CAPITULO X
¿Acaso no sabes cuánto te quiero?
Lakewood
Mayo de 1915.
-¿Crees que sonaré como un tonto si te pregunto cómo estás? – dijo Albert, extendiéndole la mano.
-Tal vez – Terry se recostó contra la pared exhausto, como si fuese un anciano –. Pero creo que no tengo roto nada.
-¿Te duele esto? – William le ayudó a mover una de sus piernas que se veía hinchada. Terry respondió con un alarido.
-¿Eso contesta a tu pregunta? – refunfuñó - ¿Cómo llegaste hasta aquí?
-Al parecer de la misma forma que tú – Albert se sentó junto a él, encogiendo las piernas.
-¿Qué tienes que ver tú en esto?
-No lo creerías.
-Candy y yo pensamos que estabas en África.
-Ya volví.
-¿Y cómo terminaste en éste sitio?
-Es una larga historia – el heredero Andrey se puso de pie y se aproximó a la puerta –. Te la contaría si tuviéramos tiempo pero hay que salir de aquí.
-¿Sabes dónde estamos?
-No¿puedes caminar?
-Creo que sí.
Albert le ofreció su brazo para que se sostuviera mientras se ponía de pie. En ese momento, Terry recordó lo que había olvidado por descuido.
-Candy. Tengo que ir con ella.
-Lo sé – William examinaba la habitación y cada una de sus esquina como si buscara algo.
-¿Qué es lo que sabes?, no me has dicho qué haces aquí – le cuestionó.
-No es complicado de entender, pero no tenemos tiempo – reiteró, comprensivamente.
-Si no es complicado, dilo en una frase.
-Vine a ayudarlos, pero ellos me encontraron primero.
-¿Ellos?
-Sabes a quién me refiero. Has estado huyendo de él durante meses.
-¿Pero por qué tú?
-No tenemos tiempo de…
-¿Por qué tú? – exigió Terry.
-De acuerdo – suspiró Albert, derrotado – Mi nombre es William Albert Andrey – le sonrió y volvió a ofrecer su mano –. Soy el venerable y anciano, tío abuelo William.
-¿Andrey?
-Candy es mi hija adoptiva.
-Creo que… – balbuceó Terry, desconfiado – alguien te golpeó la cabeza demasiado fuerte.
-Lamento no habértelo dicho antes, pero ni siquiera ella lo sabe. La tía abuela planeaba presentarme en sociedad al llegar el otoño, aunque ahora, Candy tendrá que saberlo mucho antes.
-Entonces sabes todo lo que nosotros...
-Sí – se adelantó a decir – las noticias me llegaron un poco tarde, cuando tú y Candy regresaban a América. Pero lo sé todo.
-¿Presentarte en sociedad? – recapituló Terrence – ¿Qué quieres decir?
-Al salir de aquí te lo contaré.
-¿Y cómo piensas salir, sabelotodo?
-Con mucha suerte – bromeó William – ¿Seguro puedes caminar?, mejor dicho – se corrigió – ¿correr?
-Lo intentaré. ¿Aún estamos en Lakewood?
-Lo descubriremos en unos minutos. ¿Todavía fumas?
-¿Quieres un cigarrillo?
-Quiero tus fósforos.
-¿Para qué?
-Necesitamos que abran esa puerta.
¿Qué vas a hacer?
-Quítate el abrigo.
-¿Qué?
-¿Quieres dejar de hacer tantas preguntas y ayudarme?, quítate el abrigo.
-No entiendo – declaró Terry al deshacerse de la prenda.
-Haremos un poco de ruido – Albert enrolló el abrigo de Terrence y lo puso junto a su propia chaqueta.
-¿Vas a quemarlos?
-Voy a sacarnos de aquí. ¿Recuerdas cómo pelear, señor Duque?
-¿Necesitas una muestra? – dijo, engreído.
-Sólo necesito que hagas lo que te diga, cuando lo diga.
-Adelante – el aristócrata le entregó la caja de fósforos que por fortuna conservaba en el bolsillo de su pantalón. Donde Candy no pudiera encontrarlos fácilmente.
-Escucha bien – indicó Albert, hablándole en voz baja –. Cuando la habitación se comience a llenar de humo, golpearemos la puerta para llamar su atención.
-¿Y qué pasa si deciden no abrir?
-Lo harán. Confía en mí.
-¿Y después qué?
-Pelearemos para salvar nuestra vida.
-Como en los viejos tiempos¿no? – recordó Terrence.
-Como en los viejos tiempos.
Antes de prenderle fuego a sus ropas, Terry y Albert se estrecharon las manos y se desearon buena suerte.
-Por ese pecoso dolor de cabeza – brindó el aristócrata.
-Por nuestra querida Candy – convino Albert.
Y fue así que ambos emprendieron la más peligrosa aventura que jamás había imaginado.
Edimburgo
Agosto de 1914.
-¡¿No me escuchaste, Granchester?! – vociferó Archie, impaciente –¡abre la puerta!
-Archie – intentó tranquilizarle Stear –. No es necesario que grites de esa manera. No sabemos sí Candy…
-Sé que está dentro.
-Te comportas como si estuvieras mal de la cabeza¿lo sabías? – Stear lo miró con fastidio y se dio la vuelta.
-¿Candy? – insistió Cornwell – ¿Candy, estás allí?
Adentro de la habitación…
-¿Acaso tienes un imán que le avisa a dónde vas? – cuestionó molesto, Terry.
-Lo lamento – Candy se sentía culpable de oír a Archie furioso en la casa del aristócrata y ser ella la culpable.
-Haré que lo echen – Granchester se dirigió a la puerta pero a un metro de llegar, Candy se interpuso en el camino.
-No, por favor. No pelees más con él.
-¿Pretendes que me quede aquí sin hacer nada?
-Tengo una idea mejor.
-¿Por qué no me sorprende?
-Vamos a escaparnos.
-¿Vamos a qué?
Afuera de la habitación…
-Suficiente – resolvió Stear –. Si Candy no quiere salir, no la obligaremos – retó a Archie –. Tampoco dejaré que molestes a Terrence en su propia casa.
-No me iré sin ella.
-Deja de tratarla como a una niña.
-Lo único que quiero es protegerla de ese tipo.
-Candy sabe bien cómo cuidarse sola.
-No lo creo.
-Yo sí – Stear sujetó con rudeza el brazo de su hermano menor –. Vámonos.
-¡Déjame en paz!
-¡Archie, basta! – intervino Patty –, por favor. No peleen entre ustedes.
-¿Cómo puedes quedarte tan tranquilo, Stear?, Candy es parte de nuestra familia. Ella…
-Si tanto te preocupa – propuso Stear – permite que sea Paty quien hable con Terry.
-Pero…
-Deja de pensar en ti por un minuto – agregó el inventor –, y haz lo correcto.
Adentro de la habitación…
-Podemos bajar por la pared – dijo Candy, a la orilla de la baranda – no es tan alto.
-¿Perdiste la razón?, no voy a huir de mi propia casa.
