Capítulo con escenas eróticas explícitas. No lo nieguen, sé que van a leer...
Para esta parte del capítulo les sugiero escuchar Música Celta de Flauta, Arpa y Piano: Música Relajante, Música para Meditar y Relajarse 15, en el canal de videos, (queda perfecta en algunas escenas).
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El hombre perfecto.
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Las piernas las sentía pesadas, habíamos tomado algunas bebidas y como consecuencia estábamos bastante relajados. Mi cabeza era una maraña de ideas, mi corazón de sentimientos y mi cuerpo de sensaciones. Eran ya cerca de las tres de la madrugada pero deseaba saber tanto de él, de su vida, quería interrogarlo, hablar hasta enterarme de todo lo más posible; aunque al mismo tiempo deseaba abrazarlo y devorarlo a besos, necesitaba volver a tocar su cuerpo, quería volver a hacerle el amor como si fuera la última noche que estuviésemos juntos.
Antes de que pudiera seguir sopesando mis posibilidades escuché la puerta cerrarse detrás de nosotros. Albert me tomó de la mano y comenzó a besarme con ansias atrapando mi cuerpo entre el suyo y la rugosa madera de la pared. Nuestra necesidad de pertenecernos a cada momento era mucho más fuerte que cualquier cosa que tuviésemos que aclarar. Sus manos hábiles me despojaron de la ropa con más presteza que la primera vez. Me encontré en sus brazos, mis senos presionados contra su pecho agitado, sintiendo el delicioso y cálido roce de una de sus piernas entre las mías. Y otra vez su erección presionando, apremiando en mi vientre. Dejé que todo sucediera tal como fluye el agua en los ríos, como las olas avanzan con fuerza una y otra vez a la orilla de la playa sin que nadie pueda detenerlas.
En unos segundos ya estábamos de nuevo en su habitación llenando de besos y caricias nuestros cuerpos.
Compartir la cama con un hombre no representaba novedad alguna para mí, lo realmente novedoso estribaba en la sensación de ser tan importante para alguien, sentir su entrega en la misma medida en que yo le daba todo de mi ser, sin reservas, sin dudas. Descubriendo que no había ya mejor lugar que su abrazo y mejor tiempo que el que estaba viviendo a su lado. Cada encuentro era una explosión de sensaciones no sólo en mi interior, era algo que iba más allá de mi entendimiento, algo que inexplicablemente me traspasaba, como si mi vida y mi alma entera formaran parte de él... desde siempre.
Finalmente la curiosa luna se había salido con la suya, pudo presenciarlo todo desde lo alto; brillando más blanca y más magnífica que horas antes, llenaba de su azuloso resplandor la habitación, acariciaba con osadía la piel de Albert, iluminando con claridad la completa desnudez de su cuerpo, su pecho fuerte, sus hombros tonificados, sus brazos fornidos que no perdían contacto con mi piel, el vello que cubría gran parte de su torso y abdomen y en el que mis dedos ufanos se complacían acariciando, recorriendo, haciendo un recorrido hasta acercarse peligrosamente al sur de su anatomía. Las caderas marcadas y firmes que sin ningún pudor reposaban frente a mí, su sexo que aun después de la batalla resultaba imponente, alerta, como si esperara la más mínima provocación para atacar de nuevo, para exigir el calor de mi interior en cualquier momento. Pude apreciar la extensión y firmeza de sus fuertes piernas que habían quedado enredadas con sensualidad entre las mías y entre las sábanas del color arena de la playa.
Quedamos agotados, desnudos, rozando nuestros cuerpos todavía agitados por la reciente actividad. La habitación aferraba celosamente los aromas de nuestra intimidad. Las imágenes de nosotros dos, el sonido de aquella excitante fricción de nuestros cuerpos y nuestras voces llamándonos incontables veces. En mi mente se había grabado a fuego la voz que en un murmullo repetía: te amo, te necesito, quédate... todo aquello flotaba en el aire, impregnándose en mis recuerdos, en mi alma; en cada mueble, en la madera de las paredes, en la cortina de bambú que canturreaba con sus notas debido a la ligera ventisca que se colaba por algún lugar.
