VIII: Pistas

X: La Muerte

Para el domingo Harry tenía que tener esas palabras y ya estaban en viernes y ni se acercaba a la solución. Hacía cinco noches que no podía pegar un ojo por los nervios, con Ron las cosas no podía estar peor y Hermione se encontraba metida en los libros por los finales. Caminaba tambaleante a la clase de pociones.

En uno de los escalones de piedra, trastabilló y cayó hacia delante.

— ¡Harry! —Draco se le puso en frente para que no cayera.

— Presta atención por donde caminas, Harry —le reprochó Ron, con Malfoy traspasado, sosteniendo el delgado cuerpo con ambos brazos.

— Lo siento, Ron —aguantó por unos segundos pero terminó largando un largo bostezo.

— ¿Hace cuánto que andas así? —cuestionó, sorprendido, Weasley. Su amigo se veía debilitado.

— No lo sé… ya perdí la cuenta —se intentó levantar pero sus brazos se negaron a separarse de esos fuertes brazos que tan bien le mantenían lejos del suelo.

El rubio frunció el ceño.

— ¿Haz comido algo últimamente? —siguió su cuestionario el pelirrojo mientras le acomodaba en su pecho. Sentía que lo que traía en brazos era solo un muñeco de trapo…

— Creo que no…

— ¿Dormiste?

— No.

— ¿Qué haz hecho durante los últimos cinco días? —arrugó la frente. No importa si estaban peleados, la salud del moreno se encontraba en riesgo.

— Me parece que… pensar en el contra-hechizo —largó otro bostezo—. Vamos… a pociones. Snape se pondrá furioso si nos ve a los tres aquí.

— ¿Tres? —Ron miró detrás suyo—. ¿Cuánto llegaste, Malfoy?

— Antes que tú —respondió entre dientes—. Lleva a Harry a la enfermería, debe descansar —miró a su novio.

Esas ojeras decían todo.

— No necesitas decírmelo —le dijo, molesto, antes de pasar un brazo de Potter por sus hombros y abrazarle la cintura.

— ¡No, la enfermería no!

— ¿Por qué no? —preguntaron ambos a la vez.

— Porque sino dormiré y no debo… —nuevamente, todo el peso de su cuerpo fue a parar a Ron quien se tambaleó.

— Estás peor que Snape con un shampoo en frente, amigo…

— No me insultes —le miró de reojo.

— Vamos a la enfermería —repitió el pelirrojo y se dispuso a subir las escaleras cuando se detuvo de repente y miró al rubio a su lado—. ¿Disculpa? Tienes una clase que atender —le miró, ceñudo.

— Mi novio me necesita.

— Oh, claro. ¿Lo llevas tú? —le miró burlón.

— Cierra la boca, Weasley —masculló entre dientes, más furioso aún.

Ese maldito Gryffindor se estaba aprovechando de su condición. Si tan solo tuviese un cuerpo… Grrr.

En la enfermería, Potter fue acostado en una de las camillas y se durmió casi al instante. Draco le miró sumamente preocupado, flotando aún lado, mientras que el pelirrojo permaneció en el otro.

— Gracias a ti, Harry terminó en estas condiciones —le acusó sin mirarle. Tiró hacia un costado los mechones que interferían en el rostro del moreno.

— No es 100 mi culpa —intentó protegerse el Slytherin.

Harry se encontraba terrible. Tal vez durmiera durante cuatro largos días o cinco, ¿quién sabe?

— No, es cierto, un 99,9 es tu culpa.

— Weasley, no hables si no sabes todo lo que ocurrió —le miró, ceñudo.

— Sé lo suficiente para decir que eres una mala influencia para Harry. Desde que te conoce, su vida fue de mal en peor —le miró, molesto.

— ¿Cómo…? —se guardó la pregunta, mordiéndose la lengua—. ¿Qué sientes por Harry, comadreja? —enfrió la vista.

Ron se sorprendió. No dijo nada por un momento.

— ¿Qué si me gusta? —le retó—. Yo solo me preocupo por él mientras que tú le arrancas lágrimas tras lágrimas cada noche… Y ahora le dejas sin sueño. ¿Qué hubiese pasado si yo no estaba en las escaleras en ese momento? Te hubiese traspasado y caído a las escaleras, tal vez abriéndose la frente. ¿Te das cuenta? El hecho de ser Slytherin y, ahora, espíritu no beneficia en nada a Harry.

Malfoy aguantó las ganas de saltarle encima y molerle a golpes. ¿La comadreja le gusta Harry? ¡No dejará a Potter tan fácilmente! Pero… lo que dijo tenía razón. Su condición de fantasma no era nada bueno para Harry, especialmente cuando necesitaba ayuda. No sabía si llorar internamente o pelear por buscarle lo bueno a las cosas.

¿Qué había de bueno? Su amor era correspondido, Harry se lo recordaba cada vez que se veían (como él se lo recordaba al moreno). Mas Draco tiene la necesitad de protegerle de todo mal que le rodeaba. ¿Dumbledore esperó cosas imposibles de Harry al darle el papel de romper el hechizo? Si, eso si. Le dio una carga demasiado grande. Y ahora La Muerte… ¿qué quería el mundo de él? Ya le mató… ¿quería matar a Potter también?

¡¡Maldición!!

— Soy capaz de pelear con todo lo que tengo por la felicidad de mi amigo, Malfoy. Acéptalo, yo le puedo cuidar más que tú.

Draco siguió sin responder. ¿Qué debía hacer ahora?

Miró el demacrado rostro del Gryffindor. Tan tranquilo e indiferente a lo que le pasa a su alrededor… Apretó los puños con fuerza.

— ¿Puedes, aunque sea, demostrarle que le amas con un beso? —Ron acarició las pálidas mejillas del niño-que-vivió con sutileza—. ¿Puedes cambiar tu personalidad de Don Juan por querer estar con él? —le desafió con la mirada—. ¿Eres capaz de dar todo por él? Mala pregunta… —se dijo a sí mismo. Claro que era capaz, dio su vida, ¿no?

El rubio no quitó los ojos de Harry. Tan hermoso…

— ¿Terminaste, Weasley?

— ¿Qué? —el pelirrojo se sorprendió.

— Que si terminaste —le miró fríamente, como solo un Malfoy era capaz de ver. Tantas palabras le hicieron dudar de su propio carácter y eso le molestó de sobremanera—. Si dudas o no del amor que le tengo a Harry es tu problema; hablas de que yo le hago mucho mal, que le hago llorar… ¿Y tú qué? Gracias a la desconfianza que me tienes a mí (que es un problema entre tú y yo), te peleaste con él y no le diste posibilidad de hacerte recapacitar… Durante estos cinco días te necesito mucho, no te imaginas de cuánto.

"Me lo decía todo el tiempo. Se lamentaba de estar peleado contigo… pero no se arrepentía de estar conmigo, porque también me ama.

