son novios.

Arnold cerró la puerta atrás de su casa, mirándola extrañado.

- Buenos días para ti también, Helga. -ella alejó la paleta de sus labios, apoyando su boca sobre el color rosa y sonrió- ¿Tu amigo de la fiesta?... ¿Con Ruth? Interesante.

- ¿Y recuerdas al chico al que le corregí la ortografía de su poema? –se bajó de un salto de la baranda de la casa de huéspedes.

- Si…

- Él está saliendo desde hace unos días con Connie.

- Oh… -frunció el ceño, sin entender el punto- ¿Alguien más?

- Ayudé a Brainy a que se declarara a Siobhan. –sonrió de costado- Aunque ellos si estaban enamorados.

- ¿El resto no? –Arnold comenzó a caminar junto a la chica, sin entender a donde iba la conversación.

- Por supuesto que no. –ella le observó sorprendida- Solo un loco diría que estuvo enamorado de cada persona con la que salió o que le gustó. Simplemente estaría exagerando, en realidad. Mi punto es que, como puedes ver, no deberías regañarme por tonterías como ser directa con las personas ¡No estuve rompiendo el corazón de nadie!

Arnold sonrió internamente, después de tanto tiempo, ella aun recordaba el cómo habían iniciado esta alianza.

- No puedes asegurarlo…

- Lo estoy asegurando.

- Helga…

- ¿Qué?

- ¿Te gusta pelear conmigo, verdad? –le observó fijamente- Simplemente es eso, te encanta buscar temas para pelear.

- Oh si… -respondió sarcástica- Me despierto todos los días pensando con qué fastidiarte.

- Me encanta saber que te despiertas y lo primero que piensas es en mí. –sonrió de costado, sin detener su caminata, sonando completamente natural, hasta despreocupado.

- ¡Oye! –ella vaciló solo un momento, tropezando con sus propios pies y eso le costó el darle alcance- Sabes que eso no es verdad.

- Oh, no lo sé. –negó- Yo solo interpreto lo que oigo.

- En verdad pasas mucho tiempo con Phoebe, suenas todo sabiondo y especulativo… ¿Sabes qué? –Helga enmarcó una ceja- Pues voy a comenzar a pasar tiempo con Gerald… -rodó los ojos al segundo que dejó escapar esa idea- No, lo único que aprendería serían sus ridículos pasos de baile.

El rubio le regresó a ver, levantando sus cejas.

- Gerald baila bien.

- Claro que no.

- Por supuesto que sí, ha ganado premios y todo.

- En concursos de música anticuada y ridícula…

- Claro que no, es porque es bueno bailando. –Arnold la miró, fijamente y luego se relajó, sonriendo de lado- Lo estamos haciendo otra vez.

- ¿Qué? –la mirada de la chica se entrecerró.

- Discutir por el placer de discutir.

- Por lo menos hay placer de por medio. –ella sonrió de lado al notar que él se sonrojaba- ¿Ves? No eres el único con respuestas ingeniosas.

- Así veo…

- Hablando de eso ¿Estas libre esta tarde?

- Bueno, después de clases tengo que ver que planes fueron aprobados para la Casa Abierta y ajustar los que no. Porque ya estamos a puertas de que inicie todo y debo aprobar la compra de materiales. Luego tengo la primera reunión de estudio con los chicos de un año superior a nosotros… -meditó un momento- y después de eso estoy libre.

- ¿Calculas que te demores lo mismo que yo entrenando al equipo de beisbol? –consultó ella, entreabriendo los labios para meter la paleta redondeada entre sus labios y rodearla con su lengua antes de atraerla a su boca, como una prisión sellada…

- …por supuesto. –Arnold apartó la mirada.

Si, hablaría con Siobhan y Phoebe sobre implementar una regla contra los dulces…

- Bien, entonces ¿Podrías venir conmigo a casa? Necesito tu ayuda.

