Capítulo 10: El pokémon que protege la tabla llama
Otro paso. Y por fin, después de recorrer los pisos laberínticos de la Torre Hojalata, el cazador llegó finalmente a su fin. Al último piso. Por el camino, tuvo que pelear contra multitud de pokémon (Casi todos de tipo Tierra y Fuego, básicamente de estos últimos Slugma) que parecían haber sido puestos ahí para impedir el paso de cualquiera que quisiera culminar la torre.
Una vez hubo salido al exterior, una extraña sensación le inundó. Era una mezcla de terror, juntamente con excitación. Al menos tenía suerte de no sufrir vértigo, puesto que la caída… bueno, la caída era lo de menos. La multitud de metros que habían desde el suelo hasta el final de esta, hacía que cualquier intento de sobrevivir a una bajada de emergencia tirando por lo sano (Ironías de la vida) fuera igual a la importancia de la energía cinética durante ese corto trayecto de tiempo.
Hizo un paso hacia delante para maravillarse con lo que se encontraba delante de él. Era un impresionante nido… de algo parecido a arcilla en el que descansaba algo.
-Por el metrónomo de Mew… ¡Un ejemplar del legendario Ho-Oh!-Dijo totalmente anonadado. Y es que, el pájaro, que descansaba ignorando la totalidad de los sucesos que habían tomado parte en el interior de la torre, solo con su presencia, hizo que el pulso del cazador subiera, así como que empezará a sudar. Cosa normal, teniendo en cuenta el calor corporal que desprendía tan magno pokémon.
Y… ¿Qué es lo que debería hacer en ese momento? Según le habían informado, las leyendas chinas contaban que los antepasados de ese lugar habían otorgado la tabla que representaba al fuego al pokémon que consideraban como la viva representación de las llamas, que sin duda era él. Este, se suponía que había cogido la tabla, y la había puesto a buen recaudo.
Por supuesto, la organización le había dicho que la tabla se encontraría en el nido del pokémon, en el caso de que la leyenda fuera cierta. Pero… ¿Hasta dónde el mito era verdad?
Otro paso. Y otro. Cada vez se oye con más fuerza el respirar del pájaro arcoíris, mientras que, él solo sabe que observar la situación, mientras no deja de sujetar dos esferas de colores oscuros. Tiene que ser rápido. Un movimiento tan rápido que me permita discernir acerca del lugar donde se encuentra la tabla. Cogerla… y misión cumplida.
El pájaro deja ir un gruñido. El se pone en posición de ataque, y lanza las dos bolas. Un sonido ensordecedor invade la zona, y dos haces de luz liberan sendas criaturas. Magcargo y Camerupt. El segundo hace un gruñido mientras le ordena a la torre que empiece a danzar. Sí, se trata de un ataque terremoto.
Mientras la torre empieza a moverse frenéticamente de un lado a otro, se oye el rechinar de la misma, así como el cazador observa como varias tejas oscuras, las que formaban el techo cuadrado empiezan a desprenderse.
El aire golpea fuertemente, y claro está, su respiración es más acelerada. Se encuentra a bastante altitud, y las reservas de oxígeno que entran en sus pulmones son menores a las que se encontrarían metros más abajo, partiendo ya del hecho de que se encuentra a muchísimos metros por encima del mar.
El ataque parece ofender al pokémon, el cual se levanta ofendido, dejando ir un grito que, si entendiésemos lo que decía, de bien seguro sería un improperio. Sus alas se alzan majestuosas, formando un arco alrededor de su pequeña cabeza y su largo cuello. Una fuerte corriente de aire sale disparada hacía los dos pokémon, así como su entrenador, el cual se protege con sus manos, puesto que el aire no viene solo, sino acompañado de tejas y partículas que provienen de la erosión.
-¡Magcargo! ¡Camerupt! ¡Poder pasado a distrección!-Gritó el entrenador, mientras colocaba la palma de su mano horizontalmente encima de sus cejas, para que el sol no le vislumbrará, y así poder ver con más exactitud el lugar.
El Ho-Oh recién había emprendido el vuelo, aleteando furiosamente sus alas, y gritando su nombre con rabia, cosa de entender porque le habían despertado malmetiendo su lugar de descanso.
