DISCLAIMER: Todos los personajes le pertenecen a J.K Rowling, a excepción de Anne, Emma, Steve y Scarlett.
Capitulo 10.
El calendario decía que era primavera y las flores del jardín estaban empezando a florecer. Pero estaba nevando el lunes cuando Ginny se dirigía al colegio.
Una vez en su aula miró por la ventana al bebedero de pájaros mientras los niños jugaban en el patio. Tenía unos preciosos minutos libres y tranquilos antes de trabajar y los estaba desperdiciando.
La verdad era que todavía no estaba muy en forma. Era su primer día de colegio y agradecía que le quedara todavía un rato para empezar. Tal vez el médico y su tía no estuvieran equivocados y tendría que haberse quedado aún en casa.
Entonces se abrió la puerta del aula y Hermione asomó la cabeza; al ver que estaba sola, entró.
—¿Estás bien? —le preguntó—. Pareces un poco pálida.
Ginny asintió.
—Lo soporto.
Hermione se sentó en una de las sillas.
—Seguro que te hubiera gustado salir un rato a distraerte, ¿no? o a esquiar unos días...
Ginny sonrió levemente.
—Ahora que lo dices, sí. ¡Una rodilla lesionada no habría sido nada en comparación con todo esto!
Entonces abrió uno de los cajones de su mesa y sacó una caja dentro de una bolsa de plástico.
—¿Qué es eso? —le preguntó Hermione.
—¿No te lo imaginas? Los regalos de boda hay que devolverlos si no va a haber boda.
—¿El vestido? ¿Qué te crees que voy a hacer con él? Ya lo pasé suficientemente mal tardarme tanto en encontrar uno que fuera bonito. Devolverlo está fuera de lugar.
Pero Hermione, para alivio de Ginny, se metió la caja bajo el brazo y continuó:
—¿Has traído el coche hoy?
—Sí. ¿Por qué?
—Porque te tengo que pedir un gran favor. Tengo el coche en el taller, ¿podrías llevarme a recogerlo? ¿O te vas a ir directamente a tu casa?
—Te llevaré. Tengo que pasar por la lavandería —dijo Ginny, mirando por la ventana—. Parece que he guardado las cosas de invierno demasiado pronto.
Entonces sonó el timbre y, poco después, los niños empezaron a entrar en el aula. Algunos de ellos levaban sólo chaquetas ligeras y casi todos tenían copos de nieve por encima.
—Magnífico —dijo ella—. Supongo que los vamos a tener estornudando el resto de la semana.
Mientras daba la clase, tuvo que buscar un libro dentro de uno de los cajones y se encontró allí con la foto que solía poner sobre el pupitre. La de Harry en segundo término en las oficinas de Willson Inc en días más felices. Ginny se quedó mirándola un buen rato y luego la puso boca abajo. No se animaba a romperla. Aquello había terminado, pero no había nada de malo en desear durante un poco de tiempo más que las cosas hubieran sido distintas.
Cuando levantó la mirada al notar una nueva presencia en el aula, por un momento pensó que estaba alucinando. En la puerta estaba Scarlett Steel mirándola dudosamente.
Ginny se levantó y se acercó a ella.
—¿Puedo ayudarte en algo? —le dijo.
—Me gustaría hablar contigo. Pero esperaré hasta que termines la clase.
—Ahora tengo un momento —le dijo ella al tiempo que salían al pasillo y se dejaba la puerta del aula entornada para que no hubiera ninguna revolución dentro, pero no lo suficiente como para que los niños las pudieran oír.
—Siento haber venido aquí —le dijo Scarlett—. Pero es el único sitio en que sabía que podía hablar contigo a solas. Te debo una disculpa.
Ginny pensó que no una, sino varios cientos. Se preguntó qué estaría molestándole en la conciencia a Scarlett.
—¿Por qué?
—Por rogarle a Harry que no te contara lo que estaba pasando.
Ginny levantó las cejas.
—Tú estabas enfadada y yo tenía miedo… Estaba aterrorizada por lo que pudieras hacer. Ahora creo que te subestimé.
