CUATRO ESTACIONES
Por Cris Snape
Disclaimer: El Potterverso es propiedad de JK Rowling
INTERLUDIO
Sirius procuraba no prestar demasiada atención a los niños. La señora Hitchens le había pedido amablemente que la esperara en un agradable saloncito ubicada en la planta de abajo y el hombre llevaba allí un buen rato. Había tenido tiempo más que suficiente para fijarse en todos los detalles de la habitación e incluso había sentido la tentación de tocar el piano que descansaba en una de las esquinas, pero al cabo de un rato habían aparecido los niños y le habían distraído.
Procuraban pasar desapercibidos. Se asomaban por turnos a través de una rendija y podía escuchar perfectamente sus risitas y murmullos. Sirius reconoció a los pequeños Julian y Bobby y estuvo a punto de pedirles que entraran para conversar un poco con ellos, pero dudaba que a sus padres fuera a hacerles demasiada gracia. Le resultaba un poco difícil de creer que ese atajo de mocosos parlanchines y cotillas fueran familiares suyos. Desde muy pequeños, los Black aprendían a comportarse con educación y total corrección y esos críos podían ser muchas cosas, pero no eran correctos en absoluto. Tal vez por eso le caían bien.
—¿Se puede saber qué hacéis? —Incluso Sirius se sobresaltó al escuchar la voz enérgica de la anciana Isla Hitchens—. ¡Os dije que no molestaseis al señor Black!
—¡No estamos haciendo nada! —Protestó alguien. Por su tono de voz, parecía algo mayor que Julian y Bobby.
—¡Vamos! ¡Largo de aquí! ¡Id a jugar fuera!
Sirius se rió ante la multitud de protestas y, aunque los chiquillos no se veían muy convencidos con la idea de ser expulsados de la casa de esa forma, finalmente se marcharon en estampida. Sirius los escuchó correr por el pasillo de madera y se dijo que la vida en aquella granja no debía ser nada aburrida.
Cuando la señora Hitchens entró en la salita, Sirius se puso en pie para recibirla.
—Puedes renegar de tus orígenes, joven Black —Comentó la mujer con aire divertido—, pero no puedes olvidarlos.
Sirius tuvo que admitir que tenía razón porque aún era capaz de comportarse como un perfecto caballero. Cuando quería, por supuesto. Sólo entonces.
—A mí me pasa algo parecido —La anciana siguió hablando y fue a sentarse en su butaca favorita. Sirius la siguió y se acomodó a su lado—. Ni siquiera el paso del tiempo me ha hecho ser menos Black.
—Usted se llama Hitchens, señora.
—Un Black no se define por su apellido, Sirius —Isla colocó una mano sobre el pecho del brujo, justo en el corazón—. Se lleva aquí dentro.
—La experiencia me dice que el corazón de los Black está repleto de locura y oscuridad —Comentó tras unos segundos de reflexión. Isla sonrió.
—¿El tuyo también?
—Puede que el mío más que el de nadie.
Isla Hitchens le observó detenidamente durante lo que a Sirius le pareció una eternidad. Finalmente, chasqueó la lengua y agitó la varita para conjurar un juego de té y una fuente repleta de pastas.
—Todos tenemos oscuridad y locura en nuestro interior, pero algunos lo disimulamos mejor que otros —Isla le sirvió el té. Las manos le temblaban un poco, pero se le veía muy cómoda en su papel de anfitriona—. Has pasado doce años encerrado en Azkaban. Es un lugar terrible y me parece que estás bastante cuerdo dadas las circunstancias. En cuanto a la oscuridad, no me atrevo a pronunciarme, pero los Black no destacamos por ser angelitos. ¿No es cierto, querido?
Sirius sonrió y probó el té. Ya no estaba tan hambriento como el día anterior, pero le supo a gloria igual. No tardó en dar buena cuenta de un par de deliciosas galletitas que parecían recién traídas de la mismísima Inglaterra. De hecho, todo ese saloncito parecía sacado de una mansión victoriana y Sirius supuso que su anfitriona sentía cierta nostalgia de su lugar de nacimiento.
—Supongo que tiene razón. Puedo dar fe de unos cuantos familiares que están aún más chiflados que yo.
—¿De veras? —Los ojos de Isla brillaron con curiosidad. Durante un instante, pareció una niña expectante—. Como por ejemplo…
—Pues para no ir muy lejos, mi madre.
—¡Oh, las madres! Sé lo que quieres decir, querido. Mi relación con la mía nunca fue demasiado buena. Pero no hablemos de la mía, sino de la tuya. ¿Cómo se llama?
—Se llamaba Walburga. Murió cuando yo estaba en Azkaban.
