Advertencias: Los personajes no me pertenecen, son enteramente de su creador, Kishimoto San, solo los alquilo por horas para quitarme el estrés, nada mas.

Espero que disfrutéis del cap.

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Angéles caídos, demonios levantados.

Capítulo Diez: Oráculo.

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De nuevo en camino, buscando otro soldado mas para su rebelión, pero este era especial. Muy especial. Este ángel era una de las piezas clave de su golpe maestro.

Un seguro de vida importante

El largo pasillo de la institución mental se le hizo divertido. Todas esas pobres criaturitas encerradas por su culpa y la de sus hermanos... era tan fácil mostrarse ante ellos para que los demás se asustasen... Locos, todos ellos estaban locos... mira que decir que los demonios existen de verdad

Iruka suspiró y deslizó las gafas de sol por el puente de la nariz, curvándose hacia delante en el puesto de control de las enfermeras, donde una preciosidad morena de enormes ojos verdes y labios rojos le miró sonriendo.

– ¿Si?, ¿Necesitas alguna cosa, preciosidad?. – Se levantó despacio, mostrando su generoso escote al hombre frente a ella, que la recibió con interés y una sonrisa mas insinuante que la suya.

– Vengo por el huésped de la 208. – Alargó la mano y tomó un mechón de la chica entre dos dedos, rozándole la piel del pecho con el dorso de la mano.

– Ese paciente tiene las visitas vetadas, encanto. – Se inclinó mas todavía sobre el mostrador, posando los pechos en el como si fuera un escaparate. – No se lo digas a nadie, pero me da mucha lástima, tan joven y tan... echado a perder.

– Por eso está aquí, para que lo sanéis... – Iruka posó el codo en el mostrador y la cara sobre su propia mano. – Pero de todos modos, no vengo a verle, vengo a llevarle conmigo.

– ¿Es usted familiar?. – La coquetería se había esfumado de repente. Iruka clavó sus ojos negros en la mujer, dejando los labios entreabiertos, sin decir nada durante unos segundos.

– En cierto modo si. – Ladeó una sonrisa y señaló el informe sobre la mesa tras el mostrador. – Es mi hermano y quiero llevarlo a casa. Llama al médico de turno y que haga su trabajo, monina.

La enfermera entrecerró los ojos y tomó el auricular del teléfono entre los dedos sin dejar de mirarle. Iruka la ignoró por completo y se encaminó al pasillo tras él.

La cancela metálica que separaba el área de las habitaciones de la destinada a todo el público se abrió sola, sin que ninguno de los trabajadores hiciera nada para que eso ocurriera.

Iruka pasó por ella, lentamente, sin prisa alguna, esperando que alguien le detuviera, pero no ocurría nada.

Buscó la habitación con el índice en alto, hasta dar con ella. Se alzó de puntillas para mirar por la pequeña ventanita en la parte superior de la puerta y le vio al instante.

La camisa de fuerza apretada a su cuerpo con las correas tensas. Sus cabellos negros caídos sobre su rostro, ocultando parte de su cara. De rodillas en el rincón, apoyado un hombro en la pared acolchada, de blanco cegador.

Giró la cara en su dirección mucho antes de que pisara el hospital, y esperó tranquilo. Murmurando sin cesar sus predicciones.

Las cuencas vacías de sus ojos se hicieron visibles al ponerse de pie y caminar los pocos pasos que le separaban de la puerta.

Iruka susurró también.

– Tranquilo, ya estoy aquí... vengo a buscarte, para llevarte a casa, tranquilo. – Posó los dedos en el cristal y el otro hombre hizo lo mismo con su frente. Entre murmullos gimió complacido y asintió.

Hizo un puchero cuando se apartó de la puerta y dejó de sentir su toque.

Iruka miró al pasillo, esperando al médico que pasaba nerviosamente los papeles de una mano a otra, sin entender como podía llevarse a un paciente tan peligroso y desahuciado.

– ¿Señor, está seguro de que quiere llevárselo de aquí?. Su tratamiento no está completo, sigue diciendo cosas sin sentido... y es muy inestable. Puede tener una crisis en cualquier momento y además... no puedo garantizarle su seguridad.

