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MAR BRAVIO

por

Astrid Ortiz

(Eiffel)

CANDY CANDY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 1976.

FINAL STORY es una historia escrita por Kyoko Misuki, 2010.

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Capítulo 10

La mañana del 18 de noviembre de 1928, un hombre y una mujer dormían plácidamente a la orilla de la playa en una isla del Caribe, ajenos a la marea que había subido, y que bañaba sus cuerpos que aún conservaban residuos de una tarde y noche de pasión. Gaviotas, pelícanos, y otras aves costeras sobrevolaban el espacio donde la pareja había anidado su amor, montando guardia sobre ellos para evitar que alguna especie marina emergiera de las aguas y terminara con la tranquilidad de los saciados seres...

El fue el primero en despertar; una ola más traviesa que sus salinas hermanas había salpicado su rostro, obligándolo a abrir los ojos. 'Ya es de día', pensó, cuestionándose si la pasada noche había sido sólo uno de tantos sueños húmedos que había tenido a lo largo de los años por su pecosa, o si de veras se habían amado en aquella playa... y fue entonces cuando percibió la sensación de un anillo que se cerraba alrededor de su hombría, y al enfocar mejor la vista, la curvilínea figura de su mujer, quien dormía de espaldas a él, le daba los buenos días.

Estaba felizmente atrapado dentro de ella, con ambas siluetas alineadas en una misma posición. El roce de la parte posterior de ella contra él había resultado ser una grata sorpresa con la que no había contado. Si bien le había causado daño esa segunda vez, su pecosa enamorada supo actuar por instinto, reponiéndose del asalto, y terminando por entregarse de lleno una vez más, antes de desplomarse en la arena. 'Eres muy valiente, primor', pensó con orgullo, apartando de la dorada cabeza una madeja de cabellos enredados con el agua salada. Ambos estaban cubiertos de arena a consecuencia de las olas que habían ido a parar sobre sus cuerpos, haciendo que Terry reparara en el sudor impregnado en la espalda de ella, así como en el olor de su cuerpo... 'Apuesto que está durmiendo con una sonrisa en los labios', dijo para sí, 'espero haberla satisfecho...', y con la palma de la mano comenzó a recorrer el contorno de sus hombros, descendiendo por el pliegue de su pecho... y al descansar la misma en la mágica y eficiente cadera, involuntariamente ella tensó la misma, levantando así las posaderas, y con ello, el deseo íntimo de él. Sin poder controlarse, comenzó a temblar dentro de ella, saboreando el roce de su intimidad contra el rígido interior de su pecosa. ¿Para qué negarlo? Le había gustado amarla así, sin formalidades ni parámetros establecidos, conociéndose en todos los planos... y continuó explorándola con la mano, degustando la tersura de la rosada piel cubierta de arena, calando en el laberinto de ella mientras emitía sonidos de amor.

En lo más recóndito de su inconsciencia, Candy sintió una potente y caliente vibración proveniente de la parte trasera de su cuerpo. En algún punto de su letargo, habría jurado tener el más hermoso sueño de amor de una mujer: el de haberse entregado al hombre que amaba, nada menos que rodeados de una exquisita naturaleza... sólo ellos, al aire libre. En dicho sueño, había dejado de ser una jovencita temerosa de abrirse al amor, para convertirse en una mujer plena, hambrienta de compartir su corazón, entregando la flor de su inocencia como prueba del compromiso con el que ella ayudaría a cultivar la relación. En eso, el ritmo oscilante en la parte baja de su espalda se hizo más profundo, alcanzando un lugar, muy dentro de sí, que empezó a arder en fuego con el roce; y fue entonces cuando sintió la palma de la mano de un excelente pianista reclamando su territorio, moldeando su figura como una valiosa vasija, y su piel se estremeció al toque de esa mano que no dejaba de conocerla, de buscarla, de encontrarla... y con sus sentidos en alerta, ella abrió los ojos, y no hacía falta darse la vuelta para saber que todo era real, que Terry le había hecho el amor, y que ambos habían pactado amarse a sus anchas, como marido y mujer...

Apenas recordaba cómo se había quedado dormida; sólo supo que él la había hecho suya por otra vía por un error de cálculo, y que ella se había sobrepuesto al dolor, llegando incluso a alcanzar el goce con él; con lo que no contaba era con haberlo tenido dentro de ella... toda la noche. Ahora él, como su amo y señor, sin haberse separado de ese pórtico que no estaba destinado a ser invadido, se expandía a través de ella con dominio y propiedad, mientras se escuchaban las notas musicales de un hombre poseído por la impaciencia de hacerla suya... y ella obedeció a su mandato, sin necesidad de ordenar a sus caderas que se movieran, pues éstas ya estaban cumpliendo con su trabajo: la de llevar a la cima a su maestro. Todo era tan primitivo, tan salvaje, y a la misma vez tan puro, tan espontáneo, tan apropiado en esa isla virgen que los albergaba, incluyendo el mar bravío que los había arrastrado hasta allí... no era el modo en que un hombre estaba supuesto a tomar a su hembra, y aún así, sentía que era tan correcto, y tan necesario, no guardar secretos para él... y su vientre se contrajo en espasmos de felicidad y orgullo al saberse suya en todos los rincones. Le gustaba... le gustaba... ¡oh, cómo le gustaba! Oleadas de gozo empezaron a rodar por sus muslos al tiempo que él colocaba una mano entre sus piernas, encontrando el manjar que había sido derramado por y para él... y comenzó a hacer coro a los rugidos de su amado, en una armonía de jadeos y agitadas voces.

Al tocar la intimidad empapada en néctar de su esposa, Terry no pudo sentirse más feliz. Tenía la dicha de hacer el amor a una mujer que, además de darle su virginidad, y de recibirlo dos veces en un misterioso portal, también se ofrecía por completo y sin reservas, dejándose llevar por su instinto de mujer para llevarlo al cénit de su pasión. Esa era la Candy que había conocido, y de la cual se había enamorado, con su pureza de alma, olvidándose de ella para darse a los demás, con la diferencia de que ahora se entregaba de lleno precisamente a él, mimándose a sí misma en el proceso... y con todo ese sentimiento a flor de piel, liberó su pócima varonil a través de ese pasadizo ampliado por sí mismo, mientras que su mano se bañaba en la láctea exudación de su pecosa...

