IX. Inocente enamorado

La nota que Hermione le dejó junto a la tostadora de pan consiguió que se desternillara de la risa.

"Pansy, sobre la mesa está la llave del coche de tu amigo Malfoy. Anoche se atrevió a llegar a horas intempestivas y con un horripilante tufo a whiskey. Quiso despertarte para hablar de no sé qué historias pero yo se lo impedí, se enfureció y como no quiso hacer caso a mi recomendación de no conducir borracho, le robé las llaves y tuvo que subir a un taxi.
¿Serías tan amable de dárselas? Porque a mí no me apetece verlo y como se fue bastante enfadado, dudo que sea ni un poco amable conmigo.
Muchas gracias, me haces un gran favor.
Hermione."

Imaginarse el rostro iracundo de Draco y su inestable equilibrio mientras subía obligado a un taxi, era lo más divertido que había ocurrido en los últimos días. Así que como le debía a Hermione el hecho que aquella mañana, nada más levantarse, le arrancase una sonrisa, Pansy no tuvo reparos en llevar a Draco la llave de su lujoso deportivo de color negro.

El joven se encontraba en su despacho acompañado de un terrible dolor de cabeza. Sus ojos, de un pálido gris más pálido que nunca, estaban inyectados en sangre y su tez lívida y ojerosa, le daba un aspecto enfermizo. Le había prohibido a su secretaria que le pasase llamadas y que nadie visitase su despacho. Su aspecto era tan deplorable que no consentiría que hiciesen algún comentario al respecto. Aún estaba muy enfadado con aquella mujer de pelo indomable y por más que trataba de apartar de su mente la agria sensación de saberse vencido por ella, debía admitir que, esta vez, se había salido con la suya.

—Una y no más —se dijo. Su propia voz resonó dentro de su cabeza como si estuviese ampliada por un megáfono de dimensiones desproporcionadas.

Apenas eran las diez de la mañana y no creía que pudiese soportar el resto de las horas que le quedaban allí. Sobre su mesa, abierto por una de las páginas centrales, reposaba el dossier del caso de Vincent Crabbe. Faltaban sólo dos semanas para que comenzara el juicio y aún no sabía cómo demonios iba a defender a aquel hombre. Era tan absurdo pensar que podría ganar aquel dichoso juicio, tan iluso creer que sin usar estrategias ilegales evitaría que Vincent acabase entre rejas, que lo único que deseaba era hacer añicos todo aquel papeleo y prenderle fuego. Su fracaso estaba a punto de hacerse una realidad. Debería hacer caso a su padre, tirar de cheques y ganar, aunque eso le repatease las entrañas, porque de esa forma no sería él quien ganase el caso, sino su cartera y su apellido.

Hundió su cabeza entre las manos dejando que su liso cabello se colase por sus dedos y cayese como una cascada de sol a través de ellos. Le explotaría la cabeza si seguía pensando y no desea pensar más.

—Debe ser espantosa tu resaca.

Draco levantó con tanto énfasis la mirada hacia la persona que se había atrevido a interrumpir su autocompasión, que percibió un agudo dolor dentro de las cuencas de sus ojos, como si le tirasen con fuerza y sin piedad de los nervios oculares. Maldijo por la bajo a Pansy y a su inesperada llegada. La joven, que había escuchado perfectamente las palabras malsonantes de su amigo, ignoró aquel comentario desagradable y caminó hacia él, mostrándole la llave de su coche que balanceaba de un lado a otro en su mano.

Draco trató de abrir los ojos sorprendido pero no lo logró porque volvió a notar aquel insoportable dolor. Pansy pudo observar el lamentable estado que presentaba su amigo, chasqueó la lengua mientras le dedicaba una severa mirada de reprobación.

—Tú no, Pansy, ya tuve bastante anoche con esa.

—Esa, como la llamas, hizo lo correcto. ¿Qué habría pasado, eh? Imagina que te hubiese ocurrido algo, o peor aún, que hubieses hecho daño a alguien. Ahora estarías en el hospital o metido en un buen lío. Hermione hizo muy bien en robarte la llave.

Los reproches de Pansy y escuchar nuevamente el nombre de aquella mujer, le hicieron sentir nauseas. Su palidez aumentó, Pansy lo percibió inmediatamente y, por ello, decidió dejar se sermonearlo.