—¿Porque Steve se ha confesado conmigo y yo no he traicionado su confianza?
—Por eso, entre otras cosas. Lo siento, Ginny. Si hubiera dejado que Harry se explicara entonces, antes de que te marcharas de la cabaña…
—Nadie tiene tanto poder sobre Harry. Si él hubiera querido contármelo, lo habría hecho.
—No después de que tú le cuestionaras que estaba diciéndote la verdad. Su palabra es muy importante para él.
Ginny pensó que era un poco tarde para esa charla, pero le dijo:
—Tengo que volver con mis alumnos, Scarlett. ¿Hay algo más que pueda hacer por ti?
Scarlett se puso pálida.
—Sólo quería que supieras que me marcho del pueblo. No me ha echado Steve ni estoy huyendo, pero hemos estado de acuerdo en que lo mejor es que no me quede aquí —dijo con una voz llena de dolor—. No tienes que tener miedo de que nada te vuelva a explotar de nuevo en la cara. Quiero demasiado a Steve para hacer algo así. Y respeto la decisión que él ha tomado.
A Ginny se le hizo un nudo en la garganta. Esa chica lo amaba de verdad, pensó, y se estaba sintiendo tan mal como todos los demás. Entonces, la tomó de la mano.
—Siento que las cosas no hayan podido ser más fáciles.
—Para las dos.
Scarlett le apretó la mano y luego se apresuró a marcharse.
Cuando terminó el día escolar, las calles estaban nevadas y había lugares resbaladizos donde menos se esperaba, así que Ginny tuvo que concentrarse en la conducción.
Cuando se detuvieron en un semáforo, Hermione le dijo:
—He visto que has tenido visita esta tarde.
Ginny se limitó a mirarla.
—¿Quieres decir que, así de repente, has hecho las paces con Scarlett y te has olvidado para qué ha venido?
—No exactamente.
Ginny tenía que admitir que ya no tenía ningún resentimiento hacia Scarlett. Más aún, sentía lástima por ella.
Estaba empezando a ver la posición difícil en que se había encontrado Harry. Una vez que se había hecho pública la noticia de su ruptura, cualquier posible explicación de por qué había estado con Scarlett aquel día habría provocado más sospechas. No le extrañaba que él hubiera pensado que la única opción que le quedaba era aceptar la culpa.
Se detuvo delante del taller y Hermione recogió sus libros, pero no salió del coche, la miró pensativamente y le dijo:
—Hay una cosa más que, probablemente, deberías saber. Me lo tomé como un simple rumor, pero no ha cesado de correr por todo el pueblo.
—¿Qué es?
—Se dice que Harry lo hizo a propósito.
—¿Te refieres a su supuesto lío con Scarlett?
—¿Qué quieres decir con eso de supuesto? Bueno, no importa. No es del lío de lo que se habla… sino de lo de la intoxicación.
Ginny abrió mucho los ojos, anonadada.
—Lo que se dice es que él te siguió a la cabaña para convencerte de que reconsideraras la ruptura y…
—Eso es ridículo.
—Y, cuando no quisiste volverte atrás, él trató de seguir los pasos de su padre… y llevarte a ti con él.
Ginny estaba horrorizada. La idea de que Harry pudiera pensar en el suicidio y, mucho menos, en el asesinato, era de lo más ridícula. ¡Qué fácil era retorcer la verdad y crear un cuento mejor!
Un conductor detrás suyo hizo sonar el claxon impacientemente, Hermione abrió la puerta y le dijo:
—Siento haber sido yo la que te lo haya dicho.
—No —respondió Ginny automáticamente—. No lo sientas. Te veré mañana.
Luego arrancó.
Casi se pasó la lavandería, absorta como estaba. Una vez allí, recogió la ropa y, estaba buscando su cartera para pagar, cuando la encargada le dijo:
—Hemos encontrado esto en uno de los bolsillos, señorita Weasley.
La mujer le dio un sobre.
—Gracias. Ha debido ser un descuido.
Ginny le dio el dinero y tomó el sobre, que casi le quemó los dedos.