-Iremos a rescatar a una niña indefensa – corrigió Candy, sonriendo como si saliesen a picnic –. No huiremos.
-Si vuelves a repetir eso, juro que te arrojaré – sentenció el aristócrata al señalar el balcón con la mirada.
-Iremos a rescatar a una niña indefensa – le provocó, de brazos cruzados - ¿Y bien¿No ibas a arrojarme?
-No fastidies – le reviró, pensando qué hacer con el desquiciado de afuera, y la lunática de adentro.
-Iré cómo sea – Candy se sujetó del metal que rodeaba la terraza y pasó una pierna por encima.
-Maldita sea – bufó, yendo hacia ella para detenerla – ¿Cuánto más tengo que…?
-Por favor... – la pecosa lo miró suplicante y antes de que él sujetara su brazo, le tomó la mano –, ven conmigo. No quiero ir sola.
-Candy…
-Ayúdame.
Terry no podía recordar ninguna ocasión en que Candy le hubiese pedido ayuda. Ni siquiera cuando Neil Leegan la acosaba custodiado cobardemente por sus amigos. O cuando Elisa la humillaba públicamente con comentarios mordaces y perversos. Ahora lo hacía, con sus ojos verdes apuntando directo hacia él, transmitiendo en su reflejo un honesto llamado de auxilio.
-Yo te ayudaré – Candy pudo leer en su rostro que milagrosamente Terrence había accedido a ir con ella -. No es difícil, sólo sostente fuerte.
-¿Y…? – preguntó él, todavía en duda – ¿Qué haremos con él?
-¿Él?
Terry señaló con su brazo a la puerta donde Archie se encontraba.
-No tenemos que hacer nada. Andando.
-¿Sabes por qué hace todo esto, verdad?
-No, realmente – respondió, fingiendo no darle importancia.
-¿No?
-Será mejor irnos.
-Candy…
-¿Acaso tienes miedo? – la pecosa lo miró con recelo – ¿Es eso?
-¿Miedo a qué?
-A las alturas – Candy señaló hacia el vacío y río divertida.
-Por supuesto que no.
-Tienes miedo.
-He dicho que no.
-Miedoso.
-Basta.
-Miedoso – repitió con una burlona tonada.
-¿Quieres callarte de una vez?
-¿Vienes o no?
Con las manos en la cintura y moviendo la cabeza con fastidio, Terry se dio cuenta que podría vencer a Archie con un brazo atado a su espalda cualquier día, pero fracasaría ante la terquedad y agudeza de la señorita White eternamente.
-Hazte a un lado – el aristócrata la apartó de la baranda y comenzó a bajar por la pared con ayuda de las salientes y enredaderas que cubrían el muro de piedra – Estoy también te lo pienso cobrar – agregó.
-No si yo llego primero que tú – Candy lo siguió y se apuró a rebasarle como toda una experta.
-Tal vez si fuiste un mono en tu otra vida – Terry la observó atónito, respirando con dificultad a causa de la fatiga. Candy lucía en excelentes condiciones cuando se volvió a mirarle para dedicarle una graciosa sonrisa.
-¿Ya estás cansado?
-Pero de ti – le gruñó. Continuó descendiendo por la pared y en un descuido se astilló un dedo con una rama – ¡Maldita sea¿Por qué tengo que hacer esto en mi propia casa?
-Deja de hablar y apúrate.
-Juro que me las pagará.
-¿Archie?
-¿Acaso estoy haciendo esto por culpa de otro idiota? – volvió a gruñir, con la frente cubierta de sudor.
Afuera de la habitación…
-¿Terry, estas ahí? – preguntó Paty.
-Por supuesto que sí – intervino Archie. Stear pegó con el puño en su brazo para que se callara.
-¿Terry? soy yo, Paty. Queremos preguntarte si has visto Candy.
-¿Qué no oyes, Granchest…? – insistió Cornwell. Stear imprimió un duro pellizco y le advirtió con la mirada que lo haría de nuevo si volvía a intervenir.
En el muro…
-¡Eres muy lento! – Candy golpeó con el pie sobre el pasto, impaciente.
-Para salir de mi casa – le contestó, dando un brinco final –, normalmente utilizo la puerta, no la pared.
Afuera de la habitación…
-Parece que no hay nadie – Paty miró a Stear, desconcertada.
-Todos lo escuchamos – Archie no movería un pie hasta no ver a cualquiera de los dos.
-Entonces si no quiere abrir – concluyó Stear –, no podemos hacer nada.
-Yo sí – Archibald se movió hacia la puerta pero Stear tiró de su camisa y lo sostuvo fuertemente.
-Vámonos – le dijo, jalándole como a un niño pequeño –. Quizás Candy ya volvió al Colegio.
En las caballerizas…
-¿No iremos a pie? – Candy introdujo la cabeza por la puerta mientras Terry desataba a su caballo.
-Hazlo, si quieres – le dijo al montar con firmeza y guiando al animal hacia la salida –. Yo te esperaré allá.
-Esta bien – de mala gana, la pecosa se acercó para montar en su espalda –. Pero no creas que lo hago porque tú me lo pides.
-Puedes correr a mi lado, si lo prefieres.
-No es gracioso.
-¿Cómo dice?
-Señorita Britter, no debió venir.
-Respóndame – frente a la puerta del Castillo de Edward, Annie se plantó firme ante la mucama que le abrió la puerta - ¿por qué no puedo entrar?
-¿El cochero no le dijo que esta noche su majestad no tenía planes para cenar con usted?
-No me importa lo que haya dicho o no. Quiero ver a Edward.
-Pero, señorita... – la sirvienta miró para todos lados, nerviosa –. No puedo dejarla entrar.
-¿Le he preguntado por qué no se me permite la entrada?
-Tiene que irse, por favor.
-No hasta que alguien me expliqué lo que sucede.
-No puedo… lo siento.
-Déjeme pasar – ordenó Annie, recargando su brazo en la puerta para abrirla.
-Señorita, se lo ruego.
-¡Quítese!
Annie no se resignó a la idea de quedarse sentada en el colegio, aguardando noticias de su príncipe. Suponía que después de lo ocurrido aquella tarde con él, su relación sería más estrecha y la conduciría irremediablemente a convertirse en la candidata ideal para ser su esposa. No podía ser de otra forma. No concebía que lo fuera. Ella le había entregado la prueba más grande de su cariño y confianza y Edward sin duda le correspondería.
Ansiaba desde ese día, ser partícipe de todo lo relacionado con su futuro esposo. Le demostraría al mundo entero que podía ser la mujer ideal para él. Su pareja perfecta, y no consentiría que nadie dijera lo contrario o se interpusiera en el camino.
Con decisión, Annie forcejeó con la doncella que la recibió en la entrada y como pudo la echó a un lado.
-Señorita Britter, no lo haga – corría la mujer tras ella.
-No me iré hasta hablar con él – dijo sin molestarse en verla – ¿Acaso no sabe que soy su prometida¿Cómo se atreve a tratarme así?
-Señorita, sólo obedezco órdenes.