—¿Qué fue esta vez, tu padre, Astoria, Crabbe? —le preguntó mientras depositaba la llave del coche sobre el escritorio de Draco.

—Todos. No puedo con esto, Pansy. No quiero hacer lo que mi padre me obliga a hacer, no quiero casarme con Astoria; me gustaría hacer la maleta y largarme de esta maldita ciudad.

La voz de Draco era apagada y parecía muy cansada, Pansy sintió una fuerte opresión en el pecho; realmente su amigo estaba mal y ella no se había dado cuenta de ello. Estaba tan metida en sus propios problemas que no se paró a ver que Draco también los tenía y algunos, mucho más peliagudos que los de ella.

—Lo siento, Draco, siento no haber estado estos días para escucharte.

—Sí estabas, anoche estabas, pero esa idiota no me dejó verte —escupió con los dientes apretados.

—Hermione actuó pensando en que me hacía un bien, no la juzgues tan severamente.

—Está bien, no quiero hablar de ella, logra que me hierva la sangre y termine haciendo o diciendo cosas que ni se me ocurriría hacer en mi sano juicio.

—¿Qué cosas? —Pansy entrecerró un ojo y frunció el ceño con desconfianza. Sabía del carácter a veces agresivo de su amigo y comenzó a temerse lo peor—. ¿Le hiciste algo a Hermione?

Draco volvió a palidecer, de ninguna de las maneras iba a contarle a Pansy que estuvo a punto de besar a Hermione, ni que deseó hacerlo; no, no iba a contar a nadie aquello, ni siquiera a ella.

—No pasó nada —mintió—, pero la próxima vez no voy a contenerme tanto. No le permitiré que haga de mí lo que quiera, no lo ha hecho ninguna mujer hasta ahora y no lo hará ella, te lo aseguro.

—Te tomas demasiadas molestias con Hermione, a ella le importas menos que nada, así que no te esfuerces en caerle mal, no te soporta.

Mientras pronunciaba aquellas palabras, Pansy se alejó de la mesa y caminó hacia la puerta del despacho.

—¿Te vas?

—Yo también tengo trabajo —comentó con una sonrisa. Y luego, poniéndose más seria, añadió—. Draco, cuídate un poco, no quiero que te pase nada, ¿de acuerdo? Si sigues así terminarás enfermando. Ven a casa esta noche, Hermione saldrá a cenar con Charlie, escuché como lo hablaban ayer, por lo visto, él ha decidido quedarse por más tiempo, dice que Londres le gusta mucho.

—Si es así, entonces iré.

Ante la respuesta positiva de su amigo, Pansy le regaló una sonrisa antes de marcharse y luego, el dolor de cabeza de Draco regresó mucho más fuerte que cuando se despertó aquella mañana.

No sabía muy bien por qué, tal vez por la anécdota de Draco, Hermione y las llaves de un coche, pero lo cierto era que Pansy estaba de mejor humor, por esa razón, decidió caminar un poco. El edificio donde trabajaba no estaba muy alejado del despacho de Draco. Durante el trayecto tuvo tiempo para pensar. La brisa fresca, el murmullo de la gente a su alrededor, el ruido monótono de los coches circulando por las calles de Londres, le venía muy bien para dejar a un lado el silencio y la soledad de aquellos últimos días. Todo el mundo le decía que debía hablar con Blaise y en su interior, ella sabía que era lo correcto, pero tenía miedo; un miedo atroz a tenerlo frente a ella y a que sus palabras, su voz y su cuerpo le nublase los sentidos y terminase cediendo demasiado rápido. No quería equivocarse. Nott también estaba en sus pensamientos, pero la pasión que sentía por Blaise podía borrarlo de un plumazo de su mente y, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, no deseaba que eso sucediese.

Tan sumida estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta de que un coche pasó demasiado cerca de ella y de un charquito de agua, salpicando las gotas del turbio líquido por todos lados incluyendo el pantalón de Pansy. Ante la frialdad del agua, la muchacha volvió en sí, nombró de muy malos modos a la madre del conductor y trató de sacudirse el agua, comprobando como las gotas habían dejado marcas inmundas en los bajos del pantalón.