– No se preocupe por nada. Cuidaré que mi hermano no se dañe a si mismo ni a nadie mas. – Iruka esperó a que la puerta se abriera del todo para ocupar el espacio de la entrada con su cuerpo.

El moreno acudió a sus brazos tambaleante y el "hermano" comenzó a quitar las correas sin esperar la confirmación del médico siquiera.

El loco seguía con sus locuras, hablaba en un susurro, como para si mismo, sin parar. Para cualquier persona que le escuchara parecería un demente peligroso, pero si era un ser celestial, todas y cada una de sus palabras tenían razón de ser, solo había que memorizarlas y esperar que ocurriera.

Era un milagro en si mismo que no se volviera loco de verdad, aunque su salud mental ya estaba trastocada, no era para nada peligroso.

Dotado de un terrible poder que le mostraba el tiempo en toda su longitud, y sin poder hacer nada para evitar ningún mal. Podía ver la muerte de cualquiera, pero no intervenir... años atrás, en un intento de alejar las visiones que le atormentaban, él mismo se arrancó los ojos de sus cuencas, pero no sirvió de nada. Las visiones seguían, ahora dentro de su cabeza... y tenía que sacarlas de algún modo, a si que pasaba día y noche hablando, bajito, muy bajito para no molestar, pero liberando su cerebro del peso de tan terrible carga.

Incapaz de tenerse en pie por sus propios medios, Iruka le sostuvo contra su cadera, escuchando su letanía infinita mientras le liberaba del todo de la camisa de fuerza.

– " Ha empezado, sí, lo ha hecho.

El mas pequeño ha empezado todo.

No podrán pararlo.

Juntos, los hermanos, compartiendo poder, como antaño, al principio...

No debiste decirle que seguías vivo, volverá a sacrificarse, lo hará, sin dudar... te ama Iruka, siempre lo ha hecho, pero está prohibido, el señor lo sabe, lo ve todo, lo sabe todo, está en todas partes, aunque no le veas... aquí mismo, saluda, dí ¡Hola!... je je je, puta mas que puta... él sufrió contigo, te creyó muerto, pero su castigo fue peor... sin alas, rotas, con dolor todo el tiempo, están ahí pero no se ven... y vive, por que no puede morir, no puede, no le dejan, equilibrio... le duele todo el tiempo y solo puede pensar en Iruka, en que esta muerto... pero no lo está...

Iruka es listo, si muy listo, pero fuerte..

¡Oh, sí! muy fuerte... buena idea, robar a Madara, muy buena, pero debes tener cuidado, el mal te controla, te posee, te hace dependiente de su sabor, es bueno, es grande... me gusta... lo quiero.

Pero Iruka es bueno, me aleja del mal, y me deja en la tierra, todos inofensivos, no saben quien soy ni que su destino es mio... estoy loco dicen... Ja jajajaja"

– Está bien, volvamos a casa. – Iruka que ha escuchado no puede creer alguna de las cosas que ha oído, pero aunque así fuera, ya no puede hacer nada por evitarlo...

– No dejes que me vea, no debe verme, no es bueno. Su poder me tentará... ah pero tu tienes la llave, en tu muñeca , la llave con la mitad de su poder, que era mio... Pobre Iruka, pobre ángel mío. – Acarició su cara al verse libre de la camisa de fuerza, para después abrazarse a su pecho y pegar su cara en un roce agradable.

– Venga, tenemos que irnos. –El muchacho sonrió a la invitación de Iruka. –Hay muchas cosas que hacer, y te necesito. Te quiero a mi lado. – Besó sus labios, despacio, recibiendo un gemido por respuesta.

Volvió a ponerse las gafas de sol y entrelazó sus dedos un segundo, antes de atraerle a su pecho con un brazo y salir con él caminando.

Tomó los papeles del médico al pasar por su lado y sacó al muchacho del hospital.

En las calles, el chico le obligó a detenerse y se soltó de su agarre lentamente.

Aspiró con fuerza todo el aire que pudo y lo soltó de golpe. Una preciosa sonrisa iluminó su cara de nuevo.

