Listo el capítulo... ¡Gracias a todos por su tiempo! Espero les guste, aunque sea simple... ¡va con cariño!
Contigo
Capítulo X.
Se sorprendía con la rapidez de los días, aun todavía. Era así desde que llegó a Lovell, y lo aceptaba de buena gana. Era ya el día de la llegada de su hermano, cuñada y sobrinos y no había pensado en cómo buscarlos a la terminal. Estarían agotadísimos tanto por el vuelo como por el viaje en bus; no era para menos, fue mucho el agite. El Volkswagen sería muy incómodo para todos, sin contar las maletas.
No se iba a decir que no había pensado en abusar de la amabilidad de su vecino; pero ahora, con más confianza, con la tela de la amistad unos centímetros más larga, no dudaba en pedirle el favor. Pero Harry, muy inteligente y observador en ciertas cosas, de inmediato supo su inconveniente, y tan gentil como siempre, quizá hasta un poco más, ofreció su Sedan.
- No sé qué haría sin ti, Harry – dijo, pasando un trapo por el capote de su auto. – Disculpa tanta molestia.
- No es molestia, Ginny.
- Yo te seguiré, iremos a tu ritmo.
- ¿Podrá esta cosa seguirme el paso? – palmeo el techo del Volkswagen.
- ¿Acaso no te ha demostrado ya su fidelidad? Es un grande mi chatarrita – se subió apenas terminó de limpiar el parabrisas. Harry ya había sacado el sedán del estacionamiento y aparcado frente a la casa. – Adelante, me tendrás detrás.
El camino fue pesado, a opinión de Harry. Quería pensar que se debía al gran flujo automovilístico, y no a que extrañaba la presencia de Ginny en el asiento de junto. Se detuvieron en dos puestos libres tras la línea de taxis, junto a una larga fila de personas con equipajes abultados y mochilas gigantescas.
- ¡Ginny! – llamó apenas bajó del carro. Ella se acomodaba el cabello, despeinado por el viento de la carretera. – ¿A qué hora llegaban?
- Deben ya estar aquí – salió del auto y miró la larga fila de taxis. – Dije que apenas llegaran fueran a la cafetería. No se te será nada difícil reconocerlos; serán tres cabezas encendidas – tocó su largo cabello, echado a un lado sobre su hombro – y una rizada melena, ¡lo ha de tener como una permanente!
Y en efecto, eran inconfundibles los personajes. Ronald Weasley era muy alto, mucho más que él, y sobre su cabeza llevaba una gorra de un famoso equipo de futbol inglés. Los mechones de su pelo encendido se le escapaban por los costados y la mitad de su cara estaba cubierta por una barba medio espesa. Su esposa, de estatura media y, tal como dijo Ginny, con los rizos un poco rebeldes, estaba junto a él, acomodando un par de bolsos de mano sobre una enorme maleta.
- ¿No faltan…? – volteó hacia Ginevra, mas la mujer ya había dado marcha hacia su familia, prácticamente corriendo los pocos pasos que quedaban para llegar a ellos.
- ¡Ginny! – la voz de Hermione sonó chillona ante el entusiasmo. - ¡Ginny! – volvió a gritar apenas la tuvo en frente, lista para abrazarla.
- Dichosos los ojos que te ven ahora, hermana – Ron se unió a ellas. – Estás más enana que antes.
- Tú estás más peludo que nunca – lo abrazó. - ¡Gracias, gracias por venir! ¿Dónde están Rose y Hugo?
- Ellos… ¡Ahí vienen! Muero de sed – Ron señaló al par de chicos que se abrían paso entre las mesas llenas. Una jovencita de trece años y un niño que podía ser el clon de su padre en miniatura. Cada uno tenía en sus manos unas latas de gaseosa. - ¡Qué calor que hace, Ginevra!
- Ya te acostumbrarás. Mis amores… – caminó hasta sus sobrinos. – ¡Un abrazo a la tía preferida!
- Pero si no está tía Gabrielle aquí…
- Señorito…
- ¡Broma, tía Ginny! – Hugo prácticamente saltó sobre ella – Siempre das los mejores regalos.
- Siempre queriendo comprar el amor de todos - comentó Ronald, recibiendo como respuesta una infantil sacada de lengua por parte de su hermana.
- Preciosa – Ginny miró a Rose. La chica era alta para su edad, su cabello rojo tal como el de su tía, se le rizaba en las puntas y tenía un poco de friz. – ¿Cómo estás?
