Terminé de escribir hace unos segundos. No quiero ni revisar… Tardaría… no sé…

La verdad, esto es demasiado emocional, el tiempo es demasiado psicológico y si no lo publico algo muy malo me sucederá. No puedo esperar para saber su opinión de este capítulo neurálgico, final de la primera parte de su "El chico de la nana" con el primer precedente que justifica el nombre del título. Por otro lado, no he empezado con el capítulo que sigue, así que sus especulaciones me ayudarían mucho. Cuando haya un adelanto, lo enviaré a quienes dejen un review y un destino donde recibir el merecido spoiler.

Gracias por su paciencia,

Casiopea

ADVERTENCIA: Angst extremo. Me disculpo si terminan llorando como yo.

Con ustedes, 25 páginas de Word desde mi alma para que lean, despedacen, interioricen (y, espero, disfruten):

9

Montaña rusa

No es buena señal empezar el año llorando, pero la verdad no supe que era el año nuevo hasta que el doctor entró al día siguiente a revisar a Annie y dijo "feliz año nu…" y contuvo el aliento sosteniéndome la mirada. No lo entendía, y luego, un segundo después conecté con el hecho de que debía ser primero de enero, y que había estado perdida, en total, cinco días, largos como la eternidad.

Fue toda una sorpresa para mí encontrar el cuarto demasiado luminoso, cuando levanté la vista de mis sollozos. Toda la noche llorando y ahora el doctor Griffins tenía el corazón a mil por hora, pero yo que me había incorporado, no sentía sed por eso y me sentí aliviada.

- Señorita Swan, sus ojos… ¿ha estado llorando toda la noche? Los tiene rojos…

Bajé la mirada rápidamente y me alejé un poco de Annie. Recogí mi bolso del suelo mientras la sed me martilleó la garganta a con una fuerza y velocidad de vértigo. Me metí al baño no sé que tan rápido y me dejé de caer tratando de pensar en algo más. Unos segundos antes, cerca de Annie había estado sin sed incluso frente al humano doctor Griffins, pero ahora ardía. Me incorporé como si estuviera sin aire, agitada y me encontré con mi pupilas rojas, brillando como un par de bombillos, tragué saliva y la garganta ardió el doble, pero me concentré en el hecho de que los lentes de contacto se había deshecho y que necesitaría otro par. Oí entrar otro corazón arrastrando un carrito y salí apenas para observar cómo le asignaban dos nuevas bolsas de suero a Annie. Charlie estaba dormido afuera, según sentí su olor con alguien muy cerca de él, cuyo corazón también estaba acompasado letárgicamente. Me imaginé que era Sue, entonces la puerta se abrió de nuevo y otro corazón entró apresuradamente en el cuarto. Era Jake con cara de no haber dormido, lo que a él sí debía de importarle.

- Van a cambiarle las vías, deberías salir. – dijo, demasiado bajo y rápido como para que la enfermera y el doctor siquiera se dieran cuenta.

Entonces Annie se despertó y empezó a llorar y quise despedazar su pequeño cuerpo entre mis brazos cuando la abracé y le sacaron la vía y una gota de sangre de olor intoxicante me nubló la razón, pero regresé rápido traída por la forma en cómo mi bebé se retorcía en mi abrazo y colocaba sus manos directo en mi piel helada. Se sentía tan caliente… y la sed desapareció, pero eso no era importante mientras su llanto subió a intensidad "a pleno pulmón". Estaba ronca y me llamaba…

"¿Por qué?"

Me quedé aferrándola, tratando de reconfortarla con mi voz, que ahora era tan dulce y cantarina… Ella empezó a calmarse un poco, aunque paralelamente mi sed parecía ganar terreno dentro de mi garganta, en medio de aquella saliva ácida, pero entonces puso sus manos en mi piel de nuevo, y empezó a retorcerse y llorar cada vez más mientras mi sed ralentizó, como anestesiada de manera fulminante. Para cuando la enfermera terminó su trabajo y aún media hora después, Annie no se calmaba, ahora ni hablándole, trataba de decirle que estaba ahí, que era su mamá… Y cuando lo mencioné enloqueció y creí que si seguía aferrándola la lastimaría… Cuando me alejé de ella la sed volvió con toda su intensidad y hubiera atacado al doctor Griffins si hubiera estado menos aterrada.

Annie no había logrado reconocerme.

Yo ya no era cálida y mi voz era muy diferente. Si en algún momento me hubiera reconocido por las facciones de la cara… Jamás tuvo necesidad.

Ella no había nacido ciega.

Estaba ciega por mi culpa, de manera inmediata, aunque eso fuera más bien artificio de Victoria y casi autoría intelectual de Edward.

Que me dejó sola.

Sin importarle…

Y la agonía de mi garganta se echó un pulso con el hueco de mi pecho. Ninguno estaba ganando, pero preferí darle prioridad a la sed.

Entraron más enfermeras mientras yo seguía ahí parada como idiota viendo toda esa escena de pesadilla… Mientras mi hija gritaba llamándome, parpadeando cada medio segundo. Necesitaron dos enfermeras para lograr ponerla quieta el tiempo suficiente para que el doctor Griffins la viera. Al doctor le llamó la atención su parpadeo insistente y cuando puso una linterna sobre los ojos de mi hija estos reflejaron algo blanco donde deberían estar sus pupilas, mientras ella empezó a gemir y tratar de cerrar los ojos con desesperación.

Yo ya no era cálida. Es más, mi hija me tenía miedo… Edward siempre lo dijo, todos los humanos sabían inconscientemente que los vampiros eran peligrosos, por eso se incomodaban. Pero a mi hija la atacó Victoria, se la llevó de mi lado…

Pánico era una descripción más adecuada.

Me alejé avergonzada hacia una esquina donde choqué con algo apestoso e hirviente.

En ese instante, Jake me tomó del brazo y empezó a dirigirme a algún lado. Cuando sentí el sol en la piel me asusté y regresé sobre mis últimos cinco pasos.

- ¡¿Estás loco o qué? – él me miraba como si acabara de regárseme encima algo radiactivo.

- ¿Qué le pasa a tu piel?

- Brilla, nada más. Por eso ellos no salían jamás cuando estaba soleado.

- No puedes entrar de nuevo.

- ¿Por qué no?

- Porque puedes atacar a alguien.

- No lo he hecho.

- Tienes que "alimentarte"

- Por si no lo notaste, en estos momentos no tengo tiempo…

- Ella parecía más bien asustada… Lo siento Bella, pero Sam…

- Si lo necesito voy… Estoy bien.

- No, y ella no estará mejor porque te quedes.

- No voy a irme. Ella me necesita.

- No te reconoció. Y no es como si fuera a verte…

Sólo di la vuelta y me metí de nuevo en el hospital. Me detuve frente a su habitación. Había una sala de espera afuera, donde Charlie seguía milagrosamente dormido con su yeso delante, leadeado. Sue debía estar en algún otro lado. Dentro del cuarto, mi hija seguía sollozando. Dos olores diferentes, pero no por eso más agradables se acercaron mientras yo perdí de nuevo los estribos y empecé a llorar.

Me di cuenta que estaba esperando un lo que fuera para que Annie no estuviera ciega, que estuviera bien, que no le pasara nada más que un resfriado fuerte. Sentía la garganta ardiendo pero eso no era nada comparado con que ahora Annie no podía soportar que la tocara, ya que ahora estaba tan fría y que tenía la piel como una piedra. Podría ser una, si ella lo necesitaba, pero no había nada que pudiera hacer para defenderla de su cuerpo. Al final del examen sedaron a mi bebita de nuevo, diciendo que estaba agotada, y yo volví a su lado. Al final de ese día, nos trasladaron a Seattle. Jake y Leah fueron conmigo sin cuestionárselo y, uno a cada lado de mí, me sostuvieron cuando frente a nosotros pasaron la camilla con un niño con la cabeza despedazada en un accidente de tráfico, pero ninguna dulzura podía quitar las toneladas de saliva ardiente que estaba tragando, que parecían llegar a mi estómago con una sensación como de agujero negro, mientras las horas se restregaban pegajosamente sobre mí y pasaban sin prisa llevándose mi cordura y la vitalidad de mi hija.