—Vaya. No estoy segura de si debo ofrecerte o no mis condolencias.
—Será mejor que no lo haga. Mi madre estaba obsesionada con la pureza de sangre y pretendía que yo me uniera a las filas de Voldemort. Por eso me fui de casa. Ella se enfadó tanto que me borró del tapiz familiar y no volvimos a hablar nunca más —Sirius hizo una pausa. Por algún motivo, las palabras que iba a pronunciar dolieron incluso antes de que salieran de su boca—. Ni siquiera cuando supimos que mi hermano había muerto.
Isla permaneció en silencio. Sirius había creído que estaba perfectamente capacitado para hablar sobre aquello sin inmutarse, pero no fue así. Seguramente se debía a que estaba agotado tanto física como mentalmente, pero se vio incapaz de seguir. Por suerte, Isla lo notó puesto que le dio un golpecito compasivo en la rodilla y decidió llevar la conversación hasta terrenos menos farragosos.
—¿Dices que te borró del tapiz familiar? —Sirius asintió—. ¡Oh, sí! Recuerdo que era un proyecto familiar relativamente nuevo. Lo iniciaron los primeros Black que se instalaron en Grimmauld Place. Mi madre solía dar bastante la lata con eso. Pero dime, querido, ¿mi nombre también está borrado?
—Me temo que sí.
—Bien —Isla sonrió, aunque algo extraño y peligroso se hizo presente en sus ojos grises—. No me extraña nada. ¿Cuántos borrones hay en ese tapiz, joven Black?
Sirius hizo memoria. Phineas II, Marius, Cedrella, Alphard, Andrómeda, la propia Isla y él mismo. Todos eliminados por motivos diferentes. Los únicos Black que siempre le cayeron bien al joven y rebelde chaval que un día se largó de casa.
—Siete si nos incluimos nosotros, señora Hitchens.
—Siete ovejas negras. No está nada mal, ¿no crees? Me gustaría que me hables de todos ellos, Sirius. De los que fueron borrados y de los que aún no han desaparecido de ese árbol. Todos.
—¿Por qué? Usted lleva aquí mucho tiempo. No pensé que pudiera interesarle.
—Mi rama fue cortada de ese árbol, querido, pero no desapareció. Yo tengo mi propio árbol, uno que ha crecido fuerte y unido y por el que daría todo lo que tengo, pero eso no significa que haya olvidado mis raíces. Ahora soy Isla Hitchens, pero también soy Isla Black y siento curiosidad. Eso es todo.
Sirius la observó detenidamente. Desde niño había admirado a los borrones del viejo tapiz familiar y en su adolescencia había deseado ser como ellos. Los consideraba valientes y osados y envidió su capacidad para luchar por sus creencias hasta que un día él mismo fue capaz de pelear por lo que quería. Nunca se había planteado que alguno de ellos extrañara a los Black porque él había estado demasiado ocupado odiando a su familia como para echarlos de menos, pero esa tarde fue capaz de entender a la anciana Isla. No necesitaba conocerla demasiado para darse cuenta de que estaba siendo sincera y tomó una decisión.
—¿Podría entregarme pergamino y pluma y tintero?
—Me temo que tendrás que conformarte con papel y un lapicero. ¿Para qué los quieres?
—Tal vez no sea capaz de recordar todos los detalles, pero me resultará más fácil hablarle sobre la familia si dibujo nuestro árbol familiar antes.
Isla se rió y no tardó en conjurar exactamente lo que Sirius Black le había pedido. Aquella iba a ser una tarde muy interesante.
—A Cedrella Black la expulsaron de la familia porque se le ocurrió la idea de casarse con un Weasley. Era nieta de su hermano Phineas y mi madre siempre la tachó de ramera e inconsciente.
—¡Un Weasley! Si mi hermano hubiera vivido para verlo, se habría muerto del susto.
Sirius se rió. Llevaban más de dos horas allí sentados y charlando y ya se había dado cuenta de que Isla Hitchens era una mujer con una gran agudeza mental. Se sentía muy unido a ella, tal vez por las cosas que tenían en común. Estaba convencido de que la bruja había sido de armas tomar y lamentó no haberla conocido de joven. Hubiera sido muy interesante confraternizar con ella.
Se disponía a explicar que Septimus y Cedrella Weasley habían tenido tres hijos cuando alguien les interrumpió. Sirius reconoció de inmediato a Robert Hitchens, el padre de los pequeños Bobby y Julian, y todo su cuerpo entró en tensión. Sabía que ese hombre no se fiaba de él y se preguntó si vendría con aire hostil. Pudo relajarse en cuanto habló ya que su voz sonó de lo más suave y conciliadora.