"En lo que más te necesitó fue en buscar consuelo. Yo sé que no está pasando un momento genial y lo que más necesita es a unos amigos que le dieran el hombro para poder desahogarse… ¿Y tú qué haces? Me criticas a mí, olvidándote de tu parte…

"Weasley, no me interesa si te gusta o no Harry, pero sabe que no lo tendrás, ni por las buenas ni por las malas. Yo le amo con todo el corazón, ya no soy un Don Juan, como dices; ni se me ocurrió meterle los cuernos, porque soy muy feliz a su lado. Me siento terrible mirándole ahora, en esas condiciones… lo sé, es mi culpa, pero aún así me pone feliz ya que dio hasta el último gramo de su conciencia para ayudarme…

"Si termino muriendo para siempre, lo haré feliz porque supe lo que es ser amado…

"Ahora, si vas a romper toda la amistad que tuviste con él por mí… me sentiré honrado. Para tener un amigo como tú, 'con esta clase de amigos, quién necesita enemigos', ¿no lo crees?

Más o menos, pudo desahogarse de todo lo que guardaba dentro. Prefería poner los porcentajes de otra forma: 70 culpa de él, 5 culpa de Harry, 25 culpa de Ronald. Mejor, mucho mejor.

El pelirrojo no tenía habla. Un nudo en la garganta le impedía producir palabras. Malfoy amaba a Potter… ahora comprendió que si era verdad.

— Malfoy… No me gusta Harry.

— Tú dijiste…

— Quería comprobar que tu amor hacia él era verdadero o simplemente jugabas. Jamás gustaría de Harry, para mí es como un hermano —suspiró, derrotado—. Me siento mal por lo que me dices. Es cierto, dejé a Harry en el peor momento…

— ¿Sigues creyendo que todo es mi culpa?

—… Cállate, estamos en una enfermería —dijo, girando la cabeza lejos de la mirada grisácea.

Volvió a acariciarle la mejilla al Gryffindor inconsciente.

— ¿A dónde vas? —vio como el fantasma del príncipe de las serpientes se alejaba hacia la pared opuesta. ¿Ya iba a dejar a Potter? Frunció las cejas.

— ¿No estamos en una enfermería? —le devolvió el comentario antes de traspasar la pared y desaparecer.

— Tramposo —masculló antes de volver la atención a su amigo—. Lo siento, compañero, tienes un novio sumamente celoso y que te ama… Ojala pudiera disculparme apropiadamente contigo…

El rubio flotó a través de las paredes, encontrándose de vez en cuando con fantasmas diferentes; les ignoró como siempre lo hizo en su vida.

Sin avisar, entró al despacho del director. Éste se encontraba desenvolviendo caramelos de frutilla, al no tener de limón. Malfoy se detuvo en frente de su escritorio.

— ¿Qué te trae por aquí, Draco? —le miró, amistoso.

— Tú, anciano, ¿sabes cómo está Harry ahora por 'tu jueguito de las cinco palabras'? —le fulminó con la mirada.

— Si, me acabo de enterar gracias a los cuadros. Una real pena, el joven Harry despertará dentro de unos días, cuando su cabeza ya haya descansado.

— ¡Por tu culpa, le dio un pico de estrés!

— ¿Lo cree? —le miró por sobre los lentes.

— Si lo creo —respondió a su desafío de miradas—. Estúpido vejestorio.

— No debes preocuparse más, Draco, Harry se encuentra en buenas manos con nuestra enfermera. Creo que ahora tienes… otras cosas que atender con mayor urgencia.

El rubio miró el suelo por unos segundos, pensando en sus próximas palabras.

— Director…

Vaya, qué sorpresa que me llame como debe… —se dijo Dumbledore.

— Tengo que pedirte algo… y quiero que lo hagas ya —entrecerró sus ojos grisáceos.

El adulto permaneció en silencio, esperando la petición.

Hermione corrió hacia Ronald, con lágrimas en los ojos, y le saltó encima, abrazándole por los hombros. Weasley la atajó antes de que ambos cayeran al suelo y le acarició el cabello, intentando consolarla.

— ¿Mione?

— Ay, Ron, me siento tan culpable. Este tema de las pruebas finales me hizo olvidar lo mucho que me necesitaba Harry. Y, ahora, ¡míralo! —se aferró a sus ropas con fuerza, sollozando.

— Lo sé, lo sé —suspiró—. Debemos esperar a que se recupere…

— Ron… ¿dónde está Malfoy? Debería estar con Harry ahora —se secó las mejillas con las manos y la ropa y le miró.

— Ve a lavarte la cara —le sonrió.

La muchacha asintió con la cabeza y se fue a los baños, aún sintiendo un gran pesar en el pecho.

El pelirrojo se recargó en la pared para esperar a su amiga. Se cruzó de brazos y tiró la cabeza hacia atrás, mirando el techo.

— Tú, Weasley —le llamó Pansy con las cejas fruncidas.

— ¿Qué quieres, serpientes? —miró a la mujer y a Blaise con odio.

— ¿Dónde está Draco? —preguntó directamente Zabini, sin dar rodeos al asunto.

— Oh, esperen un segundo que me lo saco del bolsillo. ¡¿Qué voy a saber yo?!

— Entonces, ¿dónde está el estúpido de Potter?

— Controla tu repugnante boca, maldita sanguijuela —apretó los puños con fuerza, arrugando la frente.

— Grrr, ni para encontrar a la gente sirves, pobretón —masculló Parkinson.

— Vamos, Pansy, debe estar en la Sala Común —Blaise la tomó del brazo y se alejaron del pelirrojo, dedicándole una última mirada de furia.

El Gryffindor giró sobre sus talones y golpeó la pared de detrás suyo, descargando todo el odio contenido por su pequeña charla con los de Slytherin. ¡Qué odio!

— ¡Ron! —Hermione se acercó corriendo a él para tomarle del puño y mirárselo—. ¿Desde cuándo eres masoquista? —le miró, reprochándolo.

— Esas malditas serpientes… —susurró con la mandíbula fija.

— ¿Cómo?

— Nada. ¿Mejor? —le miró.

— Un poco. Vamos a ver a Harry, me preocupa…

— No podemos, tenemos Transformaciones. Luego iremos —ambos caminaron hacia el aula, sin dirigirse una nueva palabra.

— ¿De qué se trata, Draco? No me dejes con la intriga, por favor —pidió el director, divertido por la duda del alumno. Tal parece que no era nada fácil lo que le quería pedir.

— Ábrame el portal hacia el infierno —se cruzó de brazos, esperando una respuesta. Ya lo tenía todo planeado, no lastimará más a Harry.

— ¿Quiéres… morir? —abrió los ojos, aturdido.

