10. La cascada

Emma entró en su cuarto y solo entonces se dio cuenta de que había dejado su camisa en el cuarto de la morena. Cerró los ojos suspirando hondamente, recordando todo lo que había pasado aquel día, en cómo se sintió al despertar con Regina en sus brazos, en cómo la morena la miraba cuando se la encontró en la cocina, en cómo le acarició el rostro, como si Emma fuera algo demasiado precioso, algo que estuviera tocando por primera vez, y en cómo sintió su cuerpo gritar por la forastera de una manera en la que jamás había gritado por nadie. En todo lo que sintió en el beso que se dieron en la cocina y después en cómo caminaron hasta el cuarto de la morena, sin romper el beso, en la visión del cuerpo semidesnudo de Regina, en cómo ella reaccionaba a cada toque de Emma en su cuerpo, los suspiros, los quedos gemidos que soltó y recordó que había sentido algo en Regina que la hizo tensarse. No entendía cómo o por qué.

Emma se insultaba internamente por haber reaccionado de aquella forma con la morena. Ni siquiera la había dejado que se explicara. Al mismo tiempo se preguntaba si realmente habría una explicación o si ella la quería. ¿Cómo sería posible? La rubia caminaba de un lado a otro de su cuarto y millones de preguntas venían a su mente además de lo que llevaba sintiendo desde que había puesto los ojos en la forastera por primera vez. Ella sabía que no era solo deseo, que era más que eso, pero, ¿qué podría hacer al respecto? ¿Y si ella fuera como su padre y hermano? Eso era algo que la atormentaba y por ese motivo se impedía a sí misma crear lazos más profundos aparte de los que tenía con sus tíos, Tinker y Ruby.

Hasta la llegada de Regina nunca había sentido, de hecho, que tenía que preocuparse con eso, no se interesaba por nadie en la ciudad, no hasta el punto de tener realmente miedo de que pudiera ser como su padre y hermano. Ella ya había estado con hombres y mujeres, le habían proporcionado buenos momentos, buena distracción, pero nunca ninguno le hizo sentir las cosas que le hacía sentir Regina. Que se le acelerara el corazón con un simple toque, que cada célula de su cuerpo clamara por la morena con un beso, el deseo de proteger, cuidar. Todo eso era nuevo para ella y la estaba aterrando. Temía que si se dejaba llevar por lo que estaba sintiendo, aunque aún confuso, pudiera acabar descubriendo que era como su padre o su hermano.

Cuando se dio cuenta, ya el sol estaba entrando por su ventana. Entonces, se dirigió al baño, y dejó que el agua caliente relajase su cuerpo. Se puso el uniforme de sheriff: sus inseparables pantalones de cuero, las botas y la camisa de franela. Cogió su cartuchera, sus armas y su sombrero y descendió. Cogió sencillamente un trozo de tarta y salió inmediatamente, dejando a Mary y a David con las miradas confundidas.

«¿Qué le pasa?» preguntó el rubio mientras cogía la botella de leche que estaba encima de la encimera y la dejaba en la mesa.

«No tengo ni idea» respondió Mary mientras miraba curiosa la puerta por donde Emma se había ido «Ella nunca se pierde el desayuno…»

«Tranquila, querida, si es algo en que podamos ayudarla, vendrá a nosotros» respondió David dejándole un beso en la mejilla a su esposa

Rápidamente, Tinker, Ruby y Zelena descendieron a desayunar y el asunto fue olvidado. Ruby se marchó a la comisaría, extrañándole el hecho de que ni Emma ni Regina hubieran estado presentes en el desayuno.

«¿Puedo saber por qué no estabas en el desayuno?» dijo Ruby mientras dejaba su sombrero en la punta de la mesa

«No tenía hambre» respondió la rubia mientras miraba unos papeles en su mesa

«Claro. Y yo soy Papá Noel» dijo Ruby revirando los ojos y acercándose a la mesa de la rubia, al llegar le alzó delicadamente el rostro «¡Joder, estás horrible!»

