Unidos en pie nos mantendremos;
separados, caeremos.

CAPÍTULO 7:

"Somos uno"

Kovu no pensó antes de echarse a correr, aprovechando que Zinguela no le estaba mirando; no tuvo en cuenta el castigo que recibiría si su madre lo pillaba de nuevo o, por el contrario, lo que sería de él si lograba cruzar la frontera. Él solo sabía que necesitaba escapar, huir de todo. Por un segundo paró, jadeante, y miró atrás. Ya ni siquiera veía la figura de la horrible cueva a la que llamaba casa, no escuchaba a las leonas peleándose por el último hueso más que mordido de la última cena; estaba alejado de todo y todos. Recordó entonces a su hermana, Vitani. Kovu había huido sin decirle nada, ni siquiera un adiós, una última muestra de afecto, una demostración de que, a pesar de sus diferencias y peleas, la quería y era una leona importante en su vida. Pensó que quizá era mejor así. No quería preocuparla y, además, su plan era volver por ella cuando consiguiera ayuda. Simba no era el monstruo que su madre les contó, un ser capaz de dar la vida por sus hijos, de anteponer las necesidades de los demás por delante de la suya no era ningún monstruo; estaba seguro de que si le contaba su historia al rey Simba, él le escucharía. También estaba convencido de que su padre lo apoyaría y no le obligaría a volver con su madre una vez supiera de lo que le había hecho. Un dolor punzante nació en su costado, recordándole la zurra de la que había sido víctima minutos antes. Sí, si alguien no le creía, si alguien se atrevía a decir que estaba mintiendo para dar lástima y así ayudar a su madre a provocar algún tipo de emboscada, les mostraría sus heridas, aún sangrantes.

Kovu casi perdió el equilibrio al centrar sus pensamientos en sus heridas palpitantes. No era el momento de eso. No era la primera vez que su madre le ponía la zarpa encima, pero sí que sería la última. Se negaba a volver para ser el saco de golpes de su madre, el destinatario de toda su ira y rabia. Se negaba a seguir siendo castigado por crímenes que desconocía y que, por ende, no eran su culpa.

De repente, un rugido potente estalló por todas las Tierras Oscuras. Zira. Kovu tembló de miedo al notar la gran ira que desprendía el rugido de su madre y, retomando el aliento, echó a correr mucho más rápido que antes, ignorando el dolor físico de sus heridas y sus músculos cansados y molidos. Una vez pasara la frontera su madre no tendría poder sobre él, sería libre. Era solo un último intento, un último esfuerzo. Solo eso bastaba para conseguir la libertad. Y después, todo estaría bien.


Simba había patrullado los bordes antes de que el sol saliera, despertándose el primero a causa de otra pesadilla. Él pensó que, con el paso del tiempo, las horrendas imágenes de la muerte de su padre se irían desvaneciendo, quedándose en el olvido, pero día a día solo se hacían más fuertes, pasando a atacarle incluso cuando estaba despierto, distrayéndolo de sus labores como rey. Por si los recuerdos de su traumático pasado no fueran suficientes, la actitud de las leonas lo empeoraba. Nada había mejorado desde la vez que Simba las oyó criticarlo a sus espaldas; a decir verdad, cada vez se volvían más frías y juzgantes. Era como si siempre lo estuvieran observando, como si estuviera vigilado las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, sin dejarlo respirar o descansar. Era agobiante en todos los sentidos.

La actitud de su madre, por otra parte, pareció mejorar después de que se sinceraran con sus sentimientos. Sarabi parecía ahora más abierta y dispuesta ayudarlo y apoyarlo de verdad, y no solo porque fuera su obligación llevarle la razón para que las leonas no tuvieran suficientes razones para saltarle al cuello. Y se lo agradecía de corazón. Nala seguía a su lado, tan leal y optimista como siempre fue. La joven leona no había perdido ese don especial de hacerle sentir seguro incluso cuando se le ocurrían las más locas ideas, y debía admitir que siempre tenía un buen consejo que ofrecer a pesar de compartir su misma edad. También había demostrado varias veces que poseía el mismo instinto maternal que Sarafina, teniendo un gran control sobre el trato que le daba a sus hijos; ni muy severa, ni muy blanda, un término medio perfecto para tener bajo raya a los aventureros de sus cachorros.

Los jóvenes príncipes habían pasado los últimos días dentro de la cueva familiar, siguiendo el castigo impartido por él y aceptado por Nala. Para ser sincero, Simba estaba pensando en alargarlo, no por mal comportamiento, pero sí por miedo a que a Kopa pudiera pasarle algo si salía de la seguridad de la madriguera, lejos de la vigilancia de una adulto. Tras el nefasto incidente en las Tierras Oscuras, Simba empezó a estar un poco más obsesionado con el bienestar de sus hijos. Le aterraba la idea de que estuvieran solos en la inmensidad de la sabana, algo que hará un mes ni siquiera le importaba. Simba comenzó a creer que no era solo por el estado de Kopa, sino también por la revelación que su tío le hizo varias noches atrás. El joven rey no quería pararse a pensar mucho en lo que le había contado Scar, no quería ni pensar que en verdad alguien de su confianza pudiera volver a traicionarlo y arrebatarle a dos personas importantes para él; no creía que podría ser lo bastante fuerte para recibir un segundo golpe a su alma de tal calibre.