Terry retiró, con suavidad, la mano del universo femenino de su señora, y con mucho cuidado de no lastimarla, hizo su retirada de la galaxia interna de ella. Ambos respiraban con dificultad, y aunque permanecía de costado, finalmente giró a Candy en dirección a él, y la besó con vehemencia y furor, siendo interceptado por la lengua y la boca de ella, quien como buena aprendiz, devolvía cada beso con instinto, amor, y un poco de ingenuidad. Se apartó de ella, y apoyando la cabeza sobre un codo, acarició los abultados labios de su grandiosa mujer, y haciendo un gran esfuerzo para articular palabras, dijo, con una sonrisa: "Buenos... días... Tarzán... fogosa..."

Candy aún temblaba como resultado de la mutua entrega, y respiraba de hito en hito, fatigada por la sesión mañanera. Devolviéndole la sonrisa, musitó: "Buenos... días... mi amor...", y sus ojos se empañaron de lágrimas al descubrir un brillo de saciedad en los ojos zafiro, un brillo como no había visto con anterioridad en él. Estaba feliz, satisfecho... y su felicidad era la de ella también. "Tus ojos... resplandecen", añadió entre jadeos, asimilando aún la fusión de su ser con el de él... y entonces él se relajó, cayendo tumbado sobre la arena, y así permanecieron unos minutos, dejando que la brisa del mar acariciara sus sudorosos cuerpos, y el aire fresco de la playa se infiltrara por sus fosas nasales, facilitando así la respiración... y cuando al fin sintió que había regresado a la tierra, Candy comenzó a reír a carcajadas, y Terry volvió a colocarse de lado, rodeando con un brazo la cintura de la rubia. "¿Qué ocurre... acaso eres de esas mujeres que ríen histéricas luego de hacer el amor?"

"Claro que no, tonto", respondió ella entre risas, arreglando las hermosas cejas de él.

"¿Entonces?"

"¡Es que estás cubierto de arena!"

El le dirigió una sonrisa de complicidad. "Pues no pareció haberte molestado hace unos minutos... además, tú también tienes arena hasta en el trasero", y volvieron a reír en aquel desolado paraje. Para Candy, regresar junto a los suyos era una de sus prioridades, pero ahora que tenía a Terry a su lado, y que ella era su mujer, atesoraría para siempre cada paso que tomaba en esa isla solitaria. 'Es una lástima que esté tan apartada de todo', pensó, '¿pero qué paraíso está en medio de una ciudad?', y de repente volvió a reír al recordar todo cuanto había ocurrido desde el instante en que pisara la cubierta del Vestris. "¿Y ahora por qué ríes?", preguntó su marido, "¡Pensé que habías dejado atrás tu flujo!"

Candy rió más fuerte por las ocurrencias de Terry. Por un momento temió que ya no fueran a verse el uno al otro de la misma manera luego de haber iniciado una vida íntima juntos, y que este nuevo aspecto en el diario vivir de ambos los cohibiera de mostrarse tal y como eran; pero por fortuna estaban relajados, bromeando y parloteando como de costumbre. "Creo que sí deberías cambiar de profesión después de todo", señaló.

Terry la miró con curiosidad. "¿Y eso por qué?"

Ella colocó su dedo índice sobre los labios, fingiendo estar en actitud pensativa. "Veamos... primero supones en el barco que yo estaba en medio de mi flujo, y al día siguiente comencé a sangrar-"

"Ya te dije que sólo estaba bromeando-"

"Y luego llegamos aquí, y aseguraste que haríamos el amor antes que cayera la noche... y ahora no dejamos de aparearnos como conejos", añadió Candy con una risa de deleite.

Maravillado con el destello femenino que habían adquirido los ojos esmeralda, él soltó una estruendosa risa. "Pues creo que los conejos son puros y castos comparados con nosotros", y ambos se desternillaron de risa, contentos de platicar, de manera tan abierta y sincera, acerca de su vida marital. En eso, Candy comentó: "Menos mal que no me has dicho que voy a quedar embarazada", y siguió riendo, contrario a él, que había quedado paralizado con el comentario, y su silencio no pasó desapercibido para ella. "¿Qué tienes?", preguntó, acariciándole la mejilla.

Un atisbo de ilusión se asomó a las cuencas de los ojos de él. "¿Crees que hicimos un bebé anoche, Candy?"

Ella se llenó de emoción al escuchar la ilusión en sus palabras. ¿Terrence Granchester, el incansable actor de teatro, hijo ilegítimo del duque inglés Richard Granchester y la actriz norteamericana Eleanor Baker, mostraba deseo de ser padre? "¿Quieres tener un hijo, Terry?", preguntó, con miedo de tener su primer desacuerdo con su pareja.

El movió la cabeza en señal de negativa. "No, Tarzán, no quiero tener un hijo... quiero tener a nuestro hijo, cuando Dios así lo disponga."

Los ojos de Candy se humedecieron de lágrimas. Si alguien en este mundo estaba en todo su derecho a negarse a la paternidad habiendo sido producto de una relación no marital, era Terry Granchester... y aún así estaba dispuesto a gozar de la experiencia de ser padre, con un bebé de ambos. Sin embargo... "Me encantaría tener a nuestro bebé, Terry, pero no debemos... no podemos...", y bajó la cabeza para que él no viera el llanto que rodaba por sus mejillas.

El alzó la barbilla de la rubia para clavar su mirada azul en los ojos verdes. "¿Por qué, Candy... por qué no podemos tener un bebé?"

"Esto es muy extraño", dijo ella con una sonrisa de ironía, desechando sus lágrimas de inmediato, "¿no se supone que seamos nosotras las mujeres quienes supliquemos a los hombres que nos permitan engendrar nuestras criaturas?"

El la miró con seriedad. "Si te refieres a que soy un hijo habido fuera del matrimonio de mi padre, eso no cambia que quiera tener descendencia contigo-"

"Pero no estamos casados, Terry, al menos no del modo en que la sociedad lo aprueba. ¿No sería eso hacer con nuestro hijo lo mismo que hicieron tus padres?" De pronto, Candy enmudeció por lo que acababa de decir. No era su intención ofender a Terry, ni repudiarlo por su condición de hijo ilegítimo, pero le resultaba contradictorio que estuviera dispuesto a tener un hijo bajo las mismas circunstancias, sabiendo las consecuencias de ello.