«Gracias, Rubs» respondió irónicamente

«Ems, ¿qué pasa?» preguntó la morena alzando de nuevo el rostro de la amiga

«Nada. Solo una noche mal dormida» respondió la sheriff levantándose y caminando hacia la puerta

«Creo que la señorita Mills también ha tenido una noche mal dormida» dijo Ruby divertida, captando la atención de Emma «Tampoco apareció por el desayuno…»

Emma volvió a retomar su camino hacia la puerta. Se dirigió a las cuadras, cogió a Andromeda y cabalgó un rato. Necesitaba estar sola, aclarar un poco su mente.


Regina se despertó con los rayos del sol invadiendo su cuarto. Miró alrededor y se dio cuenta de que esa noche realmente había sucedido, no había sido una ilusión o un sueño o algo parecido. Cogió la pieza de ropa que Emma había dejado en su cuarto al salir y se la llevó al rostro, inhalando el aroma de la rubia que estaba impregnado en la prenda. Un leve aroma a canela podía aún olerse. Con un suspiro la morena dobló la prenda y la dejó en el sillón, en la esquina del cuarto. Fue al baño donde hizo su higiene matinal y bajó después. Al llegar a la cocina, Tinker estaba sentada en la mesa conversando con Mary mientras comía un trozo de tarta.

«¡Regina!» Tinker sonrió y se levantó enseguida yendo hacia la morena y arrastrándola hacia la mesa «¡Ven a desayunar conmigo!»

«Gracias, Tinker» Regina se sentó al lado de la pequeña rubia y enseguida Mary trajo otra botella de leche a la mesa, y se sentó con las dos.

Entablaron una amena conversación, lo que hizo que Regina se olvidara por unos instantes de lo ocurrido la noche anterior. Al terminar de desayunar, se levantó y les dijo a las mujeres que iba a ir al Jolly Rogers, pues necesitaba hablar con un amigo. Al llegar al establecimiento, saludó a Killian y meneó negativamente la cabeza, sin poder evitar contener una sonrisa, al ver a su hermano sentado al otro lado de la barra, conversando con el muchacho de ojos azules. Hizo su camino hasta el cuarto de Merlín y llamó algunas veces a la puerta, esperando que abriese.

«¡Regina! Entra, por favor» dijo el moreno dejándole espacio para que entrara en la habitación «¡Estaba por ir a buscarte!»

Al entrar en el cuarto, se encontró con otra figura, un muchacho de cabellos casi por los hombros, una barba bien arreglada, y con pose de hombre importante. Podría confundirse fácilmente con un hombre de posibles.

«¡Regina, querida!» dijo Arthur levantándose y caminando hacia la morena «¡Qué alegría verte!»

«No sé si puedo decir lo mismo, a fin de cuentas, si estás aquí es que el hombre a quien busco también está» respondió ella arqueando una ceja

«Dulce como siempre» respondió Merlín riendo «Siéntate, Regina, Arthur tiene información interesante para ti»

«Espero que sí, en caso contrario te voy a dar una patada en culo tan fuerte que volverás a tu ciudad volando» dijo ella mientras se sentaba en el sillón.

«Tienes razón sobre el motivo por el que estoy aquí» dijo tocando la barba «El hombre que buscas también está aquí. Llegó esta madrugada, así como yo. Hice como Merlín me pidió y lo seguí a todos lados. Es astuto, no es muy inteligente, pero es astuto. Observa a los hombres en los salones y espera a que estén borrachos o lo suficientemente entretenidos con las muchachas para robarles. Y hay otra cosa…» Arthur hizo una pausa, tomando aliento para continuar «Ayer, antes de partir hacia acá, mientras lo observaba y lo seguí hasta el sitio donde se estaba escondiendo, una mujer que siempre está con él, se acercó a mí. Dijo que era su madre. Me pidió que buscara a la sheriff y le avisara de que su hermano estaba de camino para que ella pudiera estar preparada cuando él llegara»