Sentí el aguijonazo de los celos clavarse profundo en mi pecho y en mi vientre al pensar en las imágenes, los sonidos y los aromas que Albert había compartido en esa misma habitación con otras mujeres incluyendo a su fallecida esposa. Mis ojos se nublaron por ese sentimiento que inevitablemente me hacía ya considerar a William Albert mi hombre y no me permitían aceptar el hecho innegable de haberlo compartido con otra mujer antes de mí. Algo irracional considerando que mi cama y mi habitación en Chicago estaban impregnados de momentos con Antoine... pero los celos así funcionan, envenenando el corazón, doliéndose con el pasado de la persona amada pero convenientemente ignorando la experiencia propia.
Sus dedos recorrieron con suavidad un costado de mi cuerpo deteniéndose en la curva de mis caderas desnudas y después rodeó con su mano completa uno de mis glúteos para atraerme hacia él. Mantuve mis ojos lejos de los suyos, no deseaba que se diera cuenta de la tempestad que azotaba con furia cada uno de mis pensamientos, del absurdo dolor punzante que crecía en mi pecho al no haber llegado mucho antes a su vida.
Y rehuí su mirada el mayor tiempo que pude para disimular mi estado de ánimo.
-¿En qué piensas Candy?
No iba a decirle en qué pensaba, se habría arrepentido de involucrase con una mujer extraña. Alguien que sólo había estado en la intimidad con un hombre antes que él y quizás por la misma razón se revolvía de celos pensando en el pasado. Llené de aire mis pulmones para que la turbación en mi voz no fuera muy evidente. Era difícil controlar las emociones que a ratos amenazaban con consumirme la sonrisa y el buen humor. Pero pude al fin regresar a su mirada, a esos hermosos destellos cerúleos que me miraban con calma, con esa paz inmensa que me hacía olvidar que el tiempo seguía pasando, que cada minuto y cada hora se iban de mis manos como un chorro de agua y que era inútil pensar en el hubiera o en el será; estaba ahí con él y eso era lo único importante. Albert no dejaba de mirarme y mi corazón volvió a estallar de emoción cuando con apenas un roce de sus dedos acarició mi rostro y mis labios; cuando con una preciosa sonrisa se acercó a mí y volvió a tomar todo cuanto quiso de mi boca, y de mi cuerpo.
-Espera... Albert...
-¿Qué pasa?
-Nada... nada malo, -respondí mordiéndome los labios y estrujando las sábanas en mis puños, -sólo que, debemos hablar, tal vez será mejor dormir, son más de las cuatro. Creo haber entendido que tienes muchos pendientes mañana... es decir, más tarde.
-Tienes razón princesa, tengo muchos pendientes... pero por estar aquí contigo bien vale la pena no pegar un ojo en toda lo que resta de la noche.
Se acurrucó junto a mí y hundió su rostro en mi cuello, nuevamente rocé su sexo al unir mi cuerpo al suyo y sentí la pronta respuesta despertando con brío en su anatomía.
Albert hablaba muy en serio cuando dijo que dormir no estaba entre sus planes. Sus manos recorrían de manera experta mis piernas, mi espalda y mis senos, su boca ansiosa volvió a devorarme en cada beso, volvió a viajar por cada rincón y cada montículo de mi anatomía, me hizo estremecer entre cosquilleos de placer y felicidad latiendo en cada célula de mi ser. Con suaves mordiscos en mis piernas y en medio de ellas me hizo pedir clemencia entre risas. El aire no me resultaba suficiente, de inmediato escapaba de mis pulmones aunque respirara profundo; mi cuerpo se removió extasiado entre sus brazos, mi corazón emocionado latió vertiginosamente esa madrugada, con fe, con amor y entrega por el hombre que inventaba una y otra vez nuevas formas para amarnos y alcanzar juntos el cielo.