En su camino de vuelta a la Roca del Rey, Simba recordó las palabras que su tío le dedicó, en un estado de furia descomunal como jamás le había visto tener. Scar se molestó enormemente por las palabras que él le dedicó sin ningún tipo de cuidado, se encolerizó en cuestión de segundos. Pero lo más llamativo fue que no utilizó su lengua viperina, no le insultó, no intentó desestabilizarlo con su pasado; Scar sencillamente se dedicó a hacerle pensar en lo que había dicho, en si de verdad era lo correcto: lo había juzgado como rey. Simba cometió el error de mostrarse débil, admitiendo que no sabía si estaba obrando como un buen monarca, que temía juzgar demasiado rápido y mal, como le pasó con él antes de tener consciencia de la breve existencia de Binti. El león de roja melena sabía que eso le daría a su tío una nueva forma de meterse con él, de hacerle dudar de sí mismo. Por eso Simba se rehusó a volver a acercarse al hogar de Rafiki; evitó cualquier lugar donde pudiera encontrarse con Scar o con su hijo. Victoriosamente, logró esquivarlos a ambos, casi olvidando su presencia en el reino. Si no fuera por Nuka.

Simba odiaba a Scar, negarlo era mentir; pero por mucho que lo intentara no podía odiar a su cachorro. Nuka era inocente de todo mal, un niño sufriente por las heridas con las que su madre adornó su alma, temeroso del mundo que lo rodeaba. Nuka solo tenía a Scar ahora. Y eso era lo que lo desconcertaba más. Su tío estaba totalmente podrido por dentro, estaba inmerso en una oscuridad, no sabía lo que era el amor, y sin embargo estaba siendo capaz de criar a alguien como Nuka, tan sincero, noble y puro. Era más que eso, Scar protegía a su hijo con uñas y dientes, le mostraba una cara que para el resto de la manada era desconocida: la de padre cariñoso y atento. Y era tan extraño definir a su tío con esas dos palabras…

A esto se juntaba el hecho de que tanto su madre como Rafiki le recomendaron hablar con Scar. Sarabi le aconsejó que debía ir a él en busca de respuestas, siendo su tío el único capaz de respondérselas; y la cosa acabó peor entre ambos. Rafiki, por su parte, le recomendó abrirse a él y contarle los problemas que estaba teniendo sentado en el trono. Ese ni siquiera lo iba a seguir. Era imposible hablar con su tío, especialmente si se trataba de algo tan serio como la ventura del reino. No había confianza suficiente. Además, Scar había sido un rey desastroso durante los últimos meses, presa de la locura por la culpabilidad de perder a una hija, y eso a Simba lo estaba inquietando. ¿Y si él también acababa perdiendo la cordura a causa de la muerte de Mufasa, de sus inseguridades como padre? Los recuerdos no lo abandonaban, las dudas tampoco. Quizá era solo cuestión de tiempo que Simba acabara como su tío, recluido dentro de la guarida sin querer salir, ignorando los problemas del reino. Sería una deshonra, se convertiría en la vergüenza de la familia… ¿Y si Rafiki trataba de advertirle sobre eso? Pero aun así, pedir ayuda a Scar sería en balde. Su tío lo odiaba. ¿Por qué? Le encantaría saberlo, pero era consciente de que no sería posible.

Durante su niñez, Simba admiró a su tío, tanto como a su padre. Scar era diferente. Pensaba diferente, sentía diferente, hablaba diferente. Era capaz de hacer perder el control a su padre, de arrebatarle su paciencia infinita. Cuando Mufasa y Scar estaban juntos, una pelea se palpaba en el ambiente. Ninguno nunca fueron hermanos que se llevaran bien, que tuvieran largas conversaciones en paz; pero Simba pensó que no era para tanto, que eran solo roces que se solucionaban hablando, que se olvidaban al día siguiente y que todo volvía a la normalidad. Simba jamás llegó a creer que todo desembocaría en un asesinato. Porque por mucho que discutieran, todos sabían que Mufasa jamás le hubiera puesto la zarpa encima a Scar, y Simba creía que esa mentalidad también se aplicaba a su tío.

Scar fue el león en quien más confiaba Simba. Cada cosa que su padre le enseñaba, él inmediatamente iba a contársela a su tío; cada vez que tenía un momento, él corría hacia la pequeña cueva en la que Scar se pasaba el día, viendo el ir y venir del resto de animales. Simba lo consideraba un mejor amigo, un confidente, el guardián que velaba por él cuando su padre no era capaz. En su amor incondicional de sobrino, Simba sentía lástima por Scar, le apenaba que viviera en soledad y se hizo una promesa a sí mismo de pasar todos los días un rato con él. No importaba si era medio minuto o medio día, la cuestión sería estar a su lado, brindarle compañía y amistad. Cuando Simba vio el cuerpo de su padre sin vida ante sus ojos y escuchó la voz de su tío detrás de él, sintió tanto alivio. No quería ver a nadie más ahí excepto a él. Su madre se enfurecería si se enteraba de lo que había pasado, Nala quizá no querría seguir siendo su amiga y el resto de leonas lo odiarían. Pero con su tío sería distinto. Scar tenía otra mentalidad, tenía la paciencia necesaria para escucharlo y entenderlo. Se aferró a su pata, llorando la pérdida, sintiendo un cariño que ahora sabía que fue falso. Todo fue mentira.

Scar jugó con su mente, con sus sentimientos, todo con tal de conseguir el trono. No le importó destruirle la vida, no le interesó si se martirizaría días y noches creyendo que era el asesino de su padre. Le dio todo absolutamente igual. Le tenía ahí, siendo un cachorro indefenso, llorando, roto, y no mostró ni una pizca de compasión. Incluso cuando regresó, siendo ya un adulto, Scar ni siquiera parecía haber sufrido ningún tipo de culpabilidad al saber que fue el causante de su mal. Al contrario, utilizó de nuevo su pico de oro para engañarlo, para hacerlo temblar, para hacerle caer, para que admitiera delante de toda la manada que fue él el responsable de la muerte de Mufasa. Simba pudo haberse defendido, pudo haber buscado excusas, pero no lo hizo. La expresión de dolor de su madre le detuvo, la decepción en sus ojos le robó la voz. Aparte de eso, estaba algo con lo que nadie, ni siquiera el propio Scar, parecía haber contado: su padre era el hermano de su tío; Simba creía que merecía el trato que Scar le estaba dando, cada palabra, cada tanteo, cada humillación, porque le había arrebatado al león con el que se crio, una parte importante para él. Justificó el recibimiento que le dio su tío por el hecho de que él había estado sufriendo la pérdida de un ser querido por su culpa, siendo él el único que sabía lo que pasó ese día en el desfiladero.