—Creía que no iba a alcanzarte nunca.

Todos, absolutamente todos los vellos del cuerpo de Pansy se pusieron en pie. Aquella voz jadeante lograba que se estremeciese de pies a cabeza. Se giró lentamente sólo para asegurarse que no estaba equivocada y así fue. De pie, frente a ella, Blaise Zabini la observaba con su penetrante mirada oscura, parecía sonreír, pero su mueca era tensa y expectante.

—¿Me estás siguiendo? —tembló su voz levemente al formular la pregunta.

—Era la única forma de poder hablar contigo. Llevo días apostado en la puerta de tu casa esperando una oportunidad ¿Por qué no me has contestado al teléfono?

—Es obvio, ¿no? No quiero hablar contigo…

—Pero Draco, él sabe la verdad. Creía que te lo había contado.

—Y lo hizo —le interrumpió sin ningún tipo de cortesía.

—¿Y no te basta con saber lo que realmente ocurrió? —cuestionó con un deje de desconcierto en su tono de voz.

Pansy trató de no dejarse llevar por la sombra de tristeza que surcaba el rostro de Blaise.

—Debiste habérmelo dicho entonces.

—Quería protegerte. Créeme, Pansy, si lo hubieses sabido habrías insistido en acompañarme y yo no lo hubiese permitido. No habría puesto en peligro tu vida en ningún caso.

—Dejaste que pensase de ti lo peor, me echaste en brazos de otro hombre y ha conseguido que casi me olvide de ti.

—Casi… ¿Has dicho casi? Entonces no me has olvidado. —Agarró con fuerza el brazo de Pansy.

Ella no contestó porque era cierto, no había podido olvidarlo, pero tampoco estaba segura después de su relación con Nott, que lo amase tanto como cuando se fue.

—Suéltame —exhortó con una leve sacudida para liberar su brazo de la firme mano de Blaise.

—¿Qué necesitas? No sé qué más hacer para que vuelvas conmigo.

—Tiempo, Blaise. Nott se apartó de mi vida para que pudiese aclarar mis ideas, haz tú lo mismo.

—No puedes pedirme eso, he estado apartado de ti demasiado tiempo. —Sus ojos brillaban más que nunca mientras miraban con fijeza a la mujer que tenía delante de él y que se escapaba de sus manos.

—Lo siento, pero no puedes regresar de la noche a la mañana y esperar que todo sea igual que antes. Tuviste tus motivos para marcharte y los entiendo, lo que nunca entenderé es que no me dieses la opción de poder elegir. Y de haberlo hecho, tú y yo no estaríamos manteniendo ahora mismo esta conversación. Te habría seguido al fin del mundo, Blaise, y nada me hubiese importado, ni siquiera la muerte.

Diciendo eso, Pansy no dio lugar a réplicas, se giró y comenzó a caminar rápidamente tratando de evitar que Blaise se atreviese a seguirla . Pero el joven no tuvo intención de correr tras ella y se quedó inmóvil, observando como la mujer de su vida se alejaba de él y no podía hacer nada para evitarlo. Resopló con desesperanza, pero no iba a resignarse. Había esperado demasiado tiempo para volver a estar junto a ella y ni sus dudas, ni Nott, ni ninguno de sus reproches conseguiría que desistiese de su empeño en volver a sentir entre sus manos aquella piel suave, tersa y perfumada de la única mujer que había amado y aún seguía amando.

Hermione paseaba de un lado a otro en su despacho, no podía dejar de caminar. A veces se paraba junto a la ventana, observaba por un instante la calle húmeda de Londres y después, reanudaba su caminata sin sentido. Ernie comenzaba a ponerse un poco nervioso viendo como su jefa era incapaz de serenarse. Cuando sonaba el teléfono se lanzaba sobre él como una posesa y tras comprobar que no era la llamada que deseaba recibir, dejaba que Ernie la contestase con la mayor de las paciencias. En un par de ocasiones llamaron a la puerta del despacho; en una de ellas se trató de la secretaria —más papeleo que a Hermione, en ese instante, le traía sin cuidado— y la segunda vez fue Remus, para averiguar si habían recibido noticias, Hermione sintió enormemente no haber podido contestar afirmativamente a esa pregunta.

