Capítulo IX - La puerta

Draco llevaba varias horas sentado en una butaca junto al fuego de la chimenea en la amplia biblioteca de los Nott, la cual abarcaba toda la tercera planta. Él y Hermione, se habían pasado prácticamente todo el día encerrados ahí dentro, casi aislados del resto del mundo.

La castaña leía con la espalda apoyada en las piernas del rubio, mientras que su cabeza permanecía en su regazo. En cierto modo, a Draco le maravillaba la forma en que sus rizos castaños claros brillaban al caer graciosamente por sus hombros y como sus labios rosados hacían contraste con su tersa y blanca piel.

Inconscientemente, apartó a un lado el libro que tenía entre sus manos y comenzó a pasar la punta de sus dedos por el rostro de Hermione. Al instante, observó con deleite como ésta cerraba los ojos disfrutando de la suave caricia.

Delineó la forma de sus ojos y su nariz cómo si estuviera examinando una obra de arte.

— Draco — susurró Hermione. Abrió los ojos de golpe y el rubio se permitió admirar lo profundo de sus ojos, que pese a que eran de un color marrón oscuro, no tenían nada de mundano. Le recordaban al color del chocolate, lo cuál iba acorde con la dulzura que le transmitía el rostro de la Gryffindor.

— ¿Qué pasa... Hermione? — saboreó la palabra mientras la pronunciaba. Durante todos estos años, la había llamado continuamente impura, sangre sucia o Granger. Hoy en día, simplemente se habían convertido en... Hermione. Simplemente eso, y lo fascinaba.

Desde donde estaba, podía ver con claridad las pequeñas pecas que recorrían el rostro de Hermione, tan invisibles para la vista común, que había que reparar en ellas para poder observarlas. Sus labios, que normalmente estaban fruncidos en un gesto serio, estaban libres de ataduras, en una pequeña sonrisa. Le gustaba verla así, tan relajada, como si todas las preocupaciones que pesaban sobre ella hubieran desaparecido.

Moldeó la forma de su cara, esta vez con las dos manos, y sintió como si Hermione se hubiera proclamado una diosa. ¿Cómo había estado tan ciego todo este tiempo? En ese instante, un ardor potente le quemó en el pecho, arrasando con todo y bajando hasta su estómago.

— Yo... — comenzó a decir la castaña, nuevamente en un susurro.

¿Ella también se sentiría así? ¿Cómo un verdadero león enjaulado, reprimiendo sus deseos y anhelos? Tenía que hacerlo. Draco la calló colocando uno de sus dedos en sus labios, en señal de silencio. No, no hacían falta las palabras. Lentamente, como si estuviera grabando cada segundo del momento en su mente, inició el trayecto hacía la boca de Hermione.

Her-mi-o-ne.

Ella había cerrado sus ojos otra vez, bajando los párpado y levantando la barbilla hacía él. Y en cuanto sus labios comenzaron a rozarse...

Draco se despertó sobresaltado. Pestañeó con rapidez durante unos segundos y después se agarró con fuerza a la cama, encerrando las sábanas entre sus puños, como si temiera salir despedido de allí.

— Ha sido... un sueño — dijo en voz alta a la vez que se recomponía en la cama. Se había quedado dormido con la ropa que había llevado ayer. Notó como la sensación de ardor que había sentido en su sueño volvía a él, solo que esta vez permaneció en su estómago.

¿Qué había sido eso? ¿Desde cuando su subconsciente veía a Granger de aquella manera?

Observó la hora en el reloj que aguja que reposaba en la mesita de luz color caoba que había al lado en su cama. Apenas eran las siete de la mañana. Los recuerdos de la noche de ayer le vinieron de repente como si de un golpe se tratasen.