La seriedad de él se transformó en una leve sonrisa. "¿En serio crees que si tuviéramos un hijo, yo no lo reconocería como legítimo... que no respondería por él? Aún si fuera un niño o niña no planeado, no dejaría de ser deseado..." Fingiendo indignación, él movió la cabeza de un lado a otro con incredulidad. "¡Qué poco me conoces, mona con pecas!"

El corazón de Candy trepidó de alegría al escuchar que él estaría dispuesto a tomar en serio, y con mucho amor filial, su rol y deber de padre. No obstante, había otro punto que discutir, y aunque le costaba tener que hablar al respecto con él, era necesario hacerlo, para mantener abierta la brecha de la confianza entre los dos. "Hay algo más, Terry... ¿cómo crees que debamos planear un bebé si nos quedamos en esta isla? No es lo mismo dos personas adultas como tú y yo jugando al amor, que llevar a un niño en brazos, pasando necesidades, sin ropa ni comida adecuadas para él..."

Aunque le dolía reconocerlo, Terry admitió que ella tenía razón. Traer un niño al mundo sin saber cuánto tiempo permanecerían en la isla de Mona, no sólo sería arriesgado para Candy, sino además un acto inmaduro e irresponsable... y dándose por vencido respecto al tema, respiró profundo y le dijo: "Supongo que estás en lo correcto, Candy... ni siquiera sabemos cuánto tiempo estaremos aquí", entonces una duda atravesó su mente, y no pensó dos veces en preguntar: "¿Y si nunca saliéramos de aquí, Tarzán... qué harías?"

Ella frunció el ceño ante la posibilidad. "No lo había pensado... porque no pierdo la esperanza de salir de aquí-"

"Yo tampoco", interrumpió Terry.

"Pues si así fuera", continuó ella, analizando la situación con prontitud para evitar futuros malentendidos con su marido, "entonces deberíamos aguardar un tiempo y ver si de veras terminaremos nuestros días aquí... y entonces planeamos con más calma lo que vamos a hacer..."

"Hay algo que no has tomado en cuenta aquí, Candy", expresó él con aspecto sombrío, "hemos hecho el amor sin parar desde anoche, así que ya podrías estar-"

Ella manoteó en el aire, descartando la idea. "Querido, hicimos el amor tres veces, pero sólo una en la que realmente pudiste haber plantado tu semilla, y es muy poco probable que eso haya sucedido..."

"¿Por qué dices eso, enfermera?"

Ella suspiró. "Durante mi práctica en la escuela de Mary Jane, ayudé a varios médicos a atender pacientes embarazadas", cerró los ojos al recordar esa emocionante etapa de su vida, "y todas las que acudieron con ellos habían concebido en no menos de una semana de haber tenido su flujo-"

"Y tu sangrado terminó precisamente ayer..."

"Así es."

"Entonces", dijo él con una sonrisa burlona, "debemos tomar medidas preventivas, ¿no crees?", y en una movida repentina, Terry levantó a Candy en brazos, y se alejó corriendo de la playa, subiendo a toda prisa el angosto sendero hacia el acantilado. "¿Qué estás haciendo?", preguntó ella entre risas.

Pero él no aminoró el paso en su carrera. "Acuérdame al regreso recoger la canasta que estaba fabricando para pescar, así como el sobre de Susana-"

Candy lo miró con contrariedad. "¿Y el sobre por qué?"

"Porque quiero que lo conservemos como el vivo recuerdo de cómo fue nuestra vida gracias a esa carta... vacía", dijo él con firmeza, "y te prometo que si algún día saliéramos de aquí, voy a obsequiarte un viejo y ridículo joyero de los Granchester para que coloques el sobre allí, y darle cualquier otro uso que desees", y con ese compromiso aceleró el paso hacia el acantilado, y al llegar, siguió corriendo hasta detenerse en la entrada a la gruta de agua. "¿Vas a bañarte?", preguntó Candy con curiosidad.

Un brillo de determinación incendió los ojos de su enamorado. "Vamos a bañarnos", anunció, "y de paso removeré de ti cualquier rastro de nuestra pasión que pudiera resultar en un bebé-"

"Ya lo hiciste... anoche", dijo Candy con desconcierto, mas no pudo terminar de hablar, pues en un abrir y cerrar de ojos, Terry tomó asiento en el suelo, sentándola en su regazo, y tomando impulso, empujó con todas sus fuerzas, deslizándose ambos por el declive que los llevaría a la alberca de piedra.

Candy gritó de alegría al bajar a la cueva junto a él. 'Ya no me da vergüenza andar desnuda', descubrió con asombro, sintiendo la masculinidad de Terry sobre su espalda. Apartando cualquier deseo amoroso de su mente, se dejó caer al agua con su amado, abrazándolo de inmediato. "Hay que quitarte esa arena", dijo ella entre risas, "¡estás áspero, mi amor!", y antes que él tuviera tiempo de frenarla, le dio a beber un puñado de agua, y luego procedió a frotar con vigor el amplio pecho, la fornida espalda, sus brazos, sus piernas, su hermoso y oscuro cabello... y él no pudo sino sonreír por la cotidianidad y naturalidad con que ella lo atendía, no como a un paciente, sino como a su fiel compañero.

Candy se detuvo un momento para beber un poco de agua, pues estaba sedienta, y resumió sus labores en el aseo de su marido, dedicándose esta vez a sus posaderas... y al frotar el espacio entre ellas, él se tensó de inmediato, dispuesto a soportar la dulce tortura de sentir los dedos y las manos de ella sobre su piel.

Al percibir la rigidez de su amante, ella retiró la mano, y fue así como pudo contemplar la redondez de esa parte posterior. Al sentir los ojos de la pecosa sobre su cuerpo, él se llenó de masculino orgulloso al saberse deseado por el objeto de su afecto, y se volteó hacia ella, con su herramienta de amor en su máxima extensión.

"¡Terry!" Candy se llevó las manos al rostro, apenada por haberlo provocado. "Terry, lo siento", se disculpó, "tan sólo te estaba observando... eres tan atractivo que...", y se mordió los labios al ver que estaba empeorando las cosas, hasta que él guió las manos de ella hasta su pecho, y con voz ronca, casi irreconocible, le dijo, en tono casi autoritario: "Tócame"... y como toda esposa obediente, ella acarició los pechos de él con suma delicadeza, sonriendo al ver cómo la piel de él se erizaba bajo sus dedos... y en un momento de inspiración, volteó las palmas hacia arriba, y con la punta de las uñas, empezó a recorrer toda la longitud del torso de su duque, hasta detenerse en el vientre, y una vez allí, decidió probar a ver si él se mostraba tan sensible en esa zona tal y como le ocurría a ella.