Nada podía apartar de mi mente las palabras del doctor Griffin antes de decidir trasladar a mi hija.

"Creíamos que era porque estaba muy asustada de no tenerla a usted, eso pasa, vi dos bebés dejarse morir sin que ningún esfuerzo los curara. Niños abandonados por sus madres y uno de ellos hasta adicto a la heroína... Pero ahora que usted está aquí y Annie sigue empeorando, hay que examinarla más a fondo para descartar enfermedades. No quiero asustarla, pero lo de los ojos es preocupante y podría asociarse a demasiadas cosas... Se comporta como si estuviera deshidratada severamente… pero no lo está, no tiene la presión baja y descartamos una diabetes... Luego tiene leucocoria y su retina está como muerta, además de que con cada hora parece costarle más respirar. Tantas cosas juntas, no tienen sentido para mí, todas me intrigan y no puedo recordar ningún padecimiento que las relacione todas, en Seattle podrán ayudarle mejor… Pero debería prepararse para lo peor."

Me vio como con reproche, pero cuando mi padre explicó que un gato salvaje había tratado de atacar mi camioneta y por eso me alejé dentro del bosque y luego de cómo ni siquiera yo recordaba cómo la saqué del río, que me arrastró a mí durante muchos kilómetros más… pareció suavizarse, debía pensar que yo era muy estúpida, pero cuando Annie pasó de simples dificultades para respirar, que podrían bien ser neumonía o asma, a algo indefinido de síntomas inconexos empecé a sentir un miedo indescriptible, que de alguna manera congeló algo mi sed; pero la sangre de aquel pobre chico accidentado…

Y cuando te dicen que debes prepararte…

Y sangre, sangre rodeándome con todo el castigo que me merecía. Qué podía significar mi garganta cuando Annie estaba conectada a toda clase de máquinas y ahora la estaban alimentando por sonda, qué era mi sed cuando mi maldita piel estaba tan fría que ella era incapaz de reconocerme.

La mañana siguiente me dijeron que creían que estaba ciega, le hicieron una resonancia magnética y confirmaron que el área de su cerebro que debía reaccionar a estímulos visuales sólo estaba funcionando con luz destellante, lo que inmediatamente provocaba casi un ataque de pánico en Annie. En general, ella no seguía luces, parpadeaba a intervalos largos ahora y empezaron a hablar de una embolia de la retina cuando determinaron que el tejido en sí estaba muerto. La neumonía pasó a segundo plano cuando un oftamólogo empezó, claro lejos de mí, con su sarta de términos técnicos en referencia a una tal doctora King de un hospital en Glasgow, Escocia, y a hablar de la prematuridad de Annie y de negligencia en la detección de "retinopatía retrocristalina" en relación con que mi hija fuera prematura… consideraron optar por daño cerebral por falta de oxígeno de cuando supuestamente nos arrastró el río… Y Jake me pisó muy fuerte cuando quise abrir mi bocota para decir lo que sabía. No me importaba, pero debían encontrar una cura… Pero Jake me arrastró fuera antes de que fuera a intervenir en la conversación de los cuatro doctores que estaban relacionados con el caso de mi hija.

- Lo único que conseguirás es que te envíen a un psiquiátrico y ahí menos que te reconocerá Annie.

Y así pasaron los días, que ahora eran una interminable pesadilla de la que yo cada vez estaba más aturdida (como si eso fuera posible para un vampiro), cada vez los doctores tenían menos esperanzas mientras mi hija parecía estar en un limbo indeciso sobre existir o terminar de morir. Y mi sed mataba cada día más, pero quería morir de sed (si fuera posible por algún milagro), lo que fuera, para traer a mi hija de vuelta… Para colmo las enfermeras parecían preocuparse porque no me veían dormir y cada segundo creía que me derrumbaría… como una estatua de arena.

Pero debía ser fuerte.

Entonces una enfermera me ofreció un somnífero y si Leah no hubiera estado a mi lado hubiera podido matar a ese palillo de dientes con ojos, despedazarle el cuello insulso a esa estúpida enfermera. Aunque fuera humana, no podría dormir. No con mi hija así.

Y entonces Leah me jaló con tanta fuerza que la silla en la que caí se abrió, a fin de cuentas era plástica, pero eso armó mucho más revuelo, de todo caso ese segundo después pasé de la furia a estar completamente avergonzada. Horas más tardes la pobre y flaca enfermera le comentaba a su compañera que yo la miré de una manera espantosa y que esperaba que mi hija se recuperara para que me fuera. Su tono delataba que en el fondo me compadecía, pero también le di mucho miedo. Leah no quiso hablarme durante horas y no fue hasta dos días después cuando se apareció de nuevo por el hospital que me preguntó si era o estúpida o qué y me echó un gran sermón, en voz demasiado rápida y baja, de que Sam me advertía que no debía descubrirme ni nada por el estilo. Nuevamente, como cada día, me pidió que saliera del hospital. Incluso sugirió buscar perros callejeros, no alejarnos demasiado, pero la respuesta era igual que la del hospital en Forks.

Tenía horas sin respirar, además era un momento de bajada completa y tenía rato de estar llorando lastimosamente. En el fondo, Leah no es una mala persona, pero era tan directa como morena así que simplemente me soltó todo lo que pensaba antes de ponerme un poco de atención y notar que no respiraba. No que eso me ayudara mucho, en realidad bien podía haber estado llorando de dolor físico.

Pero me lo merecía.

Y en parte no porque todo eso que estaba pasando era culpa de Victoria. Psicópata, maldita e infeliz Victoria. Me vio sufrir, ella lo quería, pero no le parecía suficiente… Ya eran años que parecía haber alguien en el alto mando cósmico que parecía que yo no había sufrido lo suficiente. Primero Edward, luego el ataque, luego Annie iluminando mi vida. Ahora Victoria. Todo lo que tenía bueno en la vida tenía que ser opacado por algo mil veces peor. Porque yo no había sufrido lo suficiente…

Quizás porque no escarmentaba ni aprendía de lo que me había pasado.

Las palabras de Reneé sobre el día que fuimos de compras a Port Los Angeles me atormentaban, así como los pequeños retazos de la exasperante y críptica conversación, más bien, monólogo de Victoria antes de…

Leah apareció con dos enormes pedazos de repostería, pero olían como a una casa empolvada, me ayudó a disimular que comía enfrente de la enfermera flaca de manera un poco teatral pero me dijo, en un tono parecido al de Jake, que no me lo metiera en la boca o la envenenaría. El caso es que era demasiado estúpido aparentar comer, y como nadie más hizo lo que Leah desde ese día la enfermera flaca pareció olvidarse de su miedo mientras comentaba con su jefa como yo podría colapsar en cualquier momento. Y no se lo negaba.

Había aprendido a cambiarme los lentes de contacto religiosamente cada cuarenta y tres minutos, lo que me hacía gastar treinta tres pares diarios de lentes mientras me vi demacrada y pálida, al cuarto día de estar encerrada en ese hospital cuando fui a lavarme la cara al baño en compañía de Sue, que pasaba conmigo unas horas al día antes de que Charlie llegara. Ambos se quedaban hasta las diez de la noche y luego se iban juntos a un cuarto de motel que estaba cerca donde se hospedaban los dos lobos de intercambio que se sustituían a los que se quedaban conmigo. Ella aparecía quizás en la tarde, pero en ese desorden de ese día inacabable que ya iba por su quinto día de duración, donde cada quién iba y bien podía estar a mi lado que cada vez lo notaba menos, el único tiempo se marcaba cada cuarenta y tres minutos y me di cuenta que era así porque el ritual se volvió obsesivo, no porque de verdad viera la hora. De la misma manera caminaba por el hospital sin percatarme de los interminables pasillos blancos, del movimiento y lloraba casi todo el tiempo, lo que llamaba la atención de los licántropos, pero ya no me decían mucho.