- Todo genial, tía – la abrazó.
- Muchos abrazos, sí. Pero creo que ya…
- ¡Vamos, vamos! Harry, ¿dónde estás? – miró alrededor.
El moreno se había mantenido unos metros lejos de la escena. Se acercó apenas Ginny comenzó a llamarlo.
- Oh, Harry. Aquí, ven – en un gesto espontáneo, que salió muy natural, muy juvenil, le tomó la mano – Él es Harry. Harry, mi cuñada, Hermione – señaló a la castaña – y mi hermano, Ron – viró hacia el pelirrojo barbudo. – Y dos de los mejores sobrinos del mundo, Rose – la chica sonrió – y Hugo - el mini Ron saludó con la mano, pendiente de una de las latas de gaseosa que había comprado con el dinero de su padre.
- Es un placer – luchó ante la cohibición nacida al momento de conocer a personas nuevas. Ofreció su mano libre a Ronald y este la estrechó, firme.
- Harry, un placer. Ginny nos ha hablado mucho de ti – Hermione le sonrió.
- Del gran ayudante que eres – la mujer soltó su mano y tomó una de las mochilas puestas sobre la mesa, asiéndosela en la espalda. – Ya hablaremos en casa, hace mucho calor.
- ¿No estabas acostumbrada ya? -Ronald tomó las agarraderas de la maleta más grande. Ginny ignoró su interrogante y cruzó brazos con Hermione.
- Tenemos mucho de qué hablar – dijo a su cuñada.
- ¡Se envían mails casi todas las noches! – Harry se atrevió a tomar una mochila rosa, seguramente de Rose, al verlos a todos coger parte del equipaje. No era mucho, la carga más pesada era la que Ron llevaba.
- Las mujeres siempre tenemos algo de qué hablar, siempre – empezaron a caminar fuera de la cafetería, rumbo a las afueras del terminal.
Rose se volteó a tomar su mochila, topándose con Harry. El hombre ya se la había canchado sobre su hombro izquierdo.
- Yo la llevo.
- Oh, gracias – sonrió ante su amabilidad. Harry la notó muy parecida a su madre, al verle más detalladamente las facciones. – ¡Muévete Hugo! – fueron en fila hacia los autos.
- ¡Qué suerte! Pensé que habían estacionado lejos – Ron dejó la enorme maleta cerca de la puerta del Volkswagen. - ¿Cómo puedes tener esto todavía? – señaló el humilde transporte.
- ¡Y dale con mi pequeño! – Ginny abrió la puerta del copiloto y arrimó el asiento hacia adelante, dándose paso a la parte de atrás.
- ¿Cómo nos iremos? – se quitó la gorra, pasando su antebrazo por sobre su frente.
- Tú puedes irte con Harry – el hombre se dio por aludido, observando al pelirrojo mayor de reojo. – Hermione conmigo. Como dije, ¡tenemos mucho de qué hablar!
- ¿Y nosotros? – Hugo halaba su maleta con rueditas. Harry vio que tenía un enorme estampado de Los vengadores encima.
- ¿Qué prefieren, corazones?
- Voy con papá – respondió el Ron miniatura.
- ¡Hombres unidos! – exclamó Ron, y dio los cinco con su hijo. Harry sonrió, sin poder evitarlo.
- Yo voy con ustedes, tía – dijo Rose, abriendo los ojos – no podré con tanta testosterona junta. – las mujeres rieron.
- ¡Muy bien! Harry… – él la observó. – Tu maletero, para…
- Sí, sí… – Harry se acercó al sedan y, quitando el seguro, abrió el maletero. El espacio dio para las dos mochilas y la enorme maleta que transportaba Ron. Hugo podría llevarse su maleta con rueditas junto a él.
- Ok, preciosa – Ginny le dio paso a Rose, para que se acomodara en el asiento trasero del Volkswagen. - ¡Y listo!
- ¿Me sigues el paso? – preguntó Harry a Ginny, ella asintió con la cabeza. No dejaba de sonreír, y al verlo a él, Harry creyó que aquella curva se alargaba un poco más, formando hoyuelos en sus mejillas. No podía virarse sin responderle de igual manera; una sonrisa que casi, casi, le llegaba a las orejas.
- Hablaremos en un rato – fue cada quien a su respectivo lugar.