-¿De quién? – se paró en seco, furiosa – ¿De Berth?, no tiene derecho de prohibirme ver a Edward. Se lo diré de inmediato y…
-No fue él, señorita.
-¿Quién entonces?
-Fue… - la mucama bajó la cabeza, apenada –, su majestad, el joven Edward, señorita.
-Miente. Eso no es verdad
-Lo siento.
-¿Y por qué haría eso?, es una mentira. Una malvada y cruel mentira.
-No lo sé, señorita.
-Edward me ama – dijo Annie, como si tratara de convencerse ella misma –. Él me ama.
-Por favor, váyase.
-Necesito sentarme – Annie cerró los ojos y se tocó la cabeza, víctima de un intenso mareo.
-Oh, Dios. ¿Se siente usted bien, señorita?
-¿Podría darme un vaso con agua, por favor? – pidió, luego de acomodarse en la silla más cercana.
-Sí, por supuesto. Aguarde aquí.
Annie fingía. Al momento en que la doncella desapareció por la puerta del recibidor hacia la cocina, salió corriendo hacia el estudio. Creyó que podría encontrar a Edward en ese sitio pero se equivocó. Continuó recorriendo las distintas habitaciones en las que acostumbraba reunirse con él sin éxito. Al final se decidió ir hasta su recámara y confrontarlo.
-¿Edward? – tocó tímidamente la puerta. No obtuvo respuesta.
La luz estaba apagada y a pesar de pegar la oreja para poder oír algo, todo indicaba que tampoco estaba allí.
-¿Edward¿puedo pasar?
A paso lento y temeroso, Annie se introdujo a la habitación sin haber recibido una negativa. Recorrió la antesala y llegó al dormitorio en completa oscuridad. Entrecerró los ojos para distinguir la presencia de alguien entre las sombras, y un movimiento perezoso en la cama de su príncipe se lo demostró. Edward dormía plácidamente bajo las sábanas, pero rápidamente, Annie se dio cuenta que las compartía con alguien más.
-Dios mío… - murmuró la joven. Se cubrió la boca con una mano temblorosa y contuvo el aliento, aterrorizada.
Al escuchar su nombre, Edward irguió la espalda y encendió la lámpara que tenía a su costado.
-¿Qué haces aquí? – la interrogó, rudamente.
-¿Qué es lo que sucede, Edward? – a pesar de lo evidente, Annie añoraba la posibilidad de que existiese una explicación, algún error. Algo que la hiciera despertar de aquella pesadilla.
-¿Qué sucede? – repitió su majestad, con ironía –. No lo sé, Annie. ¿Tú que piensas qué sucede?
-¿Quién es ella?
-No recuerdo haberte invitado a entrar en mi habitación, Annie. Ni tampoco en mi casa.
-No… ¡no es cierto! – el llanto de Annie se precipitó violenta y desesperadamente sobre su rostro – ¿Cómo has podido hacerme esto?
-¿Hacerte qué? – Edward tomó su bata de dormir y se levantó con fastidio -. Quiero que salgas de aquí ahora mismo.
-¡Pero yo te amo!
-¿Tú me qué? – la miró como si hubiese hablado en otro idioma? –. No me aburras con niñerías. Largo de aquí.
-Pero, tú… tú me dijiste que…
-¿Qué yo también te amaba? – su majestad se acercó a su cinco centímetros de su cara y sonrió con cinismo -. A eso le llamo yo ser una verdadera idiota.
Annie sintió el piso desaparecer bajo sus pies, y una espada hundirse en su pecho, rasgándole las entrañas. Pensó que moriría a causa del intenso dolor que ahogaba su garganta y lo único que pudo hacer fue cerrar sus manos en puños, temblando de ira.
-¿Vas a irte o tendré que echarte yo mismo?
-Entonces… – dijo con un hilo de voz – ¿estar contigo… jamás significó nada?
-En este momento me significas un intolerable dolor de cabeza. ¿Suficiente para ti?
-Mientes…
-Largo – Edward tomó el brazo de Annie y la sacó a empujones de su dormitorio.
-Suéltame… - le pidió mientras la llevaba hasta la puerta. Edward la ignoró – ¡Suéltame, maldito! – Annie lo apartó violentamente y por primera vez lo miró a los ojos con odio y asco.
-¿Es esa la forma de hablarle a tu amado príncipe, Annie?
-¡Miserable¡¿Cómo has podido?!
-Yo no hice nada – le replicó con inocencia –. Fuiste tú quien se metió a mi cama por su propia voluntad. ¿O vas a decirme que te obligué, Annie?
-Dijiste que me querías… ¡Lo dijiste!
-¿Y entonces imaginaste que viviríamos para siempre felices en nuestro castillo?... ¿Cuándo fue la última vez que te leyeron un cuento de hadas, Annie¿Anoche?
-¿Por qué yo¡¿Por qué?!
-Porque dijiste "sí". ¿Por qué más?
-¡Maldito¡Te odio!
-Se te olvida con quién estás hablando, niña idiota – Edward cerró la distancia entre los dos y la sujetó del cuello, con los ojos encendidos de rabia – Lárgate, si no quieres verme realmente molesto.
-No se me olvida quién eres – habló Annie, con dificultad –. El hombre más ruin, bajo y detestable que he conocido en mi vida.
-¡Mujerzuela! – tiró de ella y la arrojó al pasillo sin contemplaciones – ¡Fuera he dicho!
Sobre la fría alfombra del corredor, Annie yacía inmóvil y en silencio, juzgándose a si misma como la mujer más indigna y sucia de todas. Se sentía enferma y abandonada a mitad de la nada, víctima de una abominable broma. Apenas tuvo fuerzas para ponerse de pie y llegar hasta la salida, escoltada por la mucama que minutos antes le había impedido la entrada.
El único deseo que Annie conjuró en su alma al salir de allí no fue la venganza ni el olvido. El perdón de los demás o su consuelo. Deseó su propia muerte, a pesar de que para ese instante sabía, su corazón ya había dejado de latir.
-¡Hermana Margaret! – llamó Candy, corriendo hacia ella.
-Candy¿Qué haces aquí a ésta hora?
Tranquilízate, Candy. Si te ve nerviosa sospechará.
-Vine a saludar a Ivie, Hermana. No pude despedirme de ella por la tarde¿Esta aquí, cierto?
-Sí. Patricia O'Brien la acompañó. ¿Puedes explicarme por qué no lo hiciste tú, Candy?, estabas a cargo de su cuidado.
-Sucedió que... Ivie y yo jugábamos cerca del lago y sin querer… ¡Ah! – la pecosa al fin halló una buena excusa – me caí por accidente y mojé mis ropas. Fui a cambiarme pero cuando volví… ya no estaba.
-Tienes puesto el mismo vestido que cuando viniste por ella, Candy – la Hermana Margaret la miró con los ojos entornados, escasamente convencida de su disculpa.
-Ah – sonrió la pecosa, rascándose la cabeza y repitiéndose lo torpe que era – bueno, es por eso que me tomó más tiempo volver. Esperé hasta que se secara mi vestido. Lo que pasa es que me gusta mucho.
