Tribulaciones
.
.
Capítulo 10
.
.
Los días continuaron pasando y el único día en el que Gokú había reemplazado a su verdadero maestro Gohan había quedado atrás. Sin embargo, las sensaciones que el sayajín mayor provocaban en Kagome no solo seguían haciendo acto de presencia, sino que parecían ir en aumento, provocando un choque de emociones y sentimientos en la joven.
Mientras Kagome continuaba su entrenamiento con su amigo, Goten no paró de insistirle a Kagome y a Gohan que trajeran a Sango para que viniera a visitarlo puesto que desde que la conoció en el restaurante no la había vuelto a ver. Ni Kagome ni Gohan tuvieron problemas con esto, pero por las dudas le habían vuelto a preguntar a Gokú si él no tenía problemas con que ella viniera a visitarlos. Éll confirmó de nuevo que no había inconveniente.
Gohan le pidió nuevamente el vehículo aéreo a Bulma y él se dispuso a usarlo para transportar a Sango hasta la montaña Paoz. Durante el viaje, Kagome pudo notar la clara expresión de asombro que su mejor amiga tenía. Sin duda el mismo que ella tuvo cuando Gohan la había transportado por primera vez a la casa del señor Gokú, pero ahora ya no lo necesitaba, pues ya podía volar usando su ki. No obstante, aunque compartía todo con la castaña, la de cabellos oscuros aún no le había revelado su secreto de lo que ahora podía hacer, tan solo le había dicho que como Gohan era un gran peleador de artes marciales que incluso había participado en el afamado torneo conocido en todo el mundo donde solo los peleadores más experimentados participaban, ella le había pedido de favor que la entrenase para retomar el entrenamiento que había dejado luego de la muerte de su padre, pero eso era todo. Sango no sabía ni que ella podía volar ni que estaba aprendiendo a usar el ki, ni quienes eran en realidad la familia Son, puesto que ese secreto era algo que solo le pertenecía a ellos y hasta que Gohan no se lo revelara, Kagome concluyó que ella tampoco debía decir nada y eso también incluía la clase de entrenamiento que hacía pues todo estaba conectado y si le contaba una cosa también tendría que contarlo todo y ella prefería guardárselo a que contarle una verdad a medias.
Al llegar a la casa del señor Goku, la castaña supo que las descripciones del lugar donde ella y Gohan entrenaban no eran para nada exageradas: el paisaje era realmente hermoso, tranquilo y completamente diferente a la ciudad a la que ella y Kagome acostumbraban. Sango pudo entender el porqué a la de cabellos oscuros le gustaba pasar su tiempo ahí más allá de que recibía entrenamiento.
—Esto es grandioso… —se maravilló a la vez qu bajaba del transporte aéreo junto con Kagome y Gohan.
—¡Sango! —exclamó emocionado Goten, yendo hacia la castaña para saludarla.
—¡Goten! Tanto tiempo… —exclamó con una sonrisa.
—¿Sabes? De seguro si yo no les exigía a mi hermano y a Kagome que te trajeran no lo hubieran hecho… —se quejó el pequeño, haciendo un puchero.
Sango no podía ver al hermano menor de Gohan más adorable.
—Ya lo creo. —rió divertida. —pero no te preocupes, Gohan y Kagome acordaron traerme más seguido, así que de seguro te cansaras de mí. —bromeó.
—No lo creo, podríamos entrenar juntos si quieres. —sugirió
—¿Entrenar? Lo siento, Goten, pero yo no sé artes marciales y nunca he sido buena en eso, intenté aprender con Kagome cuando eramos más pequeñas pero fue un fracaso.
—¿En serio? —Goten la miró algo decepcionado —¿Entonces tampoco quieres aprender a volar?
—¿Volar? —lo miró confusa.
De repente, Gohan empezó a reír de manera exagerada y nerviosa.
—Goten ya deja de bromear –interrumpió Gohan.
Sango creyó que la idea de volar era otro de los juegos que le gustaban al menor, y era normal, ella podía recordar cuando a su hermano Kohaku le encantaba imaginar que volaba por los cielos mientras observaba todo desde las alturas al mismo tiempo que sentía el viento sobre su piel, pero la castaña sabía que en realidad él le temía a las alturas al igual que ella, así que el poder volar por cuenta propia sería imposible aún si de alguna forma lo consiguieran. El cuerpo de Sango aún sentía el efecto de otear a través de los cristales del vehículo el suelo que parecía muy alejado de ella, era una mezcla de miedo y emoción, pues era la primera vez que viajaba por aire. No obstante, no era algo que deseara hacer mucho por el hecho de tener esa irremediable fobia a las alturas que compartía con su hermano menor, tanto que incluso ninguno de los dos toleraba subirse a una montaña rusa.
La castaña continuó observando el lugar maravillada, todo era diferente, incluso el cielo que lucía mucho más claro y hermoso. Fue en ese momento que columbró a lo lejos la silueta que se dirigía hacia el lugar donde ella, Kagome, Gohan y Goten estaban. Al principio, se quedó mirando dicha figura desconcertada, pues le parecía extraño ya que no se parecía a ningún ave que haya visto antes, no obstante, no tardó en cambiar la expresión de su rostro a una de completa perplejidad mientras sus ojos parecían salirse de sus orbitas al darse cuenta que esa figura era la del padre de su amigo, así es, él estaba… ¡¿volando?!
Al ver la expresión de Sango, todos viraron su mirada hacia donde los ojos de la castaña estaban clavados, y ahí fue cuando vieron a Gokú dirigirse hacia ahí con una gran sonrisa en su rostro, y a medida que se acercaba podían visualizar algunas heridas leves en su cuerpo, también tenía su traje rasgado. En ese momento, ni Kagome ni Gohan supieron que hacer, pues ver aquella escena tan fuera de lo normal debía ser realmente extraño para su amiga, por lo cual, tan solo se limitaron a esperar a que Gokú aterrizara.
—Hola, muchachos. —saludó con una sonrisa. Miró a Sango. –Vaya… ¿Cómo haz estado? No te veía desde aquella vez que nos conocimos en el restaurante. –dijo de manera natural mientra se quedaba viendo a todos los presentes con su particular sonrisa.