— ¡Claro que no! Tengo cuentas pendientes con un muerto y no me quedaré con los brazos cruzados a que pase el tiempo. Tengo que hablar con esa 'Muerte' y sacarme dudas de encima —habló seriamente.

Dumbledore no tenía palabras. Un alumno suyo quería ir derecho a la muerte por ¿venganza?

Negó con la cabeza.

— Lo siento, el hechizo me lo impide.

— Nada de hechizos. Nadie te está impienso que me lleves al otro lado.

— Señor Malfoy, esto no es un juego.

— Nadie habla de juegos.

— Explíqueme qué quiere hacer. No tengo permitido hacer esa clase de cosas.

Draco bufó, rodando los ojos. Si ese director no fuese tan 'protector' él ya estaría en frente de La Muerte en ese momento.

Le explicó todo lo que tenía planeado, con lujo de detalles.

— No irás solo —dijo el adulto, entrelazando los dedos sobre el escritorio.

— ¿Matará a algún alumno? —frunció las cejas.

— No es un alumno cualquiera. Precisamente, él está en el colegio para protegerles del Señor Oscuro —sonrió.

Se levantó de su asiento y caminó hacia la ventana. Hizo un movimiento de mano, con una sonrisa en la boca, y volvió a su lugar mas no se sentó. Miró al rubio.

— ¿Quién? —no podía aguantar la intriga—. Bah, no me importa quién sea. ¡Iré solo! Tengo todo planeado, nadie me tirará todo a la borda…

— Perfecto, perfecto —dijo sin prestarle atención.

La puerta se abrió y un alumno del último año entró con su túnica de Gryffindor. Dumbledore sonrió.

— Pasa, pasa.

Draco se giró y le miró sobre el hombro. Se llevó una gran sorpresa.

— ¡Tú! —le fulminó con la mirada.

— Tampoco me alegra verte, Malfoy —habló pacíficamente Luka Miwa, prefecto de la casa Gryffindor.

— Luka, que suerte que haya venido, te tengo un pedido —rodeó el escritorio y se acercó al recién llevado.

— Lo que quiera, director.

— ¡No, no, no! ¡Miwa no vendrá conmigo! Yo lo mataré si lo hace —habló entre dientes, conteniendo la rabia.

— ¿Quieres ayudar a Harry? —el director le miró por sobre los anteojos.

Draco gruñó.

Dumbledore sonrió, complacido.

— No niegues que intenté impedir este pedido —le dijo Luka a Draco mientras ambos caminaban por los pasillos desiertos hacia el jardín.

La mirada de Luka se veía pasiva y amistosa a pesar de saber que iba a morir temporalmente (si las cosas salían como lo planeado). Ya no llevaba su uniforme, traía una única túnica negra que le llevaba hasta los pies y le quitaron los zapatos. El ritual que pensaba hacer el director no era fácil y necesitaba tener la menor ropa posible.

Suerte que ninguna mujer estará —pensó aliviado de no escuchar nuevos gritos de emocionadas alrededor.

— No me interesa si querías impedirlo o no. El problema es que vienes y, estate atento. Intentaré dejarte allí en cuanto pueda —le miró de soslayo, con odio.

— No lo lograrás —le miró con una amplia sonrisa que puso más molesto al rubio.

Todo por Harry, todo por Harry. ¡¡Ah, lo odio!! —apretó con fuerza las manos.

Mientras todos los alumnos de Hogwarts disfrutaban de su última hora de clases de la semana, ellos dos se dirigían literalmente a la tumba.

En su interior, Malfoy se sentía culpable. Potter terminó en la enfermería con tal de impedir que él muriese y voluntariamente se mataba. ¡Pero lo hacía por una buena causa…!: golpear a Santiago. Rezaba porque Harry no se levantara mientras él se encontraba fuera. Ya quería tener su cuerpo de vuelta y poder abrazarlo como se debe.

Salieron por las grandes puertas y se dirigieron hacia la cabaña de Hagrid. Antes de llevar a sus jardines, se internaron en el Bosque Prohibido. Dumbledore los esperaba no muy lejos de los límites permitidos.

— Muy bien, chicos, esto nos tomará un par de minutos nada más. Luka, quítate la ropa; Draco, tú también.

El prefecto se quitó la larga túnica y la dejó colgando de una rama prolijamente para cuando volviese (tenía esperanzas). Su bóxer blanco no dejaba mucho a la imaginación, haciéndole sonrojar. El director sonrió internamente.

El rubio adolescente se quitó todo y los dejó flotando por ahí. Terminó con las medias. Su ropa interior era marrón, ajustada por todos lados.

— ¿Llevas puesto eso hace más de una semana? —preguntó Miwa con asco, alejándose de él un paso.

— Dime una forma para conseguir ropa que no me traspase —frunció las cejas, malhumorado y ruborizado.

— Vamos, chicos, que se resfriarán. Acuéstense —pidió Dumbledore.

— ¿Estás de bromas, anciano? —masculló Draco entre dientes.

Pero ambos hicieron caso. Luka a la derecha de Malfoy, con un centímetro de distancia entre ambos. La roca era fría para la espalda del vivo, le hizo estremecer.

— ¿Miedo? —malinterpretó el rubio.

— Frío —respondió.

— Quietos. Estás sogas les impedirá separarse de más —les puso una soga en las muñecas de no más de un metro de largo.

— Te dije que no lograrías dejarme atrás —se burló Luka, conteniendo la risa.

Draco gruñó.

— Cierren los ojos. Sentirán un leve tirón; cuando dejen se sentirlo, ábranlos.

Comenzó a pronunciar el hechizo: las palabras salieron de los labios del director, palabras ininteligibles, cada una se atropellaba con la otra. Golpeó su varita en la frente de ambos.

Malfoy sintió el tirón del que les avisó Dumbledore pero no era uno leve. Sentía como una soga ardiente le amarraba la cintura y tiraba de él hacia la boca de un volcán activo; frunció los labios, manteniendo guardado un gemido de dolor. El cuerpo le empezó a quemar. Sentía cómo su piel caía como plástico quemado, dejándole la carne viva. Quería abrir los ojos y ver qué era lo que pasaba a su alrededor.

¡Pero el dolor se lo impedía! ¡Que terminase de una vez!, rogaba.

Luka sentía lo mismo, aunque triplicado. Separarse de su cuerpo fue lo más doloroso que sintió; creía que le mandaban un Avada Kedavra interminable, ¡o peor! Las gruesas lágrimas salieron de sus ojos.

Dumbledore las vio.

— Es un paso sumamente doloroso que deben soportar… Un poco más —murmuró, concentrándose en el único cuerpo que permanecía sobre la roca lisa.

Luego de una eternidad para Draco, ambos dejaron de sentir esa tortura. Lentamente abrieron los ojos: se encontraban en frente de un pequeño pueblo, rodeado de montañas puntiagudas y llamas, pero no sentían calor. Ya no. Nuevas ropas le cubrían sus cuerpos.