Mejor ya cállate, Candy.
-Bien – la monja la miró como si sufriera de un desorden mental y prefirió concluir el interrogatorio –, Ivie esta por irse a la cama. Si quieres saludarla, pasa a la capilla donde los niños dicen sus oraciones nocturnas.
-Gracias, Hermana.
Para no mostrar su apuro, Candy se dirigió al lugar andando con normalidad, pero al perder de vista a su maestra, echó a correr nuevamente como si de eso dependiera su vida.
Annie Britter entró por la puerta del Colegio sintiendo como si arrastrara en las piernas enormes y dolorosas piedras. Creyó desfallecer antes de llegar a su cuarto pero se sujetó de la pared e hizo un esfuerzo sobrehumano para no caer. Los corredores estaban vacíos y sus pasos rebotaban en el eco. La mayoría de los alumnos habían salido esa tarde a disfrutar del día libre y aún no volvían. La brisa de verano golpeaba bondadosamente algunas ventanas abiertas y a lo lejos podían escucharse las risas candorosas de los niños del orfanato.
Abrazándose a sí misma de forma desesperada, la mirada de Annie se hallaba extraviada en un punto indeterminado del suelo. Revivía con insoportable dolor la misma escena que presenciara horas atrás. No obstante, el nombre de Edward no era el que repetía a cada paso que daba, sino el del chico que, si amarla de verdad, le había ofrecido su amistad y cariño sincero.
Con férrea voluntad, llegó hasta los jardines traseros donde comenzaba a caer una pertinaz y cálida llovizna. La joven se detuvo al pie de los escalones, recargándose en el marco de la añeja puerta de madera. Las incipientes lágrimas que derramaba se tornaron gruesas y sin control a medida que observaba la lluvia caer. Deseó poder desaparecer junto con ella al tocar el piso. Su cabello húmedo y desarreglado cubrió su rostro. Sus manos le siguieron mientras que tímidas gotas de agua se derramaban por su vestido mojado. A pesar de estar completamente empapada de lágrimas y lluvia, Annie sentía quemarse por dentro. Si antes de ese día se sentía sola, aquella tarde comprobó que nunca lo había estado hasta el momento en que decidió demostrarles a los demás que no los necesitaba. Y ahora… suplicaba al cielo por volver el tiempo atrás, aunque eso fuera imposible.
-Ya no quiero esperar – Berth irrumpió en el estudio donde Edward leía plácidamente un libro de la biblioteca y se paró frente a su escritorio –. Tiene que ser hoy.
-¿Qué demonios quieres ahora?, no te entiendo.
-La niña – explicó –. Deshazte de ella esta noche.
-¿Qué?
-¡No lo soporto más!, no he dormido en días y cada vez que la veo…
-El Colegio todavía esta lleno de monjas y estudiantes. Es demasiado arriesgado. ¿No puedes esperar una semana más?
-Entonces mañana – dijo ansioso –. Harán una fiesta o algo parecido para dar por terminado el verano. El orfanato se quedará con solo un par de novicias a cargo. ¿Qué dices?
-De acuerdo – asintió Edward, sin despegar la vista de su libro – si tienes tanta prisa, haré los arreglos.
-Y… ¿haz pensado qué hacer con ella después?
-Algo así.
-¿Algo así¿Estás seguro o no de lo que vas a hacer?
-De lo que tú y yo vamos a hacer, Berth. No lo olvides.
-No. Yo no quiero saber nada después de mañana. No quiero que me digas qué sucedió. Sólo quiero… dejar de pensar.
-Cobarde – rió su majestad –. ¿Podrías salir, por favor? Estaba leyendo.
-¿No… no cometerás ninguna atrocidad, cierto?, únicamente la mandarás lejos de aquí.
-Muy lejos. ¿Puedes irte ya?
-De acuerdo.
Berth regresó sobre sus pasos, y solamente por curiosidad Edward lo llamó antes de verlo salir por la puerta.
-¿A dónde vas?, parecer muy nervioso.
-Tengo un asunto pendiente… con cierta chica.
-¡Candy!
-¡Hola, pequeña! – la pecosa recibió a Ivie entre sus brazos –¿Cómo estás?
-¿Dónde estuviste? – le preguntó, mirándola con sus enormes ojos azules.
-Siento no haber podido regresar a tiempo. Pero ya estoy aquí. Quería desearte dulces sueños.
-¿Puedo dormir en tu habitación? Quiero que me leas un cuento.
-¿Un cuento?, bueno, no sé si las monjas nos den permiso.
-¡Por favor, por favor!
-Sshh, no hagas tanto ruido o nos retarán.
-Por favor… - murmuró la niña, obedeciendo.
-De acuerdo.
La mente de Candy se dio a la tarea de idear la forma de llevar a Ivie hasta su recámara sin que nadie se diera cuenta.
-Bien – el plan de la pecosa estaba listo – pon atención, Ivie.
-¡Sí! – saltó de gusto la pelirroja.
-Vendré por ti al anochecer. Aguarda como los demás en tu cama hasta que me asome por la ventana. En cuanto lo haga, ábreme la puerta y saldremos juntas¿de acuerdo?
-Si – acordó Ivie, mostrándole el pulgar levantado.
-¿Quién te enseñó eso? – rió Candy por lo bajo.
-El tío Stear.
-¿Tío… Stear? – Candy tuvo que taparse la boca para cubrir su incontenible risa –. Esta bien – la pecosa hizo el mismo gesto con su pulgar y luego le dio un beso en la frente -. Te veré esta noche.
-¿Prometido?
-¡Prometido!
-Por supuesto que vendrá – Elisa taconeaba nerviosa su zapato sobre el piso -. Tiene que venir.
-No lo hará, Elisa. Y yo ya quiero irme a dormir.
-¡Cállate! Dijiste que me ayudarías.
-Sí, pero...
-Si no me ayudas le diré a Papá quién es el verdadero ladrón del vino en su estudio.
-¿Cómo sabes eso?
-No lo sabía – le reveló –, pero ahora sí.
Los hermanos Leegan se escondían detrás de una enramada, cobijados por el anochecer. Desde ese sitio vigilaban la habitación de Candy sin dificultad. Elisa aguardaba a que se encendieran sus luces para indicarle a Neil el momento de actuar.
En otra parte del Colegio, Candy corría hacia la entrada principal para encontrarse con Terry, quien la esperaba con impaciencia. Después de reclamarle lo mucho que se había demorado, la pecosa le comunicó que había hallado a Ivie sin problemas, pero que sería mejor aguardar hasta la mañana siguiente para buscar a Berth y exigirle una explicación sobre lo que ambos habían escuchado en los jardines del palacio veraniego.
El aristócrata le recordó a la pecosa que era una soberana estupidez lo que tramaba. Candy se limitó a pellizcarle la mejilla tan duramente que le dejó las marcas de sus dedos en la piel. Al término de su "amistosa" conversación, recordaron los planes de Elisa y convinieron divertirse con ese par insectos antes de que terminara el día.
