Agridulce San Valentín

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X.

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Lo que no sé de ti

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(Parte I)

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(Yaten)

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En la semana siguiente los días fueron claros y asombrosamente templados. El frío de las semanas anteriores había sido suplido por el sol y por tanto el calor que a ratos se volvía un poco más intenso como al mediodía. Y en menos de lo que yo me había dado cuenta, febrero se había terminado.

Minako y yo estábamos entrando a una zona altamente comercial de la ciudad, que ahora estaba llena de luz. Los rayos del sol se reflejaban en todas partes: en las aceras, en los edificios con cristales reflejantes, en los coches estacionados y en los camellones de cemento entre las cales asfaltadas. Había árboles, pero parecían una idea de último momento. En mis breves visitas a la Torre de Tokio, la ciudad nunca me había gustado, pero ahora parecía sentir la forma en la que Minako se emocionaba con ella conforme nos introducíamos más y más en la ciudad.

Y con esto, lo único que podía deducir que la razón de que ahora medio masticaba las cosas que antes no vería ni por equivocación, estaba de más decir que era su compañía la que me hacía ver ésas mismas cosas de un modo completamente insólito para mí. Era como respirar un tipo de aire diferente con los mismos pulmones, como estar en un lugar desconocido pero con la recóndita sensación de seguridad de pertenencia. Como encontrar un color nuevo de los que ya me sabía. O como volver los pasos y recorrer el mismo camino pero con un par de pies diferentes.

Y cuando me ponía así de metafórico sabía también que las cosas ya estaban demasiado jodidas como para mentirme a mí mismo.

—Dime si quieres ir a alguna parte —dijo Minako de pronto. Probablemente sintiéndose medio desconsiderada de que como siempre, me arrastraba para todas partes sin preguntarme mi opinión.

Como si yo alguna vez, en medio de un Apocalipsis o el último día de la humanidad, quisiera ir de compras, sí.

No me importaba donde estuviéramos en realidad. Soportaba ésta tortura por ella, sólo porque últimamente me sentía bien. Vi como le llamó la atención un lugar lleno de mesitas de hierro forjado, donde vendían pastelitos, cafés y ésas cosas. Estaba muy concentrada, desviviéndose por tomar la decisión entre pedir uno de zarzamora y uno de avellanas, inquieta como una niña traviesa.

Tuve que contener una sonrisa que venía atada a aquél sentimiento de bienestar que me invadía al verla decidir con tanta seriedad algo tan banal como eso, un pastelito.

¿Felicidad, de verdad era posible?

Mi deducción era medio incomprensible, convencerme de que todas estas semanas a su lado no eran un sueño o algo así. Que su fragancia, esa mezcla de dulzor armonioso con la esencia propia de ella de lo que sería Minako; como su cuerpo, su voz y su carácter estaban ahí, sólo para mí. Tan distinto a todo, con ése "no sé qué" que había pulverizado cada una de las cuchillas que habían estado atravesadas en mi cuerpo mallugado alguna vez.

Le tomé la mano para que por fin nos formáramos en la fila, y me siguió hablando de cosas sin importancia hasta que fijó sus ojos en mi mano, haciendo una mueca de disgusto.

—Estoy frío, jesais —admití con mal humor y también con cierta vergüenza.

No me hizo mucho caso y siguió concentrada en mi muñeca.

—¿Por qué no te quitas ésta cosa? —me reclamó, y al fin entendí el motivo de su berrinche. Rodé los ojos, después de haberlos fijado en la pulsera de cuero café que llevaba en ella.

Las tres veces que me había intentado convencer de que me la quitara, o la tirara, o la lanzara por la coladera más cercana para que terminara en el caño de Canadá, le había contestado con tres ciertas y distintas explicaciones. La primera era que se me olvidaba, la segunda que el nudo estaba demasiado complicado de deshacer y la tercera, que me daba igual traerla o no, por lo que no le daba importancia. Todo con tal de que me dejara de dar la lata por algo tan burdo como eso, que yo seguía sin entender porqué se empeñaba tanto en que me deshiciera de ella.

—Porque sería desagradable tirar algo que… me regalaron —y yo le regalé a ella una nueva excusa.

Me ignoró con toda intención.

—Te puedo regalar una mejor —insistió antipática.

Decidí darle donde le dolía o nunca me dejaría en paz.

—No tienes que preocuparte de una niña de primero —dije casualmente, mientras miraba los pastelitos — ¿O sí?

Desde mi lugar, sentí como sus ojos echaron chispas y arrancó mi mano de la suya, como si yo fuera un leproso.

—Los celos son para la gente insegura —se cruzó de brazos, frunciendo el ceño —. Y yo no lo soy.

Qué va.

Claro que no lo eres, bonita. ¡Yo tampoco! Lo que sí sé es que soy un pelirrojo duende irlandés cubierto de pecas, que por las noches se dedica a andar bailando alrededor de una fogata, esperando algún día, encontrar la olla de oro al final del arcoíris.

—Yo sí —le afirmé lanzándole una insolente sonrisa —. Pero no te obligaría a que tiraras algo tuyo sólo porque a mí me molesta.

El divino y complejo arte de la manipulación no se me daba tan bien, pero me consolé al pensar que era por el bien de nuestra… relación o como fuera que se llamara esto que teníamos.

Se sonrojó. Y se veía adorable, la verdad.

—No quiero que la tires… sólo vamos a actualizarla —me propuso con un nuevo cambio de humor, aparentemente muy fresco, mientras tomaba mi mano de nueva cuenta.

Nada, qué.

Específicamente, existían tres englobadas cuestiones en las que nunca había cedido y nunca cedería con Minako. Parte de eso era que me diera sus súper consejos de moda, decirme qué hacer o decir y el que más le mataba, era dejarle ver la carpeta de mis canciones que nunca le mostraría, ni ahora ni nunca. Aún cuando se echara a dar patadas en medio de calle. No. Jamèis.

—Si dejo que me actualices ahora, más tarde querrás cambiar mi ropa, mi música y ya no voy a ser yo —ironicé, aunque me salió con algo de crueldad.

Hizo una expresión como si le hubiera dado una bofetada. Ella incluso se tocó los labios con los dedos, como si en realidad se la hubiera dado. Yo sabía que estaba fingiendo estar ofendida conmigo, pero yo no iba a ceder al deseo de su capricho. A éste paso, Minako terminaría por convertirme en la encarnación a la idiotez, si no es que lo era ya. Como cuando me daba cuenta que pensaba demasiado en ella y me castigaba tratando de concentrarme en otra cosa y luego decidía ─por causas ajenas a mí─ que no había pensado en ella lo suficiente y lo volvía a hacer sin límites.

—Claro que lo serás, pero en una… versión mejorada —siguió como si estuviera dándome una cátedra —. Ya sabes… como cuando Ian Sommerhalder decidió quitarse ésa horrible barba que le hacía parecer un vagabundo, qué cosa…

Si hay algo que me sacaba de mis casillas desde que tengo uso de razón, es que me comparen. Que me comparen con Seiya, con mi papá, con Tom o con Jerry y ahora con Ian Soysumamentegay y tal.

Me reí de ella.

—Ni que fueras mi…

Detente.

Si una vez por equivocación, porque estás bajo el efecto de alguna sustancia enervante o alucinógena, borracho o sólo eres demasiado imbécil como yo, le dices a una chica como Minako Aino ni que fueras mi novia, yo sugeriría que lo pensaras dos veces. O unas quinientas, mejor. Me daba el oscuro presentimiento de que iba a pasar mínimo algo como esto: en todo el lugar iba a empezar a sonar una alarma de toque de queda y la gente comenzaría a correr lo más rápido que les diesen los pies y a esconderse en el refugio más cercano o más lejano, según sus convicciones. Entonces, ella me iba a querer matar de la manera más sádica y lenta posible y yo me vería obligado a huir del país, cambiar de identidad y hacer una nueva vida. Sí, mínimo eso.

Merci sù bien, Conciencia.

—¿Tu qué?

Su tono de voz era tan helado que me pareció estar hablando con un oso en el Polo Norte, en vez de con un especie de criatura celestial, como se ve ella. Me miró además con sus ojos claros muy seria y yo me mordí el labio inferior. Rogando que se me ocurriera alguna cosa inteligente, coherente o al menos comprensible para evitar la gran confrontación. Tomé aire y me hice el enfadado:

—Mi… mi madre. Sí, mi madre. Ya sabes… no eres mi madre y no tienes derecho a decirme que ponerme ni qué hacer. Ni compararme con ése...ése que sale en la tele.