Multitud de rocas salieron disparadas contra el pájaro, que se quedó en su posición observándolas, mientras aspiraba rápidamente energía, e interceptaba dichas rocas con una ráfaga de fuego.
Y en ese momento. En ese preciso momento, el cazador encuentra su presa. Está clavada en un lado del nido de arcilla, y parece que se puede sacar fácilmente. Este empieza a correr hacía el lugar, pero para en seco.
Las alas del pokémon ígneo se llenan de fuego, y lanzan una ráfaga de fuego contra sus dos pokémon. Es el legendario ataque Fuegosagrado. Aquél ataque que tan solo Ho-Oh puede aprender. Aquel que salía en los grabados que había fundido hacía unas horas, al entrar en la torre.
Las olas de fuego chocan contra el pavimento, levantándolo con estrepito, arrastrando con él a los dos pokémon, que se pierden en la oscuridad eterna, que se presenta en forma de caída al vacío.
Dos llamaradas rodean al entrenador, que se muerde de rabia el labio inferior, mientras agarra otra pokéball, y la lanza al campo de juego.
Una explosión luminosa muestra a su Combusken, que, posando sus brazos por delante de sí mismo, en forma de cruz, se impulsa hacía el Ho-Oh.
Su pierna se envuelve en una corriente eléctrica, y golpea en el cuello del legendario ser, mientras este desciende un poco, y mientras el pájaro de inferior tamaño empieza a cargar una bola de energía claramente eléctrica al mismo tiempo en que precipita contra el pájaro brillante, crea un tornado con dos aleteos furiosos de sus alas.
La corriente ciclónica envuelve al pájaro, y lo lanza contra la torre.
El cazador, anonadado, observa como parte del techo estalla con el tremendo golpe. Este empieza a correr hacía el nido, para agenciarse del ansiado tesoro. El pájaro pokémon lo ve. Y no va a permitirlo.
Con una velocidad endiablada, no propia de un ser de su tamaño, golpea la torre lo suficiente para que esta no se parta, pero el humano pierda el equilibrio, y empiece a rodar por la fina pendiente del techo, cuyo destino es el frío suelo, situado metros más abajo, donde ya reposan sus dos antiguos pokémon.
Algo lo recoge antes de que caiga. Una zarpa, le agarra por la camisa, y encendiéndola, lo lanza de nuevo dentro del perímetro seguro.
Y así ve él a su Combusken; con un brazo partido. Con una herida profunda en la cabeza, por la que gotea suficiente sangre como para obligarle a cerrar su ojo izquierdo.
El precioso pelaje amarillo dorado palidece en contacto con el líquido escarlata, pero al pokémon no le importa.
El cazador se levanta del suelo, y muestra en su rostro un eterno agradecimiento a su pokémon.
-Combusken… gracias.-Dice mientras agarra una esfera de su bolsillo. Es una bola fucsia con un gravado blanco en medio. Es una letra. Esa letra, es la M.
-Pájaro del demonio… ¡Segundo asalto!-Grita, mientras agarrando una segunda esfera, la lanza contra el suelo, liberando un pokémon dragón de piel naranja. Grandes fauces. Mirada reptílica. Sus brazos, potentes, terminaban en grandes y afiladas zarpas. La llama que había al final de su cola brillaba con intensidad azuleja.
-Vamos a tener pocas oportunidades, Charizard… por lo que… ¡Destrózalo!-Le gritó mientras los dos pokémon, atacado como atacante gritaban su nombre con todas sus fuerzas, y se lanzaban uno sobre del otro. Aunque, el hecho de que uno midiese el doble que el otro implicó, de primeras, que el Charizard lo tenía crudo.
Dos bocanadas de fuego explotaron en el cielo, seguidamente de un baile de fuego que se precipitó contra el dragón, acertándole de lleno.
Y mientras se reproducía una batalla sin igual, en la que el oxígeno del ambiente se iba desgastando como si se tratará de una industria multinacional, el cazador llegó hasta el nido, donde se encontraba la tan ansiada tabla. Era suya. Tan solo tenía que cogerla, pero, un grito le alertó, y en girarse, divisó una gigantesca llamarada dirigiéndose hacia él.
-¡Por los anillos de la creación de Arceus!-Gritó con todas sus fuerzas, mientras su Combusken, se ponía en medio del camino de la llamarada.