Al notar el rostro perplejo de Sango y que esta se quedaba mirándolo sin poder articular palabra alguna, Gokú miró automáticamente a Gohan y Kagome quien lo miraban como si su aparición no hubiera podido ser en un momento más intempestivo.
—¿Ocurre algo malo? —preguntó desconcertado Goku.
—Eh… Sango… bueno… veras… mi padre estaba… él… —trató de dar alguna explicación coherente para la fémina que aún miraba a su padre perpleja sin decir nada ni poder moverse.
—Sango… —comenzó a hablar Kagome con calma para que su amiga pudiera terminar de procesar el increíble suceso que acababa de ver. –Gohan, Goten y el señor Gokú pueden hacer esta clase de cosas… —continuó. —Ellos… bueno… ellos son especiales… —concluyó para no revelar nada que ninguno de ellos quisiera.
—¿D-De que… hablas…? —finalmente logró decir aún con expresión perpleja.
Kagome deseaba decirle la verdad a su mejor amiga, en verdad deseaba hacerlo, pero no era su verdad.
—Lo lamento pero…
—Somos Sayajins. —declaró Gohan de repente.
Sango alzó una ceja. Lo que había dicho Gohan no le decía mucho.
—¿Qué cosa? ¿Sayajíns? —inquirió Sango.
—¿Qué no lo sabías, Sango? —interrogó Goten sin saber de la ignorancia de la castaña.
—No, Goten, nunca hemos podido decírselo. —interrumpió Gohan.
—Ya veo… así que no se lo habían dicho. —rió Goku. —Así que es por eso que pusiste esa expresión al verme volar, al parecer, no es muy común en los humanos hacer esta clase de cosas, así que su sorpresa es de lo más natural. –comentó Goku. Esta vez dirigiendo su mirada hacia la mejor amiga de Kagome quien comenzaba a digerir la extraña situación.
—¿Sayajíns? Entonces… ustedes… ¿No… son humanos? —preguntó dudosa como si la situación aún le fuera completamente descabellada.
—Pues… es una larga historia… —dijo Gohan. – pero si quieres saber, puedo contártela…
Al ver que los tres Sayajins no tenían ningún problema en contarle la verdad a Sango, Kagome no pudo evitar esbozar una sonrisa mientras escuchaba a Gohan contarle con detalles lo mismo que le había contado a ella.
La castaña escuchaba con absoluto asombro la increíble historia de los seres que habían salvado la Tierra más de una vez, y no había lugar para dudas, pues ella sabía que ni Gohan ni, aunque no los conociera tanto como su amigo, Goten ni Gokú mentirían con algo tan increíble como eso. Luego de escuchar su historia, Kagome le confesó en que consistía su entrenamiento, el accidente que casi la había llevado a la muerte y que ella podía volar al igual que los Sayajíns. ¡¿Su mejor amiga podía volar?! ¡¿Su mejor amiga poseía la capacidad de convocar ki?! ¡¿Su mejor amiga casi moría?!
Por más increíbles que le resultaran esas revelaciones no pudo evitar regañar severamente a Kagome por hacer algo tan arriesgado que casi le hacía perder la vida, y también, a Gohan por decirle que lo hiciera a lo cual los dos se limitaron a ser sermoneados por la castaña mientras parecían hacerse cada vez más pequeños por su presencia tan amenazadora.
Al ver la escena en la cual la mejor amiga de Kagome regañaba a Gohan por lo que había sucedido semanas atrás, Gokú y Gohan recordaron a Milk quien solía regañarlos casi de la misma forma en que lo hacía Sango, solo que, a su parecer, la de cabello negro atado en un rodete daba mucho más miedo que ella.
Luego de que todo fue aclarado, y que Sango ya sabía y había procesado toda la verdad sobre los Sayajins, ella pudo presenciar asombrada el entrenamiento de Kagome. No podía creer cómo es que lograba hacer aparecer esas bolas de luz llamadas ki para destruir las rocas y árboles que Gohan le pedía que destruyera, pero, a veces, podía notar que su mejor amiga fallaba en su objetivo. Le parecía extraño ya que venía haciéndolo realmente bien, no es que supiera mucho de artes marciales y de cómo convocar el ki, pero no hacía falta saber sobre eso para darse cuenta de que ella era grandiosa, además, podía notarlo por la expresión de satisfacción en el rostro de su amigo Gohan. No obstante, en un momento, su expresión se mostró confusa como si no entendiera la causa del porqué no daba en el blanco, o por qué de a ratos le costaba reunir su ki en la palma de su mano, y era lógico, a Sango también le desconcertaba ese hecho.
La castaña pudo notar que su descontrol sobre su extraño poder había comenzado cuando el señor Gokú y Goten hicieron acto de aparición luego de regresar de su segundo round de entrenamiento para poder presenciar el entrenamiento de Kagome, algo que desconcertó a Sango aún más mientras observaba a su amiga con una especie de suspicacia pensativa. ¿Casualidad? No. Sería demasiado para que lo fuera, además, ella había vislumbrado un cambio demasiado abrupto en su mejor amiga como para que lo fuera. Podía ver síntomas de nerviosismo, confusión y un ligero rubor en sus mejillas. ¿Estaba avergonzada? ¿Por la presencia del señor Gokú y su hijo menor? ¿Por qué? Como siempre, a Sango no le gustaba quedarse con las dudas que no la dejaban en paz. Pensó en algo para hablar con ella a solas.
—Oigan… —quiso llamar la atención de los tres Sayajíns.
Los tres miraron a la castaña a la expectativa de la continuación de su dicción.
—Verán… pienso que Kagome esta algo cansada, tal vez necesita un descanso y caminar un poco para despejarse, además me gustaría caminar con ella a solas para explorar este hermoso bosque. ¿No les molesta?
—Pues no… ¿tú que dices Kagome? ¿Quieres parar un poco? Yo pienso que Sango tiene razón. –dijo Gokú mirándola con una sonrisa cristalina.
Al ver la inigualable sonrisa del señor Gokú, el rostro de Kagome se tornó escarlata y automáticamente cambió su mirada hacia abajo por lo avergonzada que se sentía de aquellas sensaciones que ese señor le provocaba.