Terry no dejaba de contemplar a la diosa del Olimpo que con sus uñas y sus manos manifestaba un cariño y deseo desmedido. Estaba conociendo su cuerpo, y ello lo alegraba sobremanera. Poco a poco, su pecosa había salido de su caparazón hasta abrir sus alas en pos de su libertad, y ahora lo exploraba con curiosidad, la misma que siempre mostraba ante cada nueva aventura, cada nueva experiencia en el mundo... y entonces ella comenzó a trazar círculos en su vientre, haciendo uso de sus prácticas y versátiles uñas, haciendo que cerrara los ojos, y dejara escapar un gemido de gozo.

'Esto es amor', pensó Candy con asombro, 'sólo dos personas pueden reaccionar así, comunicarse entre ellas en cuerpo y pensamiento'... pero su reflexión se vio interrumpida por él, quien raudo y veloz le arrancó el collar de su cuello, arrojándolo al borde del declive. "Eso me distrae", dijo con voz inaudible; y con mayor rapidez de lo usual, la acercó hacia él, y le removió toda la arena del cuerpo. "Tú también te ves muy mal", le dijo, provocando el enojo de ella, quien le lanzó una buena cantidad de agua al rostro. "¡Mocoso atrevido!", exclamó, y se abalanzó sobre él, manoteando sobre su cabello para darle su merecido; pero él, aventajándola en fuerza y estatura, la colocó de bruces sobre su hombro, y la llevó de vuelta al borde. "¡Oye!", protestó ella pataleando en el aire, "¡Esto no es la era de las cavernas!"

"Pero estamos en una", dijo él divertido, sentándola justo en el borde, mientras el actor permanecía de pie, con la mitad de su cuerpo bajo el agua... y sin decir más, bajó la cabeza hasta el torso de ella, y con la boca comenzó a sorber uno de los ya levantados pechos.

Los gemidos de la rubia no se hicieron esperar. Terry la tocaba con tanta dulzura, y el roce de sus labios sobre su pecho era tan gentil y ardiente a la vez, que su corazón volvió a flotar en el aire, y por instinto empezó a tocar el pecho que había escapado al aguijón del zumbador. "No tan rápido, cariño", dijo él, apartando la mano del capullo que estaba sin atender, "no queremos que éste se nos ponga celoso", y descendió al segundo pecho, probando la delicadeza de la punta de esas firmes y hermosas llanuras, mientras que con una mano hacía deliberadas vueltas alrededor de la otra colina... y Candy sintió que se acercaba cada vez más al cielo en cada caricia de él. De haber sido otro quien la tocara de esa manera, o besara de esa manera... no soportaba el solo hecho de imaginarse al lado de otro que no fuera Terry, y hubiera preferido mil veces quedarse sola el resto de su vida antes que estar con otro hombre que no fuera él.

Con los ojos cerrados por la creciente pasión que se acumulaba para sus adentros, no se había percatado que él se había apartado de aquellas dos gemas femeninas, y que ahora descendía al montículo que resaltaba de entre sus piernas... y de pronto sintió la calidez de la boca de Terry probando la melaza que ya brotaba de su interior. "¡Aaahhh!", gritó de sorpresa, mientras sus piernas comenzaban a adquirir voluntad propia, extendiéndose en toda su amplitud hasta que ya no pudo moverse más. Sin saber lo que hacía, removió los cabellos de Terry a medida que él apartaba con los dedos las dos puertas que conducían al misterio oculto de su femineidad, y lo oyó decir: "Existe una joya en cada mujer, pero casi nunca logra ser encontrada... mas yo la encontraré", y con su boca se adentró en territorio líquido y preciado, mientras ella se aferraba al borde del declive con ambas manos, incapaz siquiera de respirar o de hablar. El continuó castigándola con la boca y con la lengua, dándole su merecido por haberlo provocado mientras lo aseaba, y ahora ella lo pagaba con creces... y con amor. Así estuvo por unos minutos, expuesta tal cual era ante su amado Terry, mientras que él se desenvolvía con soltura en la interioridad de su cuerpo... hasta que sus labios tocaron un pequeño bulto que sobresalía del resto de su interior. "Aquí está... tu esencia de mujer", y con su boca empezó a trazar círculos alrededor de esa perla mágica que no sabía que tenía, haciendo que ella se echara hacia adelante en completo trance y éxtasis, mientras deliraba de placer... y fue entonces cuando Terry decidió que estaba lista para aceptarlo dentro de ella una vez más, y sin previo aviso, avanzó y entró en su magnífico ser, tan profundamente que sintió los músculos de ella extenderse a la llegada de su amante. "Tranquila, amor", dijo él con posesivo orgullo, "ya estoy aquí", y sujetó las caderas de ella con fuerza, al mismo tiempo que ella se aferraba a los hombros de él, mientras ambos se movían en un frenético arrebato de ardor, cantando, gimiendo, amando... "Ahora... tendré... que bañarte... de nuevo...", gruñó él en cada avance, hasta que ambos culminaron en una líquida y espesa comunión de sentimientos.

'Suficiente... tienes que parar', pensó Terry, estrechamente abrazado a ella, componiéndose de su agotamiento. Sobre su hombro, Candy comenzaba a llorar en silencio, atenuando aún más la debilidad de la chica. "¿Te hice... daño?", preguntó angustiado, acariciando con las palmas de las manos la sudorosa espalda. "Estás... temblando", señaló.

Llorando sobre el cálido hombro de su esposo, ella intentó recuperar el aliento. "Estoy... bien", musitó entre sollozos, "me... gustó... mucho... me da... mucha... pena..."