Lo había visto antes, pero le parecía que hacía siglos de eso. La mano empezó a temblarle. Había recogido ese sobre del buzón de correo en la entrada de la casa y se lo había metido en la bolsa para leerlo cuando estuviera dentro. Pero entonces había sido cuando su mundo se había derrumbado y se había olvidado de la nota de Harry. Había arrojado la chaqueta en el cesto de la ropa sucia y no se había acordado más de ella.
Dejó la ropa en el asiento trasero del coche y se dirigió al parque, a un rincón solitario donde abrió el sobre y sacó la última nota de Harry.
Era corta, sólo unas pocas líneas escritas en una hoja de la empresa.
Gin, amor, sólo falta una semana para nuestra boda. Las cosas están tomando un ritmo tan frenético que no hemos tenido tiempo ni de hablar. Quiero que sepas que me has hecho el mejor regalo que alguien me podría hacer. Tu amor, por su puesto y, lo que es más importante para mí, tu confianza. Tú sabes lo que era mi padre, pero puede que no te des cuenta de la poca gente que hay en este pueblo capaz de tomarse en serio mi palabra para cualquier cosa, porque pusieron su fe en él y él la traicionó. Tú nunca has dudado de mí. Creo que eso fue lo primero que amé de ti. La primera cosa de muchas. No te puedo decir todo esto de palabra… sonaría demasiado sentimental. Pero quería que lo supieras.
Ginny apoyó la frente contra el volante.
Él le había dejado esa carta en el buzón y había entrado en su futura casa para trabajar en ella y esperarla. Y, en vez de eso, se había encontrado a Scarlett.
—Y entonces, entré yo —dijo Ginny—. Y el mundo se le cayó encima.
Deseó poder llorar. Pero ese dolor era demasiado profundo como para que se pudiera aliviar con lágrimas.
¿Qué era lo que le había dicho Scarlett esa tarde?
Que su palabra era algo muy importante para él. Incluso Scarlett había comprendido lo que ella no había podido entender.
Harry debía pensar que ella había leído la carta hacía tiempo… Tal vez incluso antes de entrar en la cabaña. No le extrañaba que hubiera reaccionado como lo hizo; ese día ella debía haber parecido de lo más cruel y falta de sentimientos.
Si le hubiera escuchado. No ese horrible día… ya era demasiado tarde entonces, sino mucho antes. Si hubiera tratado de conocerlo mejor, de comprender lo que lo hacía diferente, lo que lo hacía el hombre tan especial al que amaba. Entonces, se habría dado cuenta a tiempo de lo importante que era para Harry que creyera en él.
Las llamas de su amor habían desaparecido. De eso no cabía duda, las había apagado ella misma. Pero por lo menos, después de leer esa carta, estaba segura de que él la había amado alguna vez. Ahora la cuestión era si las cenizas de ese amor estaban completamente frías o si quedaba algo cálido en alguna parte, y una posibilidad de volver a la vida ese fuego.
A la hora de la cena, Ginny comió muy poco. Ni siquiera hizo como si escuchara la conversación; sus pensamientos estaban centrados en sus propios problemas. No paraba de recordar su última conversación con Harry, tratando de encontrar algo que la animara a seguir.
¿Qué era lo que él le había dicho? Que a veces, la mejor manera de disculparse era asegurarse de que el daño no volviera a producirse. Sí, eso era.
Pero eso requeriría tiempo y paciencia y, tal vez, él nunca se diera cuenta de lo que ella le trataba de decir. De todas formas, ella no tenía nada más que tiempo, y bien podría empezar a aprender a tener paciencia.
Emma, viéndola juguetear con la comida, le dijo por fin:
—Bueno, espero que hayas aprendido algo sobre hacerle caso a tu médico, Ginny.
—¿Qué? Oh, sólo estoy cansada. Mañana será más fácil.
—¡No vas a volver hasta que no estés completamente bien!
Steve intervino entonces.
—Ginny puede tomar sus propias decisiones, Emma.
