Lobo en conflicto

Kōga corrió guiándose por la nariz, aunque al poco rato bastaba con escuchar el estruendo para saber que había llegado.

—¡Inuyasha!— gritó al darse cuenta de que no podría llegar antes de que desenvainara la espada llevándose por delante la fila de modestos puestos de madera y papel. Pero el estridente ruido de las cigarras revoloteando, ahogó su voz.

Reuniendo todas sus fuerzas tomó impulso y se lanzó contra él derribándolo apenas a tiempo. Los dos rodaron sobre los escombros de un puesto. Inuyasha lo pateó para apartarlo en cuanto se dio cuenta de quién era, en lugar de arremeter con la espada.

—¡¿Pero qué demonios pasa contigo?!— se quejó sacudiéndose la ropa.

El lobo apenas le escuchaba, las cigarras en verdad estaban haciendo un ruido enloquecedor.

Miró a dos hombres mal encarados que se incorporaban con trabajo y les hizo una seña para que las hicieran callar, estos abrieron sus bocas uniéndose al estruendo, pero sobreponiéndose rápidamente y haciendo que los otros callaran. Para cuando solo quedaron ellos dos haciendo ruido, se detuvieron.

—Lárguense de aquí, yo me ocupo— les ordenó, y ambos salieron corriendo, desapareciendo al dar vuelta en un estrecho callejón.

—¡¿Pero qué mierda te pasa a ti?!— gritó dirigiéndose a Inuyasha —¡¿Cómo llegas a la casa de alguien a destruir todo, así sin más?!

Inuyasha chasqueó la lengua.

—Esos miserables han estado saqueando cementerios.

—¡Porque comen carroña!

Caminó hacia él, le pasó el brazo por el cuello y lo apartó de la calle. Desde las ventanas empezaban a asomarse los moradores más curiosos. Afortunadamente ninguno era humano, por lo que no llamarían a la policía.

Kōga levantó una mano.

—Lamento el desorden— dijo cuando una vieja sacó la cabeza. Ella solo asintió.

—¿Qué haces? ¿Conoces a estos monstruos?— preguntó Inuyasha soltándose del agarre. No le gustaba que nadie hiciera eso, especialmente él, o cualquier otro hombre. Ni siquiera se lo permitía a Miroku.

—Cierra la boca y ven conmigo.

Inuyasha guardó la espada y fue a su lado, en silencio, sintiendo las presencias de las criaturas que se escondían ahí, incluso escuchó el andar característico de un cienpiés.

—¿No vas a decir nada?— preguntó al sentirse incómodo.

Por su parte, el lobo subió a saltos por las escaleras de emergencia de un edificio hasta que llegó a la parte más alta, incluso un poco más por la gran antena que lo coronaba.

—Normalmente pueden sobrellevar la dieta con ternera— dijo sentándose en la estructura de metal —. Pero, la necesidad de carne humana se vuelve insoportable cada tanto, así que sacan cadáveres del cementerio. Hace bastante tiempo que no cazan, cada día es más difícil que eso pase desapercibido, y los pocos idiotas que lo han intentado, acaban muertos. Es tan fácil matar a un monstruo con una beretta* que la lección les quedó clara.

—Son asquerosos— se quejó Inuyasha —. Debiste dejarme acabar con ellos.

Kōga lo miró de soslayo. Hacía quinientos años, él habría dicho exactamente lo mismo.

¿En qué se había convertido?

—Tu colmillo de acero habría destrozado todo el barrio.

—No había humanos cerca.

—¿Sólo ellos importan?

Inuyasha hizo un gesto, no entendía la pregunta.

—Solo son cigarras y ciempiés, alguna araña quizás, bichos sin importancia.

—¿Sabes que no eres humano?— preguntó Kōga tras un rato en que se quedó callado. Mirando la ciudad y no a su acompañante, este respingó, se puso tenso, pero no hizo una escena.

—Tampoco soy un monstruo.

—Nunca lo seremos— siguió diciendo el lobo —. Por mucho que me empeñe en ir al trabajo, en pagas las cuentas — tiró levemente del cuello de la camisa —, vestirme como ellos. Nunca lo seré.

Inuyasha finalmente se sentó a su lado. La conversación lo estaba poniendo incómodo, era como si se tratara de otra persona, una que no se correspondía con la que él tenía en sus recuerdos, no tan lejanos, quizás solo un par de años desde que se enteró que unificó las tribus ōkami yōkai y se marchó al norte.

—Los últimos quinientos años lo he intentado con todas mis fuerzas, pero lo cierto es que es peor que estar muerto. Y no me había dado cuenta de eso.