Cuando Simba se encontró al borde de la Roca del Rey, con sus garras clavadas en la dura y fría roca tratando de no caer, ni siquiera se molestó en levantarse. No se concentró en lo que su tío estaba diciendo, no quería pensar en nada. Ni sintió ningún dolor cuando las garras de Scar se clavaron en sus zarpas, manteniéndolo clavado en la incómoda posición, flotando en la nada. En el fondo, Simba quería que su tío lo tirara, que lo arrojara a las llamas y acabara con él, que librara a todos de un ser como él. Pero Scar, en un acto de arrogancia al ver que tenía la sartén por el mango, lo confesó todo. Acercándose a su oído para que solo él le oyera, susurró:

Yo maté a Mufasa.

Entonces, un rápido recuerdo de su padre cayendo de espaldas hacia la estampida de ñus, su grito ensordecedor y rabioso resonando en su cabeza y, sin darse cuenta, también por todo el reino en ese instante. De un salto, volvió a estar encima de la Roca, tumbando a su tío contra el suelo. Fueron las mentiras, el juego enfermo con su mente infantil, la traición lo que le hizo perder los estribos, lo que hizo que casi matara a su tío ahí mismo, delante de todo el mundo. Pero tuvo un momento de lucidez, la impotencia tomó el control de él, exigiéndole que le contara a todos la verdad, que lo librara de su pasado, de su falso crimen. Sin querer oír más juegos de palabras por parte de Scar, posicionó una zarpa en su garganta, presionando la tráquea, impidiéndole hablar y dificultándole el respirar. Agobiado, su tío admitió el delito en voz baja y, furioso, le exigió que quería que todos le oyeran. Un par de segundos pasaron, en los cuales Simba aflojó su fuerza y compartió junto con su tío una mirada rabiosa. En un grito lleno de odio hacia su persona, Scar al fin lo admitió. Y las leonas, rápidamente, corrieron rugiendo hacia él, empezando así una lucha entre ellas y las hienas.

Simba paró de pronto, sacudiendo su cabeza de derecha a izquierda, queriendo borrar esa escena de su mente. Se había hecho la promesa de que no lo recordaría, de que el pasado era el pasado. Ya todo pasó: todos sabían la verdad, se enfrentó a su tío, estaba libre de cargas… ¿Por qué entonces este malestar general? Él sabía que no era el responsable de la muerte de su padre… pero no podía quitarse de la cabeza que sí fue la causa por la que su tío seguía vivo. Había una minúscula voz en su interior que le decía que obró bien, que eso era lo que su padre hubiera hecho, pero luego… Luego estaba otra que le gritaba que fue un iluso, luego estaban las miradas llenas de desaprobación de la manada, luego estaba la desconfianza general de todo su reino. Y lo peor era que no podía darles una explicación porque, sinceramente, no había ninguna. Era solo que no quería ser igual a su tío, no quería ser un asesino. Dejarlo a merced de las hienas a sabiendas de que lo iban a matar era lo mismo que quedarse mirando cómo un hermano y un sobrino luchaban por sobrevivir en mitad de una estampida. Estaba mal. Nunca habría una justificación válida para matar a otro ser vivo, menos uno que compartía su misma sangre. Pero aún así Simba no quería acercarse a su tío… Lo tenía ahí, herido, a su merced, su hijo estaba bajo su mando… Podía preguntarle todo lo que quería, podía tener todas las respuestas… Y no fue a buscarlas. Estaba aterrorizado de que saber las razones sería peor que vivir en ignorancia. ¿Qué debía hacer con su tío entonces si no hallaba valor suficiente para dirigirle la palabra, para mirarlo? No podía desterrarlo, tenía un niño. Aunque bueno, Zira también tenía cachorros… ¿Qué será de ellos? Zira no era la típica madre cariñosa, dulce y buena… Debió haber hecho las cosas de otra forma, debió velar más por la seguridad de los niños… Hasta su madre estaba en contra del exilio y eso que, según había visto, detestaba a Zira…

—Eres un inútil… —se insultó en un susurro.

—¿Simba?

El mencionado elevó la vista, encontrándose con su pareja. Nala se desperezó un poco mientras Simba se acercaba a ella y cuando ambos estuvieron juntos se acariciaron afectuosamente.

—¿Qué haces levantado tan temprano? —preguntó la joven reina.

Simba solo se encogió de hombros:—Me desvelé y decidí patrullar los bordes.

—Pudiste haberme llamado.

—Aún no había salido el sol y no quería molestarte —dijo rápidamente el rey, entrando dentro de la cueva.

