¡Hola a todos! Ante todo, me disculpo por haberlos hecho esperar tanto tiempo. No voy a poner excusas de ningún tipo porque siempre van a ser las mismas jejeje (trabajo, estudio, falta de tiempo, pocas energías, otros proyectos). Prefiero tomarme el tiempo para hacer los capítulos con ganas y que salgan bien.

DISCLAIMER: HP es de JR y la Warner.


Capítulo 10. El profesor de pociones

Cuando todos terminaron de almorzar, se congregaron nuevamente en la sala con una taza de chocolate caliente dispuestos a continuar con la lectura.

—Muy bien—dijo Neville, tomando el libro de la mesa y abriéndolo—, si me permiten…

Todos asintieron y Neville leyó: El profesor de pociones.

Genial, pensó sarcástico, de todos los capítulos habidos justo tenía que tocarme este.

Allí, mira.

¿Dónde?

Al lado del chico alto y pelirrojo.

¿El de gafas?

¿Has visto su cara?

¿Has visto su cicatriz?

—¿No pueden ser más discretos?—susurró Molly a Arthur, indignada—. ¿Por qué siempre tienen que tratarlo como un animal que está en el zoológico?

Arthur la rodeó con el brazo, asintiendo tristemente. Era parte de ser el héroe del mundo mágico…

Los murmullos siguieron a Harry desde el momento en que, al día siguiente, salió del dormitorio. Los alumnos que esperaban fuera de las aulas se ponían de puntillas para mirarlo, o se daban la vuelta en los pasillos, observándolo con atención. Harry deseaba que no lo hicieran, porque intentaba concentrarse para encontrar el camino de su clase.

—Fue terriblemente molesto—suspiró Harry negando con la cabeza.

En Hogwarts había 142 escaleras, algunas amplias y despejadas, otras estrechas y destartaladas. Algunas llevaban a un lugar diferente los viernes. Otras tenían un escalón que desaparecía a mitad de camino y había que recordarlo para saltar.

—¿Cómo, Neville?—preguntó Ron sarcásticamente—. No te oí bien.

Neville intentó fulminarlo con la mirada, pero sonrojado como estaba sólo logró que todos se rieran.

Después, había puertas que no se abrían, a menos que uno lo pidiera con amabilidad o les hiciera cosquillas en el lugar exacto, y puertas que, en realidad, no eran sino sólidas paredes que fingían ser puertas. También era muy difícil recordar dónde estaba todo, ya que parecía que las cosas cambiaban de lugar continuamente. Las personas de los retratos seguían visitándose unos a otros, y Harry estaba seguro de que las armaduras podían andar.

—Oh, sí, claro que pueden—dijo Luna con naturalidad.

—McGonagall siempre quiso hacerlas andar—señaló Molly sonriendo.

Los fantasmas tampoco ayudaban. Siempre era una desagradable sorpresa que alguno se deslizara súbitamente a través de la puerta que se intentaba abrir. Nick Casi Decapitado siempre se sentía contento de señalar el camino indicado a los nuevos Gryffindors, pero Peeves el poltergeist se encargaba de poner puertas cerradas y escaleras con trampas en el camino de los que llegaban tarde a clase. También les tiraba papeleras a la cabeza, corría las alfombras debajo de los pies del que pasaba, les tiraba tizas o, invisible, se deslizaba por detrás, cogía la nariz de alguno y gritaba: ¡TENGO TU NARIZ!

—Y siempre me hacía a mí todo eso al menos una vez por semana—añadió Neville como quien no quiere la cosa. Todos volvieron a reírse, pero Neville se quedó confundido. Eso no fue un chiste…

Pero aún peor que Peeves, si eso era posible, era el celador, Argus Filch.

George frunció el ceño recordando al odioso celador, pero finalmente sonrió y comentó: —El viejo Filch es un perro viejo que al que le gusta ladrar pero no tiene dientes.