Sí salía en la tele, ¿verdad?

Tartamudeé como un lelo, pero parece lo logré.

No me creía que hasta el nombre del tipo se me había olvidado. No es que fuera importante. Lo importante es que ella me creyera, y de paso que yo pudiera seguir con la posibilidad de preservar la herencia Kou, si quería algún día tenerla en el futuro.

Minako sonrió, angelical y aterradora al mismo tiempo y yo creí que la cara se me iba a derretir en cualquier momento. Se puso de puntillas, me dio un beso en los labios y ordenó dos pastelitos de avellana y dos de zarzamora. También dos cafés, no me dejó pagar ─yo estaba tan aliviado que no quise contradecirla absolutamente en nada─ y luego nos fuimos a sentar afuera. El empleado que nos atendió me miró con solidaria compasión y yo le hice un gesto de reconocimiento con la cabeza, al menos alguien en el mundo me entendía. Aunque fuera más humillante lástima que gratitud real, creo.

Seguimos charlando -o más bien yo escuchándola y ella hablando sin parar- en la terraza. Yo me quedé mirando el pastelito y las capas de vainilla y trufa que estaban ordenadas una detrás de la otra, casi perfectamente divididos con la medición de una regla.

¿Cómo los harían?

Hay algo en lo que soy realmente hábil y eso es en distraerme con una facilidad asombrosa. A éso súmale que ella me noqueaba con tanta información, que a veces mi cerebro solo retenía las partes verdaderamente importantes.

Minako se había quedado callada de pronto, alertándome de que quizá por haberme vuelto a perder en el limbo la había hecho enfadar de nuevo, pero no. Miraba con detenimiento a una familia que estaba a nuestro lado, una mujer muy arreglada que estaba regañando a una niña como de ocho años, que había tirado su pastelito sin querer.

—Eres muy descuidada, Kira —le dijo la señora, limpiando con fuerza la falda con una servilleta —. No llores, no lo hagas. Las niñas grandes no lloran ¿Me has oído?

—¿Las conoces?

Me devolvió la mirada enseguida.

—Sí... y no.

Su respuesta estaba llena de misterio.

—A ver, ¿cómo es eso? —me intrigué.

Las niñas grandes no lloran —repitió, mientras tomaba una servilleta y la doblaba con un cuidado y una tranquilidad que me desconcertó.

Cuando iba a preguntarle que aquella respuesta fue lo mismo que decírmelo en polaco, se puso de pie. Dijo que quería pasear, que el día estaba muy bonito, que el cielo muy azul y que en resumen lo que entendí: quería largarse de ahí.

No dejé mi mal presentimiento, mientras le echaba una última ojeada a la niña llorosa y la madre malhumorada. Ella caminó más rápido que de costumbre, dándome la extraña impresión de que quería desaparecerse cuanto antes de ahí. ¿Por qué sería?

Odiaba que Minako metiera tantas dudas en mi cabeza.

En ésa dirección, mi casa quedaba antes que la suya y ése día Minako se llevó su coche, así que me paso a dejar. Yo la invité a pasar un rato, pero ella habló medio nerviosa, diciendo que estaba cansada y prefería dejarlo para otra ocasión. Sin embargo, le llamó mucho la atención la fuente que estaba en el portón y bajó a verla unos segundos antes de volver.

Estaba anonadada con la figura de Venus que estaba en el centro, mientras el agua salía y chorreaba, el único sonido que estaba en el patio a ésa hora y en ése momento.

¿Sólo a mí me gustaba que ella se sorprendiera con una fuente?

—¿Segura que no quieres pasar? —le dije de nuevo. Ella asintió y miró por encima de mis hombros.

Me giré y vi a Seiya que parecía dispuesto a salir, porque apestaba a kilómetros a colonia y llevaba una camisa rayada que a mí me parecía ridícula, pero que él le llama la camisa de la suerte.

—Hola —saludó él con los ojos muy abiertos y Minako lo hizo de forma mecánica y tímida. Luego se dirigió a mí.

—Bueno, pues nos vemos luego —se despidió, atontándome con un beso suave en la mejilla, para luego acercarse hasta donde su coche blanco y brillante quedó estacionado.

Yo la miré, mientras ella contestaba su teléfono y se ponía a hablar con una de sus amigas, balanceándose sobre sus propios pies y caminando alrededor del coche sin prisa por entrar. Sabía que era una amiga. ¿Cómo se hacían llamar, las Pop Tarts? No, eso era otra cosa... Bueno, el caso es que lo sabía porque siempre que una de ellas le llamaba, su voz se potencializaba chillonamente varios decibeles y hablaba en códigos extraños, confusos y terroríficos.

—¿Yaten?

Descubriendo patéticamente que otra vez me había quedado completamente idiotizado, reaccioné con un parpadeo y me giré rápidamente. Lo más yo que pude. ¿Cuántos segundos de quedármele viendo habían sido?

Bueno, es que más bien, aquello de quedarme así era porque Minako tenía una bonita sonrisa, o porque ésa maldita falda entallada y corta que se había puesto por el calor le quedaba de maravilla y no la había visto desde ése… ángulo.

Sí, aquella misma sensación de las larvas evolucionadas y crecidas en el estómago. Esas cosas ridículas de las que tanto les gusta hablar a las mujeres. Ustedes saben. A mí no me gustaban, pero ya me había rendido en mis inútiles intentos por aplacarlas, al menos teniendo a Minako medianamente lejos o cerca.

¿Era Roma al revés?

Quizá sólo era estupidez.

No es justo, no preguntaré esto de nuevo. Aunque admito que es la clase de respuesta despiadada que merezco, por ser tan cobarde y no atreverme a decir la palabra prohibida, ya sabrán, en el orden correcto.

—Yaten —insistió Seiya, y de nuevo me obligué a volver al mundo real. Cuando volteé a su encuentro, me topé con su mirada oscura y desconcertada. Me miraba como si yo fuera un espectro de la muerte y no su hermano, o algo como eso.

—¿Pasa algo? —le pregunté.

Él negó con la cabeza, pero no sonrió hasta un poco después.

—No, nada.

Raro.

—Bueno.

Me encogí de hombros, y reparé finalmente en lo que tenía en mis manos y quizá por eso mi cerebro asoció algo el concepto de Pop Tarts a lo que quería hacer. Un pastelito de avellana que había sobrado de la cafetería envuelto en papel corrugado. Se lo entregué.

Mientras lo engullía como si tuviera días de no probar nada, todavía me estaba preguntando qué había sido esa repentina actitud jocosa de Seiya, cuando noté que se me había acercado para decirme alguna cosa. Esta vez con su comportamiento de siempre.

—Oye —cuchicheó, sonriendo de aquella forma suya tan típica y astuta—, no me había fijado antes, pero Minako tiene un trasero de cinco estrellas.

¿Eh?

Con gran velocidad le di un manazo en la nuca. Lástima que no le volé la cabeza.

—Sí —consentí, muy serio—. Pero tú no puedes mirarlo.

Ya era mucho aguantar todas las miraditas en el colegio y el maricón del edificio.

—Bueno, pues —Seiya se estaba sobando la cabeza, adolorido por el golpe y me miraba casi lloriqueando. A veces era terriblemente infantil—. Tampoco era para que te encabronaras tanto…

—Ajá...

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(Minako)

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Creo que ya les había contado que a la persona que más apreciaba de mi grupo de amigas y a la que hoy en día consideraba mi BFF, era a Serena Tsukino.

Pero no siempre lo fue. Hubo un tiempo en que Lita ocupó ése lugar. Porque mi papá y su mamá habían sido compañeros en la universidad y apenas yo crecí convivimos bastante, dejándonos de ver por periodos indefinidos en los que ella vacacionaba con su familia, y yo me quedaba encerrada en mi prisión de cristal, sin ninguna otra compañía que las muñecas y los vestidos impecables de fiesta, todos sin estrenar.

Pero al igual que Rapunzel en su alta torre tenía su pequeño camaleón que le hacía más llevadera su solitaria vida, así yo tenía un telefonito en forma de oso panda que me ayudaba, cuando Lita y yo teníamos largas conversaciones telefónicas. Me contaba de los lugares que visitaba, la gente que conocía, escuchaba las risas de sus familiares al otro lado de la bocina y yo suspiraba anhelante por estar ahí, pero aún así me sentía feliz de tenerla como amiga. No le tenía envidia, no a ella.