-Hace demasiado calor...
-¿Uhmmmmm?
-Albert... -Le llamé levantando con mis manos su cabeza. Lo que hacía ahí abajo era delicioso pero estaba arriesgándome a sufrir un colapso, mis terminaciones nerviosas estaban al límite. Terminaría desmayada al no poder resistir más placer.
-Déjame hacerlo, seré cuidadoso... no me detengas Candy...
Me miraba como implorando desde el sitio donde se encontraba. Cerré mis ojos y me entregué al deleite de sus íntimas caricias, volví a perderme en ese abismo de exquisita e inigualable satisfacción. Sentí su nariz y su boca juguetear con libertad y suavidad por la piel más sensible de mi cuerpo. Sus labios se deslizaban entre los pliegues de mi piel intercalando con mordiscos delicados, su lengua se deslizó saboreando, entrando tan profundo como él deseaba, su humedad y la mía se mezclaban de nuevo. Arcadas de infinito placer me hicieron temblar y aferrar su cabeza a mi centro cuando succionó aquella parte de mi sexo donde las sensaciones bulleron con fuerza transportándome a un océano de éxtasis infinito.
Cuando mi ritmo cardíaco se normalizó y la calma regresó a mi cuerpo, acaricié su cabello y lo animé a subir por mi cuerpo. Suspiré al encontrarme cerca de su boca y nos fundimos otra vez en un beso profundo, salado, interminable.
Albert era un hombre excepcional pero al mismo tiempo una máquina sexual, recordé aquella charla con Annie y Patty después de mi rompimiento con Antoine, el hombre perfecto debía existir en algún lugar entre los millones de personas que habitamos el mundo:
-Definitivamente debe poseer un alto nivel de elegancia, inteligencia y amabilidad... -Exclamó Annie mientras sonreía pensativa hacia al techo de parquet, como visualizando el espécimen frente a ella.
-Deberá ser un hombre con disponibilidad para... ya saben... todo el tiempo, atractivo, poderoso, insaciable... -Opiné después de ella imitando su gesto.
-¡Que sea todo eso y además talla grande, muy grande y muy varonil!... por favor... -sugirió Patty sonrojándose por el interés especial en "la talla grande, muy grande". Annie y yo nos miramos sin poder evitar una carcajada.
-¿Por favor? -pregunté todavía con lágrimas por la risa.
-Sí, -respondió ella con seguridad- al Universo se le pide por favor.
-Está bien... que sea por favor trabajador, encantador, romántico y musculoso... -Volví a opinar sonriendo.
-Limpio, guapo, detallista... -Comentó Patty con unos ojitos soñadores detrás de sus gafas y con una expresión de colegiala enamorada.
-¡Solteroooo, debe serloooo por supuesto! si no lo es ni pensarlo... no queremos problemas con nadie -Añadió Annie con determinación.
-¿Y en caso de que sea viudo o divorciado?
-Para el caso es lo mismo mi querida Patricia, lo importante es que no tenga compromisos y que sea libre en el momento de aparecerse. -Contestó Annie con seguridad y voz pausada.
-Que sea fiel... -Dije sintiendo un vuelco en mi estómago y un nudo en la garganta al recordar sin poder evitarlo, mi anterior experiencia con el innombrable de Antoine. Mis amigas me miraron con cierta compasión y pena, y para terminar con la tensión en la plática añadí sonriendo: -Que tenga un corazón viajero si es posible... que sea capaz de atravesar océanos, continentes, murallas, cualquier barrera sólo por encontrarme, que sea viajero para que comprenda cuando yo deba salir a recorrer el mundo con ustedes.
Nos quedamos en silencio un momento, pensando, imaginando cada una al hombre de sus sueños. Con la conciencia de que esos hombres no existían pues tampoco nosotras éramos mujeres de cuento. Cada persona posee innumerables virtudes y defectos; después un suspiro de Patty rompió el mutismo en mi habitación.