— Llorón —rió Malfoy.

— Ya quisiera que sintieras eso —se limpió las mejillas con las manos. Se miró la muñeca izquierda—. Pensé que desaparecería…

— Yo también tenía esa esperanza —sin dirigirle la mirada, comenzó a caminar hacia las casas destartaladas del pueblito—. ¡Apúrate o te dejo! —tiró de la soga, haciéndole trastabillas a Luka.

— Eres una bestia, ¿cómo Potter puede soportarte? —se sobó la muñeca, adolorido.

— No quieres saberlo —sonrió con malicia.

Miwa se estremeció mientras que el Slytherin se partía de risa en su fuero interno, molestar a ese prefecto era entretenido.

Ningún habitante se apareció mientras caminaban por esas calles de piedra; las ventanas se encontraban clausuradas por tablones de madera y la ropa tendida arriba de sus cabezas se movía a causa de un viento que no sentían.

— Oh… puedo sentir las cosas —se dio cuenta el menor, mirándose los pies sin dejar de caminar.

— Todo está hecho de lo mismo que nosotros.

— Muerte —murmuró Draco.

Durante momentos interminables los chicos caminaron en círculo sin darse cuenta, las cosas no cambiaban y nadie aparecía para pedirle indicaciones. El rubio se detuvo.

— ¡Esto no tiene fin!

— Creo que ya vi ese sostén colgado —se dijo pensativo el prefecto, mirando una de las sogas arriba de su cabeza.

— Mira en lo que te guías… —le miró de reojo y se apartó hasta donde la soga le permitía—. ¿Cuál era el hechizo que nos hacía aparecer en donde quisiéramos? —se puso a pensar.

— ¿Podemos hacer magia en este lugar? —le miró, sorprendido.

— Supongo que si. ¡¿Qué sé yo?! Es mi primera vez aquí también.

— Déjame comprobarlo… Tarantallegra —conjuró la magia.

— ¿Qué?

Repentinamente, el Slytherin comenzó a bailar como alocado en su lugar, moviendo los pies de un lado a otro. Miró aterrado sus piernas.

— ¡Detenlas! —le exigió.

— Oh, si se puede hacer magia —sonrió divertido ante el dominio que tenía ante ese estudiante—. Tienes un buen control para bailar, Malfoy. Te felicito —rió.

— ¡Basta ya! —imploró cansado.

Finite Incantatem —dijo resignado.

Malfoy cayó al suelo, respirando jadeante y con gotas de sudor en la frente.

— Como sea. ¡Apúrate o te dejo! —repitió la orden de hace horas atrás de Draco y caminó nuevamente, arrastrando a un cansado joven.

El despertador sonó con tanta fuerza que todos los que se encontraban en la alcoba dieron un respingo.

— ¡Calla esa cosa, Ron! —chilló Dean, cubriéndose las orejas con la almohada.

El aparato de Harry no fue apagado el día anterior y ahora sufrían las consecuencias.

— ¿Por qué yo? Estoy tan cansado como tú, Dean —se quejó entre sueños el pelirrojo.

A pesar de la queja, se levantó con los ojos cerrados y caminó hacia el molesto aparato.

— ¡Ah!

Tropezó con algo en el suelo, cayendo de lleno al suelo.

— ¿Qué…? Mi pantufla.

— Tu pantufla es una amenaza para todos, Ron —dijo Seamus, entre risas.

— Por lo menos quedó en el suelo toda la noche y no en mi cabeza —balbuceó Thomas sin quitarse la almohada del rostro.

Neville rió.