—Yo también pienso que Sango tiene razón. —afirmó Gohan apoyando la idea de la castaña.
—Pues yo también, pero no se vayan a perder, ¿sí? —quiso corroborar Goten.
—Por supuesto que no. —aseguró Sango con una sonrisa para luego ir hacia su amiga que extrañamente había estado muda desde hacía un buen rato y tomarla del brazo para alejarse de los Sayajins.
Kagome y Sango caminaron por un rato hasta que se vieron completamente apartadas del lugar de entrenamiento mientras la de cabellos oscuros de a poco lograba calmarse y destensarse.
—Muy bien… ¿me lo dirás o tengo que sacártelo como siempre? —comenzó hablando la castaña.
—¿Eh? Pero… ¿de qué…? —parpadeó confundida.
—¡Por favor! —la interrumpió de repente. —No comencemos de nuevo con esto. Me di cuenta de cómo te comportaste durante tu entrenamiento exactamente cuando el señor Gokú y Goten aparecieron. ¿O me lo negaras? —la interrogó con expresión escruta.
—B-Bueno… no es que… yo… no sé… por qué… me pasa eso. —dijo poniéndose nuevamente nerviosa. Estaba diciendo la verdad. Ni ella entedía sus reacciones.
—¿No sabes por qué? —preguntó, dando un profundo suspiro de resignación. –Si no lo sabes será mejor que lo averigües porque yo tampoco puedo entenderlo… —hizo una pausa pensativa. —¿Acaso el señor Gokú te dijo algo? No lo sé… algo que te provocara esas sensaciones…—indagó mirando con fijeza a su amiga.
—¿Algo? Pues no, el señor Gokú siempre ha sido muy amable conmigo… —declaró con firmeza.
—Pues que extraño…
—No creo que Kagome…
—¿Desde cuándo empezaste a sentirte así? —siguió indagando, interrumpiendo sus propios pensamientos.
—¿Desde cuando? Pues… —hizo una pausa pensativa—. No lo sé… cuando me di cuenta ya me sentía de esa forma.
Al escuchar a su amiga y al recordar su extraño comportamiento durante los últimos momentos de su entrenamiento, Sango empezó a tener ciertos pensamientos que podrían explicar su reacción, pero no estaba segura ni tampoco quería sacar conclusiones tan rápido, además… tampoco quería creer lo que empezaba a elucubrar...
—Entiendo… —concluyó Sango. —Solo trata de que no te afecte demasiado ya que podría traerte graves problemas. –advirtió, pero de pronto recordó algo. –Un momento… ¿No dijiste que fue justo cuando el señor Gokú apareció que tu ki se descontroló y es por eso que casi pierdes la vida? –preguntó alarmada mientras la miraba fijo. Más allá de lo que le pudiera responder, Sango buscaba la respuesta de los ojos de su amiga.
—Pues… sí… —dijo a la vez que se podía roja de la vergüenza por el hecho de recordar su increíble falta de concentración, pero sobre todo con temor de que su mejor amiga la regañara de nuevo severamente.
—No puede… ser… Kagome… tu estás… ¡No! —se negó a aceptarlo. —Aún no es seguro, tal vez son solo ideas mías… además, es imposible que ella esté…
—¡Por favor no me regañes! —pidió encarecidamente, interrumpiendo los pensamientos de su mejor amiga.
—Ya, ya no lo haré… —se tranquilizó. Lo que pensaba era absurdamente loco e imposible—. Sin embargo, deberías tener cuidado para la próxima. —aconsejó Sango.
—Esta bien. —dijo Kagome con una sonrisa.
Luego de que Kagome y Sango caminaron durante un rato, volvieron hacia el lugar de entrenamiento donde los tres Sayajins esperaban a las jóvenes. Una vez que Gohan le pidió a su discípula continuar con su objetivo hasta que pudiera dar en blanco, la castaña se acercó hacia Gohan, Goten y el señor Gokú para hablar con ellos mientras su mejor amiga se concentraba en atinarle con su ki al árbol que estaba a unos metros frente a ella.
Sango aprovechó que esta vez Kagome ya no estaba tan pendiente del señor Gokú y comenzó a hablarles en voz baja de manera disimulada para que ella no se diera cuenta. Al principio, los tres peleadores de artes marciales quedaron algo desconcertados de escuchar a la fémina hablar de esa forma, tratando de que Kagome no lo notara. ¿Por qué lo haría? ¿Qué era lo que Sango no quería que supiera su mejor amiga? Las respuestas a sus interrogantes no tardaron en aparecer a medida que la escuchaban hablar y al fin los tres varones entendieron el porqué de tanto secretismo. Sango y sus amigos le estaban preparando una fiesta sorpresa a Kagome por su cumpleaños y ella los estaba invitando, a lo que los tres aceptaron gustosos. Sin embargo, cuando Gohan se dio cuenta que el gran evento sería en la mansión del de cabellos plateados se retractó inmediatamente, pues no le parecía apropiado asistir al lugar donde Inuyasha vivía. Ante esa respuesta, Sango lo miró perpleja. No obstante, al los pocos segundos de escuchar su negativa pensó que era perfectamente comprensible, pues el hecho de que él asistiera al hogar de quien luchaba por el amor de su mejor amiga, no se veía demasiado bien, empero, Sango sabía que la familia Son se había convertido en personas importantes en la vida de Kagome, por lo cual, ella sabía que si faltaba uno, la de cabellos oscuros se pondría triste y trataría de ocultarlo. La castaña la conocía bien, por algo habían sido mejores amigas de desde la infancia y ella no quería ver a Kagome mal.
Sango intentó persuadir a Gohan de que fuera e incluso le dijo que si él no asistía Inuyasha tendría más ventaja de ganar el corazón de Kagome. Al escucharla, el de cabellos oscuros casi estuvo por ceder, pero aún tenía dudas. No quería dejar sola a Kagome con el de cabellos plateados siendo que él podría tomar el corazón de su amada con facilidad. Además, Gohan sabía del amor que Kagome sentía por el de ojos dorados.