Por fin, a eso de las once de la mañana, el teléfono sonó y la sonrisa que Hermione mostró al contestar a su interlocutor le dio a entender a Ernie que las pruebas sobre las huellas de Goyle estaban listas. No hizo falta que Hermione le dijese nada, se puso en pie, se colocó su abrigo y antes incluso de que ella hubiese colgado el auricular del teléfono, el joven ya salía por las puertas en dirección a la comisaría para recoger el informe del laboratorio.

Hermione avisó a Remus y a Sirius de la noticia y juntos esperaron la llegada del joven Macmillan con impaciencia. Tuvieron que aguardar casi una hora hasta que por fin, pudieron ver los bucles rubios de Ernie asomar por la puerta del despacho de Hermione. Ésta, sin darle siquiera tiempo a que dijese nada, le arrebató el informe de las manos, abrió con ímpetu el sobre y leyó su contenido, dejando entrever una sonrisa cuando dijo.

—Lavender nos ha dicho la verdad, las huellas del frasco son de Goyle.

Todos se miraron unos a otros con satisfacción; la voz sensual y masculina de Sirius se oyó firmemente en medio de aquel silencio.

—Seguimos teniendo caso, muchachos, vamos a meter a ese hijo de perra en la cárcel.

Hermione sonrió ampliamente, no esperaba otra respuesta. Confiaba en que sus jefes decidieran emprender la acusación contra el "respetable" doctor Gregory Goyle.

—Aún no queda muy claro por qué la habitación de aquel motel estaba repleta de huellas de Crabbe, pero supongo que todo eso se aclarará durante el juicio de Goyle. —Remus pronunciaba esas palabras mientras echaba un vistazo al informe. Luego prosiguió—. Hay que llevar estos papeles y la grabación de la declaración de la señorita Brown a Malfoy e informarle de nuestro cambio de parecer con respecto al caso. Supongo que para él será un gran alivio; Crabbe no irá a la cárcel, ¿no era eso lo que quería?

—Yo lo haré —propuso Hermione con decisión.

—¿Estás segura? —inquirió Sirius frunciendo el ceño—. Podría ir Ernie.

—No, quiero hacerlo yo —reiteró la joven. Y agarrando el informe, lo metió en el sobre y éste en su maletín, se puso su abrigo y salió disparada del despacho ante la mirada atónita de los tres hombres.

Tardó en llegar al despacho de Draco mucho más de lo deseado; un indigente en medio de una gran borrachera, se había caido a las vías del metro y estuvo a punto de ser atropellado, eso causó un gran revuelo y el retraso de aquel medio de locomoción. Los transeúntes que no pudieron esperar a que todo en el metro volviese a la normalidad, optaron por subir a los taxis que circulaban por la ciudad haciendo, de este modo, que parar uno fuese para Hermione una misión casi imposible.

Con peor humor que nunca y pasado ya con creces el mediodía, entró decidida por la puerta de las oficinas del edificio donde los Malfoy tenían ubicado su prestigioso bufete de abogados. Una mujer, apostada detrás de una mesa y con gesto agrio, alzó la vista nada más tuvo constancia de la presencia de Hermione.

—¿Quería usted algo? —Su voz quiso sonar amable pero no lo consiguió.

—Busco al señor Draco Malfoy, es urgente, necesito que me reciba ahora mismo.

La mujer alzó las cejas, perpleja ante la falta de cortesía de Hermione, paseó sus ojos saltones por la anatomía de la joven y luego añadió sin pretender, esta vez, aparentar amabilidad.

—El señor Malfoy no se encuentra en su oficina, salió a almorzar y dijo que no regresaría hasta mañana por la mañana, así que no puedo ayudarla.

—¿No está?

—Y no piensa volver hasta mañana —repitió la mujer con aire impaciente.

Hermione estaba desconcertada, pero no iba a darse por vencida, hablaría con Draco ese mismo día a como diera lugar.

—¿Tiene idea de adónde pasará el resto del día?

—Una vez que el señor Malfoy sale de este edificio no es de mi incumbencia dónde pasa el resto de su tiempo y de saberlo, probablemente no creo que tuviese permiso para decírselo. Así que, una vez más, lamento no ser de mayor ayuda. Buenos días.