-La verdad es que si alguna de nosotras llegase a encontrar a alguien así, los viajes por el mundo serían con él y no creo que la afortunada desearía invitar a sus otras dos amigas...
-Dejen de soñar mujeres, ¿no lo quieren ecologista además? ¿millonario? ¿rubio, ojos azules? ¿y qué tal que también apoye las causas de beneficencia como orfanatos, asilos de ancianos, embajador de la UNICEF o la ONU? ¿una nieve de chocolate con chispas de colores? -Preguntó Annie suspirando pesadamente. -Un hombre inexistente... eso es con lo que estamos divagando, menudo problema le estamos dando al Universo con tanta exigencia. Vamos, es hora de estudiar para algunas y trabajar para otras, esos hombres sólo existen en las películas y en las historias de ficción, esas, como las que tanto te gusta leer Candy...
Sonreí al recordar esa charla de meses atrás, por aquellos días en que mi corazón empezaba si no a sanar del todo, sí a aceptar la ruptura de mi relación con Antoine.
Pareciera una locura haberle pedido con tanto fervor un deseo a la vida, a ese poder superior en el que cada persona cree... porque funciona, ¡vaya que funciona! Ese hombre que habíamos planeado aquella tarde existía, con todas y cada una de las cualidades que enumeramos como pidiendo un deseo al genio de la lámpara. Claro que existía y poco antes del amanecer ese hombre volvía a embestirme con toda su energía, volvía a hacerme suya hasta la última célula de mi cuerpo, hasta la última partícula de la materia que formaba mi existencia, como si no hubiera un mañana, como si nuestro único propósito en la vida fuese hacernos el amor y respirar. Me aferré a su espalda y besé su cuello, afirmé mis piernas una vez más apretando con cansancio los músculos de mi pelvis hacia él, respondiendo así a cada uno de sus embates. Probé el sabor semi salado de su piel al recorrer con mi boca su pecho, sus muslos, su espalda y sus glúteos. Al fin pude decirle al oído esas frases que siempre había soñado con decir al hombre de mi vida mientras hacíamos el amor, frases que no tuve oportunidad de estrenar con nadie más, jamás... hasta esa noche. Me entregué a William Albert por completo, mi alma, corazón y vida se quedarían en Brasil aunque mi cuerpo tuviese que volver a hacerse cargo de una profesión, de un apartamento y una vida que ya no sería precisamente vida, sin él a mi lado.
-Ya pronto va a amanecer... -Dije recostada en su pecho, escuchando con claridad el hermoso y al fin apacible latido de su corazón.
-Entonces será el mejor amanecer de mi vida... -Respondió Albert con su grave voz, pausada, somnolienta, besando mi frente y ajustándome a su cuerpo desnudo en un íntimo abrazo para intentar dormir por lo menos un par de horas.
Me sentía cansada, extasiada, plena de amor y del mejor y más vigoroso de los sexos que jamás habría imaginado siquiera pudiera existir. Albert era un sueño hecho realidad, el mejor de los amantes, vigoroso, fuerte... había sido fabricado con la mezcla perfecta de ingredientes para obtener el más perfecto hombre del mundo, y él era todo mío.
Sujeté sus brazos a mi cuerpo en una forma de aferrarme a la alegría inmensa que inundaba mi alma. Sentí su respiración pausada y el delicioso vello de sus piernas y su pecho amoldándose a mis piernas y espalda. Mis ojos se cerraron despacio, me dejé llevar por el sopor y el sabroso cansancio que me permitieron perderme en un sueño profundo, con la sonrisa en los labios y la dicha en el alma por ser su mujer para siempre.
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Unos cuantos días más y ya sentía que me despedía de Brasil, quería acompañarlo a su trabajo, pero no me dejó.
-Nuestros amigos vendrán por ti, recuerda que ayer quedamos en eso.
-Pero se está acabando nuestro tiempo juntos, quisiera estar contigo todo el día Albert.
Me miró sonriendo y me pidió una vez más que me quedara en la cabaña.