- Claro pero ¿Para qué?

Helga le sonrió tramposa y fue en el momento en que se dio cuenta que habían llegado a la preparatoria y ella salió corriendo en dirección de Gerald para arrastrarlo lejos de Phoebe. Por lo que Arnold escuchó, le quería mostrar algo sobre unas entradas a un partido o algo así. Como fuese, los dos se habían distanciado demasiado rápido.

- ¡Te lo digo al final del día, cabeza de balón!

- ¿Decirte qué? –consultó la asiática, ligeramente perdida, pues también le había parecido rara la forma en que le habían dejado sin novio en un parpadeo y por manos de su mejor amiga.

- No lo sé… En realidad, nunca lo sé con ella. –se subió las mangas de su camisa hasta los codos y aceptó el bloc de notas que la chica le extendió- Pero ahora pongámonos a trabajar que para esto es por lo que el pueblo nos escogió. –bromeó- ¿Alguna novedad?

- En realidad, hasta ahora, nadie ha roto el código de vestimenta, tal vez hoy sea el primer día. –contestó la chica, sonriendo de costado.

- Eso sería digno de ver. –admitió el chico, sin extrañarse que al final de su frase alcanzara a ver a Curly con un reluciente piercing en su oreja con el que tuvo que lidiar mientras el chico le explicaba que no lo hacía por moda, sino por una declaración política en contra de… algo que no entendió, pero tenía que ver con las tendencias del arte y ¿Los partidos políticos? No, no había entendido bien y al final le había confiscado la argolla en forma de serpiente.

El resto del día Phoebe, Siobhan y él se dedicaron a sus tareas y posteriormente a sus respectivas clases. En cada momento que Arnold quería hablar con Helga, esta se escabullía de su alcance, escudándose entre Harold, Stinky y Sid, arrastrando a Phoebe a algún lugar o explicándole que tenía que ajustar cuentas con alguien. No importaba dónde la buscara, era casi imposible encontrarla y Phoebe no soltaba palabra sobre su locación. Amistad sobre trabajo, obviamente. Cuando terminó el día, ni siquiera sintió el momento exacto en que Siobhan comenzó a ajustar cuentas y le mostraba, orgullosa, los presupuestos para cada grupo y se retiraba para enseñárselos a la directora, satisfecha de que el chico no hubiese puesto ni una sola queja. Pero lamentablemente él estaba distraído, por suerte la pelirroja era de confianza o fácilmente pudo haberle robado en sus narices y él hubiese firmado.

Phoebe y él se fueron a la reunión de estudios y francamente se sorprendieron al encontrar más de diez personas ahí, de diferentes años. En realidad, Arnold pensó que Lucy no habría invocado a nadie, pero estaba ahí, segura de lo que haría. En su mirada se notaba que tenía una meta y hasta le estaba dando guía a una chica que resultaba ser su hermana menor y también tenía problemas de concentración. El grupo se organizó rápidamente gracias a Phoebe, que dividió los grupos y escogió gente apta para ayudar a otros. Obviamente, no existía persona que fuese mala en absolutamente todo, así que se creó una cadena de ayuda eficiente.

Arnold se sorprendió ante ese descubrimiento. En verdad Phoebe tenía un don para saber manejar las situaciones como engranajes de una gran maquinaria, ubicaba a la gente y reorganizar grupos. En momentos como esos, él se preguntaba cómo funcionaba la mente de Phoebe, si veía todo de la misma manera que el resto de personas o si dedicaba gran parte de su pensamiento a una serie de teorías y pensamientos. Unos sobre otros, hasta que la mejor opción calzaba. Obviamente ya no era la niña del pasado que memorizaba todo como un simple disco duro, ahora lo procesaba y proponía realidades diferentes, opciones y variables antes de dar la mejor respuesta. A veces se preguntaba si la razón por la que ella y Gerald funcionaban tan bien era porque con él podía relajarse y dejar de pensar diez pasos por delante. Simplemente suavizarse y sentir que era querida por ser ella misma.