-¿Lo ves? – exclamó Elisa, victoriosa al ver a Terry aparecer por entre los árboles, caminando con naturalidad y desgano – Allí viene. Te lo dije.
-¿Sí¿Y ahora qué?
-Ve y llama a esa… chica.
-¿Y qué se supone que le voy a decir?
-¡Ese es tu problema, pero haz que salga de su habitación!
-Elisa… - le gruñó, con tedio.
-¡Largo de aquí antes de que te vea! – de un empujón, Elisa apartó a su hermano y una malévolo sonrisa asomó a su rostro. Candy la pasaría muy mal esa noche y todas las demás por el resto de su vida. De eso se encargaría ella.
-Lo siento, pero no puedo permitirle ver a ninguna de las alumnas a esta hora – la Hermana Margaret fue firme ante la presencia de Berth a la entrada del Colegio. Para la monja, su condición social era secundaria. Había reglas que cumplir.
-Hermana, es muy importante.
-Puede venir mañana por la mañana. Lo que tenga que decirle a Candy puede esperar.
-No, Hermana. No puede esperar. Necesito verla ahora. Se lo suplico – Berth inclinó la cabeza ante la monja, tragándose su orgullo y dejando a la mujer boquiabierta – si no fuera de extrema urgencia, no se lo pediría. Por favor, permítame ver a Candy.
-Dios Santo – en medio de un predicamento, la monja pidió consejo al cielo y luego de meditarlo unos segundos, accedió –. Esta bien, pero sólo serán unos minutos. Esta es una excepción que no se volverá a repetir¿está claro?
-Gracias... – el príncipe Berth sonrió satisfecho y agradecido -. Muchas gracias.
-Aguarde en el jardín. Le avisaré que baje en un momento.
-¡Candy!
Con la mayor cautela posible, Neil susurraba el nombre de la pecosa al pie de su balcón, mientras le lanzaba pequeñas piedras a su ventanal.
-¡Candy¡Vamos, sal!
Tras las cortinas, Candy lo miraba divertida. Hacía todo lo posible por no soltar una carcajada al observar su fatigoso rostro, y oír de su repugnante boca pronunciar su nombre una y otra vez.
-¿Quién es? – la pecosa decidió salir al balcón cuando controló la risa y fingió no reconocer a su visitante nocturno.
-Idiota – murmuró el chico –. Soy yo, Neil.
-¿Qué haces aquí? – Candy enfocó la vista en su diminuta figura y le mostró en una mueca su desagrado de volver a verlo.
-¡Baja!
-¡Por supuesto que no¿Sabes qué hora es?
-Maldita sea – dijo Neil por lo bajo – ¡Baja ahora mismo¡Tengo algo importante que decirte!
-Nunca has dicho nada importante en tu vida, Neil. Vete de aquí.
-Es sobre… ¡Sobre ese tipo!
-¿Qué tipo?
-¡Terrence¿quién más?, me pidió que te entregara un mensaje de su parte.
-¿De verdad me cree tan estúpida? – se preguntó Candy, tan ofendida como cansada de aquella risible conversación –. Escucha Neil, Terry te detesta y jamás me mandaría un mensaje contigo. ¿No puedes inventar algo mejor?
-¡Lo hizo¡Lo juro!
-Jurar, jurar – masculló la rubia –. Bien, aguarda. Bajaré en un minuto.
-La misma ingenua de siempre – Neil se felicitó a si mismo por haber conseguido su objetivo y regresó a su escondite tras los matorrales.
Elisa deseó aplaudir de gusto pero se limitó a ir por Terrence, a quien acababa de ver por entre los jardines del colegio. Sin embargo, el aristócrata ya se había acercado en silencio hasta el balcón de Candy para ser testigo de la grotesca escena de Romeo y su Julieta, protagonizada por una sabandija y una mona. En definitiva algo que aborrecería leer un libro.
Había un tercer observador que ni Elisa ni Terrence advirtieron en los alrededores. Un noble inglés que echaría a perder los planes de todos.
Neil Leegan se aproximó a la entrada para aguardar a su víctima. La pecosa consultó el reloj colgado cerca de la puerta que daba al jardín y anheló que la broma terminara pronto. Terry se alejó discretamente para que su "espontánea" aparición fuera creíble a los ojos de todos. Elisa lo perdió de vista y comenzó a buscarle detrás de cada sombra.
Cada uno de ellos se distrajo en el papel que interpretarían a continuación. Esa fue la causa por la que nadie se percató cuando Berth sorprendió a un Neil mirando torpemente el firmamento. Cobijado por la oscuridad, su majestad se deshizo fácilmente de él, asestando un limpio puñetazo en su barbilla, y dejándolo inconsciente tras un enramado.
-¿Neil? – al cruzar la puerta, Candy comenzó a buscar a ese molesto insecto pero no pudo hallarlo tan fácilmente - ¿Neil, dónde estás?
-Aquí – murmuró alguien a menos de un metro de distancia.
-¿Dónde aquí? – Candy adelgazó la mirada para distinguir su silueta y rastreó el sonido de su voz – ¡Neil¡No puedo verte!
-Pero yo sí puedo – Berth salió abruptamente a la luz y sujetó a la pecosa por los brazos, impidiéndole reaccionar a tiempo para poder escapar -. El destino se empeña en unirnos ¿no lo crees, Candy?
-¡B… Berth! – la rubia se atragantó con sus propias palabras, absolutamente perturbada - ¿Qué estás haciendo¿Cómo llegaste hasta aquí?
-Necesito hablar contigo. Es importante.
-Este no es un buen momento. ¡Vete!
-¡Vas a escucharme quieras o no!
-¡Silencio! – le ordenó, cuando levantó la voz –. Me meterás en problemas si me…
-Tengo el permiso de las monjas. Al menos por unos minutos. Supe que me buscaste esta tarde y por eso he venido.
-¿Cómo lo sabes?
-Me lo dijo quien te prohibió la entrada. Lo lamento, sólo siguen órdenes.
-¿Podrías… - Candy se miró atrapada en su abrazo y se movió con incomodidad - … soltarme, por favor?
-No porque volverás a escaparte.
-¡No puedo hablar contigo ahora! – la pecosa podía escuchar los pasos de alguien acercándose, y el estómago se le revolvió cuando imaginó la reacción de Terrence al encontrarla con alguien que no era Neil –. Te lo suplico. Vete.
-No – declaró Berth, acorralándola contra el muro de piedra.
-¡No seas necio¡Basta!
-Me debes una disculpa.
-¿Por qué?
-No tienes nada que ver con Granchester.
-Lo discutiremos otro día – Candy luchaba con él para quitárselo de encima, pero increíblemente Berth no se movía ni un centímetro.
-Tendrá que ser hoy – la amenazó, elevando sus brazos por encima de su cabeza y sujetando fuerte.
-¿Qué demonios estás haciendo? – pataleó la pecosa – ¡Suéltame, me lastimas!
-¿Vas a volver a mentirme, Candy?, tengo la palabra de alguien que te conoce bien.