"¿Qué te da... pena... pecosa... disfrutarlo?" Pero ella no respondió, y finalmente comprendió que era hora de hacer un alto a sus prácticas amatorias. Apenas había despuntado el alba, y ya su Tarzán fogosa se había desmayado sobre su hombro. 'Pobre', pensó con remordimiento, 'hasta ayer eras virgen, mi amor, y no te he dejado descansar... hemos hecho el amor cuatro veces en sólo unas horas', y con mucho cuidado la acostó sobre el borde, mientras que con su mano tomó un puñado de agua, y la aseó por segunda ocasión, esta vez con mucha suavidad y cariño, brindando especial atención al jardín que guardaba los brebajes preparados por ellos. Había atinado a encontrar dentro de ella el lustroso nácar que poseían las mujeres, pero que pocos hombres sabían aprovechar; y ahora que lo había hallado en ella, tomaría cualquier oportunidad que se le presentara y hacer uso de esa perla secreta para hacerla feliz en medio de la incertidumbre de estar en la isla, pero no ahora... no mientras estuviera tan maltrecha. "Debes tener hambre", dijo en voz alta, con su propio estómago protestando por haber sido relegado a un último plano por tanto tiempo; y para no prolongar más el desayuno de ambos, se zambulló de nuevo en el agua, y se restregó el sudor de su cuerpo, sonriendo por el modo en que ella lo había incitado con sólo explorar su anatomía con sus traviesos y diminutos dedos... y una vez hubo terminado, regresó al lado de su tigresa, quien ahora dormía profundamente al pie del declive. "Eres increíble, Candy", dijo con orgullo, buscando la manera de subirla de regreso a la parte superior de la cueva sin despertarla, pero todo era inútil: no había modo en que pudiera sacarla de allí, a menos que fuera arrastrándola boca abajo, y él no haría eso a su pecosa durmiente... y no le quedó otro remedio que dejarla allí, custodiada por las corrientes de agua dulce, y salió en busca de alimento.

Los minutos transcurrieron en la tranquilidad de la acuática caverna. Las puras y apacibles aguas permanecían quietas, velando el sueño de la mujer que recién se había iniciado al erótico arte de amar. Una gama de colores, producida por el reflejo de agua en las cóncavas paredes, atravesaba el cerrado espacio con alegre fulgor, cubriendo la piel al descubierto de la musa con toda una variedad de tonalidades, impartiendo calor al cuerpo que había sido tomado varias veces en nombre del amor... esto, y los efectos calmantes del silencio, en conjunto con la placidez de haber sido saciada por su fervoroso amante, hicieron que Candy tuviera un sueño tranquilo, profundo, relajado, y poco a poco, comenzó a respirar con normalidad, y se renovaron sus fuerzas...

Un fuerte y delicioso olor se infiltró en su nariz, agitando su adormecido estómago. 'Es carne', pensó, relamiéndose los labios antes de abrir los ojos, y encontrarse en la soledad de la cueva de agua. "¿Terry?", preguntó con voz aletargada. ¿En qué momento se había marchado, y por qué? Con su estómago refunfuñando a la espera de alimento, miró el declive en cuyo borde había descansado, y comprendió el por qué había permanecido allí: en su desgastada condición, debió haber pesado como el acero, dificultando a Terry la tarea de subirla hasta la salida. Apoyando las manos en el suelo, comenzó a levantarse con lentitud, procurando evitar que las piernas le flaquearan. Desde que Terry y ella hicieran el amor por primera vez, apenas había puesto pie alguno sobre el suelo, así que debía incorporarse e intentar dar unos cuantos pasos. "Eso es, Candy, sin prisa...", y aunque se había vuelto tan amante de las relaciones íntimas como él, supo que necesitaba frenar un poco su ansia de amarlo, al menos un par de horas, o de lo contrario, sufriría un infarto o padecería inanición... y comenzó a reír ante el absurdo de dejarse morir de placer. "Terry, querido", dijo con dulzura, afirmando los pies en el suelo, "debemos recuperarnos un poco primero, y abstenernos la semana entrante..." Lo cierto era que no debían arriesgarse a concebir un hijo en sus días más fértiles, y al paso que llevaban en su mutuo reconocimiento físico, estaría con la panza ocupada antes que diera comienzo el 1929. Sin embargo, una parte de ella añoraba albergar una criatura de Terry en su vientre, mas no en ese panorama tan incierto, y no mientras no estuvieran casados en propiedad, para evitarle a su retoño el atravesar por las mismas dificultades que su amado esposo. No era que se avergonzara del pasado y origen de Terry, pero en vista de la consagración artística de su amado, sería escandaloso formar una familia fuera de lo tradicional, no sólo para Terry y el bebé, sino también para Eleanor Baker, sobre quien recaería toda la responsabilidad de haber traído al mundo a un hijo ilegítimo que no hizo sino seguir su "descarado" ejemplo... y fue así como descubrió, con lágrimas en los ojos, que Terry había nacido del amor entre el hermético Richard Granchester y la célebre y veterana actriz, y no a consecuencia de una noche de copas. "No debes avergonzarte de eso, amor mío", pensó con felicidad, teniendo presente la importancia de planificar sus encuentros amorosos alrededor de su calendario mensual, y con ello evitar caer en una paternidad negligente... aunque ahora estaba completamente segura que Terry sería un magnífico papá. "Aún no", se repitió, rogando a Dios porque les diera, tanto a ella como a Terry, la fuerza de voluntad necesaria para no sostener encuentros amorosos en la semana venidera... y a juzgar por el enorme trabajo que le estaba costando ascender hasta el resto de la cueva, no sería tan difícil abstenerse después de todo.

Finalmente, alcanzó el agujero que la llevaría de regreso a la parte principal del acantilado, y hacia Terry. Caminó con las piernas separadas, adquiriendo conciencia, por primera vez desde que se entregara a él, de los cambios que había sufrido su cuerpo a raíz de los avances de Terry. Le tomaría un poco de tiempo acostumbrarse a los nuevos pliegues en los confines de su cuerpo, asombrada de la elasticidad que podía tener una mujer para acoger a su varón dentro de su ser. Sonrojada de orgullo al saber que su anatomía interna estaba ahora amoldada a imagen y semejanza de las formas de Terry, Candy siguió su camino al encuentro de su cómplice de aventuras y pasiones... y allí estaba, a las afueras del acantilado, terminando de preparar lo que aparentaba ser otro animal rostizado, un poco más pequeño que el delicioso lagarto del día anterior. "¡Hola, mi amor!", exclamó ella con alegría, observando una pila de hojas de palmera apiñadas cerca del fuego. "¿Cuánto tiempo estuviste en la playa?", preguntó con interés.

El lanzó un silbido de alivio al ver a su tigresa, ya repuesta, caminando de una forma extraña, y sonrió para sus adentros al ver que él había sido el responsable del cambio en el interior del diminuto y ameno cuerpo. "Vaya vaya", dijo con mofa, soplando la carne asada para evitar quemarse con la alta temperatura de la misma, "hasta que Tarzán fogosa decidió salir de su aposento", continuó moviendo los brazos de un lado a otro para enfriar el asado, "Cinco minutos más, y hubiera enviado por una ambulancia..."