Aún cuando la de cabellos oscuros pasaba más tiempo con él que con Inuyasha, Gohan sabía que había un factor con el cual él no contaba: el amor que Kagome sentía por el de ojos color ámbar. Eso era algo contra lo que Gohan había estado luchando desde que se había enamorado de ella. ¿Qué es lo que haría? ¿Aceptaría o no?
Al ver aún la duda plasmada en el rostro de su amigo, Sango terminó diciéndole que asistiera a la fiesta de Kagome por ella, por ver su rostro feliz de ver a quieres quería reunidos, y entonces, Gohan supo que no tenía defensa contra ese argumento. La castaña había dado justo en su punto más sensible: la felicidad de quien tenía su corazón.
No hubo más que decir.
Faltaban pocos días para la fecha esperada, todo estaba casi listo, excepto por una cosa: pedirle a él que se quedara en la mansión ese día… ¿cómo lo haría? No tenía ni idea, se la había pasado todo el día pensando en cómo pedírselo, esa era la primera vez que tenía que hacerlo, pero la sola idea de imaginarse haciendo tal cosa le hacía tener ganas de tirarse desde el último piso de un gran edificio antes de tener que pedirle algo a ese ser tan petulante. Quizá esa no era una mala idea y en otras circunstancias lo hubiera hecho, ya que, curiosamente, siempre había tenido la sensación de que a pesar de que era completamente imposible, él podría sobrevivir a una caía de tal magnitud, pero en esta ocasión estaría dispuesto a tragarse su orgullo por ella.
El menor de los Taisho sabía que su detestable hermano nunca haría nada por él y viceversa, sin embargo, ya que de alguna manera Inuyasha sabía que Sesshomaru tenía cierta cercanía con Kagome, y que esta lo apreciaba y sentía una gran admiración por él, pensó que su hermano mayor tal vez accedería a quedarse un rato en la fiesta que él estaba organizando para su mejor amiga si le pedía hacerlo por ella, después de todo, la de cabellos oscuros era la única con quien, aunque sea, cruzaba un par de palabras y dejaba salir a la luz la voz que cualquiera pensaría que no poseía al ser tan reservado y no dignarse a dirigirle la palabra a otros.
Inuyasha se dirigió hacia donde su hermano mayor pasaba la mayoría del tiempo: su biblioteca personal. Se sorprendió al no hallarlo, en cambio, le sorprendió ver algunos libros fuera de su sitio apilados en su escritorio de manera desordenada ¿Sesshomaru desordenado? No recordaba ni una sola vez ver un solo objeto fuera de lugar en las pertenecias del de ojos gélidos. Siempre había mantenido todo en orden, claro que para eso tenían a las criadas que se ocupaban de esa clase de cosas. Sin embargo, era bien sabido por todos los miembros de la familia cuánto detestaba que alguien tocara sus cosas y más si se trataba de sus libros, por lo cual, nunca dejó que nadie se acercara a sus posesiones aún si se trataba de limpiarlas.
Inuyasha recordó una vez que una criada había cometido el error de entrar a la habitación de Sesshomaru y limpiar lo que ya estaba limpio, algo curioso sin duda, pero ella lo había hecho porque era su trabajo, así que no pensó que hacía algo fuera de lugar. No obstante, al parecer, esa joven que recién empezaba a trabajar ahí, no había escuchado la estricta regla de que absolutamente nadie debía acercarse a las cosas del hijo mayor de la familia Taisho, y como Sesshomaru era bastante perspicaz para darse cuenta hasta del más ínfimo de los detalles, ese había sido el último día que esa criada había servido en la mansión.
Inuyasha se quedó un rato en el lugar, pues él sabía que si se quedaba, tarde o temprano el mayor vendría, pero se aburrió demasiado rápido, por lo cual, tomó el último libro de una pila y comenzó a ojearlo sin demasiado interés. Era un libro de historia que le dedicaba una parte a una leyenda de hace cinco siglos, la cual se pensaba que podía ser verdad, pero que ninguno de los historiadores modernos podían confirmarlo, o al menos era lo que la profesora de historia de la escuela le había explicado. Casualmente la docente le había dado ese libro para estudiar.
En ese momento, recordó que el año anterior esa profesora, una anciana que estaba apunto de jubilarse, les había pedido un trabajo practico sobre esa leyenda llamada: "La batalla de los cuatro días" Inuyasha no pudo recordar mucho sobre esa leyenda, pero ahora que la leía nuevamente, pudo recordar que se trataba de un sacerdote que había luchado contra numerosos demonios. Tal vez, en otras circunstancias, Inuyasha no lo hubiera creído ni en un millón de años, sin embargo, recordaba claramente que hace un par de años un individuo llamado Cell había aterrorizado la Tierra, y no hace mucho, otro ser llamado Majin Boo había convertido en chocolate a todos sus habitantes excepto a su familia y a él dado que habían logrado ocultarse de ese ser que había provocado caos en el mundo, empero, eso no les había servido de mucho porque de un momento a otro los Taisho presenciaron un gran temblor y luego… la nada. Después de lo que él pensó que fue un lapso de tiempo en el cual parecía haber sido embargado por la inconsciencia, se vio nuevamente en la mansión como si nada hubiera pasado. Inuyasha, Sesshomaru y sus padres se vieron confundidos porque las personas que habían sido convertidas en chocolate ahora estaban en las calles, y al mismo tiempo, éstas y todas las viviendas y edificios estaban restaurados como si nunca hubiera pasado nada. ¿Un sueño? Inuyasha casi lo creía sino fuera porque su familia también había presenciado lo mismo que él, pero lo más sorprendente fue que era la primera vez que había podido encontrar un atisbo de confusión en los ojos de su hermano mayor.
Al rato de lo que para Inuyasha había sido un estado de inconsciencia, una voz demandante se había oído en su cabeza, y él era perfectamente consciente de que no era el único que la oía, sino que también la oían todos los que habitaban el planeta, era una voz que les había dado una rápida explicación de que la Tierra fue destruida pero que él y otros guerreros habían logrado volverla a aparecer mediante un poder misterioso, luego exigía que todos los que moraban en el planeta alzaran las manos para brindar energías a quien sea que la necesitara para pelear contra Majin Boo y eliminarlo de una vez por todas. No obstante, aunque una segunda, y finalmente, una tercera voz de una figura conocida mundialmente les seguía exigiendo sus energías, los Taisho nunca accedieron a dársela aun cuando esta vez, todos los demás sí lo habían hecho.