Harry y Ron se las arreglaron para chocar con él, en la primera mañana. Filch los encontró tratando de pasar por una puerta que, desgraciadamente, resultó ser la entrada al pasillo prohibido del tercer piso. No les creyó cuando dijeron que estaban perdidos, estaba convencido de que querían entrar a propósito y los amenazó con encerrarlos en los calabozos, hasta que el profesor Quirrell, que pasaba por allí, los rescató.

Todos ensombrecieron la mirada. Sí, claro… "pasaba por allí".

Filch tenía una gata llamada Señora Norris, una criatura flacucha y de color polvoriento, con ojos saltones como linternas, iguales a los de Filch. Patrullaba sola por los pasillos. Si uno infringía una regla delante de ella, o ponía un pie fuera de la línea permitida, se escabullía para buscar a Filch, el cual aparecía dos segundos más tarde. Filch conocía todos los pasadizos secretos del colegio mejor que nadie (excepto tal vez los gemelos Weasley) (George hizo una reverencia), y podía aparecer tan súbitamente como cualquiera de los fantasmas. Todos los estudiantes lo detestaban, y la más soñada ambición de muchos era darle una buena patada a la Señora Norris.

—Y nadie lo logró—dijo Charlie, haciendo una mueca de resignación.

—Kenneth Towler lo logró—comentó George, y Charlie lo miró interesado.

—Eso fue porque los estaba persiguiendo a ustedes dos y se la llevó por delante—comentó Percy levantando una ceja.

—¿No fue ese Towler al que Fred puso polvos de Bubadox en su piyama?—preguntó Ron.

—Ah, que buenos recuerdos—dijo George sonriendo.

Y después, cuando por fin habían encontrado las aulas, estaban las clases. Había mucho más que magia, como Harry descubrió muy pronto, mucho más que agitar la varita y decir unas palabras graciosas.

Tenían que estudiar los cielos nocturnos con sus telescopios, cada miércoles a medianoche, y aprender los nombres de las diferentes estrellas y los movimientos de los planetas. Tres veces por semana iban a los invernaderos de detrás del castillo a estudiar Herbología, con una bruja pequeña y regordeta llamada profesora Sprout, y aprendían a cuidar de todas las plantas extrañas y hongos y a descubrir para qué debían utilizarlas (Neville sonrió nostálgico recordando su lugar favorito del colegio).

Pero la asignatura más aburrida era Historia de la Magia,

—No es cierto—dijo Bill un poco resentido.

Percy asintió firmemente. —A mí me resultó muy interesante.

—Acaban de probar el punto—señaló Charlie, y todos se rieron menos unos indignados Bill y Percy.

la única clase dictada por un fantasma. El profesor Binns ya era muy viejo cuando se quedó dormido frente a la chimenea del cuarto de profesores y se levantó a la mañana siguiente para dar clase, dejando atrás su cuerpo. Binns hablaba monótonamente, mientras escribía nombres y fechas, y hacía que Elmerico el Malvado y Ulrico el Chiflado se confundieran.

—No, Hermione—dijo Ron al ver que su novia abría la boca, seguramente para contestar correctamente—. No necesitamos saberlo.

Hermione bufó indignada y cruzó los brazos.

El profesor Flitwick, el de la clase de Encantamientos, era un brujo diminuto que tenía que subirse a unos cuantos libros para ver por encima de su escritorio. Al comenzar la primera clase, sacó la lista y, cuando llegó al nombre de Harry, dio un chillido de excitación y desapareció de la vista.

Todos se rieron ante la imagen mental.

—El viejo y querido Flitwick—sonrió Arthur nostálgico.

La profesora McGonagall era siempre diferente. Harry había tenido razón al pensar que no era una profesora con quien se pudiera tener problemas. Estricta e inteligente, les habló en el primer momento en que se sentaron, el día de su primera clase.

Transformaciones es una de las magias más complejas y peligrosas que aprenderéis en Hogwarts —dijo—. Cualquiera que pierda el tiempo en mi clase tendrá que irse y no podrá volver. Ya estáis prevenidos.

Entonces transformó un escritorio en un cerdo y luego le devolvió su forma original.

—Siempre es igual—se quejó George, y luego arrugó el gesto y dijo en un tono que pretendía emular a McGonagall: —"Hola, les voy a enseñar a hacer magia. ¡Miren lo que hago! Ah, no perdón, necesitan siete años más para poder hacer esto. ¡A trabajar!"