Hermione sonrió a su esposo y, haciendo uso de aquella cualidad de pareja ideal, la comunicación clara sin necesidad de abrir la boca, le pidió su más sincera amabilidad para con él vecino de Ginny. Ronald se alzó de hombros, inclinándose para ingresar al sedan después de cerrar la puerta de Hugo.
- ¿Y… bien? – Hermione trató de sujetarse el cabello al darse cuenta de que Ginny viaja con las ventanas abajo. Rose hacía lo propio con el suyo.
- Todo.
- ¿Qué? – tomó un lápiz de la guantera y se sujetó el moño improvisado.
- Todo, amiga. Todo está muy bien. ¡Más que bien! – giró en una curva, siempre tras el sedán. El flujo automovilístico daba marcha más libremente. ¡Una suerte!
- ¿Qué ha pasado? – la mujer tenía curiosidad con respecto a Harry Potter. Ginevra no le había contado nada en particular, que no estuviese relacionado netamente con una simple relación de trabajo y de reciente amistad.
- Cosas muy buenas.
- ¿Y Harry?
- Es maravilloso.
- ¡Ay, ti Ginny!
- ¡Ay, Rosie! – giraron en otra curva. – Solo somos amigos – respondió a Hermione. – Me ha ayudado muchísimo en la tienda. Si no fuese por él, no tendría negocio. Créeme.
- Eso podemos creerlo, tu falta de orden es increíble cuando de industrias se trata.
- Nos ha ido excelente en estos últimos días. ¿No te lo dije? ¡Cosas muy buenas! El local ascendiendo y ustedes están aquí – miró el Sedan. – Todo está muy bien.
- ¿Dean no te ha llamado?
- Sí – se quitó el pelo de la cara, un mechón se le había metido en la boca al hablar. – Ayer, casualmente.
- ¿Y qué tal?
- Harry me hizo darme cuenta de algo – Hermione alzó las cejas, ese gesto que se hace sin querer cuando se piensa en lo que puede ser y en lo que no. – Y lo solucioné. Ahora sí, podemos decir que estamos en paz.
- ¿Amigos?
- Amigos – sonrió.
Llegando a casa, disminuyeron la velocidad. Muchos niños jugaban a la pelota y el trío de niñas rubias que Harry había visto en el primer día volvía a saltar la cuerda, aprovechando los días restantes de las vacaciones.
Ginny había colocado una pequeña mesa cuadrada a un lado del jardín y dispuesto unas cuantas sillas en el porche, ya soñando con una barbacoa. Tenía que admitirlo, la carne a la parrilla era una de sus comidas predilectas. Una enorme jarra de limonada se enfriaba en la heladera y había un pastel de chocolate con fresas cubierto junto al fregadero. Aunque era temprano, ofreció empezar con la comida.
- ¿Estás loca? – habló Ron, tomando la enorme maleta que recién Harry bajaba del maletero. – ¡Me siento reventado!
- ¡Qué raro tú! Rechazando a la comida…
- Se tragó una bolsa de patatas fritas en el bus – dijo Hermione, tomando una de las mochilas y su bolso de mano. – Ese hermano tuyo… aprovechó a que me dormí para hacer desastre. – se quitó un rizo de los ojos – Y sí, Ginny, yo también estoy muy cansada.
- Entiendo, entiendo – ayudó a Rose con su mochila conforme la niña bajaba del carro.
- ¡Está genial, tía! – exclamó la jovencita, parada frente a la casita.
- Más bonita de lo que se ve en la foto – convino Hermione.
- ¿Cuánto pagas de alquiler?
- Lo justo, Ronald – abrazó a Huguito desde atrás al tenerlo delante, Harry se encargaba de la maleta con rueditas. – ¿Qué te parece, tesoro? – preguntó al niño. Éste la miró, sonriendo.
- Lástima que esté tan lejos, tía. Seguramente hay casas así en Londres. ¿No quieres volver?
No le preguntaban eso desde hacía tiempo. Recordaba, la última vez había sido estando ella en Nueva York, batallando con su socia al confesarle que pensaba dejar la ciudad.
Observó la casita, los escalones de madera, el piso que había pulido el día anterior. Las campanillas de viento y las pequeñas ventanas. Vio a Ron, tan alto como un poste, parado ya frente a su puerta, y vio a Harry al lado, sosteniendo el par de mochilas de los niños y la maleta de Los Vengadores. ¿Cuándo le había quitado el bolso de Rosie?