Los dos hombres notaron cómo el cuerpo de la morena se tensó ligeramente ante la última información dada por Arthur. Regina se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro del cuarto, intentando decidir si le contaría o no a Emma eso. Si le daría el recado de su madre o no. Mientras pensaba sobre eso, otra cosa le vino a la mente y con ella la duda de si la rubia iba a querer hablar con ella de nuevo. Al final, decidió que sería mejor caminar un poco para pensar en todo eso y entonces decidiría qué hacer. Cogió su sombrero y salió, siguiendo un rumbo concreto por las calles de la ciudad.


Emma cabalgó hasta la cascada en que ella y Regina se habían besado por primera vez. Se quitó las botas y metió los pies en el agua, quejándose sola por estar helada. Se quitó también el sombrero y lo dejó junto a las botas, se abrió los botones de su camisa y se dobló las mangas hasta la altura de los codos. Cerró los ojos, inclinando su cabeza para aprovechar mejor el sol que ahora estaba brillando plenamente en el cielo, y dejó que sus pensamientos vagaran, recordando el día en que se había encontrado con Regina allí, de cómo ellas se habían caído al agua y acabaron besándose y en cómo no conseguía sacar a la morena de sus pensamientos ni siquiera después de la pasada noche. Mientras sus pensamientos iban desde su infancia hasta los días recientes, escuchó un ruido en los arbustos que rodeaban la cascada. Se llevó las manos a la cartuchera y cogió una de sus armas. Miró alrededor, intentando descubrir de dónde venía el ruido. Emma se levantó lentamente, procurando no hacer ningún sonido y caminó hasta el sitio donde de nuevo escuchó el sonido. Con el arma empuñada en una de sus manos, mientras la otra apartaba el follaje del camino

«¡Jesús!» exclamó Emma bajando el arma

«Discúlpame, Emma, no quise asustarte» respondió Regina dando un paso hacia atrás

«Todo bien, Regina» dijo la sheriff mientras volvía a enfundar el arma en su cartuchera «Soy yo la que tengo que disculparme»

«Está bien, Emma» respondió la forastera girándose para macharse

«¡Espera!» Emma la agarró delicadamente del brazo, haciendo que se girara hacia ella «Discúlpame, de verdad»

Regina la miraba con una ceja arqueada, no estaba segura de a qué se refería la sheriff, pero al mismo tiempo tenía miedo de preguntar. Dudó unos segundos, aún sintiendo la mano de Emma en su brazo y se permitió sonreír.

«Todo bien, Emma» repitió Regina

«¿Podemos conversar?» la rubia tenía un tono incierto en la voz

Regina solo asintió con la cabeza y siguió a Emma hasta donde ella estaba sentada momentos atrás. Se quedó quieta, esperando que la rubia se pronunciase. Su postura recta, las piernas cruzadas, las manos cerradas en un puño denunciaban que estaba tensa. Miró a Emma y sonrió, al ver a la rubia relajarse aunque imperceptiblemente.

«Sobre la noche pasada…» Emma fue interrumpida por Regina

«No Emma, no me debes disculpas» dijo la morena tomando aliento antes de continuar «Debería habértelo contado antes. Solo que no pensé que llegaríamos tan lejos. Yo…»

«No. Regina, mira, estoy de acuerdo, deberías habérmelo contado, pero eso no me daba el derecho a haberme marchado de tu cuarto de aquella manera, sin al menos escucharte. Disculpa» Emma habló ruborizándose, sus ojos presos en los de la morena.

«Puedes preguntar, Emma. Sé que tienes dudas al respecto y estoy dispuesta a responderlas» dijo la forastera sonriéndole a la sheriff

«¿De verdad?» la rubia tenía un tono de curiosidad e inseguridad en su voz, pero sonrió al ver a Regina afirmando con la cabeza y sonriendo «Yo…es…ah…¿naciste así?»