Candy contuvo los deseos de reír ante el comentario. "¿Así me vas a llamar ahora?"

"¿Prefieres Tarzán pecosa entonces?"

"¿Y qué prefieres tú... a la pecosa o a la fogosa?"

"No me tientes", dijo él, con ojos pícaros y serios a la vez, "la última vez que lo hiciste, terminaste roncando y babeando de gozo allá en la alberca-"

"¡Pues yo no ronco y mucho menos babeo!"

"¿Cómo puedes estar segura... acaso te has escuchado a ti misma mientras duermes?"

"¡Eres un mentiroso!"

"Sí lo soy", confirmó él con una encantadora sonrisa, irrumpiendo en sonoras carcajadas. "Sólo quería verte enfadada, eso es todo."

Ella lo miró sin comprender. "¿Y eso por qué?"

Con una mirada de ensueño, él respondió: "Porque sólo así pensarás en otra cosa que no sea retozar conmigo por los alrededores..."

A pesar del buen gesto de él para no retomar con ella sus lecciones maritales, ella no pudo evitar sentirse ofendida. "Lo dices como si hiciéramos el amor sólo para matar el aburrimiento..."

"No me refería a eso y lo sabes", aseguró él con una convincente sonrisa. "Deberías estar agradecida de que estemos a punto de devorarnos esta carne y no a nosotros mismos", y buscó a tientas una ramilla con la cual pudiera hacer un corte a la comida, y justo cuando estaba por hacer la primera incisión, ella se le acercó por la espalda, y lo abrazó con fuerza diciendo: "Tienes razón, Terry... perdóname", y enseguida él se dio la vuelta, y correspondió al abrazo, probando, por una milésima de segundo, los rosados y ahora funcionales labios. "No hay de qué perdonarme, pecosa... fui yo quien empezó a molestarte", y se dispuso a cortar la carne cuando de repente ella tomó dos de las hojas de palmas que yacían en el suelo, colocando una de ellas sobre la cabeza del actor, enrollándola como perro caliente, mientras que con la otra formó una especie de falda alrededor de la varonil cintura. "¿Y esto?", preguntó él divertido, "¿ahora eres diseñadora de moda?"

Esta vez fue Candy quien soltó una fuerte risotada. "Es tu gorra y tu delantal, mi querido chef", señaló, a medida que distribuía dos hojas adicionales frente a ellos, "veamos qué tal te fue con tu platillo", y entre risas ambos se sirvieron del aromático e interesante manjar, degustando del mismo como si fueran gastrónomos profesionales. "Lo felicito, chef Granchester", dijo ella con un guiño de ojo, "es usted todo un experto en la confección de...", se llevó un puño a la boca, "¿qué fue esto que atrapaste?"

"Una tortuga de mar."

"Una tortuga de mar", repitió ella, completando la reseña culinaria del día, hasta que su cerebro finalmente registró la respuesta de él. "¿Quéeeeeeeee?" De pronto, pensó en Julie, la tierna mascota de Patty, y de los resultados que tuvo para la rubia el haber luchado con uñas y dientes para que su nerviosa amiga no perdiera a su compañera fiel. "¿Nosotros comimos quéeeeeeeeee?"

Terry permanecía impasible mientras terminaba de saborear un último pedazo. "¿Y qué creías que era... un mono?"

"¡Por supuesto que sí!", y al ver que él la miraba con incredulidad aclaró. "Esta es la isla de Mona, ¿no?"

"Pues hasta ahora no he visto ninguno por aquí", sostuvo él, desprendiéndose de su disfraz; no quería tener otro episodio de urticaria. "La próxima vez, si no te gusta el animal de mi selección, entonces vé tú y atrapa otro-"

"¿No había otro que no fuera una pobre tortuguita?"

El observó el rostro compungido de su pecosa; de seguro ella rememoraba sus días en el colegio San Pablo cuando casi pierde la oportunidad de participar del Festival de Mayo por haber defendido con tesón a la tortuga doméstica de la gordita amiga de Stear. "De acuerdo; no más tortugas, pero a cambio me ayudarás a atrapar peces, ¿está claro?"

Como leal soldado, ella se llevó una mano a la frente. "Sí, mi señor." Iba a levantarse para ordenar el lugar un poco cuando él la detuvo por una de las muñecas. "Aguarda", dijo, extrayendo dos sólidos objetos escondidos bajo otra pila de hojas, "se nos olvidaba el postre..."

"¿Cocos?", preguntó ella con entusiasmo, "¿cómo hiciste para abrirlos?"

"Con una piedra muy pesada y puntiaguda que encontré cerca, y con un poco de suerte", respondió él, compartiendo con ella el sabor refrescante de los frutos playeros. "Traje también la canasta de pesca y el sobre de Susana."

"Oh", musitó ella, contemplando con admiración al hombre que había tomado todas las provisiones necesarias para llevar una digna calidad de vida en la isla, y aún estaba absorta en su fascinación cuando él interrumpió sus pensamientos: "Por cierto, ¿qué hiciste con el collar?"

Ella mostró la mejor de sus sonrisas. "Lo dejé en la cueva de agua... ya no me interesa-"

"¿Y por qué, si se puede saber?"

"Porque era un corazón oxidado", respondió ella con sabiduría, y ambos sonrieron ante lo que había implicado dicha acción: Tarzán fogosa había mantenido oculto en un viejo y sucio collar el único obstáculo que le impedía aceptarlo en su vida, y ahora que había vencido al pasado para estar junto a él, no precisó más de la mísera e inservible joya. "Me parece muy bien que lo hayas hecho", se limitó a decir, y entonces se levantó, mientras Candy hacía lo propio, y entre los dos recogieron el desorden que habían hecho con el desayuno, que a esas horas era más bien un almuerzo. "¿Cuánto tiempo crees que pase antes que veamos un barco o un avión por aquí?", preguntó ella, a modo de hacer conversación.