Hermione abandonó el edificio mucho más malhumorada que cuando entró. Si Malfoy supiese qué contenía la carpeta que guardaba dentro de su maletín, la recibiría en aquel mismo momento, pero ahora no sabía cómo comunicarse con él y no deseaba dejar que un inocente pasara más tiempo dentro de la cárcel. Sin pensárselo dos veces, agarró su teléfono móvil y llamó a Pansy con la esperanza de que Draco estuviese con ella, mas no tuvo éxito, su compañera de piso estaba sola. Sin preocuparse de que Pansy le pidiese explicaciones, Hermione le pidió la dirección de la Mansión donde Draco vivía junto a su familia. Pansy, aunque algo reticente por el repentino interés que Hermione parecía mostrar por Draco, no dudó en proporcionarle aquella información. Y de esa forma, Hermione se encaminó hacia el hogar de los Malfoy.

Tras la repentina decisión de quedarse algún tiempo más en Londres, había oculta una razón. Charlie, a pesar de que su cuñada le insistía una y otra vez que todo estaba bien, intuía que aún sufría demasiado por la muerte de su hermano y saberla allí sola, entre desconocidos, le partía el alma. El hecho de ser un aventurero, de ser su propio jefe, le daba ciertas ventajas que no iba a desaprovechar y aunque no había decidido cuánto tiempo tardaría en marcharse de la ciudad, sí estaba seguro que no lo haría antes de ver a Hermione afrontar la vida, asimilando, de una vez por todas, la ausencia de Ron. Para todos había sido un duro golpe, pero ya era hora de comenzar a superarlo, por muy difícil que pareciese.

El café que le habían servido se enfrió demasiado rápido, por eso aumentó los intervalos de sus sorbos. Le gustaba disfrutar de una buena taza de café después del almuerzo, sin prisa, degustando su aroma y exquisito sabor, por ello, que el contenido de su taza hubiese dejado de estar caliente en tan poco tiempo, había conseguido molestarle un poco más de lo que normalmente le fastidiaban las nimiedades de la vida. Dejó la taza, a la que aún le quedaban algunos sorbos, sobre el pequeño plato de porcelana blanca y resopló. Al hacerlo, el inquieto y rebelde mechón de cabello rojizo que solía resbalar hacia su frente, se elevó ligeramente hasta volver a la misma posición. Charlie levantó la mano para llamar la atención de la joven camarera que le había servido el café y frotó levemente los dedos para indicarle que deseaba que le extendiese la cuenta. La muchacha lo entendió a la perfección y desapareció tras la barra de la cafetería, probablemente en busca de la minuta. Mientras seguía con la mirada a la camarera, sus azules ojos se detuvieron en un rostro de mujer, que a priori le pareció bastante conocido. La joven en cuestión tenía un largo cabello de color azabache sutilmente ondeado en las puntas, sus ojos aguamarina y su tez blanca y perfecta, consiguieron que aún estuviese más seguro que alguna vez en su vida había visto aquel hermoso rostro. Entonces, ella se giró y sus miradas se encontraron, la muchacha le sonrió y tras decir unas palabras al grupo de amigas con quienes compartía un té, se puso en pie y caminó hacia Charlie.

—No esperaba encontrarte aquí. —Su voz sonó dulce pero con carácter.

—¿Nos conocemos, verdad? —Charlie no era hombre de andarse con rodeos y quería saber, de una vez por todas, donde había visto a aquella mujer.

—Pues sí —contestó ella frunciendo un poco el ceño—, sólo nos hemos visto una vez en el apartamento de Pansy, durante un cumpleaños que no fue precisamente una gran fiesta.

Aquella explicación fue suficiente para que Charlie pudiese recordarla. Ahora ya sabía que ella era la hermosa joven que acompañó a aquel abogado arrogante y maleducado en la celebración.

—Por supuesto —dijo casi en un susurro—, sabía que te conocía. No es fácil olvidar un rostro así.

Una sonrisa engreída apareció en los labios de Astoria, carraspeó un poco antes de preguntar.