Astoria Greengrass estaba muerta. Le resultó extraño pensar aquello con claridad en su cabeza, pero no había otro opción más que resignarse. Astoria Greengrass había sido su amiga de la infancia, era aquella chica con la que sus padres querían que se casase cuando crecieran, era aquella chica con la que jugaba durante el verano en el salón de los Greengrass. Y sin embargo, la había visto ahí, tendida en el suelo, con los ojos abiertos como platos mientras en unos pocos segundos le habían arrebatado toda su vida.

Indudablemente, aunque Voldemort estuviera muerto, la guerra continuaba presente. O al menos hasta que detuvieran a aquellos mortífagos.

Se levantó con lentitud para no marearse y miró como justo al lado del reloj de aguja, dos varitas descansaban. Ayer por la noche, había traído a Granger medio inconsciente y la había cambiado, dejándola durmiendo. Ya debía haber dormido un par de horas. Esperaba que estuviera bien, él en carne propia había sufrido las torturas de los hermanos Lestrange y podía decirse que Rabastan era especialmente diestro en los hechizos de tortura.

Sacudió la cabeza para dejar de lado todos esos pensamientos difusos y salió de su habitación, para entrar en la que dormía Hermione. Con sigilo, se acercó a la ventana y abrió un poco las cortinas.

Observó como dormía... Tal vez en su sueño no estaba tan equivocado, era cierto que cuando se relajaba, sus facciones se acentuaban. Sus labios estaban entre abiertos, y aunque había poca luz en el cuarto, estaba seguro de que sus rizos brillaban.

Dejó escapar un gruñido. ¿Qué demonios le estaba pasando? Estaba hablando como un sensiblón enamorado, y eso que ni tan siquiera le atraía Granger... Debía ser la carencia de una figura femenina en su vida en los últimos meses.

— Mal... ¿Malfoy?

Se asustó. Mierda, lo había ¿pillado? mirándola dormir. Pese a que estaba bastante avergonzado, lo disimuló bastante bien y carraspeando, encaró a Hermione.

— Buenos días, Granger. ¿Cómo te sientes? — preguntó, dejando sus manos detrás de él.

— Bien, Malfoy. Gracias por la preocupación. ¿Qué estabas haciendo? — respondió Granger, dejando atrás su semblante relajado, había vuelto a poner su característica mueca en los labios.

Joder, no hagas eso pensó el rubio.

— ¿Qué no haga qué? —dijo Hermione, frunciendo el ceño.

¿Lo había dicho en voz alta? Mierda, mierda, mierda.

— Eh... ¿Qué dices, Granger? — logró formular. Era un completo idiota. — Granger, cámbiate que quiero ir a desayunar — le gruñó.

Pareciera como si fuera en ese instante en el que la castaña se percatara de que no llevaba puestos la camisa y el pantalón que se había enfundado ayer, antes de ir a la Mansión Greengrass.

— ¿Tú...? — comenzó a decir Hermione, sonrojándose hasta las raíces.

— Sí, Granger, te he puesto yo el pijama. No sé quién esperabas que lo hiciera, esa ropa estaba demasiado sucia como para dormir con ella — respondió Draco.

— Bien, querido Malfoy, ¿y dónde se supone que está mi ropa? — inquirió la Gryffindor, pero Draco se había dado la vuelta para marcharse. Y agradeció haber hecho eso, ya que su corazón se aceleró al escuchar eso.

— Yo... La lavé — le replicó con un deje de vergüenza. Aunque en cierta manera Draco había cambiado, él no solía ser del tipo de persona que hace cosas por los demás, no sin esperar algo a cambio —. Están en el baño, ya debe de estar seca.

Dicho eso, salió de allí antes de recibir una respuesta de Hermione.

Mientras bajaba las escaleras, no dejó de repetirse constantemente que era un idiota. Se paró en la sala de estar de los Nott, las cortinas estaban apenas abiertas pero se podía ver como comenzaba a amanecer. La casa estaba tranquila y silenciosa, tanto que podía escuchar su propia respiración. A solas con... Granger.