Ni Inuyasha ni Sesshomaru ni sus padres habían confiado en alguna de esas voces que les había pedido encarecidamente brindarles fuerzas. ¿Acaso alguno de aquellos sujetos que habían aparecido no hace mucho habría aparecido también hace quinientos años y un sacerdote habría luchado contra ellos hasta la muerte? Inuyasha no estaba seguro, ¿si aparecieron en ese último tiempo por qué no lo habrían hecho siglos atrás? Inuyasha continuó leyendo la leyenda, esta vez, con más interés como si intentara buscar algún tipo de respuesta a sus interrogantes, pero él sabía que lo que leía no era del todo seguro, así que se limitó tan solo a conjeturar en base al texto que su mente procesaba.
Por primera vez, el de mirada gélida había visto a su hermano interesarse en la lectura. Podía ver como sus ojos leían con avidez en busca de algo importante, algo valioso. ¿Tal vez respuestas acerca de algún conocimiento insatisfecho? Sería hilarante viniendo de su irritante hermano menor quien nunca se había mostrado interesado en esa clase de cosas, pero tenía que aceptar que esta vez se veía tan absorto en ese libro que antes había leído con indignación, que no podía evitar pensar en la posibilidad de que sus suposiciones fueran ciertas, aún así… ¿cómo se atrevía a tocar uno de sus libros cuando él sabía perfectamente que se lo tenía rotundamente prohibido?
—¿Qué haces aquí? —inquirió con tono severo y su habitual expresión estoica.
Inuyasha sintió su cuerpo dar un inevitable respingo al escuchar la fría voz de su hermano mayor. Automáticamente, dejó el libro que tenía en sus manos encima de la pila de la cual la había recogido abierto en la página que había estado leyendo, mientras que al hacerlo, Sesshomaru posaba su mirada sobre el texto dándose cuenta que el menor estaba leyendo la misma leyenda que él había leído antes de irse a tomar su baño.
—Estaba aburrido de esperarte así que me puse a leer. —fue su respuesta.
—Eso no fue lo que te pregunte. —manifestó perdiendo la paciencia.
—¡Feh! No se te puede hablar. —le espetó.
Sesshomaru no contestó. Y no lo haría. Él no era alguien que perdería el tiempo con alguien tan estulto y detestable como Inuyasha, así que solo se limitó a esperar a que le dijera lo que tenía que decirle, y luego de ignorarlo completamente como siempre lo hacía, le ordenaría con la mirada que se marchara.
—Vine decirte que en unos días será el cumpleaños de Kagome. –hizo una pausa para ver si Sesshomaru mostraba algún atisbo de interés, empero, su rostro se mostró igual que siempre, lo que hacía que dudara si hacía bien en molestarse en hablarle sobre el asunto. — Sé que Kagome es la única con la que raras veces cruzas palabras, así que supongo que de alguna forma debe agradarte. Yo solo vine a pedirte que no desaparezcas cuando le haga la fiesta sorpresa que tengo planeado, o que al menos te aparezcas para saludarla. Sé que sería importante para ella ya que no tengo ni la más pálida idea de cómo es que un sujeto como tú llegó a agradarle. —concluyó.
Inuyasha esperaba aunque sea un asentimiento o una negación, pero el mayor tan solo permaneció mirándolo con el rostro impasible. Al parecer, solo esperando que él se fuera. Ante esa nula y hosca respuesta, Inuyasha sintió ira al darse cuenta que solo perdía el tiempo con alguien que no era capaz de sentir nada.
—¡¿Sabes…?! –empezó a hablar nuevamente con un deje de ira en su voz. —¡Puedes irte al diablo! —terminó diciendo con gran molestia para luego salir rápidamente de la biblioteca.
Sesshomaru ni se inmutó ante las palabras del menor, y tan solo se limitó a acomodar los libros que había dejado fuera de su sitio y que no había ordenado producto de la molestia que le había provocado leer su recién llegado libro de historia. Los acomodó todos, excepto por ese último, y observó la página que Inuyasha había estado leyendo, y se dio cuenta que en esa página estaba escrita el nudo de la leyenda de "La batalla de los cuatro días" un nudo que, por supuesto, nunca había existido.
.
.
.
Era un día como cualquier otro, Kagome no podía creer que el tiempo hubiera pasado tan rápido. Ya faltaba poco para los siguientes exámenes, exámenes importantes que debía aprobar, y esta vez, ella había ido estudiado de a poco para darse tiempo de entrenar, estar con sus amigos, ocuparse de ella misma, y a veces compartir tiempo con su hermano menor Sota que últimamente le había estado reclamando prestarle más atención.
No había podido negarse ante la exigencia de su hermano pues él tenía razón, ya que los últimos meses había estado muy ocupada repartiendo su tiempo para todo lo que era importante para ella. Desde que había vuelto a practicar las artes marciales, se sentía más viva, más enérgica y más feliz, todo parecía más bello incluso el mundo que la rodeaba: las calles, las personas, sus amigos, la escuela, su familia, sus amigos, los árboles, el cielo, y toda la naturaleza en sí. Ella sabía que el ejercicio provocaba un estado de ánimo mucho mejor en quien lo hacía. De seguro, sería por el hecho de pasar el tiempo con los tres sayajins y por estar rodeada de esa naturaleza que era parte de ellos. Así es. Por fin sus tribulaciones se hacían a un lado para dejarla poco a poco. Sin embargo, faltaba algo, tomar una difícil decisión: ¿Inuyasha o Gohan? La verdad era que, pese al tiempo que había pasado desde que descubrió sus sentimientos, no podía decidirse con quien estar definitivamente, y lo peor era que sentía que algo le estaba faltando, y estaba segura de que no se trataba de algo trivial, sino ella lo sabría, se trataba de algo importante, algo que era esensial, y probablemente, era por eso que ella no podía decidirse aún a quien escoger.