-Yo también quisiera estar cada minuto del día contigo, pero debo trabajar por lo menos unas horas. No demoraré mucho, lo prometo. Mientras llegan los demás aprovecha el tiempo y duerme, es temprano todavía. Esta es tu casa Candy, haz lo que quieras mientras esperas, vuelve a la cama... -con su pulgar acarició suavemente las marcas oscuras bajo mis ojos y sonrojándose al tiempo que sonreía añadió: -Lamento haber sido tan desconsiderado contigo, no te dejé descansar como era debido.
-Pues yo no lamento nada de lo que hemos hecho... -Dije junto a su mejilla abrasándolo a mi cuerpo semidesnudo y besando su cuello. -Si por mí fuera, te llevaría de vuelta a esa cama y repetiría cada una de las cosas que hicimos...
Albert sonrió y acarició mi rostro.
-¿Todas y cada una de esas cosas? -Preguntó con una sonrisa traviesa al tiempo que se acercaba a mi cuerpo y un precioso rubor aparecía en sus mejillas y frente.
-¿William Albert te estás ruborizando?
-Jajajajaja, eres una princesa, -me levantó del suelo y rodeé sus caderas con mis piernas, invadió mi boca con un beso delicioso, intenso, profundo... -mi linda hechicera, la mezcla perfecta que el Universo decidió convertir en mujer...
Besó mi frente unos segundos y yo me quedé en silencio, repasando mentalmente sus palabras, una vez más comprobé que Albert y yo estábamos conectados de una forma extraña. Se despidió diciendo:
-Pequeña... con estas despedidas me cuesta demasiado salir de aquí para ir a trabajar. No me lo hagas más difícil porque no deseo irme, pero debo hacerlo...
Noté su erección haciendo presión en mi vientre y opté por dejarlo marcharse, antes de que en verdad nos fuera imposible detenernos.
-Me apena no tener servicio de cable o internet para que te entretengas un poco. Sabes que la tecnología no es lo mío, aunque trato, no la entiendo del todo... pero no tardarán en llegar por ti. Te llamaré al medio día para comer juntos.
Cerró la puerta y me quedé en el silencio del lugar. Deseaba regresar a la habitación y seguir durmiendo, deseaba abrazar su almohada y respirar la deliciosa fragancia de su cabello impregnada en ella. Miré la cama desde la pequeña estancia y un estremecimiento de deseo invadió mi vientre al recordar todo lo que habíamos hecho ahí. Necesitaba una ducha urgentemente, me acerqué a la cama y decidí que sería buena idea llevarme esas sábanas y lavarlas. Al mirar a mi alrededor decidí que también pondría un poco en orden la cabaña. Albert no acostumbraba que alguien además de él hiciera el aseo de su hogar y sería una completa ingrata si sólo me marchaba de ahí sin ayudar ni un poco. Así que después de ducharme, como buena señora de la casa limpié y acomodé todo en esa pequeña casa.
Nunca fui partidaria de husmear en lo que no me incumbe, pero Annie me había llamado diciendo que tardarían un poco más en llegar. Así que, actuando en contra de mi ideología y mis principios, la vocecita necia en mi cabeza me incitó a abrir cajones y puertas que guardaban los secretos de un hombre que me incumbía demasiado. La voz de Conciencia me decía claramente: "Te puedes encontrar con algo que no te agrade, estás invadiendo su privacidad... es un hombre de 32 años que ya tenía una vida antes de conocerte"
Mas Curiosidad y Justificación la hicieron callar respondiendo: "¡Ella está en todo su derecho de averiguar más de Albert, él es su hombre ahora!"
Me sentía como un delincuente intentando abrir la caja fuerte ajena, no era correcto mirar, buscar... pero debido a que en toda la noche no había sabido nada más acerca de su vida me atreví a hacerlo.