Nala se quedó observándolo un momento. Ella sabía que algunas noches su pareja tenía pesadillas, conocía las huidas nocturnas de Simba que se alargaban hasta la mañana, utilizando el patrullar como excusa. Y la joven leona se moría por ayudarlo, habiendo heredado el altruismo de su madre. Simba siempre fue un amigo especial. Ególatra y presumido de cachorro, sí, pero aún así jamás llegó a odiarlo, era solo un muy pequeño defecto en comparación con el gran corazón que él albergaba en su interior. Nala lo supo el día que ambos se escaparon al Cementerio de Elefantes. Cuando el trío de hienas los tenían acorralados, Simba se posicionó delante de ella e, ignorando su miedo, trató de rugir con todas sus fuerzas, siendo solo capaz de lanzar un irrisorio maullido que provocó la burla de las carroñeras. Pero Nala solo supo sentir una gran admiración. Estaban aprisionados, sus vidas peligraban, y Simba pensó en protegerla, sabiendo que estaba igual de indefenso que ella. Ese día se ganó su corazón.

Irónicamente, minutos antes, Zazu les había hecho saber que según las tradiciones del reino, ambos estaban comprometidos y, por tanto, una vez que llegaran a la edad adulta, se casarían. La idea no pudo asquearla más. Sin embargo, tras la muestra de valor y el intento de protección, Nala se retractaba de todo lo que pensó cuando se enteró de la noticia de su casamiento. Vio una nueva cara de Simba, la cariñosa y solidaria, el verdadero príncipe de la manada Ndona. Y la encandiló. Pensaba agradecérselo todo al día siguiente, pero el tío de Simba les hizo saber que su amigo había muerto en una estampida en el desfiladero, junto con su padre. Nala no recordaba haberse sentido tan triste en su vida. Se pasó los siguientes días ayunando, deprimida, sin querer salir a jugar con el resto de cachorros. Su madre estuvo preocupada todo ese tiempo, viendo cómo su hija cada vez perdía más el interés por cosas que antes la hacían tan feliz. Sorprendentemente, pudo salir del agujero gracias al que, sin que ella lo supiera, creó su desgracia y la de las otras leonas.

Scar siempre tuvo un trato de favor con ella. Nunca supo por qué hasta llegar a la adolescencia, cuando su madre le contó todo. Era chocante, pero al menos entendía cosas. Aún así, ella jamás se aprovechó de ello; quería ser tratada como una igual. Además, no quería crear rencillas con los hijos del león de negra melena. Nala siempre pensó que estaba exagerando, pero casi notaba que Vitani le tenía cierto odio… El rechazo hacia su persona que estaba más claro era el de Zira. Esa leona era un problema con patas. Allá donde fuera, una pelea nacía. Daba igual la razón, daba igual si era la mayor bobería del mundo, daba igual si al momento le pedían perdón, Zira siempre se mostraba incapaz de perdonar y olvidar.

Apretando el mentón, Nala desenfundó sus uñas, arañando la piedra de la que estaba hecha la Roca del Rey. Cuando su suegra y ella encontraron a Simba y Kopa heridos, creía que se le iba a parar el corazón. Se había pasado esta última semana junto a sus hijos, acompañándolos en su castigo. El resto de leonas nunca le dijeron nada sobre que se saltara la caza. Sus ojos contaban historias diferentes, pero en la superficie todo eran comentarios que trataban de tranquilizarla y hacerle creer que estaba bien. Supuso que era cosa de Sarabi y su madre, siempre velando por su bienestar. Hoy el castigo se terminaba y, tal como le pasaba a Simba, Nala deseaba poder aumentarlo para que sus hijos pudieran seguir bajo su vigilancia constante. ¿Qué se le iba a hacer? Se sentía una fracasada como madre. Sus hijos se escaparon mientras ella no miraba, atenta al informe diario de Zazu, y cuando llegó al lugar donde habían ido, ya fue muy tarde. Y a pesar de que pudo contener sus emociones y mantener un tono calmo de voz para sosegar a su hija, la verdad era que por dentro tenía un torbellino de sentimientos. Nala juró esa noche que si esa maldita desquiciada volvía a acercarse aunque fuera medio milímetro más de lo establecido a sus hijos, le saltaría al cuello sin contemplaciones; la atacaría, la despedazaría sin piedad. Una cosa era que la odiara a ella, que pudiera atacarla, pero sus hijos eran sus hijos y no iba a permitir que nadie, nadie les pusiera la zarpa encima.

—¡Papá!

La voz de su hija menor, tan llena de emoción, la devolvió al mundo real. Parpadeando un par de veces, Nala vio a Kiara, acompañada de Kopa – aún llevando las vendas en su costado – saltando felices en frente de Simba. El rey la miró de soslayo, haciéndole entender que estaba pensando lo mismo que ella: el castigo fue demasiado corto y no podían hacer nada. Cuando Simba y ella eran cachorros, una semana dentro de la guarida real parecía un mundo; ahora, siendo ellos los padres, se pasó volando.

—Papá, hoy ya podemos salir, ¿verdad? —preguntó Kiara, sonriendo ampliamente.

—Pues… —comenzó a decir Simba, inseguro. De nuevo, una mirada rápida a su esposa.

—Ya ha pasado una wiki —recordó Kopa, meneando el rabo contento.

—Sí, lo sé —dijo Simba, frunciendo el ceño—. Pero… Creo que aún no pueden salir.

—¿Qué? —preguntaron ambos cachorros a coro.

—¿Por qué no? —dijo Kiara cabizbaja, echando sus orejas para atrás.

Simba se mordió el labio inferior. ¿Y ahora qué? Increíblemente, sus dos hijos se habían portado perfectamente bien durante los últimos siete días: ni un quebradero de cabeza, ni una queja, ni tan si quiera un intento de huir. Habían acatado el castigo y lo habían cumplido mucho mejor que él a su edad. Otra vez, trató de fijar su mirada con la de su pareja, pero cuando lo logró vio que Nala estaba mucho más perdida que él. Carraspeando, la reina se acercó a sus dos hijos con un rostro sereno y, sonriendo maternalmente, les aclaró:

—Su padre y yo pensamos que quizá Kopa no esté totalmente recuperado.