- Pareces la estatua de una fuente, Bella. – comentó mi padre, cuando llegó aquella tarde con Sue.

No contesté, era el entre cambio de lentes donde estaba enfadada con todo, y al segundo siguiente empezaba a llorar, lo que podía durar horas, mientras las lágrimas bajaban por mi cara y me quedaba quieta como una estatua. De hecho fue así como me encontró. Se sentó a mi lado. Empecé a escuchar los latidos de corazón, pero eso no sonaba atractivo, de hecho quería como vomitar sobre mí misma por eso.

Sangre.

Sólo podía beber sangre para mantener mi vida.

Me imaginaba como la carne de mi garganta debía estar hecha jirones, y hasta verde, aunque ya había examinado mi saliva que era igual de transparente que antes, quizás levemente más viscosa y eso era todo.

Pero me merecía todo ese dolor y casi ni me molestaba.

Qué clase de vida era aquella, con Annie muriendo en frente de mí sin poder hacer nada. Vi a Sue, con mi visión periférico susurrarle a Charlie palabras de ánimo y decirle que iría a la cafetería. Mi padre pareció como encogerse de miedo e incomodidad y se sentó a mi lado largo rato, inquieto. Carraspeaba de vez en cuando, como preparándose para decirme algo, pero en realidad no me importaba la gran cosa. Saqué otro par de lentes de mi bolsillo y me los puse, y pude ver al vacío con tranquilidad. Bajé la vista y Charlie se revolvía las manos. Finalmente tomó aire…

- Me dejaron verla.

Alcé la vista. De hecho, tardé un segundo en darme cuenta que estaba de pie atravesando a mi padre una mirada enfurecida. Hacía ocho pares de lentes de contacto que me habían dejado verla y me moría por hacerlo, cada minuto podía ser el último ahora, pero los doctores creían que mi presencia la extenuaba, y de hecho, no entendían porqué lloraba conmigo cerca, porqué continuaba llamándome. Eso claro, hasta que dejó de hacerlo, por la debilidad. Y aún así, yo distinguía su vocecita, su dulce, tierna e infantil voz ahogada por la ronquera y la sequedad de la extraña sed que tenía y que no entendían por qué…

Era como si compartiera mi sufrimiento.

Y quisiera morir igual que yo.

No que la culpara. Hasta en eso le había fallado, le había enseñado a sufrir como una romántica idiota, morir en un torbellino de pasión sin considerar el dolor de quienes, inexplicablemente, continuaban queriéndome.

- Bella, por favor… no me mires así… Me asustas en serio.

Suavicé mi expresión y le pregunté si podía sentarme a su lado. Él sonrió y hasta me colocó su chaqueta. El pasillo estaba saturado de su esencia, la de esa enfermera que había entrado en el cambio de turno de las tres de la mañana y la del conserje que estaba limpiando a esa hora de la tarde.

Mi garganta me quemaba, carraspeé un poco, recordándome lo mucho que me merecía ese sufrimiento. Era una cobarde, me había metido en la sombra a sufrir mi gran tragedia griega, como si el destino o los dioses griegos se hubieran ensañado conmigo y me hubieran hecho víctima de sus artimañas, de manera inevitable. Y con cada nueva estocada simplemente bajaba más la cabeza y deseaba morir con más ganas, como ahora. Como Annie.

- Tus ojos se ven un poco rojos, deberías ir a cambiártelos. Se deshacen como agua. – Me comentó suavemente.

Solo asentí.

- Los doctores dicen que no creen que resista mucho más, Bella… Yo quiero que sepas… que – le estaba costando un gran trabajo, pero cualquier sentimiento ajeno era tan… insignificante. El mundo simplemente se me estaba derrumbando encima - … lo que quiero decir es... que…

Ni siquiera levanté la vista.

- … no podría soportar si intentaras hacer algo como lo que pasó después de lo de Jacksonville. Sólo trata de imaginar… ahora que sabes lo que se siente querer a un hijo… y no tienes que repetirlo para que entienda que te duele de verdad.

Ahora sí, tenía toda mi atención, mientras uno de los doctores se acercaba a la estación de enfermeras al inicio del pasillo.

- … Siempre he querido saber si hubiera podido evitarte todo este sufrimiento… yo me siento tan culpable… si no hubiera dejado entrar a ese chico… si tan sólo…

- Nada fue tu culpa, Charlie. – le dije, seriamente. Tratando de que se callara, parecía que estaba recitando sus palabras… – Papá… yo…

- No, Bella. Te ves peor que cuando se fue. No es sólo que estás pálida y que tengas los ojos completamente rojos de llorar y por… lo que eres ahora… Es que parece que perdiste la voluntad de vivir. Como Annie, y quisiera poder hacer algo.

- Ya somos dos…

Sólo nos quedamos en silencio mientras el hospital seguía su ajetreo y por primera vez en ese mar de cambios de lentes de contacto me sentí extraña, como si estuviera medio despertando de un sueño. Sangre y más sangre, pero nada cambiaba. Sue llegó y volvió a irse diciendo que volvería mañana porque iría a casa a ver qué era de ella. Él se levantó y revolvió su café hasta que se enfrió por completo y se fue a comprar otro. Yo sólo me coloqué los lentes de color en medio del pasillo y me pregunté cuan entumida estaría si fuera humana.

- Quizás te haga bien hablar con Susan.

- No puedo. No podré volver a la terapia, así que supongo que sólo desaparecer será mejor.

Eso lo había pensado sólo superficialmente hacía unos veinticuatro cambios de lentes, no sabía cómo lo estaba soportando, porque la garganta me estaba matando, pero quizás lo lograba por el estrés, y además estar con Annie hacía que hasta lo olvidara. Pasaba más tiempo en el pasillo que en otro lado, pero no importaba, de todas formas seguía siendo un dolor agónico que no pasaría más que por Annie, ya podía llevarme a mí el mismo diablo sin Susan, pero no arriesgaría a esa mujer a la quien, después de todo, me había negado a escuchar durante el último año y medio y que en el fondo era divertida, compasiva y endemoniadamente buena en su trabajo. Yo era una estúpida y lo que fuera, pero tenía la corazonada de que sin este estrés no lo resistiría. Ya habían suficientes involucrados y no iba a arriesgarla, si es que Annie sobrevivía, porque de eso dependía mi existencia.

Por primera vez en mucho tiempo algo fue más doloroso que el agujero de mi pecho, y probablemente yo estaría completamente agarrotada de ser humana, pero por el momento sólo estaba mi garganta secándose cada vez más y en general mi entendimiento. La única cosa que podía soñar era ver a Annie reaccionar de alguna forma, sobreponerse. Todo lo demás se limitaba a calcular como no debía sobrevivir si ella tampoco lo hacía.

"Terminar de morir, nada más."

- No te la puedes comer por teléfono. – Porfiaba mi padre a mi lado, trayéndome de vuelta al presente.

- No quiero seguir dependiendo de su apoyo.

- Por supuesto, de la misma manera en cómo antes no querías depender de los antidepresivos. Bella, te estás cargando demasiado.

- Me lo merezco. Finalmente encontré la medida de todo lo que…

- No hija. —Me cortó enojado y tomó mi barbilla, demasiado lento y precavido, para levantar mi mirada. - Tú te mereces ser feliz. Después de todo y a pesar de todo. Sé que lo intentas… pero…

- Sin Annie no… - me estremecí, no podía pensar en que no existiera más. – No habrá nada más.

Charlie me miró con alarma, mi voz fue horrorosamente inexpresiva, como si estuviera contándole un hecho obvio.

- ¿Cómo muere un…?

- Se mutila y se quema los restos.

Sus ojos se abrieron muchísimo.