El ardor que sentía en el estómago desde que se había despertado no se había marchado, seguía ahí. Y eso lo asustaba de sobremanera, ¿qué demonios significaba? Recordó como en su sueño se preguntaba a si mismo si Granger también se sentiría presa de sus deseos... Eso significaba que... ¿deseaba a Granger?

— Malfoy, ¿qué estás haciendo aquí de pie?

Se dio la vuelta, Hermione lo estaba mirando desde el arco de entrada al salón de los Nott, con una cara que demostraba diversión.

— Estaba admirando la tranquilidad que hay aquí, hasta que has venido a arruinarlo — rebatió mordazmente. El semblante divertido de la castaña pasó enseguida a uno neutral. Bien, así estaba mejor.

No dijo nada hasta que ya hubieron entrado a la cocina.

— Hablando de eso... ¿Dónde están Nott, Daphne y Zabini? Vi que Astoria estaba... — dejó la última frase.

— Los Greengrass también estaban siendo vigilados por supuesta colaboración con los mortífagos, comenzaron a llegar aurores en cuanto te desmayaste. Nos aparecimos donde ya no estaba la alarma y después a las afueras de aquí, pero un auror siguió a Theo y él fue con Zabini y Greengrass a la casa de los Zabini.

Terminó de servir los dos cuencos de avena con leche y le tendió uno a Granger, que se sentó con él en la mesa que había en la cocina.

— Siento lo de Astoria, Malfoy — le dijo Granger, con un gesto de preocupación.

Draco se sintió molesto, el ardor continuaba ahí y encima Granger le dedicaba un gesto de lástima. Odiaba que le tuvieran lástima, él era un Malfoy, no necesitaba Malfoy. Comió en silencio hasta que Granger volvió a hablar.

— ¿Cómo está Greengrass? — preguntó.

— Va a estar bien, Granger. Las torturas de Jugson son bastante fuertes, pero nada por lo que morirse — se sorprendió a sí mismo con lo fácil que le había resultado decir eso con frialdad.

Observó como Hermione terminaba de comer su avena en silencio. Tenía muchísima mejor cara que el otro día, evidentemente. Su piel había vuelto a su color normal. ¿Era extraño que sintiese las ganas de preguntarle cómo se sentía?

— Granger...

— ¿Qué?

— Cómo... ¿Cómo te sientes? — balbuceó.

Hermione pareció sorprenderse y se sonrojó, bajando la mirada al cuenco vacío.

— Estoy mejor, evidentemente ya puedo levantar los brazos. Creo que en unos días voy a estar completamente... mejor.

Otro silencio incómodo se apoderó de la cocina. Por su parte, Draco estaba sumergido en un mar de preguntas sobre sí mismo, ¿por qué sentía tanto interés por Granger? ¿y por qué eso no le parecía tan horrible?

— La casa está tranquila sin Nott y Greengrass... — escuchó como susurraba Hermione, como si se tratase de un simple pensamiento en voz alta.

— Oye, Granger — dijo, y ella levantó la vista, mirándolo a los ojos —. No quiero que pienses que Nott es una basura sin escrúpulos, aunque se comporte como tal, es mi amigo. Sé que te molesta que quiera utilizarte para salvarse de un posible encierro en Azkaban, y a mí también me molesta, yo... Mira, si quieres marcharte y volver con Potter, házlo.

La cocina volvió a permanecer en silencio por lo que a Draco le parecieron horas, pero no fueron más que unos simples segundos.

— Yo... No quiero — le respondió Hermione, con una cara evidente de incomodidad —. Quiero ayudarte, Malfoy. No creo que merezcas estar encerrado en Azkaban.

Al oír eso, el semblante de Draco se endureció y eso echó atrás a Hermione. Draco no quería ni necesitaba misericordia de nadie, y mucho menos por parte de Hermione. La castaña frunció los labios y se levantó, para dejar el cuenco en el fregadero. Antes de que se marchase, Malfoy la detuvo.

— Granger.

— ¿Sí?