Mi corazón latía aprisa, la cabeza empezaba a delatar una ligera jaqueca, pero no había tiempo para dormir ni descansar más, tiempo era lo que quería para mirar todas esas fotografías, necesitaba entender, desenmarañar todo aquello. Albert era en verdad idéntico a su abuelo o a su padre, esas fotografías eran su fiel réplica. Los hoyuelos al sonreír, el cabello, la mirada, la postura erguida con ese aire de caballero elegante de muchos años atrás, el parecido entre ellos era la cosa más increíble que hubiese encontrado en una familia. Podía haber jurado que se trataba de la misma persona, pero eso era imposible.
Seguí observando, perdiéndome en ese mundo de recuerdos ajenos y fechas impresas en alguna esquina de esas imágenes; de 1918 a 1930 encontré gran cantidad de imágenes, personas de otro tiempo, firmas, postales con mensajes en la parte posterior y cartas, muchas cartas en un papel amarillento que no me atreví a leer, que con cuidado tocaba apreciando todavía en algunas los restos del sello que en otra época había resguardado la privacidad de cada una de ellas. Eso era demasiado personal y enterarme de los secretos románticos de los padres o abuelos de Albert no era mi propósito.
Me dolió el pecho como si una presión intensa oprimiera mis pulmones, sentía que el aire comenzaba a faltarme cuando observé la imagen de ellos dos a la entrada de esta misma cabaña, abrazados, besándose. ¿Por qué sentir celos de un abuelo? definitivamente debía estar loca al ponerme celosa por el abuelo de Albert. Alguien que con seguridad ya no existía más que en fotografías... Mi corazón latió desbocado cuando vi la imagen de la abuela en blanco y negro, era una imagen ya muy gastada por el paso del tiempo, las orillas del papel carcomidas, la imagen con cuarteaduras en la impresión, pero no por eso menos nítida.
Era ella, la abuela también en otra fotografía, fabricando esa misma cortina de bambú que canturreaba alegre cada vez que entraba yo a ese mismo cuarto... ella sonriendo mientras la propia sonrisa se me esfumaba al notar que éramos ambas como dos gotas de agua. El vuelco en mi corazón no me dejaba pensar claramente, me dolía el pecho al encontrarme con una mujer idéntica a mí en esa imagen.
Mirar sus fotografías había sido demasiado para mí, estaba temblando, no pensaba ni actuaba con calma. Y es que una cosa era pensar en que el hombre perfecto había llegado a mi vida de manera fortuita, y en efecto así era... pero sin poder evitarlo tenía la impresión de sentirme engañada al ser la viva imagen de un antepasado suyo, ¿y si sólo por eso estaba conmigo? ¿y si por mala jugada del destino, nosotros dos éramos familia? todo empezaba a darme vueltas, si bien nunca conocí a mis padres biológicos, era imposible que alguien me fuese a abandonar desde Brasil hasta los Estados Unidos, y Albert... ¿acaso él era mi pariente?.
-¡No, eso nunca! -Me dije a mí misma tratando de convencerme que estaba dejando llegar a mi imaginación demasiado lejos.
Guardé todo en el lugar de donde había sacado los retratos, habían muchos más en esa caja de madera. Traté de calmarme y pensé en alistarme para salir de ese lugar. Esperaría afuera por los chicos en vista de que no había podido mantener mi curiosidad al margen y ahora estaba con mi mente llena de dudas. Fui a la habitación por mi bolso y mis cosas, la cortina se enredó en mi cabello y traté de retirarla con cuidado pero se me cayó encima. Ahora todo era un caos, más cosas que reparar antes de irme...
Al terminar de sujetar la cortina a la pared, encontré un espacio detrás de un armario. Albert conservaba cuidadosamente envueltos en papel y telas unos retratos al óleo en donde aparecía la misma mujer de las fotografías. Las pinceladas llenas de color, el detalle del brillo del sol en esos ojos que parecían mirarme a través del lienzo.
Me atreví a rozar con mis dedos su rostro, esa de ahí era yo, no había duda de eso.