Ya. Simple. Conciso. Directo al punto. Simba casi suspira aliviado al ver que sus hijos no dijeron nada… en un principio. Ambos cachorros se miraron, con expresiones ilegibles, comprendiendo tan solo ellos lo que sus miradas querían decir. Después de un rato de silencio, Kiara esbozó una pequeña sonrisa que se agrandaba a casa segundo.

—Bueno, vale, que se quede él y yo salgo.

—¡Hey! —se quejó el mayor.

—No, pero… —dijo Nala de pronto, titubeando un poco. Fijó su mirada al suelo, algo que ella siempre hacía cuando pensaba en profundidad sobre un tema:—Kiara, eres la hermana de Kopa, tu obligación es vigilarlo.

—Pero soy la hermana pequeña, él es el único que tiene esa obligación —dijo rápidamente la cachorra, con el entrecejo fruncido.

—¡Pero bueno…! —volvió a quejarse el primogénito.

—Kiara, ambos deben cuidarse el uno al otro —explicó Simba con una ceja elevada.

—No, no, eso no me convence… —rebatió la pequeña—. Los menores suelen ser los traviesos, y los mayores por tanto deben evitar que se metan en problemas.

Simba fue a abrir la boca para contestarle, pero su hijo lo hizo por él:—Eso lo hago yo todos los días, Kiara; lo mínimo que podrías hacer es devolverme el favor —dijo Kopa, empezando a sentirse molesto.

—Ts, ts, ts, Kopa, eso se hace por vocación no por recibir algo a cambio —dijo Kiara elevando el mentón, muy digna.

—Maldita cría narcisista… —farfulló el mayor, enfurruñado.

—Eh, a ver, paz —dijo Simba rápidamente, temiendo una pelea.

—De verdad, Kiara, has sacado la testarudez de tu padre —se quejó Nala, haciendo a Simba mirarla enfadado.

—Que lo habrá heredado de ti, querrás decir —replicó el rey.

—No, no, de eso nada, yo soy muy flexible —se defendió Nala.

—¿Cuándo? —preguntaron su pareja e hijos.

—¡Siempre! —gritó la reina en un potente rugido.

—Aaah, sí, sí, es verdad —dijeron todos falsamente, asintiendo con la cabeza, atemorizados.

De pronto, Kiara sonrió traviesa:—¡Oh, ya sé, tengo un trato!

—¿Trato? —repitieron los tres leones al unísono.

—Sí. Ustedes dicen que no quieren que estemos sin vigilancia porque aquí el escuchimizado de Kopa aún no está recuperado… —comenzó a explicar la princesa.

—¡Lo de "escuchimizado" sobraba…! —se quejó por tercera vez Kopa.

—Pues ¿qué tal si entonces nos cuida el tío abuelo Scar? —propuso, ignorando a su hermano.

Los ojos de Simba se abrieron como platos:—¿Qué?

—Siempre está en el árbol de Rafiki; ahí hay medicinas por si a Kopa le pasa algo, y así podemos salir de la guarida —concluyó Kiara son una pequeña sonrisa.

—Suena lógico —comentó Nala, asintiendo.

—¿Quién es el tío abuelo Scar? —preguntó el príncipe, confuso.

—El que salvó tu culo —respondió Kiara con una expresión de cansancio.

—Hija, aprende a hablar bien —le regañó su madre.

—Kiara… —dijo Simba de pronto; su tono firme llamando la atención de toda su familia—, ¿cómo es que conoces a Scar?

—Ah, eso, se lo dije yo —respondió Nala por la pequeña.

—… ¿Y cuándo pensabas decírmelo? —preguntó Simba, enfadado.

Nala solo se encogió de hombros:—No lo vi tan importante. Además, ella me preguntó el día que le vio acompañándote hasta el baobab, creí que lo mejor era decírselo —explicó la reina.

—Bueno, ¿no es maravillosa la comunicación que hay en este matrimonio? —comentó él, rodando los ojos.

—Pero, papá… —habló Kiara, dando un pequeño paso al frente.

—Ahora no, cielo, intento pelearme con tu madre —le interrumpió el monarca.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó la voz apacible de Sarabi.

La familia real centró su mirada en el interior de la cueva, viendo a más de la mitad de las leonas despiertas, mirándoles fijamente mientras discutían. Sarabi era la única que estaba de pie, decidiendo que era mejor intervenir antes de que las cosas fueran a mayores. Acercándose a paso ligero a su hijo, la antigua reina miró a sus dos nietos con una sonrisa y los acarició, dándoles los buenos días. Mientras, Simba y Nala compartieron una mirada nerviosa, viendo cómo toda la manada los había estado escuchando.

—¡Perdón! —dijeron ambos reyes, encogiéndose en su sitio, como niños pequeños.

—¿Y bien? ¿Por qué tanta pelea en la mañana? —preguntó Sarabi mirando divertida a su hijo, aún sin apartarse de los jóvenes príncipes.

—Kiara ha propuesto que hoy pasen el día con Scar y su hijo —explicó Nala, guiñándole un ojo a su suegra.

Porque lo primero que hizo Sarabi tras aceptar la petición de Mufasa de la que Rafiki le habló, fue ir a contárselo a Nala, buscando su ayuda. La leona de ojos celestes contaba, como ella, con la total confianza de Simba y tenía un don innato para persuadir a cualquiera que se acercara a ella. Aparte de eso, era la única, junto con Sarafina y Kula, que jamás sintió rechazo hacia Scar, y eso era un punto muy a favor para que las cosas pudieran salir mejor. Ambas eran conscientes de que Simba fue a hablar con Scar el día que Sarabi se lo propuso, habiéndose mostrado el rey más silencioso y escrupuloso en lo que comentaba respecto a su tío durante sus últimos meses de reinado. Sin embargo, el resultado no fue el esperado, pues ambos leones ahora parecían más distanciados que al principio. La voz de Kopa, aún algo perdido, les devolvió a la realidad.