Y convencer a mis padres de que me inscribieran a ése Colegio dónde ella también iría en vez del internado para señoritas donde pretendían mandarme -para comodidad de ellos, claro- fue el mayor logro de mi existencia, me sentía la chica más afortunada del Mundo. Y lo era, porque yo tenía a la mejor amiga del Mundo.

Dicen que los amigos son la familia que elegimos y si tú tienes una, sabes de qué estoy hablando.

Pero cuando el hilo rojo del destino que unía nuestros dedos meñiques se rompió con la tijera de mi traición, todo se volvió un caos. Ya no había conversaciones en la madrugada ni confidencias de dos. Yo ya había cambiado demasiado, leyendo Cosmopolitan y viendo America's Next Top Model, y me reflejaba en el espejo como una belleza inmaculada, que no necesitaba nada ni a nadie más que a mí misma y mi imagen.

Me acostumbré a los halagos. A que me dijeran que era hermosa como una azucena, que mis ojos azules eran irresistibles y mi cuello blanco como la nieve, perfecto. Y cada vez que alguien me lo decía, me esforzaba más en dejar a los demás tan mediocres, como si vistieran en harapos.

Sí, yo era tan hermosa que resultaba molesta.

Y tiré muñecas y estrené vestidos... y así, dejé en el fondo del armario mi humildad, pero también muchos sueños.

Pero ahí en un rincón, seguían estando los restos de nuestra amistad que no me había atrevido a tirar. Sólo los escondí en el fondo, junto con mi sentimiento de arrepentimiento y culpa, asumo que ahí se quedarán para siempre.

Hubo momentos en los que deseé en mi mente infantil con desesperación que Lita volviera a mostrarme algo de su anterior cariño y simpatía, pero aquel deseo nunca se cumplió. Ni siquiera me miraba si podía, pero tampoco me quedaba del todo claro aún hoy en día porqué seguía perteneciendo a las Pop Shots, si se suponía que me odiaba.

Así pues, conocí a Serena un martes nublado en mi primera clase de deportes. Llorando en los vestidores porque nadie la había escogido para el equipo de vóleibol, porque era demasiado torpe. Porque dejaba inconscientes a todas las del equipo con sus "saques" y además, su peinado era la cosa más infantil y ridícula que las chicas habían visto, según ellas.

En vez de muñecas italianas, había un montón de balones alrededor de ella. El mismo pelo rubio y ojos azules llorosos. El mismo cuadro de abandono y rechazo.

Las almas solitarias se entienden.

Yo le ofrecí mi paquete de pañuelos y le dije que los ojos hinchados se veían mal en su rostro tan bonito, pero que podía yo mejorarlo con una mascarilla de Sephora de pera y ajenjo súper efectiva, si aceptaba venir a mi casa a ponérsela. Ah, y que su peinado no era para nada ridículo. Que muy por el contrario era súper original y me parecía genialoso, que iba con su personalidad y todo eso.

Esa fue la primera vez que dije genialoso y la segunda que gané una amiga.

La puerta se abrió y al mismo tiempo recibí un abrazo lleno de alegría de parte de la señora Tsukino. Apenas pude corresponderle como se debería, porque me tomó por sorpresa al perderme en mis pensamientos antes de atreverme a tocar el timbre de su pequeña casa.

—¡Minako, preciosa! —escuché en mi oído la cariñosa voz de Ikuko —. Dios mío, pero qué linda estás. Cada vez que te veo creo ver un ángel caído del Cielo. ¿Verdad, papá?

Me reí, abochornada.

—Gracias, señora Tsukino —le agradecí como cada vez. Siempre eran los mismos comentarios de su parte. Sabía que eran sinceros, pero vamos, las bonitas estamos acostumbradas a que nos digan lo bonitas que estamos. No era nada de lo cuál sorprenderse.

Y honestamente, nada de qué alegrarme tampoco a éstas alturas.

—Tenía tiempo que no venías —me dijo arrastrándome hacia adentro del brazo —. Ya me preocupaba saber cómo estabas.

—Estoy como me veo —le presumí en broma, mientras le guiñaba un ojo.

Se rió ruidosamente.

—Ya lo creo, ya lo creo. ¡Serena, mi amor! ¡Mina está aquí! ¿Dónde puse el mantel amarillo? ¿Ese que me regaló tu papá en Navidad? ¡Sereeeena!

Me sentí desorientada en aquella típica casa de cortinas cortas y muebles que no combinan. Era un ambiente extraño para mí, aún cuando había pasado muchas tardes en aquellos sofás, viendo ésa televisión y comiendo en aquella mesa de tamaño mediano. Era lo demás. Eran las risas, la gente luchando por hablar entre ellas, era el noticiario que al papá le interesa escuchar, a la mamá buscando un mantel amarillo y a su hermano peleando por el trozo de tarta más grande.

Tan típico y tan irreal.

Perfecto.

Ocupé el lugar que me asignaron en la mesa, mientras comía ésas cenas que sólo tenía oportunidad de comer en casa de alguien más. Un estofado casero, con pasta casera, con postre casero y té casero. Quien note la cantidad de veces que repito una palabra y cómo me pesa expresarlo me perdone, pero es que es lo único que me importa al estar aquí.

Nadie de ahí me preguntaba sobre nadie más que no fuera yo y mis propios logros. Como mis calificaciones o mi elección a la universidad, así que deduje que hace tiempo Serena les había hablado de mi departamento en extremo carente de inquilinos y la verdad es que todos eran muy discretos y respetuosos al respecto. Eso era un alivio, porque suficiente era ya para mí sentirme tan cómoda y feliz ahí para luego quedar como al principio.

Ya me entenderán a qué me refiero después.

Como todo lo que Ikuko cocinaba, el estofado estaba tan delicioso que tuve que repetir. Serena lo hizo también y aunque siempre nos tocaba poner la mesa, ésa vez a nosotras nos tocó lavar los platos. Serena los enjuagó y yo los sequé y así.

Cuando terminamos nos fuimos a su habitación. Era completamente distinto al mío: Una pieza pequeña como un huevo y repleta de baratijas. Una cama individual arrinconada por ahí con una colcha con lunas y estrellas bordadas. Un espejito muy pequeño en una pared donde apenas se le podría ver el rostro, y una cómoda con tres cajones donde le cabrían cuando mucho algunas mudas. Estaba tapizado de fotos, dibujitos y artículos de revistas.

Me eché en la cama y miré el techo, cubierto igual con lunas y estrellas que en la oscuridad, seguro iluminarían la diminuta habitación. Estaba tan llena de la comida que no podía ni respirar.

—¿Por qué me invitaste? —le pregunté a Serena, una vez que ella cerró la puerta y colocaba fuera un letrero de "¡No molestar!" con el dibujo de un diablito enfurecido que ella misma hizo, para ahuyentar al metiche de su hermanito, que para variar, estaba enamorado de mí.

—No tiene nada raro, tiene tiempo que te perdí la pista —confesó moviéndome las piernas para que ella se pudiera sentar. Casi no había espacio para las dos.

Existían dos razones por las cuales yo le había perdido la pista:

La primera era que estaba tan enfurecida con Rei por irle a llenar de ideas maquiavlélicas la cabeza a Yaten, que casi no me había acercado al grupo Pop demasiado tiempo. Tenía que fingir no estar enfadada con ella porque rebelaría mi preciado secreto, y eso era agotador. Esbozar sonrisas tirantes como chicles, darle la razón cuando debía y todo lo demás me costaría tanto trabajo como empujar un autobús en tacones de trece centímetros, por lo que me alejé al no saber cómo actuar y evitar meter la pata.

La segunda era que igual que en el lugar de ellas, había otra persona que ahora ocupaba por completo mi atención, mi tiempo, mis ojos y bueno... toda yo.

Él.

Y yo sentía haberlo esperado durante siglos, aunque objetivamente sólo hubiera poco más de un mes desde que lo conocí. Y aquí es donde entra lo subjetivo del paso del tiempo, supongo. Al igual que ocurre con cualquiera que tenga un anhelo demasiado fuerte. Tan fuerte que me dolía, igual que cada segundo de espera que se me había hecho interminable en la búsqueda de eso maravilloso qué sentía y que no me atrevía a decir en voz alta por miedo a que desapareciera, que se me escurriera como agua entre los dedos.

Y después de encontrarme adherida, curiosa e irrevocablemente fascinada a todo lo que Yaten era, no podía cambiarlo por una amistad superficial con alguna Pop Shot, que en teoría, debería ser una amiga.