- Los lobos tendrían que hacerlo si mordiera a alguien…

- Pero no lo harás…. – repuso horrorizado.

No contesté.

- Bella… tú… - revolvió su café con el palito de plástico durante un minuto entero, como dudando, pero casi ni le prestaba atención - ¿Por qué seguiste con ese chico cuando descubriste que…?

- Porque soy estúpida. – De hecho era así. La oveja estúpida…

- Bella… y él se fue por…

- Por que el día de mi cumpleaños, en mi fiesta, me corté con el papel de regalo mientras abría un obsequio y entonces Edward decidió que ya no quería seguir con la charada.

- ¿Charada?

- Jasper intentó atacarme. No tienes idea lo que duele la garganta con sangre fresca y no sé… los Cullen tienen mucha práctica, sobre todo Carlisle, pero… Jasper no tanto y se enloqueció por unos segundos.

- Pero… - el rostro de Charlie era confundido, sabía que hacía un gran esfuerzo por no alarmarse ni mostrar nada negativo hacia mi condición vampírica, pero la verdad es que eso también le estaba costando. Tenía unas enormes ojeras y las muletas le daban peor aspecto...

- Edward dijo que yo no pertenecía a su mundo… Quizás me estaba haciendo un favor y… ya no me importa. Él no me quería, no podía mentirme por siempre.

Ahora Charlie no respondió. De hecho me sorprendió notar que no sólo Sue se había hecho a un lado, sino que estábamos solos sin ningún lobo cerca, pero me valía donde estaban, además, le debía esa conversación a Charlie. Y no necesitaba su olor picándome la nariz, ni preocuparme de lo que pudieran escuchar como a cien metros de distancia, justo cuando en tres días me había estado poniendo cada vez más susceptible a cualquier cosa que no fuera la sed. Mi furia tornaba en lágrimas desconsoladas, pero la sed era constante, al lado de la angustia por mi hija.

Tenía ganas de llorar. Tuve que respirar para contener el llanto ahogado y tuve que apretarme la garganta como si me la quisiera arrancar, y cruzar mis pies mientras creí que me estaba quebrando los meñiscos de las rodillas por reprimir una posición de salto sobre Charlie… y su corazón y la vena saltando en su cuello…

¿Por qué a mí me pasaban esas cosas? ¿Qué demonios estaba pagando? Arriesgaba cándidamente lo mejor de mí, mi corazón con Edward para recoger las partículas microscópicas en que se convirtió cuando me lo rompió, luego apostaba todo mi futuro por Annie, para ahora y por el maldito capricho de Victoria estarme quedando sin ella con una eternidad vacía por delante. Y encima los lobos la habían matado por mí cuando la gran estúpida pareció querer suicidarse cuando no huyó cuando los vio… Aunque era probable que sólo fuera un error de cálculo, desgraciadamente me enfurecía imaginar cómo no pudo haber sufrido lo suficiente, como se salvó por los pelos que simplemente yo no la matara y no es que eso hubiera sido suficiente…

"Verás, por más que te hubiera torturado hubiera terminado acabando en algún momento. Llegó a la conclusión de que no era suficiente…"

Si, probablemente ni siquiera una eternidad soportando una tortura como Perseo o algo así sería suficiente, alguien tendría que no sé, además del hígado podría también arrancarle la piel pedacito por pedacito y bañarte en ácido… y que luego crezca de nuevo y… quizás un montón de hormigas rojas y enormes…

- ¿Bella?

Parpadeé y vi a Charlie observándome asustado.

- Pareces como a punto de matar. – repuso nervioso.

Sacudí la cabeza, debía pensar en eso en otro momento, me tragué la ponzoña en mi saliva y dejé mis manos en los ojos un rato. Los lentes se deshicieron, pero mi bolso estaba en el otro asiento y no me sentía capaz de moverme sin atacar a alguien. Necesitaba distracción…

- ¿Por qué no estás haciendo más preguntas?

- Me pregunto si te cuesta hablar.

- No… yo te debo las respuestas de todas las preguntas y…

- Te distrae.

Él estaba sonriendo distraído, mientras se frotaba las manos. Tenía muchas ojeras, la piel marchita y los hombros caídos, se veía hasta más delgado. Y sin embargo estaba ahí. Él miraba al otro lado mientras yo tenía la mirada directamente en su cara, contando sus pestañas…

No me merecía nada de lo bueno en esta vida...

Por supuesto que no. Mi padre había dejado su trabajo de lado durante meses para ir hasta Florida a distraerme cuando nadie lo lograba. Estuvo ahí. Siempre estuvo ahí y yo lo hice sufrir de manera intolerable por mí, de preocupación y angustia, con Edward, con el ataque… más recientemente con mi desaparición… Y aún así él seguía aquí, distrayéndome justo cuando yo le había confesado directamente que si Annie moría dejaría a mis amigos cargar mi muerte en sus conciencias…

No es que no pensara en el agujero insoportable de mi pecho, pero entre la angustia y la sed no podía pensar en mucho más. Estaba terriblemente incómoda con la quemazón de mi garganta, de hecho me la imaginaba un poco carbonizada, cuando no la sentía hecha jirones de carne… Ahora era tan grande, sobre todo desde que confundí al doctor Griffins con Carlisle, y los Cullen que seguían sin venir mientras…

- Señorita Swan. – llamó una enfermera con voz chillona, que ella estaba tratando en vano de suavizar. Levanté la vista, me puse de pie de un salto. – ¿Le gustaría ver a su hija?

Casi llego al final del pasillo en un segundo, pero la enfermera caminaba tan exasperantemente despacio, entonces pensé que si me la bebía podía aliviar mi garganta y no tendría que…

"!BELLA!"

Sacudí la cabeza y dejé que la enfermera me guiara a ponerme la mascarilla y una bata. Estaba probando agentes infecciosos y no querían que nada externo se pusiera en contacto. Ya estaba muy débil.

Vi la fecha en el monitor cardíaco. "6 de enero de 2008". Como si eso tuviera algo que ver. Sólo que llevaba cinco días metida en ese infierno blanco…

No necesitaba el monitor para escuchar el latido de mi hija como obligado, no había dado dos pasos dentro de la habitación cuando ya estaba un poco agitado, como si tuviera miedo y nada me hacía sentir más monstruosa que eso. Si Annie no podía verme entonces cómo iba a saber que era yo, aunque sabía que con cualquier humano no se atemorizaba de manera tan clara, lo que me llevaba a pensar que de alguna manera ella lo sabía, y la asustaba.

No quise acercarme mucho, no quería que se cansara… pero…

- Annie… Vine a verte… yo no sé si puedas oírme, pero… no quisiera que estés asustada, sabes que soy tu mamá. Nunca te haría daño.

Pero entonces empezó a despertarse y salí, un segundo después empezó a llorar y no pude evitarlo, un cuarto de segundo después estaba a su lado, y me hicieron salir cuando le empezó la taquicardia. Me alejé hasta el límite de donde podía escuchar lo que hacía en el cuarto. La sedaron de nuevo…

"Bien hecho. Excelente, eso es lo que el amor hace exactamente, matar."

- ¿Bella…?

No quería hablar, así que salí corriendo, como desvaneciéndome en el aire, y cuando paré estaba detrás del hospital en un parquecito donde paseaban a los niños que estaban lo suficientemente bien como para salir un poco, estuve allí, oculta e inmóvil hasta que salió el sol; a pesar de que pasaron delante de mí otro pequeño cubierto de sangre e hicieron un par de cirugías en el tercer piso del hospital. Annie no se movió en toda la noche y yo casi no podía pensar…

- Bella.

Mi corazón dio un vuelco, pero no me moví, sólo era Jake, me encontraría por mi olor… ¿Qué podía decirme mi amigo quileute que me sirviera de consuelo cuando mi hija estaba…? Ella no… Y si ya había… y si por eso había dejado de moverse…

- Hey, ¿qué haces ahí arriba?

Me dejé caer y algo en mi expresión hizo que Jake se me acercara y me mirara como con ternura.