Todos se rieron por lo cierto que resultaba eso.

Todos estaban muy impresionados y no aguantaban las ganas de empezar, pero muy pronto se dieron cuenta de que pasaría mucho tiempo antes de que pudieran transformar muebles en animales. Después de hacer una cantidad de complicadas anotaciones, les dio a cada uno una cerilla para que intentaran convertirla en una aguja. Al final de la clase, sólo Hermione Granger había hecho algún cambio en la cerilla. La profesora McGonagall mostró a todos cómo se había vuelto plateada y puntiaguda, y dedicó a la niña una excepcional sonrisa.

Hermione intentó no ruborizarse; era realmente excepcional que McGonagall le sonriera a un alumno.

La clase que todos esperaban era Defensa Contra las Artes Oscuras, pero las lecciones de Quirrell resultaron ser casi una broma.

Claro, pensó Harry furioso. Voldemort no hubiera querido que nos supiéramos defender de las Artes Oscuras.

Su aula tenía un fuerte olor a ajo, y todos decían que era para protegerse de un vampiro que había conocido en Rumania y del que tenía miedo de que volviera a buscarlo. Su turbante, les dijo, era un regalo de un príncipe africano como agradecimiento por haberlo liberado de un molesto zombi, pero ninguno creía demasiado en su historia. Por un lado, porque cuando Seamus Finnigan se mostró deseoso de saber cómo había derrotado al zombi, el profesor Quirrell se ruborizó y comenzó a hablar del tiempo, y por el otro, porque habían notado que el curioso olor salía del turbante, y los gemelos Weasley insistían en que estaba lleno de ajo, para proteger a Quirrell cuando el vampiro apareciera.

—Juro que olimos eso cuando nos acercamos a él—dijo George encogiéndose de hombros.

Fleur arrugó la nariz, muy asqueada de repente. ¿Qué me sucede? Nunca me molestó el ajo…

Harry se sintió muy aliviado al descubrir que no estaba mucho más atrasado que los demás. Muchos procedían de familias muggle y, como él, no tenían ni idea de que eran brujas y magos. Había tantas cosas por aprender que ni siquiera un chico como Ron tenía mucha ventaja.

El viernes fue un día importante para Harry y Ron. Por fin encontraron el camino hacia el Gran Comedor a la hora del desayuno, sin perderse ni una vez.

—¡Que suerte!—dijo Neville levantando la vista—. Yo tardé meses en saber el camino—y todos volvieron a reírse. No entiendo por qué se siguen riendo si no estoy haciendo chistes…

¿Qué tenemos hoy? —preguntó Harry a Ron, mientras echaba azúcar en sus cereales.

Pociones Dobles con los de Slytherin —respondió Ron—. Snape es el Jefe de la Casa Slytherin. Dicen que siempre los favorece a ellos... Ahora veremos si es verdad.

Es verdad—corroboraron Harry, Hermione, Neville, Angelina y todos los hijos Weasley. Molly frunció el ceño.

Ojalá McGonagall nos favoreciera a nosotros —dijo Harry. La profesora McGonagall era la jefa de la casa Gryffindor; pero eso no le había impedido darles una gran cantidad de deberes el día anterior.

—El día en que Minerva favorezca a alguien sólo porque sí será el fin del mundo—rió Arthur.

Justo en aquel momento llegó el correo. Harry ya se había acostumbrado, pero la primera mañana se impresionó un poco cuando unas cien lechuzas entraron súbitamente en el Gran Comedor durante el desayuno, volando sobre las mesas hasta encontrar a sus dueños, para dejarles caer encima cartas y paquetes.

Hedwig no le había llevado nada hasta aquel día. Algunas veces volaba para mordisquearle una oreja y conseguir una tostada, antes de volver a dormir en la lechucería, con las otras lechuzas del colegio. Sin embargo, aquella mañana pasó volando entre la mermelada y la azucarera y dejó caer un sobre en el plato de Harry. Este lo abrió de inmediato.