De esas reales, no de las que van a sabotear tu esfuerzo con el chico que te gusta, como Rei. De ésas que son sólo amables y corteses como Amy, o de esas que una vez lo fueron como Lita, pero poco queda después de romper el espejo de la lealtad, siendo yo incapaz de pegar los pedazos restantes.

Serena no era tal caso. Me parecía auténtica desde el pelo despeinado de la cabeza hasta la punta de sus torpes pies. Yo la había hecho a un lado sólo por pertenecer al mismo círculo. No pude separarla del resto. No lo pensé y lo hice a propósito.

Me miraba recelosa. Yo me enderecé de la cama y le arrojé un almohadón.

—No me pierdas la pista, guapa. Además he venido a verte, ¿no?

No lo esquivó y le dio en la cara de lleno. No le importó, apartándolo a un lado y se acomodó el fleco.

—Es que necesito un consejo —aventuró ella dejando sacar aire. Jugueteaba con sus dedos, inquieta y dudosa.

—Mi sentido súper receptivo Popshotero me dice que... ¡Se trata de un chiiiiico! —grité histérica —. Hiciste todo lo que te dije, ¿verdad? Recuerda que...

Ella se rió y agachó la cabeza.

—Sé lo que dijiste pero... —empezó Serena muy colorada —. No me siento muy convencida...

Como sé que no me han odiado en un buen rato, a riesgo contrario, les diré de qué hablamos Serena y yo.

Hace un par de días, la pequeña conejita me llamó pidiéndome un consejo urgente. Necesitaba saber a ciencia cierta si podría salir con un chico de tercero. Dicho chico era guapo, simpático y con toda la posibilidad de hacerla pasar un buen rato, excepto por...

Excepto porque que se trataba de Seiya Kou.

Ni bien me lo dijo por teléfono, le advertí que aunque ya no estaba a tiempo de cancelarle o alargarle la cita al propio estilo Minako Aino: entiéndase el decirle «no sé», «a lo mejor», «quién sabe», «es posible», «No tengo tiempo porque me voy a pintar las uñas de un color diferente cada dedo y debo esperar una hora para que se seque cada uno, o no queda bien» etcétera, etcétera. Le dije que ni por asomo se le ocurriera tomárselo en serio. Seiya Kou tenía la misma fama de playboy en el Colegio y no confiaba en él. Verlo tan campante al lado de Yaten mirándome con curiosidad me dieron ñañaras, no dejaría que se acercara a Serena.

No le convenía.

Ni a mí tampoco.

No lo hacía por mí, no... me importaba Serena. Su felicidad, sí...

Mentirosa.

¡Y al lado de Seiya Kou no le esperaba nada bueno!

—Pero es que… desde San Valentín le he estado dando la vuelta y… —siguió Serena mirándome como si fuera la Maestra de la Vida —. Pienso que puede ser sincero.

—¡Serena, pensar siempre te ha hecho daño! —le regañé poniéndole un dedo sobre la frente—. ¿No lo has visto tontear con miles de chicas antes?

—Pero… puede cambiar. La gente cambia.

—No lo sé.

Sí lo sé.

Soy mi propio peor ejemplo. Yo misma me había portado con Yaten como quería que Serena lo hiciese con Seiya, me estaba contradiciendo en cada una de mis palabras. Porque yo había querido dejar atrás mi apariencia frívola y malcriada, escapándoseme por cada poro del cuerpo cada vez que estaba en su presencia. Aunque no había sido suficiente como para que yo me diera la misma oportunidad con alguien más.

Pero eso no me hace una malvada.

Eso no me hace malvada. No soy malvada.

Si lo digo tres veces a lo mejor se hacía realidad. Aunque tampoco nunca probé la efectividad de ese hechizo.

—¿Entonces…? Ese día le dije que no estaba segura, y que no le creía como me dijiste —me rememoró Serena mis instrucciones —. ¿Qué haré ahora?

Jugueteé con los bordados de lunas de la colcha, no me creía lo egoísta que era al alejar a Seiya de Serena, al persuadirla ése día cuando me llamó antes de su cita y ahora. Quizá él era un buen chico. El había sido criado por la misma mujer que Yaten y él era extraordinario. ¿No podía Seiya también serlo? ¿Por qué no podía dejar de controlar todo lo que estaba a mi alrededor, a todos como simples piezas de ajedrez? Yaten sí lo había conseguido, me había tumbado el tablero y las fichas, dejando solo la demencia de sus ojos y sus besos. Y yo me había dejado enloquecer, sin medida y sin arrepentirme ni un segundo de la decisión que había tomado, que era haber dejado atrás la estúpida apuesta.

Aunque... no lo suficientemente atrás como para rechazar los zapatos, que ahora estaban en su caja muy bien guardados, como prueba de mi deshonestidad.

De cierta forma, mi propio silencio sólo hacía que aumentara mi ira conmigo misma, por no ser la amiga que Serena espera.

¿Y si ella también me abandonaba como Lita?

—¿A ti te gusta él? —le pregunté con voz monótona.

—La verdad, yo…

La puerta se abrió de golpe, mostrando a Sammy al otro lado de ella. Mirándome colorado, pero muy valiente y emocionado.

—Mamá dice que empezaremos con… con el Monopoly —anunció con la mano en el picaporte todavía.

Era tradición de la familia Tsukino todos los viernes reunirse y jugar entre ellos algún juego de mesa después de cenar. Yo había caído ahí por la invitación, aunque no era la primera vez que sucedía. Serena no le gritó su impertinente aparición, me miró con una sonrisa y se incorporó.

—¡Esta vez ganaré! —amenazó.

Serena no ganó. Otra vez el ganador fue Sammy, quedando con posesión de las tierras más caras y hundiendo a todos con los impuestos más elevados. Yo había sido el Banco ─ni en el Monopoly podía dejar de controlar las cosas─ y Serena perdía las cuentas, la estimación de los billetes y cuando le iba mejor, todo se lo gastaba en negocios que poco le ayudaban para su recuperación financiera. Serena incluso lloró, chillando porque era un juego meramente de suerte y alegó que no era su culpa haber caído en la casilla de ir a la cárcel cuatro veces seguidas conjuntado a las trampas que su hermano había premeditado para que ella terminase hipotecando hasta los calcetines.

Cuando Ikuko dijo que ya era un poco tarde, me levanté con más pesadez de la normal de la mesa. Usualmente me sucedía, cuando yo tenía que despedirme, salir de su casa y entrar a la mía.

A mí realidad.

Me quedé estacionada en la siguiente esquina, después de que Serena me despidiera con un gesto exagerado con la mano. Me sentía culpable por no haberle dicho lo que quería sobre Seiya, sencillamente lo que cualquier amiga le hubiera podido decir.

Sigue tu corazón.

Me miré en el espejo retrovisor del auto. A lo mejor, mi hermoso rostro era justo como debía ser. Incoherente con el monstruo que se retorcía en mi interior.

Pegué la cabeza en el volante, sentía frío. Saboreaba por anticipado la promesa de lo que me empaparía de arriba abajo cuando cruzara la puerta de mi apartamento al llegar. Una sensación difícilmente comprensible para quien no sepa que, cuanto más placentera sea la estancia en un lugar, más insoportable sería el contraste.

Más grandes cerradas me parecen las paredes de mi casa.

Más doloroso sería irme a la cama.

Más pesado sería el secreto de que, en el fondo, sigo sola.

Las niñas grandes no lloran.

La vibración en el bolsillo de mi chaqueta me hizo tragar el sollozo, así que aproveché el escape lo mejor que pude. Lo saqué, y cuando pude ver el nombre en la pantalla la ilusión hizo que todo se volviera un poco menos turbio. Era el mismo número que llevaba llamándome las últimas semanas. Mañana y tarde. Uno que me resultaba lo suficientemente aliviador para contestarle siempre.

Quiero verlo. Necesito verlo.

Y se lo dije.

No presté atención a la película que vimos. Me sentía anclada en un puerto seguro cada vez que Yaten me abrazaba, y me mantuve así. Situada en el tiempo y el espacio con los pies puestos en la tierra, aliviándome sin saberlo siquiera. Era un confort parecido al que experimenté en casa de Serena, pero mucho más irresistible, haciéndome la labor de que por ahora, todo estaba en bien. Por ahora.

Me obligué a sonreír y disfrutarlo, olvidando lo demás. Busqué refugio en su pecho una vez más y cerré los ojos. Estaba convencida de que no podía existir un escondite tan resguardado ni seguro como aquél, en el que pudiese reordenar mis ideas.