La idea le hizo sonreír, porque había notado que Helga era igual con Gerald- También se relajaba en su cercanía, se comportaba más como una niña y menos como una atractiva dictadora del mal. Cuando la rubia estaba cerca de Gerald, bromeaba descuidadamente, competían por cosas que no tenían razón de ser, para que al final parecieran un par de hermano jalándose el cabello o haciéndose complicadas llaves de lucha. Gerald debía estar acostumbrado, pues su relación con sus hermanos era así, hasta Timberly dejaba sus femeninas maneras para lanzarse sobre su hermano mayor y doblegarlo para quitarle el postre. Lo que a Arnold le sorprendía es que Helga pudiese jugar tan bien en ese tipo de relación porque con Olga no hacía tales cosas. Tal vez… solo tal vez, Gerald le había enseñado a tener ese tipo de confianza con él. En momentos como esos, sentía un gran respeto por su mejor amigo.

- ¿Arnold…? –el chico parpadeó un par de veces, percatándose que se había quedado apoyado contra la pared, mirando a la gente a su alrededor, como si fuese un centinela. Una vez más tuvo que parpadear para que su cerebro reaccionara y notó que a su lado estaba Phoebe, con la curiosidad impregnada en sus facciones- ¿Te encuentras bien? Últimamente te noto algo distraído.

- Lo siento, estaba… pensando. –se masajeó el entrecejo por un momento, aclarando sus ideas- Helga quiere que le ayude en algo e intento comprender en qué.

- Oh…

- ¿Oh…? –el chico enmarcó una ceja- Tú sabes para qué ¿Verdad?

- No sé de qué estás hablando.-la chica sonrió de costado, como una niña que escondía su dulce favorito.

- Claro que lo sabes. Pero no planeas decirme…

- Me alegra que lo comprendas. –Phoebe se ajustó el marco de sus lentes sobre el puente de su nariz- Pero no tienes de qué preocuparte. –observó su reloj- En realidad, podrías ir con ella ahora, ya se acabó su entrenamiento.

- Pero el grupo… -observó a su alrededor, parecía que nadie necesitaba su ayuda… así de valiosa era su compañía cuando Phoebe estaba al mando.

Aunque no le molestaba. Solo deseaba ser útil a la chica de la misma manera que ella lo era para él.

- Yo me encargaré de esto. Por ahora, tú solo ve con Helga. –le ofreció, abriendo la puerta- Entre más pronto aclares tus dudas, será mejor para todos.

El chico asintió, inevitablemente dándole la razón. Realmente era ilógico, prefería irse que seguir pareciendo una estatua en un lugar donde no lo necesitaban. Además, si era extremadamente serio, estaba teniendo la urgente curiosidad de saber que era aquello que Helga Pataki no podía manejar y por ende necesitaba su ayuda. Por eso, antes de darse cuenta, ya estaba corriendo fuera del edificio, olvidándose de las reglas de no correr por los pastillos, no bajar los escalones sin ver o saltar las barandillas para acortar camino. Sin mucho esfuerzo ya estaba corriendo hacia el camino donde estaba la cancha de beisbol y sus vestidores. En el camino se topó con el resto del equipo, mayoritariamente masculino, bajando con buen humor, para irse a sus casas o haciendo planes para más tarde. Pero Arnold pasó de ellos, subiendo la pequeña colina que llegaba a las diferentes canchas.

- ¿Arnold…? –el chico se detuvo sorpresivamente y tomó un profundo respiro, agitado.

- Lila… -enmarcó una ceja, por lo que sabía, la chica no hacía deportes ni estaba en ningún club- ¿Qué haces por aquí?

- Mi equipo terminó sus entrenamientos hace diez minutos. –se explicó, poniéndose un bolso deportivo sobre su hombro.