Querido Harry (decía con letra desigual):

Sé que tienes las tardes del viernes libres, así que ¿te gustaría venir a tomar una taza de té conmigo, a eso de las tres? Quiero que me cuentes todo lo de tu primera semana. Envíame la respuesta con Hedwig.

Hagrid

—Mi primera carta en Hogwarts—señaló Harry sonriendo, recordando la primera vez que vio a Hedwig traerle su primera misiva.

Harry cogió prestada la pluma de Ron y contestó: «Sí, gracias, nos veremos más tarde», en la parte de atrás de la nota, y la envió con Hedwig.

Fue una suerte que Hagrid hubiera invitado a Harry a tomar el té, porque la clase de Pociones resultó ser la peor cosa que le había ocurrido allí, hasta entonces.

Todos hicieron distintos sonidos y gestos de protesta y exasperación; era evidente para todos, sobre todo para Ron y Hermione, el por qué.

Al comenzar el banquete de la primera noche, Harry había pensado que no le caía bien al profesor Snape. Pero al final de la primera clase de Pociones supo que no se había equivocado. No era sólo que a Snape no le gustara Harry: lo detestaba.

—Y que lo digas—acotó Hermione mordaz.

—No me hubiera dado cuenta—dijo Ron sarcásticamente.

Las clases de Pociones se daban abajo, en un calabozo. Hacía mucho más frío allí que arriba, en la parte principal del castillo, y habría sido igualmente tétrico sin todos aquellos animales conservados, flotando en frascos de vidrio, por todas las paredes.

Snape, como Flitwick, comenzó la clase pasando lista y, como Flitwick, se detuvo ante el nombre de Harry

Ah, sí —murmuró—. Harry Potter. Nuestra nueva... celebridad.

—Ughh… esto no puede tegminag bien…—musitó Fleur frunciendo el ceño. Haber escuchado sobre los animales disecados la había puesto exageradamente verde por el asco, y Bill nuevamente la miraba preocupado.

Draco Malfoy y sus amigos Crabbe y Goyle rieron tapándose la boca.

—Imbéciles—gruñó Ginny.

Snape terminó de pasar lista y miró a la clase. Sus ojos eran tan negros como los de Hagrid, pero no tenían nada de su calidez. Eran fríos y vacíos y hacían pensar en túneles oscuros.

—Hace pensar en un maestro de la Oclumancia—corrigió Arthur, también con el ceño fruncido. ¿Qué era eso que Snape intentaba ocultar?

Vosotros estáis aquí para aprender la sutil ciencia y el arte exacto de hacer pociones —comenzó. Hablaba casi en un susurro, pero se le entendía todo. Como la profesora McGonagall, Snape tenía el don de mantener a la clase en silencio, sin ningún esfuerzo—. Aquí habrá muy poco de estúpidos movimientos de varita y muchos de vosotros dudaréis que esto sea magia. No espero que lleguéis a entender la belleza de un caldero hirviendo suavemente, con sus vapores relucientes, el delicado poder de los líquidos que se deslizan a través de las venas humanas, hechizando la mente, engañando los sentidos... Puedo enseñaros cómo embotellar la fama, preparar la gloria, hasta detener la muerte... si sois algo más que los alcornoques a los que habitualmente tengo que enseñar.

—Y lo arruinó—dijo Angelina bufando—, otra vez arruinó un perfecto discurso.

Más silencio siguió a aquel pequeño discurso. Harry y Ron intercambiaron miradas con las cejas levantadas. Hermione Granger estaba sentada en el borde de la silla, y parecía desesperada por empezar a demostrar que ella no era un alcornoque.

—Obviamente—señaló Ginny sonriendo a su amiga, quien también le sonrió.

¡Potter! —dijo de pronto Snape—. ¿Qué obtendré si añado polvo de raíces de asfódelo a una infusión de ajenjo?

Todos hicieron silencio.

—¿Excuse-moi?—dijo Fleur alzando las cejas—. ¿Qué fue eso?

—Ah… verás, Fleur—dijo Ron como el que se prepara para explicar algún secreto misterioso y sumamente interesante—, ese es Snape en su trato habitual con Harry.