—Yo podría reconocerte a leguas, tienes un color de cabello poco usual. —El comentario de ella no pareció molestar a Charlie, que se limitó a reír un poco. Astoria prosiguió con tono altivo—. Lo que soy incapaz de recordar es tu nombre.

—Charlie Weasley. ¿El tuyo era…? —La joven abrió la boca para contestar pero el pelirrojo no la dejó hacerlo y concluyó—. Astoria.

—Eres asombroso, no recuerdas dónde nos conocimos pero si te acuerdas de mi nombre.

—Nunca olvido un nombre y aún menos si este lleva un rostro hermoso asociado a él.

El comentario de Charlie consiguió arrancar una suave pero petulante risa de los labios de Astoria.

—No me gustan los hombres que son tan aduladores.

—No te equivoques, no te adulaba. De nada sirve el halago cuando algo es tan evidente, debes estar acostumbrada a que te digan lo hermosa que eres.

—Su cuenta, caballero.

La camarera interrumpió la conversación de los dos jóvenes. Charlie sacó de su cartera unas monedas y se las dio a la muchacha, que agradecida se marchó dejándolos a solas nuevamente. Después de las últimas frases de Charlie, Astoria había quedado un tanto perturbada, parecía que aquel pelirrojo de aspecto desaliñado estaba tratando de seducirla. Nada más lejos de la realidad; el joven, al notar lo violento de la situación, terminó por aclararla sin demasiadas florituras.

—No te sientas incómoda, no me interesas en lo más mínimo y no he sido yo quién me he acercado a tu mesa. Te agradezco que hayas aclarado mis dudas respecto al hecho de que me sonara tu cara, pero temo que no nos veremos tan asiduamente como para que en algún momento me puedas interesar. Eres muy bonita y miles de hombres estarían a tus pies con el simple chasquido de tus dedos, yo no seré uno de ellos. Así que no te preocupes, que no trato de seducirte, sólo me pudo la curiosidad.

Y ante la mirada perpleja de Astoria, aquel hombre —que superaba el metro ochenta de estatura— se puso en pie y se alejó de ella abandonando la cafetería, no sin antes regalar una de sus irresistibles sonrisas al grupo de amigas de la joven, que no habían quitado el ojo de ambos durante la breve conversación.

Aún se preguntaba a sí mismo por qué no había almorzado solo, en algún restaurante de la ciudad, cualquier lugar era mejor que compartir mesa con tía Bellatrix y sus incisivos comentarios. Pero se sentía tan mal por la estúpida resaca que lo único que deseaba era estar en su casa, metido en su habitación dejando pasar las horas. Por esa razón, después del almuerzo, Draco subió a su dormitorio, se desprendió de su ropa formal que tanto le asfixiaba y se vistió con un pantalón de chándal y una camiseta. A continuación, se tumbó bocarriba sobre la cama con la mirada clavada en el techo dispuesto a no hacer nada más que eso hasta la hora de la cena. Pero como las cosas nunca salen como se planean, cuando apenas llevaba quince minutos mirando fijamente el techo de su habitación, tocaron a la puerta. Con una especie de gruñido, Draco le dio permiso al mayordomo de la mansión para que entrase.

—Tiene una visita, señorito.

Draco resopló, no deseaba ver a nadie, no quería saber de nadie.

—Si es Astoria dile que no me encuentro muy bien, que la llamaré más tarde —ordenó con desdén.

—No se trata de la señorita Greengrass, sino de otra mujer que insiste en hablar con usted por un asunto muy delicado y urgente.

El joven se incorporó levemente apoyándose sobre los codos para ver mucho mejor a su regordete mayordomo.

—¿Quién es? —inquirió secamente.

—No la he visto por aquí nunca, señorito, su nombre es Hermione Granger.

De un salto, Draco se puso en pie mirando inquisitoriamente al mayordomo que, un poco intimidado, dio un pequeño paso atrás.

—¿Qué diablos hace ella aquí? —El mayordomo no contestó y esperó pacientemente a que Draco le diese algún tipo de orden. El joven paseó un poco por la habitación, farfullando insultos e improperios y de repente se detuvo frente al empleado y le indicó con voz grave—. Hazle pasar al despacho de mi padre, bajaré enseguida.