Tal vez quiso decirle gracias, pero fue algo que no logró escaparse de sus labios. Sus cuerdas vocales no emitieron ningún sonido, hasta que tragó saliva y carraspeó sutilmente.

— ¿No querías ir a investigar? Tenemos que aprovechar antes de que Theo encuentre la manera de volver, no creo que le haga mucha gracia dejar la Mansión Nott a nuestro recaudo.

Hermione simplemente asintió y ambos salieron de la habitación en un incómodo silencio. Draco volvió a caer inconscientemente en sus pensamientos anteriores. Si bien antes había sentido gratitud por no juzgarlo y respeto, no se le había ocurrido enfocarlo de esa... manera. ¿Deseo por Granger? Mientras subían al segundo piso, la examinó con disimulo.

No estaba mal, era lo que se podría decir... Guapa. A decir verdad, le parecía mucho más guapa que muchísimas chicas de su propia casa. Tenía una nariz fina y delicada, los ojos de un color chocolate intenso y los labios sonrosados y redonditos. Parecían bastante suaves... Y era cierto que pequeñas pecas albergaban su cara. Pero... ¿Cómo podía saberlo sin verlo? Tal vez se había fijado más de lo que él mismo pensaba.

Llegaron al tercer piso y observó con una risa entre dientes la cara de asombro de Granger. La biblioteca de los Nott era impresionante, había que decirlo. Albergaba dos butacas una enfrente de otra, junto a una chimenea. El resto eran libros, libros y estantes repletos de ellos.

— Bien, Granger busca por los estantes y yo buscare entre los cajones.

La castaña afirmó con la cabeza y repasó el lomo de varios libros con el dedo, el rubio dejó de mirarla y se aproximó al escritorio de madera que había pegado junto a una de las paredes. Tenía cinco cajones. Abrió el primero y revolvió un poco en él, solamente había papeles. En el segundo, corrió la misma suerte, encontrando solo recortes de periódicos viejos sobre noticias de Quidditch, al igual que en el tercero, donde había fotografías familiares. Frustrado, abrió el cuarto y lo revolvió, lo único interesante que había era una pequeña llave dorada en el fondo del cajón, pero no le servía de nada porque no sabía que abría. Cuando fue a abrir el último cajón, no pudo. Cerrado. Se rió, claro que Theo no se lo iba a dejar tan fácil, no sabía exactamente que buscaba dentro de ese cajón, pero tenía la premonición de que los iba a ayudar.

Encajó la llave en la ranura del cajón y después de un casi insonoro clic, se abrió.

El cajón estaba vacío, a excepción de un pequeño libro que tenía apariencia de diario.

— ¿Qué has encontrado? — le preguntó Granger, y notó como se movía por la biblioteca hasta llegar a su lado.

En la tapa del libro ponía "La familia Nott: dioses sagrados". Notó como Hermione se reía a su lado, mientras se lo arrebataba de sus manos.

— Es gracioso ver como algunas familias de sangre pura pueden llegar a tirarse tantas flores a sí mismos — le dijo. Y Draco no se lo rebatió, sabía que tenía razón. Hermione abrió el libro por la primera página y leyó en voz alta: Escrito por Cantankerus Nott.

— Parece estar escrito a mano — observó Draco en voz alta. Después, Hermione comenzó a leer en voz alta la introducción del libro.

Malfoy escuchó con atención: al parecer, el verdadero apellido de los Nott era Nottoulgaris y como había deducido Granger, venían de los griegos, al llegar a Inglaterra decidieron acortarlo a Nott. El linaje de la familia comenzaba con el famoso filósofo Anaximandro.

Cuando Hermione terminó de leer, Draco le cogió el libro y notó el gesto de fastidio de la castaña. No quería soltarlo.

— Eso quiere decir... Su linaje es todavía aún más viejo que el mío — le dijo a Hermione, mientras pasaba la hoja y observaba el índice. Paseó su dedo hasta encontrar una línea que rezaba "La mansión Nott: una herencia familiar".