Sintió un tirón en la boca del estómago, ocasionado por la tierna visión de su colaborador vecino. Una presión curiosa, que no le fue nada desagradable. Movió la cabeza y suspiró sin querer, invadida por un peculiar sentimiento.
- Vamos dentro, todos están cansados - dijo.
- ¡Pido la cama grande! – bramó Ron, apenas Ginevra abrió la puerta.
- ¡Papá!
- Tengo tres niños – habló Hermione, mirando a Harry al pasar a su lado. – Tres niños – mostró tres dedos de su mano derecha. El moreno solo se atrevió a sonreír.
Dejaron las maletas sobre el sofá de flores rojas y recorrieron la casa en un santiamén. Era pequeña y de un solo piso, ¿qué tanto podían ver?
Harry aguardó en la sala, cerca de la puerta. Era la tercera vez que entraba a la casa de su jefa y poco se había atrevido a fisgonear. La primera razón había sido para ayudarle a llevar un enorme macetero con una de esas plantas para interiores que tanto le gustaban, el palo de la felicidad, muy parecido al bambú. Y la segunda, para incrustar a la pared un par de clavos. Le gustaba mucho la fotografía y en la mesita central y sobre la repisa de la chimenea tenía un montón de portarretratos. Eran fotos de su familia, pelirrojos grandes y pequeños. En la segunda ocasión dentro de esa casa, Ginny le había contado muchas cosas sobre ellos; se enorgullecía mucho de cada uno de sus hermanos y sobrinos.
Se acercó a la repisa y tomó un retrato triangular, muy original, de color verde brillante, que mostraba la foto de un par de gemelos. Tres años tenían, le había dicho Ginny; eran los hijos de Fred, gemelo de George. Sonreían de forma muy mona a la cámara y a Harry le recordaron a Tweedledum y Tweedledee, de Alicia en el País de las Maravillas.
- ¡La cama, papá! – escuchó decir a Rose.
- Estoy viejo, cariño, estoy viejo. Consiente a tu viejo.
- ¡Viejo el profesor Dumblerode! ¡No te duermas!
- ¡Por favor, Ronald! – era Hermione. – Vengase, amor, aquí con mamá. Abre espacio para tu hermana. – Harry solo escuchaba y se imaginaba la escena sin mucho problema; todos empelotonados sobre el colchón, demasiado cansados como para sentirse incómodos.
- Tres colchones en el piso, ¡y nada! Todos quieren mi cama, ¡mi habitación! – pasado un rato, Ginny salió hacia el pasillo – Debería dejarla como habitación de huéspedes, ciertamente, es mucho más cómoda. – Llegó hasta la sala y tropezó las maletas – Las moveremos después, están agotados. Cayeron como troncos apenas Ron cerró la boca – lo miró, sonriendo. – Gracias por tu ayuda.
- Cuando quieras – dejó la foto de los gemelos en su lugar, dispuesto a irse.
- ¿Quieres un vaso de limonada?
- Yo… - volteó hacia ella, se había recogido el pelo en una trenza un poco descuidada. – Sí.
- Ven – la siguió a la cocina. Se sentía muy a gusto estando bien cerca de ella, escucharla, verla sonreír cuando lo miraba... era muy bonito. - ¡Mira esto! – agarró una foto de su heladera, donde tenía unas diez imágenes más, y se la tendió. Harry la detalló, impresionado. Era la fotografía de su segundo hermano mayor, Charlie, liando con un caimán. – Es nueva, me la envió apenas ayer por correo y de inmediato la revelé. – Charlie Weasley trabajaba como cuidador en una reserva en África desde hacía dos años; su fascinación por los reptiles venía desde muy pequeño, según le había dicho Ginny. – Quería anestesiarlo para curarle la cola. ¡Qué miedo! Pero sería impresionante, ¿verdad? Estar tan cerca de un animal así – servía solo un vaso de limonada. - ¿Quieres pastel?
- Déjalo para cuando tu familia despierte.
- ¡Anda! Yo misma lo preparé.
- ¿De verdad? – sabía que no; el pastel era de Martha. - ¿De verdad? – rió, viéndola y sin ocultar esa cara que sí, denotaba que sabía que estaba mintiendo.
- ¡Bueno, ya! – también se carcajeó. – Lo hizo Martha. ¿Quieres un trocito? – él negó con la cabeza. – Ok, yo sí comeré un poco. – Fue hacia el pastel y cortó un trozo pequeño.