Eso confirmaba lo poco que sabía de la gente últimamente… Antes había sido más perceptivo ¿Qué había pasado?

Oh, claro, Helga.

- ¿Tu equipo…?

Lila asintió, tenía el cabello recogido en una coleta alta, trenzada, que caía sobre su hombro, llevaba unos holgados pero cortos shorts verdes y una chaqueta deportiva subida hasta su mentón del mismo color, lo que le recordó un poco…

- ¿Eres del equipo de básquet? –Arnold la observó con sorpresa, notando el número "07" en el muslo derecho de la chica, en letras blancas.

- Si. –la pelirroja soltó una pequeña risa, muy ligera- Realmente pensaría que, como presidente del consejo estudiantil, sabrías cuando tus compañeros de clase están en los equipos. Aunque… -levantó el mentón, clavando su mirada en el cielo- soy de la reserva, así que te disculpo.

- No sabía qué hacías deportes. No recuerdo que te interesara el básquet, para ser específicos.

- La gente cambia. –admitió- Pero en otras cosas no… -susurró, lanzando una mirada sobre su hombro- Helga sigue arriba, la vi subida en el árbol que está justo antes de llegar a la cancha de béisbol. –se acomodó el bolso una vez más- Te recomiendo apresurarte en llegar.

- ¿Cómo….?

- Absoluta deducción. No sueles venir por aquí y Helga se rezagó del equipo. –la chica se encogió de hombros- Siempre han sido muy obvios ustedes dos, por lo menos a mi parecer.

- ¿Siempre he sido obvio? –preguntó, sonrojándose.

A veces… si, a veces los recuerdos de la infancia si podían ser lamentables.

Lila soltó una pequeña risa, abierta y sincera. Una risa que él no había escuchado nunca en su infancia y era agradable oír ahora. La chica era feliz, eso era bueno.

- Oh si… siempre has sido obvio. –ella apoyó su mano sobre el hombro del chico, amistosamente- Pero nunca me burlaría del pasado. –aclaró, lanzando otra mirada hacia atrás, como si sospechara que alguien la miraba- Además, si lo hiciera, una muy preciosa pero también muy peligrosa reina me castigaría. Y prefiero estar lejos de ella cuando tiene un bate. –admitió, soltándolo- Una vez la vi usándolo contra unos chicos… No hace falta que te diga que fue increíblemente aterrador.

- Me… hago una idea… -pero sonreía, no podía evitarlo.

Después de que sus emociones se aclararan cuando había sido niño, en una mezcla de meditación y una conversación con Timberly cuando esta había sido tan solo una niña pequeña que le escribió poemas y le hizo limonadas, descubrió que Timberly había estado llena no solo de felicidad y ánimo, sino de sabiduría. Hasta ahora sentía que le debía mucho a la no tan pequeña hermana de Gerald. En realidad, gracias a ella, podía ver a Lila y sonreír tranquilo, reconociendo a una buena compañera y a una futura amiga si es que tenía suerte.

- Oh, Arnold… No, no te haces una idea de lo que ella es capaz de hacer. –hablaba con familiaridad, como si estuviese acostumbrada a la menor de los Pataki y su forma de actuar. En realidad sonaba divertida, como si lo peor que pudiese hacerle Helga fuese maquillarla como un payaso- Bueno… debo irme, si me demoro demasiado no llegaré a tiempo para hacer la cena. –le sonrió una última vez, antes de pasar junto al chico- Nos vemos.

- Buena suerte. –la vio irse con cierta curiosidad, las chanchas de básquet estaban en la dirección contraria.

¿Qué había estado haciendo Lila en la zona de entrenamiento del equipo de béisbol?