—Oh, ¿tiene un hijo? Pues, yo voto a favor —dijo algo más interesado.

Simba entonces calló y sintió su molestia desvanecerse. Actualmente, sus hijos eran los únicos cachorros que habían en las tierras del reino, y entre ellos dos jugaban, se peleaban, hacían las paces y trataban de entretenerse pasando el día. Durante su niñez, Simba pudo contar con la amistad de muchos cachorros, incluso de los que pertenecían a otras mandas; sin embargo, puede que por la falta de confianza con las leonas, la avanzada edad de algunas, el ajetreo de intentar revivir el reino o todo a la vez, ninguna de las leonas parecía interesada en querer tener hijos de nuevo. No fue hasta entonces que se dio cuenta que el único cachorro de la manada era el hijo de Scar. Y sus dos hermanos, si no los hubieras echado, pensó inmediatamente Simba, sacudiendo la cabeza para alejar la culpabilidad.

—Creo que es una buena idea que los niños interactúen con otros cachorros —comentó Nala, al notar el silencio de su pareja—. Nuka es buena gente y seguro que está encantado de poder conocer a sus sobrinos.

—No podría estar más de acuerdo —dijo Sarabi, asintiendo con la cabeza.

Y todas las miradas recayeron en Simba, quien se agazapó un poco, fijando su vista en el suelo. Era cierto que Nuka no era peligroso y que jamás le haría daño a sus hijos, pero su padre… Scar fue responsable de que ambos estuvieran ahí hoy, vivos y casi del todo sanos. Aparte de eso, está el hecho de que ni Nala ni Tama parecían haber sufrido durante su niñez ningún tipo de daño o maltrato, al menos no como el que Nuka sufrió por su madre. Un pequeño ápice de empatía y lástima apareció en su pecho, y cuando Simba elevó un poco la vista, viendo los ojos brillantes de sus hijos, solo pudo suspirar.

—Vale, bien, que vayan —cedió.

—¡Bieeeen! —celebraron los niños.

—Pero yo iré con ustedes —añadió de inmediato el rey, con una mirada severa

—Vaaale… —dijeron los cachorros, esta vez más alicaídos.


Sarabi y Nala se quedaron gustosamente al mando ese día durante el tiempo que Simba pasara fuera, vigilando a sus hijos. Durante la caminata decidió que no era mal momento para llevarlos a los bordes del reino, retomando así las clases justo donde las dejaron antes de que pasara el incidente. Como de costumbre, Kopa mostraba interés en cada palabra que su padre pronunciaba, un atisbo de duda siempre brillando en sus ojos azul verdosos; y mientras tanto, Kiara prestaba más atención a la primera mariposa que pasaba delante de sus narices antes que a las lecciones.

—Y esta es la frontera sur —explicó Simba, señalando al vasto campo que estaba frente a ellos—. Por esas tierras hay más manadas.

—¿Y viven cerca de las fronteras de nuestro reino? —preguntó Kopa, curioso.

—Mmmh, la de los guepardos, sí; las otras de los leones, la verdad, suelen estar mucho más alejadas. Normalmente no suelen acercarse aquí —respondió su padre.

—¿Por qué no? —dijo el pequeño arrugando el semblante.

Simba solo se encogió de hombros:—Digamos que los leones somos recelosos con nuestras manadas.

—Hum… —fue lo único que dijo Kopa, ladeando un poco su cabeza, pensativo.

—Hey, ¿dónde está tu hermana? —preguntó Simba, mirando en todas las direcciones.

—Se habrá escapado otra vez… —dijo Kopa sin ningún interés.

Simba farfulló un par de maldiciones al viento, rodando los ojos con hastío. Pero pronto supo calmarse, recordando que él era mucho peor que su hija a su edad cuando tocaba escabullirse de sus obligaciones. A sus espaldas sonó un pequeño porrazo, y ambos leones miraron atrás, encontrándose a Kiara sacudiendo su cabeza, tirada en el suelo. Encima de ella, una mariposa volaba en círculos, pareciendo esperar a que la joven princesa se levantara y comenzara a cazarla de nuevo. Simba se sobresaltó cuando su hijo mayor comenzó a reír ruidosamente.

—¡Jajajajajajajaja, qué gran intento de caza, hermanita! —se burló el príncipe, llorando de risa.

Kiara enseguida lo fulminó con la mirada y de un salto se levantó, echando a correr posteriormente en dirección a su hermano. A causa de la risa, Kopa no vio venir a su hermana cual rinoceronte en su contra, y la cachorra logró empotrarse contra él, haciendo chocar sus cabezas y provocando que ambos cayeran al suelo, mareados.

—Kiara, ¿cuántas veces te he dicho que no le des cabezazos a tu hermano? —regañó el león adulto.

—¡Eso duele, idiota! —se quejó el mayor.

—Kopa, ¿y yo a ti cuántas veces te he dicho que no insultes a tu hermana? —dijo Simba frunciendo el ceño.

—¡Eso por burlarte de mí! —gritó Kiara, roja de ira.

—¡Kiara!, ¿cuántas veces te he dicho que dejes de vengarte a la mínima que te hagan? —dijo el padre, rodando los ojos, agobiado.

—¡No me burlaba, recalcaba lo evidente! —se defendió Kopa.

—¡No me llames mentirosa, papá está de testigo! —chilló Kiara.