Ginny pensó entonces que había algo diferente en su tío. Era como si hubiera recuperado el respeto por sí mismo y ya no le tuviera miedo.
—Eso es una tontería —afirmó su tía—. Eso es todo lo que tengo que decir.
Steve esperó a que Anne se hubiera llevado los platos y servido el postre.
—Tal vez debiéramos irnos por ahí una temporada, Emma. Ahora que te sientes mejor…
—¿Quién ha dicho que me siento mejor?
—Ciertamente, estás más fuerte que en otoño. Pero si no estás dispuesta a un viaje cansado, ¿qué te parece un crucero en barco? Eso te permitiría descansar y recuperarte. Aire marino durante un par de meses…
—¿Un par de meses?
—Sí. De eso se trataría. Tal vez podríamos darle la vuelta al mundo. Voy a ver si se puede.
—¿Meses? —Repitió Emma—. ¿Vas a dejar a Harry a cargo de la empresa durante todo ese tiempo?
—¿Por qué no? Lleva un año dirigiéndola él. Yo soy ahora sólo la cabeza visible, Emma, y cuando me jubile, será él quien se haga cargo. Si es que sigue aquí…
Ginny dejó el tenedor sobre la mesa.
—¿Qué quieres decir?
Steve la miró cálidamente.
—Lo que he dicho. Sí sigue aquí y, tal como parece…
Esa frase interminada quedó colgando en el aire ominosamente. Ginny no necesitaba oír más. Estaba claro que Harry ya estaba harto y se iba a marchar. Después de todo, no iba a tener tiempo de mostrarle lo mucho que se arrepentía de lo que había sucedido. Deseó gritar, pero aún en medio de su dolor, comprendió. ¿Qué le quedaba a él en el pueblo? Incluso esa reputación por la que tanto había luchado estaba siendo destruida sin ninguna culpa por su parte.
—Tía Emma —dijo de repente—, ¿recuerdas esa recepción a la que querías que fuera yo en tu lugar? Es esta noche, ¿no? ¿A qué hora empieza?
—Sería un gesto educado por tu parte que no interrumpieras a tus mayores —dijo su tía
—. Empieza a las ocho. Pero si estás demasiado cansada como para comerte tu cena, ciertamente no deberías salir esta noche.
Pero Ginny ya estaba en pie.
—No, llegaré tarde.
No le cabía la menor duda de que, ya que iba a asistir un músico famoso, iba a estar presente lo mejor de cada casa de la cuidad. Y no quedó decepcionada. Allí estaba todo el mundo; los mayores difusores de rumores, por lo menos. Estaba segura de que, en nada de tiempo, lo que tenía que decir se difundiría por todos lados.
Tomó una copa de champán de una bandeja. Las manos le temblaban y, ahora que había llegado el momento, no sabía cómo proceder.
Se dirigió a la mesa de té y se dio de bruces con Harry. Se quedó helada; hubiera sido mucho más fácil si no tuviera que enfrentarse con él mientras decía lo que tenía que decir. Casi se le derrama la copa de champán y Harry le sujetó la mano. Su agarre fue casi doloroso y Ginny lo miró sorprendida.
—Lo siento —dijo él secamente y la soltó.
—Ha sido culpa mía. Por supuesto, tirarte el champán encima no sería la única cosa por la que me tendrías que perdonar.
Harry ya había empezado a darse la vuelta, pero la miró de nuevo. Parecía extrañado, tal vez un poco confuso.
Una mujer dijo entonces a su compañero:
—Nunca pensé que viera este día.
Harry asintió secamente a la mujer y el corazón le dio un vuelco a Ginny. Desde pequeña la habían enseñado a despreciar semejante rudeza. Pensó que Harry debía haber aprendido de la manera más dura a ignorarla.
Ginny se enfrentó entonces a la mujer y le dijo en voz alta:
—¿Tal vez se sorprende de que sea yo la que se disculpa?
Un murmullo recorrió la multitud.
Harry estaba de nuevo a su lado, con una mano en su brazo, y dijo en voz baja:
—Has bebido mucho champán, Ginny.