—¿Habitual?—preguntó Molly horrorizada.

—Habitual—respondió Harry con aplomo.

¿Raíz en polvo de qué a una infusión de qué? Harry miró de reojo a Ron, que parecía tan desconcertado como él. La mano de Hermione se agitaba en el aire.

No lo sé, señor —contestó Harry.

Los labios de Snape se curvaron en un gesto burlón.

Bah, bah... es evidente que la fama no lo es todo.

No hizo caso de la mano de Hermione.

Vamos a intentarlo de nuevo, Potter. ¿Dónde buscarías si te digo que me encuentres un bezoar?

—¡¿Otra vez?!—exclamó Molly indignada más allá de lo normal—. ¿Quién se cree que es para tratar a un alumno así?

Arthur intentó tranquilizarla, aunque él también estaba bastante irritado.

Hermione agitaba la mano tan alta en el aire que no necesitaba levantarse del asiento para que la vieran, pero Harry no tenía la menor idea de lo que era un bezoar. Trató de no mirar a Malfoy y a sus amigos, que se desternillaban de risa.

Ginny gruñó esta vez un insulto que sólo Harry pudo escuchar, a lo que el pelinegro tuvo que hacer un esfuerzo por no reírse y llamar la atención.

No lo sé, señor.

Parece que no has abierto ni un libro antes de venir. ¿No es así, Potter?

Harry se obligó a seguir mirando directamente aquellos ojos fríos. Sí había mirado sus libros en casa de los Dursley, pero ¿cómo esperaba Snape que se acordara de todo lo que había en Mil hierbas mágicas y hongos?

—Yo sí—dijeron Hermione y Neville al unísono, y luego se miraron asombrados.

—Ninguno de ustedes cuenta—les dijo George, y todos se rieron de sus caras.

Snape seguía haciendo caso omiso de la mano temblorosa de Hermione.

¿Cuál es la diferencia, Potter; entre acónito y luparia?

Ante eso, Hermione se puso de pie, con el brazo extendido hacia el techo de la mazmorra.

No lo sé —dijo Harry con calma—. Pero creo que Hermione lo sabe. ¿Por qué no se lo pregunta a ella?

Todos rieron pero cesaron rápido; conociéndolo a Snape, esto no sería bueno.

Unos pocos rieron. Harry captó la mirada de Seamus, que le guiñó un ojo. Snape, sin embargo, no estaba complacido.

Siéntate—gritó a Hermione—. Para tu información, Potter; asfódelo y ajenjo producen una poción para dormir tan poderosa que es conocida como Filtro de Muertos en Vida. Un bezoar es una piedra sacada del estómago de una cabra y sirve para salvarte de la mayor parte de los venenos. En lo que se refiere a acónito y luparia, es la misma planta. Bueno, ¿por qué no lo estáis apuntando todo?

Se produjo un súbito movimiento de plumas y pergaminos. Por encima del ruido, Snape dijo:

Y se le restará un punto a la casa Gryffindor por tu descaro, Potter.

George alzó una ceja. ¿Sólo uno? Parece que Snape no se había levantado de tan mal humor como de costumbre… Se cuidó sin embargo de decir esto en voz alta: las caras de las mujeres del grupo no presagiaban nada bueno.

Las cosas no mejoraron para los Gryffindors a medida que continuaba la clase de Pociones. Snape los puso en parejas, para que mezclaran una poción sencilla para curar forúnculos. Se paseó con su larga capa negra, observando cómo pesaban ortiga seca y aplastaban colmillos de serpiente, criticando a todo el mundo salvo a Malfoy, que parecía gustarle. En el preciso momento en que les estaba diciendo a todos que miraran la perfección con que Malfoy había cocinado a fuego lento los pedazos de cuernos, multitud de nubes de un ácido humo verde y un fuerte silbido llenaron la mazmorra.

—Déjame adivinar—interrumpió George fingiendo profunda concentración—… Neville, ¿no?

El intento de mirada asesina de Neville fue toda la respuesta que necesitó George antes de empezar a carcajearse.