—¡Papá se está enfadando! —rugió Simba, silenciando a ambos cachorros. Luego, lanzó un profundo suspiro—. ¿Por qué siempre tienen que pelearse?

Los cachorros comenzaron a explicarse, defendiendo sus argumentos, regalándole un fuerte dolor de cabeza a su progenitor, quien solo rugió de nuevo, mandándolos callar.

—¡No me importa, pídanse perdón! —exigió mirándolos enojado.

—… … Perdón —musitaron ambos cachorros, y Simba se dio por satisfecho con eso.

—Bueno, ahora… —dijo, mirando a Kiara con una ceja elevada—. Kiara, ¿puede saberse por qué te has vuelto a escapar cuando no miraba?

—¿Quieres la respuesta sincera o la predeterminada? —preguntó la princesa, mirando fijamente a su padre.

—Hum… La sincera, imagino… —respondió Simba, compartiendo con su hijo primogénito una mirada de incredulidad.

—Me aburría —dijo Kiara, haciendo un gesto de desdén.

—Kiara, ya hemos hablado de esto… —comenzó diciendo Simba, tratando de no sonar muy severo—Eres la hermana del futuro rey. Como princesa…

—¿Y si no quiero ser princesa? —interrumpió la pequeña, enfurruñada—. No es divertido —añadió algo cabizbaja.

—Y yo tampoco estoy seguro de eso de ser rey —comentó de pronto Kopa, inseguro—. No creo que esté hecho para eso… Que lo sea Kiara —dijo señalando a su hermana con una pata.

—No me pases tu marrón —dijo rápidamente la pequeña—. Además, no quiero ser princesa, mucho menos quiero ser reina —añadió, rodando los ojos.

—Decir eso es como decir que no quieren ser leones —intervino Simba, acercándose a ellos—. Lo llevan en la sangre, corre por sus venas —explicó, bajando la cabeza para estar a su altura—. Somos parte el uno del otro —añadió con una pequeña sonrisa.

Kiara nada más elevó la cabeza de forma digna, mientras Kopa fijó su vista en el suelo, no queriendo mirar a su padre por miedo a encontrar la decepción brillando en sus ojos. Simba frunció el ceño, preocupado por la conducta de ambos cachorros. Creía que con el paso del tiempo, ambos se irían dando cuenta de cuál era su misión en la vida, de cuál sería su lugar a ocupar en el Ciclo de la Vida; pero según pasaban los días, todo parecía ir para atrás en vez de para delante. Sin pensar, comenzó a acariciar a sus hijos, recibiendo el gesto de vuelta al instante, unido por varios ronroneos por parte de ambos.

SIMBA:

En esta vida verán
que hay mucho que no entenderán.

Con un gesto de cabeza, Simba les hizo saber a sus hijos que quería que lo siguieran, continuando con su camino. Su atención fue captada por un nido de pájaros. De pronto, una de las crías salió volando, escapando de la vigilancia de su madre. Ante la imagen, los dos príncipes sonrieron, sintiéndose felices por el pequeño; pero tan pronto como la sonrisa llegó, se esfumó en cuanto vieron a la madre del pájaro parándose frente a su hijo, con una expresión severa. A regañadientes, el pequeño volvió al nido y la madre, contenta, pasó a darles calor junto con sus hermanos. Ambos cachorros se miraron, algo apenados y su padre, sonriendo divertido, les dio un pequeño empujoncito con el hocico.

SIMBA:

Y lo único que claro está
es que no todo siempre saldrá
acorde a su plan.

Al escuchar esas palabras, los príncipes continuaron con el camino, fijando su vista en sus patas. Al ver a su padre parándose de nuevo, elevaron la vista, encontrándose ahora con un grupo de ñus con sus crías. Simba se quedó observando las reacciones de los cachorros, tratando de no mirar a los animales por amargos recuerdos, intentando que sus hijos no notaran cuán tenso estaba. Para su fortuna, tanto Kiara como Kopa se quedaron mirando detenidamente a una madre con su cría, tratando de ayudarla a mantenerse en pie. Cuando por fin la pequeña lo logró, ambos cachorros sonrieron, felices.

SIMBA:

Mas también observarán
que nadie los abandonará
cuando en su lucha se sientan flaquear.

Sus hijos menearon el rabo, felices de ver a la cría correteando feliz con su madre. Simba, riendo un poco, echó a correr también, siendo inmediatamente seguido por sus hijos, quienes trataron de atraparlo. Parándose en seco, el rey hizo caer a sus dos hijos y, sin darles tiempo a levantarse, comenzó a acariciarlos. Kiara, tan peleona como siempre, comenzó a tirarle de la oreja, recordándole a él mismo cuando era un cachorro. Kopa saltó encima de él y Simba se dejó caer, haciéndole creer a su hijo que le podía.

SIMBA:

A su lado vamos a estar
para su esperanza renovar.
Somos más que uno o dos:
¡somos una unión!

Y dicho esto, Simba se levantó, guiando con pasos ligeros a sus hijos hacia el riachuelo que separaba dos pedazos de terreno y uniéndolos mediante un tronco caído. Kiara fue la primera que lo alcanzó, mirando su reflejo en el agua. Todo el mundo siempre le decía que ella se parecía a su madre, poseyendo su misma elegancia y gracia, teniendo la porte necesaria de una princesa. Pero la pequeña siempre estuvo en desacuerdo: ella jamás se vio como una princesa. Su hermano se posicionó a su lado, dándole un pequeño empujón con su hocico, en signo de cariño, y ella, con una sonrisita, se lo devolvió. Luego, imitando a su hermana, Kopa observó su imagen turbia en el agua.

KOPA:

Tanto se espera de mí,
¿lo podré conseguir
siendo tal cual nací?