—No he dado ni un sorbo —respondió ella mirándolo y sonriendo—. No te preocupes, tendré cuidado. Pero hay algunas cosas que tengo que decir, Harry.
Eso lo dijo en voz suficientemente alta como para que, aunque estuviera mirándolo a él, lo oyera todo el mundo.
—Lo de romper nuestro compromiso ha sido el mayor error que he cometido en mi vida —añadió con toda claridad—. Me arrepiento profundamente de mi estupidez. La única excusa que tengo es que realmente no me di cuenta de las cualidades del hombre con el que estaba comprometida para casarme hasta que lo vi llevar a cabo dos de los más generosos actos que haya visto en mi vida.
Harry estaba muy pálido y tenía la mandíbula tensa. Ginny no sabía si era por el enfado o la sorpresa, o tal vez miedo de que fuera a decir cuáles eran esos dos actos. Que no sólo le había salvado la vida a ella, sino que también había protegido a Martin. Se dijo a sí misma que no importaba, que ya era demasiado tarde para detenerse.
—Y quiero que él, y todos ustedes, sepan que, si estuviera en mi mano, sería un honor para mí ser su esposa.
Pasaron cinco interminables segundos y Harry permaneció en silencio. Ginny se dirigió a la salida pensando que ya se había humillado suficientemente, pero que había sido por una buena causa. Ahora era el momento de una retirada rápida, antes de que las preguntas empezaran a volar.
Se encontró con el músico famoso de camino a la salida y le dijo:
—Siento haber interrumpido su fiesta.
El hombre se inclinó galantemente, pero Ginny no oyó lo que le dijo.
Sin saber muy bien por qué, se dirigió directamente a la casa que iba a compartir con Harry. Sólo sabía que quería estar sola y nadie la molestaría allí. No se molestó en encender las luces, ya que las del jardín ya iluminaban bastante el interior.
Se dio cuenta de que ya habían llevado el resto de los muebles y se preguntó cuándo habrían llegado. Todo olía a pintura fresca. Pero esos aromas agradables se disolvían en la sensación de vacío.
Se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y tocó la carta de Harry. La sacó y la sujetó entre las manos. Estaba demasiado oscuro como para volverla a leer, pero el contacto de ese papel era reconfortante. Una vez él la había amado. Incluso esa misma noche había podido ver en su mirada el recuerdo de ese amor… Pero era sólo un recuerdo.
Se sentó en uno de los sillones y se quedó mirando a la vacía chimenea, sin dejar de acariciar la nota. Pensó entonces que, tal vez, Harry la fuera a ver antes de marcharse del pueblo.
Estaba pensando eso cuando levantó la mirada y, por un momento, se preguntó si no habría conjurado mentalmente la alta figura que estaba apoyada contra el respaldo del sofá. Entonces él se acercó y sus pasos fueron tan silenciosos que bien podía haber sido un fantasma.
No dijo nada y el silencio duró lo que pareció una eternidad.
—Estaba leyendo tu nota —dijo ella por fin.
—Te vas a estropear la vista —dijo él al tiempo que se acercaba al interruptor.
—La he leído hoy.
Harry se detuvo.
—Pero dijiste…
—Que la había recogido esa tarde, sí. Pero me olvidé de ella y no la he leído hasta hoy. ¿Lo decías en serio?
Él permaneció tan quieto como una estatua y Ginny añadió:
—Lo siento. Por supuesto que decías en serio lo que escribiste, si no, no lo habrías hecho. Y ahora, bueno, supongo que ya sé la respuesta a eso, ¿no?
—¿La sabes? Ha sido algo muy… amable lo que has hecho esta noche.
—Te debía una.
—¿Es por eso por lo que lo has hecho?
Ella no respondió directamente.
—Por lo menos ahora dejarán de acusarte de querer asesinarme.
—No puedes habértelo tomado en serio. Yo no lo he hecho.
—Oh, ¿no lo has hecho? Entonces, ¿por qué ésta tan seguro Steve de que te vas a ir del pueblo?