Sentí como él se separó y automáticamente me percaté de que los créditos ya estaban incluso medio avanzados. Miré la hora, miré a Yaten y vi también que mi refugio había llegado a su fin.

—¿Crees que Nina se haya salvado? —me preguntó Yaten muy de cerca. El brillo de sus ojos como siempre, me dejó ciega y estúpida.

Traté de recordar la película, la caja vacía del DVD frente a la mesa. Ballet. Perfección. Cisne. Dolor. Suicidio. Sí.

—Sí —le repetí lo último en respuesta, sonriéndole —. Yo creo que se esforzó tanto, que lo de menos es lo que merecía, la admiración de todos. ¿No crees?

—Y si no… —meditó Yaten mirando al techo —. Al menos fue feliz al lograr lo que quería.

—¿Lo que quería?

—Libertad. Dejó de fingir, se sinceró con ella y con todos… y encontró la salida que buscaba. Todos la vieron como lo que es, un Cisne Blanco detrás del Cisne Negro.

Nina no era Odette, en realidad.

—Odile no es tan mala… —musité, mientras enroscaba entre mis dedos un largo mechón de mi pelo. Era suave y agradable, como una mentira bien contada —. Fue amaestrada para engañar, para mentir.

Para lastimar, también.

—Quizá Odile también lleve una Odette adentro. Quizá… simplemente Odile y Odette son la misma persona, Minako —dijo él estirándose sobre el sofá. Yo me entretuve quitando algunas pelusas que estaban en el brazo de su jersey negro —. Tendría que volver a verla y decírtelo. Tengo dudas sobre la decisión de Nina.

Se levantó murmurando algo sobre que ya era tarde. Y era cierto, era ya muy entrada la noche. No reparé en su partida hasta que vi que yo tenía incluso dos de mis dedos aferrados a los suyos, el brazo estirado y tenso, como el anclaje a un barco en medio del mar abierto. No era capaz de dejarlo ir. No hoy.

Se puso de cunclillas frente a mí, extrañado. Descifrando mi rostro, contemplándome con sus pupilas de jade.

—Estás triste.

Fue suave pero no era una pregunta. Como si percibiera todos mis pensamientos de angustia, lo notó. Yo hice un movimiento brusco con la mano, como si espantara una mosca inexistente, y oculté una oleada de dolor tras una máscara de despreocupación.

—La película es conmovedora. ¡Qué cosas me haces ver!

El bajó la mirada hasta mis rodillas y luego me la devolvió con frustración.

—Ni siquiera sé que decir para que sonrías. Estás triste… —repitió. Supe entonces que no se tragó lo de mi cambio de humor por la tragedia de Nina, por lo que le respondí con mediana sinceridad:

Estaba triste —corregí —. Y me haces sonreír.

Era verdad e incuestionable. El verde me hacía sonreír. Mi siempre buen adorado verde. Él era mi dulce. Mi dulce verde. El color de la real esperanza.

Esperanza… Esperar… sí.

Qué mal.

Lo besé con toda la calma que logré y apoyé mi frente contra la suya. Esperando que me creyera, que no pensara que no confiaba en él. Pero hoy no sería ése día. El sí tenía gente que se preguntaba dónde estaría a ésta hora, y no me perdonaría jamás si algo le sucedía por andar en las calles, distraído y pensando en mí.

No lo valía.

Se mordió el labio inferior, confundido.

—Quizá deba quedarme otro rato…

—No —atajé, y de eso sí estaba segura —. No quiero que te suceda algo en la calle y sé que no te puedes quedar. Nos vemos mañana.

—Pero…

Me levanté y casi a rastras le puse la chaqueta y lo despedí. Sentí como si él se llevara un órgano vital mío al desprender su mano, una vez que cruzó el ascensor.

Me echó un vistazo preocupado y en un último esfuerzo le sonreí como pude. Algo inútil a estas alturas, pero con todo lo que me quedaba después de tan bruto error. Las puertas del elevador se cerraron, como tenía que ser, dejando el pasillo silencioso y vacío.

Me sentí extrañamente perdida.

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(Yaten)

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En el último día de la humanidad a lo mejor era hoy, porque lo más seguro es que tuviera que ir de compras por mi propia voluntad y además, Seiya no tenía hambre.

Y no, la verdad es que no tenía. Miraba la comida como si fuera una especie de planta exótica y peligrosa, que le soltaría una exhalación de veneno mortal en cualquier instante.

La cosa estaba así: Seiya enfrente de mí con cara de desconsuelo, a papá lo tenía a la izquierda con la cara oculta tras el periódico y su cena intacta y yo, mirándolos a los dos intercaladamente cuando no se me desviaba la cabeza a lo que pasó en casa de Minako hace pocos días.

Aunque quise hablar de ello, Mina se negó a decirme abiertamente lo que pasaba más de una vez. Su silencio me estaba quemando las entrañas, pero era un silencio que yo sólo podía respetar y esperar que desapareciese de alguna inesperada forma.

O a menos que yo le diera el empujoncito, claro está.

Era más terca que una mula, pero algo tenía que hacer. Me sentía inútil por no poder ayudarla y aunque comencé a atar ciertos cabos no llegué a una conclusión acertada, que no fuera más que la noción de que algo tenía que ver con sus padres, a los cuales nunca mencionaba.

Seiya sacó el aire con desgano, sacándome de la cavilación y torcí la boca.

Seiya nunca lograba ocultar sus emociones, siempre con un cartel colgado al cuello que decía «pregúntame como me siento». En mi caso, que nunca me habían interesado los problemas de los demás como ahora, supongo que quedaba en mí hacerle esa pregunta.

Souta Kou, mejor conocido como papá, no se despegó del periódico aún cuando Seiya emitió otro ruido quejumbroso. Alcé las cejas con perplejidad.

Ahora resulta que yo era el optimista de la familia, ¿o qué?

—Aquí tiene, joven... —dijo Masari a Seiya, la cocinera que llevaba toda su vida en nuestra casa alimentándonos —. Le hice su comida favorita porque lo he notado algo... decaído.

Oí como papá gruñó detrás de la lectura.

Me tomé una hamburguesa de la charola que Masari le puso enfrente y carraspeé. Pensaba como elegir las palabras adecuadas, pero la verdad es que sólo se me ocurría la obvia, normal y lógica:

—Oye, papá...

Emitió otro ruido detrás de las noticias impresas. Supuse que debía continuar.

—Esto... voy a traer a alguien a casa —le avisé. Quizá demasiado exigente, así que luego agregué —. Si te parece bien.

Sacó una carcajada ronca y escéptica.

—La última vez que dijiste eso me encontré cien desconocidos invadiendo mi estancia, y cuatro patrullas llevándose a un montón de intoxicados de aquí... —espetó resentido.

Seiya dio un respingo asustado y me miró.

—Pero...

—No —le advirtió con una voz atronadora e imponente, doblando el ejemplar y mirando a Seiya con ojos de pistola —. Tienes toque de queda de... de por vida.

Respiré hondo.

—Papá, acá...

Se giró sin creérselo hasta mi dirección.

No sé si esto era bueno o malo, pero por la cara de póker que tenía habría valido la pena tomarle una fotografía y colgarla para cada que me sintiera con ganas de reírme. Estaba realmente atónito, aunque no sé exactamente por cual de las varias razones. Si era porque le había hablado con normalidad, si era porque yo quería traer a alguien o tener algún tipo de contacto social. O si era porque acababa de darse cuenta, al mirar las hamburguesas hasta ahora, que ésa no era mi comida favorita. Y por lo tanto no le calzaba que quien le estaba hablando era el hijo raro-mudo-depresivo. O sea, yo.

—Entonces... ¿puedo? —volví a aterrizar la situación. No logró ocultar el examen visual al que ahora estaba siendo sometido. Me sentía intimidado, aunque tampoco podía culparlo. Me había pasado meses de cenas intentando convencer a este pobre hombre de que yo era muy normal y estaba perfectamente bien aunque no tuviera apetito, pero la comida estaba deliciosa. Ni idea. Sólo sé que en algún momento volví estar plantado sobre la mesa, siendo consciente de todo, con las puertas de la vida abiertas y coloridas.

Tosió, pero poco después se recuperó y quiso adoptar una pose muy seria y autoritaria.

—Mientras sea así y no pase lo que con Seiya, supongo que está bien —no pudo disimular su entusiasmo, y me sentí otra vez medio decepcionado por causar ese efecto en la familia, pero vale, ahora ya no se podía hacer nada.

—Qué bien —le sonreí encogiéndome de hombros, para luego darle una gran mordida a la hamburguesa.