-Estas equivocado, Annie no sabe lo que existe entre Terrence y yo. Fue por eso que…
-¿Tu mejor amiga no conoce tus secretos?
-¡No, no lo sabe! – Candy se preguntó como alguien que lucía tan delicado y débil como Berth pudiese sostenerla con tanta firmeza - ¡Basta, me duele!
Su majestad contempló el rostro de Candy como si mirase una hermosa visión nocturna dentro de un sueño. Recorrió las líneas de sus ojos hasta llegar a sus labios que se abrían sugestivamente para suplicarle su libertad. Berth no resistió más y se inclinó intempestivamente hacia ella para cubrir la rosada boca de Candice con la suya. Silenció sus protestas y probó al fin el sabor de aquella chica que lo estaba volviendo loco. Candy no pudo reaccionar a tiempo y abrió enormemente los ojos, paralizada de pies a cabeza.
Sintió los labios de Berth juguetear con los suyos y después invitarla a corresponder. Pero lo único que la pecosa sintió fue un profundo temor que la hizo retorcerse entre sus brazos, desesperada. Desafortunadamente no consiguió alejar a Berth a pesar de sus extraordinarios esfuerzos, y cuando creyó que nada podría ir peor, descubrió a Terrence y Elisa mirando la escena justo frente a sus ojos.
-Demonios… - Archie tuvo que comenzar a leer nuevamente la página que había examinado por más de dos horas, sin lograr avanzar a la siguiente. No podía concentrarse y no sabía por qué.
-Disculpe que lo interrumpa, señor – el ama de llaves de la Villa Andrey entró al estudio donde Cornwell pretendía estudiar y lo miró comprensivamente, como si supiera lo que preocupaba –. Tiene una visita.
-¿Visita¿Quién es a esta hora?
-La señorita Britter.
-¿Annie? – de inmediato, Archie se puso de pie y dejó caer su libro al suelo – ¿Está segura que es ella?
En la sala de espera, Annie retorcía su pañuelo y mordía sus labios, preguntándose si no había sido un error buscarlo a él. Pero no podía más. Tenía deshecha el alma. Aún temblaba de frío a causa de la humedad de su vestido y por más que se empeñara, no podía dejar de llorar. Su cuerpo dolía tanto como si estuviera rompiéndose a pedazos.
-¿Annie? – oír en la voz de Archie su nombre fue como si el tiempo se detuviera y la tristeza junto con el sufrimiento cesaran – ¿Annie que te ha pasado?
-Archie...
La chica más tímida de Londres levantó su rostro lloroso y descubrió los ojos más bellos y tiernos que había conocido en su vida. ¿Cómo pudo apartarlo de su lado?, sin una respuesta lógica, se lanzó a sus brazos para refugiarse en su pecho y llorar inconsolablemente. Él no la apartó y fue cuando Annie se odio más por haberle traicionado.
-¿Qué sucede? – le preguntó, cobijándola protectoramente.
-¡Perdóname!
-Annie…
-¡Quiero morirme¡Quiero morirme!
-No digas eso. Tranquilízate, por favor.
-¡No merezco nada¡No soy nada!
-Basta – le dijo amorosamente –, deja de decirlo o voy a molestarme. ¿Qué fue lo que…? – al estrechar su abrazo, Archie se dio cuenta que todo su vestido estaba empapado, y que el frío sacudía su cuerpo - ¿Dónde has estado¿Por qué has mojado tu vestido y tú cabello¿Caminaste bajo la lluvia?
-Déjame quedarme aquí por un rato, por favor – le pidió con la mirada pérdida – no te molestaré, lo prometo. Tan sólo déjame quedarme por un… - antes de que acabara de hablar, las piernas de Annie se doblaron como papel y cayó de rodillas al piso, transpirando alarmantemente.
-Ardes en fiebre – Archie tocó su frente y la cargó en brazos para llevarla hasta el sofá.
Rápidamente, trajo para ella una manta y una compresa de agua fría para colocarla sobre su cabeza. Encendió la chimenea y ordenó a su doncella que prepara algo de comer.
-Lamento causarte tantas molestias – dijo Annie, esforzándose para hablar.
-Aún somos amigos¿cierto?
-Archie… - sin saber cómo evitarlo, Annie inundó sus ojos de lágrimas y lo miró con inmenso arrepentimiento.
-Deja de llorar. Estás asustándome. Dime qué fue lo que pasó.
-Ahora lo comprendo.
-¿Qué es lo que comprendes?
-Te quiero – declaró sin sonrojo o agitación – te quiero tanto.
-Yo también te quiero, Annie.
-No importa si no lo haces como yo a ti. Ya no importa.
-¿Puedo preguntarte por qué? – acarició su mejilla, feliz por reencontrarse con la Annie que conocía.
-No puedo obligarte a que me ames, eso te haría sufrir. Y yo quiero… yo quiero – el llanto amargo que se desprendía de su corazón le impidió continuar.
-Al menos en eso no has cambiado. Sigues siendo una llorona.
-Quiero que seas feliz siempre. Siempre.
-Soy feliz contigo y con los demás. Estaremos juntos, Annie. Stear, Candy, tú y yo seremos amigos toda la vida. Ahora¿por qué no me cuentas qué te sucedió para que caminaras bajo la lluvia y llegaras hasta aquí?
-Vas a odiarme – escondió la mirada –. Me despreciarás, lo sé.
-Tonta – Archie tomó la toalla que colgaba del sofá y empezó a secar el cabello de Annie delicadamente –. Ya te dije que soy tu amigo y jamás podría odiarte.
-Lo merezco. Merezco que me odies.
-También mereces alguien que te ame, Annie. Y… - agregó, titubeante – aunque yo sea o no ese afortunado, estaré contigo para protegerte.
-¿Por qué eres tan bueno conmigo, Archie?
El chico le obsequió una coqueta sonrisa y pellizco juguetonamente su nariz.
-¿Y por qué no?
-¿Necesitas otra prueba, Terry? – Elisa vio con placer cómo sus planes habían salido mejor de lo que esperaba -. Te lo dije, es una cualquiera. Intenta seguir los pasos de su amiguita, Annie. Ambas son la misma basura. La misma…
-¡Mentira! – Candy finalmente se liberó de Berth con un duro empujón y buscó la mirada de Terrence pero sólo halló su indiferencia -. Terry, esto no es…
-¿Qué quieres aquí? – le cuestionó a Berth, ignorándola.
-¿No te resulta demasiado obvio? – fue la respuesta de su majestad quien se acercó a Candy y pasó arrogantemente un brazo sobre sus hombros – vine a ver a la señorita Andrey y acabas de interrumpirnos.
-¡No es verdad! – la pecosa le propinó otro empujón, como si sus brazos le quemaran –. No sé por qué estás aquí. Yo no te invité.
-Claro que sí – discrepó Elisa –. Yo he visto todo. Además, no es la primera vez que te encuentras con él en este sitio.
-No, no es la primera – coincidió Berth. Candy lo miró boquiabierta –. No comprendo cuál es el problema, Terrence. Sé que Candy y tú son solo buenos amigos. La farsa terminó.