Harry no respondió inmediatamente y, cuando lo hizo, su voz fue profunda y seca.
—Steve sabe perfectamente bien por qué me voy a marchar.
Entonces era cierto, pensó ella clavando las uñas en el brazo del sillón.
—¡Llévame contigo, Harry!
Esas palabras le salieron sin pensar, como un susurro, y vio la sorpresa en los ojos de él.
—No espero que te cases conmigo. Pero no quiero verme apartada de tu vida. ¡Dame otra oportunidad!
Cuando dijo eso ya estaba al lado de él, agarrándolo por las manos. Él encendió entonces la luz. Ginny parpadeó. No le soltó las manos, pero no pudo mirarlo.
—¿Vendrías conmigo? —le preguntó él tranquilamente.
Ella asintió.
—Sin trabajo. Sin planes. Sin destino.
—Eso no importa. No sé lo que vas a hacer más de lo que lo sabes tú. Pero creo en ti. Una vez cometí el error de no confiar en ti. No lo volveré a hacer. Ese día fui a tu habitación del hospital para decirte que te creía, que aceptaría tu palabra, antes de saberlo que había sucedido de verdad. No espero que te lo creas, pero es cierto.
Harry la abrazó lentamente y Ginny se sintió como si estuviera siendo arropada por una manta grande y confortable, una que nunca permitiría que volviera a pasar frío,apoyó el rostro contra su hombro, agarrándose a él como si fuera lo único firme en un mundo incierto.
—Debería habértelo dicho —susurró él—. Esperaba demasiado pidiéndote una fe ciega cuando me encontraste en una situación tan comprometida. Pero cuando me miraste así y me dijiste que no me amabas lo suficiente como para aceptar mi palabra…
—No me di cuenta… No había pensado que tú lo pudieras encontrar inadecuado, Harry. No se me ocurrió preguntarme si no tendrías dudas sobre ti mismo.
—Me arrancaste el corazón cuando me dijiste eso. Yo no te he mentido nunca, Ginny, y nunca pretendí hacerlo.
—Así que no me dirías nada en absoluto.
Harry asintió.
—Supongo que no me di cuenta de que no compartir las cosas es mentir de otra manera.
—¿Qué cosas?
—Tales como el miedo que tenía, incluso antes de que Scarlett lo complicara todo.
—¿Miedo?
Harry suspiró.
—Porque te amaba tan profundamente.
—Y tenias miedo de que yo no te amara tanto como amaba la idea de estar enamorada.
Puede que tuvieras un poco de razón. Ahora sé que no me di cuenta de lo que tenía hasta que te perdí.
—Cuando me diste la espalda ese día algo estalló, Ginny.
—¿Y fue entonces cuando pensaste que no había nada entre nosotros que mereciera la pena salvar?
Harry asintió.
—Pero seguía amándote. Por mucho que tratara de quitármelo de la cabeza, no pude.
Ginny se daba cuenta perfectamente de lo que había sentido él.
—Fui a la cabaña del bosque a ver si me olvidaba de ti… pero estabas allí. ¿Tienes idea de lo difícil que fue para mí estar cerca de ti en esas condiciones? Cada vez que me daba la vuelta tú estabas prácticamente en mis brazos, pidiendo a gritos ser besada.
—¡No lo hacía! —exclamó ella, indignada—. Por lo menos, no mucho.
—A veces no era tan evidente.
Mientras hablaba, Harry empezó a acariciarle el cabello. Ginny lo miró con los párpados entornados.
—Si ésa es la forma en que te afectó, tal vez debiera perfeccionarla con algunas variantes.
Él se rió y la besó. Ginny se relajó contra su cuerpo, sintiéndose como si se fuera a derretir.
—No te molestes en practicar. No lo necesitas, incluso te despiertas y eres guapísima. Te frotas los ojos como una niña pequeña… Por supuesto, esa noche, cuando no te querías despertar…
—No —dijo ella—. Ya pasó, y tuvimos mucha suerte.
Harry asintió.
—Tal vez nos hayamos fortalecido por todo esto —susurró ella—. Sé que necesitaba una oportunidad para madurar un poco, para apreciar lo que tengo.