Regina la miró divertida, a pesar de ser un asunto delicado, ver a Emma de aquella manera, toda avergonzada, enrojecida y hasta algo tímida, era algo nuevo para ella.

«¡Idiota!» Emma se reprendió, golpeándose con la mano la frente «Pues claro que naciste así. ¿Qué pensabas que sería? ¿Magia?»

Regina no pudo evitar una risa ante tal escena, lo que atrajo la atención de la rubia hacia ella de nuevo.

«Sí, Emma. Nací así y no, no sé lo que lo causa, cómo o por qué» respondió Regina serena

«¿Y cómo lo descubriste…digo, cuándo lo descubriste?» preguntó Emma aún sonrojada

«Lo descubrí cuando mi cuerpo comenzó a formarse mejor. Al tener una hermana y un hermano mayores y compartir un cuarto con Zelena, ya la había visto sin ropa, sabía cómo era su cuerpo y me di cuenta de que el mío era diferente, a pesar de que siempre me he sentido y me he visto como mujer» respondió Regina sonrojándose levemente «Mis padres lo sabían, está claro, pero nunca lo habían comentado. Hoy creo que no sabían cómo hablar del asunto»

«¿Y conoces a otras personas…?» Emma no sabía qué palabra usar, y tuvo miedo de ofender a la morena, prefirió dejar la frase incompleta

«En realidad no» respondió Regina mientras se quitaba las botas y metía los pies en el agua «Entiende, nunca salí de la hacienda, por lo menos no hasta tener edad suficiente para eso. Y aún así siempre busqué mantener eso en secreto. No es algo que las personas acepten fácilmente y creo que si hubiera más personas como yo, por su propio bien preferirán mantenerlo en secreto»

Emma sintió un cierto pesar en la voz de la morena y eso la hizo sentirse mal, recordando que probablemente había hecho sentirse muy mal a la morena la noche pasada. Se sentó algo más cerca de la morena, dejó que sus manos se tocarán sobre la piedra húmeda al borde del lago de la cascada.

«¿Y cómo era cuando conocías a alguien? Alguna muchacha o muchacho…» Emma preguntó desviando la mirada por primera vez

«Digamos que nunca he ido más allá de unos besos por aquí y por allá» respondió Regina sonrojada y sonrojándose aún más al ver la mirada ligeramente sorprendida de Swan «Comprende, sencillamente no podía conocer a una chica o chico y arriesgarme a ir más allá. No sabía lo que podía suceder. No quería ser el motivo de comentarios en la ciudad y traer problemas a mi familia por esa causa»

«Pero conmigo fuiste…» puntualizó Emma

«Sí, fui» Regina respiró pesadamente

«¿Por qué?» preguntó Emma alzando despacio el rostro de la morena hacia ella

«¿Disculpa?» Regina la miraba con curiosidad

«¿Por qué conmigo te arriesgaste? ¿Qué me hace diferente a las demás personas?» Emma sentía curiosidad por eso, y se sentía especial

«No lo sé, Emma» Regina respondió sincera «Pero contigo es diferente. Es como si no pudiera evitarlo. Es nuevo para mí»

«Comprendo» Emma respondió con sus ojos presos en los de la morena «De cierto modo también es nuevo para mí. Quiero decir, despiertas cosas en mí que nadie jamás despertó antes, es como si sencillamente no pudiera mantenerme apartada»

Regina desorbitó los ojos, sorprendida ante tal afirmación, imaginaba que después de la noche pasada y después de esa conversación, Emma sencillamente se apartaría. Pero al decir eso, una chispa de esperanza surgió en la morena. Se quedaron ahí un rato más, en silencio, solo disfrutando de la mutua compañía, dejando que sus pensamientos vagaran por ahí. Regina recordó lo que Arthur le había dicho con anterioridad y creyó mejor no comentarle nada a la rubia por ahora. Haría lo que pudiera por mantenerla segura. Al caer la tarde, volvieron a la ciudad, cada una se fue a su cuarto a tomar un baño y bajaron a cenar.