—No fue mi culpa—se excusó Neville intentando callar las risas—. Goyle aprovechó mientras Snape no lo veía para tirar el resto de sus púas de erizo en mi caldero—. Las risas cesaron instantáneamente, y dieron lugar a los gruñidos.

De alguna forma, Neville se las había ingeniado para convertir el caldero de Seamus en un engrudo hirviente que se derramaba sobre el suelo, quemando y haciendo agujeros en los zapatos de los alumnos. En segundos, toda la clase estaba subida a sus taburetes, mientras que Neville, que se había empapado en la poción al volcarse sobre él el caldero, gemía de dolor; por sus brazos y piernas aparecían pústulas rojas.

¡Chico idiota! —dijo Snape con enfado, haciendo desaparecer la poción con un movimiento de su varita—. Supongo que añadiste las púas de erizo antes de sacar el caldero del fuego, ¿no?

Neville lloriqueaba, mientras las pústulas comenzaban a aparecer en su nariz.

—¡Qué hoggible sujeto!—señaló Fleur indignada con lágrimas en los ojos—. ¡¿Pog qué pgimego no lo cuga y después lo coggige?!—y se lanzó en una furiosa diatriba en francés que nadie entendió, pero que algunas palabras como misérable o fils de pute no necesitaron traducción.

Neville no salía de su asombro y encontró difícil retomar la lectura.

Llévelo a la enfermería —ordenó Snape a Seamus. Luego se acercó a Harry y Ron, que habían estado trabajando cerca de Neville.

Tu, Harry Potter. ¿Por qué no le dijiste que no pusiera las púas? Pensaste que si se equivocaba quedarías bien, ¿no es cierto? Éste es otro punto que pierdes para Gryffindor.

—Supongo que me indigno por la injusticia y por lo parcial que es, más que por el castigo—dijo Arthur frunciendo el ceño—. No es que esté bien de todos modos—aclaró cuando Molly lo miró acusadoramente.

George reprimió una risa; él sí fue lo suficientemente inteligente para no decir en voz alta lo mismo que su padre.

Aquello era tan injusto que Harry abrió la boca para discutir, pero Ron le dio una patada por debajo del caldero.

No lo provoques —murmuró—. He oído decir que Snape puede ser muy desagradable.

Una hora más tarde, cuando subían por la escalera para salir de las mazmorras, la mente de Harry era un torbellino y su ánimo estaba por los suelos. Había perdido dos puntos para Gryffindor en su primera semana... ¿Por qué Snape lo odiaba tanto?

—Por un estúpido rencor que guardó de niño—sentenció Molly de brazos cruzados.

Sin embargo, Arthur no se lo creía. Definitivamente había algo más, y sospechaba de eso por el increíble cambio de actitud de Harry hacia el profesor ni bien había terminado la batalla.

Anímate —dijo Ron—. Snape siempre le quitaba puntos a Fred y a George. ¿Puedo ir a ver a Hagrid contigo?

Salieron del castillo cinco minutos antes de las tres y cruzaron los terrenos que lo rodeaban. Hagrid vivía en una pequeña casa de madera, en el borde del bosque prohibido. Una ballesta y un par de botas de goma estaban al lado de la puerta delantera.

Cuando Harry llamó a la puerta, oyeron unos frenéticos rasguños y varios ladridos. Luego se oyó la voz de Hagrid, diciendo:

Atrás, Fang, atrás.

La gran cara peluda de Hagrid apareció al abrirse la puerta.

Entrad —dijo— Atrás, Fang.

Los dejó entrar, tirando del collar de un imponente perro negro.

Charlie y George dejaron escapar una risa.

—Fang le tiene miedo a su propio reflejo—dijo George entre risas.

Charlie asintió sonriendo. —Aún recuerdo cuando lo tenía de cachorro… ¡era la bola de pelos más asustadiza que conocí en mi vida, contando conejos y Puffs Pigmeos!

Todas las chicas hicieron "awww" ante la ternura del cachorro, menos Ginny para quien no había criatura más adorable que Arnold. Y entonces, miró a su novio a su lado y se ruborizó. Bueno, el segundo más adorable…

Había una sola estancia. Del techo colgaban jamones y faisanes, una cazuela de cobre hervía en el fuego y en un rincón había una cama enorme con una manta hecha de remiendos.