-¿Por qué estás mintiendo? – Candy enfrentó a Berth, furiosa –. ¿Por qué?
-No tengas miedo, pequeña – el príncipe pasó la mano por entre su rubio cabello y le sonrió –. No dejaré que nadie te juzgue por lo que hay entre nosotros.
-¡Te hice una maldita pregunta! – Terrence apartó el brazo de su majestad violentamente y se interpuso entre él y Candy – ¿Qué quieres aquí?
-¿Acaso estás sordo?, dije que vine por ella.
-Largo – fue la advertencia del aristócrata.
-No me des órdenes.
-En ese caso – ofreció Terry – permíteme mostrarte la salida.
Candy sujetó a Terrence por la cintura, presintiendo lo que vendría a continuación.
-No lo hagas, Terry. por favor.
-¿Qué crees que haces? – le replicó - ¡Quítate!
-¡No!, si las monjas nos encuentran pueden echarte del colegio – argumentó la pecosa, clavando los pies al piso –. No pelees.
-Qué romántico – dijo Elisa, perniciosamente –. Candy defendiendo a su enamorado del delincuente del Colegio. ¿Aún no estás convencido de quién es ésta chica, Terry?
-Demonios, Candy – Terry trató de alejarla pero sus pequeñas manos parecían grilletes de acero – ¡Suéltame!
-¡No lo haré!
-¿Entonces es cierto? – la cuestionó – ¿Estás defendiendo a este idiota?
-¿Qué? – reaccionó pecas – ¿Cómo puedes decir eso?
-¿Cómo? – se giró a encararla –, porque te encontré besándole. ¿Recuerdas eso o perdiste la memoria de golpe?
-Yo no sabía que él…
-Olvídalo – la interrumpió, hastiado. Volvió la mirada al joven príncipe y un destello de sus ojos le bastó para desafiarle. En seguida se alejó de allí, álgidamente.
-Espera, Terry – Candy fue tras él, sin saber por qué motivo sentía que debía darle una explicación. Que tenía que creerle.
-Apártate de mí.
-No soy ninguna mentirosa.
-No me interesa. ¡No me sigas!
-¿Cómo podía saber que él estaría allí en lugar de Neil?
-No es algo que me incumba.
-¡Eso es injusto! – vociferó la pecosa, forzándolo a detenerse con un tirón en su brazo – ¿Por qué no quieres creerme?
-No importa si te creo o no. Estoy harto.
-¿Harto de qué¿Qué fue lo que hice?
-¿Mañana quién será, Candy? – retomó su camino a paso resuelto - ¿El inventor?
-¡No es gracioso!
-¡No pretendía que lo fuera!
-¡Terry! – Candy se paró de pronto y lo llamó por su nombre con severidad.
-¿Qué? – se volvió a mirarla con las pupilas encendidas.
-No hice nada malo. ¡Lo que dijo Berth es mentira!
-¿Por qué te molestas en justificarte, Candy?
-Porque…
-De todas formas – sentenció, ciego de celos - lo que hagas con tu vida no significa nada para mí. Ofrécele tus explicaciones a quien le interese escuchar. A mi me da lo mismo.
-Terry…
-Ah, una cosa más – agregó al recobrar su cinismo en la voz –. Conozco un buen lugar donde tú y tu príncipe azul pueden pasar un rato agradable sin tantos espectadores. Tal vez puedas invitar también a Archie, parece que tu amiga la cobarde ha dejado el camino libre. Estás de suerte.
-¡Imbécil! – espetó Candy, insultada. Recorrió la distancia que los separaba y sin contemplaciones le volteó la cara de una bofetada – ¡Te odio!
-Por fin dices algo que pueda creerte – la miró con desprecio y se marchó.
Idiota… ¡maldito idiota! – pensó Candy dolorosamente, mientras lo veía alejarse – ¿Acaso no sabes cuánto te quiero?
- Desde que tengo memoria, Candy siempre estaba junto a mí para protegerme. Cuando Tom nos hacía travesuras, especialmente a mí, le daba una paliza – Annie rió juguetona al traer ese tierno recuerdo a su mente. Archie compartió su sonrisa y continuó escuchándola –. También solía levantarme en las noches de tormenta, aterrada, y corría a su cama, para meterme debajo de sus sábanas. Muchas veces trató de enseñarme a trepar un árbol pero jamás aprendí. Fui una cobarde. Ella no. No la recuerdo como una niña tímida o malhumorada. Su sonrisa, su consuelo o una palabra de aliento, todo lo que necesitaras ella era capaz de dártelo sin pedirte nada a cambio. No importaba lo mal o triste que se sintiera. Se olvidaba de sus problemas y te obsequiaba su mejor sonrisa. Aún lo hace – Annie recargó la cabeza sobre el hombro de Archie, sin miedo a ser rechazada. En ese momento su presencia le significaba la de un amigo y era suficiente –. Aunque el destino nos separó, lo hizo por poco tiempo… y estoy muy feliz de que así haya sido. La quiero tanto.
-No es difícil adivinar por qué lo haces.
-Ni porque lo haces tú – agregó, mirándole con indulgencia –. Entiendo por qué te enamoraste de ella, Archie. Creo que siempre lo supe.
-Annie…
-Candy es lo que yo nunca podré ser. Y tú mereces tener a alguien como…
-Basta – con su mano, Archie cubrió los labios de Annie delicadamente y desvió la mirada hacia la chimenea –. Es cierto que por mucho que te esfuerces, no podrás hacer o decir las cosas que hace Candy. Pero de igual forma, ella no será capaz de comportarse como tú ni en un millón de años. Ambas son distintas, y eso las hace amigas. No hay nada malo con tu manera de ser, Annie. Simplemente tienes que creerlo.
-Nunca he podido… y sé que por eso, perdí tu cariño.
-Lo que perdiste fue la razón – le refutó, golpeando paternalmente su cabeza –. ¿Cómo podría dejar de querer a la mejor amiga que he tenido desde que era un niño?
-¿Te refieres… a mí?
-Cuando Candy llegó a nuestras vidas, se convirtió para los tres en la mejor hermana y compañera de juegos del pequeño mundo en el que vivíamos. Fue todo lo que no pudimos o quisimos ver de Elisa. Supongo que por esa razón, cada mosquetero se enamoró de ella a su modo. Porque era la única persona con la que podíamos ser nosotros mismos. Pero nuestro amor hacia ella no es porque sea una mujer, o una hermana o una amiga. Es por una mezcla de todas… y algo más que ni Stear o yo entendemos aún.
-Entonces… ¿no la amas?
-Claro que sí – respondió Archie con naturalidad –. Ya te he dicho lo que representa para mi hermano y para mí. Pero querer a Candy no significa que no pueda querer a nadie más.
-Siempre creí que te arrepentías de haberle prometido estar a mi lado, cuando deseabas que ella fuera quien estuviese en mi lugar.
-No me arrepiento de haber hecho eso. Quiero cuidar de ti como lo hago con ella. Tal vez de lo único que me arrepiento es de haberte lastimado sin darme cuenta.