- Ella está igual, no te preocupes.

Me relajé y le di la espalda. El minúsculo alivio fue demasiado y mis rodillas parecieron deshacerse. Me sentí de arena de nuevo, como a punto de derrumbarme.

-¿Qué tal estás?

- Bien.

Me habló en el segundo que empezaba a enojarme de nuevo, traté de controlarme, pero algo en mi alma se alzaba como un antiácido efervescente.

- Leah acaba de llegar. Me dijo que te diera esto.

Vi que me extendía un termo plateado y quise zafárselo de la mano por imbécil. Como si yo pudiera beber cualquier estupidez que tuviera la estúpida idea de enviarme de…

Se estaba burlando de mí.

El retrocedió y bajó la mirada y lo destapó y olió como agrio, quise vomitar… pero por otro lado, mi estómago se encogió de anhelo…

- A Leah se le ocurrió que quizás…

Y entonces lo soltó y yo me abalancé sobre el termo y no sólo lo atrapé sino que lo llevé directo a mi boca y vacié su contenido sobre mi garganta. Un instante después quería vomitarlo, y mi estómago se contrajo… pero mi garganta se sintió como carne unida por primera vez desde que…

- ¿Funciona?

Le metí un dedo y saqué un líquido con pequeñas partículas como si fuera leche con nata… pero este líquido era rojo y olía a…

- Sangre de oso. Fue lo primero que se encontró, pero dijo que si servía podríamos traerte más.

Alcé la vista.

- ¿Oso?

- Mató un par de cosas antes de lograr exprimir, y de hecho no sacó mucho… pero…

Sentía como si hubiese comido polvo.

- ¿Funcionó? – dijo la voz de Leah a unos cinco metros de nosotros.

- ¿Cómo diablos…?

- Estuve buscando en Internet… ¿Se coaguló? Yo la vi líquida, pero… tú eres la que sabe…

- ¿Qué…?

- Citrato de sodio, disponible en farmacias… Lo venden por la libre y lo usaban, básicamente, para conservar la sangre donada… Se me ocurrió que quizás…

Me quedé contemplando el termo. Sabía asqueroso, pero me hacía sentir menos sedienta, era casi lo suficientemente refrescante para sentirme un poco mejor. No tenía sentido.

- ¿Funcionó?

- Sabe asqueroso, pero…

- ¿Pero?

- Calma un poco la sed.

Leah sonrió compasivamente y me retiró los dedos del termo, que quedaron marcados en el metal delgado con que lo cubrían. Prometió volver al anochecer con más y salió corriendo. Yo me sentí débil en cambio, pero al menos el dolor de la garganta era un par de grados por debajo del calor infierno que tenía tantos cambios y cambios de lentes torturándome, entonces me pregunté cómo había resistido tanto tiempo ese dolor.

- Vamos, entra en el hospital, pronosticaron soleado para hoy.

Jake casi me cargó, estaba recostada contra él cuando finalmente llegamos al pasillo donde tenían a Annie, donde había dos parejas acompañadas de un muchacho y una muchacha.

Contuve la respiración y tomé aire a través de la chaqueta apestosa de Jake, mientras escuchaba al oftamólogo, el Dr. Terrison, recordé de pronto… Desgraciada mente vampírica, porqué tenía que estar recordando datos inútiles en momento cruciales…

- Sea lo que sea el veneno que utilizó el atacante era muy específico y simplemente quemó la cornea y en general inutilizó completamente la retina, obstruyendo de manera irremediable la irrigación de la retina, pero no dañó nada más, la resonancia nos indica que los circuitos cerebrales funcionan correctamente por la respuesta a la luz fuerte… Sin embargo cualquier fotosensibilidad restante está muerta. El ojo está como muerto, no produce conos (que son los que procesan los colores, por así decirlo) y la mácula está como cristalizada…

- Dr. Teddiston, la Dra. Millton sugirió…

- Sí, un transplante de cornea y de retina, ya lo sé, pero eso ya lo intentaron con un niño atacado por el mismo psicópata hace un año en Alaska y el cuerpo del niño rechazó violentamente el transplante. – El hombre se quitó sus enormes anteojos y se apretó el puente de la nariz – No es mi intención ser cruel, señores Iraldi, pero ese niño es uno de los cinco casos registrados en Alaska, eso sin contar el que nunca apareció, con él intentaron un transplante y destruyeron casi siete instrumentos especializados porque la cornea estaba demasiado dura. Cuando finalmente lograron realizar el procedimiento el niño desarrolló un cuadro alérgico demasiado extraño que provocó que se le cerraran las vías respirtorias y luego empezó a gritar por tres días hasta que finalmente murió de un paro cardíaco. Sea lo que sea que usó el infeliz que le hizo esto a su hijo no tiene remedio y, para ser completamente francos, no soy yo el médico que se atreverá a intervenir los ojos de Frankie por cualquier posibilidad mínima de recuperación, negada por el caso anterior… Lo siento. Por otro lado, sería importante que valoraran la opción psiquiátrica, la Doctora Fellim es excelente y está a su disposición.

La señora Iraldi se dejó caer en una silla llorando mientras yo me sentía petrificada, mientras tanto el señor Iraldi le pegó un puñetazo a la pared y luego empezó a discutir con el hombre de la otra pareja, mientras la mujer consolaba a la mamá de Frankie.

- Frankie no está loco… - Era Lauren, hablando con una conmoción en la voz que me hubiera hecho dudar que era ella. Además de que ahora la oía con toda claridad, era un tono casi compasivo que me extrañó.

- No, claro que no, Lauren – exclamó el señor Iraldi. – A mi hijo lo atacó un psicópata que sigue suelto por ahí por la incompetencia de los policías.

Yo y Jake estábamos conteniendo el aliento, yo literalmente, mi amigo respiraba una o dos veces por minuto apenas…

- Señor Iraldi, comprendo que siento que es una completa injusticia, soy de los primeros en desear poder algo no sólo por Frankie sino por todos los niños cegados, pero la ciencia no está aportando soluciones para un corto plazo, quizás en unos años…

- Y mientras tanto qué, mi hijo se quedará así, sin hablar, sin caminar… Tuvimos que ponerle pañal de nuevo… Tiene tres años Dr. Teddison.

- No pueden tomarse esto como el fin del mundo. Hay muchos niños que nacen ciegos y aprenden a hacerlo todo, sólo hay que saber enseñarles…

- Ni mi esposa ni yo tendríamos que saber enseñarle si ese psicópata…

- Pero eso no le va a devolver la vista a Frankie. – dijo el doctor Teddiston, alzando la voz. Ese pobre hombre debía tener una paciencia de santo. - Hay muchas personas así, y hoy en día hay muchas ayudas y sistemas para asegurar la calidad de vida y plenitud para las personas ciegas…

- Eso no me importa, usted es el doctor tiene que tener algo más que la descripción trágica de un niño de Alaska.

- No es una relación aislada. Fue el primer niño atacado, el nexo lo dio la policía federal para que los médicos pudiéramos intercambiar información que nos ayude a esclarecer algún tratamiento para los niños… Pero ni siquiera han podido relacionar la sustancia con ningún químico abrasivo, inflamante, ácido o radiactivo conocido por nosotros. No han podido separar sus componentes más que en carbono, sodio, potasio, calcio, magnesio, cloruro, bicarbonato y fosfato… y la forma en cómo el compuesto en sí actuó no tiene lógica con las leyes de la química… por no mencionar que si no fuera porque actuó como un abrasivo cualquiera pensaría que es saliva…

- Señor…

- Ahora no, Nikki.

- Señor, son los resultados de la niña Swan. – interrumpió una enfermera, para ser exactos, la palo con ojos. - Dijo que los quería en cuanto salieran.

El hombre tomó el folder se excusó con la familia del pequeño Frankie, que estaba en brazos de su madre completamente quieto, con una gafas verde oscuro. Temblaba.