—Tal vez lo necesitábamos los dos. Incluso después de que me dijeras que todavía me amabas, yo tuve miedo de tener esperanzas de poder salvar algo. Tuve demasiado miedo para aceptar la oportunidad. Cuando esta noche has intervenido en público para salvarme de los rumores, no pude decidirme entre besarte o darme de cabezazos con una pared, tan enfadado estaba conmigo mismo. ¿Cómo podía culparte por no confiar en mí, cuando yo no había confiado en ti?
Ginny sonrió y le acarició la cabeza.
—Tu pobre cabeza. ¿O debería decir pobre pared? Puede que no fuera tan dura como tu cabeza.
—No lo hice. Pensé que ya había habido bastante espectáculo.
—Bueno, si ha servido de algo…
—De acuerdo, ha valido la pena. De todas formas, ¿tienes idea de lo que va a decir Emma cuando sepa lo que has hecho?
Ginny se rió.
—Sí. Aunque no es que me importe. ¿Dónde vamos a ir, Harry? Seguramente ya tengas algo pensado y me gustaría saber qué ropa meto en la maleta.
—¿Qué te parece aquí mismo? ¿Clifton?
Ella se apartó un poco.
—¿Qué?
Pero Harry la abrazó todavía más fuertemente.
—Es cierto que he estado pensando en marcharme. No por los cotilleos, he soportado algunos mucho peores que estos, sino porque pensaba que no podría soportar vivir aquí, viéndote, amándote y no poder estar contigo.
—¿Sabe eso Steve?
—Sí. Tuve que decírselo, ya ves.
—¡Y Steve da tantas explicaciones que al final no sabe ni lo que dice!
—Me ofreció la posibilidad de comprarle la empresa.
Ella abrió mucho los ojos.
—Él se dio cuenta de lo incómodo que iba a ser tratar de volver las cosas como estaban. Y también pensó que ya era hora de que yo tuviera la posibilidad de demostrar lo que podía hacer. No es ni un regalo ni una trampa, Ginny, sólo un trato justo. Y no va a ser fácil sacarlo adelante. Puede que tengamos que enfrentarnos a tiempos duros.
—¿Tengamos?
—¿Qué te parece, Ginny? ¿Lo intentamos de nuevo?
—Lo de esta noche no lo he hecho para obligarte de alguna manera a que me propongas matrimonio, Harry.
—Ya lo sé. Pero la pregunta sigue en pie.
—Y, la primera vez tampoco te dejé hacerme una proposición en regla. Después he tenido pesadillas con eso, preguntándome si tú me habrías pedido en matrimonio realmente.
Él la besó larga y apasionadamente y luego le dijo:
—Es probable que nunca te lo hubiera pedido realmente.
—¿Qué? —exclamó ella casi gritando.
Harry le tomó el rostro entre las manos.
—Dado que no te lo habría pedido, tú no podrías haberte negado, así podía seguir soñando.
—Oh. En ese caso…
Harry suspiró entonces.
—¿Significa eso que necesitas una proposición en regla? De acuerdo, como quieras.
Entonces puso una rodilla en el suelo y, tomándole una mano, se la llevó al corazón.
—Ginny, ¿te casarás conmigo?
Ella lo miró pensativamente, le arregló un poco la corbata y le pasó la mano que tenía libre por el cabello.
—Tendré que pensarlo —murmuró—. Esto es un poco repentino.
Él la miró por un momento como si tuviera monos en la cara. Luego sonrió y tiró de la mano haciéndola tumbarse en la alfombra y sujetándola allí con su cuerpo.
—De repentino, nada —dijo—Han pasado ya varias semanas y te has atrasado un poco…¿Así que? ¿Que dices?
–Realmente no tengo nada que pensar…por supuesto que si acepto….–exclamó Ginny.
Exactamente nunca sabemos el poder que tienen las palabras para herir a alguien, pero, tampoco sabemos el poder que tienen a la vez de hacernos inmensamente felices.
Finite Incantatem