Estáis en vuestra casa —dijo Hagrid, soltando a Fang, que se lanzó contra Ron y comenzó a lamerle las orejas. Como Hagrid, Fang era evidentemente mucho menos feroz de lo que parecía.

Todas las chicas volvieron a hacer "awww" mientras los varones se reían.

Éste es Ron —dijo Harry a Hagrid, que estaba volcando el agua hirviendo en una gran tetera y sirviendo pedazos de pastel.

Otro Weasley, ¿verdad? —dijo Hagrid, mirando de reojo las pecas de Ron—. Me he pasado la mitad de mi vida ahuyentando a tus hermanos gemelos del bosque.

—Y a mí—confesó Charlie ensimismado—. Amaba entrar en el bosque—. Entonces, pareció recordar que su madre estaba en la misma habitación que él y se apresuró a aclarar: —No muy profundamente, claro. Es muy peligroso el bosque.

Harry supo entonces que Molly fue la única que quedó convencida. Ni él ni nadie más obviaron el movimiento traicionero en los labios de Charlie.

—Si él nunca se internó en el bosque, entonces yo soy un hada—susurró Ginny a Harry—, pero de las que leen los muggles en sus cuentos.

El pastel casi les rompió los dientes, pero Harry y Ron fingieron que les gustaba, mientras le contaban a Hagrid todo lo referente a sus primeras clases. Fang tenía la cabeza apoyada sobre la rodilla de Harry y babeaba sobre su túnica.

Harry y Ron se quedaron fascinados al oír que Hagrid llamaba a Filch «ese viejo bobo».

—Filch nunca lo respetó como a cualquier otro miembro del staff de Hogwarts—comentó Harry—, ni siquiera cuando era profesor.

—Pobre Filch—se lamentó Angelina de repente. Cuando todos la miraron anonadados, explicó: —Me refiero a que sea un squib. No justifico que sea un viejo amargado. Pero si uno fuese un squib sería muy duro ser una decepción para tus padres y ver como tus hermanos o primos crecen y aprenden a usar la magia, mientras tú no puedes.

Todos seguían igual de anonadados que antes, pero ahora lo que pensaban era distinto; Molly por ejemplo pensaba tristemente en su primo squib, quien había repudiado a su familia por el resentimiento de no poder hacer magia como ellos.

Harry, por su parte, pensaba en su tía Petunia, quien había repudiado a su hermana por ser distinta. Sin embargo, aquí la repudiada debería haber sido Lily por ser distinta, ya que si Lily hubiera nacido squib en una familia de magos posiblemente hubiera resultado una decepción. Sin embargo, no sólo no lo fue, sino que sus padres, aun siendo muggles, se sintieron muy complacidos de tener una bruja en la familia. Harry no podía compartir ni justificar el resentimiento de tía Petunia a su madre, pero sí podía entender que una persona que no haya sido aceptada se volviese resentida contra los que sí lo fueron. Él mismo se sentía resentido de chico cuando Dudley recibía todo el cariño de sus padres y él, Harry, sólo recibía desdén y maltrato.

Haciendo un esfuerzo, salió de sus cavilaciones y se esforzó en escuchar la lectura…

Y en lo que se refiere a esa gata, la Señora Norris, me gustaría presentársela un día a Fang. ¿Sabéis que cada vez que voy al colegio me sigue todo el tiempo? No me puedo librar de ella. Filch la envía a hacerlo.

Harry le contó a Hagrid lo de la clase de Snape. Hagrid, como Ron, le dijo a Harry que no se preocupara, que a Snape no le gustaba ninguno de sus alumnos.

Pero realmente parece que me odie.

¡Tonterías! —dijo Hagrid—. ¿Por qué iba a hacerlo?

Sin embargo, Harry no podía dejar de pensar en que Hagrid había mirado hacia otro lado cuando dijo aquello.