Kagome tenía sueños por las noches, siempre era el mismo: soñaba con un lugar donde la naturaleza reinaba, un lugar atestado de árboles, flores y las más hermosas plantas que jamás hubiera visto, sin duda un lugar parecido al sitio donde entrenaba diariamente, y en ese lugar había alguien, pero a pesar de que las luminarias de la estrella de fuego que hacía su aparición cada día invadían todo el hermoso paisaje, ella no podía discernir quién era, tan solo podía visualizar la silueta de ese alguien, tan solo una mera figura, pero sí sabía que se trataba de un varón, de quien no podía distinguir su color de piel o los rasgos de su rostro, pero de algo sí estaba segura:
él sonreía.
Kagome no podía verlo, pero por alguna extraña razón sabía que él sonreía y eso provocaba que su corazón latiera desenfrenadamente, sentía calidez en su pecho, cosquillas en su estómago, un rubor trepar por sus mejillas y una gran felicidad. Durante el sueño siempre trataba de acercarse para saber de quién se trataba, pero nunca lograba verlo, pues aquella silueta parecía alejarse cada vez que ella lo hacía. Kagome deseaba con todas sus fuerzas saber su identidad, ya que… con cada vez que lo soñaba, con cada vez que lo veía… comprendía un poco más sus sentimientos: la fémina sabía que aquella figura le pertenecía a alguien especial para ella… así es… la joven estaba perdidamente enamorada del dueño de esa figura, ya que dicha figura le pertenecía a quien ella le había entregado su corazón de manera inconsciente, pero que nunca lograba vislumbrar su rostro… no obstante… cuando lo hiciera…
—¡Kagome! ¡Kagome! —la llamó una mujer de aproximadamente cuarenta y tres años y cabellos negros desde la cocina.
—¿Eh…? —musitó mientras parecía salirse de sus cavilaciones sobre el mismo sueño que desde hace días había empezado a tener noche tras noche.
La de cabellos oscuros salió de su habitación y se dirigió hacia la cocina.
—Hija, te hice el desayuno —anunció con una sonrisa radiante –. Hice tu favorito: jugo de naranjas, arroz hervido, tostadas con mermelada y un mix de frutas. ¿Sabes? Tienes muy buen apetito desde que volviste a practicar artes marciales.
Kagome rió.
—Y también te vez más feliz —continuó —¿me pregunto por qué será? —dijo con una leve sonrisa picara mientras veía como un ligero rubor se hacía presente en las mejillas de su hija. –Bueno no importa, ya me tengo que ir, te veré más tarde. Suerte en tu entrenamiento.
—¿Eh? ¿Tan temprano? Apenas van a ser las seis de la mañana y hoy es sábado. ¿A dónde iras? —preguntó con curiosidad.
—Bueno, eso es un secreto —declaró con una risita divertida —. Lo siento se me está haciendo tarde, adiós. —se despidió saliendo rápidamente de la cocina para luego abrir la puerta que conducía a la calle y finalmente marcharse.
—Pero que raro —dijo con extrañeza pero al mirar el delicioso desayuno que tenía sobre su mesa se olvidó del asuntó y comenzó a comer.
Cuando hubo terminado su desayuno, Kagome salió de su hogar, y una vez que confirmó que no había nadie cerca, se elevó rápidamente hacia el cielo y voló a toda velocidad hacia la montaña Paoz, pues le encantaba ese lugar y disfrutaba mucho de la compañía de la familia Son. Desde que había aprendido a usar su ki para volar se regocijaba elevándose mientras sentía el viento rozar su piel, y una vez que las alturas ya no le afectaban, el viaje le resultaba fascinante y divertido.
Una vez que llegó al lugar, se sorprendió de ver a su mejor amiga esperándola junto con Gohan. El señor Gokú y Goten no estaban. Seguramente ellos ya se habrían adelantado a entrenar en otro lugar mientras ella continuaba entrenando con su maestro.
—¿Sango? No sabía que hoy venías —declaró algo desconcertada.
Sango rió divertida.
—Pues vine. Llamé a Gohan al celular para que me fuera a buscar, no te dije que quería venir porque con tal de no molestarlo me hubieras dicho que tu te encargarías de llevarme volando y sabes que yo le tengo terror a las alturas así que preferí llamar a Gohan para que me viniera a buscar con el vehículo aéreo —explicó con una sonrisa.
—No te preocupes, no es molestia –declaró Gohan con tono afable.
—De acuerdo, ¿y hoy que haremos? –le preguntó a su amigo ansiosa por comenzar con el entrenamiento.
—¡Ah, eso! —interrumpió Sango de repente con exaltación –Hoy entrenaras pocas horas… —anunció.
—¿Y eso? –inquirió desconcertada.
—Pues le dije a Gohan que sería bueno que hoy saliéramos a pasear, es que hace mucho que no lo hacemos.
—¿Qué cosa? –Preguntó algo confundida —pero salimos el otro fin de semana.
—Pues… —trató de buscar las palabras correctas para justificar su repentino comportamiento —como falta poco para los exámenes y tu estás más ocupada que nunca entre el estudio y el entrenamiento, pues pensé que lo mejor sería disfrutar lo más posible antes de que todos nos internemos en nuestras casas y devoremos los libros. Miroku y Rin nos esperaran en la mansión de Inuyasha y de ahí saldremos a tomar algo por la noche. Así que hoy terminaras temprano más tardar a las cinco, luego tomaras un baño aquí y te pondrás el vestido que te compré.
—¿Un qué…? ¿P-Pero…? ¡Un momento! —se interrumpió de repente —¿Me compraste un vestido? Pero yo tengo varios vestidos en mi casa, si me lo hubieras dicho antes yo hubiera traído uno y… ¡Espera! –se interrumpió por segunda vez —¿Por qué me compraste un vestido?
—Que chica más distraída, parece que no recuerda que día es hoy… —Sango suspiró con resignación.
—Porque quise —dijo con simpleza –. Es todo lo que diré.
—¿Eh…? —balbuceó Kagome aún más confundida.
—Yo pienso que será divertido —convino Gohan con su típica sonrisa —. Además Sango tiene razón, los exámenes vienen pronto y tendremos que estudiar duro y pasará tiempo hasta que salgamos otra vez.