— ¡Deja de reír! —Weasley tomó el causante de su golpe y la tiró hacia Longbottom a quien se le metió en la boca. Una ola de risa terminó por levantar a todos los Gryffindor. — Ronald, no tienes justificativos. Aunque yo ya estaba levantada, ¡es sábado! ¿Qué haces levantado a las seis de la mañana? —le acusó Hermione en el Gran Comedor, llenando su vaso con leche. — Eso mismo te pregunto a ti —la miró—. El despertador de Harry empezó a sonar… —le explicó. — ¿Por eso las risas? —preguntó molesta una muchacha de otro año. — No, eso fue por otra cosa —dijo Dean sumido en su desayuno. — ¿Qué cosa? Como mínimo queremos sabes la causa de nuestro despertar. — Neville se comió una pantufla. ¿Contenta? Neville se sonrojó. — Pobre Neville. ¿Volviste a perder una apuesta? —preguntó preocupada Hermione. — No, fue por voluntad propia —rió Ronald. — Ron me la tiró en un arranque de ira —explicó avergonzado la víctima. — ¡Ron! —le regañó la castaña. Snape caminaba a grandes zancadas hacia el despacho del director. Tocó la puerta y esperó a que le permitiese pasar. — ¡Adelante! Entró. — Director, perdimos a un alumno —avisó nervioso. — Por casualidad, ¿ese alumno está muerto? — Si. — No lo perdimos. Lo mandé al infierno. — ¡¿QUÉ?! Dumbledore se vio en la obligación de explicarle todo. Luego de unas horas, tuvo que escapar para que no le matasen a él también. Severus no se vio nada contento…Luka y Draco arrastraban los pies, cansados de tanto caminar. No sabía cuánto tiempo estuvieron en ese estado, el tiempo no pasaba en ese lugar, pero jurarían que fue todo un día. — Por favor, te lo ruego, descansemos —jadeó el prefecto, cayendo de rodillas al suelo. — Eres… un estorbo —pero también cayó al suelo. Estuvieron así por media hora, tal vez. Las casas no cambiaban, las ventanas seguían siendo las mismas y sospechaban que ya no podían salir. Eso era peor que una pesadilla hecha realidad. — ¿Aún quieres encontrar a La Muerte? —preguntó el adulto, recostado contra una caja de madera, bastante vieja. — No me importa cuándo me lleve, la encontraré. — ¡A mí si me importa! Si no salimos en una semana, quedaremos así para siempre. — Es un riesgo que soy capaz de hacer —sonrió con malicia. — Permaneceremos atados ya que solo Dumbledore sabe sacarnos esta cosa… y no volverás a ver a Potter —le desafió con la vista. — Está bien, volveremos —largó el aire de una, tirando su flequillo para arriba. Miwa sonrió, contento por la decisión. No pasó mucho tiempo cuando dos sombras oscuras le cubrieron hasta la cabeza. Luka fue el primero en observar la causa. Gran sorpresa se llevó al ver a dos hombres sumamente corpulentos, con ropas rajadas y miradas de hielo. A Draco, esa mirada le hizo acordar a su padre. — Al fin aparece alguien —sonrió complacido Miwa. — Levántense, ahora —ordenó fríamente uno de los personajes. Malfoy alzó una ceja. — ¿Perdón? ¿A quién crees que le estás hablando, músculos? Ambos tuvieron una guerra de miradas que tuvo la obligación de terminarla el hombre. — Es una orden de mi superior. ¡Ahora! De un tirón en el brazo, levantaron a ambos y los llevaron casi a rastras por el mismo camino que ellos fueron. La única diferencia fue que a los veinte minutos, tuvieron un castillo enorme en frente. — Eso no lo vimos nosotros —se quejó en un murmuro Luka, mirando los rayos violetas que adornaban el cielo. El rubio supo que al fin tendría a La Muerte en frente. Sonrió de una forma malévola; ahora aclararían sus dudas sobre esa misteriosa carta amenazadora que le mandó hace unos días atrás. Miró su muñeca, la soga que le ataba al prefecto. Con Luka en el medio, no podrá hacer nada. ¿Por qué ese tipo tenía que estar siempre en medio de sus planes y él? Entraron al gran castillo por unas grandes puertas de madera. Caminaron por largos pasillos, adornados por esqueletos colgados o cuerpos en descomposición. Ambos estudiantes de magia tuvieron nauseas por el olor nauseabundo que les llenaba los pulmones. Tuvieron la esperanza de que ninguno de los hombres les hayan visto hacer la mueca de asco; sin embargo, sus risas de burla les dieron a entender que sí les vieron. Los cuatro se detuvieron en frente de un cuarto adornado con oro y más cadáveres agonizantes. ¡Ni muertos los tenían! El infierno era… un infierno. Detrás de un escritorio había una silla que les daba la espalda y un hombre al lado. — Aquí le dejamos el pedido, nuestro señor —ambos guardias se agacharon. — Márchense —ordenó el que se encontraba parado al lado del asiento. Ambos hombres salieron y cerraron las puertas detrás suyo. Draco abrió los ojos, aturdido. — ¿Malfoy? —susurró Luka, mirándole. — ¡¿Qué demonios haces acá, tú?! — Yo también tenía ganas de verte de nuevo, Draco Lucius —dijo con sorna Santiago, dedicándole una sonrisa burlona. El rubio sentía que algo subía por su estómago. Los puños les temblaban de tanta rabia contenida. Quería golpearle, quería descargarse por todo lo que le hizo a su Harry; pero algo le impedía mover los pies del suelo. No podía salir de ese lugar. ¿La soga que le unía a Luka o algo más? ¡¿Le tenían hechizado?! Para Miwa no le fue difícil aceptar que ambos se conocían y se odiaron. — ¿Y tú quién eres? —Santiago miró hacia el prefecto a quien no reconocía. Jamás le había visto. — Nadie, nadie —levantó las manos, demostrando su inocencia. No necesitaba un nuevo enemigo… y menos alguien que sea el consejero del superior. — Basta, Santy, él no se meterá en nuestros asuntos —habló la persona sentada en el asiento. Esto se giró para mostrar a La Muerte. Alguien sumamente hermoso, con ropas negras y ajustadas, y dos cuerpos en su cabeza. Su tez pálida denotaba sus orbes azabaches y su larga sonrisa, sádica. Pasó un brazo por la cintura el ex-empleado y lo atrajo a él, para besarle el pecho sobre la camisa. — Genial, La Muerte y Santiago juntos… terminará todo mal —pensó con desprecio el rubio. — Para los que no me conocen, me hago llamar Muerte, aunque me gustaría que me llamasen Tetsu —les sonrió, irónico. — Soy… —Malfoy le dio un fuerte puntapié para callarlo—. ¡Contrólate, Malfoy! —maldijo tomándose la parte lastimada con ambas manos, dando dos pequeños brinquitos antes de poner mantenerse en equilibrio. Draco solo bufó, cruzándose de brazos y volviendo su gélida mirada hacia esos dos, detrás del escritorio. — ¡Deja de tironearme! —terminó por quejarse Malfoy, tirando del brazo y derribando al suelo al mayor. Éste lanzó un gemido. Tetsu sonrió, divertido por la escena de en frente; lindos bufones que le consiguió su amante. Santiago, por su parte, no guardó su burla con forma de risas. — Luka Miwa y Draco Lucius Malfoy, pueden sentarse —invitó el superior indicando las sillas que aparecieron del suelo. El respaldo consistían en un torso mientras que