—Perdón por la interrupción, nana, pero todo el mundo empieza a preguntarse dónde está.
—¡Oh, claro! —Isla dio un respingo—. ¡Pero mira qué hora es! Se me ha pasado el tiempo volando.
La anciana se puso en pie y el tal Robert no dudó a la hora de acercarse a ella y ofrecerle galantemente su brazo.
—¿Ves lo que te decía sobre los modales, Sirius? Robert es un Hitchens de tercera generación, pero aún tiene mucho de Black ahí dentro —Señaló su corazón y el hombre parpadeó presa de una repentina confusión.
—¿Nana?
—No te preocupes, querido. Son cosas entre el joven señor Black y yo.
—¿Apenas se conocen y ya comparten confidencias?
—Tenemos muchas cosas en común, cariño. Podrás comprobarlo por ti mismo en cuanto os tratéis un poco más.
—¿En serio? —Al tal Robert no le entusiasmaba demasiado esa posibilidad.
—Sé que no es algo habitual tener invitados, pero el señor Black está en nuestra casa y no estaría nada bien negarle toda nuestra hospitalidad, así que he pensado que nos acompañe durante la cena de esta noche.
Ni Sirius ni el tal Robert dieron crédito a lo que acababan de oír. De hecho, Hitchens apretó los dientes y su voz no sonó amigable cuando habló.
—Ya estamos siendo muy hospitalarios, nana. Yo diría que más hospitalarios de la cuenta.
Isla alzó una ceja y no necesitó decir ni una palabra para que Robert apartara la vista. Sirius decidió que era un buen momento para intervenir.
—No creo que yo deba interrumpir sus reuniones familiares, señora Hitchens.
—¡Tonterías! Tú también eres familia —Isla dio un golpe en el suelo con su bastón y se dirigió a la salida de la estancia—. Voy a adecentarme un poco. Bob, cielo, acompaña al señor Black al exterior y encárgate de que el tío Dwyn comience a presentar a Sirius a la familia.
—Al tío Dwyn no le gustará.
—Pues el tío Dwyn tendrá que aguantarse. Está llamado a ser el cabeza de familia y debe aprender a asumir sus responsabilidades aunque no le gusten.
Sin decir nada más, la anciana se fue. Sirius no se sentía precisamente cómodo en compañía de aquel tipo. Parecía estar convencido de que había tratado de dañar a sus hijos y su hostilidad se hacía patente en cada uno de sus gestos. Aún así, Sirius decidió ignorarlo y se preocupó un poco por el futuro más inmediato.
—¿Quién es Dwyn?
—Es el hijo de la nana, el mayor de todos nosotros sin contarla a ella. Tomará las riendas de la familia cuando la nana no esté.
—¿Y realmente no le gustará tener que presentarme a los demás?
—Bueno, señor Black. El tío Dwyn no siente demasiada simpatía hacia los Black y usted es uno de ellos. No esperaría demasiada amabilidad de su parte.
—Entiendo.
—En cualquier caso, no es él quién debe quitarle el sueño ahora mismo —Robert Hitchens sonrió y hubo algo malvado en esa sonrisa—. Está a punto de enfrentarse a los demás.
—¿Los demás?
—Los Hitchens somos una familia muy extensa, señor Black. Y no todos somos tan amables como la nana o como yo mismo. Le deseo suerte. Y, ahora, sígame.
A Sirius realmente le hubiera gustado quedarse justo allí, pero obedeció. En cuanto puso un pie en el pasillo, una nube de niños le rodeó y nuevamente vio sonreír al tal Robert. Instantes después, cuando fue presentado a Dwyn Hitchens, se dio cuenta de que Isla no mentía al decir que ser un Black se lleva en el corazón. Porque ese tipo podría vivir en Australia y tener un apellido diferente, pero era un Black de los pies a la cabeza. Un Black que no estaba dispuesto a ponerle las cosas fáciles.
Y hasta aquí un nuevo Interludio. Sé que llevo muchísimo tiempo sin actualizar y no me voy a tomar la molestia de disculparme ahora porque no puedo justificar mi ausencia, pero sí que puedo anunciar que he tomado la firme determinación de empezar a escribir el "Otoño" de esta historia y pienso terminarlo lo antes que pueda. Ojalá no os hayáis olvidado de mí y no me odiéis por pasar tanto tiempo desaparecida. Bueno, no del todo porque he colgado un montón de historias nuevas, pero ésta la he abandonado y eso no puede ser. ¡Adoro a Isla y a Bob! ¡Quiero que todos los adoren tanto como yo!
Pues eso, que disculpadme. Si tenéis algo que decir, ya sabéis lo que hay que hacer. Besetes y hasta el próximo^^