Arnold se encogió de hombros y siguió subiendo. Lila había tenido razón, Helga estaba subida en la rama de un árbol y había dejado todas sus cosas en el suelo. Por un momento la observó en silencio. No sabía explicarlo con claridad, pero sentía que algo iba mal. A pesar de no tener cobertura y estar a plena vista, Helga no lo había visto. Así que aprovechó la situación para encontrar qué era lo que le parecía tan extraño. En una primera instancia no encontró nada, la chica estaba sentada en una rama solitaria, con sus piernas suspendidas y sus manos aferradas a la madera, el rostro lo tenía echado hacia atrás, mirando hacia el cielo. Lo único que notó diferente fue que tenía el cabello recogido en una coleta alta, seguramente por el entrenamiento. En otro vistazo pudo percatarse que estaba descalza, había subido sin zapatos ni medias, por lo que podía ver que tenía las uñas de los pies pintadas de un morado oscuro y en su pie derecho alcanzó a ver una tobillera de hilos, color negra con rosa. Las bastas de su pantalón estaban subidas hasta sus rodillas y la chaqueta que solía usar estaba en el suelo, por lo que podía verla con una camiseta sin mangas de color rojo que le llegaba sobre la cadera. Arnold sintió un ligero cosquilleo atrás de su nuca, como una risa y una aceleración de pulso. Todo al mismo tiempo.

En verdad le gustaba Helga, era tan sorprendentemente obvio que se admiraba de sí mismo por no estar haciendo las estupideces pertinentes de un loco enamorado, como ponerse nervioso, golpearse contra cosas al caminar y reírse tontamente cuando ella notaba que la había estado observando. Aunque… si lo pensaba ¿Cómo se comportaba él al estar enamorado? Esa. Esa era la verdadera pregunta.

Y ahí notó lo que estaba mal. Ella estaba llorando, con el rostro hacia atrás, estaba conteniendo las lágrimas y sus manos estaban cerradas agresivamente sobre la rama, clavando sus dedos en la corteza de la misma.

- ¡Helga! –no pudo evitarlo, su nombre, en una mezcla de angustia y apuro le empujó a llamarla y correr a ella.

Ambos hicieron contacto visual rápidamente. Ella sorprendida y él preocupado.

- Arnold… -susurró y cuando notó que el chico corría al árbol y se impulsaba para subir por el mismo, ella se secó las lágrimas rápidamente, alarmada- ¿Qué haces?

- ¿Qué crees que estoy haciendo? –preguntó con sorpresa en su voz, apoyando su pie en el tronco e impulsándose hasta agarrar una rama con sus dedos y empujar su cuerpo hacia arriba.

- Estas actuando como un loco… eso estás haciendo. –explicó ella, apartando su cuerpo lejos del tronco del árbol y por ende, lejos del chico.

- ¿Podrías no moverte? No soy tan bueno escalando este tipo de árboles. –se quejó el chico, echando su cuerpo sobre una rama y arrastrándose sobre la misma con la misma gracia que una oruga.

- ¿Ah, si…? ¿Y en qué tipo de árboles eres bueno? –preguntó divertida, mirándolo impulsarse a otra rama, más cerca de ella.

- A los frondosos, ramas grandes, hojas enormes… -respiró agitado y se paró encima de la rama- En los bosques de San Lorenzo soy bueno trepando, créeme.

- Me cuesta creerlo. –admitió, riéndose- Te ves ridículo…

- Gracias… ¿Me harías el favor de ayudarme?

La chica se levantó y se apoyó sobre el tronco, extendiendo su mano, Arnold cerró sus dedos sobre la muñeca de la chica y puso su pie sobre la rama donde ella estaba. Helga lo jaló y él se impulsó hacia su cuerpo. La rodeó con su brazo libre por la cintura y frenó para no empujarlos fuera de la rama.

- Yo subí sola hasta aquí ¿Sabes? –lo sintió respirar agitado contra su cuerpo.

- Te creo ¿Por qué me mentirías? No lo hiciste sobre tu tatuaje… -sin darse cuenta sus dedos fueron a parar en el costado derecho de la cadera femenina donde había alcanzado a ver, días atrás, un par de cuervos tatuados, justo antes de que ella lo besara hasta dejarlo sin oxígeno.