"Debe ser por mí"

- Ah, señorita Swan. Qué bueno que está aquí. Su padre nos autorizó a realizarle estos exámenes a Annie. – me mostró el folder con papeles – Creo que tengo que hacerle algunas preguntas.

- Sucede algo malo con Annie

- Señorita Swan, me temo, que yo no voy a poder hacer nada por la ceguera de su hija. Al parecer el derrame daño irreparablemente las arterias que irrigan la retina, lo cual no puede ser reparado con un transplante, ya que nada podría sustentar el nuevo tejido. Lo siento. Su hija es completamente ciega y no hay nada que podamos hacer por remediarlo… Al menos su caso es científicamente más explicable que lo de los niños cegados...

Aguardó unos instantes a que reaccionara, pero yo me estaba protegiendo de terminar de procesar lo que acababa de oír, más el veridicto final no sólo del sobrino de los Mallory, sino también de mi hija.

Irremediablemente ciegos.

Era tan profundamente injusto…

- Yo escuché eso en Forks…

- Una triste coincidencia, nada más. Ese accidente que tuvo… De veras, lo lamento. Yo… le daré un material para que empiece a aprender sobre la ceguera infantil. Lo que haga de ahora en adelante para ayudar a su hija será fundamental… ¿No tiene preguntas…?

Abrí la boca para hablar, pero la volví a cerrar, tratando de no llevarme por mis emociones y mi sed.

- Bien. – Dijo el doctor aliviado. - Debo irme, si tiene alguna duda no dude en pedirla…

- Doctor…

- ¿Sí?

- ¿Ella volverá a estar bien?

- Ya que sabemos que está ciega, tendremos que idear un mecanismo para que la reconozca… Acompáñeme a mi oficina.

El hombre me dio libre uso de su oficina mientras leí todo el material, lo que me tomó dos horas. Un par de estudios eran muy alentadores, enfatizando en la importancia de una buena actitud por parte de los padres, pero también enumeraba precios de perros guías…

"¿Cuarenta mil dólares?"

Tragué saliva y vi que Annie tendría que esperar hasta ser mayor… pero quizás, si sus ojos estaban muertos, solo necesitaba que el resto de su cuerpo lo estuviera… entonces antes de ocupar un perro guía, quizás yo sólo podría moderla… En unos diecinueve o veinte años…

"Cuando finalmente lograron realizar el procedimiento el niño desarrolló un cuadro alérgico demasiado extraño que provocó que se le cerraran las vías respirtorias…"

Quizás no… Pero si mi hija estaba ahora al borde de la muerte… y si la mordía ahora…

Me la bebería por completo. Podía estar muy compuesta, increíblemente contenida; pero todo se lo debía al estrés, seguía pensando… Cuando el agente externo desapareciera… No quería pensar en eso. De todas maneras, sólo habían dos opciones.

Cinco cambios de lentes después, el doctor Teddiston se nos acercó a mí y a Leah, quien acababa de llegar con un nuevo termo.

- Srta. Swan, ¿ha leído ya todo el material que le facilité?

Asentí con la cabeza, tratando de racionar el aire para evitar respirar cerca del humano doctor de mi hija. Mi mente se distrajo en el sonido hueco y burbujeante del latido de corazón más cercano a mí y Leah tuvo que sacudirme para que me enfocara…

- … algún juguete, algo que pueda tocar, oler o escuchar… Si es algo significativo que la ligue a usted será mucho mejor…

De momento no pude procesar bien las palabras. Annie tenía muchos juguetes preferidos, le gustaba un tipo específico de galletas y yo nunca tenía tiempo de cocinar demasiado… Hubo un tiempo en que enloquecía casi literalmente por un queque de chocolate, pero cuando lo relacioné con la eternidad que tardaba en que se durmiera dejé de prepararlo. Además, el doctor no estaba considerando sabores… La única cosa que siempre captaba su atención con toda certeza era la música. Pero probablemente mi reproductor de música estaba contaminando el ambiente en algún lugar demasiado específico e incógnito como para buscarlo… Podría buscar música en Internet, o utilizar alguna de mi ropa con olor humano…

Como si los sentidos humanos pudieran hacer distinciones tan sutiles en cuestiones de olor.

Podría meter mis manos en agua caliente, la ley física debía… dejar el agua congelada antes de afectar mi necrosada gelidez… A fin de cuentas, ¿qué tipo de leyes físicas permitía calentar la piel de un cádaver, como si pudiera volverlo a la vida?

En toda la música clásica, inclusive filtrando la sonatas, estudios, sonatinas, y demás composiciones para piano… Habían demasiadas opciones. Y no me reconocería a mí, sólo a la música. Y sentía como se me revolvía el estómago por algo diferente a el continuo esfuerzo de no comerme a nadie.

Culpa.

Yo no sabía… a veces no tenía tiempo siquiera de enterarme qué era lo que estaba escuchando hasta la saciedad, entre las tareas de la universidad, la asistencia, hacer mandados… Me enteré cuando el Claire de Lune de Debussy me hizo cometer un error fatal y aprenderme revertidos unas cuantas parejas de signos fonéticos y terminar con un 4 en un examen crucial, pero generalmente sólo distinguía sonidos de piano, tonalidades más alegres o más tristes según el estado de ánimo de Penny.

Eso era… ¡Penny!

-Leah, ¿tienes cambio?

- ¿Qué?

- Tengo que llamar a mi vecina en Alaska… ella sabrá qué hacer escuchar a Annie.

- ¿No lo sabes?

- No sé qué escoger.

- No tienes idea tampoco de dónde escoger…

- A veces tengo mucho que hacer. – le espeté. No necesitaba nadie más que me recordara que dejaba mucho qué desear como madre.

Suspiré agotada, y la garganta me ardió y me encogí de dolor. Si Leah no hubiera sido una criatura mitológica probablemente no hubiera logrado contenerme de abalanzarme sobre el podre Dr. Teddiston, que seguía ahí como esperando mi respuesta. Comprobé mi reloj y vi que aún faltaban veinte minutos para cambiarme los lentes… Y en resumen, toda la línea de pensamiento fue tan rápida que me sentía abrumada, además cambiaba de estado de ánimo muy rápido, tenía subidones y altibajos emocionales muy bruscos entre sí. Sabía que sólo era una trivialidad del lenguaje considerar cierta la posibilidad de decir que me estaba agotando, pero…

- Yo… voy a llamar a la señora que cuida de Annie… Espero que ella pueda ayudarme a escoger algo de música.

- ¿Música?

- Sí… ella… reacciona muy bien a la música clásica…

El doctor me miró un poco extraño, pero asintió y se fue después de pedir que le avisáramos cuando tuviéramos algo para probar.

Tuve que esperarme un par de cambios de lentes más para llamar a Alaska, luego hacer cuatro intentos para lograr que Penny me contestara. Podía imaginarla dando pacitos por toda su casa, tratando de encontrar el auricular del teléfono que siempre dejaba en el sillón frente a su televisor, a la par del piano. Finalmente, lo encontró.

- ¿Hola?

- Penny, es Bella.

- ¿Bella? Oh, muchacha… Perdiste tu vuelo.

- Sí, lo sé. ¿Todo está bien en Alaska?

- No sé, al menos en Fairbanks sí. Salió en las noticias que hubo un accidente de tránsito cerca del mal hace dos días. Nada serio, ninguno de los dos carros se incendió.

- Ah, bueno… yo…

- ¿Por qué no han regresado? Mi tarjeta va a colapsar de tantas partituras que compré en Navidad para Annie, he estado esperándola. Las clases empezaron el lunes, ¿por qué no has vuelto, Bella?

- Yo… - le decía, no le decía – Annie está enferma.

- ¿Qué tiene? Bella… ¿La dejaste que se resfriara? Te dije muchas veces, la pasaron muy mal con aquella gripe necia que les dio en octubre, que no debía cambiar la temperatura y que…

Me mordí el labio. Penny adoraba a Annie como una nieta pérdida y recobrada. Yo sabía que tenía hijos y que en general, éstos no la veían, visitaban o contactaban hacía por lo menos doce años, de modo que no tenía manera de saber qué había sido de ellos, si tenían familia o siquiera dónde vivían.