Y para entonces no pude evitar las lágrimas, sin entender nada de lo que estaba pasando, recordé de pronto la fotografía del restaurante, también aquél anciano amable que me había mirado con tanto asombro:
"No me hagas caso, te pareces mucho a alguien que conocí hace tanto tiempo... a menos que ya me haya muerto y esté en el cielo... Es mucho el parecido, pero aunque no estoy loco ni senil, creo que los años me están haciendo ver cosas que no son del todo ciertas. Hasta en las pequitas son iguales... pero eso es imposible... como sea, ha sido un gusto estar frente a un ángel como tú, niña"...
Y era cierto, las mismas pecas, las mismas facciones, las mismas expresiones, sonrisas y gestos.
Esa mujer me miraba desde otro lugar, lanzándome una muda advertencia por estar ahí, tratando de decir tanto y sin poder decir nada al mismo tiempo.
En una de esas pinturas iba ella caminando a la orilla de la playa, miraba su abultado vientre al tiempo que sus manos lo acariciaban con ternura, el viento hacía volar su cabello y un vestido largo hasta la pantorrilla... su sombrero, un intenso déjà vu me sacudió cuando recordé aquel sueño; era el mismo sombrero que encontré aplastado en el sofá durante mi sueño. Esa misma ropa yo la vestía el día que me encontraba en la elegante mansión, en ese sueño en que Albert me había ignorado y había pasado de largo junto a mí. Las olas juguetonas estaban fielmente plasmadas en cada pincelada, parecían querer abrazar los pies de ella, como tratando de jalarla y llevársela al interior del mar. Casi podía sentir la brisa marina golpear mi rostro con su olor salado, el viento jugando con mi cabello tal como en la pintura podía apreciarlo.
Su cabello era exactamente igual al mío... su cuerpo como el mío, mi sonrisa era la suya, el color de mis ojos que mamá Pony siempre había comparado con el verde de mi amada colina, también eso ella lo tenía.
Me resultó impactante encontrar las pinturas que Albert celosamente resguardaba detrás de ese viejo mueble.
Era todo aquello como ver mi propio reflejo, como si Albert hubiese encontrado en mí a esa persona que seguramente era un familiar muy querido para él. Un profundo dolor en mi corazón me indicaba que era momento de detenerme y no seguir buscando lo que no se me había perdido. ¿Qué era todo eso? ¡Dos personas exactamente idénticas a Albert y a mí! El mareo constante me estaba intensificando la jaqueca. Pronto se convertiría en una migraña a ese paso.
Empezaba a molestarme, con un enfado creciendo en mis entrañas terminé de arreglarme. ¿Qué pretendía Albert? ¡¿Era mi parecido con su ancestral pariente lo que le había hecho mirarme, hablarme, rescatar mi maldita sandalia?! ¡Maldito sea si sólo se había burlado! arrojé con fuerza mi bolso a través de la cortina y volví a tirarla. Pero esta vez no me importó y no regresé a repararla.
Tuve miedo, de que este tiempo entre los dos no hubiese sido mío, de que todo lo que había sucedido entre nosotros hubiese sido producto de alguna patología mental o algún juego a causa de un morboso parecido. Mis sienes latían con fuerza y la confusión me hizo tumbarme de dolor en la alfombra de su estancia. No estaba hurgando con algún oscuro propósito, juro que no había sido intencional el tratar de limpiar el polvo en los rincones de algunos muebles... el tratar de conocer más del hombre que me había robado el corazón. Aunque sí había sido curiosidad abrir ese cajón donde había guardado su argolla de matrimonio y de ahí abrí los demás cajones y puertas para que la verdad saliera a golpearme en la cara. Una verdad que estaba tejiendo yo sola, porque Albert no estaba conmigo para aclararme nada.
Esta vez dolía más, muchísimo más que Antoine y todas sus mentiras. Después de un buen rato limpié mis lágrimas y traté de recomponerme el rostro con un poco de hielo de la nevera para bajar la inflamación en mis párpados. Devolví todas aquellas pinturas a su lugar después de envolverlas lo más parecido a como las había encontrado, acomodé todo lo que había sacado antes de que llegaran por mí sin dejar una sola pista de mis descubrimientos. Justo después escuché el llamado a la puerta.