los apoya-brazos eran huesos. Ambos estudiantes hicieron una pequeña mueca de repugnancia. — Qué tortura —susurró Luka, triste por los dueños de esas partes. ¿Qué les habrán hecho hasta terminar siendo sillas? — Qué pesadilla —masculló Draco. — Estamos bien acá, gracias —luego de unos segundos de silencio, Miwa decidió hablar. — Como ustedes lo deseen, señores, pero les pido que no sientan lástima por estas sillas. Ellos llegaron a mi reino consientes de sus maldades —sonrió Tetsu—. Qué alegría verle por acá, señor Malfoy, le esperábamos mañana, para serle sincero. ¿A qué se debe su hermosa presencia tan temprano? — Tenía el presentimiento que ustedes dos tenían algo planeado —comenzó a hablar Draco, caminando hacia el escritorio con aire superior. Tiró de la liana para traer al prefecto consigo—. ¿Me daba una semana para romper el hechizo y venir? ¿Solo una semana luego de que lleve dos como espíritu? Algo con concuerda… — No sé a lo que se refiere —dijo el superior, tranquilo. — ¿Qué le dijiste, idiota? —cuestionó a Santiago, mirándole. Luka miraba a cada uno como la pelota en un juego de tenis. Sabía que no debía estar allí, era uno más y, lo peor de todo, no sabía de qué estaban hablando. — ¿Qué le pude haber dicho? Rompiste las reglas de un juego y debes ser castigado por eso —se encogió de hombros. — No rompí nada. — No ibas a volver con Harry y lo hiciste. — Si, yo vi el video —asintió Tetsu. — No se confundan, la regla era, claramente: el que pierda, no saldrá vivo del mundo de las peleas. ¿Alguien salió vivo? No, nadie. Yo no estoy vivo, sino no estaría en este lugar con… sillas originales —terminó susurrando con asco. Tetsu sonrió. — Aún así… debías venir. — ¿Por qué? —cuestionó entre dientes, frunciendo las cejas. — Porque, si no fuera por Harry Potter, tú ya hubieses muerto… como te dije, no permito que ningún alma se me escape —dijo tranquilamente. — ¿Cuándo hubiese muerto? — Exactamente —hizo aparecer un libro con hojas de pieles de diferentes tonos—: 26 de noviembre a las 9.48 horas. Luka alzó ambas cejas, asombrado por la precisión. Esa fecha… ¡pues, claro! — Malfoy… cuando te tiraste del carruaje mientras íbamos al campamento —le recordó. La Muerte asintió. — No me tiré… me caí —le corrigió, sintiéndose molesto por el tono resignado/burlón del prefecto—. Y, aunque tuve que haber muerto, aún no tengo la obligación de venir aquí… — ¿Cuestionas las leyes de La Muerte, Malfoy? —Santiago frunció el ceño. — ¿Tú crees? Lee esas leyes y luego repite esa pregunta —le dirigió una dura mirada. — Mocoso, si tan solo pudiera golpearte… — Tranquilo, Santy —Tetsu le pudo una mano en el hombro, obligándole a sentarse en el apoya brazos—. ¿Es que conoces nuestras leyes, Malfoy? — Claro que si. — ¿En serio? —tanto la Muerte como Luka le miraron, asombrado (Tetsu lo simuló bastante bien). — ¿Para qué demonios viniste si solo preguntas idioteces? —le preguntó el rubio entre dientes a su compañero. — Dumbledore —suspiró. — Y, sí, conozco sus leyes. Leí todo el libro y me di cuenta que Santiago metió la mano en todo esto. — ¿Solo la mano? —preguntó, divertido, el ex-vendedor antes de echarse a reír. — El libro dice claramente que hasta dentro de cinco años, no puedes hacerme nada —le ignoró. — Muy bien, muy bien, que se haga lo que el invitado desee —Tetsu se levantó de su asiento, dejando a un atónito Santiago sentado en el apoya-brazos. Ahora que no había peso del otro lado, su propio peso le falló en contra y terminó en el suelo con la silla. Santiago gimió. Draco se sintió perfecto al verle en el suelo. Sonrió ampliamente. — Felicidades, señor Malfoy, ha logrado persuadirme —le extendió una mano a él otro a Luka. Tanto el rubio como el castaño aceptaron las manos, para darse un último saludo. En ese momento, unas cadenas le aprisionaron las muñecas y los tobillos. — Pero nadie escapa del infierno. Al fin y al cabo, la carta solo era un anzuelo para traerlo hacia aquí y veo que picó como pez. Agonicen tranquilos y sean mal-venidos al infierno, su nuevo hogar. Malfoy sintió que los ojos se le salían de órbita. Intentó soltarse de las cadenas pero cuando más las movía, más calientes se volvían. Miró con mucha furia a las personas que se carcajeaban en frente de él. — ¡SUÉLTENME, MALDICIÓN! —exigió. — Guardias… pueden llevarlos a mi calabozo para principiantes. Tienen hasta dentro de dos días para regresar, si quieren pelear en vano… —les sonrió con sorna antes de ser abrazado y besado por su amante. — ¡No me toquen! —se revolvía Draco entre los fuertes brazos de los hombres. — ¡Aléjense de mí! ¡Crucio! ¡Crucio! —repetía sin cesar Miwa sin que les haga efecto a nadie. — Cierren la boca —ordenaron los hombres en los pasillos antes de golpearles en un lugar clave en el cuello. — No… Harry —fue el último pensamiento del rubio antes de caer en la inconsciencia. Corría por los pasillos hacia la enfermería tan rápido como un animal, esquivaba ágilmente a los alumnos o fantasmas y subía las escaleras de tres en tres. Las gotas de sudor caían por sus mejillas, sudaba de miedo al no saber con qué podría encontrarse. ¡Maldición, ¿por qué pusieron la enfermería tan lejos?! — ¡Hey, hey! —un profesor le tomó por la cintura y le detuvo, pero, por la fuerza de la rapidez con la que corrían, ambos cayeron al suelo—. Parece mayor, debería conocer las reglas de colegio, señor —regañó Remus Lupin, sobándose la cabeza con dolor. El profesor de Defensa Contra Las Artes Oscuras de ese año miró al causante de tanto disturbio por el pasillo de la enfermería. — ¿Remus? —preguntó el alocado invitado. — ¿… Sirius? — ¡Por Dios, Remus! —le saltó encima, abrazándole por los hombros. — Sirius, ¿qué haces por aquí? ¿Dónde estuviste todo este tiempo? —le devolvió el eufórico abrazo. Ambos amigos se ayudaron a levantarse y se contaron lo que ocurrió durante todo ese año en que no tuvieron noticias ni del uno ni del otro. — Oye, ¿no te habías muerto en ese velo? —se quitó la curiosidad el profesor, sentado en una de las sillas de piedra del pasillo. — Que frívolo eres, Remus —se cruzó de brazos, ofendido—. Y, no. Aunque fue cruel, era la única manera de sacarme a los dementores de encima. Le mandé una carta a Harry para avisarle que seguía con vida. Tal parece que nunca le llegó —hizo una mueca de fastidio. Lupin no daba crédito a lo que oía. — ¿Dónde…? — Por ahí y por allá, no sabría decirte en dónde estuve porque jamás me mantuve en un mismo lugar más de una noche. El mundo muggle es muy divertido y está lleno de comida deliciosa, me tienes que acompañar. ¡Tú invitas! —le miró, ilusionado. — Deberías decir: yo invito. — ¡Gracias, Lupin! —le volvió a abrazar. — ¡Tramposo! — Jajaja, extrañaba estos momentos —sonrió ampliamente, apartándose. — Claro. Por