- Penny…

- … tienes que darle limonada con miel de abeja y asegurarte que no se descobije los pies, sabes que esa condenada siempre se…

- Penny – la llamé con más fuerza – No es simplemente un resfriado. No estaría perdiendo clases por un simple resfriado. Tuve un accidente con la camioneta y me estampé en un árbol en el bosque y estuve pérdida unos cinco días. Casi morimos de hipotermia, ahora Annie tiene neumonía y parece haberse quedado ciega y no me reconoce… y quiero que me digas si hay alguna pieza de música clásica en particular que estuviera oyendo antes de venir a Forks.

No se oía nada al otro lado de la línea, aunque a mi oído no se le escapó el aumento de la cadencia de la respiración de mi vecina. Justo cuando creí que se cortaría la llamada, Leah llegó corriendo con cinco dólares en monedas que había cambiado en una máquina dispensadora.

- Disculpa, es que ya no puedo más… Los doctores no saben si ella… si ella…

- No la veo hace un mes y ahora está…

- Un poco azul… yo… siento haber sido grosera, pero… entre más rápido logremos que me identifique más rápido se recuperará…

- Tengo un disco aquí en casa, pero puedes bajarlo de iTunes. Tchaikovsky Complete Piano Works. Es un concierto con piano y orquesta. Lo buscaré ahora y pondré el enlace en un correo electrónico. –dijo tan rápido que casi dudé que me hubiera dicho algo.

- Oh, gracias… La clave de tu usuario es "wonka-august"

- Ah sí…

La oí alejarse de mi teléfono e iniciar su computadora. Para entender a Penny había que verla, literalmente confundirse a su lado durante algunos meses y luego dejarse de asombrar de su gentileza, habilidad musical, matemática y con la computadora combinada con su completo teflón alias memoria. Leah se alejó de mí unos pasos para decirme que llamaría a Jake para pedirle que trajera mi netbook y cds. Le susurré rápido que había dejado el aparato en mi valija. Mientras tanto, yo oía el teclado y empecé a calcular el tiempo que le tomaría a Penny abrir el explorador de Internet y le soplé su contraseña del correo electrónico y luego la de su cuenta en iTunes Store.

- Listo… Eres una muchacha torpe… Suerte que tu hija es resistente.

Por un segundo creí que empezaría a sermonearme como cuando trabajaba demasiado o me quedaba en casa y ella cuidaba a Annie, tarea en la que se sentía mejor calificada (no sin mucha razón). En lugar de eso, sólo se oyó silencio.

- Traéme a mi bebé, Bella. Promete que no van a dejarme sola otra vez.

Antes de que pudiera siquiera pensar una respuesta, colgó.

Cuatro cambios de lentes después, Jake llegó con una caja de 20 cds, mi netbook y… el cd de la nana. Traté de no encogerme, pero antes de que pudiera abrir la boca y preguntar por el cd se lo arrebaté y le espeté una mirada asesina. Parecía que, de todas maneras, había preferido no preguntarme. Creo que tenía algo que ver con que estaba empapado. Mientras me senté en la cafetería del hospital con ellos, Leah escuchó atentamente la descripción de Jake sobre cómo había "ordeñado" la sangre de un grupo de conejos silvestres junto a Sam. Al parecer, primero habían seguido a un oso, pero al despertarlo en medio del invierno estaba furioso y los revolcó a ambos por la nieve. Se había secado y cambiado en mi casa, pero luego se volvió a mojar en su camino a Seattle. Y lo peor, lo comentaba como si hubiera tenido una gran aventura.

Yo no me involucré en la conversación hasta que Leah se levantó a buscar unos amplificadores para ponerle a Annie, y Jake me tendió el termo con una nueva dosis de sangre. Me lo bebí en un santiamén, más acostumbrada al sabor asqueroso, y traté de durar el paso del líquido por mi garganta, en tanto mi computadora se conectaba a la red inalámbrica del hospital… Mi termo no contenía lo suficiente, pensé que debía enviar a formatear el aparato antes de volver a Alaska, que la pantalla tenía minúsculas partículas de polvo que ahora era capaz de ver pero no de quitar por culpa de la estática… Que mi vecino de la mesa de al lado estaba a punto de tragarse un sanguche que se veía apetitoso, pero que olía como un pedazo de algo muerto… y a queso agrio… Y su corazón ofrecía para mí…

Me concentré en recuperar la contraseña de mi cuenta de correo electrónico de mis recuerdos humanos que se veían como a través de un vidrio empolvado. La digité y esperé a que se abriera. En la barra, una chica le preguntaba a su mamá insistentemente si podían sacarle la apéndice antes de que le doliera tanto como a su hermanito, para un segundo después suplicarle que le comprar un cartón de yogurt de fresa con bolitas de chocolate para agregar. La cajera rastrillaba la superficie de la caja registradora con algo que sonaba metálico. ¿Una moneda? No lo sabía… Volví los ojos a la pantalla y le faltaba… Unos 30 cuadritos minúsculos que estoy segura que no habría visto con mis antiguos ojos humanos…

Resoplé. Eso era distraerse. Mi computadora me estaba sacando de quicio y si Jake no hubiera estado susurrándome que me controlara y que lo lamentaría si la rompiera, pues… quizás ya le hubiera presionado tan duro alguna tecla que la hubiera partido de manera no intencional.

Finalmente, cargó y tardé un rato en descargar las 30 sugerencias de Penny. En alguna forma, se había tomado a pecho lo de enviar música. Logramos pasar los archivos a mi reproductor de música y llevamos mi computadora cerca de Annie. Y empezamos a pasar la música.

El primer efecto fue que se relajó mucho y se durmió como no lo había hecho en días, pero a mitad del sueño, pensé en acercarme y entonces empezó a revolverme. Me llamaba…

No había servido de nada. Cambié de compositor. Rachmaninoff… y luego Chopin… Vivaldi… Beethoven… Liszt… y nada…

Cuando estuvo a punto de empezar a gritar, salí corriendo. No funcionaba… Estábamos pérdidas y no importaba nada. A mí ya no me importaba nada. Estaba de nuevo en el árbol donde me subí la primera vez que Leah y Jake sugirieron que tomara sangre en termo. Y sentía que temblaba de un frío muy profundo, no relacionado con la nieve ni el aire cortante…

Sin juguetes, sin mi olor, sin mi latido de corazón… yo, fría como piedra, frágil, me quebraría antes de que todo esto acabara. ¿Mataría a alguien para estar con Annie?

¿Qué me quedaba si no? ¿A quién dejaría sin alguien amado para lograr consumarme como cobarde?

"Estoy tan cansada"

No me molesté en cambiarme los lentes de contacto.

"Quizás ni en el más allá ella logre quererme de nuevo. Quizás… ni siquiera podamos estar en el mismo lugar… Tanto resistir por nada"

"Pero daría lo que fuera porque estuviera bien… Aunque sea lejos de mí."

Consideré por un segundo que en el cielo no tendría que estar ciega. Ni enfermarse… Y tendría toda la música que quisiera. Y sería feliz. Y desde ese lugar… quizás algún día estaría orgullosa de mí…

Podría ser que en el momento decisivo de seguir ocultándome tras mi cadena de ser simplemente la víctima de otros me hubiera convertido en algo como Reneé. La niña de nuestra relación colocó el matrimonio antes de los treinta en la escala de los peores pecados y siempre me recordó que su juventud fue culpable de uno de los errores más amargos de su vida. Luego, se reía jovialmente de su incapacidad para recordar pagar cuentas, para cambiar de hobbies, para amar el sol por ser más cómodo.