Centro de la ciudad, altas horas de la noche

Robin andaba por el centro de la pequeña ciudad, ligeramente borracho, viendo los cambios sucedidos en los últimos años cuando se acercó al Jolly Rogers. El local estaba cerrado, solo unos hombres muy borrachos aún estaban en las cercanías, sin prestarle atención al rubio. Él rodeó el local, buscando la entrada de atrás, por donde él y su padre solían entrar después del trabajo para divertirse con las chicas. Divisó dos figuras que enseguida identificó como hombres. Se estaban besando intensamente, y eso hizo que la sangre del rubio ardiera. Robin se acercó, y le dio un puñetazo a uno de los hombres, tirándolo al suelo. Enseguida se giró hacia el otro, y también lo golpeó aprovechando el estado de asombro en que se había quedado debido a lo que acababa de pasar. Al mirar al primero que había tirado, se dio cuenta de que era Killian Jones.

«¡Solo podía ser el hijo del viejo Adam Jones! Siempre le dije que te dejaba demasiado suelto en medio de las chicas» dijo Robin mientras propinaba algunas patadas al chico, sin darle oportunidad de levantarse.

Graham estaba caído en el suelo, algo mareado debido a la fuerza usada por Robin en el puñetazo que le había dado. Intentaba ponerse en pie para ayudar a Killian, pero en ese momento sintió el pie de Robin dándole una patada en el estómago, casi haciéndole perder la respiración. Enseguida, el rubio se giró de nuevo hacia el dueño del local y cuando estaba a punto de darle otra patada, sintió un fuerte golpe en su cabeza que lo derribó al suelo enseguida.

Sin tener tiempo a levantarse, sintió otro golpe, esta vez en su espalda y después otro en sus costillas. Intentó levantarse de nuevo, pero sintió un puñetazo tan fuerte como los suyos acertándole en la mandíbula, levantándolo del suelo. Notó el gusto metálico en su boca, mezclado con tierra y se giró para mirar a la persona que lo estaba atacando. Solo pudo ver que era una mujer; ella agarraba un palo en sus manos, pero no consiguió ver su rostro pues llevaba un paño que le tapaba parte de él. Ella se acercó a él, tirando de sus cabellos sin delicadeza alguna, empujando su rostro contra el suelo, y se agachó a su lado.

«Podría acabar contigo aquí mismo, pero esa tarea no es mía» dijo Mal mientras agarraba al rubio por los pelos con el rostro aún prensado contra el suelo «Te sugiero que te vayas a casa o donde quiera que estés y dejes a los muchachos en paz»

Robin la miró con odio, jurando en silencio que eso no se quedaría así, pero creyó mejor no abusar de su suerte de momento. Estaba borracho y no mandaba muy bien en sus sentidos, muchos menos después de las agresiones. Se levantó y se fue tambaleándose. La mujer se acercó a los dos muchachos, los ayudó a levantarse y los miró rápidamente para ver si alguno se había roto algo, que para suerte de ellos no era así . Le agradecieron a la mujer la ayuda y Killian la invitó a pasar, al menos, esa noche en uno de los cuartos del Jolly Rogers, oferta que fue inmediatamente aceptada por la rubia. Llevaron su caballo a las cuadras y volvieron en seguida. Usaron una entrada que daba a la cocina y llevaba hasta el salón. Ella se ofreció a curar las heridas de los muchachos y tras hacerlo, Killian la llevó a un cuarto libre del piso de arriba. Mal tiró sus bolsas a un lado del cuarto, fue al baño enseguida a dejar que el agua caliente relajase su cuerpo, y cayó en la cama inmediatamente después.