—P-Pero… —quiso objetar —¿Por qué debemos reunirnos en la mansión de Inuyasha? –preguntó tomando en cuenta que el de cabellos plateados no se llevaba bien con Gohan.
—No te preocupes —repuso Gohan al darse cuenta de por qué su amiga hacía esa pregunta. –Sango habló con Inuyasha, no tiene problema en que yo vaya.
—¿En serió? —inquirió Kagome extrañada por las palabras de Gohan, pues ella sabía lo terco que era su amigo de ojos dorados cuando alguien no le agradaba.
—Así es —confirmó Sango. —No hay problema con eso así que no tienes de que preocuparte, hoy es un día para salir y divertirnos —declaró Sango con alegría.
Aunque Sango lo dijera de esa forma tan alegre, Kagome sentía que había algo raro en la extraña situación, pero no le preocupó ya que ella sabía que por más que lo fuera no sería nada malo.
—Está bien —dijo por fin.
Kagome, Gohan y Sango se internaron en el bosque y allí las horas pasaron rápidamente. Esta vez, la de cabellos oscuros hacía un excelente trabajo atinando con su ki al centro de las rocas y los árboles destruyéndolos sin problema. No había duda, Kagome tenía completo control sobre su ki y no tenía problemas de concentración como otras veces. Sin embargo, en vez de alegrarse por la proeza de su mejor amiga, la castaña parecía tener un deje de preocupación en su rostro, pero este no era un sentimiento que fuera fácil de discernir para Kagome o para su amigo, pues ella sabía ocultarlo bien a comparación de Kagome. Por otro lado, no era como si Sango no estuviera feliz por su amiga, es solo que le preocupaba la razón del porqué Kagome podía ser la mejor discípula o la más torpe y distraída de todas. La castaña aún se negaba a aceptar lo que rondaba en su cabeza, quería observarla un poco más para confirmar o descartar sus elucubraciones, en verdad deseaba que solo fueran locuras suyas, ya que si llegaba a confirmarlas…
—¡Muy bien, Kagome! ¡Eso fue estupendo! —alabó Gohan a su amiga luego de haberla visto no fallar ni una sola vez en dar en el blanco.
—Estoy seguro que con esto ya podremos retomar el entrenamiento en las cataratas la próxima vez —declaró con una sonrisa.
—¡¿En serio?! —preguntó emocionada.
—Por supuesto —confirmó Gohan.
—¿Eh? Esperen un momento… ¿Gohan no piensas que es muy pronto aún para que haga ese entrenamiento tan peligroso? —preguntó con preocupación.
—Si mis suposiciones son correctas Kagome… ella podría…
—No. En verdad pienso que está lista —corroboró Gohan sin un ápice de duda.
—No te preocupes por mi, Sango, prometo que esta vez no pasará lo mismo —dijo con firmeza.
—Kagome… tú aún no lo sabes, pero tú podrías…
—Ya tengo hambre. ¿Qué tal si vamos a comer algo? —sugirió la de cabellos oscuros.
—Es cierto, yo también tengo hambre. —anunció Gohan. —¿Y tu sango?
—¿Eh? ¿Yo? Pues si… también… —balbuceó aún sin desconectarse del todo de sus pensamientos.
—¿Qué te ocurre? —preguntó curioso al notar cierta distracción mezclada con preocupación en el rostro de su amiga.
—Yo, pues… —rió nerviosa —no te preocupes solo estaba pensando —repuso con una leve sonrisa.
—¿En serio? —quiso cerciorarse Kagome, pues pensaba lo mismo que Gohan.
—Genial, y ahora es cuando la suspicacia emerge desde las profundidades de la mente de mi mejor amiga —ironizó con cierta gracia en palabras que solo rondaban su mente.
—Por supuesto, peeeeeeroooooo…. —una gran sonrisa se hizo presente en el rostro de la castaña —no vamos a comer nada.
—¿Eh? ¿Por qué? —inquirió desconcertada.
—¿Cómo que por qué? ¿No te das cuenta de la hora que es? ¡Ya son más de las cinco! —señaló.
—¡¿Las cinco?! ¡¿Tan tarde?! –preguntó exaltado.
—El tiempo pasa volando cuando uno se divierte –dijo tranquilamente Kagome a la vez que reía.
—No es momento para hablar. Kagome quiero que te des un baño rápido, y te pongas el vestido que te compré, luego me encargaré de peinarte para que después Gohan nos lleve a la mansión de Inuyasha en el vehículo ya que no pienso dejar que ustedes me lleven volando así que lo más lógico es que tardemos más ya que ese transporte no es tan veloz como ustedes —sentenció con firmeza.
—Tranquila, Sango, no entiendo por qué tienes tanta prisa, además ¿por qué quieres peinarme si tu nun…?
—¡Muévete! —exigió con expresión severa antes de que su amiga lograra terminar de hablar, haciendo que a Kagome le recorriera un escalofrío por su espina dorsal.
Kagome y Gohan sabían muy bien lo aterradora que Sango podía ser cuando se enojaba o se ponía demandante con algo así que ambos obedecieron cual soldados disciplinados y fueron rápidamente a la casa de Gokú para arreglarse.
La de cabellos oscuros, y el de cabellos negros se dieron una ducha rápida uno detrás del otro. Luego, Kagome se puso el vestido de un color pastel que Sango le había regalado para luego dejarse peinar por ella. El resultado fue que, al verla, Gohan había quedado anonado ante la belleza de Kagome, dado que, cuando creía que era imposible que ella pudiera ser más hermosa, Kagome simplemente se presentaba ante él superando dicha belleza.
Mientras su amigo observaba a su mejor amiga embelesado y con el rostro escarlata, Sango supo que había hecho un buen trabajo peinándola y poniéndole un sutil color en sus labios que solo los remarcaba un poco. Sin embargo, ella sabía que aunque Kagome se viera absolutamente despeinada y mal vestida como cuando despertaba por las mañanas, para él, ella seguiría siendo la más hermosa de todas. Por otro lado, al ver a Gohan ambas amigas pensaron que se veía estupendo y muy guapo, como si lo que llevaba puesto para celebrar un día como ese hubiera sido hecho justo para él.
—¡Gohan te ves muy bien! —exclamó Kagome con una sonrisa.