Con los ojos abiertos de par en par, asintió.

—¿Yo también puedo tra...?

—Nunca —le interrumpió papá.

Seiya refunfuñó acerca de la preferencia de los hijos y sandeces adicionales que quedaron en el olvido en cuanto los tres comenzamos a comer. Cuando mi padre se levantó como siempre apurado o cansado, Seiya se dirigió a mí; confesando al fin el motivo de su bajo ánimo. No me equivoqué al deducir que unos días atrás había tenido una cita con una chica, y me sorprendió enterarme que esa chica era Serena Tsukino, la amiga de Minako. Bueno, era una sorpresa a medias, porque él era vulgarmente obvio babeando por ella en los pasillos, en las canchas y en cualquier lugar donde se la encontraba. Aunque de la otra mitad, lo que me sorprendía era que no le hubiera resultado la técnica de la camiseta de la suerte, sus sonrisas galantes y en general, su pegajosa y exitosa forma de ser.

Dentro de su explicación rebuscada, entendí que Serena lo había olímpicamente mandado por un tubo al mero estilo de una chica. Aunque no sé para qué me lo contaba...

¿Él quería un consejo? ¿De ? ¿Del ser más introvertido y patético que se haya cruzado en su afortunado camino? No estaba seguro de qué decirle, o si lo que le dijera le iba a ayudar. No podía ni sacarle la verdad sobre su vida personal a mi novia para apoyarla, sería lo mismo o peor con mi hermano.

Pero victimizarme ya no estaba en mis planes, para ser honestos. Así que me aclaré la garganta y pensé en qué tipo de chica me parecía que era Serena Tsukino. Se quedaba dormida en clases, se tropezaba cada que daba diez pasos, era tan patosa como una monita de circo mal entrenada. Le mostraba sonrisas a todo el mundo. A mí. Una vez en clase de Matemáticas, cuando le revelé la respuesta a una ecuación de segundo grado desde mi lugar, cuando pasó al pizarrón y parecía que se iba a desmayar del pánico frente al profesor. Pidió auxilio a la audiencia. Sólo mostré tres de mis dedos, el resultado era +3.

El profesor nunca entendió como Serena llegó a la deducción sin escribir un sólo número el procedimiento, pero no pudo reprobarla, ni mandarla a extraordinario, ni por tanto arruinar algún verano memorable en la playa, pues.

Y desde entonces me sonreía siempre, aunque yo nunca le devolvía la sonrisa.

No le importaba cantar en voz alta aunque los demás la vieran como niña de primaria.

¡Eso!

—Creo que se me ocurre algo. Pero no sé si funcione —le dije a Seiya cuando al fin el foco se me prendió.

—Lo que sea —sus ojos oscuros y azules adquirieron destellos ocres y amarillos, la misma mirada que siempre ponía cuando hace años, tramábamos alguna travesura.

Y se robó la hamburguesa que quedaba en mi plato.

El cambio de actitud de Minako me sorprendió. De no querer entrar como si se tratara de la casa de los sustos del parque de diversiones a mi casa, de repente aceptó venir. La notaba nerviosa y miraba con sus ojos grandes y perspicaces cada uno de los rincones de las paredes, las mesas y los cuadros. Siempre sorprendiéndose de la estructura y las pinturas que mamá había escogido en Francia para decorar años atrás.

Cuando entró en la habitación, se pasó como si fuera la suya propia. Rodé los ojos ante su exceso de confianza como siempre, aunque no me molestó ni pizca. Ella se puso a mirar los discos y los montones de libros que tenía en los estantes. Su atención fue captada completamente por la foto que tenía en la mesa del velador, pese a que ya había visto muchas más en la planta de abajo.

—Realmente era muy hermosa —declaró como para sí misma —. Y se parece a ti.

Yo troné los labios.

—No, no se parece. Ella era distinta.

Ella era muy fuerte.

Me vio fijamente, con sus facciones algo endurecidas y una mueca mordaz. Otra vez estaba disfrazando eso que tanto la perseguía, sin decírmelo de frente. Se dejó caer sobre la cama y me indicó que me sentara a su lado. Así lo hice. Minako guardó silencio todo el tiempo que pudo, que no fue poco.

Puse una mano sobre su rodilla y me arriesgué.

—¿Por qué? —inquirí, tratando de ver hacia la alfombra para no incomodarla demasiado —. No es... —busqué la palabra correcta — normal, Mina. No puede serlo.

Ella se había quedado rígida y con las palabras a medio salir de su boca. Yo me giré y la enfrenté.

—Tienes que hacer algo. No eres feliz, nunca lo serás si no lo resuelves.

—No puedo —musitó, mirando hacia abajo otra vez con expresión adolorida.

—Sí que puedes —hablé severo —. Echarlo bajo la alfombra no servirá de nada.

—¡No es tan fácil! —soltó ella poniéndose de pie, y me miró desafiante —. Para ti es sencillo, tu madre está muerta y no tienes que...

Se detuvo, como si alguien le hubiera agotado las baterías. Se tapó la boca con la mano, cerró los ojos fuertemente. Yo me limité a callarme. No me dolió el comentario de Minako. Lo que me dolía era ella, no imaginaba la manera en la que pasaba sus días, sus tardes y sus noches, siempre sola.

¿Quién le felicitaba al obtener un diez en Geometría?

¿Quién iba a verla a los partidos de voleibol donde siempre se lucía?

¿Quién la cuidaba cuando estaba enferma?

¿Quién le robaba las hamburguesas a la hora de la cena, quién le pedía un consejo? ¿O ella, a quién se lo pedía?

Y sin embargo, ahí estaba. Arrepentida de sus palabras y creyéndose la criatura más despiadada de la Tierra por una vida que ella no había escogido. Es verdad, uno no elige de quién es hijo, hermano, o quién es su padre.

Mina se encogió en sí misma, cruzándose de brazos y dando un paso hacia atrás.

Alarmado porque quisiera marcharse, me apresuré a arreglar el desastre.

—Ven —le indiqué de nuevo, señalando la cama —. Habla conmigo, no estoy enfadado.

Sin pensarlo tanto, me puse de pie, la agarré de una muñeca y de un tirón la senté conmigo. Parpadeaba sin saber qué hacer o decir, pero yo quería que me escuchara.

Como un relámpago, la imagen de mis sueños me revolvió el estómago y me hizo bajar la guardia.

Enseguida me vi ahí, en medio de una fría sala de urgencias y yo apartado, sin tener los pantalones como un bebé de dos años para entrar a verla. A despedirme.

Nunca la volvería a ver y yo...

No pude.

—Tienes razón —le dije con una mano sobre su rostro, para que se le grabaran cada una de mis palabras —. Giselle está muerta. Y no puedo hacer nada para revertirlo. Pero la tuya no, todavía estás a tiempo. Todavía puedes preguntarle qué demonios pasa, por qué te tratan de esta forma. Es tu derecho y no pueden negártelo.

—¿Y si lo hacen? —su voz se volvió un murmullo lastimero —. ¿Y si nunca cambian de parecer? ¿Qué se supone que haré, Yaten?

Se me hizo un nudo en la garganta y me lo tragué, sintiéndolo como una esfera de plomo bajar sobre la tráquea.

—Sabrás que hiciste lo que tenías que hacer. Seguir, y un día tú tendrás a tu propia familia. Estar bien, pero en otro camino...

Con claridad escuché sus dientes rechinar.

—Los odio... —confesó, aunque no había ni una sola lágrima en sus ojos, sino un destello puro de resentimiento —. Como no tienes idea, los odio. ¿Por qué no vienen a saber como estoy? ¿Por qué se cubren? ¡LOS ODIO!

Mis pensamientos se hicieron una bola y yo tropecé con ella. Traté de aclarar la maldita idea central, no podía desviar esto.

—Hazlo —le indiqué tomando su móvil y entregándoselo en la palma de la mano —. Díselo. Diles lo que sientas. Que necesitas verlos, hablar. Que los odias o que los amas. Pero ya no te lo guardes, no aguanto verte así.

Se puso pálida como la cera. Tenía los ojos muy abiertos y asustados.

—No...

—¿Cuánto tiempo más, Mina?

Miró el pequeño aparato como si ahí estuvieran todas las respuestas del Universo. Y hablando objetivamente respecto al tema, en cierta forma así era. Ella, aturdida, se llevó una mano a la frente. Balbuceaba y me veía en tantos, y yo esperé. Cada minuto que pasaba a que ella tomara la iniciativa. A que se decidiera a cambiar. A vivir. Igual que yo lo había hecho. No quería tener un control enfermizo sobre Minako. Carajo, sólo quería verla feliz.