-Espera…-Jadeó él al ver la escena. El pokémon aspiró todo el aire que pudo, y lo lanzó contra la llamarada, en un vano intento de extinguirla.
Otra explosión. Seguida de tres más, esta vez providentes de la batalla aérea entre Charizard y Ho-Oh. Él no se preocupó de las últimas, sino de la primera, que era la que iba a tener consecuencias para él. La primera de todas, fue que la llamarada se separó en dos, las cuales impactaron con tal fuerza contra el techo que hizo que la torre empezará a quebrarse (De paso mandó por los aires casi la totalidad del techo viable para andar, dejando tan solo en condiciones de posarse en él el nido en el que se encontraba).
La luminosidad de la acción lo había vislumbrado momentáneamente, por lo que, en abrir los ojos, vio como el suelo sobre el que se sujetaba su Combusken se desprendía.
¿Qué es lo que siente un entrenador al ver morir a un pokémon mientras le salva la vida? Quizás hubiese causado un mar de lágrimas a otra persona, pero no a él. Simplemente observo con cara de asombro como su compañero, salía casi calcinado, pero aún con vida del ataque ígneo del legendario pájaro, y mientras giraba su cabeza lentamente en búsqueda de un signo de aprobación, el suelo quebró. Lentamente, su ya maltrecho cuerpo, empezó a desaparecer hacía los adentros de una torre cuya vida se acortaba por minutos. ¿Por qué su amo no le decía nada? Alzó uno de sus enclenques brazos hacía él, intentando que este reaccionará, que intentará agarrarlo, pero simplemente observó como agarraba la tabla llama con lujuria. Había obtenido su premio. Y él… estaba siendo desechado. Dejó ir un grito de dolor, mientras su voz se perdía con la caída.
La tabla llama, era una tabla de grosor considerable, que mediría de largo unos cuarenta centímetros. Era robusta y de color rojizo. En ella, había una inscripción que decía "Cuando el universo fue creado, sus fragmentos crearon esta tabla".
Una bocanada casi huracana de aire hizo tambalearle, al mismo tiempo en que su Charizard aterrizaba encima de lo que quedaba del techo.
La torre, a su vez, había empezado a derrumbarse. Primero con pequeños estruendos, y luego con el derrumbe final, con parada eterna en la torre quemada. El pájaro brillante, gritó con todas sus fuerzas, mientras lanzaba otra danza de fuego contra el entrenador y su pokémon, el cual le ofrecía el lomo para salvarse de tener el mismo fin que la torre.
La explosión resonó por todo el aire, mientras el cazador, agarrado al cuello de su fiel corcel, se dirigía a gran velocidad contra el pokémon que le había dejado sin equipo pokémon.
-¡Maldito seas! ¡Había invertido mucho tiempo en entrenarlos!-Gritó mientras, sin soltar la tabla, le mostraba al pájaro de fuego la Masterball.-¡Ahora! ¡Tu ocuparás su lugar! ¡Sus vidas por la tuya! ¡Eran míos! ¡Maldito seas! ¡Eran míos!-
Y mientras el Charizard chocaba violentamente contra el Ho-Oh, el cazador empezó a gritar, mientras saltaba de los lomos de este para tocar al monstruo alado con la pokéball. Un ataque ala golpeó duramente al dragón, noqueándolo al instante, mientras que el humano, al cual su mano le empezó a arder, empezó a gritar de rabia mientras la pokéball, aún en su mano, chocaba violentamente contra el pokémon.
Su mano se desvaneció al mismo instante que un haz de luz cegadora envolvió al pájaro legendario.
Y en ese momento, en ese preciso momento, se dio cuenta de que estaba cayendo hacía el suelo. En su mano, la masterball albergaba uno de los seres más poderosos de la Tierra, y en su otra mano, estaba aquello que tanto ansiaba la organización. Pero ninguna de las dos cosas le servirían si se dejaba caer, por lo que decidió colocar la tabla encima de sí mismo, mientras, en un acto de fe a la fuerza de la gravedad agarró una pokéball, la última que le quedaba de su bolsillo, y la lanzó al aire.
Un trazo fucsia rodeo la situación, y como si de un agujero negro se tratará, desapareció.