- …Creo que hablo en un idioma diferente porque no entiendes cuando te lo digo… -susurró ella, apartando la mano del chico, un poco más lento de lo normal, con menos agresividad que siempre- Necesito mi espacio personal.

- Disculpa… -sonrió de lado, pero no le hizo caso. En lugar de tocar su cadera, tocó su rostro, mirándola fijamente- Estabas llorando….

- No, no lo estaba haciendo… -ella miró a un lado, poniendo sus manos sobre las muñecas del chico- Suéltame… -advirtió.

Pero Arnold sentía el calor de las mejillas sonrojadas bajo su tacto. Y tal vez fue eso lo único que le animó a quedarse donde estaba, suicida y loco, seguro y preocupado por ella.

- ¿Qué ocurrió? –preguntó, determinado, pues no iba a bajarse de esa rama sin saber qué estaba ocurriendo.

- Una estupidez… -ella se soltó para volver a su lugar sobre la rama, con los pies colgados y las manos bien cerradas sobre la madera.

- Helga… subí un árbol de la manera menos elegante posible. –se sentó junto a ella, hombro con hombro- Tengo la camisa manchada y sucia, los zapatos raspados y mi jean tiene un color verdoso que estoy seguro no saldrá con nada cuando lo lave. –le regresó a ver, sonriendo- Si lo piensas, soy el rey de las estupideces… creo que puedes confiarme lo que ocurrió ¿No?

- ¿El Rey de las Estupideces? –consultó ella, sonriendo.

- Y tú la Reina del Mal. –se apoyó contra su hombro un momento y se enderezó- Vaya dúo ¿Y bien…?

- ¿Recuerdas que te dije que para mí los sentimientos son valiosos? –el chico asintió- ¿Y qué detestaba que la gente los usara a la ligera?

- Lo recuerdo, no te gusta que alguien diga "Te amo" a la ligera o diga que odia algo cuando solo esta frustrado o simplemente no le gusta. –Arnold hizo memoria, con una sonrisa amplia, orgulloso de recordarlo bien- En realidad, dijiste que odiabas eso y por la manera en que lo dijiste, me demostró que hablabas en serio.

- Exacto. –ella observó sus manos, entrelazándolas entre sí, mirando las marcas de la corteza sobre su piel rojiza por el sobreesfuerzo- Cuando terminó el entrenamiento los chicos comenzaron a hablar de una salida que tendrían con las chicas del equipo de tenis de otra preparatoria. Y… -respiró hondo, sintiendo lo pesado que era confesar eso en público- antes de que me diera cuenta un chico decía cuanto amaba a una de las jugadoras desde que la vio la anterior semana y otro de los chicos se reía diciendo que él ya fue por ahí pero como ella no le prestó atención la odiaba por hacerse la difícil e interesante. Así que era mejor dejar a chicas de ese tipo a que se pudran solas. Los dos se rieron y todo el equipo bromeó con lo frustrante que podía ser una chica con actitud de princesa que te enamoraba y luego ni un beso podían soltar a pesar de que le invitaran a comer o al cine. Como… si las mujeres tuvieran que pagarles con caricias lo que ellos invertían en dinero. No lo sé… -suspiró- Yo no quería hacer gran revuelo del asunto, les dije que ampliaran su vocabulario porque amar u odiar era excesivamente exagerado. Pero no me oyeron, debieron pensar que era una broma de mi parte. Solo provoqué que hablaran más del tema. Solo podía oírlos como decían que un clavo sacaba a otro clavo. O que las chicas solo quieren oir de amor así que entre más pronto se soltara esa tontería más rápido ellas aceptarían hacer cochinadas. Y me enojé… me enojé demasiado al punto de sentir que estaba a punto de llorar ¿No te ha pasado? Porque creo que esto de ser adolescente me tiene con los nervios de punta. Ahora, cuando me enojo también comienzo a llorar de rabia y eso solo me molesta más. Por eso subí aquí… -lo observó, agotada- Yo sé que no iba en serio, sé que ellos hablaban por hablar. Pero me dolió su actitud. Tal vez esa chica, si oyera que era amada y odiada con la facilidad de un parpadeo se sentiría herida, burlada…