Impulsada por una repentina y renovada fuerza me miró, frágil y dudosa.

—¿Qué hago?

Le sonreí para darle un poco de confianza.

—Sólo pulsa la tecla verde.

De acuerdo, ésa fue la respuesta más idiota del libro de las respuestas más idiotas, pero fue lo que salió en ése momento.

—Lo demás saldrá solo. Yo estoy aquí —completé para arreglarlo.

Asintió y lo hizo. Con la mano temblorosa, presionó los botones correspondientes y se llevó el sofisticado teléfono al oído. Yo respiré con fuerza, aguardando. Las cosas saldrían bien. Tenían que salir bien. Yo no concebía la posibilidad que existieran un par de padres que no quisieran a su hijo. Miré la foto de mamá como por inercia, y después seguí esperando, hasta que la voz de ella me sacó del pensamiento.

—Hola... soy Minako —saludó ella con voz imperceptible. Le habían contestado, eso ya era algo —. No... estoy bien. Esto...

Minako se detuvo. Escuché una voz femenina y delicada hablar desde mi posición. Ella parpadeó, como sin saber qué decir.

—Sí... sé que allá es tarde. Es que... yo...

La voz volvió a interrumpirla. Yo empecé a sentir un hormigueo en las manos y el corazón alterado, sin saber realmente la razón. No sabía qué le estaba diciendo su madre, pero ya estaba cabreado. Cabreado, decepcionado y...

—No, es que... sé que están ocupados —Minako habló más clara y nos miramos, yo le asentí para darle valor —. Necesito hablar con ustedes. Escúchame. Es importante...quiero que vengan a Japón o... o yo puedo ir allá.

Otra vez escuché la voz. Pero ahora hablaba aprisa y con cierto tono golpeado. Fruncí el entrecejo. ¿Qué estaba pasando?

—Sí... lo sé —dijo ella y sus ojos de pronto se posaron en la nada, en algún punto fijo de mi cuarto, su rostro perdió el color y su voz la seguridad que a mí tanto trabajo me había costado impulsarle —. No... no quise decir eso, no me entiendes.

Y entonces, el sonido del otro lado del auricular hizo su aparición. Podía oírla clara y perfectamente, y eso era quizá porque la mujer ahora estaba hablando en voz muy alta. No gritos. Era peor que eso.

Eres muy egoísta, Minako. ¿No tienes todo lo que querías? ¿No dijiste que querías estar sola? No entiendes todo lo que hacemos por ti, no soporto tu...

En segundos, mi mente se volvió un torbellino de confusión. Instintivamente, sólo pude verla a ella. Ya no hablaba, ya no se quejaba. Ya no luchaba. Se había rendido ante la posibilidad que yo le di de intentar un acuerdo, una reconciliación. Una lo que fuera, con tal de ya no estar apartada como un objeto inservible en la vida de su familia. Mantenía la mirada perdida mientras la voz seguía reclamando y dos gruesas lágrimas le cayeron por las mejillas cuando parpadeó.

La escena me apuñaló el pecho con una culpabilidad que creo que merecía. La lengua se me enredó, sin poder decirle lo mucho que me dolía ser culpable y testigo de su dolor.

¡Haz algo!

Con brusquedad, le arrebaté el móvil de las manos y pulsé la tecla roja con tanta furia que creí que la pantalla se quebraría. Mina mantenía la mano suspendida en el aire, ausente y sumida a la vez a todo. Tomé uno de sus hombros y la traje hacia mí, y ella bajó la cabeza a mi pecho sollozando. Abracé a lo que me parecía una muñeca de porcelana a punto de estallar en pedazos. No tenía ni la más remota idea de qué hacer, ni qué decirle. No quería prometerle que todo iba a estar bien, porque no lo sabía. No podía asegurarle que la forma en la que se movían las cosas con sus padres en su Mundo cambiarían, porque quizá tampoco eso pasaría. Sólo pude decirle una cosa, algo de lo que estaba seguro en este momento y que cumpliría hasta donde ella me lo permitiera:

—Yo estoy contigo.

Me rodeó con tanta fuerza que fue casi dolorosa, pero no me moví ni un centímetro. Con el desplome de todo lo que era Minako vinieron las lágrimas, y yo me concentré en consolarla, tratando de ignorar la impotencia que me causaba verla así.

¿Así se habían sentido las personas a las que les importaba, al verme reptar sobre el barro cada día que pasé?

No, yo no me movería de aquí.

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(Minako)

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Estaba agotada. Agotada y vacía, pero no en un mal sentido. Es más, me sentía ligera. Sentí que había sacado años y años de miseria en aquel tiempo que fue incalculable para mí. Tratando de normalizar mi respiración me quedé quieta, esperando a que el Mundo volviera a girar en orden.

Yaten no me soltaba, y aunque yo me hubiera querido quedar así para siempre, sabía que tendría que hacerlo en algún momento. El prácticamente me había lanzado a una jauría de leones, hambrientos de excusas y rugiendo todos los reproches posibles. Yo sabía que esto ocurriría, y de ahí que vengo hablando sobre que la esperanza es realmente eso. Esperar a que algo resulte diferente de como pensamos que puede ser. Y lo fue, fue peor. Y sirvió para que yo me convenciera de cosas varias:

Primero, que yo no tenía la culpa de esto. Que me había tocado nacer en una familia privilegiada donde la madre fue una modelo que finalizó su carrera al quedar embarazada de una niña que en el fondo, en un recoveco de su corazón, no quería. Yo había matado probablemente sus sueños y ambiciones y eso era algo que ella nunca aceptaría, pero que inconscientemente lo expresaba de este modo. Pero cuando tuve suficientes años pude comprenderlo, al mismo tiempo que fui consciente de que papá, cegado por su belleza y ocupado hasta las narices, no podría más que consentirla en todo.

Segunda, que yo no era tan desafortunada después de todo. Me había colocado en un lugar sumamente cómodo toda la vida. Pidiendo las cosas que se me negaron por otras, y sacándoles el mayor provecho sin restringirme jamás. Que yo no tenía una madre amorosa y un padre protector, pero que nunca tuve que tragarme la vergüenza que varias veces vez pasó Serena en el Colegio por atrasarse con la colegiatura, negándole la asistencia a clases frente a todos los compañeros de curso. Que me quejaba mucho de mis amigas, pero que en algún tiempo yo sólo conocí las risas con ellas. Que Nori cada vez que iba a limpiar me deseaba un buen día y me enseñaba platillos nuevos para cocinar y aún cuando lidiaba con cinco hijos que apenas podía alimentar, y que aún así le quedaban fuerzas para sonreírme y alentarme cuando me quedaba dormida en cama por horas.

Y la tercera, que fuera lo que fuera que había pasado entre Yaten y yo, como una alineación de planetas o simple casualidad, parecía haberse enardecido tan intenso y tan pronto como surgió. O si no, no sería un sentimiento lo suficientemente poderoso como para querer mostrarlo delante de terceros. No podía describirlo con detalle y poesía, pero fue mágica la forma en la que él se había aparecido en mi camino, dejándome enamorada aún cuando yo no estaba preparada, pero dejando la aseveración de que todo lo malo que pasa no es en vano. Que tiene que haber una recompensa.

Yo no estaba sola.

Retirarme supuso un alivio porque tomé aire renovado. El me quitó el pelo de la cara, hablándome con cuidado.

—¿Cómo estás? —quiso saber.

Me toqué los pómulos y tanteé dentro de mi bolso para sacar mi espejo de bolsillo. Fruncí las cejas, molesta.

—Seguro me veo horrible, ¿Verdad? —y era cierto, traía una pinta espantosa. El me limpió la cara con una mano y me miró fijamente, hablando muy serio.

—No, estás muy bonita. Sólo... algo húmeda —medio sonrió. Toqué el pecho de su camisa, estaba empapada.

—Te he arruinado la camisa.

—Y era una Dolce —dramatizó arqueando las cejas, imitándome.

Me reí débilmente, pero risa al fin y al cabo.

Asentí, dándole la razón. Es decir, no podía esperar que de pronto el Mundo se transformara en un lugar ideal lleno de amor y colores pastel que de pequeños nos hacen creer en los cuentos de hadas. Que a lo mejor Lita nunca sería ya mi amiga, que mis padres nunca me pondrían atención, pero yo ya no era la niña del vestido vaporoso que no debe llorar por ser grande. La vida real es menos considerada que los sueños, pero no por eso debía dejar de lado lo que tenía. Tenía mucho.