—Supongo que hasta a él le resultaba vergonzoso que Snape guardara por tanto tiempo un rencor contra tu padre—le dijo Bill a Harry.

Si Hagrid hubiese sabido la verdad de Snape, tal vez se hubiera sentido aún más avergonzado, pensaba Harry mientras recordaba el intercambio entre Snape y Dumbledore que él mismo vio en el Pensadero.

"—¿Después de todo este tiempo?—preguntó Dumbledore con lágrimas en los ojos.

Siempre—respondió Snape…"

¿Y cómo está tu hermano Charlie? —preguntó Hagrid a Ron—. Me gustaba mucho, era muy bueno con los animales.

—Gracias, Hagrid—dijo Charlie sonriente, como si el semigigante estuviese ahí para escucharlo. Debería hacerle una visita algún día de estos…

Harry se preguntó si Hagrid no estaba cambiando de tema a propósito. Mientras Ron le hablaba a Hagrid del trabajo de Charles con los dragones, Harry miró el recorte del periódico que estaba sobre la mesa. Era de El Profeta.

RECIENTE ASALTO EN GRINGOTTS

Continúan las investigaciones del asalto que tuvo lugar en Gringotts el 31 de julio. Se cree que se debe al trabajo de oscuros magos y brujas desconocidos.

Los gnomos de Gringotts insisten en que no se han llevado nada. La cámara que se registró había sido vaciada aquel mismo día.

«Pero no vamos a decirles qué había allí, así que mantengan las narices fuera de esto, si saben lo que les conviene», declaró esta tarde un gnomo portavoz de Gringotts.

Harry recordó que Ron le había contado en el tren que alguien había tratado de robar en Gringotts, pero su amigo no había mencionado la fecha.

¡Hagrid! —dijo Harry—. ¡Ese robo en Gringotts sucedió el día de mi cumpleaños! ¡Pudo haber sucedido mientras estábamos allí!

Aquella vez no tuvo dudas: Hagrid decididamente evitó su mirada. Gruñó y le ofreció más pastel.

Todos se carcajearon. "Discreción" y "Hagrid" son sin duda alguna dos de las palabras más opuestas de todo el vocabulario.

Harry volvió a leer la nota. «La cámara que se registró había sido vaciada aquel mismo día.» Hagrid había vaciado la cámara setecientos trece, si puede llamarse vaciarla a sacar un paquetito arrugado. ¿Sería eso lo que estaban buscando los ladrones?

Luna salió de su ensoñación y pensó con cuidado las connotaciones que todo esto tenía, perdiéndose el final del capítulo. La cámara 713… el número de la suerte y el de la mala suerte, los dos juntos equilibrando la balanza. Suerte y mala suerte al mismo tiempo… como la piedra filosofal, que alarga la vida y otorga oro infinito, dos de las cosas que más quieren las personas, pero a un precio muy alto: la codicia cegadora de los sentidos, la ambición más allá de lo imaginable. ¿Quién querría usar la piedra? ¿Y para qué? ¿Oro, vida eterna…?

Luna sacudió su cabeza, frustrada por no llegar a una conclusión. Tal vez haya torposoplos en este lugar. ¡Qué pena que no me traje las espectrogafas!

Mientras Harry y Ron regresaban al castillo para cenar, con los bolsillos llenos del pétreo pastel que fueron demasiado amables para rechazar; Harry pensaba que ninguna de las clases le había hecho reflexionar tanto como aquella merienda con Hagrid. ¿Hagrid habría sacado el paquete justo a tiempo? ¿Dónde podía estar? ¿Sabría algo sobre Snape que no quería decirle?

—Eres demasiado curioso para tu bien, Harry—rió Angelina.

—Y que lo digas—musitó el pelinegro, pero todos los demás dijeron lo mismo en voz alta, y Harry tuvo que soportar las risas de Ginny, Ron y Hermione.

—Bueno, no digan que fue largo—dijo Neville con la voz ronca, marcando la hoja y cerrando el libro. Mientras discutían entre los demás quien continuaba la lectura, aprovechó para beber lo que quedaba de su ya frío chocolate para humedecer su seca garganta. Leer en voz alta cansaba mucho…