cierto, ¿qué hacías corriendo como demente en los pasillos? — Es que… ¡Harry, ¿cómo está él?! Ni bien me enteré que se desmayó, vine lo más rápido que las piernas y los dementores me permitieron. El profesor le guió a paso tranquilo hacia la enfermería. Se adelantó para verificar que la enfermera no se encontrase deambulando entre las camillas y dejó entrar al invitado. Fueron hacia el fondo, en donde se encontraba durmiendo el moreno. — ¿Sabes lo que le pasó? — Acabo de volver luego de mi transformación. Según tengo entendido, no durmió bien durante muchos días y su fuerza flaqueó en las escaleras de las mazmorras. Ronald Weasley le trajo para aquí y cayó en este estado. Desde ayer que anda así y pronostico que seguirá así por más tiempo. — Ron, ¿eh? Le debo mucho a ese muchacho. — Ron y… Malfoy. — ¿Qué? —no pudo gritar porque Remus le echó un hechizo antes de ingresar a la enfermería para impedir que subiese de más el tono de voz. — ¿No estabas enterado? —sonrió con nervios—. Harry y Malfoy están saliendo desde hace tiempo —tuvo que pasarse al otro lado de la camilla para que las garras del animago no le alcanzase. — ¿Que Malfoy QUÉ? —aunque no gritaba, su vena iba creciendo cada vez más—. Harry, ¿cómo pudiste? —miró molesto a su ahijado. — Harry se veía feliz, Sirius, no te entrometas en su amor —le advirtió con la mirada. — Pero, pero… ¡Es Harry! — Y Malfoy. Y no permitiré que los separes por un capricho. — ¿Ya lo intentaste? —alzó una ceja. — Es imposible separarlos, le pedí ayuda a Ronald pero ni pizca resultó —comentó en un suspiro. — Maldición, Harry, ni se te ocurra levantarte; sino me conocerás enojado —le advirtió. — Sirius enojado… Eso es divertido. ¿Recuerdas cuando te molestaban en nuestros años de escuela, que terminaste por tirar a la laguna ese idiota de Slytherin? —rió bajito. — Oh, si. El mejor año de receso que tuve —sonrió. Luego de una hora acompañando a su ahijado, Black decidió que ya se estaba arriesgando demasiado. Se despidió de su amigo y se alejó de Hogwarts para volver dentro de unos días, para averiguar la salud de Harry. Entreabrió sus ojos grisáceos para ver en qué lugar se encontraba. Le dolía mucho las costillas, las muñecas y los tobillos; esas malditas cadenas le quemaron la piel. Notó la presencia del prefecto de Gryffindor a su costado, sentado contra la pared, mirando las rejas que tenían en frente. A duras penas, pudo levantarse. — No hay forma se escapar —dijo Luka sin mirarle. — Tiene que haber forma. Debo volver con Harry —se sentó al lado del prefecto (por obligación de la liana que los ataba). — Supongo que otra vez dependemos de Harry —suspiró Miwa, sin esperanza de volver a su cuerpo. — ¿Y por qué? Ya suficiente tiene en el colegio —frunció las cejas. — Si rompe tu maldito hechizo, nuestras almas volverán a los cuerpos. Si tu vuelves, yo también. — Harry está… durmiendo. — ¿Qué tal se sentirá una eternidad de torturas? Tal vez, convertirse en silla es la mejor opción. Draco tiró de la soga con brusquedad para tener el rostro de Luka cerca y así poder estamparle una piña en la mejilla. El mayor cayó al sucio piso, con un morete en la zona lastimada. — ¡¿Pero qué…?! — Cierra la boca si no quieres recibir más —le fulminó con la vista. Luka ya no podía aguantar la arrogancia de ese mocoso. Se le tiró encima para luego golpearlo en donde las cadenas le permitían. Malfoy respondía con la misma brusquedad. Esas jodidas cadenas eran un estorbo por lo corta y pesadas. — ¡Quema! —se quejó Luka, luego de unos minutos, cayendo acostado al suelo. — ¡Maldición! —gritó Malfoy cayendo a su costado. Ambas cadenas se encontraban al rojo vivo, por tanto movimiento. El dolor duró unos diez minutos antes de que el frío tocase sus carnes quemadas. Jadearon, gimiendo de vez en cuando. — Te… salvaste por… las cadenas —jadeó Draco, aún con ganas de golpearle. Pero no quería sufrir más quemaduras. — Eso… te lo digo yo. Sumamente adoloridos, miraron hacia la ventana. Esos malditos rayos violetas se burlaban de ellos… — Somos patéticos —dijo al fin Luka. — Habla por tí mismo. — Deja de ser tan arrogante, morirás en dos días —le miró, molesto. — ¿Y qué soy ahora? — Nada. Santiago caminó hacia la celda, sonriendo con burla. — Parece que disfrutan de su compañía —sonrió deteniéndose en frente de la rejas. — Tú, maldito hijo de perra, sácanos de aquí. Jamás tuviste oportunidad con Harry, resígnate —masculló entre dientes el rubio. — Soy el único que le tocó to-di-to —se cruzó de brazos—. ¿Tuviste ese momento de placer extremo con él? Oh, es cierto. No podía tocarle. Jajaja, que fraude. — ¡Cállate! — Sus gemidos de dolor me excitaban de sobremanera, embestirlo fue lo más delicioso que jamás haya hecho, y su boca… por Merlín, él si sabe hacer sexo oral —pasó sus dedos por su propia boca, enfureciendo al Slytherin. — ¡Hijo de puta, te mataré, te reviviré y te volveré a matar! —se levantó y volvió a caer cuando el metro de la liana llegó a su límite. — ¡¡Jajaja!! —se partía de risa el ex-vendedor, agarrando las rejas de la celda. — ¡No te salgas de control, Malfoy! ¡Entiende, él quiere dominarte y lo está logrando! —le dijo Miwa, serio. — ¡Puta madre, tocó a mi Harry! ¡Lo violó, Miwa, tú no sabes lo que siento en ese momento! ¡Te mataré! —intentó correr a las rejas, que tenía a medio metro, pero la fuerza de Luka se hizo, sorpresivamente, más intensa. Éste miró fijamente a Santiago por un segundo. Tiró de la soga y atrajo al rubio en donde él se encontraba sentado. Pasó uno de los brazos por su pecho y el otro le tapó la boca; también le abrazó con las piernas, manteniéndole quieto. Draco forcejeó y gruñó con rabia. Si tuviese la posibilidad de abrir la boca, ya le hubiese mordido. Se sentía muy incómodo en medio de las piernas de ese prefecto. ¡¿Qué intentaba hacer?! — Vaya, Draco, tienes a él como segundo amante —rió el amante de Tetsu—. No hacen buena pareja; Luka eres demasiado para ese Malfoy. — ¿Sabes, Santiago? Tu hermana, Samanta, era muy buena en la cama. Su cuarto era incómodo, temo que, mientras trabajabas, usamos tu cama. No te interesa, ¿no? El aludido dejó sus bromas para quedarse estático en su lugar, mirando asombrado al mayor. — Mientes, ella jamás tuvo relaciones con nadie. Tiene solo… — 15 años. Lo sé —le sonrió, con perversidad—. Su cumpleaños es el 25 de enero y está en segundo año de secundaria. Es muggle, no conoce tus dotes mágicos y suele salir con sus amigas los viernes a la noche. La conocí en un boliche, la emborrache adrede y me la encamé en uno de los moteles de por ahí. Desde entonces, la atrapo por la espalda cuando sale del colegio, la drogo y la encierro en mi camioneta. Cada día hace mejor el sexo oral y su ano es tan estrecho… —se relamió los labios, con un brillo de lujuria