—Por favor— resopló Inuyasha tratando de aminorar el ambiente que se había formado entre ambos —¿Te estás poniendo nostálgico?

—¿Nostálgico?— preguntó levantando el rostro al cielo.

En los últimos días había pensado en muchas cosas, pero nunca en lo que pudo haber sido. No era nostalgia, estaba seguro.

—Los monstruos quieren salir a la luz— dijo finalmente.

—¿De qué hablas?

—Quieren dejar de esconderse.

—¿Convivir con los humanos? Kagome dijo que la gente cree que no existen.

—Después de la gran cacería, los que quedaron decidieron esconderse. Los zorros y mapaches se adaptaron casi enseguida, el resto debió aprender a cambiar su forma, o vivir en alcantarillas, pero no todos tienen tanto poder.

—Entonces quieren integrarse.

Kōga negó con la cabeza.

—Me temo que tienen en mente algo más violento.

—¡Con mayor razón hay que detenerlos!

El lobo suspiró. Ya imaginaba que no iban a llegar a ningún lado.

—No haré eso— dijo —. Solo voy a reclamar ciertos territorios antes de que los conviertan en condominios o centros comerciales. Es lo justo.

—¡Maldito!— exclamó Inuyasha tomando distancia —¡Estás con ellos!

El otro le miró tratando de mantenerse calmado, pero sin confiarse demasiado por el carácter explosivo que tan bien recordaba.

—No tengo porqué darte explicaciones.

—¡Claro que tienes! ¡Le prometiste a Kagome que no volverías a atacar aldeas humanas!

—No dije que iba a atacarlos— respondió al sentir cómo se concentraba la energía a su alrededor. Dudaba que fuese a atacarlo en serio, pero siendo tan voluble y con tendencia a ceder a las emociones del momento en lugar de pensar detenidamente las cosas, algo podría acabar por romperse, si no es que llegaban a intercambiar un par de golpes.

Decidió bajar, que Inuyasha se fuera, se lo contara a Kagome y quizás podría hablar con ella. Sin embargo, Inuyasha no dejó las cosas ahí, lo que era bastante problemático.

—¡Aún no hemos terminado!

—Sí lo hicimos.

—¡¿Acabas de decirme que vas a empezar una guerra con los humanos y quieres que solo lo deje pasar?!

Kōga se detuvo.

—Nunca dije nada de una guerra, es solo… una estrategia.

—¡Y una mierda! ¡¿Quién más está en esto?! ¿Sesshomaru?

—A él no lo he visto, creo que desde la hambruna de Tenmei*. Ni siquiera creo que esté en el país.

A medida que avanzaba la discusión, la idea de explicarle lo que pasaba fue desapareciendo completamente de su mente, cualquier opción que incluyera pedirle ayuda, por minúscula que fuera quedó rápidamente reducida.

En algún momento empezó a sentirse verdaderamente molesto, Inuyasha empezaba a hablar como los cazarrecompensas que los atraparon a Hakkaku, Ginta y él*.

Los monstruos tenían que morir.

Los monstruos eran criaturas malignas que debían ser exterminadas.

Los humanos deben vivir.

Entonces pateó la puerta de una casa prácticamente destrozándola, hubo unos gritos e Inuyasha debió seguirlo hasta el espacio del comedor, en donde una aterrorizada familia estaba sentada a la mesa, tres niños habían saltado de sus sitios quedando detrás de sus padres que apenas se movieron.

Kōga los señaló.

—Entonces hazlo— le dijo —¿Quieres motivos? Este tipo asesinó al cartero.

Levantó la nariz, olfateando.

—Y sospecho que es la cena de hoy ¿me equivoco?—preguntó mirando a la mujer, esta no respondió, solo se quedó quieta, sujetando con fuerza a uno de sus hijos.

Kōga se giró de nuevo hacia Inuyasha que tenía los puños firmemente cerrados y mostraba los colmillos. Tomó con los dedos un trozo de la carne que estaba en el plato de uno de los chicos.

—Tú tienes una parte humana— le dijo —, por eso puedes elegir. Pero nosotros no.

Y se lo metió la boca.

—Podemos aparentar, pero no somos, y nunca seremos humanos.

Inuyasha sintió las arcadas de inmediato, tenía que salir de ahí.


Comentarios y aclaraciones:

*Cualquier arma de fuego de esa marca, desde pistolas, hasta escopetas.

*Ocurrida entre 1782 y 1787.

*Pueden leer "¡Corre!", para más información.

¡Gracias por leer!