-Buen día señora Andrew... -Bromeó mi amiga con una sonrisa pícara en su rostro, -Tenemos muchas cosas por hacer... y que contarnos. -dijo lo último muy cerca de mi oído con una risita que delataba la alegría en su vida. -Almorzaremos juntos y haremos algunas compras antes de devolverte a tu amor...
-Sí, vamos... -Miles de pensamientos y dudas se agolpaban al mismo tiempo en mi cabeza, miré a Stear y Archie de pie frente a mí, ellos y Patty me observaban como tratando de averiguar que había sucedido conmigo. Si como me sentía, me veía, entonces está de más suponer la preocupación en sus caras.
Intenté bloquear los pensamientos y cada una de las palabras de amor que Albert me había dicho horas antes... antes de salir miré la cortina de bambú en el suelo sintiendo en el centro de mi pecho una tristeza tan grande y densa como la bruma de los secretos que envolvían todo alrededor de Albert.
Y así sin decir nada me despedí de esa cabaña, no sabía si volvería a pasar la noche en ese lugar, no estaba segura de querer encontrarme con Albert de nuevo. Cerré la puerta tras de mí al igual que estaba cerrando un capítulo de posibles mentiras o mejor dicho: verdades ocultas. En mi mente latía con fuerza la posibilidad de que todo lo que había sucedido fuese simplemente un desliz de verano, algo que no trascendería más allá de sexo meramente casual. Mis vacaciones estaban terminando, y el sueño estaba llegando también a su fin.
-¿Estás bien? -Annie tomó mi rostro entre sus manos, me observó con su mirada preocupona apenas cerré la puerta detrás de nosotros.
-Sí, todo está bien... -Respondí fingiendo una sonrisa y tomando el aire fresco que al fin regresaba a mis pulmones. Sentía las miradas en mí y el mutismo de los amigos de Albert era algo que tampoco dejaba de inquietarme. A cada paso que daba alejándome de la cabaña, algo se iba rompiendo en mi interior, no quería pensar pero era imposible no hacerlo, y me odié porque precisamente como consecuencia de no pensar había llegado hasta este punto... quizás Albert no era ni remotamente lo más parecido a un hombre perfecto; alguien que guardaba tantos secretos no podía serlo...
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CONTINUARÁ...
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Pensaba empezar a develar los secretos que Albert esconde, aunque algunas de ustedes ya van muy encaminadas por donde va la cosa. Jejeje, son super analíticaaasss! Quiero asombrarlas con una historia de repente medio mafufa y andaaaaa! las leo y ya se lo saben todoooo! así no juego :(
Con lo que sigue el capitulo iba a quedar super largo y preferí dividirlo, por eso les adelanto esto y de paso no hago tan tedioso un capituloteee! (aunque confieso que a mi me encantan muy extensos, creo que no a todas las personas les gustan, pero bueno, ya me dicen si me equivoco)
Gracias!
Dina, Guest, Adoradandrew, Only D, Kata78, Loreley Ardlay, elbroche, moonlove86, Enamorada, pivoine3, Venezolana López, Stormaw, Ana, MadelRos.
No está de más decirles que cada review suyo me alegra el corazón, algunos como aburridos por la historia, otros confundidos, otros analíticos y super detallados, otros buena vibra, pero ninguno que me haya dejado con cara de... chin, para que escribooo.
Jajajaja, porque hermosas, con el tiempo una aprende que escribir es para una misma principalmente. Si lo que invento les gusta mi corazón se alegra, pero confieso que principalmente lo hago por mí.
Trataré de subir lo que sigue muy pronto, le falta edición y por eso estaba deteniendo todo lo demás.
Les recomiendo muchísimo leer a Only D, ella es del Fandom Rose of Versailles. Es un encanto de persona y un talentazo de escritora! Mis respetos mi bella Dayiii!