- No creo que hicieras nada malo. –intervino Arnold- Creo que tu reacción fue normal. Para ti es algo importante ¿Verdad? –ella asintió, sin mirarlo- Yo admiro a las personas que valoran tanto algo en lo que creen o se identifican que cada ataque a ese algo también lo es para ellos. Creo que son valientes por defenderlo, aun ante la ignorancia humana. Pero también es bueno saber cuándo no pelear, saber que estás arando en el mar, como dirían.

- Realmente eres un sujeto muy raro, Arnold. –lo observó, estaba cerca de ella, de una forma tranquila y pacífica, como si fuese natural- Cuando me contengo, me canso… y explotar así, me deja vacía. Lila vino a verme y me vio subiendo el árbol. Ella sabía que me sentía mal, pero me dio mi espacio. No me hubiese gustado que se quedara, aun cuando noté que estaba preocupada por mí. –le lanzó una mirada, apoyando su brazo contra el de él- ¿Por qué tú viniste corriendo?

- Porque no soy Lila…

- Me alegra oír eso… -susurró ella, dejando caer su rostro contra el hombro masculino, relajada, con todas sus defensas abajo. Simplemente cerró los ojos y disfrutó el tener a alguien cerca de ella, comprendiéndola.

Y Arnold no supo la razón exacta, en otras ocasiones había sentido completamente natural estar cerca de ella. Si era sincero, su propio cuerpo la buscaba con urgencia. Pero en lugar de eso, en ese preciso momento, sintió su rostro enrojecerse, como un niño ¿Por qué? ¿Acaso se debía a que ella estaba siendo dulce con él? ¿O por qué no lo había esperado? Sin moverse demasiado, le lanzó una sutil mirada en su dirección, notando como ella estaba apoyada descuidadamente contra él, ambos brazos juntos y su rostro sobre su hombro. No podía verle el rostro, solamente su cabello y la manera en que su cuerpo se movía cada vez que respiraba. Pero aun así sonrió, complacido y cerró los ojos, disfrutando la sensación de tenerla junto a él. Las cosas siempre iban al revés con ella, como cuando eran niños, primero había sido besado varias veces antes de una declaración. Algo parecido pasaba ahora, no quería lastimarla pero quería estar con ella.

En el fondo, mantenerla feliz era lo más importante, se había jurado no volver a lastimarla. Y si ella se sentía cómoda con él de esa manera, si Helga no sentía lo mismo que él y debía ser paciente y enamorarla de a poco, así lo haría. No se iba a rendir.

- ¿Recuerdas que te iba a pedir algo? –susurró la chica.

- Si, lo recuerdo.

- Aun voy a pedírtelo.

- Eso me alegra. –contuvo una pequeña risa- La curiosidad me trajo hasta aquí, tal vez la curiosidad me baje de aquí en una pieza.

Helga se enderezó y lo observó fijamente, con una de esas miradas burlonas y superiores que le dedicaba de vez en cuando, con un plan descabellado. Todas esas veces resultaban ser ideas locas, pero ¿Qué rayos? Solo había una vida, con ella podía arriesgarse cientos de veces.

- Realmente es fácil bajar. –apoyó su mano femenina sobre el hombro de él- Solo recoge un poco tus piernas y deslízate hacia abajo.

- ¿Solo eso? –observó hacia abajo- Creo que estamos unos… cuatro metros por arriba del suelo.