KIARA:

¿Y yo puedo en mi corazón confiar
o así voy a estropear
un ajeno plan?

Se preguntaron ambos cachorros, alternando sus miradas entre sus reflejos y ellos mismos. Su padre pasó detrás de ellos, saltando rápidamente al otro lado y posicionando sus patas delanteras en el tronco, mirando a ambos cariñosamente. Kopa se fijó mejor que su hermana en la majestuosidad que su padre poseía: sin duda él sí era un rey; en una rápida y última mirada hacia su imagen en el río, Kopa vio que él no tenía nada que ver con su padre, siendo nada más que un cachorro pequeño e indefenso. Ni siquiera se sentía príncipe, y sabía que sería un rey desastroso el día que llegara su momento. Volviendo a fijar sus ojos en su padre, escuchó su consejo.

SIMBA:

Los que hoy ya no están
desde el Cielo les velarán;
¡su viaje tan solo comenzó!

Los pequeños se acercaron al rey, en busca de un contacto físico que les diera seguridad y alejara sus dudas, algo que su padre les brindó sin necesidad de palabras. Simba no temía por su futuro, él sabía que acabarían encontrando el camino. Solo necesitaban un empujoncito.

SIMBA:

De alegría o dolor llorarán,
mas nadie nunca les podrá ocultar
lo que es de la vida una gran verdad:
¡somos una unión!

El joven rey sabía que no podría proteger a sus hijos de todo; no podría evitar que les hirieran, no podría evitar que sintieran miedo, pero podía darles todo el amor que tenía y hasta más, podía estar ahí para ellos pasara lo que pasara, podía brindarles todo su apoyo y darles todos los consejos que necesitaran. Quizá Simba no pudo aprender a ser un buen monarca, pero sí creía saber cómo ser padre, teniendo como referente a Mufasa, quien jamás lo decepcionó, estando a su vera aún cuando Simba pensó que se había olvidado de él. Lo que más quería lograr era que ambos se sintieran seguros mediante una confianza mutua: que ni Kopa dudara de Kiara o viceversa. Le daba igual quién heredaría el trono mientras sus dos hijos fueron buenos amigos, mientras supieran tener fe ciega y velar por la seguridad del otro.

La historia no tenía por qué repetirse. Simba tenía la experiencia, creía saber qué palabras necesitaban oír sus hijos y cómo debía hacer las cosas, contaba con la ayuda incondicional de sus amigos y familia, poseía tanto la educación de realeza de su padre como la humildad que Timón y Pumbaa le inculcaron en los años que vivió en la jungla. Encontrar un equilibrio entre ambos sería su misión, lo necesario para poder mostrárselo a sus hijos y que ambos pudieran tomarlo y usarlo en su beneficio para poder ser buenos dirigentes.

Mirando a sus hijos con un brillo de picardía en sus rubíes, Simba les guiñó el ojo, y se echó a correr en dirección del baobab de Rafiki, sabiendo que ya casi habían llegado. Sus dos hijos le siguieron, riendo divertidos mientras comenzaban sin casi darse cuenta otra de sus muchas batallas de broma.

SIMBA:

Somos uno, ustedes, yo.
Una familia tan distinta como igual
que un día bajo el sol cantará.

Kopa poseía la firmeza, la estabilidad, la seguridad y estoicismo necesarios en un monarca; Kiara tenía un alma aventurera, una mente abierta, una fiereza admirable; y ambos, un corazón puro. Sabía que juntos lograrían muchas más cosas que por separado, cubriendo sus defectos con las virtudes del otro, apoyándose. Por un mero instante, Simba pensó en las palabras de su tío, habladas ya hace muchas noches: Binti y Nuka iban a ser ambos reyes de la manada Ndona. En un principio, él estuvo demasiado asustado para decidir si Kiara debía ascender al trono también, viendo la oposición de las leonas en el simple hecho de que ambos fueran educados como herederos. Sorprendentemente, Simba vio que sus opiniones ya le daban igual. Kiara eran tan hija de rey como Kopa, ambos se llevaban bien y, cuando no se peleaban y se hacían rabiar, eran un gran equipo. En los dos se podría sacar el perfecto rey que cada reino ansiaba.

Justo cuando la familia real estaba enfrente del árbol gigantesco donde Rafiki vivía, Simba escuchó un golpe sordo que le hizo darse la vuelta, encontrándose a sus dos hijos tirados en el suelo: la pequeña encima del mayor, impidiéndole levantarse. Cuando ambos cachorros se dieron cuenta de que su padre los estaba mirando, se levantaron y dieron su mejor sonrisa. Meneando la cabeza en signo de resignación, Simba se acercó a sus sucesores, lamiéndoles la cabeza con afecto.

SIMBA:

La sabiduría para avanzar
solo el tiempo se la podrá dar,
y así un día entenderán
¡que son clan!

Ante sus palabras, los príncipes volvieron a mostrarse bastante vacilantes. Su padre esta vez no le dio mucha importancia. La paciencia era una gran virtud, y no le importaría si tenía que pasarse el resto de su vida recordándoles lo especiales que eran: él estaría ahí para ellos.

—No teman nada, niños, algún día lo entenderán —les garantizó Simba. Luego, señalando con la cabeza al árbol, añadió:—Vamos, seguro que están ansiosos por conocer a su tío.

Kopa asintió y se acercó a su padre, quien lo ayudó a escalar el tronco. Kiara iba a ir en su ayuda también cuando se vio obligada a parar en seco, encontrándose con la misma cría de pájaro de antes volando delante de ella. Sin que les diera tiempo a su padre y hermano de verlo, el pájaro salió volando, alejándose del reino. Y Kiara, en lo más profundo de su alma, sintió una gran envidia al verlo volar libre hacia el horizonte.