"No deberíamos pensar en los días u horas que eso tome", sugirió él, para no caer en el desespero. "Lo mejor que podemos hacer es acoplarnos a lo que nos ofrece esta isla, y tratar de aburrirnos lo menos posible", y dicho esto, rodeó la cintura de su esposa con un brazo, y ambos bajaron a la playa a pasar un día lleno de actividades: Fabricaron cestas/intentaron pescar/ fallaron/lo volvieron a intentar/volvieron a fallar/perdieron la paciencia/se enojaron el uno con el otro/dieron un paseo para calmarse/hicieron las paces con un beso/rompieron más cocos/él colocó dos de ellos vacíos en los pechos de ella/ella se los aventó furiosa/ella correteó tras él/no lo alcanzó/ él rió/subieron al acantilado/fueron por sábila/se aplicaron la sábila/bajaron a pescar/al fin atraparon algo/subieron una vez más/volvieron a encender la fogata/cenaron/tomaron asiento en el umbral de la cueva/contemplaron el anochecer... e hicieron el amor, en lo que habría de conformar ahora su lecho matrimonial en la panorámica entrada al acantilado.

A diferencia de las cuatro previas ocasiones, Terry la había seducido en forma más pausada, para evitar que los venciera el cansancio luego de un largo e interesante día... y para no abusar demasiado de su pecosa, esta vez la montó encima suyo, permitiéndole galopar y retorcerse a su antojo sin ser aplastada por él... y grande fue su algarabía al sentir cómo el interior de la rubia se adhería al miembro de él, tomándolo como feliz prisionero mientras ella le obsequiaba fluidos exclusivos para él, y Terry no demoraba mucho en retribuir el regalo con uno de su propia colección. Al terminar, su sudorosa compañera echó la cabeza hacia atrás, riendo de felicidad por haber llegado a la gloria sin perder su sentido de la orientación. "Ya... te estás... acostumbrando...", ronroneó él, manteniéndose dentro de ella.

Candy respondió con una seductora sonrisa. "Tengo... un buen... maestro", dijo, elevando el ego de su amado a tal grado en que lo sintió crecer una vez más dentro de su intimidad. "Quiero... hacerlo... otra vez...", y con increíble vigor, se amaron toda la noche, varias veces, de muchas y nuevas maneras, y cada gota que provenía de lo más profundo de él era recibida por ella con alegría y gozo, mientras ella se ocupaba, al mismo tiempo, de demostrarle lo mucho que él le importaba, a través de caricias y expresiones físicas que no hubiera sido posible prodigarle de no haber sido por todo cuanto él le había enseñado...

Y conforme pasaron los días, las vidas de Candy y Terry alternaban entre preparar múltiples fogatas para atraer la atención de algún potencial rescatista, adentrarse un poco más en la espesa vegetación central de la isla en busca de vida humana o alguna especie animal que les sirviera de alimento, jugar como niños pequeños a la orilla de la playa, y unirse en alma y cuerpo con pasión desenfrenada... la mayor parte del tiempo. 'No se cansa de hacerme el amor', pensaba ella, sorprendida de que él aún mantuviera las ganas y el ímpetu de hacerla suya a cualquier hora y en cualquier lugar: sobre las palmeras, tirados entre los arbustos, o simplemente de pie en el mismo medio de la playa... Terry era como un pájaro que había estado enjaulado mucho tiempo, para luego ser liberado y disfrutar a sus anchas de su libertad, con la diferencia de que aún no se extinguía el fuego de su pasión, lo que la llevó a descubrir, sin necesidad de preguntarle al respecto, una hermosa verdad: a excepción de ella, su esposo no había tenido contacto físico con mujer alguna en mucho, mucho tiempo... y con mayor razón ella se entregaba gustosa a las ansias de él. La buscaba en cualquier momento, incluso mientras dormían... simplemente no podía quitarle las manos de encima, y cuando a mitad de la noche él alargaba un brazo para acariciarla en su intimidad, ella sabía muy bien lo que tenía que hacer, y cómo lo tenía que hacer. Así pues, sedientos de un amor reprimido por tantos años, ambos canalizaban, día tras día, y noche tras noche, todo el cariño que habían mantenido resguardado en lo más recóndito de sus corazones, y que ahora dejaban aflorar por medio de sus charlas, sus aprendizajes en la isla, y sus pasionales ratos de amor y ocio...

Ni siquiera la llegada de la tan temida semana en que no debían tocarse detuvo a Terry en su desespero por amarla: haciendo uso de la técnica que había aprendido justamente con ella, así como de juegos y caricias que no envolvieran un apareo de jugos amorosos, continuó imprimiendo el sello de su amor en ella, procurando llenarla de alegría del mismo modo en que ella había llenado con júbilo el vacío de su corazón.

Una tarde, casi al filo del anochecer, ambos se encaminaban a darse un baño en la privacidad de su alberca personal. Como habían hecho tantas veces, Terry se colocó detrás de su esposa para iniciar el divertido recorrido hacia el fondo del agua. "Ya veo que es cierto lo que dicen", mencionó al oído de su mujer.

Candy sintió un escalofrío de emoción al sentir el cálido aliento de él cerca de ella. ¡Nunca se cansaría de él... nunca! "¿A qué te refieres?", preguntó con una sonrisa.

El le dio un beso en el hombro. "Se comenta que cuando una mujer se inicia en los juegos amorosos con su varón, el cuerpo de ella cambia, se torna más voluptuoso, como una tentación", trazó con la palma de la mano el contorno de sus posaderas, "y tú te has transformado como no tienes idea..."

Ella contuvo la respiración al sentir la experta mano de él desplazándose por su redondez. "Tú también estás cambiado... mira nada más cómo te ha crecido el cabello en tres semanas, te ves justo como cuando te conocí-"

"Y tú tienes la melena de Lady Godiva, y eso me fascina", susurró él, dando una palmada en el suculento trasero de ella antes de tomar asiento e impulsarse; pero ella perdió el balance, cayendo hacia adelante, y dando tumbos a través del declive, cayó bruscamente al agua, dando contra el fondo de la misma. "¡Candy!", gritó él, lanzándose por el declive él mismo, sumergiéndose en el agua de inmediato, y allí estaba, aturdida por la caída, tragando agua por el inesperado resbalón. Sin tiempo que perder, la ayudó a subir a la superficie, y frotó el hermoso rostro de ella con ambas manos, para asegurarse que estuviera conciente. "¿Candy, estás bien?"