- Lo sé, pero así se baja. –le aseguró- Así bajo yo, por lo menos ¿Voy primero?

- Preferiría estar yo abajo para atraparte. –le regresó a ver- Pero temo que no podré animarme a bajar al primer intento.

- Tonterías. Lo harás.

Y Helga lo empujó, antes de que él se diera cuenta se deslizó al suelo, con un grito ahogado y la sensación de vértigo. Pero antes de acostumbrarse, ya estaba en el suelo, de pie y sin un rasguño.

- ¡Ahora voy yo!

Esa fue toda su advertencia, se giró rápidamente y lo único que alcanzó a ver fue un borrón rubio cayéndole encima. Arnold sintió que algo le golpeaba la nariz y perdió el equilibrio. Sin agilidad ni prestigio, simplemente sintió su cuerpo caer sobre las raíces que sobresalían del suelo. Más o menos a la altura de su nuca pudo escuchar a Helga maldecir y él se contuvo por no hacer lo mismo cuando ella apoyó su rodilla sobre la pierna de él, lastimándolo. La tomó de la cintura o tal vez del torso. No estaba seguro ni siquiera que estaba tocando, simplemente tenía enterrado el rostro contra la clavícula y cuello de la chica, pero de una manera dolorosa que le hacía sospechar que un poco más de altura al caer y Helga le hubiese roto la nariz. Arnold la giró para que cayera a su lado y respiró agitado, tocándose la pierna herida.

- Eres una salvaje…

- Coincidimos en eso… -ella misma sonaba adolorida, le lanzó una mirada y notó que se tocaba la clavícula, haciendo una mueca de dolor- Pensé que dijiste que me atraparías.

- Si… pero debías esperar a que me recupere de tu ataque contra mi humanidad… -masculló.

La chica rodó los ojos, en negativa a su obvia exageración.

- Y pudiste haberme avisado…

Helga se sentó, mirándolo con una pequeña sonrisa, mientras abría su boca, con cierto descaro, apenas sacando su lengua. Por supuesto, el acto no era infantil, lo hacía apropósito, para mostrarle un piercing, porque después de haberla besado y disfrutado de ese maldito aparato no tenía cara de decirle que se lo quitara. Y ella aprovechaba en extremo esa situación. Por eso lo fastidiaba, con el rostro ligeramente hacia atrás, los labios abiertos y la lengua hacia afuera, a punto de lamer el aire. Le encantaba ese piercing con piedrecilla rosada en esa lengua experta.

- Quiero que me enseñes a bailar. –explicó ella.

- ¿No insinuaste que….?

- ¿El baile es una forma de cortejar a alguien? –cortó, enmarcando una ceja.

- Por así decirlo…

- ¿Vas a enseñarme o no?

- Pero sabes bailar, Helga.

- No lo que quiero que me enseñes… -lo tomó del cuello de su camisa y lo acercó peligrosamente a su rostro, obligándolo a sentarse de golpe y apoyarse rápidamente antes de terminar sobre ella.

Si no fuese porque le dolía el cuerpo, hubiese fingido que no había alcanzado a encontrar otro soporte que no fuese ella…

- Quiero aprender a bailar salsa, merengue… Y todos esos bailes que suenan a comida.

- ¿Merengue…? –enmarcó una ceja- ¿Esto tiene que ver con el trabajo de tu hermana con algo de República Dominicana, verdad?

- ¿Vas a enseñarme a bailar o le pido a otro?

- Será un honor.

Helga sonrió de lado, astuta.

Él definitivamente era un masoquista…

¡Saludos Manada! Por lo que se tengo una lectora de este maravilloso país ¿Alguien más de República Dominicana? ¡Mis saludos para ustedes! ¡Amo República Dominicana! Solo estuve unos días y me enamoré de ese lugar ¿Creen que les vaya bien a estos dos con música latina, vibrante y seductora, como diría Helga?

¡Nos leemos!

Nocturna4