en los ojos. Santiago comenzó a temblar de rabia. Su hermanita… su hermanita… Su respiración se hizo irregular y las mejillas se le tiñeron de rojo. En su frente se formaron muchas montañitas. Sentía unas ganas enormes de torturar a ese hijo de… — No… es… cierto —le costaba hablar. — ¿Sigues sin creerme? Nunca sospechaste cuando llegaba tarde de la escuela porque le borraba la memoria y te metía, diciendo que salió con sus amigas a tomar el té en un bar cercano al colegio. También tienes otro hermano, aunque más pequeño. Tiene seis años y… — ¡No lo hiciste! —… soy capaz de decir, que disfruto al chiquillo que a la prostituta. Malfoy miró cada reacción de su enemigo. ¿Él se vio así? Parecía que Santiago creía de tamaño; los dientes le rechinaron. — Una vez tuve la oportunidad de encontrarlos juntos. Aquel día que fueron a comprar la cena, ¿recuerdas? Les gritaste para que te esperaran pero ellos no te hicieron caso y salieron. Drogarlos no fue lo más placentero, sino ver a Samanta incitando a su hermanito a que le dejaba chuparle su miembro (bastante chico, ya que es un nene). — ¡Para, cállate! ¡Nunca hiciste tal cosa! — "Santy, presiento que hice algo malo… pero no me acuerdo qué" ¿Recuerdas el instinto femenino de tu hermanita cuando llegaron con la cena (por cierto, eran milanesas con papa fritas)? Pues, tuviste que haberte olvidado del enfado anterior y buscar en la mente de tu Samanta… Suerte que no lo hiciste. — Des…des-gra… ¡Desgraciado, pedófilo, te torturaré hasta que ruegues la verdadera muerte! ¡Maldito! —agarraba las rejas con tanta fuerza que sus manos perdieron color. Luka sonrió, complacido. En su fuero interno, se reía a carcajadas. Draco se sonrojó al escuchar tantas cosas. — ¿Y sabes cuál fue la mejor parte? Que ahora tu hermana está siendo follada por un vagabundo. Si lo dudas, míralo tú mismo —sonrió con maldad. — ¡No! —giró y salió corriendo del calabozo. Ninguno de los dos habló ni se movió por unos minutos. Cuando supo que Santiago se encontraba bien lejos, Miwa se carcajeó como jamás en la vida lo hizo. La tentación fue extrema. Enfurecer a ese bueno para nada… ¡Jajaja! Leerle la mente no fue tan difícil como creyó, era más cristalino que el agua. Soltó a Malfoy para caer de espaldas al suelo y abrazarse la panza. Lloraba y le faltaba el aire pero no podía hacer nada, la risa le dominó. El rubio permaneció quieto unos momentos luego de que le soltara. Todo eso fue mentira, ¿pero cómo supo la vida de esos mocosos? Luka… Vaya, tenía que admitir, Luka era de temer. — Bueno —luego de tanta risa y lágrimas, se tranquilo lentamente hasta poder recuperar el habla—, así te veías cuando te dominaba. Ya sabes lo patético que te vi, procura no caer en las redes del otro como ese idiota. Jajaja. — Lo… tendré en cuenta. ¿Lo del vagabundo…? — Si —dejó de reír abruptamente, poniéndose serio—, es cierto. La acabo de ver. Pobre de ella… El resto de la tarde, contaron las piedras de las paredes para no ser dominados por el aburrimiento. Sus estómagos rugieron. Por las rejas, pasaron dos platos con comida rancia y vieja. — Tu historia de violador nos matará de hambre —le acusó Draco mirando la comida con hongos blancos. Luka hizo una mueca de asco. — Se me fue el apetito —dejó el plato del otro lado de la celda. Draco dejó el suyo a un costado. Volvió a mirar la pared. — ¿En dónde dejamos? — No lo sé, perdí la cuenta —respondió resignado el prefecto. — Genial, hay que empezar de vuelta —masculló. — 1 — 2 — 3 — 4 Al día siguiente, por la noche, Sirius volvió al colegio para ver el progreso de su ahijado. Nuevamente, se encontró con Lupin quien le guió amistosamente y sacó a la enfermera con una estúpida excusa. Ambos se sentaron en diferentes lados del chico. — ¿Hay nuevas noticias? —Sirius le acarició la mejilla a Harry con dulzura. — Malfoy y Luka Miwa, un prefecto, han desaparecido del castillo y Dumbledore no quiere hablar —le contó Remus—. Sospecho que algo tiene que ver, pero… — Si, él está en medio de su desaparición —aseguró Black. — Pero ¿qué piensa hacer con ellos? — ¿Te contesto? —le miró de reojo. — ¡No seas pervertido! Dumbledore no es así —se ruborizó. Sirius rió bajito. — Draco… Ambos adultos giraron la vista hacia el alumno inconsciente que comenzaba a hablar. ¿Se levantó? No, seguía dormido. — Draco… Draco… —gemía, moviendo levemente la cabeza de un lado a otro. — ¿Qué le pasa? — Tal vez alguna pesadilla —opinó el profesor de DCAO. — Entremos a su cabeza. — ¡No! — Draco… te… Draco te… — ¿Draco te… qué? No, mejor no sigas, Harry —suplicó Sirius negado a escuchar un 'amo' al final de esa oración. — Cierra la boca, Sirius —le dio un pequeño golpe en la cabeza. — Draco te… nec… esito. — Cada vez le entiendo menos —se quejó el padrino. Recibió otro golpe. — Draco te… necesito… —apretó los puños con fuerza. Sus mejillas se tornaron rosas y las lágrimas comenzaron a surcar sus mejillas. El animago sintió un golpe en el pecho al verle en ese estado; ¡tenía que levantarlo! Pero Lupin se lo impediría, estaba seguro—, vuelve… vuelve… conmigo. — Ay, Harry —murmuró Remus, preocupado. — No me gusta verle así —le limpió las mejillas con la yema de sus dedos. — Le extraña… Malfoy, al ser espíritu, necesita de él para volver a nacer. Si se levantase ahora… no sé qué ocurriría; Malfoy desapareció. Tal vez no resista la noticia… — Oh, si que la resistirá. Yo le obligaré a eso —asintió, seguro de si mismo. — Sirius… —sonrió—. Debes irte, la enfermera llegará en cualquier momento y no te debe ver —se levantó de su silla. — Draco… Draco… — No puedo irme y dejarle en ese estado —le miró, ceñudo. — Lo siento pero tienes que hacerlo. Recuerda que estás muerto para todos. Luego de minutos de insistentes peticiones, Black terminó saliendo del castillo como perro y con un collar anti-pulgas en el cuello. Unos metros lejos de las reglas, se rascó el cuello con la pata trasera para quitarse ese estorbo que le puso el profesor de DCAO. Dumbledore levantó la cabeza de los papeles que reposaban en su escritorio. Rápidamente salió corriendo hacia el bosque prohibido, en donde reposaba protegido el cuerpo del prefecto de Gryffindor. Algo andaba mal, lo presentía. Luka y Draco se encontraban recostados espalda contra espalda, durmiendo, a la espera de su sentencia en ese infierno. Repentinamente, Miwa abrió los ojos y miró detrás suyo; Malfoy no cayó, permaneció inmóvil aunque despierto. — ¿Qué…? ¡Quema! —chilló con fuerza el rubio. — ¡Demonios, detén esto! ¡Quema, quema! —rogó Luka abrazándose a si mismo. Ambos estudiantes se retorcían de dolor en el suelo, llorando en silencio. Sus cadenas brillaban al rojo vivo pero las quemaduras no eran únicamente en sus muñecas y tobillos, sino en todo el cuerpo. — ¡¡AAH!! —gritaron a coro.