En todo el rato no dejo de hablar, sin parar.

– Hay que volver, si, tenemos que reunirnos... nadie debe decirle que estoy bien, Madara no debe saberlo, aún no es buena idea... llévame a casa, hay que cambiar las sábanas. Los dos han terminado, el ejecutor tiene que regresar al cielo, nade lo sabrá, no. Tiene todo, su cuerpo, sus sentimientos. Hidan lo sabe, lo descubrió sin querer, pero Iruka no lo sabía, pobre ángel mío... la pureza no está en el cuerpo, no, es mentira... lo que te pueden arrebatar no está a la vista, eso se esconde... pero no lo sabías, y eso te perdió. Ahora lo sabes, pero no ves como yo veo, no miras bien, te ciegas, y te dolerá mas. Ya le has perdido, has perdido alguien importante, alguien poderoso, uno de los pilares... un caminante entre los dos mundos, Naruto, mitad ángel mitad demonio... ya está perdido. Madara tomó todo, y no lo sabías, pero el otro le detendrá. Sasuke lo amará, lo hace, ahora. Encontrará el modo de llegar a él, pero …

– Por eso estamos aquí, por Naruto. – Y los dos se perdieron entre la gente, con una garga pesada sobre sus hombros.

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El tintineo metálico de las cadenas resonó por el cuarto. Sus ojos negros, posados en la puerta a la espera.

Tenía visita, y le gustaba.

Obito dibujó una sonrisa inmensa al ver a Kakashi entrar en la sala del Oráculo. Nadie iba a verle a no ser que fuera por una de sus predicciones, pero esta vez el peliplata quería respuestas... que él podía darle o no...

– Dime la verdad, ¿Iruka está vivo?. – No se acercó hasta él, de hecho se quedó en la puerta.

– Sí. – Breve respuesta, sin mover nada mas que los labios. – Es el rey del infierno, respondiendo a tu pregunta, y a tu siguiente pregunta, no le hizo falta luchar, simplemente le engañó y Madara le entregó su poder voluntariamente.

– ¿Por qué no me lo dijiste?. – Apretó la túnica blanca entre sus dedos a la altura del corazón, donde la pluma de Iruka que tantas veces había acariciado hasta casi borrarle el color, estaba. Infinidad de veces pronunció la letanía del pacto, la que obligaba al propietario de la pluma a entregarse y someterse a los dictados de quien le llamaba sin resultado. – ¿Porqué no vino cuando le llamé si estaba vivo?

– No puede escucharte. – Hizo un gesto con la mano invitándole a acercase. Esperó, escuchando perfectamente el dilema en la cabeza del peliplata, sabiendo que acabaría sentado a su lado. – Su vínculo contigo se rompió con sus alas. Estabas presente, debiste sentir algo también, ¿No fue así?

Consciente de que esas palabras le dañaban, Kakashi cerró el único ojo que seguía sano y desvió su mirada a un lado. No, no había sentido nada en mucho tiempo. Su capacidad de sentir se esfumó con el primer grito de Iruka durante su tortura pública.

– ¿Cómo puedo verle?. – Su pregunta surgió en un susurro, sentado junto a Obito, de espaldas a él.

– No puedes. – Se giró sentado y tomó su cara con las dos manos. – No puedes salir de aquí, y él no puede entrar.

– P- pero. – Obito posó un dedo en sus labios para callarle.

– Podrás verle, dentro de poco, en la zona neutra. – Kakashi unió las dos cejas, confuso. – Pero solo eso, no podrás acercarte a él.

– Entiendo. – Se levantó para irse de ahí, pero Obito levantó las dos manos hacia él para que le ayudara a ponerse de pie. Las cadenas tintinearon de nuevo, cuando sus manos se cruzaron tras la nuca de Kakashi y un beso, largo y húmedo le pilló por sorpresa.

– No, no entiendes nada. Iruka es mío.– Respondió cuando se vio solo. – No tienes ni puta de idea de lo que va a pasar.

Y la sala de oráculo se llenó de siniestras carcajadas...

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Ole que ole y olé. Otro mas

que me voyyyy

Besitos y mordiskitos

shiga san