Me fui a Alaska porque sería lo más cómodo para mí. Me perdí en Jacksonville porque simplemente era la chica más plana y sin suerte del mundo. Y un imán de problemas que consagra a un vampiro como el amor de su vida, que es al mismo tiempo el ejecutor psicológico de mi muerte. Y luego, mi deshabilidad atrae al verdugo físico de mi muerte que me ofrece la única excusa "razonable" para seguir viviendo. Y continuar el círculo.

Yo podría ser la Reneé de Annie. Estar tan concentrada, cansada y ocupada en el esfuerzo de simplemente sonreír que nunca podría enseñarle a hacerlo. Me distraería tanto tratando de pagar las cuentas que una anciana que conocía hacía menos de dos años podía darme cátedra de lo que a mi hija le gustaba escuchar.

Y ahora ella pagaría por cada instante en que creí ser lo mejor y la más fuerte por sobreponerme a pesar de todas las penas que la vida me mandaba.

Ahora era un vampiro y tendría que hacer sufrir a muchas personas, cercanas y no cercanas a mí, para consumar el fracaso total de todos mis intentos. Eso, porque no había mucho por hacer. El doctor Teddiston lo dijo antes de localizar los amplificadores. No podían seguir dándole antibióticos y sería una crueldad entubarla de nuevo, además de que su cuerpo no resistiría mucho más…

Y yo no la tendría sufriendo mucho más si no había más que hacer.

Macro era el precio de todas y cada una de mis debilidades. De cada traspiés, de cada tropiezo con el aire.

Me bajé del árbol y me escabullí dentro del hospital. Era la hora de entrada de las enfermeras para el turno de día. Leah y Jake no se olían por ningún lado después de que su olor fuera algo vago en la sala de espera. Había un conserje pasando desinfectante de enchiloso olor a ¿flores?

Cuando salió la enfermera de chequear a Annie me sintió y fue una suerte que mi nueva velocidad me permitiera volverme y colocarme los lentes de contacto. Ella me miró, tuvo un escalofrío inconsciente, murmuró entre dientes "pobrecilla" y se fue a seguir con su ronda. Yo me metí en el cuarto de Annie.

Inmediatamente se exaltó, estaba despierta.

- ¿Mamá?

Tanteaba el aire con sus manos, y trataba de correrse en su debilidad. Llegué a su lado en un santiamén.

- No hagas eso, pequeña.

Me arrodillé y tomé su mano.

- ¿Ma… má? Mamá…

- Yo estoy… estoy aquí… y quiero decirte que tienes que descansar… has sido muy valiente y estoy orgullosa de ti. – Tragué en seco la ponzoña, y sentí como recorrió todo mi esófago en un ácido que me estremeció – Si tienes que irte… Yo… - no podía quedarme sola, era demasiado – Yo estaré donde tú estés… Y voy a tratar de cuidarte siempre… Si no puedo estar… Estaré pensando en ti… deseando que estés bien…

Un par de lágrimas en mis mejillas… El agujero… parecía que algo lo cortaba, lo extendía, lo multiplicaba…

- Yo te amaré por siempre… Sin importar nada, ni lo que me pase, ni como cambie mi piel ni como se vuelva difícil cuidarte… Y quiero que estés bien sin que importe nada más…

Mi pobre bebita estaba hiperventilando y su ritmo subía peligrosamente. Le daría un paro… Y la certeza de eso dominó ese intenso segundo de mi vida.

- Descansa, pequeña. Te amo.

Sin pensarlo, subí a la cama y la tomé en mis brazos mientras empezaba a tararear la única canción de cuna que me sabía. De mis recuerdos borroso, lejanos, de otra vida sólo consegúi recordar la nana que Edward me hizo… o que dijo que me hizo. No tenía importancia. Annie tenía que dormirse… y dejar de sufrir…

Entonces escuché como su ritmo cardíaco bajar de intensidad y los músculos de Annie destensarse poco a poco. El ritmo era tan lento… cada vez más lento… y l pitido del monitor sonaba con unos mini segundos de atraso. Lo disfrutaría… El corazón de mi hija… hasta que dejara de latir.

- Mamá… viniste – sonó su vocecita somnolienta.

¡Qué tarde! ¡Qué ironía!

Y fui tan feliz de que antes de que su corazón se parara me había dejado estar con ella.

Y entonces su latido siguió bajando de ritmo…

Iba despacio, constante. Me parecía que el siguiente no lo oírla. Traté de apretarla más fuerte, poniendo cuidado de no quebrarla. Respiré hondo. Sentí las lágrimas bajar por mis mejillas mientras seguía tarareando… Perdí la noción del tiempo, la terminé, la volví a empezar.

De un momento a otro, un corazón flotó dentro de mi habitación.

- Señorita Swan. – llamó alguien.

Abrí los ojos. Todo se veía muy claro, los lentes debieron deshacerse. Me recordé no alzar la vista. Fingí secarme los ojos con los reversos de mis mangas.

- Una enfermera me dijo que la temperatura de Annie está algo baja. Vine a revisarla.

Asentí y me bajé de la cama, pero no solté su pequeña manita. Traté de controlarme para no caer hecha polvo en el piso, el corazón del doctor sonaba tan fuerte, tan tentador… y tan poco apetecible…

Vi como el doctor observaba los monitores y luego colocaba los audífonos de su estetoscopio en sus oídos y los ponía sobre el pecho de mi hija. Parecía dormía, apacible, bella como un angelito.

Escuché como su corazón se aceleró un poco. Cerré los ojos y dejé que unas lágrimas resbalaran de mis mejillas. El doctor me pidió soltarla para escuchar el corazón por la espalda. Aproveché para ponerme los lentes, con movimientos tan rápidos que dudo que los haya visto. Lo vi abrirle los ojos ligeramente, y probar con una luz. Bajé la vista.

No podía… Sus ojitos… opacos… no quería verlos… Ya no destellaban… Se habían llevado mi vida.

El doctor tocó el timbre para llamar a la enfermera, quien vino inmediatamente.

- Programe un placa de tórax para Annie. Quiero que salga lo más pronto posible. Por favor, localice al doctor Ferguson.

- Sí, señor.

- Nikki, traéle a la señorita Swan una manta. Querrá dormir aunque apenas esté amaneciendo.

Tragué la ponzoña.

- No se preocupe… Yo…

- Voy a esperar la placa. Pero podría jurar que finalmente está respondiendo al tratamiento. Y estaba dormida en sus brazos. Debió ser esa canción que cantaba…

"¡¿QUÉ?"

- Duerma un poco, señorita Swan. Annie estará bien.

Empecé a respirar muy rápido… No… su corazón… no lo oía.

Traté de ignorar el alborotado paso del corazón del pediatra. Y entonces lo encontré.

Lento, acompasado… Cada dos segundos.

Mi hija estaba viva.

Y yo había recobrado la esperanza.

Cuando alcé la vista vi a lo lejos un pequeño rayo del sol del amanecer que se colaba entre los edificios… Y el sonido de los carros circulando en la carretera a menos de un kilómetro, las personas comentando en diferentes rincones del hospital, los gritos, los llantos… todos los sonidos se colaron en mi cabeza.

- Los exámenes tardaran unas cuatro horas. – dijo el doctor Teddiston mientras, un segundo antes de que lograra tocarme, me volví y vi que me señalaba un sillón incómodo, pero grande que estaba en la esquina de la habitación – Descanse. Todo estará bien.

Había mucho por hacer, pero me aseguraría de que así fuera.

Me dejé guiar por el doctor hasta la silla. Unos minutos después sacaron a mi hija de ahí y seguí el glorioso sonido de su palpitar hasta que se me hizo difícil porque había una barrera pesada, metálica… "Las puertas del ascensor"

Miré el rayo de sol entre los edificios hacerse más indomable…

Y las lágrimas que bajaban por mi cara siguieron una trayectoria extraña. Con una leve prominencia en mis mejillas, desviadas por las curvas que reconocí alrededor de las comisura de mi boca.

"Ya era hora… ha pasado tanto tiempo…"