Ambos, parados contra el borde del fregadero, miraban hacia la ventana. El sol estaba radiante y muchos niños jugaban tras sus autos. Una pelota dio al techo del Volkswagen y rodó por todo el parabrisas.
- Como no está tan aporreado mi pequeño… - Harry volvió a reír y se acabó la limonada, pero no dejó el vaso, lo mantuvo sujeto entre sus manos pese a ya estar vacío.
Escuchó el plato de Ginny al ella depositarlo en el fregadero y volteó, apartándose de las calles. Podía mirar a la pelirroja, no obstante, se le hizo más sencillo enfocarse en las migajas del pastel sobre el plato.
- ¿Qué tal el trayecto?
- ¿Cómo?
- Con Ron y Hugo, ¿qué tal?
- Oh, bien – sonrió, alzando los ojos hacia ella. – Tienes a un sobrino muy listo.
- Sí. Podrá ser idéntico a Ron, pero para bendición de todos, sacó el cerebro de su madre – sonrió. – Rose también es muy lista, le gusta mucho leer. Es curiosa y muy detallista – se apoyó sobre su cadera y cruzó los brazos, buscando una posición más cómoda al estar en pie. – ¿De qué hablaron?
- No mucho, realmente – copió a Ginny, apoyándose en su cadera, y dejando los brazos a los costados. – Escuchábamos la radio.
- Ya imagino la escena – Ron chachareaba casi tanto como ella, y compartió unos minutos con Harry, el hombre que no abría la boca si no era necesario. Ya se conocerían mejor, esperaba. Y ansiaba que se hiciesen muy buenos amigos.
Regresó a mirar hacia la calle y sonrió, contenta. No mentía al decir que todo estaba bien, verdaderamente bien en su vida. Apreciaba cada cosa en su lugar, sin las precipitadas alteraciones ocasionadas por los errores cometidos, que a fin y al cabo la llevaron hasta allí. Se alegraba enormemente por estar en Lovell, estar trabajando en lo que le gustaba, estar con visitas de su familia y compartir con Harry. Se sentía muy feliz y conforme, tanto que…
- ¿Puedo darte un abrazo, Harry? – no lo pedía con dobles intenciones.
Harry no respondió y Ginny se dio por llevar a cabo el gesto sin esperar alguna afirmación de su parte. Rodeó al hombre con sus brazos y, al ser casi de la misma altura, posó la barbilla en su hombro. Como se decía, estaba muy agradecida, y necesitaba demostrárselo a alguien. Ahí estaba Harry, su vecino y más reciente amigo. Y agradecía por eso también.
El hombre, con los ojos bien abiertos, sorprendido ante el arrumaco inesperado, atinó a subir los brazos diez segundos después, descansando las manos en la espalda de la mujer. La camiseta dejaba al descubierto parte de su piel y Harry la sintió tan suave como la superficie de una pluma. El aroma de su champú llegó a su nariz, y lo consideró mucho más encantador que el aroma desprendido por las flores del jardín. Se preguntó si, al ella apoyar la mejilla sobre la suya, le picaría con el nacimiento de su barba. Ginny rió bajito y Harry la imitó, los pelillos solo le ocasionaban cosquillas.
No se sentía él, algo le estaba pasando, y no sabía si era algo bueno, o todo lo contrario. Ese abrazo parecía buscar algo más. Ginny movía el rostro, lentamente, sobre su hombro, y sus labios le acariciaron sin querer el lóbulo de la oreja. La frente de ella tocó el punto donde estaba su sien y llegó a buscar apoyo en la suya, rozándose las narices. Se sintió raro, y aún no tenía ni la más remota idea de si era apropiado. Se consternó ante la probabilidad de un próximo paso. ¿Sería capaz ella? ¿Sería capaz él? ¿Qué estaba sucediendo, de todas maneras? Ambos tenían los ojos cerrados y el sentido del tacto, amplificado ante ello, les indicaba que sí, buscaban que sucediera algo más.
- Tía Ginny – Hugo entró a la cocina, interrumpiéndolos.
Se alejaron, dando un brinquito como quienes son descubiertos haciendo una travesura, y sin darle oportunidad al beso de cumplir su cometido; llegar sin siquiera ellos darse cuenta.
¿Qué les pareció?
¡Gracias miles por leer!