Ella no pudo menos que sonreír. "Todo está bajo control, mi vida", dijo, sacando la lengua para reforzar su respuesta. "Sólo fue una caída, no se me ha roto nada", y para mostrarle que lo que había dicho era cierto, nadó como una experta sirena, y luego procedieron con el ritual del baño, pero esta vez él no le puso un solo dedo encima como en días anteriores. Antes de acostarse a dormir, revisaría que no hubiera sufrido una fractura o contusión... lo menos que necesitaba en esos momentos era que su pecosa atravesara un percance de salud.

Lejos de alegrarse al ver que él se había abstenido de sostener relaciones físicas con ella esa noche, Candy frunció el cejo, consternada. ¿Acaso Terry pensaba dejar de tocarla sólo porque había caído de mala manera en la cueva de agua? Para aliviar un poco la tensión de él, lo condujo hasta la moribunda fogata que aún lanzaba pequeñas chispas de fuego en la tibia noche, y lo abrazó por la cintura, con todo el amor que aún le tenía reservado, cuando de repente le sobrevino un fuerte e insoportable dolor en su vientre, haciéndola retorcerse de dolor. "¿Candy, qué tienes?", preguntó Terry con preocupación.

Pero ella no tuvo fuerza para responder. Encorvándose sobre la tierra, comenzó a dar alaridos de dolor, y Terry corrió a su lado, y frotó con suavidad el inflamado y adolorido vientre. "¿Candy, qué sientes?", preguntó con desesperación. "Se adelantó tu flujo, ¿verdad?"

En medio de su agonía, ella negó con la cabeza. ¡Nunca antes había experimentado un dolor tan grande! Conocía bien las señales y antesalas a su sangrado mensual, y definitivamente ésta no era una de ellas. En eso, tuvo unos repentinos e incontenibles deseos de ponerse en cuclillas, y cuando se agachó para hacerlo, sintió un gran peso que bajaba de sus entrañas, provocando intensas y punzantes contracciones, hasta que no pudo respirar más por la ansiedad y el desespero en el cual se encontraba, y lanzó un grito que alcanzaba el paroxismo a la vez que su cuerpo soltaba una pesada e inminente descarga: "¡Ahhhhhhhhhhh!"

"¡Candy!" Alarmado, Terry estaba al borde de un ataque de nervios. 'Cálmate, Granchester... piensa que estás a punto de aparecer en una de tus obras', y practicando las técnicas de respiración que le inculcaran en la compañía Stratford, sostuvo a una llorosa y sudorosa Candy del brazo y le dijo: "Tranquila, mi amor, trata de levantarte, debo revisar que estés bien", y sus palabras fueron tan calmantes que ella se dejó guiar, poco a poco y de la mano de él, hasta que estuvo en pie... y fue entonces cuando ambos se dieron cuenta de lo que había pasado.

Un enorme charco de sangre estaba desparramado justo bajo sus pies.

Candy quedó inmóvil al contemplar el suelo manchado de rojo, y como enfermera graduada, no necesitó de alguien que le diera explicaciones sobre lo que acababa de presenciar. Desafortunadamente, lo había visto un sinnúmero de veces, en el hospital Santa Juana, y en muchas otras facilidades médicas, y en cada circunstancia había sentido una pena inmensa por las pacientes afectadas...

"¿Candy?" Desconcertado, pero más que nada, alarmado, aunque no se lo haría saber a ella, Terry clavó sus ojos azules en los de ella, buscando una respuesta clínica a sus inferencias, aunque su corazón ya anticipaba la respuesta. "¿Candy, ése es tu flujo?"

El dolor había desaparecido por arte de magia, mas no así el gran desasosiego que había arropado su corazón. "No, Terry", musitó, sin apartar la mirada, "no es mi flujo, es... es tejido", y antes que él pudiera indagar más, lanzó un grito agudo y desgarrador, retumbando en las piedras de los acantilados, y asustando a las aves que recién se habían ido a dormir... y Terry, adormecido en su propio asombro y desconcierto, la abrazó como un tonto, impotente de hacer algo para aliviar la desesperanza que se había apoderado de ella... y ahora de él. Con lágrimas de frustración y sobrecogimiento amenazando con pintar de gris su firmamento, frotó la sudorosa espalda de ella con una mano, hasta que ya no pudo evitar que el llanto rodara por sus propias mejillas. "No lo sabía... Terry... ¡te juro... que no... lo sabía!", gritó ella inundada en llanto. Lo cierto era que no había tenido ningún síntoma o aviso de la gran obra de amor que ella y Terry habían formado en su interior. Tan sólo llevaban tres semanas en la isla... tres semanas... y a juzgar por la descarga de sangre, se trataba de un embrión, lo que significaba que la semilla de amor que Terry había puesto en ella había germinado tan rápido como en su primera vez, habiéndoselas arreglado para colarse en sus entrañas mucho antes que él removiera otros abonos de su cuerpo. "¡No lo sabía, Terry!", repitió, reprendiéndose una y otra vez por no haberse sabido andar con cuidado, "No pude... protegerlo... ¡no supe... proteger... a nuestro bebé!"

"No es tu culpa", murmuró él, sorprendido por el modo en que Dios obraba los milagros sobre la tierra, en los más inexplicables escenarios... milagros que luego se desvanecerían con un solo error de- "La culpa es mía", dijo, con la certeza de haber detonado la bomba de tiempo que destruyera la nueva vida que se había alojado en el vientre de su mujer, al haberla movido a la entrada de la cueva de agua. "La culpa... es sólo... mía", y sin contener más sus emociones, mandó al cuerno los ejercicios de relajación y compostura aprendidos en Broadway, y se desprendió en llanto, abrazado a su esposa mal herida. ¡Ni siquiera podía llevarla con un médico! 'Ayúdanos, Dios mío', imploró, como muy pocas veces había hecho en toda su vida... y en silencio, ambos caminaron cabizbajos al interior de la cueva, y una vez allí, él la acunó en sus brazos, hasta que se quedó dormida en un mar de lágrimas, y una vez se aseguró que ella estuviera en reposo, dio rienda suelta a su propio y desesperado llanto.

Quiero aclarar que aunque las posibilidades de quedar embarazada inmediatamente después de culminar el período sin poco probables, tampoco son imposibles pues eso fue lo que ocurrió con mi segundo embarazo. Aquí tienen enlaces que informan sobre el particular... muchas gracias

cuanto-despues-periodo-menstrual-puedes-quedar-embarazada-sobre_171391/

articulos/embarazo/concepcion/quedarse-embarazada-durante-la-menstruacion-es-posible