Al escucharla, pareció que de su cabeza saliera vapor.
—Gracias —dijo Gohan apenado.
—¡Vamos! No tengas pena, Kagome tiene razón te vez muy bien. Seguramente las chicas te perseguirán —dijo guiñándole un ojo a su amigo.
Al decir esas últimas palabras, como si hiciera un experimento, la castaña viró su mirada disimuladamente hacia su amiga para ver su reacción ante aquel último comentario que había hecho como tratando de hallar algún ápice de molestia en Kagome, pero sintió un deje de temor al no hallar nada.
—Sango tu también te vez muy bien —comentó Kagome.
—Es cierto —convino Gohan.
—Gracias, pero ya se nos hace tarde —constató la castaña.
—Por cierto… ¿Por qué tanta elegancia? ¿A dónde iremos luego de pasar por Inuyasha, Miroku y Rin?
—No recuerdo el nombre del lugar. Lo sugirió Inuyasha, así que imagínate qué tipo de lugar será —contestó nerviosa —¡Ya se nos hace tarde! Tenemos que subirnos al vehículo o sino no llegaremos.
—Espera un momento, Sango… ¿Dónde están el señor Gokú y Goten? No los he visto hoy y quiero saludarlos antes de irnos… —preguntó mirando a Gohan como si esperara que él le diera una respuesta.
De pronto Gohan se sintió nervioso.
—Verás… ellos aún deben estar entrenando —dijo sobándose la parte de atrás de su cabeza con su mano derecha y riendo nerviosamente.
—Que extraño, usualmente siempre hay algún tipo de temblor cuando ellos entrenan juntos, pero el día de hoy no he sentido nada —comentó desconcertada.
—No te preocupes los verás mañana –aseguró la castaña, apurando a su amiga para que fuera hasta el transporte que los llevaría a la mansión de Inuyasha.
Los tres amigos se dirigieron al vehículo que Bulma le había prestado a Gohan y lo abordaron. Gohan pronto elevó el transporte y lo condujo a una velocidad que sobrepasaba la normal ya que Sango parecía presionarlo con la mirada como diciendo "Tenemos un horario que cumplir o sino todo el plan se echará a perder" Y Gohan sabía perfectamente que ella tenía razón, debían llegar en aproximadamente dos horas. El tiempo era demasiado justo.
Kagome percibía cierta ansiedad en sus dos amigos, lo cual no entendía. ¿A dónde se dirigían? Al parecer, ellos no tenían intensiones de decírselo hasta que llegaran al misterioso lugar, pero por alguna razón, aunque seguramente estaban yendo a un lugar hermoso y elegante, la fémina de cabellos oscuros no tenía muchas ansias de ir. No era como si no deseara salir a divertirse con sus amigos, a ella le encantaba hacer eso, es solo que algo en Kagome parecía haber cambiado, ya no le gustaba tanto esos lugares a los cuales solía concurrir, y en cambio, ahora prefería rodearse de la hermosa naturaleza a la cual desde hace meses se había acostumbrado. Ella amaba entrenar, era lo que más le gustaba, y no solo era eso, sino que la compañía de los tres Sayajins lo hacía aún más especial, y esa era la razón por la cual la joven no podía dejar de sentir cierta tristeza… ¿tristeza? ¿Por qué se sentiría así si hasta hace poco tiempo se sentía tan llena de vida? ¿por qué si estaba con sus amigos? ¿Sería por qué no había visto a Goten o al señor Goku? Quizá sí era eso, pues ella se había acostumbrado a ver sus presencias todos los días, pero… Kagome sentía que era algo más… ¿Qué sería…?
Sango venía observando a Kagome todo el viaje, no la veía muy animada de salir, de hecho, se la había estado pasando todo el tiempo mirando las nubes a través del cristal como sumergida en sus cavilaciones. Algo le decía a la castaña que su mejor amiga prefería seguir entrenando, sin embargo, aunque sabía que a Kagome le encantaba hacerlo, Sango pensaba que probablemente no era por eso que se sentía de esa forma, quizá era algo más, y tal vez… ese día lo averiguaría…
Gohan aterrizó el vehículo en un lugar espacioso mientras Sango no paraba de ver el reloj a cada rato. Luego bajaron del transporte y caminaron por unos minutos hasta que los tres amigos visualizaron la entrada de la enorme mansión de la familia Taisho. Para Gohan era la primera vez que venía a ese lugar, así que se sintió impresionado de lo grande que era, pero de cierta forma le recordó al hogar de Bulma, que si bien era diferente, lo grande que era se lo hacía recordar.
—Debemos darnos prisa, se supone que ya deberíamos haber llegado —dijo Sango.
—No creo que Inuyasha, Rin o Miroku se enojen si llegamos un poco tarde —declaró Kagome mientras trataba de seguir el paso de sus dos amigos que parecían apurados.
—Por cierto, Kagome… ¿No recuerdas que día es hoy? —preguntó Gohan.
—¿Qué día? Pues… Sábado —contestó con algo de duda ya que no sabía si esa era realmente la respuesta que él buscaba.
Al escucharla, a la castaña le apareció una gotita en la cien, pues su amiga aún no recordaba el día en que había nacido.
—Muy bien, ya llegamos….
—Pues… hay que tocar la puerta… —dijo la de cabellos negros.
—No hace falta —aseguró Sango.
—¿Por qué? —Inquirió Kagome.
—Tengo la llave —constató la castaña.
—¡¿Qué tu qué?! ¿Cómo la conseguiste? —indagó Kagome.
—¿Tú que crees? Inuyasha me la dio, por supuesto. —repuso Sango.
Kagome y Gohan se quedaron viendo a Sango mientras esta metía y giraba la llave lentamente. La de cabellos oscuros no entendía por qué lo hacía de manera tan paulatina, era cómo si se preparara para algo. Finalmente Kagome y Gohan vieron a Sango abrir la puerta, pero cuando lo hicieron y entraron se encontraron con una absoluta oscuridad.
—Esta oscuro… demasiado… ¿Dónde están las luces? —preguntó Kagome extrañada ya que nunca había visto que la mansión Taisho fuera así de oscura.
—¡SORPRESAAAAA!
Continuará…