Miré eso que tenía y entrecerré los ojos tratando de leerlo. Tenía la sensación de que podía verme reflejada en los suyos: percibí algo relacionado con mi obsesión por ser buena en todo y para todos. Por mi lucha por llegar a tener un estricto control sobre mi vida. Ya no tenía importancia. Yo era yo. Y no sabía por qué, pero sentía en mis entrañas que aquello que hacía que yo fuera yo, ahora resonaba en armonía con aquello que hacía que Yaten fuera él.

Todo, todo estaba en orden. Todo estaría bien en mi Universo.

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Notas de Kay:

Jeloooou pipol. :B Espero que no hayan moqueado demasiado. Yo digo que no está taaaan sensible, pero igual y sí. No sé. Creo que como pueden ver este capítulo no tiene tanta comedia como los anteriores, y la razón es que en algún momento quería dedicar un capitulo a indagar en los pasados de los protas, por ahora le tocó a Minako. No debería pero les diré que probablemente el siguiente le toque a Yaten, y sabremos que pasó con su vida y todo eso. Sé que algun quedaron varias dudas de ¿Por qué los papas les vale un comino la bella rubia? Bueno, eso es complicado para abordarlo en un capítulo. Prometo que se sabrá todo, no habrá lagunas. ¿Soy la única que ama como yaten divaga mientras escucha a su novia? xD, Espero que les haya gustado, que hayan disfrutado la lectura. A mi esta historia me gusta cada día más. Besos a todas las que leen, que me escriben y que me animan a continuar. ¿Qué es lo que Yaten hará para ayudar a Seiya? ¿Minako dirá ahora si la verdad? ¿Y los Jimmy, ya se olvidó de ellos? ¿Rei se quedará campante? O:

Katabrecteri: Amiga, fuiste la primera en comentar así que tu tienes la primicia. xD, Como verás, no te odié y muy por el contrario coincidí con varias cosillas del capitulo anterior. Para todo hay gustos, no sé que hayas pensado de este. Que tan interesante o quizá solo lo encontraste dramático, aunque pienso que no. Creo que era un tema que te interesaba, cuando me dijiste que la situación de Mina te dolía incluso más que la de Yaten. Que no podía ser que fuera tratada de esta forma, y así. No se como te hayas tomado ahora el alejamiento que Mina planea hacer con Serena y Seiya, y creo que la odiarás, pero la comprenderás igual. Mina tiene miedo que Seiya suelte la sopa de Yaten con Serena (Está loca, se supone que confía en la rubia, pero como es pésima para mentir no quiere que s ele salga frente a Rei, creo yo) Ahora hubo celos graciosos, pero llenos de apoyo, sobre todo de Yaten para Mina. Me muero por conocer tu opinión de esto, es algo que creo que me gustaría saber, sí que sí.

Tatily: Amiga, como ves… Mina sigue sin aprender. Quizá ya maduró bastante, al reconocer algunas cosas como que realmente quiere estar con Yaten, y como aceptar que no estará más encaprichada con que sus padres la quieran, martirizándose con eso. Pero luego toma decisiones idiotas como seguir conservando los zapatos, aun sabiendo de donde vinieron, o persuadiendo a Serena para que no salga con alguien a costa de su propio beneficio. Es gracioso que Pepe Grillo ya solo la regaña, mientras que a Yaten le ayuda xD ¿cargos de conciencia libres? Quizá sea eso. Gracias por leerme, y de veras que quiero saber que te pareció. No te desenganches, besote.

PupeHz: Linda, sé que me tienes abandonada por te perdono por escribirme. No te disculpes me conformo con que me leas y te guste, jajaja. Yo también pienso que arderá Troya cuando yaten se entere, aunque algunas son positivas y piensan que él lo tomará bien. Ya vimos que adora a Mina, que no puede estar sin ella, y me pareció muy dulce la forma en la que la defendió, quizá sin que lo sepan, de los padres de ella. Gracias por tus comentarios y espero que te guste la historia todavía. Chau, linda.

yatenlove4: Claro, ya viste que Yaten es un celosote! Jajaja, incluso de Seiya a que le vea la nalga. En fin… espero que te guste este guapa y que me digas que te pareció. Muchos saludos.

gisela macede: Giselita, te prometo y solo por ti (jajaja( habrá algo de fuego en el siguiente capítulo. Obviamente algo coherente y de acuerdo a la situación, no pueden protagonizar un porno cuando son unos adolescentes inexpertos. No lemon, pero algo interesante. Lo prometo. xD Ya esperaste bastante y creo que también ellos, así que cuenta con ella. Que bueno que te guste el fic amiga, gracias por tus halagos y te agradezco mucho que me leas.

Demencia: Por ahora Yaten está alejado de Rei gracias a Mina, pero debe cuidarlo porque ella ya sospecha sus cosas. Y ahora con Seiya sobre Serena, no creo que puedan mantener el secreto tanto tiempo! D: a ver qué pasa. Beso para tiiiii.

Pame: Amigaaaaaaa. De verdad me encantaría escribirte una respsuesta larguiiiisima, pero creo que a estas alturas no tienes tiempo de leer mis tonterías, a menos que sea estrictamente el capitulo. Espero que no hayas llorado mucho, que te haya gustado, y que hayas pasado un rato agradable porque sé que andas ocupadísima con los estudios. Nuevamente te felicito, estoy muy orgullosa de tu decisión. No desistas. Creo que en este capi también se ve una faceta muy importante de Mina, porque literalmente se derrumbó ante Yaten, se hizo un momento intimo muy personal y delicado, y creo que para que ella haya confiado en él, mostrándole su situación, habla de que lo quiere bastante. Ya viste, hubo más celitos, solo que esta vez con Seiya xD que es un coqueto de lo peoooor jajaja, y además lo va a ayudar con Serena. Como se que AMAS (como todas aquí) a Yaten, creo que lo amarás más porque aquí pienso que apoyó a Mina bastante, preocupándose por ella, e impulsándola a atreverse a reclamarle a sus papás su abandono. Las cosas no salieron como pensaban, pero lo intentó.

Amiga no sé si Mina le vaya a romper el corazón a Yaten, pero lo que si sé es que esta bastante enganchado con ella… eso creo. Asi que, pase lo que vaya a pasar, no creo que sea tan sencillo de resolver. Que bueno que te gustó la frase, y espero que te haya gustado alguna de este capitulo :B si es asi dimeloooo por favor. Te mando un abrazote, un beso, me fascinan tus reviews y espero el tuyo con verdaderas ganas. C:

Nai SD: Hola bonita. No te preocupes por el retraso yo entiendo perfeeeecto que todas tenemos cosas que hacer, mientras no lo dejes de hacer xD jajaja, y que este también te haya parecido genialosooo como dice Mina a mi tampoco me gusta que hable mal de Yaten. U.ú de hecho me molesta bastante, pero asi hice al personaje, ahora no sé que hacer. D: Pienso que, aunque lo haga con el afán de alejar a las víboras de su amorcito, no está bien que se exprese asi de él. ¡Y si se entera! :S daaaah te mando un abrazoteee! Xoxoxx

Patty Ramirez de Chiba: Patty preciosa… ya te extrañaba, me da gusto saber de ti. Desahogate lo que quieras cuando quieras y como quieras xD Mi fic es tu espacio ajajaja, Estoy 100% de acuerdo contigo, Yaten está cada vez más loco por ella… y ella pues también, pero aquí el asunto es que la engañadora oficial es ELLAAAA, y se que la detestas en cierta forma I_I Y la verdad, creo que a cada dia que pasa será mas difícil que Mina confiese. Como que uno se va haciendo parte de esa mentira, y creo que verdaderamente deberá pasar alguna cosa que detone que se sepa la verdad. D: A mi tampoco Rei nunca me ha caído muy bien, siento que es muy manipuladora con Serena. X.X… Bueno nena, te mando un abrazo. Mucha suerte en todo, y espero tu opinión. :B

TsukihimePrincess Ya viste que por ahora la metichota se hizo a un lado, jajaja. Pero no para siempre u.u Habrá que resolver esto. Habrá que poner las cartas sobre la mesa en algun momento, y es el instante que todas tememos en esta historia. Incluyéndome yo, que pienso que tendré que huir de mi casa porque ustedes querrán matarme viva si se me ocurre lastimar a Yaten. x.x Espero que no, y espero que este te haya gustado mucho, y que lo hayas disfrutado. Un abrazote linda.

Kay