El mayordomo realizó una suave reverencia con la cabeza y se marchó. Draco estaba muerto de la curiosidad y ese era el motivo principal por el que había decidido recibir a Hermione. Algo gordo se traía aquella joven entre manos para atreverse a buscarlo precisamente en su casa.

Hermione pasó dentro del despacho, aquel lugar le daba escalofríos. Todo era tan austero y tétrico, la mansión completa, o al menos lo que había podido ver de ella, le inspiraba de todo menos calor de hogar. El mármol que cubría los suelos era tan negro como una noche de luna nueva y su brillo casi deslumbrante lo volvía frío como el hielo. Todos los muebles de aquel despacho debían ser de caoba y estaban decorados con enrevesados grabados dándole un aspecto medieval. Las paredes, empapeladas en tono burdeos, no daban luz a la estancia y la dejaba entre tinieblas. Hermione sintió un temblor recorrer su cuerpo de pies a cabeza. Decidió esperar a Draco de pie, le daba la sensación que en cualquier momento un vampiro o alguna otra criatura tenebrosa, saldría de detrás de las estanterías o del escritorio y se abalanzaría sobre ella; le sería más fácil huir de allí a todo correr si se mantenía de pie.

Draco la hizo esperar un poco, simplemente por fastidiarla, y cuando llevaba casi veinte minutos aguardándolo, el joven apareció. Su pálida piel y su rubio cabello parecieron dar luz a la sombría estancia.

—Eres la última persona a la que me apetecía ver hoy. Espero que sea muy importante lo has venido a decirme, no estoy de humor para estupideces.

Hermione rodó los ojos; cuando pensaba que Draco no podía ser más soez, él abría la boca.

—No te preocupes, cambiarás de humor cuando sepas lo que venido a enseñarte.

Draco caminó delante de ella sin apenas dirigirle la mirada y se sentó en la silla de su padre, tras el escritorio. Hermione pudo observar el aspecto un tanto desaliñado y opacado del muchacho, aquel aire de andar por casa le aportaba a Draco una apariencia más aniñada. Embutido en un chándal no parecía tan feroz.

—Muy bien, empieza, no tengo todo el día —le instigó sin mostrar ningún tipo de amabilidad. Aún no le había perdonado la jugarreta de la llave de su coche.

Hermione, lejos de sentirse ofendida o intimidada, tomó asiento frente a él. Con una desquiciante tranquilidad rebuscó entre las cosas que tenía dentro de su maletín y sacó, al fin, una carpeta con documentos y un dispositivo de memoria USB.

—¿Qué es esto? —inquirió Draco incorporándose un poco para poder ver mejor lo que Hermione había dejado sobre el escritorio.

—Introdúcelo en el ordenador y escucha lo que hay dentro.

Draco, un poco reticente, agarró el USB y lo conectó al ordenador.

—Es un archivo de audio —dijo frunciendo el ceño.

—Así es, vamos escucha lo que contiene.

Se oyó…

"—Es necesario, tengo que grabarte, si no lo hago Malfoy no me creerá. Afirmas que Crabbe es inocente.
—Eso he dicho.
—Y que tienes pruebas de ello.
—Así es.
—Necesito que me cuentes cómo pasó todo, desde el principio…"

Poco a poco, Draco escuchó al completo la conversación que Hermione y Lavender mantuvieron en el salón de Luna. A medida que la grabación avanzaba, Draco daba menos crédito a lo que estaba oyendo. No podía creer que Goyle se la hubiese jugado de aquella forma. Cuando hubo escuchado todo el relato se quedó en silencio unos segundos antes de formular la primera de muchas preguntas.

—¿Quién es ella?

—Una camarera del club donde Eliza White trabajaba.

—¿Por qué debo creerle?

—Porque dice la verdad, lee esto. —Extendió hacia él la carpeta con los documentos que minutos antes había sacado de su maletín.

Draco no titubeó ni un segundo y se los arrebató de las manos comenzando a leer. Su rostro palideció de forma tan extrema que Hermione pensó que se haría invisible.

—No puede ser.

—Son sus huellas, en el frasco. No hay duda de ello —explicó Hermione a pesar de que Draco acababa de leerlo.

—No lo entiendo, ¿por qué tienes tú toda esta información? Yo soy el abogado de la defensa, no comprendo porque esa chica habló contigo y no conmigo.