-Yo tuve la culpa. No supe cómo ser yo misma. Cómo dejar de compararme con Candy para agradarte. Para lograr que me quisieras.
-¿Y eso qué? – se encogió de hombros y volvió a iluminar su rostro con una sonrisa –. Todavía estamos creciendo y tenemos el derecho a cometer errores hasta cansarnos¿no lo crees?
-Archie…
-Nunca me dijiste que eras la chica perfecta – le guiñó un ojo con coquetería –. Yo sí estoy muy cerca de ser el hombre perfecto, y por eso te perdono tus errores.
-¡Tonto! – rió Annie, golpeándole en el brazo.
-¡Llorona! – pellizcó su nariz como respuesta y a continuación rompieron a reír escandalosamente.
Esa noche, sin decirlo, Annie y Archie decidieron comenzar de nuevo. Ser amigos. Aceptaron que quizás no habría un futuro para ellos como ella lo añoraba, pero se esforzó en entender que nada estaba escrito todavía. Aún si así fuera, prefirió darse la oportunidad de compartir con el hombre que amaba, sus sueños, tristezas y triunfos aunque tuviera que hacerlo como espectadora.
-Candy¿estas ahí?
-¿Eh? – la pecosa sacó la cabeza de la almohada con somnolencia al oír una aguda voz tras su puerta. Después de haber reñido con ese cabezota, decidió encerrarse en su cuarto para llorar a solas pero se quedó dormida.
-¡Candy!
-¿Ivie? – se talló los ojos como si con eso pudiera escuchar mejor – ¿Eres tú?
-¿Me abres la puerta?
-Pequeña – Candy saltó de la cama y quitó el seguro para hallar a una sonriente pelirroja al pie de su cuarto, cargando un simpático muñeco – ¿qué haces aquí?
-Dijiste que irías por mí.
-Oh, cielos – la pecosa sintió ganas de darse contra la pared por aquel grave olvido – lo lamento, Ivie. No me di cuenta de la hora. Pero ¿Cómo me encontraste?
-¿Puedo dormir contigo?
-¿Nadie te vio salir?
-No. ¿Puedo?
-Supongo que sí – Candy sonrió por primera vez en muchas horas, especialmente al mirar el maravilloso azul de sus ojos que le recordaron a cierta persona.
-¿Me lees un cuento? – preguntó Ivie, acomodándose en la cama.
-Pero… no tengo ningún cuento conmigo.
-Inventa uno.
-¿Qué haga qué? – Candy se rascó la cabeza, poco confiada de tener una imaginación tan fértil como para idear un cuento de inicio a fin.
-¡Candy, apúrate!
-De acuerdo – se acomodó entre las sábanas junto a ella y comenzó a narrar lo primero que cruzó por su mente –.
Lakewood
Mayo de 1915.
-Oye, - dijo uno de los guardias a cargo – ¿Qué es ese olor?
-¿Qué olor? – respondió el más obeso.
-Huele a humo.
-Es tu maldito cigarro.
-Idiota. Lo apagué hace horas.
-¿Entonces qué es?
-Eso es lo que te pregunté – le insistió con fastidio.
-Viene del sotano.
-¿Estás seguro?
-Vayamos a averiguar.
La humareda empezó a desperdigarse desde el sótano donde se situaba la improvisada celda de Albert y Terrence hasta la planta superior y con eso lograron el efecto buscado: llamar la atención.
-¡Hey¡Abran la puerta! – gritaba Albert, mientras Terry golpeaba duramente la puerta.
-Quizás no fue… una buena idea – admitió el aristócrata, antes de sufrir un ataque de tos.
-No te detengas – le pidió Albert al sujetarle el brazo y prohibirle desfallecer.
Finalmente, sus carceleros aparecieron ante la puerta, preguntándose qué demonios sucedía. De manera torpe, comenzaron a gritarse el uno al otro lo que debían hacer. Albert y Terry pudieron escucharlos y con dificultad respiraron aliviados.
-¡Abran la puerta, maldición! – vociferó William – ¿Acaso pueden ser tan estúpidos?
-¿Qué fue lo que hicieron? – arguyó el obeso.
-¡Abre ya, imbécil! - Albert sintió su garganta arder pero soportó el dolor y gritó con su último aliento – ¡Nos necesita vivos, así que abre!
-¡Maldición! – consintió el malencarado al intercambiar miradas con el robusto –, de acuerdo¡pero apártense de la entrada!
-¿Estás listo? – preguntó Albert a Terrence. El chico asintió con la cabeza, guardando sus fuerzas para cuando le quitaran el seguro a la puerta.
El cierre se abrió y el picaporte giró. Del otro lado del muro, Terry y Albert aguardaban cada uno impacientes y expectantes. El heredero William de pie y a la izquierda, y el aristócrata con una rodilla sobre el piso a la derecha. El humo ya había cubierto toda la habitación y sabían que eso les facilitaría la huída.
-No veo nada... – declaró el obeso, con los ojos irritados y abriéndose paso a través del humor – ¡demonios¿Dónde están?
-Frente a ti, grandísimo idiota – advirtió Albert antes de partirle la nariz en dos con la potencia de su puño.
Terry barrió con las piernas del otro al instante en que se introdujo al cuarto y lo dejó tendido en el piso. Después de eso, ambos rehenes atravesaron la puerta y subieron a toda velocidad las escaleras para hallar la salida.
Al alcanzar el bosque, Albert se dio cuenta que aún se encontraban en Lakewood. Conocía los parajes como la palma de su mano. Le indicó a Terry el camino que debían tomar para ocultarse lo antes posible de sus captores. Especialmente si había vigilancia extra en los alrededores. Terrence siguió sus pasos, tratando de correr tan rápido como él a pesar de la dolencia de su pierna.
Luego de alejarse unos cuantos metros de la cabaña, la razón estuvo de parte de Albert. Muy cerca de sus cabezas, varias detonaciones hicieron estallido, haciendo retumbar sus oídos. William estaba seguro que una cuadrilla adicional de matones los cazaban a través de los árboles y le ordenó a Terrence agachar la cabeza pero sin detenerse. La flagelante metralla asestaba furiosa los árboles y contra todo lo que se interpusiera a su paso. Los fugitivos eludieron hábilmente las vertiginosas balas y huyeron incansablemente sin mirar atrás. Albert y Terry estaban seguros de triunfar en su huída. Sin embargo, antes de que la tormenta de proyectiles cesara, un último y desafortunado tiro cruzó como una flecha de fuego el grosor del follaje verde y cumplió con su cometido. Terrence lanzó un violento grito de dolor antes de desplomarse en el piso mientras Albert presenciaba la escena y su sangre se congelaba en las venas.
Continuará...
Gracias multiplicada por cinco mil. Graciar por leerme, por la paciencia y por sus bellos comentarios que atesoro. Cada uno los leo cuidadosamente y siempre estoy al pendiente de venir a mirar aunque no publique por no tener el capítulo listo. Pero bueno... aquí está al fin uno más.
Gracias por el momento.
Emera-chan