Comenzó a leer en voz alta: Cuando los Nottoulgaris llegaron a Inglaterra de la mano de Apolline Metaxás y Agatone Nottoulgaris, ambos magos de sangre pura, decidieron a cortar el distinguido apellido a Nott, adaptándose a la cultura inglesa de aquel siglo XVII. Es a partir de aquí donde comienzan a reproducirse con magos sangre pura ingleses, usando nombres de procedencia anglosajona. Se instalaron en un asentamiento de magos en New Hampshire, llamado Cornelia Hortus, dónde se enlazaron con familias como los Rosier, Black y Prewett. Así fue como inició la historia de la Mansión Nott, que ha ido pasando de generación en generación. Majestuosa como ninguna, la casa de la familia esconde cientos de secretos relacionados con la magia negra y ancestral que manejaban nuestros antepasados. Gran parte de los objetos de la casa pueden ser abiertos, cerrados o controlados hablando en griego y por parte de un miembro mágico. La casa rechaza totalmente a las personas sin una gota de sangre mágica en sus ve...

Draco apartó la mirada del libro y observó como una sonrisa nostálgica se asomaba por los labios de la castaña.

— Granger, ¿qué demonios te pasa? — preguntó Draco crispando levemente su semblante. Los ojos de Hermione se cristalizaron.

— Es gracioso como los elitistas de la sangre despreciabais a los Weasley, y estáis emparentados con ellos.

Draco abrió los ojos al darse cuenta. La madre de los Weasley era una Prewett, probablemente en ese momento en la mente de Granger estuvieran pasando imágenes del pelirrojo. Casi sin darse cuenta, con una de sus manos envolvió la mano de Hermione y la apretó, sin hacerle daño.

A su mente vinieron imágenes de Astoria y de sus padres. Hacía días que no sabía nada de ellos, ¿estarían a la espera de un juicio? Por Astoria, había visto a su amiga de la infancia muerta y ni tan siquiera había tenido tiempo de ponerse triste, porque estaban en guerra y tenía que mantenerse vivo. Sabía como se sentía Granger.

De repente, Hermione se soltó de su agarre y se lo agradeció. Se maldijo a si mismo por ir dando muestras de afecto innecesarias a Granger. La castaña pasó sus dedos por sus ojos, como apartando cualquier rastro de lágrimas.

— Bueno, vamos a ver como abrir esa maldita puerta — le dijo con seriedad, a la vez que salía de ahí.

Draco se quedó de pie allí unos segundos, le parecía tan imbécil que ahora actuara sin pensar con Granger, todo por un estúpido sueño. Después de recomponerse, siguió el mismo camino que Hermione, guardando antes el cuaderno y dejando todo como había estado antes.

Bajó las escaleras casi corriendo y cuando llegó al sótano, Hermione ya había llevado a allí unas lámparas de aceite. Sinceramente, comenzaba a hartarse de no poder usar la magia y tener que ir con esas ridículas lámparas a todas partes. Con ayuda de Granger, movieron el estante, esta vez dos metros.

— Bueno... ¿Sabes que hay que decir? — preguntó Hermione al rubio, sin dejar de mirar la puerta.

— Sí — respondió el rubio. Acto seguido, se acercó cautelosamente a la puerta. No sabía que era lo que exactamente iban a encontrar allí.

Anoigei.

Draco apartó la mano de la puerta y se posicionó justo al lado de la castaña, que observaba con inquietud la puerta. Durante un segundo, no pasó nada, pero poco a poco las florituras que adornaban la puerta comenzaron a desenredarse y a enrollarse sobre sí mismas, para ir desapareciendo como si fueran succionadas por la misma pared.

Cuando la puerta hubo quedado negra como el azabache, se abrió lentamente.


Hola! ¿Cómo estáis? Yo bien, espero que vosotrxs igualmente. ¿Qué creéis que haya detrás de la puerta? ¡Un besito! Dejad reviewsss.