Ahora fue Hermione la que comenzó a perder el color de su piel.

—Fue algo fortuito. Ella quería hablar contigo, ¿recuerdas aquella vez que coincidimos en aquel bar? Salimos juntos del local, Lavender te estaba esperando, pero te marchaste en tu coche y yo me quedé allí. Me confundió con uno de tus socios y cuando supe que su intención era revelar algo importante, no la saqué de su error. —Draco abrió los ojos desmesuradamente, nunca la creyó capaz de hacer algo tan impropio. Hermione se dio cuenta de la reacción del joven y se apresuró a justificarse—. No debí hacerlo, pero no me arrepiento, ella tenía miedo a hablar contigo, pensaba que no le creerías. Por eso buscaba alguien a quien confiar su secreto y que a la vez pudiese ayudar a Crabbe.

Draco se puso en pie, comenzando a caminar de un lado a otro por la habitación. Hermione no apartaba sus castaños ojos de él a la espera de alguna reacción, pero esa reacción se hacía esperar, hasta que la joven perdió la paciencia y fue ella la que rompió el silencio y la caminata sin sentido de Draco.

—En SIREM estamos dispuestos a retirar la acusación contra Vincent Crabbe y volcarla sobre el doctor Goyle. Eso significa que ganarías este caso, ya que tu defendido, si el juez así lo decide, quedaría en libertad.

Draco clavó sus grises ojos en la joven, Hermione frunció el ceño, esperaba otra reacción. Pensó que tras recibir la noticia de que se apuntaría una victoria más, se alegraría, sin embargo la sensación que le dejaba era todo lo contrario. El rostro de Draco continuaba lívido y aún no había sido capaz de pronunciar palabra alguna.

—Me la ha jugado, ese hijo de perra nos ha engañado a todos. Iba a dejar que condenasen a su amigo —explotó al fin.

—Fue más lejos aún, dejó que Crabbe pensase que en realidad era el asesino de White. Dejó que creyese que había matado a la mujer de la que estaba enamorado.

Draco exhaló un fuerte resoplido mezcla del desconcierto y la rabia, se pasó la mano con desesperación por la cara y exclamó.

—Tengo que ir a Pentonville, Crabbe debe saber la verdad.

Se dirigió precipitadamente hacia la puerta del despacho, con la intención de abandonarlo, pero la voz de Hermione lo detuvo en seco.

—Voy contigo.

Draco se giró hacia ella con el rostro casi desfigurado y una sonrisa irónica se dibujó en sus labios.

—De eso nada, tú no pintas nada allí.

—Pienso ir a Pentonville, además, me lo debes, si no fuese por mis dudas sobre lo fácil que era ganar este caso y enviar a Crabbe para siempre a la cárcel ahora estaríamos a punto de condenar a un inocente, cuyo único crimen fue enamorarse de alguien que no supo corresponderle.

—No te debo nada.

—Me da igual lo que pienses, no voy a separarme de ti en toda la tarde, así que tienes dos opciones, o lo hacemos por las buenas o por las malas.

—¡Maldita sea! ¿Por qué diablos eres tan terca? ¿No vas a dejarme en paz hasta que te permita visitar a Crabbe? —Hermione negó firmemente con la cabeza. Draco resopló con fuerza y añadió—. Está bien, pero sólo porque quiero que te alejes de mí lo antes posible. No te muevas de aquí, me cambio de ropa y nos vamos.

Hermione no pudo evitar sonreír cuando vio como aquel rubio arrogante salía del despacho cediendo a sus deseos. Ahora todo comenzaba a estar en su lugar, Goyle tendría que enfrentarse al peso de la ley, mientras que Crabbe saldría de Pentonville siendo inocente, un inocente enamorado.


Hola a todas y a todos, ahí os dejé un nuevo cap con todo mi cariño, espero que os haya gustado.

Gracias a todos los que leyeron el cap anterior y en especial a Niobe Malfoy, Isla de Thera, Pabel Moonlight, minako marie, nahima-chan y amynotpond, por comentarlo.

Espero poder regresar antes del 25 de diciembre, es esa mi intención.

Mil gracias, sobre todo por seguir ahí.

María.